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Capítulo 7De la incomodidad de la grandeza

Ensayos, libro III · Michel de Montaigne · 10 min de lectura

Puesto que no podemos alcanzarla, venguémonos hablando mal de ella. Pero no es enteramente hablar mal de algo el encontrarle defectos: se encuentran en todas las cosas, por hermosas y deseables que sean. En general, tiene esta evidente ventaja: que se rebaja cuando le place, y que más o menos tiene la elección entre una y otra condición. Porque no se cae desde toda altura; hay más de una desde la cual se puede descender sin caer. Me parece, sin embargo, que le damos demasiado valor y que damos también demasiado valor a la resolución de quienes hemos visto u oído decir que la despreciaron o que renunciaron a ella por propia decisión. Su esencia no es tan evidentemente cómoda que no se la pueda rechazar sin milagro. Encuentro muy difícil el esfuerzo de soportar los males, pero en el contentarse con una medida mediocre de fortuna y en la huida de la grandeza encuentro muy poco problema. Es una virtud, me parece, a la que yo, que no soy más que un ganso, llegaría sin mucho esfuerzo. ¿Qué deberían hacer entonces quienes además toman en consideración la gloria que acompaña a este rechazo, en el cual puede haber más ambición que en el deseo mismo y goce de la grandeza? Pues la ambición nunca se conduce mejor según su naturaleza que por un camino extraviado e inusitado.

Aguzo mi coraje hacia la paciencia, lo debilito hacia el deseo. Tengo tanto que desear como cualquier otro, y dejo a mis deseos tanta libertad e indiscreción; pero sin embargo jamás me ha sucedido desear ni imperio ni realeza, ni la eminencia de esas altas fortunas y posiciones de mando. No apunto hacia ese lado: me quiero demasiado. Cuando pienso en crecer, es bajamente: en un crecimiento limitado y cobarde propiamente para mí en resolución, en prudencia, en salud, en belleza, y también en riqueza. Pero ese crédito, esa autoridad tan poderosa, abruma mi imaginación. Y todo lo contrario del otro, preferiría quizá ser segundo o tercero en Périgueux que primero en París o, al menos sin mentir, prefiero ser tercero en París que primero a cargo. No quiero ni disputar con un portero de puerta, miserable desconocido, ni hacer que se abran en adoración las multitudes por donde paso. Estoy habituado a una posición media, tanto por mi suerte como por mi gusto. Y he mostrado en la conducción de mi vida y de mis empresas que más bien he huido, antes que otra cosa, de saltar por encima del grado de fortuna en el que Dios alojó mi nacimiento. Toda constitución natural es igualmente justa y cómoda. Tengo el alma tan pusilánime que no mido la buena fortuna según su altura, la mido según su facilidad.

Pero si no tengo el corazón suficientemente grande, lo tengo en compensación abierto, y me ordena publicar valientemente su debilidad. Si me dieran a comparar la vida de Lucio Torio Balbo, hombre gallardo, hermoso, sabio, sano, entendido y abundante en toda suerte de comodidades y placeres, llevando una vida tranquila y toda suya, el alma bien preparada contra la muerte, la superstición, los dolores y otros estorbos de la humana necesidad, muriendo finalmente en batalla, con las armas en la mano, por la defensa de su país, por una parte; y por otra la vida de Marco Régulo, tan grande y altiva como todos la conocen, y su fin admirable: una sin nombre, sin dignidad; la otra ejemplar y gloriosa a maravilla: diría ciertamente lo que dice Cicerón, si supiera hablar tan bien como él. Pero si tuviera que aplicarlas a la mía, diría también que la primera está tanto según mi alcance y según mi deseo, que yo acomodo a mi alcance, como la segunda está lejos por encima. Que a ésta no puedo llegar más que por veneración; llegaría voluntariamente a la otra por costumbre. Volvamos a nuestra grandeza temporal, de donde hemos partido. Me disgusta la dominación, tanto activa como pasiva. Otanes, uno de los siete que tenían derecho a pretender el reino de Persia, tomó un partido que yo habría tomado voluntariamente: renunció ante sus compañeros a su derecho de poder llegar a él por elección o por sorteo, con tal de que él y los suyos vivieran en ese imperio fuera de toda sujeción y dominación, salvo la de las leyes antiguas, y tuvieran allí toda libertad que no perjudicara a éstas: impaciente de mandar, como de ser mandado.

El oficio más áspero y difícil del mundo, a mi juicio, es hacer dignamente el papel de rey. Disculpo más sus faltas de lo que se hace comúnmente, en consideración del horrible peso de su cargo, que me asombra. Es difícil guardar medida en un poder tan desmesurado. Sin embargo, incluso para aquellos que son de naturaleza menos excelente, es una singular incitación a la virtud estar alojado en tal lugar, donde no hagáis ningún bien que no sea puesto en registro y en cuenta; y donde el menor bien hacer alcanza a tanta gente; y donde vuestra capacidad, como la de los predicadores, se dirige principalmente al pueblo, juez poco exacto, fácil de engañar, fácil de contentar. Hay pocas cosas a las que podamos dar juicio sincero, porque hay pocas en las que de alguna manera no tengamos interés particular. La superioridad y la inferioridad, la dominación y la sujeción, están obligadas a una natural envidia y disputa: deben saquearse mutuamente perpetuamente. No creo ni a la una ni a la otra sobre los derechos de su compañera: dejemos hablar a la razón, que es inflexible e impasible, cuando podamos encontrarla. Hojeaba hace no más de un mes dos libros escoceses que se combatían sobre este tema. El popular hace al rey de peor condición que un carretero; el monárquico lo coloca algunas brazas por encima de Dios en poder y soberanía.

Ahora bien, la incomodidad de la grandeza que he tomado aquí para observar, por alguna ocasión que acaba de advertírmelo, es ésta. No hay quizá nada más placentero en el comercio de los hombres que las pruebas que hacemos unos contra otros, por celos de honor y de valor, sea en los ejercicios del cuerpo o del espíritu, en las cuales la grandeza soberana no tiene ninguna verdadera parte. A decir verdad me ha parecido a menudo que por respeto se trata a los príncipes desdeñosa e injuriosamente. Pues aquello de lo que me ofendía infinitamente en mi infancia, que quienes se ejercitaban conmigo se abstuvieran de emplearse de buena fe, por encontrarme indigno de que se esforzaran contra mí: eso es lo que se ve sucederles todos los días, encontrándose cada uno indigno de esforzarse contra ellos. Si se reconoce que tienen por poco que sea afición a la victoria, no hay nadie que no se esfuerce en prestársela y que no prefiera traicionar su propia gloria antes que ofender la de ellos. No se emplea más que el esfuerzo necesario para servir a su honor. ¿Qué parte tienen en la contienda en la cual todos están a su favor? Me parece ver a esos paladines del tiempo pasado presentándose a las justas y a los combates con cuerpos y armas encantados.

Brisón, corriendo contra Alejandro, se fingió en la carrera: Alejandro lo reprendió por ello, pero debería haberlo hecho azotar. Por esta consideración, Carnéades decía que los hijos de los príncipes no aprenden nada correctamente salvo a manejar caballos, porque en cualquier otro ejercicio cada uno se doblega ante ellos y les da la victoria; pero un caballo que no es ni adulador ni cortesano tira al suelo al hijo del rey como haría con el hijo de un mozo de cuerda. Homero tuvo que consentir que Venus fuera herida en el combate de Troya, una santa tan dulce y tan delicada, para darle coraje y audacia, cualidades que no se dan en absoluto en quienes están exentos de peligro. Se hace que los dioses se enojen, teman, huyan, se celen, se duelan y se apasionen, para honrarlos con las virtudes que se construyen entre nosotros a partir de estas imperfecciones. Quien no participa del riesgo y la dificultad no puede pretender interés en el honor y placer que sigue a las acciones arriesgadas. Es lástima poder tanto que suceda que todas las cosas os cedan. Vuestra fortuna rechaza demasiado lejos de vos la sociedad y la compañía, os planta demasiado aparte. Esta facilidad cómoda y blanda de hacer que todo se incline ante vos es enemiga de toda suerte de placer.

Eso es deslizarse, no es andar; es dormir, no es vivir. Concebid al hombre acompañado de omnipotencia, lo abismáis: tiene que pediros por limosna el impedimento y la resistencia. Su ser y su bien están en la indigencia. Sus buenas cualidades están muertas y perdidas, pues no se sienten más que por comparación, y se los pone fuera de ella; tienen poco conocimiento de la verdadera alabanza, siendo golpeados por una aprobación tan continua y uniforme. ¿Tienen que ver con el más necio de sus súbditos? No tienen ningún medio de tomar ventaja sobre él diciéndole: «Es porque es mi rey», le parece haber dicho bastante con haber prestado la mano para dejarse vencer. Esta cualidad sofoca y consume las otras cualidades verdaderas y esenciales: están hundidas en la realeza y no les dejan a ellos hacer valer más que las acciones que la tocan directamente y que le sirven: los oficios de su cargo. Es tanto ser rey que no es más que por eso. Este resplandor extraño que lo rodea lo oculta y nos lo arrebata: nuestra vista se rompe y se disipa en él, estando llena y detenida por esta fuerte luz. El Senado otorgó el premio de elocuencia a Tiberio: lo rechazó, no estimando que de un juicio tan poco libre, aunque hubiera sido verdadero, pudiera resentirse.

Como se les cede toda ventaja de honor, así también se conforta y autoriza los defectos y vicios que tienen, no solamente por aprobación, sino también por imitación. Cada uno de los seguidores de Alejandro llevaba como él la cabeza de lado. Y los aduladores de Dionisio se entrechocaban en su presencia, empujaban y derribaban lo que se encontraba a sus pies, para decir que tenían la vista tan corta como él. Las enfermedades han servido a veces de recomendación y favor. He visto la sordera en afectación. Y porque el amo odiaba a su mujer, Plutarco ha visto a los cortesanos repudiar las suyas, que amaban. Más aún, la lujuria se ha visto en crédito, y toda disolución; como también la deslealtad, las blasfemias, la crueldad, como la herejía, como la superstición, la irreligión, la molicie, y peor si lo hay peor. Por un ejemplo aún más peligroso que el de los aduladores de Mitrídates, que porque su amo pretendía el honor de buen médico, le presentaban a incidir y cauterizar sus miembros. Pues estos otros sufren que se cauterice su alma, parte más delicada y más noble. Pero para terminar por donde he comenzado: el emperador Adriano debatiendo con el filósofo Favorino sobre la interpretación de alguna palabra, Favorino le cedió bien pronto la victoria; sus amigos se quejaban a él: «Os burláis», dijo, «¿querríais que no fuera más sabio que yo, él que manda a treinta legiones?»

Augusto escribió versos contra Asinio Polión: «Y yo», dijo Polión, «me callo; no es sabio escribir en competencia con quien puede proscribir». Y tenían razón. Pues Dionisio, por no poder igualar a Filóxeno en la poesía y a Platón en el discurso, condenó al uno a las canteras y envió a vender al otro como esclavo a la isla de Egina.

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