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Capítulo 1De lo útil y lo honesto

Ensayos, libro III · Michel de Montaigne · 29 min de lectura

Nadie está exento de decir tonterías: la desgracia es decirlas con afectación;

Nœ iste magno conatu magnas nugas dixerit. Esto no me afecta; las mías se me escapan tan despreocupadamente como lo que valen. De donde les viene bien. Las abandonaría enseguida, por poco que costara. Y no las compro ni las vendo sino por lo que pesan. Hablo al papel como hablo al primero que encuentro. Que sea verdad, he aquí de qué.

¿A quién no debe serle detestable la perfidia, si Tiberio la rechazó teniendo tan gran interés? Le enviaron aviso desde Alemania de que, si le parecía bien, se desharían de Arminio mediante veneno. Era el enemigo más poderoso que tenían los romanos, el que los había tratado tan vilmente bajo Varo, y el único que impedía el crecimiento de su dominación en aquellas tierras. Respondió que el pueblo romano tenía por costumbre vengarse de sus enemigos por vía abierta, con las armas en la mano, no por fraude y a escondidas: renunció a lo útil por lo honesto. Me diréis que era un impostor. Lo creo: no es gran milagro en gente de su profesión. Pero la confesión de la virtud no tiene menos peso en boca de quien la odia: tanto más cuanto que la verdad se la arranca por fuerza, y si no quiere recibirla en sí, al menos se cubre con ella para adornarse.

Nuestra construcción, tanto pública como privada, está llena de imperfección: pero nada hay inútil en la Naturaleza, ni siquiera la inutilidad misma; nada se ha introducido en este universo que no ocupe un lugar oportuno. Nuestro ser está cimentado de cualidades enfermizas: la ambición, los celos, la envidia, la venganza, la superstición, la desesperación, residen en nosotros con tan natural posesión que su imagen se reconoce también en las bestias. Incluso la crueldad, vicio tan desnaturalizado; pues en medio de la compasión sentimos dentro no sé qué agridulce punzada de voluptuosidad maligna al ver sufrir a otro: y los niños la sienten:

Dulce es, cuando en el gran mar los vientos agitan las aguas, contemplar desde tierra el gran esfuerzo de otro.

De esas cualidades, quien arrancara las semillas en el hombre destruiría las condiciones fundamentales de nuestra vida. Del mismo modo, en toda organización política hay oficios necesarios, no solo abyectos, sino incluso viciosos. Los vicios encuentran ahí su lugar y se emplean en la costura de nuestra unión, como los venenos en la conservación de nuestra salud. Si se vuelven excusables en la medida en que nos hacen falta, y la necesidad común borra su verdadera cualidad, hay que dejar jugar ese papel a los ciudadanos más vigorosos y menos temerosos, que sacrifican su honor y su conciencia, como aquellos otros antiguos sacrificaron su vida, por la salvación de su patria. Nosotros, los más débiles, tomamos papeles más fáciles y menos arriesgados. El bien público requiere que se traicione, y que se mienta, y que se masacre: resignemos ese encargo a gentes más obedientes y más flexibles.

Ciertamente, a menudo me ha indignado ver a jueces que atraen al criminal, mediante fraude y falsas esperanzas de favor o perdón, a descubrir su hecho, y emplean ahí el engaño y el descaro. Serviría bien a la justicia, y al propio Platón, que favorece ese uso, que me proporcionaran otros medios más acordes conmigo. Es una justicia maliciosa, y no la estimo menos lesionada por sí misma que por otro.

Respondí no hace mucho que difícilmente traicionaría al príncipe por un particular, yo que estaría muy apenado de traicionar a ningún particular por el príncipe. Y no solo odio engañar, sino que odio también que se me engañe; no quiero ni siquiera proporcionar materia y ocasión. En lo poco que he tenido que negociar entre nuestros príncipes, en estas divisiones y subdivisiones que nos desgarran hoy, he evitado cuidadosamente que se equivocaran sobre mí y se enredaran en mi máscara. La gente del oficio se mantiene lo más cubierta, y se presenta y simula lo más moderada y lo más vecina que puede: yo me ofrezco por mis opiniones más vivas y por la forma más mía. Tierno negociador y novicio, que prefiere fallar al asunto antes que a mí. Ha sido, sin embargo, hasta esta hora con tal fortuna —pues ciertamente la fortuna tiene en ello la parte principal— que pocos han pasado de mano en mano con menos sospecha, más favor y más intimidad. Tengo un modo abierto, fácil para insinuarse y ganarse crédito en los primeros contactos. La ingenuidad y la verdad pura, en cualquier siglo que sea, encuentran todavía su oportunidad y su lugar. Y además, de aquellos es poco sospechosa y poco odiosa la libertad que trabajan sin ningún interés propio. Y pueden emplear verdaderamente la respuesta de Hipérides a los atenienses que se quejaban de la aspereza de su hablar: «Señores, no consideréis si soy libre, sino si lo soy sin recibir nada y sin mejorar con ello mis asuntos». Mi libertad me ha descargado también fácilmente de la sospecha de falsedad, por su vigor (no ahorrando nada al decir, por pesado y hiriente que fuera; no habría podido decir peor estando ausente), y porque tiene una apariencia manifiesta de sencillez y de despreocupación. No pretendo otro fruto al actuar que actuar, y no le añado largas consecuencias y propósitos. Cada acción hace particularmente su juego; que dé resultado si puede.

Por lo demás, no estoy movido por pasión alguna, ni de odio ni de amor, hacia los grandes; ni tengo mi voluntad atada por ofensa u obligación particular. Miro a nuestros reyes con un afecto simplemente legítimo y civil, ni movido ni detenido por interés privado, de lo cual me sé buen grado. La causa general y justa no me atrae tampoco más que moderadamente y sin fiebre. No estoy sujeto a esas hipotecas y compromisos penetrantes e íntimos. La cólera y el odio están más allá del deber de la justicia, y son pasiones que sirven solamente a quienes no se atienen bastante a su deber por la simple razón: «Que use el impulso del alma quien no puede usar la razón». Todas las intenciones legítimas son de por sí templadas; si no, se alteran en sediciosas e ilegítimas. Eso es lo que me hace caminar por todas partes con la cabeza alta, el rostro y el corazón abiertos. A decir verdad, y no temo confesarlo, llevaría fácilmente en caso necesario una vela a san Miguel y la otra a su serpiente, siguiendo el designio de la vieja. Seguiré al buen partido hasta el fuego, pero excluido este si puedo. Que Montaigne se hunda con la ruina pública si es necesario; pero si no es necesario, agradeceré a la fortuna que se salve; y cuanta cuerda me da mi deber, la empleo en su conservación. ¿No fue Ático quien, manteniéndose en el partido justo, y en el partido que perdió, se salvó por su moderación en ese naufragio universal del mundo, en medio de tantos cambios y diversidades? A los hombres como él, privados, les es más fácil. Y en tal clase de tarea encuentro que se puede justamente no ser ambicioso de entrometerse y convidarse a sí mismo.

Mantenerse vacilante y mezclado, mantener el afecto inmóvil y sin inclinación en los disturbios de su país y en una división pública, no lo encuentro ni bello ni honesto: «Ese no es un camino medio, sino ningún camino, como de quienes esperan el resultado para aplicar sus designios a la fortuna». Eso puede permitirse respecto a los asuntos de los vecinos, y Gelón, tirano de Siracusa, suspendía así su inclinación en la guerra de los bárbaros contra los griegos, manteniendo una embajada en Delfos con presentes para estar al acecho, a ver de qué lado caía la fortuna, y aprovechar la ocasión a punto para conciliarse con los vencedores. Sería una especie de traición hacerlo en los asuntos propios y domésticos, en los que necesariamente hay que tomar partido; pero no enfrascarse, para un hombre que no tiene ni cargo ni mandamiento expreso que lo apremia, lo encuentro más excusable (aunque no practico para mí esa excusa) que en las guerras extranjeras, de las cuales, sin embargo, según nuestras leyes, no se ocupa quien no quiere. No obstante, aquellos aun que se comprometen del todo pueden hacerlo con tal orden y templanza que la tormenta deba correr por encima de su cabeza sin ofensa. ¿No teníamos razón de esperarlo así del difunto obispo de Orleans, señor de Morvilliers? Y conozco entre los que trabajan valerosamente ahora en ello, de costumbres tan ecuánimes o tan dulces que permanecerán en pie, cualquiera que sea la injuriosa mutación y caída que el cielo nos prepare. Sostengo que es a los reyes propiamente a quienes toca enojarse contra los reyes; y me burlo de esos espíritus que alegremente se presentan a querellas tan desproporcionadas. Pues no se toma querella particular con un príncipe por marchar contra él abiertamente y valerosamente, por su honor y según su deber; si no ama a tal personaje, hace mejor, lo estima. Y notablemente la causa de las leyes y defensa del antiguo estado tiene siempre esto: que aquellos mismos que para su designio particular lo perturban excusan a los defensores, si no los honran.

Pero no hay que llamar deber, como hacemos todos los días, una acritud y una aspereza intestina que nace del interés y la pasión privada, ni valor una conducta traidora y maliciosa.

Llaman celo a su inclinación hacia la malignidad y la violencia. No es la causa lo que los inflama, es su interés. Avivan la guerra no porque sea justa, sino porque es guerra.

Nada impide que uno pueda comportarse apropiadamente entre hombres que son enemigos, y conducirse lealmente con una afección, si no igual hacia todos (pues esta puede admitir diferentes grados), al menos moderada, y que no te comprometa tanto con uno que pueda exigírtelo todo. Y conténtate también con una medida intermedia de su gracia, y con navegar en aguas turbias sin querer pescar en ellas.

La otra manera, de ofrecerse con todas las fuerzas a unos y otros, tiene aún menos prudencia que conciencia. Aquel ante quien traicionas a alguien de quien igualmente eres bien recibido, ¿acaso no sabe que por tu cuenta harás lo mismo con él cuando le toque? Te tiene por un hombre vil; mientras tanto te escucha, saca provecho de ti y hace sus negocios con tu deslealtad. Porque los hombres dobles son útiles en tanto aportan, pero hay que cuidarse de que no se lleven más de lo imprescindible.

No digo nada a uno que no pueda decir al otro en su momento, apenas con el tono un poco cambiado; y solo comunico asuntos indiferentes, o conocidos, o que sirven a todos. No hay utilidad por la cual me permita mentirles. Lo que se ha confiado a mi silencio lo oculto religiosamente; pero procuro ocultar lo menos posible. Es una custodia enojosa la del secreto de los príncipes para quien no tiene por qué cargar con ella. Propongo de buen grado este trato: que me confíen poco, pero que confíen sin temor en lo que les traigo. Siempre he sabido más de lo que hubiera querido. Una palabra abierta abre otra palabra y la extrae, como hacen el vino y el amor. Filípides respondió sensatamente, a mi juicio, al rey Lisímaco, que le decía: «¿Qué quieres que comparta contigo de mis bienes?»: «Lo que quieras, con tal de que no sean tus secretos». Veo que cada cual se irrita si se le oculta el fondo de los asuntos en que se le emplea, y si se le ha escamoteado algún propósito oculto. Yo me contento con que no me digan más de lo que quieren que yo ponga en práctica, y no deseo que mi conocimiento sobrepase y constriña mi palabra. Si debo servir de instrumento de engaño, que al menos sea salvando mi conciencia. No quiero que se me tenga por servidor tan afecto ni tan leal que me encuentren capaz de traicionar a nadie. Quien es infiel consigo mismo lo es excusablemente con su amo. Pero se trata de príncipes que no aceptan a los hombres a medias y desprecian los servicios limitados y condicionados. No hay remedio: les digo francamente mis límites, pues esclavo solo debo serlo de la razón, aunque ni siquiera puedo conseguirlo del todo. Y ellos también se equivocan al exigir de un hombre libre tal sujeción a su servicio y tal obligación como la de aquel que han hecho y comprado, o cuya fortuna depende particular y expresamente de la suya. Las leyes me han quitado una gran pena, me han elegido bando y me han dado un amo; cualquier otra superioridad y obligación debe ser relativa a esta y quedar recortada. Eso no significa que, cuando mi afecto me lleve en otra dirección, enseguida deba poner manos a la obra: la voluntad y los deseos se dan ley a sí mismos, las acciones han de recibirla del ordenamiento público.

Todo este proceder mío está un tanto en desacuerdo con nuestras formas; no serviría para producir grandes efectos ni para durar. La inocencia misma no sabría hoy día ni negociar sin disimulo ni comerciar sin mentira. Así que no son en absoluto de mi ámbito las ocupaciones públicas; lo que mi profesión requiere de ellas, lo proporciono en la forma más privada que puedo. De niño me sumergieron en ellas hasta las orejas, y tenía éxito; aun así me desprendí de ellas a tiempo. Después he evitado a menudo mezclarme en ellas, raramente he aceptado, nunca he solicitado, dando la espalda a la ambición; pero no como los remeros, que avanzan de espaldas; tanto es así que si no me he embarcado en ellas, se lo debo menos a mi resolución que a mi buena fortuna. Pues hay caminos menos enemigos de mi gusto y más conformes a mi capacidad, por los cuales, si ella me hubiera llamado antaño al servicio público y a mi promoción hacia el crédito del mundo, sé que habría pasado por encima de la razón de mis discursos para seguirla. Quienes dicen comúnmente contra mi profesión que lo que yo llamo franqueza, sencillez y naturalidad en mis costumbres es arte y astucia, más bien prudencia que bondad, industria que naturaleza, buen sentido que suerte, me hacen más honor del que me quitan. Pero ciertamente hacen mi astucia demasiado astuta. Y quien me haya seguido y espiado de cerca, le daré por ganador si no confiesa que no hay regla en su escuela que pueda reproducir este movimiento natural y mantener una apariencia de libertad y de licencia tan pareja e inflexible en medio de sendas tan tortuosas y diversas, y que toda su atención e ingenio no sabrían conducirlos a ello. El camino de la verdad es uno y simple; el del beneficio particular y de la conveniencia de los asuntos que uno tiene a su cargo, doble, desigual y fortuito. He visto a menudo en uso estas libertades fingidas y artificiosas, pero casi siempre sin éxito. Recuerdan de buen grado al asno de Esopo, que por emular al perro vino a arrojarse muy alegremente, con las dos patas, sobre los hombros de su amo; pero si el perro recibía caricias por semejante fiesta, el pobre asno recibió el doble de bastonazos. «A cada cual le sienta mejor lo que más le es propio». No quiero privar al engaño de su lugar; sería entender mal el mundo. Sé que ha servido a menudo provechosamente y que mantiene y alimenta la mayor parte de las ocupaciones de los hombres. Hay vicios legítimos, así como varias acciones, buenas o excusables, ilegítimas.

La justicia en sí, natural y universal, está regulada de otra manera y más noblemente que esta otra justicia especial, nacional, constreñida a la necesidad de nuestras políticas: «No tenemos imagen alguna sólida y expresa del derecho verdadero y de la justicia genuina; usamos sombras e imágenes». Así que el sabio Dándamis, oyendo relatar las vidas de Sócrates, Pitágoras y Diógenes, los juzgó grandes personajes en todo lo demás, pero demasiado sometidos a la reverencia de las leyes. Para autorizarlas y secundarlas, la verdadera virtud tiene mucho que abandonar de su vigor original; y no solo con su permiso tienen lugar varias acciones viciosas, sino incluso por su persuasión. «Por los senadoconsultos y plebiscitos se ejercen crímenes». Sigo el lenguaje común, que distingue entre las cosas útiles y las honestas, de modo que de algunas acciones naturales, no solo útiles sino necesarias, las llama deshonestas y sucias.

Pero continuemos nuestro ejemplo de la traición.

Dos pretendientes al reino de Tracia habían entrado en disputa sobre sus derechos, el emperador les impidió llegar a las armas; pero uno de ellos, con el pretexto de conducir un acuerdo amistoso mediante un encuentro entre ambos, habiendo citado a su compañero para agasajarlo en su casa, lo hizo apresar y matar. La justicia exigía que los romanos obtuvieran reparación de ese crimen; la dificultad impedía las vías ordinarias. Lo que no podían hacer legítimamente, sin guerra y sin riesgo, emprendieron hacerlo mediante traición: lo que no podían hacer honestamente, lo hicieron útilmente. Para ello se encontró apto un Pomponio Flaco. Este, bajo fingidas palabras y garantías, habiendo atraído a ese hombre a sus redes, en lugar del honor y el favor que le prometía, lo envió atado de pies y manos a Roma. Un traidor traicionó al otro, contra la costumbre común. Pues están llenos de desconfianza, y es difícil sorprenderlos con su propio arte: testigo la penosa experiencia que acabamos de sentir.

Que sea Pomponio Flaco quien quiera, y hay bastantes que lo querrán. En cuanto a mí, mi palabra y mi fe son, como lo demás, piezas de este cuerpo común; su mejor efecto es el servicio público; considero eso presupuesto. Pero así como si me mandaran que tomara a mi cargo el Palacio y los pleitos, respondería: no entiendo nada de eso; o el cargo de conductor de zapadores, diría: estoy llamado a un papel más digno; del mismo modo, quien quisiera emplearme para mentir, traicionar y perjurarme, para algún servicio notable, aunque no fuera asesinar o envenenar, diría: si he robado o hurtado a alguien, enviadme más bien a galeras. Pues es lícito a un hombre de honor hablar así como los lacedemonios, habiendo sido derrotados por Antípatro, en el momento de sus acuerdos: podéis mandarnos cargas pesadas y perjudiciales, tanto como os plazca; pero de vergonzosas y deshonrosas, perderéis vuestro tiempo en mandárnoslas. Cada uno debe haberse jurado a sí mismo lo que los reyes de Egipto hacían jurar solemnemente a sus jueces: que no se desviarían de su conciencia por orden alguna que ellos mismos les dieran. En tales encargos hay nota evidente de ignominia y de condena. Y quien te la da, te acusa, y te la da, si lo entiendes bien, como carga y como pena. Tanto como los asuntos públicos se enmiendan por tu hazaña, tanto se empeoran los tuyos; cuanto mejor lo haces, peor te va a ti. Y no será nuevo, ni tal vez sin cierto aire de justicia, que quien te puso en la tarea sea el mismo que te arruine.

Si la traición puede ser excusable en algún caso, solo lo es entonces cuando se emplea para castigar y traicionar a la traición. Se encuentran bastantes perfidias no solo rechazadas, sino castigadas, por aquellos en cuyo favor habían sido emprendidas. ¿Quién no conoce la sentencia de Fabricio contra el médico de Pirro? Pero también se encuentra esto: que tal persona la ordenó, quien después la vengó rigurosamente sobre aquel a quien había empleado en ella; rechazando un crédito y un poder tan desenfrenados, y desaprobando una servidumbre y una obediencia tan abandonadas y cobardes. Yaropelc, duque de Rusia, sobornó a un gentilhombre de Hungría para que traicionara al rey de Polonia Boleslao, haciéndolo morir o dando a los rusos medio de hacerle algún daño notable. Este se condujo como un gallardo hombre: se dedicó más que antes al servicio de ese rey, obtuvo estar en su consejo y entre sus más leales. Con estas ventajas, y escogiendo a punto la oportunidad de la ausencia de su amo, traicionó a los rusos Visilicia, ciudad grande y rica que fue enteramente saqueada y arrasada por ellos, con matanza total no solo de sus habitantes de todo sexo y edad, sino de gran número de nobles de los alrededores, que él había reunido allí con esos fines. Yaropelc, satisfecha su venganza y su cólera, que sin embargo no carecía de fundamento (pues Boleslao lo había ofendido gravemente y de manera semejante), y harto del fruto de esta traición, al considerar su fealdad desnuda y sola, y mirarla con vista sana y ya no turbada por su pasión, sintió tal remordimiento y repugnancia que mandó sacar los ojos y cortar la lengua y las partes vergonzosas a su ejecutor.

Antígono persuadió a los soldados Argiraspides de que le traicionaran a Eumenes, su capitán general, su adversario. Pero una vez que lo hubo hecho matar, después de que se lo entregaran, quiso él mismo ser comisario de la justicia divina para el castigo de un crimen tan detestable; y los entregó al gobernador de la provincia, dándole muy expresa orden de perderlos y llevarlos a mala muerte, de cualquier manera que fuese. De modo que de ese gran número que eran, ninguno vio después el aire de Macedonia. Cuanto mejor lo habían servido, tanto más juzgó que habían actuado malvada y puniblemente.

El esclavo que traicionó el escondite de P. Sulpicio su amo fue puesto en libertad, según la promesa de la proscripción de Sila; pero según la promesa de la razón pública, aunque libre, fue precipitado desde la roca Tarpeya.

Y nuestro rey Clodoveo, en lugar de las armas de oro que les había prometido, hizo colgar a los tres servidores de Canacro después de que le traicionaran a su amo, para lo cual los había sobornado. Los hacen colgar con la bolsa de su paga al cuello. Habiendo satisfecho su segunda fe, la especial, satisfacen la general y primera.

Mahoma II, queriendo deshacerse de su hermano por celos del poder, según la costumbre de su estirpe, empleó a uno de sus oficiales, quien lo sofocó llenándolo de agua tomada demasiado rápidamente. Hecho esto, entregó, para la expiación de ese asesinato, al asesino a las manos de la madre del difunto (pues no eran hermanos más que de padre); ella, en su presencia, abrió a ese asesino el estómago y, aún caliente, metiendo las manos, arrancando su corazón, lo arrojó a comer a los perros. E incluso a aquellos que no valen nada, les es tan dulce, habiendo obtenido provecho de una acción viciosa, poder coser ahora en ella con toda seguridad algún rasgo de bondad y de justicia, como por compensación y corrección de conciencia. Añádase que miran a los ejecutores de tales horribles maleficios como gentes que se los reprochan, y buscan con su muerte ahogar el conocimiento y testimonio de tales maniobras.

Ahora bien, si por ventura te recompensan por ello, para no privar a la necesidad pública de ese extremo y desesperado remedio, quien lo hace no deja de tenerte, si no lo es él mismo, por hombre maldito y execrable; y te tiene por más traidor que aquel contra quien lo eres, pues toca la malignidad de tu corazón por tus manos, sin desaprobación, sin objeción. Pero te emplea tal como se emplea a los hombres perdidos en las ejecuciones de la alta justicia: cargo tan útil como poco honesto. Además de la vileza de tales encargos, hay prostitución de la conciencia. La hija de Seyano no podía ser condenada a muerte, según cierta forma de juicio en Roma, por cuanto era virgen; fue, para dar paso a las leyes, forzada por el verdugo antes de que la estrangulara.

No solo su mano, sino su alma, es esclava de la conveniencia pública. Cuando el primer Amurat, para agravar el castigo contra sus súbditos que habían apoyado la parricida rebelión de su hijo, ordenó que sus parientes más cercanos prestaran su mano a esa ejecución, encuentro muy honesto que algunos de ellos prefirieran ser tenidos injustamente por culpables del parricidio de otro antes que servir a la justicia de su propio parricidio. Y cuando en algunas aldeas fortificadas tomadas por asalto en mi tiempo he visto a canallas que, para salvar su vida, aceptaban ahorcar a sus amigos y compañeros, los he tenido por peores que los ahorcados. Se dice que Vitoldo, príncipe de Lituania, introdujo en esa nación la costumbre de que el criminal condenado a muerte tuviera que ejecutarse él mismo con su propia mano, por parecerle extraño que un tercero inocente de la falta fuera empleado y cargado con un homicidio. El príncipe, cuando una circunstancia urgente y algún accidente impetuoso e inesperado de las necesidades de su Estado le hacen faltar a su palabra y su fe, o lo sacan de otro modo de su deber ordinario, debe atribuir esa necesidad a un golpe de la vara divina. No es un vicio, pues ha cedido su razón a una razón más universal y poderosa; pero ciertamente es una desgracia.

De modo que a alguien que me preguntó: «¿Qué remedio?», le respondí: «Ningún remedio, si verdaderamente se vio atormentado entre esos dos extremos (pero que se cuide de no buscar una escapatoria al perjurio); tenía que hacerlo; pero si lo hizo sin pesar, si no le dolió hacerlo, es señal de que su conciencia está en mal estado». Si se encontrara alguien de conciencia tan delicada que ninguna salvación le pareciera digna de un remedio tan pesado, no lo estimaría menos por ello. No podría perderse más excusable y decorosamente. No podemos hacerlo todo. Así como así, debemos a menudo, como último recurso, confiar la protección de nuestra nave a la pura conducción del cielo. ¿A qué necesidad más justa se reserva? ¿Qué le es menos posible hacer que aquello que no puede hacer sino a costa de su fe y de su honor, cosas que acaso deben serle más caras que su propia salvación y que la salvación de su pueblo? Cuando con los brazos cruzados llame simplemente a Dios en su ayuda, ¿no tendrá esperanza de que la bondad divina no rehusará el favor de su mano extraordinaria a una mano pura y justa? Son ejemplos peligrosos, raras y enfermizas excepciones a nuestras reglas naturales; hay que ceder ante ellas, pero con gran moderación y circunspección. Ninguna utilidad privada es digna de que hagamos ese esfuerzo a nuestra conciencia; la pública sí, cuando es muy evidente y muy importante.

Timoleón se justificó apropiadamente por la extrañeza de su hazaña con las lágrimas que derramó, recordando que era con mano fraterna que había matado al tirano. Y esto hirió justamente su conciencia, el que hubiera tenido que comprar la utilidad pública a tal precio de la honestidad de sus costumbres. El mismo Senado, liberado de la servidumbre por su acción, no osó decidir rotundamente sobre un hecho tan elevado, desgarrado entre dos aspectos tan pesados y contrarios. Pero los siracusanos, habiendo precisamente en ese mismo momento enviado a pedir a los corintios su protección y un jefe digno de restablecer su ciudad en su antigua dignidad y limpiar Sicilia de varios tiranuelos que la oprimían, el Senado les envió a Timoleón con esta nueva condición y declaración: que según se portara bien o mal en su cargo, su sentencia tomaría partido a favor del liberador de su país o en contra del asesino de su hermano. Esta fantástica conclusión tiene alguna excusa en el peligro del ejemplo y la importancia de un hecho tan contradictorio. E hicieron bien en descargar su juicio o apoyarlo en otra parte y en consideraciones terceras. Ahora bien, la conducta de Timoleón en aquella empresa hizo pronto su causa más clara, tanto se portó digna y virtuosamente en todos los sentidos. Y la buena fortuna que lo acompañó en las asperezas que tuvo que vencer en aquella noble tarea pareció serle enviada por los dioses, conspirando y favorables a su justificación.

El fin de este es excusable, si alguno pudiera serlo. Pero el beneficio del aumento de los ingresos públicos que sirvió de pretexto al Senado romano para aquella sucia conclusión que voy a relatar no es bastante fuerte para garantizar tal injusticia. Ciertas ciudades se habían rescatado a precio de dinero y vuelto a poner en libertad, con la ordenanza y permiso del Senado, de las manos de L. Sila. Habiendo vuelto el asunto a nuevo juicio, el Senado las condenó a ser tributarias como antes, y el dinero que habían empleado para rescatarse quedó perdido para ellas. Las guerras civiles producen a menudo estos viles ejemplos: que castigamos a los particulares por habernos creído cuando éramos otros. Y un mismo magistrado hace pagar la pena de su cambio a quien no tiene culpa de ello. El amo azota a su discípulo por docilidad, y el guía a su ciego. Horrible imagen de justicia. Hay en la filosofía reglas falsas y débiles. El ejemplo que se nos propone para hacer prevalecer la utilidad privada sobre la fe dada no recibe bastante peso por la circunstancia que mezclan en él. Unos ladrones os han capturado, os han puesto en libertad habiendo obtenido de vosotros juramento del pago de cierta suma. Se equivocan al decir que un hombre de bien quedará libre de su fe sin pagar una vez fuera de sus manos.

No es así. Lo que el miedo me hizo querer una vez, estoy obligado a quererlo todavía sin miedo. Y aunque solo haya forzado mi lengua, sin la voluntad, aun así estoy obligado a cumplir mi palabra. En cuanto a mí, cuando a veces ella se adelantó irreflexivamente a mi pensamiento, he hecho conciencia de desautorizarla. De otro modo, de grado en grado, llegaremos a abolir todo el derecho que un tercero extrae de nuestras promesas. «Como si en verdad la violencia pudiera emplearse contra un hombre fuerte». En esto solamente tiene derecho el interés privado a excusarnos de faltar a nuestra promesa: si hemos prometido cosa malvada e inicua en sí misma. Pues el derecho de la virtud debe prevalecer sobre el derecho de nuestra obligación. He situado alguna vez a Epaminondas en el primer rango de los hombres excelentes, y no me desdigo. ¿Hasta dónde elevaba él la consideración de su deber particular? Él, que nunca mató a hombre que hubiera vencido; que por ese bien inestimable de devolver la libertad a su país hacía conciencia de matar a un tirano o a sus cómplices sin las formas de la justicia; y que juzgaba hombre malvado, por buen ciudadano que fuera, a aquel que entre los enemigos y en la batalla no perdonaba a su amigo y su huésped.

He ahí un alma de rica composición. Casaba con las acciones humanas más rudas y violentas la bondad y la humanidad, y aun la más delicada que se encuentra en la escuela de la filosofía. Ese corazón tan grande, hinchado y obstinado contra el dolor, la muerte, la pobreza, ¿era la naturaleza o el arte lo que lo había ablandado hasta el punto de una dulzura y una afabilidad de carácter tan extremas?

Horrible de hierro y de sangre, va destrozando y rompiendo una nación invencible contra cualquier otro que no sea él solo, y se desvía en medio de tal refriega al encuentro de su huésped y su amigo. Verdaderamente, este mandaba bien en la guerra, él que le hacía sufrir el freno de la benignidad en el punto de su mayor calor, así inflamada como estaba y toda espumosa de furor y de muerte. Es un milagro poder mezclar en tales acciones alguna imagen de justicia; pero solo pertenece a la firmeza de Epaminondas poder mezclar en ellas la dulzura y la facilidad de las costumbres más blandas, y la pura inocencia. Y donde uno dice a los mamertinos que los estatutos no tenían aplicación para los hombres armados; otro, al tribuno del pueblo, que el tiempo de la justicia y el de la guerra eran dos; un tercero, que el ruido de las armas le impedía oír la voz de las leyes: este no solo no se veía impedido de oír las de la civilidad y la pura cortesía. ¿Acaso no había tomado de sus enemigos la costumbre de sacrificar a las Musas al ir a la guerra, para templar con su dulzura y alegría aquella furia y aspereza marcial? No temamos, después de tan gran preceptor, estimar que hay algo ilícito incluso contra los enemigos; que el interés común no debe exigirlo todo de todos contra el interés privado: «conservándose la memoria, incluso en la ruptura de los pactos públicos, del derecho privado»:

«Y ningún poder tiene fuerzas para garantizar que un amigo no peque».

y que no todas las cosas son lícitas a un hombre de bien, ni por el servicio de su rey, ni por la causa general y las leyes. Non enim patria præstat omnibus officijs, et ipsi conducit pios habere ciues in parentes. Es una instrucción propia de nuestro tiempo. No necesitamos endurecer nuestros corazones con esas láminas de hierro, basta con que lo sean nuestros hombros: basta con mojar nuestras plumas en tinta, sin mojarlas en sangre. Si es grandeza de ánimo, y el efecto de una virtud rara y singular, despreciar la amistad, las obligaciones privadas, la palabra y el parentesco, por el bien común y la obediencia al magistrado: nos basta verdaderamente, para excusarnos de ello, saber que es una grandeza que no puede alojarse en la grandeza de ánimo de Epaminondas. Aborrezco las exhortaciones enloquecidas de esa otra alma desenfrenada,

Mientras brillan las armas, que ninguna imagen de piedad ni los padres vistos de frente os conmuevan, turbad con la espada sus rostros venerables.

Quitemos a los malvados naturales, sanguinarios y traidores ese pretexto de razón: dejemos de lado esa justicia enorme y fuera de sí: y atengámonos a las imitaciones más humanas. ¡Cuánto pueden el tiempo y el ejemplo! En un encuentro de la guerra civil contra Cinna, un soldado de Pompeyo, habiendo matado sin darse cuenta a su hermano, que estaba en el bando contrario, se mató a sí mismo en el acto, de vergüenza y de pesar. Y algunos años después, en otra guerra civil de ese mismo pueblo, un soldado, por haber matado a su hermano, pidió recompensa a sus capitanes. Se argumenta mal el honor y la belleza de una acción por su utilidad: y se concluye mal estimando que cada uno está obligado a ella, y que es honesta para cada uno, si es útil.

Omnia non pariter rerum sunt omnibus apta. Escojamos lo más necesario y útil de la sociedad humana, será el matrimonio. Pues bien, el consejo de los santos encuentra más honesto el partido contrario, y excluye de él la más venerable vocación de los hombres: como nosotros destinamos al semental las bestias que son de menor estima.

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