Capítulo 6De los coches
Es muy fácil comprobar que los grandes autores, cuando escriben sobre las causas de las cosas, no se sirven únicamente de aquellas que estiman verdaderas, sino también de las que no creen, con tal de que tengan alguna inventiva y belleza. Hablan con bastante verdad y utilidad si hablan con ingenio. No podemos estar seguros de la causa principal, así que amontonamos varias, para ver si por casualidad se encuentra entre ese número,
Pues decir una sola causa no basta, sino muchas, de las cuales una sin embargo sea la verdadera.
¿Me preguntas de dónde viene esta costumbre de bendecir a quienes estornudan? Producimos tres clases de viento: el que sale por abajo es demasiado sucio; el que sale por la boca conlleva cierto reproche de glotonería; el tercero es el estornudo: y como viene de la cabeza y no tiene nada censurable, le hacemos este honesto recibimiento. No te burles de esta sutileza, dicen que es de Aristóteles.
Me parece haber visto en Plutarco (que es de todos los autores que conozco el que mejor ha mezclado el arte con la naturaleza, y el juicio con la ciencia) explicar la causa del mareo de estómago que sobreviene a quienes viajan por mar, diciendo que les ocurre por miedo, habiendo encontrado alguna razón por la que demuestra que el miedo puede producir tal efecto. Yo, que soy muy propenso a ello, sé bien que esa causa no me afecta. Y lo sé, no por razonamiento, sino por experiencia necesaria. Sin mencionar lo que me han dicho, que lo mismo sucede a menudo a los animales, especialmente a los cerdos, sin que haya aprensión alguna de peligro, y lo que un conocido mío me ha testimoniado de sí mismo, que siendo muy propenso a ello, las ganas de vomitar se le pasaron dos o tres veces al encontrarse preso de espanto en una gran tormenta. Como a aquel antiguo: «Me sentía tan mal que ni siquiera el peligro se me ocurría». Nunca tuve miedo sobre el agua, como tampoco lo he tenido en otros lugares (y se me han ofrecido con bastante frecuencia motivos justos, si es que la muerte lo es) que me haya turbado o deslumbrado. Nace a veces de falta de juicio, como de falta de valor.
Todos los peligros que he visto han sido con los ojos abiertos, la vista libre, sana y entera. Aún hace falta valor para temer. Me sirvió en otro tiempo, comparado con otros, para conducir y mantener en orden mi huida, de modo que fuese, si no sin temor, al menos sin terror y sin aturdimiento. Estaba conmovida, pero no aturdida ni desesperada. Las grandes almas van mucho más lejos, y muestran huidas no solo serenas y sensatas, sino orgullosas. Contemos la que Alcibíades relata de Sócrates, su compañero de armas: «Lo encontré, dice, después de la derrota de nuestro ejército, a él y a Laques, entre los últimos de los que huían, y lo observé con toda tranquilidad y en seguridad, pues yo iba sobre un buen caballo y él a pie, y así habíamos combatido. Advertí primero cuánta prudencia y resolución mostraba, comparado con Laques; y luego la valentía de su andar, en nada diferente del ordinario: su mirada firme y sosegada, considerando y juzgando lo que sucedía a su alrededor, mirando ora a unos, ora a otros, amigos y enemigos, de un modo que animaba a los unos y significaba a los otros que vendería muy caro su sangre y su vida a quien intentase quitársela, y así se salvaron: pues de buena gana no se ataca a estos, sino que se corre tras los aterrorizados».
Este es el testimonio de ese gran capitán que nos enseña lo que experimentamos todos los días, que nada nos arroja tanto a los peligros como un afán desconsiderado de salirnos de ellos. «Cuanto menos miedo hay, menos peligro suele haber». Nuestro pueblo se equivoca al decir «ese teme la muerte» cuando quiere expresar que piensa en ella y la prevé. La previsión conviene igualmente a lo que nos afecta en bien y en mal. Considerar y juzgar el peligro es en cierto modo lo contrario de asombrarse por él. No me siento bastante fuerte para soportar el golpe y la impetuosidad de esa pasión del miedo, ni de otra vehemente. Si una vez fuese vencido y derribado por ella, nunca me recuperaría del todo. Quien hiciese perder pie a mi alma, nunca la volvería a poner derecha en su lugar. Se examina y escruta demasiado viva y profundamente. Y por tanto, nunca dejaría que se cerrase y consolidase la herida que la hubiese atravesado. Ha sido una suerte que ninguna enfermedad me la haya trastornado todavía. A cada ataque que me llega, me presento y opongo con mi alto aparato. Así el primero que me arrastrase me dejaría sin remedio. No tengo dos vidas. Por cualquier lado que el oleaje abra brecha en mi dique, me encuentro abierto y anegado sin remedio.
Epicuro dice que el sabio nunca puede pasar a un estado contrario. Yo sostengo algo parecido al reverso de esta sentencia: que quien haya sido una vez bien loco, no será nunca otra vez bien cuerdo. Dios me da el frío según el vestido, y me da las pasiones según el medio que tengo de soportarlas. Habiendo la naturaleza me descubierto por un lado, me ha cubierto por el otro; habiéndome desarmado de fuerza, me ha armado de insensibilidad y de una aprensión mesurada, o roma.
Ahora bien, no puedo soportar largo tiempo, y los soportaba más difícilmente en mi juventud, ni coche, ni litera, ni barca, y odio cualquier otro medio de transporte que no sea el caballo, en la ciudad y en el campo. Pero puedo soportar la litera menos que un coche, y por la misma razón, más fácilmente una agitación ruda sobre el agua, de donde procede el miedo, que el movimiento que se siente en tiempo calmado. Por esa ligera sacudida que dan los remos, robando el navío bajo nosotros, siento turbárseme, no sé cómo, la cabeza y el estómago: como no puedo soportar bajo mí un asiento tembloroso. Cuando la vela o la corriente del agua nos lleva uniformemente, o cuando nos remolcan, esa agitación uniforme no me molesta en absoluto. Es un movimiento interrumpido el que me ofende: y más, cuando es lánguido. No sabría pintarlo de otro modo. Los médicos me han ordenado apretarme y ceñirme con una toalla la parte baja del vientre, para remediar este accidente: lo cual no he probado, por estar acostumbrado a luchar contra los defectos que hay en mí y dominarlos por mí mismo.
Si tuviese la memoria suficientemente informada, no lamentaría mi tiempo al contar aquí la infinita variedad que las historias nos presentan del uso de los coches al servicio de la guerra: diversos según las naciones, según los siglos: de gran efecto, me parece, y necesidad. De modo que es maravilla que hayamos perdido todo conocimiento de ello. Diré solamente esto, que muy recientemente, en tiempos de nuestros padres, los húngaros los emplearon muy útilmente en el combate contra los turcos: en cada uno iba un portador de rodela y un mosquetero, y cierto número de arcabuces dispuestos, preparados y cargados: todo ello cubierto con una empalizada, a modo de galeota. Formaban frente a su batalla con tres mil de tales coches, y después de que el cañón hubiese actuado, los hacían tirar y lanzar a los enemigos esa salva, antes de probar el resto: lo que no era un ligero avance; o lanzaban dichos coches dentro de sus escuadrones, para romperlos y abrirse paso: además del auxilio que podían obtener de ellos para flanquear en lugar delicado las tropas que marchaban en el campo, o para cubrir un alojamiento a toda prisa y fortificarlo. En mi tiempo, un caballero en una de nuestras fronteras, impedido de su persona y no encontrando caballo capaz de soportar su peso, teniendo una querella, marchaba por el país en coche de esta misma forma, y se encontraba muy bien con ello.
Pero dejemos estos carros guerreros. Como si su insignificancia no fuera suficientemente conocida por mejores pruebas, los últimos reyes de nuestra primera dinastía marchaban por el país en un carro tirado por cuatro bueyes. Marco Antonio fue el primero que se hizo arrastrar por Roma, y junto a él una moza músico, por leones enganchados a un coche. Heliogábalo hizo lo mismo después, llamándose Cibeles la madre de los dioses y también por tigres, imitando al dios Baco: enganchó asimismo a veces dos ciervos a su coche; y otra vez cuatro perros y hasta cuatro mozas desnudas, haciéndose arrastrar por ellas, en pompa, completamente desnudo. El emperador Firmo hizo tirar su coche por avestruces de tamaño prodigioso, de manera que parecía más volar que rodar. La extrañeza de estos inventos me trae a la cabeza esta otra idea: que es una especie de pusilanimidad en los monarcas, y un testimonio de no sentir suficientemente lo que son, esforzarse en hacerse valer y aparecer mediante gastos excesivos. Sería cosa excusable en país extranjero; pero entre sus súbditos, donde puede todo, extrae de su dignidad el más extremo grado de honor al que pueda llegar. Como a un hidalgo, me parece que es superfluo vestirse con esmero en su intimidad: su casa, su séquito, su cocina responden suficientemente de él. El consejo que Isócrates da a su rey no me parece sin razón: que sea espléndido en muebles y utensilios en tanto que es un gasto duradero que pasa hasta sus sucesores, y que evite todas las magnificencias que se desvanecen al instante tanto del uso como de la memoria.
Me gustaba arreglarme cuando era joven, a falta de otro adorno, y me sentaba bien. Hay quienes lloran bajo las bellas vestiduras. Tenemos relatos maravillosos de la frugalidad de nuestros reyes en cuanto a sus personas, y en sus dones grandes reyes en crédito, en valor y en fortuna. Demóstenes combate a ultranza la ley de su ciudad que asignaba los dineros públicos a las pompas de los juegos y de sus fiestas. Él quiere que su grandeza se muestre en cantidad de navíos bien equipados y buenos ejércitos bien provistos. Y tiene razón al acusar a Teofrasto, que establece en su libro de las riquezas un parecer contrario y mantiene que tal naturaleza de gasto es el verdadero fruto de la opulencia. Son placeres, dice Aristóteles, que sólo tocan al populacho más bajo; que se desvanecen del recuerdo tan pronto como uno está saciado de ellos y de los cuales ningún hombre juicioso y grave puede hacer estima. El empleo me parecería mucho más real, como más útil, justo y duradero, en puertos, en abrigos, fortificaciones y murallas; en edificios suntuosos, en iglesias, hospitales, colegios, reforma de calles y caminos en lo cual el papa Gregorio XIII dejará su memoria recomendable por largo tiempo; y en lo cual nuestra reina Catalina testimoniaría durante largos años su liberalidad natural y munificencia, si sus medios bastaran a su afecto. La fortuna me ha causado gran disgusto al interrumpir la bella estructura del Puente Nuevo de nuestra gran ciudad, y quitarme la esperanza antes de morir de verlo en servicio.
Además de esto, parece a los súbditos espectadores de estos triunfos que se les hace muestra de sus propias riquezas y que se les festeja a sus expensas. Pues los pueblos presumen de buen grado de los reyes, como nosotros hacemos de nuestros criados, que deben ocuparse de procurarnos en abundancia todo lo que necesitamos, pero que no deben tocar en absoluto su parte. Y por eso el emperador Galba, habiendo disfrutado de un músico durante su cena, se hizo traer su caja y le dio en la mano un puñado de escudos que sacó de ella, con estas palabras: «No es del dinero público, es del mío». Tanto es así que sucede con mayor frecuencia que el pueblo tiene razón, y que se le alimenta la vista con aquello con que debía alimentarse su vientre.
La liberalidad misma no luce bien en mano soberana: los particulares tienen más derecho a ella. Pues a tomarlo exactamente, un rey no tiene nada propiamente suyo; se debe él mismo a los demás. La jurisdicción no se da en favor del que juzga: es en favor del juzgado. Se hace un superior, no jamás para su provecho, sino para el provecho del inferior; y un médico para el enfermo, no para sí. Toda magistratura, como todo arte, arroja su fin fuera de sí. «Ningún arte se ocupa de sí mismo». Por lo cual los tutores de la infancia de los príncipes, que se empeñan en inculcarles esta virtud de la largueza y les predican que no sepan negar nada y no estimen nada tan bien empleado como lo que den (instrucción que he visto en mi tiempo muy en crédito), o miran más por su provecho que por el de su amo, o entienden mal a quién hablan. Es demasiado fácil inculcar la liberalidad en aquel que tiene con qué proveer a ella cuanto quiera, a expensas de otros. Y su estimación regulándose, no por la medida del presente, sino por la medida de los medios de quien la ejerce, viene a ser vana en manos tan poderosas. Se encuentran pródigos antes de ser liberales. Por eso tiene ella poca recomendación en comparación con otras virtudes reales. Y la única, como decía el tirano Dionisio, que se compagina bien con la tiranía misma. Yo le enseñaría más bien este verso del labrador antiguo,
Τῇ χειρὶ δεῖ σπείρειν, ἀλλὰμὴ ὅλῳ τῷ θυλάκῳ. Que quien quiera obtener fruto de ello debe sembrar con la mano, no volcar el saco entero: hay que esparcir el grano, no desparramarlo; y que teniendo que dar, o mejor dicho, pagar y devolver a tantas personas según lo que han merecido, debe ser un dispensador leal y sensato. Si la liberalidad de un príncipe carece de discreción y mesura, prefiero que sea avaro. La virtud real parece consistir principalmente en la justicia. Y de todas las partes de la justicia, la que mejor distingue a los reyes es la que acompaña a la liberalidad. Pues la han reservado especialmente para su responsabilidad, mientras que cualquier otra justicia la ejercen de buen grado por mediación de otros. La largueza inmoderada es un medio débil para ganar la benevolencia, pues rechaza a más personas de las que atrae: Quo in plures vsus sis, minus in multos vti possis. Quid autem est stultius, quam, quod libenter facias, curare vt id diutius facere non possis? Y si se emplea sin considerar el mérito, avergüenza a quien la recibe y se recibe sin agradecimiento. Tiranos han sido sacrificados al odio del pueblo por las mismas manos de aquellos a quienes habían promocionado inicuamente: tal clase de hombres, creyendo asegurar la posesión de bienes indebidamente recibidos, demuestran despreciar y odiar a aquel de quien los recibieron, y se suman al juicio y la opinión común en esto.
Los súbditos de un príncipe excesivo en dones se vuelven excesivos en demandas: se ajustan no a la razón, sino al ejemplo. Ciertamente hay muchas veces de qué avergonzarse, de nuestra desvergüenza. Estamos sobrepagados según justicia cuando la recompensa iguala nuestro servicio: pues ¿acaso no debemos nada a nuestros príncipes por obligación natural? Si cubre nuestros gastos, hace demasiado; basta con que los ayude: lo demás se llama beneficio, que no puede exigirse, pues el propio nombre de liberalidad significa libertad. A nuestra manera, nunca está hecho: lo recibido ya no se tiene en cuenta; solo se ama la liberalidad futura. Por eso, cuanto más se agota un príncipe dando, más se empobrece de amigos. ¿Cómo saciaría las ansias que crecen a medida que se colman? Quien piensa en recibir ya no piensa en lo que ha recibido. La codicia no tiene nada tan propio como ser ingrata. El ejemplo de Ciro no vendrá mal en este lugar para servir a los reyes de este tiempo de piedra de toque para reconocer si sus dones están bien o mal empleados, y hacerles ver cuánto más acertadamente los otorgaba este emperador que ellos. Por eso se ven obligados a pedir prestado después a súbditos desconocidos, y más bien a aquellos a quienes han hecho mal que a aquellos a quienes han hecho bien, y no reciben ayudas en las que haya nada de gratuito salvo el nombre.
Creso le reprochaba su largueza y calculaba a cuánto ascendería su tesoro si hubiera tenido las manos más contenidas. Tuvo ganas de justificar su liberalidad y enviando mensajes por todas partes a los grandes de su estado, a quienes había promocionado particularmente, rogó a cada uno que le ayudara con tanto dinero como pudiera ante una necesidad suya, y se lo enviara con declaración. Cuando le trajeron todas estas cédulas, cada uno de sus amigos, no estimando que fuera suficiente ofrecerle solamente tanto como había recibido de su munificencia, añadiendo mucho de lo suyo propio, resultó que esta suma ascendía a mucho más de lo que decía el ahorro de Creso. Ante lo cual Ciro dijo: «No estoy menos enamorado de las riquezas que los demás príncipes, y más bien soy más ahorrativo con ellas. Veis a qué bajo precio he adquirido el tesoro inestimable de tantos amigos, y cuánto más fieles tesoreros son para mí que lo serían hombres mercenarios, sin obligación, sin afecto; y mi hacienda mejor depositada que en cofres, atrayendo sobre mí el odio, la envidia y el desprecio de los demás príncipes». Los emperadores justificaban la superfluidad de sus juegos y espectáculos públicos en que su autoridad dependía en cierto modo, al menos en apariencia, de la voluntad del pueblo romano, que desde siempre había estado acostumbrado a ser halagado por tal clase de espectáculos y excesos.
Pero eran particulares quienes habían alimentado esta costumbre de gratificar a sus conciudadanos y compañeros, principalmente de su bolsa, con tal profusión y magnificencia. Tuvo un sabor muy distinto cuando fueron los amos quienes vinieron a imitarla. Pecuniarum translatio à iustis dominis ad alienos non debet liberalis videri. Filipo, porque su hijo intentaba ganar por medio de regalos la voluntad de los macedonios, le reprendió por una carta de esta manera: «¿Qué? ¿Tienes ganas de que tus súbditos te tengan por su bolsero y no por su rey? ¿Quieres atraerlos? Atráelos con los beneficios de tu virtud, no con los beneficios de tu cofre». Era sin embargo algo hermoso hacer traer y plantar en la plaza de la arena una gran cantidad de grandes árboles, todos ramosos y todos verdes, representando un gran bosque sombreado, distribuido con bella simetría; y el primer día echar allí dentro mil avestruces, mil ciervos, mil jabalíes y mil gamos, abandonándolos para que el pueblo los pillara; al día siguiente hacer matar en su presencia cien grandes leones, cien leopardos y trescientos osos; y para el tercer día hacer combatir a muerte trescientas parejas de gladiadores, como hizo el emperador Probo. Era también hermoso de ver esos grandes anfiteatros incrustados de mármol por fuera, labrados con obras y estatuas, el interior reluciente de raros enriquecimientos,
Baltheus en gemmis, en illita porticus auro. Todos los lados de ese gran vacío, llenos y rodeados desde el fondo hasta la cima de sesenta u ochenta filas de gradas, también de mármol, cubiertas de cojines,
Que salga, dice, si hay pudor, y se levante del cojín ecuestre aquel cuya hacienda no basta para la ley,
donde pudieran acomodarse cien mil hombres sentados cómodamente. Y el espacio del fondo, donde se celebraban los juegos, hacerlo primero, por arte, abrirse y henderse en grietas, representando cavernas que vomitaban las bestias destinadas al espectáculo; y después, en segundo lugar, inundarlo con un mar profundo que acarreaba gran cantidad de monstruos marinos, cargado de navíos armados para representar una batalla naval; y tercero, allanarlo y secarlo de nuevo para el combate de los gladiadores; y para la cuarta transformación, cubrirlo de arena de bermellón y estoraque en lugar de arena, para preparar allí un festín solemne para todo ese número infinito de pueblo: el último acto de un solo día.
Cuántas veces vimos descender a las arenas, y por la tierra abierta en sima surgir fieras, y a menudo de las mismas guaridas crecer árboles dorados con corteza azafranada. No solo nos tocó ver monstruos selváticos, yo vi becerros luchar con osos marinos, y ganado digno del nombre de caballos, pero deforme.
A veces hacían nacer allí una alta montaña llena de frutales y árboles verdeantes, derramando por su cima un arroyo de agua como de la boca de una fuente viva. A veces paseaban por allí un gran navío que se abría y desprendía por sí mismo, y después de haber vomitado de su vientre cuatro o quinientas bestias de combate, se cerraba y desaparecía sin ayuda. Otras veces, desde el fondo de esta plaza hacían brotar surtidores y chorros de agua que saltaban hacia arriba, y a esa altura infinita iban regando y perfumando a esa infinita multitud. Para protegerse de las inclemencias del tiempo hacían tender sobre esa inmensa capacidad, ora velas de púrpura labradas a la aguja, ora de seda de uno u otro color, y las avanzaban y retiraban en un instante según se les antojaba,
Aunque el sol calienta mucho el espectáculo, se retiran los toldos cuando llega Hermógenes.
Las redes también que se ponían delante del pueblo para defenderlo de la violencia de estas bestias lanzadas estaban tejidas de oro,
También refulgentes redes trenzadas de oro.
Si hay algo excusable en tales excesos es cuando la invención y la novedad proporcionan admiración, no el gasto. En estas mismas vanidades descubrimos cuán fértiles eran aquellos siglos en otros ingenios que no lo son los nuestros. Ocurre con esta clase de fertilidad lo mismo que con todas las demás producciones de la naturaleza. No es que empleara entonces en ello su último esfuerzo. No avanzamos, más bien rondamos y giramos por aquí y por allá; nos paseamos sobre nuestros pasos. Temo que nuestro conocimiento sea débil en todos los sentidos. No vemos ni muy lejos ni muy atrás. Abarca poco y vive poco: corto tanto en extensión de tiempo como en extensión de materia.
Vivieron muchos valientes antes de Agamenón, mas todos yacen sin lágrimas, desconocidos en la larga noche.
Y sobre la guerra de Troya y las muertes de Troya cantaron muchos otros poetas otras cosas también.
Y la narración de Solón, sobre lo que había aprendido de los sacerdotes de Egipto acerca de la larga vida de su estado, y la manera de aprender y conservar las historias extranjeras, no me parece un testimonio digno de rechazo en esta consideración. «Si viéramos la magnitud ilimitada de las regiones y de los tiempos en todas direcciones, en la cual el espíritu, lanzándose y extendiéndose, vagabundea tan amplia y largamente que no ve ninguna orilla última en la que pueda detenerse; en esta inmensidad infinita, aparecería una multitud innumerable de formas.» Aunque todo lo que nos ha llegado por relato del pasado hasta nosotros fuera verdad, y lo supiera alguien, sería menos que nada comparado con lo que se ignora. Y de esta misma imagen del mundo que transcurre mientras estamos en él, ¡qué mezquino y limitado es el conocimiento de los más curiosos! No solo de los acontecimientos particulares, que la Fortuna vuelve a menudo ejemplares y significativos, sino también del estado de las grandes organizaciones políticas y naciones: se nos escapa cien veces más de lo que llega a nuestra ciencia. Nos maravillamos del milagro de la invención de nuestra artillería, de nuestra imprenta; otros hombres, en otro extremo del mundo, en China, disfrutaban de ello mil años antes. Si viéramos tanto del mundo como no vemos, percibiríamos, como es de creer, una perpetua multiplicación y vicisitud de formas. No hay nada único y raro, con respecto a la Naturaleza, sí en verdad con respecto a nuestro conocimiento, que es un miserable fundamento de nuestras reglas, y que nos representa de buena gana una imagen muy falsa de las cosas. Así como vanamente concluimos hoy la decadencia y decrepitud del mundo, por los argumentos que sacamos de nuestra propia debilidad y decadencia:
«Ya tan debilitada está la edad, debilitada la tierra.» Así vanamente concluía aquel su nacimiento y juventud, por el vigor que veía en los espíritus de su tiempo, abundantes en novedades e invenciones de diversas artes:
«Pero, según opino, la totalidad de las cosas tiene novedad, y reciente es la naturaleza del mundo, y no hace mucho comenzó sus orígenes: por eso también ahora algunas artes se perfeccionan, ahora también crecen, ahora muchas cosas se han añadido a las naves.»
Nuestro mundo acaba de descubrir otro (¿y quién nos asegura que es el último de sus hermanos, puesto que los demonios, las sibilas y nosotros mismos hemos ignorado este hasta ahora?), no menos grande, pleno y completo que el nuestro: sin embargo, tan nuevo y tan niño que todavía se le enseña el abecedario. No hace cincuenta años no conocía ni letras, ni pesas, ni medidas, ni vestidos, ni trigo, ni viñas. Estaba aún completamente desnudo en el regazo, y no vivía sino de los medios de su madre nodriza. Si concluimos bien acerca de nuestro fin, y ese poeta acerca de la juventud de su siglo, ese otro mundo no hará sino entrar en la luz cuando el nuestro salga de ella. El universo caerá en parálisis: un miembro estará paralizado, el otro en vigor. Mucho temo que habremos acelerado muy fuertemente su declinación y su ruina por nuestro contagio, y que le habremos vendido muy caro nuestras opiniones y nuestras artes. Era un mundo niño; pero no lo hemos azotado ni sometido a nuestra disciplina por la ventaja de nuestro valor y fuerzas naturales, ni lo hemos tratado con nuestra justicia y bondad, ni subyugado por nuestra magnanimidad. La mayor parte de sus respuestas y de las negociaciones llevadas a cabo con ellos testimonian que no nos debían nada en claridad de espíritu natural y en pertinencia.
La espantosa magnificencia de las ciudades de Cuzco y de México, y entre varias cosas semejantes, el jardín de ese rey donde todos los árboles, los frutos y todas las hierbas, según el orden y el tamaño que tienen en un jardín, estaban excelentemente formados en oro; como en su gabinete, todos los animales que nacían en su estado y en sus mares; y la belleza de sus obras en pedrería, en pluma, en algodón, en pintura, muestran que no nos cedían tampoco en ingenio. Pero en cuanto a devoción, observancia de las leyes, bondad, liberalidad, lealtad, franqueza, nos ha servido mucho no tener tanta como ellos. Se han perdido por esa ventaja, y se han vendido y traicionado a sí mismos. En cuanto a audacia y coraje, en cuanto a firmeza, constancia, resolución contra los dolores, el hambre y la muerte, no temería oponer los ejemplos que encontraría entre ellos a los más famosos ejemplos antiguos que tenemos en las memorias de nuestro mundo de acá. Porque en cuanto a quienes los han subyugado, que quiten las astucias y los engaños de los que se sirvieron para embaucarlos, y el justo asombro que causaba a esas naciones ver llegar tan inopinadamente a gentes barbudas, diversas en lengua, religión, forma y aspecto, de un lugar del mundo tan alejado y donde jamás habían sabido que hubiese habitación alguna: montados sobre grandes monstruos desconocidos, contra aquellos que no solo jamás habían visto caballo, sino bestia alguna adiestrada para llevar y sostener hombre ni otra carga; provistos de una piel lustrosa y dura y de un arma cortante y resplandeciente, contra aquellos que por el milagro del brillo de un espejo o de un cuchillo iban cambiando una gran riqueza en oro y en perlas, y que no tenían ni ciencia ni materia con las que, tomándose su tiempo, pudiesen perforar nuestro acero; añadid los rayos y truenos de nuestras piezas de artillería y arcabuces, capaces de turbar al mismo César si lo hubieran sorprendido igualmente inexperto; y en ese momento, contra pueblos desnudos, salvo donde la invención había llegado de algún tejido de algodón, sin otras armas en su mayoría que arcos, piedras, palos y escudos de madera; pueblos sorprendidos bajo pretexto de amistad y de buena fe, por la curiosidad de ver cosas extrañas y desconocidas: quitad, digo, a los conquistadores esta disparidad, les quitáis toda la ocasión de tantas victorias.
Cuando miro ese ardor indomable con el que tantos millares de hombres, mujeres y niños se presentan y se arrojan tantas veces a los peligros inevitables para la defensa de sus dioses y de su libertad; esa generosa obstinación de sufrir todas las extremidades y dificultades, y la muerte, más voluntariamente que someterse a la dominación de aquellos de quienes han sido tan vergonzosamente engañados; y algunos, eligiendo más bien dejarse morir de hambre y de ayuno, una vez capturados, que aceptar el alimento de las manos de sus enemigos, tan vilmente victoriosas; preveo que si se los hubiese atacado de igual a igual, y de armas, y de experiencia, y de número, habría resultado tan peligroso, y más, que en cualquier otra guerra que veamos. ¡Que no haya caído bajo Alejandro, o bajo aquellos antiguos griegos y romanos, una conquista tan noble, y una mutación y alteración tan grande de tantos imperios y de pueblos, bajo manos que hubiesen suavemente pulido y desbrozado lo que había de salvaje, y hubiesen fortalecido y promovido las buenas semillas que la naturaleza había producido allí, mezclando no solamente el cultivo de las tierras y el ornamento de las ciudades, las artes de acá, en tanto que hubiesen sido necesarias, sino también mezclando las virtudes griegas y romanas con las originales del país!
¡Qué reparación habría sido, y qué enmienda para toda esta máquina, que los primeros ejemplos y comportamientos nuestros que se presentaron allá hubiesen llamado a esos pueblos a la admiración e imitación de la virtud, y hubiesen establecido entre ellos y nosotros una fraterna sociedad e inteligencia! ¡Cuán fácil habría sido sacar provecho de almas tan nuevas, tan hambrientas de aprendizaje, teniendo en su mayor parte tan hermosos comienzos naturales! Al contrario, nos hemos servido de su ignorancia e inexperiencia para plegarlos más fácilmente hacia la traición, la lujuria, la avaricia y hacia toda suerte de inhumanidad y de crueldad, según el ejemplo y patrón de nuestras costumbres. ¿Quién puso jamás a tal precio el servicio del comercio y del tráfico? Tantas ciudades arrasadas, tantas naciones exterminadas, tantos millones de pueblos pasados a filo de espada, y la más rica y bella parte del mundo trastornada para la negociación de las perlas y la pimienta. ¡Victorias viles! Jamás la ambición, jamás las enemistades públicas empujaron a los hombres unos contra otros a tan horribles hostilidades y calamidades tan miserables. Costeando el mar en busca de sus minas, unos españoles tomaron tierra en una comarca fértil y agradable, muy habitada, e hicieron a ese pueblo sus amonestaciones acostumbradas: que eran gentes pacíficas, venidas de lejanos viajes, enviadas de parte del rey de Castilla, el más grande príncipe de la tierra habitable, a quien el papa, representante de Dios en la tierra, había dado el principado de todas las Indias; que si querían serle tributarios, serían muy benignamente tratados; les pedían víveres para su alimentación y oro para la necesidad de alguna medicina; les exponían además la creencia en un solo Dios y la verdad de nuestra religión, que les aconsejaban aceptar, añadiendo algunas amenazas.
La respuesta fue tal: que en cuanto a ser pacíficos, no tenían la apariencia de serlo, si lo eran; en cuanto a su rey, puesto que pedía, debía de ser indigente y necesitado; y aquel que le había hecho esa distribución, hombre amante de la disensión, al ir a dar a un tercero cosa que no era suya, para ponerlo en disputa contra los antiguos poseedores.
En cuanto a víveres, que les proporcionarían oro, tenían poco; y era algo que estimaban en nada, porque era inútil para el sustento de su vida, mientras que todo su cuidado miraba solamente a pasarla feliz y placenteramente; sin embargo, lo que de ello pudieran encontrar, salvo lo que estaba dedicado al servicio de sus dioses, que lo tomaran sin miedo. En cuanto a un solo Dios, el discurso les había gustado, pero no querían cambiar su religión, habiéndose servido de ella tan útilmente durante tanto tiempo, y no acostumbraban a pedir consejo sino a sus amigos y conocidos. En cuanto a las amenazas, era señal de falta de juicio ir amenazando a aquellos cuya naturaleza y medios eran desconocidos. Así que se apresuraran prontamente a abandonar su tierra, pues no acostumbraban a tomar en buen sentido las cortesías y advertencias de gentes armadas y extranjeras; de otro modo se haría con ellos como con esos otros, mostrándoles las cabezas de algunos hombres ajusticiados alrededor de su ciudad. He aquí un ejemplo del balbuceo de esa infancia. Pero lo cierto es que ni en ese lugar ni en muchos otros, donde los españoles no encontraron las mercancías que buscaban, hicieron parada ni empresa alguna, por mucha otra comodidad que hubiera: testigo mis caníbales.
De los dos más poderosos monarcas de aquel mundo, y quizá de este, reyes de tantos reyes, los últimos que de allí expulsaron: aquel del Perú, habiendo sido apresado en una batalla y sometido a un rescate tan excesivo que supera toda creencia, y habiéndolo pagado fielmente, y habiendo dado por su conversación muestra de un ánimo franco, liberal y constante, y de un entendimiento claro y bien equilibrado, entró en deseos a los vencedores, después de haber sacado de él un millón trescientos veinticinco mil quinientos de peso en oro, aparte de la plata y otras cosas que no montaron menos (de modo que sus caballos ya no iban herrados sino con oro macizo), de ver aún, al precio de cualquier deslealtad que fuese, cuál podría ser el resto de los tesoros de ese rey, y gozar libremente de lo que había guardado. Le imputaron una falsa acusación y prueba: que proyectaba hacer sublevar sus provincias para recuperar su libertad. Por lo cual, mediante hermoso juicio de aquellos mismos que le habían urdido esa traición, se le condenó a ser ahorcado y estrangulado públicamente, habiéndosele hecho redimir el tormento de ser quemado vivo mediante el bautismo que le dieron en el suplicio mismo. Suceso horrible e inaudito, que sufrió sin embargo sin desmentirse ni de semblante ni de palabra, con una compostura y gravedad verdaderamente reales. Y luego, para adormecer a los pueblos asombrados y pasmados por cosa tan extraña, se simuló un gran duelo por su muerte y se le ordenaron suntuosas exequias.
El otro rey de México, habiendo defendido largo tiempo su ciudad asediada y mostrado en ese sitio todo lo que pueden la resistencia y la perseverancia, si alguna vez príncipe y pueblo lo mostraron, y habiéndole hecho su desgracia caer vivo en manos de los enemigos con capitulación de ser tratado como rey (tampoco les hizo ver nada en la prisión indigno de ese título), no encontrando después de esa victoria todo el oro que se habían prometido, cuando hubieron removido todo y excavado todo, se pusieron a buscar noticias de él mediante los más ásperos tormentos que pudieron imaginar sobre los prisioneros que tenían. Pero por no haber sacado provecho, encontrando ánimos más fuertes que sus tormentos, llegaron finalmente a tal furor que, contra su palabra y contra todo derecho de gentes, condenaron al tormento al rey mismo y a uno de los principales señores de su corte, en presencia el uno del otro. Este señor, viéndose vencido por el dolor, rodeado de braseros ardientes, volvió al fin lastimeramente su mirada hacia su señor, como para pedirle perdón por no poder más. El rey, fijando en él fiera y rigurosamente los ojos, en reproche de su cobardía y pusilanimidad, le dijo solamente estas palabras con voz áspera y firme: «Y yo, ¿estoy acaso en un baño?, ¿no estoy más a mi gusto que tú?». Aquel sucumbió en seguida a los dolores y murió en el acto. El rey, medio asado, fue sacado de allí. No tanto por piedad (pues ¿qué piedad tocó jamás almas tan bárbaras que, por la dudosa información de alguna vasija de oro que saquear, hicieran asar ante sus ojos a un hombre, y no cualquier hombre, sino un rey tan grande tanto en fortuna como en mérito?), sino que fue porque su constancia volvía cada vez más vergonzosa su crueldad. Lo ahorcaron después, habiendo él emprendido valerosamente liberarse por las armas de tan larga cautividad y sujeción; en lo cual tuvo su fin digno de un magnánimo príncipe.
En otra ocasión quemaron de una vez, en un mismo fuego, a cuatrocientos sesenta hombres todos vivos: los cuatrocientos del pueblo común, los sesenta de los principales señores de una provincia, prisioneros de guerra simplemente. Tenemos de ellos mismos estos relatos, pues no solo los confiesan, sino que se jactan de ellos y los pregonan. ¿Sería como testimonio de su justicia o de su celo hacia la religión? Ciertamente son vías demasiado diferentes y enemigas de un fin tan santo. Si se hubieran propuesto extender nuestra fe, habrían considerado que no es en posesión de tierras como se amplifica, sino en posesión de hombres, y se habrían contentado demasiado con las muertes que la necesidad de la guerra comporta, sin mezclar allí indiferentemente una carnicería como sobre bestias salvajes, universal, hasta donde el hierro y el fuego han podido alcanzar, no habiendo conservado por su designio sino los que han querido hacer miserables esclavos para el trabajo y servicio de sus minas. De modo que varios de los jefes fueron castigados con la muerte en los lugares de su conquista, por orden de los reyes de Castilla, justamente ofendidos por el horror de sus comportamientos, y casi todos despreciados y mal queridos. Dios ha permitido merecidamente que esos grandes saqueos se hayan absorbido por el mar al transportarlos, o por las guerras intestinas en que se han devorado entre sí, y la mayor parte se enterraron en los mismos lugares sin fruto alguno de su victoria.
En cuanto a que el ingreso, aun en manos de un príncipe ahorrador y prudente, responde tan poco a la esperanza que de ello se dio a sus predecesores y a aquella primera abundancia de riquezas que se encontró al abordar esas nuevas tierras (pues aunque se extraiga mucho, vemos que no es nada en comparación con lo que debía esperarse), es que el uso de la moneda era enteramente desconocido, y que en consecuencia su oro se encontraba todo reunido, no estando en otro servicio que el de ostentación y pompa, como un bien guardado de padre a hijo por varios reyes poderosos que agotaban siempre sus minas para hacer ese gran montón de vasos y estatuas para el ornamento de sus palacios y de sus templos; mientras que nuestro oro está todo en circulación y en comercio. Lo fragmentamos y alteramos en mil formas, lo esparcimos y dispersamos.
Imaginemos que nuestros reyes amontonaran así todo el oro que pudieran encontrar en varios siglos, y lo guardaran inmóvil. Los del reino de México eran en cierto modo más civilizados y más artistas que las otras naciones de allá. También juzgaban, como nosotros, que el universo estaba próximo a su fin: y tomaron por señal de ello la desolación que nosotros llevamos allí. Creían que el ser del mundo se reparte en cinco edades, y en la vida de cinco soles consecutivos, de los cuales los cuatro ya habían cumplido sus tiempos, y que el que los alumbraba era el quinto. El primero pereció con todas las demás criaturas, por inundación universal de aguas. El segundo, por la caída del cielo sobre nosotros, que asfixió toda cosa viviente, edad a la cual asignan los gigantes, e hicieron ver a los españoles osamentas; a proporción de las cuales, la estatura de los hombres volvía a veinte palmos de altura. El tercero, por fuego, que abrasó y consumió todo. El cuarto, por una agitación de aire y de viento, que derribó incluso varias montañas: los hombres no murieron en él, pero fueron transformados en monos (¡qué impresiones no soporta la flaqueza de la creencia humana!). Tras la muerte de este cuarto sol, el mundo estuvo veinticinco años en perpetuas tinieblas. En el decimoquinto de los cuales fue creado un hombre y una mujer, que rehicieron la raza humana.
Diez años después, en cierto día suyo, el sol apareció nuevamente creado: y comienza desde entonces la cuenta de sus años por ese día. El tercer día de su creación, murieron los dioses antiguos: los nuevos han nacido desde entonces día a día. Qué estiman ellos de la manera en que este último sol perecerá, mi autor nada ha aprendido de ello. Pero su número de este cuarto cambio coincide con esa gran conjunción de los astros, que produjo hace ochocientos y tantos años, según estiman los astrólogos, varias grandes alteraciones y novedades en el mundo. En cuanto a la pompa y magnificencia, por donde he entrado en este asunto, ni Grecia, ni Roma, ni Egipto puede, sea en utilidad, o dificultad, o nobleza, comparar ninguna de sus obras al camino que se ve en el Perú, trazado por los reyes del país, desde la ciudad de Quito hasta la de Cuzco (hay trescientas leguas) recto, llano, ancho de veinticinco pasos, pavimentado, revestido a cada lado de bellas y altas murallas, y a lo largo de ellas por dentro, dos arroyos perennes, bordeados de bellos árboles que llaman Moly. Donde han encontrado montañas y rocas, las han tallado y aplanado, y rellenado los barrancos de piedra y cal. Al final de cada jornada, hay bellos palacios provistos de víveres, de vestidos y de armas, tanto para los viajeros como para los ejércitos que han de pasar por allí.
En la estimación de esta obra, he contado la dificultad, que es particularmente considerable en ese lugar. No edificaban con piedras menores que de diez pies en cuadro: no tenían otro medio de acarrear que a fuerza de brazos arrastrando su carga: y ni siquiera el arte de hacer andamios: ni sabiendo otra astucia que elevar tanta tierra contra su edificio como este se eleva, para quitarla después. Volvamos a nuestros coches. En su lugar, y en vez de toda otra clase de transporte, se hacían llevar por los hombres, y sobre los hombros. Ese último rey del Perú, el día que fue capturado, estaba así llevado sobre andas de oro, y sentado en una silla de oro, en medio de su batalla. Cuantos de esos portadores mataban, para hacerlo caer abajo, pues querían tomarlo vivo, tantos otros, y a porfía, tomaban el lugar de los muertos: de modo que nunca pudieron abatirlo, por más matanza que hicieran de esa gente, hasta que un hombre de a caballo fue a agarrarlo por el cuerpo, y lo derribó por tierra.
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