Capítulo 2Del arrepentimiento
Los demás forman al hombre, yo lo relato: y represento a uno en particular, muy mal formado: y el cual, si tuviera que configurarlo de nuevo, lo haría verdaderamente muy distinto de lo que es; pero ahora ya está hecho. Ahora bien, los rasgos de mi pintura no se extravían, aunque cambien y se diversifiquen. El mundo no es más que un balanceo perpetuo. Todas las cosas se balancean sin cesar, la tierra, las rocas del Cáucaso, las pirámides de Egipto, y por el balanceo general y por el suyo propio. La constancia misma no es otra cosa que un balanceo más lánguido. No puedo fijar mi objeto: va turbio y tambaleante, con una embriaguez natural. Lo tomo en este punto, como es, en el instante en que me entretengo con él. No pinto el ser, pinto el paso; no un paso de una edad a otra, o como dice el pueblo, de siete en siete años, sino de día en día, de minuto en minuto. Debo acomodar mi historia a la hora. Podré enseguida cambiar, no solo de fortuna, sino también de intención. Es un registro de diversos y mudables accidentes, y de imaginaciones irresolutas, y cuando ocurre, contrarias; sea que yo sea otro yo mismo, sea que capte los temas por otras circunstancias y consideraciones. Tanto es así que me contradigo bien a la ventura, pero la verdad, como decía Démades, no la contradigo.
Si mi alma pudiera afianzarse, no me ensayaría, me decidiría: está siempre en aprendizaje y a prueba. Propongo una vida baja y sin brillo. Es igual. Se vincula igual toda la filosofía moral a una vida popular y privada que a una vida de más rica tela. Cada hombre lleva la forma entera de la humana condición. Los autores se comunican al pueblo mediante alguna marca especial y extraña: yo el primero, por mi ser universal: como Michel de Montaigne; no como gramático o poeta o jurisconsulto. Si el mundo se queja de que hablo demasiado de mí, yo me quejo de que ni siquiera piensa en sí mismo. Pero ¿es razonable que, siendo tan particular en mi uso, pretenda hacerme público en conocimiento? ¿Es también razonable que produzca al mundo, donde la apariencia y el arte tienen tanto crédito y mando, efectos de naturaleza crudos y simples, y de una naturaleza además muy débil? ¿No es hacer un muro sin piedra, o algo semejante, construir libros sin ciencia? Las fantasías de la música son conducidas por arte, las mías por azar. Al menos tengo esto según la disciplina: que jamás hombre trató tema que entendiera o conociera mejor que yo el que he emprendido, y que en ese soy el hombre más sabio que vive. En segundo lugar, que jamás ninguno penetró en su materia más adentro, ni desgranó más distintamente sus miembros y consecuencias, y no llegó más exacta y plenamente al fin que se había propuesto en su tarea.
Para completarla, solo necesito aportar la fidelidad: esa está ahí, la más sincera y pura que se encuentra. Digo verdad, no hasta saciarme, sino cuanto me atrevo a decir. Y me atrevo un poco más al envejecer, pues parece que la costumbre concede a esa edad más libertad de divagar y más indiscreción al hablar de sí mismo. No puede ocurrir aquí lo que veo ocurrir a menudo, que el artesano y su obra se contradigan. ¿Un hombre de conversación tan honesta ha hecho un escrito tan necio? ¿O de escritos tan sabios han salido de un hombre de conversación tan débil? Quien tiene conversación común y sus escritos raros, es decir, que su capacidad está en el lugar de donde la toma prestada, y no en él. Un personaje sabio no es sabio en todo. Pero el suficiente es suficiente en todas partes, e incluso para ignorar. Aquí vamos conformes y todo de una pieza, mi libro y yo. En otros casos, se puede recomendar y acusar la obra aparte del obrero; aquí no: quien toca lo uno, toca lo otro. Quien juzgue sin conocerme se hará más daño a sí que a mí: quien me haya conocido me ha satisfecho del todo. Feliz más allá de mi mérito si solo tengo esta parte en la aprobación pública: que haga sentir a las personas de entendimiento que era capaz de sacar provecho de la ciencia, si la hubiera tenido, y que merecía que la memoria me asistiera mejor.
Excusemos aquí lo que digo a menudo, que me arrepiento raramente y que mi conciencia se contenta de sí: no como la conciencia de un ángel o de un caballo, sino como la conciencia de un hombre. Añadiendo siempre este estribillo, no un estribillo de ceremonia, sino de ingenua y esencial sumisión: que hablo inquiriendo e ignorando, remitiéndome para la resolución, pura y simplemente, a las creencias comunes y legítimas. No enseño, relato. No hay vicio verdaderamente vicio que no ofenda y que un juicio entero no acuse. Pues tiene fealdad e incomodidad tan aparente que quizá tienen razón quienes dicen que es producido principalmente por bestialidad e ignorancia; tan difícil es imaginar que se le conozca sin odiarlo. La malicia bebe la mayor parte de su propio veneno y se envenena con él. El vicio deja como una úlcera en la carne, un arrepentimiento en el alma, que siempre se rasca y se ensangrienta a sí misma. Pues la razón borra las demás tristezas y dolores, pero engendra el del arrepentimiento, que es más penoso, en tanto que nace por dentro: como el frío y el calor de las fiebres es más punzante que el que viene de fuera. Tengo por vicios, pero cada uno según su medida, no solo los que la razón y la naturaleza condenan, sino también los que la opinión de los hombres ha forjado, aunque sea falsa y errónea, si las leyes y el uso la autorizan.
No hay igualmente bondad que no alegre una naturaleza bien nacida. Hay ciertamente no sé qué congratulación de hacer bien que nos regocija en nosotros mismos, y un orgullo generoso que acompaña la buena conciencia. Un alma valerosamente viciosa puede quizá proveerse de seguridad, pero de esta complacencia y satisfacción no puede abastecerse. No es un placer ligero sentirse preservado del contagio de un siglo tan corrompido y decirse a sí mismo: Quien me viera hasta dentro del alma, aun no me encontraría culpable ni de la aflicción y ruina de nadie, ni de venganza o envidia, ni de ofensa pública a las leyes, ni de novedad y turbulencia, ni de falta a mi palabra; y aunque la licencia del tiempo permitiera y enseñara a cada uno, no he puesto mano ni en los bienes ni en la bolsa de hombre francés, y solo he vivido de lo mío, tanto en guerra como en paz, ni me he servido del trabajo de nadie sin pago. Estos testimonios de la conciencia complacen, y nos es gran beneficio esta alegría natural, y el único pago que jamás nos falta. Fundar la recompensa de las acciones virtuosas en la aprobación ajena es tomar un fundamento demasiado incierto y turbio, señaladamente en un siglo corrupto e ignorante como este: la buena estima del pueblo es injuriosa.
¿De quién te fías para ver lo que es loable? Dios me guarde de ser hombre de bien según la descripción que veo hacer todos los días por honor a cada uno de sí. Lo que fueron vicios, ahora son costumbres. Tales de mis amigos han emprendido a veces reprimirme y sermonearme a corazón abierto, sea por propio impulso, sea llamados por mí, como un oficio que a un alma bien hecha, no solo en utilidad sino también en dulzura, supera todos los oficios de la amistad. Siempre lo he acogido con los brazos de la cortesía y el reconocimiento más abiertos. Pero, hablando ahora en conciencia, a menudo he encontrado en sus reproches y alabanzas tanta falsa medida que apenas habría faltado más fallando que acertando a su modo. Nosotros sobre todo, que vivimos una vida privada que solo está en muestra para nosotros, debemos haber establecido un patrón dentro, con el cual tocar nuestras acciones, y según él acariciarnos a veces, otras castigarnos. Tengo mis leyes y mi tribunal para juzgarme, y me dirijo allí más que a otra parte. Restrinjo bien según otros mis acciones, pero solo las extiendo según yo. Solo tú sabes si eres cobarde y cruel, o leal y devoto; los demás no te ven, te adivinan por conjeturas inciertas; ven no tanto tu naturaleza como tu arte.
Así pues, no te atengas a su sentencia, atente a la tuya. Debes usar tu propio juicio. Grave es el peso de la propia conciencia de las virtudes y los vicios: si esta se quita, todo se derrumba. Pero lo que se dice, que el arrepentimiento sigue de cerca al pecado, no parece referirse al pecado que está en su alto aparato, que se aloja en nosotros como en su propio domicilio. Se puede desautorizar y desdecir los vicios que nos sorprenden y hacia los cuales las pasiones nos arrastran: pero los que por larga costumbre están enraizados y anclados en una voluntad fuerte y vigorosa no están sujetos a contradicción. El arrepentimiento no es más que una retractación de nuestra voluntad y oposición de nuestras fantasías, que nos pasean por todos lados. Hace desautorizar a aquel su virtud pasada y su continencia.
«¿Qué sentido tiene hoy, que no tuvo cuando era niño, o por qué con este ánimo no vuelven intactas las mejillas?»
Es una vida exquisita la que se mantiene en orden hasta en lo privado. Cualquiera puede participar en la farsa y representar un personaje honesto en el escenario; pero en el interior, en el pecho, donde todo nos está permitido, donde todo está oculto, mantener allí el orden: ese es el punto. El grado siguiente es serlo en la propia casa, en las acciones ordinarias de las que no tenemos que rendir cuentas a nadie, donde no hay estudio ni artificio. Y por eso Bías, al describir un excelente estado de familia, dice que el amo sea en su interior, por sí mismo, tal como es al exterior, por temor a la ley y a lo que digan los hombres. Y fue digna la respuesta de Julio Druso a los obreros que le ofrecían, por tres mil escudos, disponer su casa de tal modo que los vecinos ya no tuvieran la vista que tenían sobre ella: «Os daré seis mil —dijo—, y haced que todos puedan ver desde todas partes». Se señala con honor la costumbre de Agesilao de tomar alojamiento, cuando viajaba, en las iglesias, a fin de que el pueblo y los propios dioses vieran sus acciones privadas. Tal hombre ha sido milagroso en el mundo, del cual su mujer y su criado no han visto nada siquiera digno de mención.
Pocos hombres han sido admirados por sus domésticos. Nadie ha sido profeta no solo en su casa, sino en su país, dice la experiencia de las historias. Lo mismo ocurre en las cosas sin importancia. Y en este humilde ejemplo se ve la imagen de los grandes. En mi tierra de Gascuña se considera una gracia verme impreso. Cuanto más lejos de mi nido se extiende el conocimiento que tienen de mí, más valgo. Yo compro a los impresores en Guyena; en otros lugares ellos me compran. En este hecho se fundan quienes se ocultan vivos y presentes para ponerse en crédito muertos y ausentes. Yo prefiero tener menos de eso. Y no me lanzo al mundo sino por la parte que obtengo de él. Al salir de ahí, lo abandono. El pueblo acompaña a ese hombre de un acto público, con asombro, hasta su puerta; él deja ese papel con su toga: recae tanto más bajo cuanto más alto se había elevado. En el interior de su casa todo es tumultuario y vil. Incluso cuando el orden se encontrara allí, hace falta un juicio vivo y bien ejercitado para advertirlo en estas acciones humildes y privadas. Además, el orden es una virtud apagada y sombría. Tomar una brecha, conducir una embajada, gobernar un pueblo, son acciones brillantes; regañar, reír, vender, pagar, amar, odiar y tratar con los suyos y consigo mismo dulce y justamente, no aflojarse nunca, no desmentirse nunca, es cosa más rara, más difícil y menos notable.
Las vidas retiradas sostienen por ello, digan lo que digan, deberes tan arduos y tensos, o más, que las demás vidas. Y los particulares, dice Aristóteles, sirven a la virtud más difícil y elevadamente que quienes están en la magistratura. Nos preparamos para las ocasiones eminentes más por gloria que por conciencia. La manera más corta de llegar a la gloria sería hacer por conciencia lo que hacemos por gloria. Y la virtud de Alejandro me parece representar bastante menos vigor en su teatro que la de Sócrates en este ejercicio humilde y oscuro. Concibo fácilmente a Sócrates en el lugar de Alejandro; a Alejandro en el de Sócrates, no puedo. Quien pregunte a aquel qué sabe hacer, responderá: «Subyugar el mundo»; quien lo pregunte a este, dirá: «Conducir la vida humana conforme a su condición natural»: ciencia mucho más general, más importante y más legítima. El valor del alma no consiste en ir alto, sino ordenadamente. Su grandeza no se ejerce en la grandeza, sino en la mediocridad. Así como quienes nos juzgan y tocan en el interior no hacen gran caso del brillo de nuestras acciones públicas y ven que no son sino hilos y gotas de agua fina salpicadas de un fondo por lo demás cenagoso y pesado. Del mismo modo, quienes nos juzgan por esta gallarda apariencia exterior concluyen lo mismo de nuestra constitución interna, y no pueden conciliar facultades populares y parecidas a las suyas con esas otras facultades que los asombran, tan lejos de su alcance.
Así damos a los demonios formas salvajes. ¿Y quién no da a Tamerlán cejas levantadas, narices abiertas, un rostro espantoso y una talla desmesurada, como es la talla de la imaginación que de él ha concebido por el rumor de su nombre? Si me hubieran hecho ver a Erasmo antiguamente, habría sido difícil que no hubiera tomado por adagios y apotegmas todo lo que dijera a su criado y a su hospedera. Imaginamos mucho más apropiadamente a un artesano en su retrete o sobre su mujer que a un gran presidente, venerable por su porte y capacidad. Parece que desde esos altos tronos no se rebajan hasta vivir. Así como las almas viciosas son incitadas a menudo a hacer el bien por algún impulso extraño, así también las virtuosas lo son a hacer el mal. Hay que juzgarlas, pues, en su estado sereno: cuando están en casa, si es que alguna vez lo están; o al menos cuando están más cerca del reposo y en su natural disposición. Las inclinaciones naturales se ayudan y fortalecen por la educación, pero apenas cambian y las superan. Mil naturalezas, en mi tiempo, han escapado hacia la virtud o hacia el vicio a través de una disciplina contraria.
«Así, cuando las fieras, desacostumbradas a los bosques, encerradas en la jaula se han domesticado y han perdido su aspecto amenazador y han aprendido a soportar al hombre, si una pequeña cantidad de sangre caliente llega a sus fauces, vuelven la rabia y el furor, y advertidas se hinchan sus gargantas al gustar la sangre; hierve la ira y apenas se abstiene del tembloroso domador».
No se extirpan esas cualidades originales, se las encubre, se las oculta. La lengua latina me es como natural, la entiendo mejor que el francés, pero hace cuarenta años que no me he servido de ella en absoluto para hablar, ni apenas para escribir. Con todo, en emociones extremas y súbitas en las que he caído dos o tres veces en mi vida —y una, viendo a mi padre completamente sano desplomarse sobre mí desmayado—, siempre he lanzado desde el fondo de las entrañas las primeras palabras en latín, brotando y expresándose la naturaleza a la fuerza, en contra de un uso tan prolongado; y este ejemplo se cuenta de bastantes otros. Quienes han intentado enmendar las costumbres del mundo, en mi tiempo, mediante nuevas opiniones, reforman los vicios de la apariencia; los de la esencia los dejan ahí, cuando no los aumentan. Y el aumento es de temer. Uno se abstiene de buen grado de cualquier otro bien hacer apoyándose en esas reformas externas, de menor coste y mayor mérito, y satisface así a bajo precio los demás vicios naturales, consustanciales e intestinos. Mirad un poco cómo nos va con nuestra experiencia. No hay nadie que, si se escucha, no descubra en sí una forma suya, una forma maestra, que lucha contra la educación y contra la tempestad de las pasiones que le son contrarias.
En cuanto a mí, apenas me siento agitar por sacudidas: me encuentro casi siempre en mi sitio, como los cuerpos pesados y macizos. Si no estoy en mi casa, siempre estoy muy cerca; mis extravíos no me arrastran muy lejos: no hay nada extremo ni extraño, y sin embargo tengo arrebatos sanos y vigorosos. La verdadera condena, y que atañe a la manera común de nuestros hombres, es que su misma retraite está llena de corrupción y de suciedad: la idea de su enmienda chapucera, su penitencia enferma y tan culpable, aproximadamente, como su pecado. Algunos, ya sea por estar pegados al vicio con un apego natural, ya sea por una larga costumbre, ya no encuentran su fealdad. A otros, de cuyo grupo soy, el vicio les pesa, pero lo contrabalancean con el placer u otra circunstancia, y lo soportan y se prestan a ello a cierto precio. Vilmente, no obstante, y cobardemente. Tal vez podría imaginarse una desproporción de medida tan alejada en la que, con justicia, el placer excusara el pecado, como decimos de la utilidad. No solo si fuera accidental y ajeno al pecado, como en el robo, sino en el ejercicio mismo de este, como en el trato con las mujeres, donde la incitación es violenta y, según dicen, a veces invencible. En la tierra de un pariente mío, el otro día que estaba en Armañac, vi a un campesino al que todos apodaban el Ladrón.
Contaba así la historia de su vida: que habiendo nacido mendigo, y encontrando que ganándose el pan con el trabajo de sus manos nunca llegaría a fortalecerse lo bastante contra la indigencia, decidió hacerse ladrón, y había empleado en ese oficio toda su juventud, con seguridad, por medio de su fuerza corporal, pues cosechaba y vendimiaba las tierras ajenas: pero era a lo lejos y en montones tan grandes que era inimaginable que un hombre hubiera transportado tanto en una noche sobre sus espaldas; y además tenía cuidado de igualar y dispersar el daño que hacía, de modo que la pérdida fuera menos gravosa para cada particular. Se encuentra ahora en su vejez rico para un hombre de su condición, gracias a ese tráfico del que se confiesa abiertamente. Y para acomodarse con Dios respecto a sus ganancias, dice estar todos los días tratando de satisfacer mediante beneficios a los sucesores de aquellos a quienes robó: y si no lo acaba (pues proveerlo todo de una vez no puede), que encargará a sus herederos de ello, según la razón del conocimiento que solo él tiene del mal que hizo a cada uno. Por esta descripción, sea verdadera o falsa, este considera el robo como acción deshonesta y lo odia, pero menos que la indigencia: se arrepiente de él sin más, pero en tanto que estaba así contrabalanceado y compensado, no se arrepiente.
Esto no es esa costumbre que nos incorpora al vicio y conforma a él nuestro mismo entendimiento, ni es ese viento impetuoso que va turbando y cegando a sacudidas nuestra alma, y nos precipita en el momento, juicio y todo, en el poder del vicio. Yo hago habitualmente de manera completa lo que hago, y marcho todo de una pieza; apenas tengo movimiento que se oculte y hurte a mi razón, y que no se conduzca más o menos por el consentimiento de todas mis partes, sin división, sin sedición intestina: mi juicio tiene la culpa o la alabanza entera; y la culpa que tiene una vez, la tiene siempre, pues casi desde su nacimiento es uno, misma inclinación, misma ruta, misma fuerza. Y en materia de opiniones universales, desde la infancia me alojé en el punto donde debía mantenerme. Hay pecados impetuosos, prontos y súbitos, dejémoslos aparte; pero en esos otros pecados tantas veces retomados, deliberados y consultados, ya sean pecados de complexión o pecados de profesión y vocación, no puedo concebir que estén plantados tanto tiempo en un mismo corazón sin que la razón y la conciencia de quien los posee lo quiera constantemente y lo entienda así. Y el arrepentimiento del que se jacta le viene en cierto instante prescrito, me resulta un poco difícil de imaginar y formar.
No sigo la secta de Pitágoras, según la cual los hombres toman un alma nueva cuando se acercan a los simulacros de los dioses para recoger sus oráculos. A no ser que quisiera decir eso mismo, que tiene que ser ciertamente extranjera, nueva y prestada por el tiempo: la nuestra mostrando tan pocas señales de purificación y limpieza dignas de ese oficio. Hacen todo lo contrario de los preceptos estoicos, que nos ordenan bien corregir las imperfecciones y vicios que reconocemos en nosotros, pero nos prohíben alterar la quietud de nuestra alma. Estos nos hacen creer que sienten gran desplacer y remordimiento en su interior, pero de enmienda y corrección, ni de interrupción, no nos muestran nada. Y no es curación si uno no se libera del mal. Si el arrepentimiento pesara en el platillo de la balanza, se llevaría el pecado. No encuentro ninguna cualidad tan fácil de falsificar como la devoción, si no se conforman a ella las costumbres y la vida: su esencia es abstrusa y oculta, las apariencias fáciles y pomposas. En cuanto a mí, puedo desear en general ser otro: puedo condenar y desagradarme de mi forma universal, y suplicar a Dios por mi entera reforma y por la excusa de mi debilidad natural; pero eso, no debo llamarlo arrepentimiento, me parece, ni tampoco el desagrado de no ser ni ángel ni Catón. Mis acciones están reguladas y conformes a lo que soy y a mi condición. No puedo hacer mejor, y el arrepentimiento no atañe propiamente a las cosas que no están en nuestra mano, sí en cambio el pesar. Imagino infinitas naturalezas más elevadas y más reguladas que la mía.
Sin embargo, no mejoro por ello mis facultades, como tampoco mi brazo ni mi espíritu se vuelven más vigorosos por concebir otro que lo sea. Si imaginar y desear una acción más noble que la nuestra produjera el arrepentimiento de la nuestra, tendríamos que arrepentirnos de nuestras operaciones más inocentes, puesto que juzgamos bien que en una naturaleza más excelente habrían sido conducidas con mayor perfección y dignidad, y querríamos hacer lo mismo. Cuando consulto las conductas de mi juventud con mi vejez, encuentro que generalmente las he conducido con orden, según mi criterio. Esto es todo lo que puede mi resistencia. No me engaño: en circunstancias parecidas, siempre sería igual. No es una mancha, es más bien un tinte universal el que me marca. No conozco arrepentimiento superficial, mediano y de ceremonia. Es necesario que me toque por todas partes antes de que yo lo llame así, y que pellizque mis entrañas y las aflija tan profundamente como Dios me ve, y tan universalmente.
En cuanto a los negocios, se me han escapado varias buenas oportunidades por falta de conducción afortunada: sin embargo, mis consejos han elegido bien, según las circunstancias que se les presentaban. Su modo es tomar siempre el partido más fácil y seguro. Encuentro que en mis deliberaciones pasadas he procedido sabiamente, según mi regla, para el estado del asunto que se me proponía: y haría lo mismo de aquí a mil años, en ocasiones parecidas. No miro cómo es ahora, sino cómo era cuando deliberaba sobre él. La fuerza de todo consejo reside en el tiempo; las ocasiones y las materias ruedan y cambian sin cesar. He incurrido en algunos graves errores en mi vida, e importantes: no por falta de buen juicio, sino por falta de buena suerte. Hay partes secretas en los asuntos que se manejan, e indescriptibles: especialmente en la naturaleza de los hombres: condiciones mudas, sin muestra, desconocidas a veces del propio poseedor, que se manifiestan y despiertan por ocasiones sobrevenidas. Si mi prudencia no ha podido penetrarlas y profetizarlas, no le guardo ningún rencor por ello; su cometido se contiene en sus límites. Si el suceso me golpea, y si favorece el partido que he rechazado: no hay remedio, no me tomo conmigo mismo, acuso a mi fortuna, no a mi obra; eso no se llama arrepentimiento.
Foción había dado a los atenienses cierto consejo que no fue seguido: sin embargo, yendo el asunto contra su opinión con prosperidad, alguien le dijo: «Bueno, Foción, ¿estás contento de que la cosa vaya tan bien?». «Contento estoy», dijo él, «de que haya sucedido esto, pero no me arrepiento de haber aconsejado aquello». Cuando mis amigos se dirigen a mí para ser aconsejados, lo hago libremente y con claridad, sin detenerme, como hace casi todo el mundo, en que, siendo la cosa arriesgada, puede suceder al revés de mi sentir, por lo que tengan que reprocharme mi consejo: lo cual no me importa. Pues tendrán razón, y yo no debía negarles ese servicio. Apenas tengo que reprocharme mis faltas o infortunios a otro que no sea yo mismo. Pues en efecto, rara vez me sirvo de los consejos de otros, si no es por honor de ceremonia: salvo cuando necesito instrucción de ciencia o del conocimiento del hecho. Pero en las cosas donde solo tengo que emplear el juicio: las razones ajenas pueden servir para apoyarme, pero poco para desviarme. Las escucho todas favorablemente y decentemente. Pero, que yo recuerde, hasta esta hora solo he creído en las mías. Según yo, no son sino moscas y átomos que pasean mi voluntad. Aprecio poco mis opiniones: pero aprecio también poco las de los otros; la fortuna me paga dignamente. Si no recibo consejo, tampoco doy mucho. Se me solicita poco, y aún menos se me cree: y no sé de ninguna empresa pública ni privada que mi consejo haya enderezado y reconducido. Incluso aquellos que la fortuna había vinculado de algún modo a ello, se han dejado manejar más voluntariamente por cualquier otra cabeza que por la mía. Como quien soy tan celoso de los derechos de mi reposo como de los derechos de mi autoridad, lo prefiero así. Dejándome ahí, se hace según mi profesión, que es establecerme y contenerme todo en mí mismo. Me place estar desinteresado de los asuntos de otros y desvinculado de su custodia.
En todos los asuntos, cuando han pasado, sea como sea, tengo poco pesar: pues esta idea me libra de preocupación, que debían pasar así; ahí están en el gran curso del universo y en el encadenamiento de las causas estoicas. Vuestra fantasía no puede, por deseo e imaginación, mover un punto sin que todo el orden de las cosas trastorne tanto el pasado como el futuro.
Por lo demás, odio ese arrepentimiento accidental que la edad trae. Aquel que decía antiguamente estar obligado a los años porque le habían librado de la voluptuosidad, tenía otra opinión que la mía. Jamás podré estar agradecido a la impotencia por el bien que me haga. «Nunca parecerá la providencia tan adversa a su obra que la debilidad se cuente entre los mejores hallazgos». Nuestros apetitos son raros en la vejez; una profunda saciedad nos invade después del golpe. En ello no veo nada de conciencia. El disgusto y la debilidad nos imprimen una virtud floja y catarral. No debemos dejarnos llevar tan enteramente por las alteraciones naturales como para abastardar nuestro juicio. La juventud y el placer no hicieron antaño que desconociera el rostro del vicio en la voluptuosidad: ni hace ahora el disgusto que los años me traen que desconozca el de la voluptuosidad en el vicio. Ahora que ya no estoy en ello, juzgo como si estuviera. Yo, que la sacudo vivamente y atentamente, encuentro que mi razón es la misma que tenía en la edad más licenciosa, salvo quizás en cuanto se ha debilitado y empeorado al envejecer. Y encuentro que lo que se niega a meterme en ese placer, en consideración del interés de mi salud corporal, no lo haría más que antes por la salud espiritual. Por verla fuera de combate, no la estimo más valerosa. Mis tentaciones están tan quebradas y mortificadas que no vale la pena que se les oponga: tendiendo solamente las manos al frente, las conjuro. Que se le ponga en presencia aquella antigua concupiscencia, temo que tendría menos fuerza para resistirla que la que tenía antes. No le veo juzgar nada aparte que no juzgara entonces, ni ninguna nueva claridad. Por tanto, si hay convalecencia, es una convalecencia viciada. Miserable clase de remedio, deber a la enfermedad su salud. No es a nuestra desgracia a quien corresponde hacer ese oficio: es a la dicha de nuestro juicio. No me hacen hacer nada las ofensas y aflicciones sino maldecirlas. Es para la gente que solo se despierta a golpes de látigo. Mi razón tiene un curso mucho más libre en la prosperidad: está mucho más distraída y ocupada en digerir los males que los placeres.
Veo mucho más claro en tiempo sereno. La salud me advierte de modo más alegre y también más útil que la enfermedad. Me encaminé todo lo que pude hacia mi reparación y mi equilibrio cuando podía disfrutarlo. Me avergonzaría y dolería que la miseria y la desgracia de mi vejez tuviesen que preferirse a mis buenos años, sanos, despiertos, vigorosos. Y que se me tuviese que juzgar no por lo que he sido, sino por aquello que he dejado de ser. A mi juicio, es el vivir felizmente, y no, como decía Antístenes, el morir felizmente, lo que hace la felicidad humana. No he pretendido atar monstruosamente la cola de un filósofo a la cabeza y al cuerpo de un hombre perdido, ni que este ruin final tuviese que desautorizar y desmentir la parte más hermosa, entera y larga de mi vida. Quiero presentarme y mostrarme en todo uniformemente. Si tuviese que revivir, reviviría como he vivido. Ni lloro el pasado ni temo el futuro, y si no me engaño, ha ido por dentro aproximadamente como por fuera. Es una de las principales obligaciones que tengo con mi fortuna el que el curso de mi estado corporal se haya conducido, cada cosa en su estación: he visto la hierba, y las flores, y el fruto, y ahora veo la sequedad.
Felizmente, puesto que es natural. Soporto mucho más dulcemente los males que tengo, porque están en su punto, y porque también me hacen recordar más favorablemente la larga felicidad de mi vida pasada. Igualmente, mi sabiduría puede muy bien ser de la misma talla en uno y otro tiempo; pero era de mucho más provecho y de mejor gracia, verde, alegre, espontánea, de lo que es ahora, quebradiza, gruñona, laboriosa. Renuncio, pues, a esas reformas casuales y dolorosas. Dios tiene que tocarnos el corazón; nuestra conciencia debe enmendarse por sí misma, mediante el fortalecimiento de nuestra razón, no por el debilitamiento de nuestros apetitos. El placer no es en sí ni pálido ni descolorido por ser percibido por ojos legañosos y turbios. Se debe amar la templanza por sí misma y por respeto a Dios, que nos la ha ordenado; en cuanto a la castidad que nos procuran los catarros y que yo debo al beneficio de mi cólico, no es ni castidad ni templanza. No se puede presumir de despreciar y combatir el placer si no se lo ve, si se lo ignora, y sus gracias, y sus fuerzas, y su belleza más atrayente. Conozco una y otra cosa, me corresponde a mí decirlo. Pero me parece que en la vejez nuestras almas están sujetas a enfermedades e imperfecciones más molestas que en la juventud.
Lo decía siendo joven, entonces me daban con mi barbilla en las narices; lo digo todavía ahora, cuando mi pelo gris me da crédito. Llamamos sabiduría a la dificultad de nuestros humores, al disgusto por las cosas presentes; pero en verdad no abandonamos tanto los vicios como los cambiamos, y, en mi opinión, a peor. Además de un orgullo necio y caduco, una charla fastidiosa, esos humores espinosos e insociables, y la superstición, y un cuidado ridículo de las riquezas cuando se ha perdido su uso, encuentro en ella más envidia, injusticia y malignidad. Nos imprime más arrugas en el espíritu que en el rostro, y no se ven almas, o muy raras, que al envejecer no huelan a agrio y a moho. El hombre marcha entero hacia su crecimiento y hacia su decrecimiento. Viendo la sabiduría de Sócrates y varias circunstancias de su condena, me atrevería a creer que él mismo se prestó a ella en cierto modo, por prevaricación, a propósito, teniendo tan cerca, a la edad de setenta años, que sufrir el entorpecimiento de las ricas andanzas de su espíritu y el deslumbramiento de su claridad acostumbrada. ¡Qué metamorfosis le veo hacer todos los días en varios de mis conocidos! Es una enfermedad poderosa que se desliza natural e imperceptiblemente: hace falta gran provisión de estudio y gran precaución para evitar las imperfecciones de que nos carga, o al menos debilitar su progreso. Siento que, a pesar de todas mis restricciones, gana terreno sobre mí palmo a palmo. Resisto cuanto puedo, pero no sé adónde me llevará finalmente. En cualquier caso, me contento con que se sepa desde dónde habré caído.
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