Capítulo 10De administrar la propia voluntad
Comparado con la mayoría de los hombres, pocas cosas me conmueven; o mejor dicho, me dominan. Pues es natural que nos conmuevan, siempre que no nos posean. Pongo gran cuidado en aumentar mediante el estudio y la reflexión este privilegio de insensibilidad que tengo naturalmente muy desarrollado. Me apego y me apasiono, por tanto, por pocas cosas. Tengo la vista clara, pero la fijo en pocos objetos; los sentidos delicados y blandos, pero la aprensión y la aplicación las tengo duras y sordas. Me comprometo difícilmente. Tanto como puedo me dedico por entero a mí mismo. Y aun en este asunto, sin embargo, frenaría y contendría gustosamente mi afecto para que no se sumerja demasiado por completo, puesto que es un asunto que poseo a merced de otros y sobre el cual la Fortuna tiene más derechos que yo. De manera que incluso respecto a la salud, que tanto aprecio, sería necesario que no la deseara tanto ni me entregara a ella tan furiosamente como para encontrar intolerables las enfermedades. Uno debe moderarse entre el odio al dolor y el amor al placer. Y Platón prescribe un camino intermedio de vida entre ambos. Pero en cuanto a los afectos que me distraen de mí mismo y me atan a otra parte, a esos ciertamente me opongo con todas mis fuerzas. Mi opinión es que hay que prestarse a los demás y darse solo a uno mismo. Si mi voluntad se hallara proclive a hipotecarse y aplicarse, no resistiría. Soy demasiado tierno, tanto por naturaleza como por costumbre,
Fugax rerum, securáque in otia natus. Las disputas reñidas y obstinadas que darían finalmente ventaja a mi adversario, el resultado que haría vergonzosa mi acalorada persecución, me roerían quizá muy cruelmente. Si mordiera con igual fuerza, como hacen los demás, mi alma nunca tendría la fuerza de soportar las alarmas y emociones que sufren quienes abrazan tanto. Quedaría enseguida dislocada por esa agitación intestina. Si alguna vez me han empujado al manejo de asuntos ajenos, he prometido tomarlos en mano, pero no con el pulmón y el hígado; cargarme con ellos, no incorporarlos; ocuparme de ellos, sí; apasionarme, en absoluto. Los miro, pero no los empollo. Tengo bastante que hacer disponiendo y ordenando la multitud doméstica que tengo en mis entrañas y en mis venas, sin alojar y abrumarme con una multitud ajena. Y estoy bastante ocupado con mis asuntos esenciales, propios y naturales, sin invitar a otros foráneos. Quienes saben cuánto se deben a sí mismos y de cuántas obligaciones están comprometidos consigo, encuentran que la Naturaleza les ha dado esta comisión bastante llena y de ningún modo ociosa. Tienes bastante que hacer en tu casa, no te alejes de ella. Los hombres se dan en alquiler. Sus facultades no son para ellos; son para aquellos a quienes se esclavizan; sus arrendatarios están en su casa, no ellos mismos.
Esta inclinación común no me place. Hay que administrar la libertad de nuestra alma y no hipotecarla sino en las ocasiones justas. Las cuales son muy pocas si juzgamos sanamente. Ved a las gentes acostumbradas a dejarse llevar y atrapar: lo están en todas partes. En las cosas pequeñas como en las grandes; en lo que no les afecta como en lo que les afecta. Se meten indistintamente donde hay tarea; y están sin vida cuando están sin agitación tumultuosa. In negotiis sunt, negotij causa. No buscan la tarea sino para estar atareados. No es tanto que quieran ir, como que no pueden quedarse quietos. Ni más ni menos que una piedra que ha rodado en su caída y no se detiene hasta posarse. La ocupación es para cierta clase de gentes señal de suficiencia y dignidad. Su espíritu busca su reposo en el movimiento, como los niños en la cuna. Se pueden decir tan serviciales para sus amigos como molestos para sí mismos. Nadie distribuye su dinero a los demás, todos distribuyen su tiempo y su vida. No hay nada de lo que seamos tan pródigos como de estas cosas, en las cuales únicamente la avaricia nos sería útil y loable. Yo tengo una complexión totalmente distinta. Me contengo en mí mismo. Y comúnmente deseo blandamente lo que deseo, y deseo poco; me ocupo y atareo igualmente, con poca frecuencia y tranquilamente. Todo lo que ellos quieren y conducen, lo hacen con toda su voluntad y vehemencia. Hay tantos malos pasos que, para mayor seguridad, hay que deslizarse por este mundo un poco ligera y superficialmente, y resbalarlo, no hundirse en él. La voluptuosidad misma es dolorosa en su profundidad.
Caminas sobre fuegos ocultos bajo engañosa ceniza.
Los señores de Burdeos me eligieron alcalde de su ciudad, estando yo alejado de Francia y aún más alejado de tal pensamiento. Me excusé. Pero me enseñaron que estaba equivocado; la orden del rey también intervenía en ello. Es un cargo que debe parecer tanto más hermoso cuanto que no tiene más salario ni ganancia que el honor de su ejecución. Dura dos años, pero puede ser continuado mediante segunda elección. Lo cual ocurre muy raramente. Lo fue en mi caso, y solo había ocurrido dos veces antes: algunos años atrás, al señor de Lansac; y recientemente al señor de Biron, mariscal de Francia. En cuyo lugar sucedí; y dejé el mío al señor de Matignon, también mariscal de Francia. Glorioso de tan noble compañía.
Vterque bonus pacis bellique minister. La fortuna quiso tener parte en mi promoción, por esta circunstancia particular que aportó de su cosecha. No del todo vana. Pues Alejandro desdeñó a los embajadores corintios que le ofrecían la ciudadanía de su ciudad; pero cuando vinieron a exponerle que Baco y Hércules estaban también en ese registro, les dio las gracias calurosamente. A mi llegada, me mostré fiel y concienzudamente tal como me siento ser: sin memoria, sin vigilancia, sin experiencia y sin vigor; sin odio tampoco, sin ambición, sin avaricia y sin violencia; para que estuviesen informados e instruidos de lo que debían esperar de mi servicio. Y dado que el conocimiento de mi difunto padre les había incitado únicamente a ello, y el honor de su memoria: les añadí muy claramente que lamentaría mucho que cosa alguna hiciese tanta impresión en mi voluntad como habían hecho antaño en la suya sus asuntos y su ciudad, cuando la tuvo bajo su gobierno, en este mismo lugar al que me habían llamado. Recordaba haberle visto viejo, en mi infancia, el alma cruelmente agitada por esa tracasería pública; olvidando el dulce aire de su casa, donde la debilidad de los años le había retenido largo tiempo antes; y su hacienda, y su salud; y despreciando ciertamente su vida, que estuvo a punto de perder en ello, comprometido por ellos en largos y penosos viajes.
Así era él; y le venía ese humor de una gran bondad de naturaleza. Jamás hubo alma más caritativa y popular. Esa conducta, que alabo en otros, no me gusta seguirla. Y no estoy sin excusa. Había oído decir que había que olvidarse por el prójimo; que lo particular no venía en consideración alguna comparado con lo general. La mayor parte de las reglas y preceptos del mundo toman ese camino, de empujarnos fuera de nosotros y arrojarnos a la plaza, para uso de la sociedad pública. Han pensado hacer un buen efecto apartándonos y distrayéndonos de nosotros; presuponiendo que nos aferrábamos a ello demasiado, y con un apego demasiado natural; y no han escatimado nada que decir para este fin. Pues no es nuevo en los sabios predicar las cosas como sirven, no como son. La verdad tiene sus obstáculos, incomodidades e incompatibilidades con nosotros. Hay que engañarnos a menudo, para que no nos engañemos. Y vendar nuestra vista, aturdir nuestro entendimiento, para enderezarlos y enmendarlos. Imperiti enim iudicant, et qui frequenter in hoc ipsum fallendi sunt, ne errent. Cuando nos ordenan amar antes que a nosotros tres, cuatro y cincuenta grados de cosas; representan el arte de los arqueros, que para alcanzar el punto van tomando su mira muy por encima del blanco. Para enderezar una madera curva, se la encorva al revés.
Estimo que en el templo de Palas, como vemos en todas las demás religiones, había misterios aparentes, para ser mostrados al pueblo; y otros misterios más secretos y más elevados, para ser mostrados solamente a quienes estaban iniciados. Es verosímil que en estos se encuentre el verdadero punto de la amistad que cada uno se debe. No una amistad falsa, que nos hace abrazar la gloria, la ciencia, la riqueza y cosas tales, con un afecto principal e inmoderado, como miembros de nuestro ser; ni una amistad blanda e indiscreta; en la cual ocurre lo que se ve con la hiedra, que corrompe y arruina la pared que abraza. Sino una amistad saludable y regulada; igualmente útil y placentera. Quien conoce sus deberes y los ejerce, está verdaderamente en el gabinete de las Musas; ha alcanzado la cima de la sabiduría humana y de nuestra dicha. Este, sabiendo exactamente lo que se debe, encuentra en su papel que debe aplicar para sí el uso de los demás hombres y del mundo; y para hacerlo, contribuir a la sociedad pública con los deberes y oficios que le corresponden. Quien no vive en absoluto para otros, apenas vive para sí. Qui sibi amicus est, scito hunc amicum omnibus esse. La principal responsabilidad que tenemos es cada uno su conducta. Y para eso estamos aquí.
Como quien olvidase vivir bien y santamente; y pensase estar libre de su deber encaminando y dirigiendo a otros hacia ello; sería un necio. Del mismo modo, quien abandona en sí mismo el vivir sana y alegremente para servir en ello a otros, toma a mi parecer un mal y desnaturalizado partido. No quiero que se niegue a las responsabilidades que se asumen la atención, los pasos, las palabras, y el sudor, y la sangre si es necesario:
No teme perecer él mismo por los amigos queridos o por la patria.
Pero es por préstamo y accidentalmente; manteniéndose el espíritu siempre en reposo y en salud: no sin acción, pero sin vejación, sin pasión. El actuar simplemente le cuesta tan poco, que hasta durmiendo actúa. Pero hay que darle el impulso con discreción. Pues el cuerpo recibe las cargas que se le ponen encima justamente según son: el espíritu las extiende y las agrava a menudo a sus expensas, dándoles la medida que le place. Se hacen cosas iguales con diversos esfuerzos y diferente tensión de voluntad. Lo uno va bien sin lo otro. Pues cuánta gente se arriesga todos los días en las guerras, que no les importan: y se precipitan a los peligros de las batallas, cuya pérdida no les turbará el sueño inmediato. Tal en su casa, fuera de ese peligro que no habría osado mirar, está más apasionado por el resultado de esa guerra, y tiene el alma más atormentada que el soldado que emplea en ella su sangre y su vida. He podido mezclarme en los cargos públicos sin apartarme de mí ni el ancho de una uña, y darme a otros sin quitarme a mí. Esta aspereza y violencia de deseos estorba más de lo que sirve a la conducción de lo que se emprende. Nos llena de impaciencia hacia los acontecimientos, o contrarios o tardíos: y de acritud y sospecha hacia aquellos con quienes negociamos. Nunca conducimos bien la cosa de la que estamos poseídos y conducidos.
El impulso administra mal todas las cosas.
Aquel que solo emplea su juicio y su habilidad procede con más alegría: finge, se doblega, difiere todo a su gusto, según lo exigen las circunstancias; yerra el golpe sin tormento y sin aflicción, dispuesto y entero para una nueva empresa: avanza siempre con la brida en la mano. En aquel que está borracho de esa intención violenta y tiránica, se ve por fuerza mucha imprudencia e injusticia. La impetuosidad de su deseo lo arrastra. Son movimientos temerarios, y, si la fortuna no los favorece mucho, de poco fruto. La filosofía quiere que al castigar las ofensas recibidas apartemos de ellas la cólera: no para que la venganza sea menor, sino al contrario, para que esté mejor aplicada y sea más contundente. Por eso le parece que esa impetuosidad es un estorbo. No solo la cólera perturba, sino que también por sí misma cansa los brazos de quienes castigan. Ese fuego aturde y consume su fuerza. Como en la precipitación, «la prisa es tarda». La precipitación se pone la zancadilla a sí misma, se traba y se detiene. «Su propia velocidad la enreda». Por ejemplo. Según lo que veo por experiencia ordinaria, la avaricia no tiene mayor obstáculo que ella misma. Cuanto más tensa y vigorosa está, menos fértil es. Por lo común atrapa más rápidamente las riquezas enmascarada con una apariencia de liberalidad.
Un caballero hombre muy de bien, y amigo mío, estuvo a punto de trastornar la salud de su cabeza por una atención y afecto demasiado apasionados a los asuntos de un príncipe, su señor. Ese señor se ha retratado a sí mismo ante mí de este modo: que él ve el peso de los accidentes como cualquier otro, pero que ante aquellos que no tienen remedio se resuelve de inmediato a sufrirlos; en cuanto a los otros, después de haber dispuesto las medidas necesarias, lo cual puede hacer rápidamente gracias a la vivacidad de su espíritu, espera tranquilo lo que pueda sobrevenir. De hecho, yo lo he visto manteniendo gran despreocupación y libertad de acciones y de semblante en medio de asuntos muy grandes y muy espinosos. Lo encuentro más grande y más capaz en la mala fortuna que en la buena. Sus pérdidas le resultan más gloriosas que sus victorias, y su duelo más que su triunfo.
Considerad que incluso en las acciones que son vanas y frívolas, en el juego de ajedrez, de pelota y semejantes, ese compromiso áspero y ardiente de un deseo impetuoso arroja enseguida el espíritu y los miembros a la indiscreción y al desorden. Uno se ofusca, se estorba a sí mismo. Aquel que se comporta más moderadamente ante la ganancia y la pérdida está siempre en sí. Cuanto menos se pica y se apasiona en el juego, más ventajosa y seguramente lo conduce.
Impedimos además el agarre y la presa del alma al darle tantas cosas que asir. Unas solo hay que presentárselas, otras hay que atarlas, otras incorporarlas. Ella puede ver y sentir todas las cosas, pero solo debe alimentarse de sí misma. Y debe ser instruida en lo que la toca propiamente, y que es propiamente de su haber y de su sustancia. Las leyes de la naturaleza nos enseñan lo que justamente nos hace falta. Después de que los sabios nos han dicho que según ella nadie es indigente, y que cada uno lo es según la opinión, distinguen así sutilmente los deseos que proceden de ella de aquellos que proceden del desorden de nuestra fantasía. Aquellos de los que vemos el fin son suyos; aquellos que huyen ante nosotros y de los cuales no podemos alcanzar el final son nuestros. La pobreza de bienes es fácil de curar; la pobreza del alma, imposible.
«Pues si lo que es suficiente para el hombre pudiera ser suficiente, esto bastaría: ahora, puesto que esto no es, ¿cómo creeremos que riqueza alguna pueda llenar mi alma?»
Sócrates, viendo llevar en pompa por su ciudad gran cantidad de riquezas, joyas y muebles de valor, dijo: «¡Cuántas cosas no deseo!» Metrodoro vivía con el peso de doce onzas al día, Epicuro con menos; Metrocles dormía en invierno con las ovejas, en verano en los claustros de las iglesias. «Basta para esto la naturaleza, que es lo que pide». Cleantes vivía de sus manos, y se jactaba de que Cleantes, si quisiera, alimentaría todavía a otro Cleantes.
Si lo que la naturaleza exactamente y originalmente nos pide para la conservación de nuestro ser es demasiado poco (como de verdad cuán poco es, y cuán barato se puede mantener nuestra vida, no puede expresarse mejor que con esta consideración: que es tan poco que escapa al asimiento y al golpe de la fortuna por su pequeñez), concedámonos algo más; llamemos también naturaleza al uso y condición de cada uno de nosotros; tasémonos, tratémonos según esa medida; extendamos nuestras pertenencias y nuestras cuentas hasta ahí. Pues hasta ahí me parece bien que tenemos alguna excusa. La costumbre es una segunda naturaleza, y no menos poderosa. Lo que falta a mi costumbre considero que me falta. Y casi igualmente quisiera que me quitaran la vida a que me la redujeran y recortaran muy lejos del estado en que la he vivido tanto tiempo. Ya no estoy en condiciones de un gran cambio, ni de arrojarme a un camino nuevo e inusitado; ni siquiera hacia la mejora: ya no es tiempo de volverme otro. Y así como me quejaría de alguna gran ventura que me cayera entre las manos a esta hora, de que no vino a tiempo para que pudiera disfrutarla,
¿De qué me sirve la fortuna, si no se me concede usarla? Me quejaría igualmente de cualquier adquisición interna. Casi vale más no llegar nunca a ser hombre honrado que serlo tan tarde. Y estar bien preparado para vivir cuando ya no queda vida. Yo, que me voy, cedería fácilmente a alguien que llegara esto que aprendo de prudencia para el trato con el mundo. Mostaza después de cenar. No tengo nada que hacer con un bien del que no puedo sacar ningún provecho. ¿De qué sirve la ciencia a quien ya no tiene cabeza? Es injuria y desfavor de la Fortuna ofrecernos regalos que nos llenan de justo despecho por habernos faltado en su momento. No me guiéis más: ya no puedo caminar. De tantos miembros como tiene la suficiencia, solo la paciencia nos basta. Dad la capacidad de un excelente tiple al cantor que tiene los pulmones podridos. Y la elocuencia al ermitaño relegado a los desiertos de Arabia. Para la caída no hace falta ningún arte. El final se encuentra por sí mismo al cabo de cada tarea. Mi mundo ha acabado, mi forma ha expirado. Soy todo del pasado. Y estoy obligado a autorizarlo y a conformar a él mi salida. Quiero decir esto a modo de ejemplo: que el eclipse reciente de los diez días del Papa me ha cogido tan bajo que no puedo acostumbrarme bien a él.
Soy de los años en que contábamos de otro modo. Una costumbre tan antigua y larga me reclama y me llama de vuelta. Me veo forzado a ser un poco hereje en eso. Incapaz de novedad, incluso correctiva. Mi imaginación, a mi pesar, se lanza siempre diez días adelante o atrás, y gruñe en mis oídos. Esta regla atañe a quienes han de ser. Si la salud misma, tan dulce, vuelve a encontrarme a ráfagas, es para darme pesar más que posesión de sí. Ya no tengo dónde acogerla. El tiempo me abandona. Sin él nada se posee. ¡Oh, qué poco caso haría yo de esas grandes dignidades electivas que veo en el mundo, que solo se dan a hombres a punto de partir, en las cuales no se mira tanto cuán dignamente se ejercerán como cuán poco tiempo se ejercerán! Desde la entrada se apunta a la salida. En suma: he aquí que estoy a punto de acabar este hombre, no de rehacer otro. Por largo uso, esta forma se me ha vuelto sustancia, y la fortuna naturaleza. Digo, pues, que cada uno de nosotros, débiles, es excusable de estimar suyo lo que está comprendido bajo esta medida. Pero también más allá de estos límites no hay sino confusión. Es la más amplia extensión que podemos otorgar a nuestros derechos.
Cuanto más amplificamos nuestra necesidad y posesión, tanto más nos exponemos a los golpes de la Fortuna y de las adversidades. La carrera de nuestros deseos debe estar circunscrita y restringida a un corto límite de las comodidades más próximas y contiguas. Y debe además su curso manejarse, no en línea recta que termine en otra parte, sino en círculo, cuyos dos puntos se sostienen y terminan en nosotros mediante un breve contorno. Las acciones que se conducen sin esta reflexión —me refiero a reflexión vecina y esencial—, como las de los avaros, los ambiciosos y tantos otros que corren de punta, cuya carrera los arrastra siempre delante de ellos, son acciones erradas y enfermizas. La mayor parte de nuestras ocupaciones son farsescas. El mundo entero representa una comedia. Hay que representar debidamente nuestro papel, pero como papel de un personaje prestado. De la máscara y la apariencia no hay que hacer una esencia real, ni de lo ajeno lo propio. No sabemos distinguir la piel de la camisa. Basta con enharinarse el rostro, sin enharinarse el pecho. Veo a algunos que se transforman y se transustancian en tantas nuevas figuras y nuevos seres como cargos emprenden, y que se preladan hasta el hígado y los intestinos, y arrastran su oficio hasta su retrete. No puedo enseñarles a distinguir las reverencias que les conciernen de las que conciernen a su comisión, o a su séquito, o a su mula.
Tanto se entregan a la fortuna que hasta desaprenden su naturaleza. Hinchan y engrosan su alma y su discurso natural según la altura de su asiento magistral. El alcalde y Montaigne siempre han sido dos, con una separación bien clara. Por ser abogado o financiero no hay que desconocer el engaño que hay en tales ocupaciones. Un hombre honrado no es responsable del vicio o necedad de su oficio, y no debe por ello rechazar su ejercicio. Es el uso de su país, y hay provecho en ello. Hay que vivir del mundo y aprovecharse de él tal como se lo encuentra. Pero el juicio de un emperador debe estar por encima de su imperio, y verlo y considerarlo como accidente ajeno. Y debe saber gozar de sí aparte, y comunicarse como Jacobo y Pedro, al menos consigo mismo. Yo no sé comprometerme tan profunda y enteramente. Cuando mi voluntad me entrega a un partido, no es con obligación tan violenta que mi entendimiento se infecte con ello. En los presentes desórdenes de este Estado, mi interés no me ha hecho desconocer ni las cualidades loables en nuestros adversarios ni las que son reprochables en aquellos a quienes he seguido. Ellos adoran todo lo que es de su lado; yo no excuso siquiera la mayor parte de las cosas que son del mío.
Una buena obra no pierde sus gracias por pleitear contra mí. Fuera del nudo del debate, me he mantenido en ecuanimidad y pura indiferencia. Ni siquiera fuera de las necesidades de la guerra albergo odio particular. De lo cual me felicito, tanto más cuanto que veo fallar comúnmente en lo contrario. Quienes prolongan su cólera y su odio más allá de los asuntos, como hace la mayoría, muestran que les viene de otra parte y de causa particular. Del mismo modo que, a quien estando curado de su úlcera le queda todavía la fiebre, muestra que tenía otro origen más oculto. Es que no tienen nada contra la causa en común, y en tanto que perjudica el interés de todos y del Estado. Sino que le guardan rencor solamente en cuanto les mastica en privado. Por eso se pican de pasión particular, y más allá de la justicia y de la razón pública. No tanto todos se quejaban de todo en general, como cada uno de aquello que le concernía en particular. Quiero que la ventaja sea para nosotros, pero no enloquezco si no lo es. Me adhiero firmemente al partido más sano. Pero no afecto que se me señale especialmente enemigo de los otros, y más allá de la razón general. Acuso maravillosamente esa viciosa forma de opinar: «Es de la Liga, porque admira la gracia del señor de Guisa.
La actividad del rey de Navarra le asombra: es hugonote. Encuentra esto que decir de las costumbres del rey: es sedicioso en su corazón». Y no concedía ni siquiera al magistrado que tuviera razón en condenar un libro por haber alojado entre los mejores poetas de este siglo a un hereje. ¿No nos atreveríamos a decir de un ladrón que tiene hermosa pierna? Si es puta, ¿es forzoso que también sea apestosa? En siglos más sabios, ¿se revocó acaso el soberbio título de Capitolino que antes se había dado a Marco Manlio como conservador de la religión y libertad pública?
¿Se sofoca el recuerdo de su liberalidad, de sus hazañas militares y de las recompensas concedidas a su valor porque después aspiró a la Realeza en perjuicio de las leyes de su país? Si han tomado en odio a un abogado, al día siguiente les parece que no tiene elocuencia. Ya he tratado en otra parte el celo que empujó a gentes de bien a cometer faltas semejantes. En cuanto a mí, sé muy bien decir: hace esto mal, y aquello virtuosamente. Del mismo modo, en los pronósticos o acontecimientos siniestros de los asuntos públicos, quieren que cada cual en su partido esté ciego u obnubilado; que nuestra persuasión y juicio sirvan no a la verdad, sino al proyecto de nuestro deseo. Yo pecaría más bien hacia el extremo contrario: tanto temo que mi deseo me soborno. Además, desconfío un poco tiernamente de las cosas que deseo. He visto en mi tiempo maravillas en la indiscreta y prodigiosa facilidad de los pueblos para dejarse conducir y manejar la creencia y la esperanza, hacia donde ha placido y servido a sus jefes: por encima de cien desilusiones, unas tras otras; por encima de las fantasías y los sueños. Ya no me asombro de quienes fueron embaucados por las bufonadas de Apolonio y de Mahoma. Su sentido y entendimiento quedan enteramente ahogados en su pasión.
Su discernimiento ya no tiene otra elección que lo que les sonríe y conforta su causa. He observado esto soberanamente en el primero de nuestros partidos febriles. Este otro, que nació después, imitándolo, lo supera. Por lo cual me percato de que es una cualidad inseparable de los errores populares. Tras la primera que parte, las opiniones se empujan unas a otras, siguiendo el viento, como las olas. No se es del cuerpo si se puede renegar de él; si no se sigue el curso común. Pero ciertamente se hace injusticia a los partidos justos cuando se quiere socorrerlos con engaños. Yo siempre me he opuesto a ello. Este medio solo sirve para cabezas enfermas. Para las sanas, hay vías más seguras, y no solo más honestas, de mantener los ánimos y excusar los accidentes contrarios. El cielo no ha visto un desacuerdo tan grave como el de César y Pompeyo, ni verá otro semejante en el futuro. Sin embargo, me parece reconocer en esas bellas almas una gran moderación del uno hacia el otro. Era una rivalidad de honor y de mando, que no los arrastró a un odio furioso e indiscreto; sin malignidad y sin detracción. En sus más agrios enfrentamientos descubro algún vestigio de respeto y de benevolencia. Y juzgo así: que si les hubiera sido posible, cada uno de ellos habría deseado lograr su objetivo sin la ruina de su compañero, más bien que con su ruina.
Cuán diferente fue el caso de Mario y Sila: fíjate bien en ello. No hay que precipitarse tan perdidamente tras nuestras afecciones e intereses. Como cuando era joven me oponía al progreso del amor, que sentía avanzar demasiado sobre mí, y me esforzaba en que no me fuera tan agradable que llegara finalmente a forzarme y cautivarme del todo a su merced. Hago lo mismo en todas las demás ocasiones en que mi voluntad se prende con demasiado apetito. Me inclino hacia el lado opuesto de su inclinación, cuando la veo hundirse y embriagarse de su vino. Evito nutrir su placer hasta el punto de no poder ya recuperarla sin pérdida sangrienta. Las almas que por estupidez solo ven las cosas a medias gozan de esta dicha: que las cosas dañinas las hieren menos. Es una lepra espiritual que tiene cierto aire de salud; y tal salud que la filosofía no desprecia del todo. Pero no es razón, sin embargo, llamarla sabiduría: como hacemos a menudo. Y de esta manera se burló alguien en la antigüedad de Diógenes, que iba abrazando en pleno invierno, completamente desnudo, una imagen de nieve para probar su paciencia. Aquel, encontrándolo en esa situación, le dijo: ¿Tienes mucho frío ahora? En absoluto, respondió Diógenes. Entonces prosiguió el otro: ¿Qué crees hacer, pues, de difícil y ejemplar quedándote ahí?
Para medir la constancia, es necesario conocer el sufrimiento. Pero las almas que deban ver los acontecimientos contrarios y las injurias de la Fortuna en su profundidad y aspereza, que deban sopesarlas y gustarlas según su amargura natural y su peso, que empleen su arte en guardarse de enhebrar las causas, y desvíen sus llegadas. ¿Qué hizo el rey Cotis? Pagó liberalmente la bella y rica vajilla que le habían regalado, pero como era singularmente frágil, la rompió enseguida él mismo; para quitarse cuanto antes una materia tan fácil de enojo contra sus servidores. De igual modo, he evitado voluntariamente tener mis asuntos confusos; y no he buscado que mis bienes estuvieran contiguos a los de mis parientes, ni a aquellos con quienes debo unirme en estrecha amistad: de donde nacen ordinariamente materias de alejamiento y disociación. En otro tiempo me gustaban los juegos de azar de las cartas y los dados; dejé de jugarlos hace mucho tiempo solo por esto: que por buena cara que pusiera en mi pérdida, no dejaba de sentir dentro la punzada. Un hombre de honor, que debe sentir un desmentido y una ofensa hasta el corazón, que no puede tomar una mala excusa como pago y consolación, que evite el progreso de las altercaciones contenciosas. Huyo de las complexiones tristes y de los hombres pendencieros, como de los apestados.
Y en los asuntos que no puedo tratar sin interés y sin emoción, no me meto, si el deber no me fuerza a ello. Es mejor no empezar que tener que terminar. La manera más segura es, pues, prepararse antes de que lleguen las ocasiones. Sé bien que algunos sabios han tomado otro camino, y no han temido engancharse y comprometerse hasta lo vivo con varios objetos. Esas gentes se aseguran de su fuerza, bajo la cual se ponen a cubierto en toda suerte de sucesos enemigos, haciendo luchar los males por el vigor de la paciencia:
Como la roca que se alza en el vasto mar, enfrentada a las furias de los vientos y expuesta al océano, soporta toda la fuerza y amenazas del cielo y del mar, permaneciendo ella misma inmóvil.
No ataquemos esos ejemplos; no llegaríamos a ellos. Se obstinan en ver resueltamente, y sin turbarse, la ruina de su patria, que poseía y comandaba toda su voluntad. Para nuestras almas comunes, hay demasiado esfuerzo y demasiada rudeza en ello. Catón abandonó la vida más noble que jamás existió. Para nosotros, los pequeños, hay que huir de la tormenta desde más lejos; hay que proveer al sentimiento, no a la paciencia; y esquivar los golpes que no sabemos parar. Zenón, viendo acercarse a Cremónides, joven al que amaba, para sentarse junto a él, se levantó de repente. Y Cleantes, preguntándole la razón, dijo: Entiendo que los médicos ordenan el reposo principalmente, y prohíben la agitación en todos los tumores. Sócrates no dice: No os rindáis a los atractivos de la belleza; resistidla, esforzaos contra ella. Huidla, dice, corred lejos de su vista y de su encuentro, como de un veneno poderoso que se lanza y golpea de lejos. Y su buen discípulo, fingiendo o relatando —pero, en mi opinión, relatando más bien que fingiendo— las raras perfecciones de aquel gran Ciro, lo muestra desconfiando de sus fuerzas para soportar los atractivos de la divina belleza de aquella ilustre Pantea, su cautiva, y encomendando la visita y custodia a otro que tuviera menos libertad que él. Y el Espíritu Santo igualmente: no nos dejes caer en la tentación. No rogamos que nuestra razón no sea combatida y vencida por la concupiscencia, sino que ni siquiera sea puesta a prueba; que no seamos conducidos a un estado en que solo tengamos que sufrir las aproximaciones, solicitaciones y tentaciones del pecado; y suplicamos a nuestro Señor que mantenga nuestra conciencia tranquila, plena y perfectamente liberada del comercio del mal. Quienes dicen tener razón de su pasión vengativa, o de alguna otra especie de pasión penosa, dicen a menudo la verdad: tal como están las cosas, pero no como fueron. Nos hablan cuando las causas de su error han sido nutridas y avanzadas por ellos mismos. Pero retroceded más atrás, volved a llamar esas causas a su principio: allí las cogeréis desprevenidas. ¿Quieren que su falta sea menor por ser más antigua, y que de un comienzo injusto la continuación sea justa? Quien desee el bien a su país como yo, sin ulcerarse ni enflaquecer por ello, sentirá disgusto, pero no se quedará paralizado, al verlo amenazado, ya sea con su ruina, o con una duración no menos ruinosa. Pobre navío, al que las olas, los vientos y el piloto arrastran hacia designios tan contrarios.
En direcciones tan diversas, el viento y la ola, oh piloto, te arrastran.
Quien no anda con la boca abierta tras el favor de los príncipes, como si fuera algo de lo que no pudiera prescindir, no se molesta demasiado por la frialdad de su acogida y de su semblante, ni por la inconstancia de su voluntad. Quien no venera a sus hijos o sus honores con una propensión servil, no deja de vivir cómodamente después de perderlos. Quien obra bien principalmente por su propia satisfacción, apenas se altera al ver a los hombres juzgar sus acciones en contra de su mérito. Un cuarto de onza de paciencia es remedio para tales inconvenientes. A mí me va bien con esta receta, rescatándome desde el principio al mejor precio que puedo. Y siento haber evitado por este medio muchos trabajos y dificultades. Con muy poco esfuerzo, detengo ese primer impulso de mis emociones. Y abandono el asunto que empieza a pesarme, y antes de que me arrastre. Quien no detiene la partida, no podrá detener la carrera. Quien no sabe cerrarles la puerta, no los echará una vez dentro. Quien no puede dominar el comienzo, no podrá dominar el final. Ni aguantará la caída quien no haya podido aguantar el impulso inicial. «Porque se impulsan a sí mismas, una vez que se ha abandonado la razón: y su propia debilidad se consiente a sí misma, y sin prudencia se adentra profundamente, sin encontrar lugar donde detenerse». Siento a tiempo los pequeños vientos que vienen a tantearme y murmurar dentro de mí, precursores de la tempestad:
«Como los primeros soplos cuando atrapados rugen en los bosques, y hacen rodar ciegos murmullos, anunciando a los marineros los vientos venideros».
¡Cuántas veces me he hecho a mí mismo una evidente injusticia, por evitar el riesgo de recibir una peor aún de parte de los jueces, tras un siglo de disgustos y de prácticas sucias y viles, más enemigas de mi naturaleza que el tormento y el fuego! «Conviene aborrecer los litigios cuanto sea posible, y no sé si incluso un poco más de lo que es lícito: pues no solo es generoso ceder a veces un poco de los propios derechos, sino que incluso a veces es provechoso». Si fuéramos verdaderamente sabios, deberíamos alegrarnos y jactarnos, como oí un día muy ingenuamente a un niño de gran familia celebrar con todos que su madre acababa de perder su pleito: como si perdiera su tos, su fiebre, o alguna otra cosa molesta. Los favores mismos que la Fortuna pudo haberme dado, parentescos y amistades con quienes tienen autoridad soberana en estas cosas, he procurado mucho, según mi conciencia, evitar utilizarlos en perjuicio de otro, y no elevar por encima de su justo valor mis derechos. En fin, tanto he hecho a lo largo de mis días, enhorabuena pueda yo decirlo, que me veo aquí aún virgen de pleitos, que no han dejado de ofrecerse muchas veces a mi servicio con título bien justo, si me hubiera placido prestarles atención. Y virgen de querellas. He transcurrido hasta ahora una larga vida sin ofensa grave, pasiva o activa; y sin haber oído nada peor que mi nombre. Rara gracia del cielo.
Nuestras mayores agitaciones tienen resortes y causas ridículas. ¡Cuánta ruina acarreó nuestro último duque de Borgoña por la querella de una carretada de pieles de cordero! Y el grabado de un sello, ¿no fue acaso la primera y principal causa del más horrible desmoronamiento que esta máquina haya sufrido jamás? Pues Pompeyo y César no son sino los retoños y la continuación de aquellos otros dos. Y he visto en mi época a las más sabias cabezas de este reino reunidas con gran ceremonia y gasto público para tratados y acuerdos, cuya verdadera decisión dependía entretanto, con total soberanía, de las conversaciones del gabinete de las damas y de la inclinación de alguna mujercilla. Los poetas han entendido bien esto, ellos que pusieron a Grecia y Asia a sangre y fuego por una manzana. Mirad por qué aquel se va a jugarse su honor y su vida con su espada y su puñal; que os diga de dónde viene la fuente de ese conflicto, no puede hacerlo sin ruborizarse: tan vana y frívola es la ocasión.
Al meterse en ello, solo hace falta un poco de reflexión, pero una vez que estás embarcado, todas las cuerdas tiran. Allí se necesitan grandes provisiones, mucho más difíciles e importantes. ¡Cuánto más fácil es no entrar que salir! Ahora bien, hay que proceder al revés de la caña, que produce un tallo largo y derecho de entrada; pero después, como si se hubiera debilitado y quedado sin aliento, empieza a hacer nudos frecuentes y espesos, como pausas, que muestran que ya no tiene aquella primera fuerza y constancia. Hay que empezar más bien con calma y frialdad, y guardar el aliento y los vigorosos ímpetus para lo más fuerte y la perfección de la tarea. Nosotros guiamos los asuntos en sus comienzos, y los tenemos a nuestra merced: pero después, cuando están en marcha, son ellos los que nos guían y arrastran, y tenemos que seguirlos.
Sin embargo, esto no quiere decir que este consejo me haya librado de toda dificultad, y que no haya tenido a menudo que refrenar y contener mis pasiones. No siempre se gobiernan según la medida de las ocasiones, y tienen sus entradas también a menudo ásperas y violentas. Aun así, de ello se obtiene un buen ahorro y fruto. Salvo para aquellos que, al obrar bien, no se contentan con ningún fruto si la reputación falta. Porque en verdad, tal efecto solo es considerado por cada uno en sí mismo. Estás más contento de ti; pero no más estimado: te has reformado antes de entrar en danza y de que el asunto estuviera a la vista. Sin embargo también, no solo en esto, sino en todos los demás deberes de la vida, la ruta de quienes apuntan al honor es muy distinta de la que siguen quienes se proponen el orden y la razón. Encuentro a algunos que se lanzan inconsideradamente y furiosamente a la lid, y se ralentizan en la carrera. Como dice Plutarco que aquellos que por el vicio de la falsa vergüenza son blandos y fáciles de conceder cuanto se les pida, son fáciles después de faltar a su palabra y desdecirse. Del mismo modo, quien entra ligeramente en querella, está sujeto a salir de ella con igual ligereza. Esta misma dificultad que me guarda de comenzarla, me incitaría a mantenerme firme en ella una vez que estuviera conmovido y acalorado. Es una mala manera. Una vez que estás en ello, hay que ir hasta el final o reventar. «Emprended fríamente», decía Bías, «pero perseguid ardientemente». Por falta de prudencia, se recae en falta de corazón, que es aún menos soportable.
La mayor parte de los acuerdos de nuestras querellas de hoy son vergonzosos y mentirosos. Solo buscamos salvar las apariencias y traicionamos entretanto y desmentimos nuestras verdaderas intenciones. Damos una capa al hecho. Sabemos cómo lo dijimos, y en qué sentido, y los presentes lo saben, y nuestros amigos a quienes quisimos hacer sentir nuestra ventaja. Es a expensas de nuestra franqueza y del honor de nuestro valor que desmentimos nuestro pensamiento y buscamos refugios en la falsedad para llegar a un acuerdo. Nos desmentimos a nosotros mismos para evitar un desmentido que hemos dado a otro. No hay que mirar si tu acción o tu palabra pueden tener otra interpretación, es tu verdadera y sincera interpretación la que ahora debes mantener, cueste lo que cueste. Se habla a tu virtud y a tu conciencia: no son partes para poner en máscara. Dejemos esos viles medios y esos expedientes a la argucia del tribunal. Las excusas y reparaciones que veo hacer todos los días para purgar la indiscreción me parecen más feas que la indiscreción misma. Más valdría ofenderlo otra vez que ofenderse a uno mismo haciendo tal enmienda a su adversario. Lo has desafiado movido por la cólera, y vas a apaciguarlo y halagarlo en tu calma y mejor sentido: así te sometes más de lo que te habías adelantado. No encuentro ninguna palabra tan viciosa en un caballero como el desdecirse me parece vergonzoso: cuando es un desmentirse que le arrancan por autoridad. Puesto que la obstinación le es más excusable que la pusilanimidad. Las pasiones me son tan fáciles de evitar como son difíciles de moderar. «Se arrancan del ánimo más fácilmente de lo que se templan». Quien no pueda alcanzar esa noble impasibilidad estoica, que se refugie en el regazo de esta mi estupidez popular. Lo que aquellos hacían por virtud, yo me acostumbro a hacerlo por complexión. La región media aloja las tempestades; los dos extremos, los hombres filósofos y los hombres rurales, coinciden en tranquilidad y felicidad:
«Feliz quien pudo conocer las causas de las cosas, y sometió bajo sus pies todos los miedos y el inexorable destino, y el estruendo del avaro Aqueronte. Afortunado también aquel que conoce a los dioses campestres, a Pan, al viejo Silvano y a las hermanas Ninfas».
De todas las cosas los nacimientos son débiles y tiernos. Por tanto, hay que tener los ojos abiertos en los comienzos. Porque así como entonces, en su pequeñez, no se descubre el peligro, cuando ha crecido, ya no se descubre el remedio. Habría encontrado un millón de contratiempos, todos los días, más difíciles de digerir en el curso de la ambición, de lo que me ha sido difícil detener la inclinación natural que me llevaba a ella.
«Con razón me horroricé de alzar la cabeza visible a lo lejos».
Todos los actos públicos están sujetos a interpretaciones inciertas y diversas, pues demasiadas cabezas los juzgan. Algunos dicen de esta ocupación mía en el ayuntamiento (y me contenta hablar un poco de ella, no porque lo merezca, sino para que sirva de muestra de mis costumbres en tales asuntos) que me comporté como hombre que se conmueve con demasiada flojedad y con un afecto lánguido, y no están del todo alejados de la apariencia. Intento mantener mi alma y mis pensamientos en calma. «Apaciguado, ya por naturaleza, ya también por la edad». Y si a veces se desbocan ante alguna impresión ruda y penetrante, es en verdad sin mi consentimiento. De esta languidez natural no se debe, sin embargo, sacar ninguna prueba de impotencia, pues falta de cuidado y falta de juicio son dos cosas, y menos aún de desconocimiento ni de ingratitud hacia ese pueblo que empleó todos los medios más extremos que tuvo en sus manos para gratificarme, tanto antes de conocerme como después. E hizo mucho más por mí al devolverme mi cargo que al dármelo por primera vez. Le deseo todo el bien posible. Y ciertamente, si la ocasión se hubiera presentado, no hay nada que hubiera escatimado para su servicio. Me moví por él como lo hago por mí. Es un buen pueblo, guerrero y generoso, capaz sin embargo de obediencia y disciplina, y de servir a algún buen uso si está bien guiado.
Dicen también que mi ejercicio del cargo transcurrió sin marca ni rastro. Muy bien. Me acusan de inacción en un tiempo en que casi todo el mundo era culpable de hacer demasiado. Tengo un actuar precipitado cuando la voluntad me arrastra. Pero esta impetuosidad es enemiga de la perseverancia. Quien quiera servirse de mí según mi manera, que me dé asuntos donde se necesite vigor y libertad, que tengan una conducción recta y corta, y además arriesgada: en eso podré algo. Si ha de ser larga, sutil, laboriosa, artificiosa y tortuosa, hará mejor en dirigirse a otro. No todas las responsabilidades importantes son difíciles. Estaba preparado para esforzarme un poco más rudamente si hubiera sido muy necesario, pues está en mi poder hacer algo más de lo que hago y de lo que me gusta hacer. No omití que yo sepa ninguna actuación que el deber requiriera verdaderamente de mí. Olvidé fácilmente aquellas que la ambición mezcla con el deber y cubre con su nombre. Son ésas las que más a menudo llenan los ojos y los oídos, y contentan a los hombres. No les paga la cosa, sino la apariencia. Si no oyen ruido, les parece que uno duerme. Mis humores son contrarios a los humores ruidosos. Yo detendría bien un disturbio sin turbarme, y castigaría un desorden sin alterarme.
¿Necesito cólera e inflamación? La tomo prestada y me enmascaro con ella. Mis costumbres son romas, más bien sosas que ásperas. No acuso a un magistrado que duerme, con tal de que quienes están bajo su mano duerman también. Las leyes duermen igualmente. Yo, por mi parte, elogio una vida deslizante, sombría y muda. «Ni sumisa y abatida, ni engreída». Mi fortuna así lo quiere. Nací de una familia que ha transcurrido sin resplandor y sin tumulto, y desde hace mucho tiempo particularmente ambiciosa de probidad. Nuestros hombres están tan formados para la agitación y la ostentación que la bondad, la moderación, la ecuanimidad, la constancia y tales cualidades quietas y oscuras ya no se sienten. Los cuerpos ásperos se sienten, los pulidos se manejan imperceptiblemente. La enfermedad se siente, la salud poco o nada; ni las cosas que nos ungen, comparadas con las que nos pinchan. Es actuar por la propia reputación y provecho particular, no por el bien, postergar para hacer en la plaza lo que se puede hacer en la sala del consejo, y a pleno mediodía lo que se hizo la noche anterior, y estar celoso de hacer uno mismo lo que el compañero hace igual de bien. Así hacían algunos cirujanos de Grecia las operaciones de su arte sobre andamios a la vista de los transeúntes, para adquirir más práctica y clientela.
Juzgan que las buenas disposiciones no pueden entenderse sino al son de la trompeta. La ambición no es un vicio de compañeros pequeños ni de esfuerzos como los nuestros. Se decía a Alejandro: «Tu padre te dejará una gran dominación, fácil y pacífica». Este muchacho envidiaba las victorias de su padre y la justicia de su gobierno. No hubiera querido gozar del imperio del mundo blanda y pacíficamente. Alcibíades, en Platón, prefiere morir joven, bello, rico, noble, sabio, todo eso por excelencia, que detenerse en el estado de esa condición. Esta enfermedad es quizá excusable en un alma tan fuerte y tan llena. Cuando estos enanos y mezquinos se van pavoneando y piensan expandir su nombre por haber juzgado correctamente un asunto o continuado el orden de las guardias de una puerta de la ciudad, muestran tanto más el trasero cuanto esperan levantar la cabeza. Este pequeño bien hacer no tiene cuerpo ni vida. Se va desvaneciendo en la primera boca y no se pasea sino de una encrucijada de calle a otra. Conversa tranquilamente de ello con tu hijo y tu criado, como aquel antiguo que, no teniendo otro auditorio de sus alabanzas y aprobación de su valor, se jactaba con su camarera gritándole: «¡Perrete, el galante y capaz amo que tienes!». Conversa de ello contigo mismo, en el peor de los casos, como un consejero que conozco, que habiendo soltado una retahíla de párrafos con extrema tensión y pareja necedad, retirándose de la sala del consejo al urinario del palacio, fue oído musitando entre dientes muy concienzudamente: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria».
Quien no puede pagarse de otra manera, que se pague de su bolsa. La fama no se prostituye a tan vil precio. Las acciones raras y ejemplares a las que se debe no soportarían la compañía de esa multitud innumerable de pequeñas acciones cotidianas. El mármol elevará tus títulos cuanto te plazca por haber hecho reparar un trozo de muro o limpiar un arroyo público, pero no los hombres que tienen juicio. El ruido no sigue a toda bondad si la dificultad y la extrañeza no van unidas a ella. Incluso la simple estima no se debe a toda acción que no tenga virtud, según los estoicos. Y no quieren que se agradezca siquiera a quien por templanza se abstiene de una vieja legañosa. Quienes conocieron las admirables cualidades de Escipión el Africano rechazan la gloria que Panecio le atribuye de haber sido abstinente de dones, como gloria no tanto suya como de su siglo. Tenemos los placeres acordes a nuestra fortuna; no usurpemos los de la grandeza. Los nuestros son más naturales, y tanto más sólidos y seguros cuanto más bajos. Ya que no es por conciencia, al menos por ambición rechacemos la ambición. Desdeñemos ese hambre de fama y honor baja y mendicante que nos hace mendigar de toda clase de gentes, «¿qué clase de alabanza es ésa que puede obtenerse en el mercado?», por medios abyectos y a cualquier vil precio que sea.
Es deshonra ser así honrado. Aprendamos a no ser más ávidos que capaces de gloria. Hincharse por toda acción útil e inocente es propio de gentes para quienes es extraordinaria y rara. Quieren valorarla por el precio que les cuesta. A medida que un buen efecto es más resplandeciente, rebajo de su bondad la sospecha en que entro de que se produce más por ser resplandeciente que por ser bueno. Exhibido, está medio vendido. Aquellas acciones tienen mucha más gracia que escapan de la mano del artífice negligentemente y sin ruido, y que algún hombre honesto escoge después y rescata de la sombra para empujarlas a la luz a causa de ellas mismas. «A mí me parecen más laudables todas las cosas que se hacen sin ostentación y sin testigos del pueblo», dice el hombre más glorioso del mundo. Yo sólo tenía que conservar y durar, que son efectos sordos e insensibles. La innovación es de gran lustre, pero está prohibida en este tiempo en que estamos apremiados y sólo tenemos que defendernos de las novedades. La abstención de hacer es a menudo tan generosa como el hacer, pero está menos a la luz del día. Y este poco que valgo es casi todo de esta especie. En suma, las ocasiones en este cargo han seguido mi complexión, de lo cual les estoy muy agradecido.
¿Hay alguien que desee estar enfermo para ver a su médico en acción? ¿Y no habría que azotar al médico que nos deseara la peste para poner su arte en práctica? No he tenido ese humor inicuo y bastante común de desear que el disturbio y la enfermedad de los asuntos de esta ciudad realzaran y honraran mi gobierno. Presté de buen corazón el hombro a su bienestar y facilidad. Quien no me quiera agradecer el orden, la dulce y muda tranquilidad que ha acompañado mi conducción, al menos no puede privarme de la parte que me corresponde por el título de mi buena fortuna. Y estoy hecho de tal modo que me gusta tanto ser afortunado como sabio, y deber mis éxitos puramente a la gracia de Dios que a la intervención de mi operación. Había publicado bastante abiertamente al mundo mi insuficiencia en tales manejos públicos. Tengo algo peor aún que la insuficiencia: que no me desagrada mucho y que no busco apenas curarla, visto el curso de vida que he diseñado. No me he satisfecho a mí mismo en esta intervención, pero aproximadamente he llegado a lo que me había prometido, e incluso he superado con mucho lo que había prometido a aquellos con quienes tenía que tratar, pues prometo voluntariamente un poco menos de lo que puedo y de lo que espero cumplir. Me aseguro no haber dejado ni ofensa ni odio. De dejar pesar y deseo de mí, sé al menos bien esto: que no lo he buscado mucho.
«¿Confiarme yo a este monstruo? ¿Yo ignorar el semblante del mar apacible y las olas quietas?»
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