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Capítulo 8Del arte de conversar

Ensayos, libro III · Michel de Montaigne · 46 min de lectura

Es costumbre de nuestra justicia condenar a algunos para escarmiento de otros. Condenarlos porque han faltado sería una tontería, como dice Platón. Pues lo que está hecho no se puede deshacer: pero es para que no vuelvan a faltar del mismo modo, o para que se rehúya el ejemplo de su falta. No se corrige al que se ahorca, se corrige a los demás mediante él. Yo hago lo mismo. Mis errores son a veces naturales e incorregibles e irremediables. Pero lo que los hombres honrados aportan al público haciéndose imitar, yo lo aportaré quizá haciéndome evitar.

«¿No ves cuán mal vive el hijo de Albio, y cuán pobre está Barro? Gran lección para quien quiera arruinar su patrimonio.»

Publicando y acusando mis imperfecciones, alguien aprenderá a temerlas. Las partes que más estimo en mí sacan más honor de acusarme que de recomendarme. He ahí por qué recaigo en ello y me detengo más a menudo. Pero cuando todo está dicho, nunca se habla de uno mismo sin pérdida. Las condenas propias siempre se exageran, las alabanzas se desacreditan. Puede haber algunos de mi complexión que aprenden mejor por contrariedad que por similitud y por huida que por seguimiento. A esta clase de disciplina se refería el viejo Catón cuando dijo que los sabios tienen más que aprender de los locos que los locos de los sabios. Y aquel antiguo tocador de lira que Pausanias relata haber acostumbrado a obligar a sus discípulos a ir a oír a un mal músico que vivía enfrente de él: donde aprendieran a odiar sus desafinaciones y falsas medidas. El horror de la crueldad me arroja más hacia la clemencia de lo que ningún modelo de clemencia podría atraerme. Un buen escudero no endereza tanto mi postura como lo hace un procurador o un veneciano a caballo. Y una mala manera de hablar reforma mejor la mía que la buena. Todos los días la tonta apariencia de otro me advierte y me avisa. Lo que pincha, toca y despierta mejor que lo que agrada. Este tiempo es propicio para enmendarnos al revés, por desconveniencia más que por conveniencia; por diferencia más que por acuerdo. Habiendo aprendido poco de los buenos ejemplos, me sirvo de los malos: cuya lección es ordinaria. Me he esforzado por volverme tan agradable como veía de molestos; tan firme como veía de blandos; tan dulce como veía de ásperos; tan bueno como veía de malvados. Pero me proponía medidas invencibles.

El ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu es, a mi juicio, la conversación. Encuentro su uso más dulce que el de cualquier otra acción de nuestra vida. Y es la razón por la cual, si me viera ahora forzado a elegir, consentiría más bien, creo, en perder la vista que el oído o el habla. Los atenienses, y también los romanos, conservaban en gran honor este ejercicio en sus academias. En nuestro tiempo, los italianos conservan algunos vestigios de ello, para gran provecho suyo, como se ve por la comparación de nuestros entendimientos con los suyos. El estudio de los libros es un movimiento lánguido y débil que no calienta: mientras que la conversación enseña y ejercita de un golpe. Si converso con un alma fuerte y un duro justador, me aprieta los flancos, me pincha a izquierda y derecha: sus imaginaciones lanzan las mías. Los celos, la gloria, la disputa me empujan y me elevan por encima de mí mismo. Y el unísono es cualidad del todo aburrida en la conversación. Pero así como nuestro espíritu se fortalece por la comunicación con espíritus vigorosos y regulados, no se puede decir cuánto pierde y se bastardea por el continuo comercio y frecuentación que tenemos con espíritus bajos y enfermizos. No hay contagio que se propague como ese. Sé por bastante experiencia cuánto vale la vara. Me gusta debatir y discutir, pero es con pocos hombres, y para mí. Pues servir de espectáculo a los grandes y hacer a porfía alarde del propio ingenio y de la propia charla, encuentro que es oficio muy impropio de un hombre de honor.

La tontería es una mala cualidad, pero no poder soportarla y despecharse y roerse por ella, como me sucede, es otra clase de enfermedad que no debe mucho a la tontería en importunidad. Y esto es lo que ahora quiero acusar de lo mío. Entro en conversación y en disputa con gran libertad y facilidad puesto que la opinión encuentra en mí el terreno mal dispuesto para penetrar en él y echar raíces profundas. Ninguna proposición me asombra, ninguna creencia me hiere, por mucha contrariedad que tenga con la mía. No hay fantasía tan frívola y tan extravagante que no me parezca muy adecuada a la producción del espíritu humano. Nosotros, que privamos a nuestro juicio del derecho de dictar sentencias, miramos blandamente las opiniones diversas y, si no les prestamos el juicio, les prestamos fácilmente el oído. Donde un plato está completamente vacío en la balanza, dejo oscilar el otro bajo los sueños de una vieja. Y me parece ser excusable si acepto antes el número impar; el jueves antes que el viernes; si me gusta más ser el duodécimo o el decimocuarto que el decimotercero en la mesa; si veo con más gusto una liebre flanqueando que cruzando mi camino cuando viajo, y doy antes el pie izquierdo que el derecho al calzarme. Todas esas fantasías que están en crédito a nuestro alrededor merecen al menos que se las escuche. Para mí solo comportan inanidad, pero la comportan. Además tienen peso las opiniones vulgares y casuales, algo más que nada en la naturaleza. Y quien no se deja llevar hasta ahí cae quizá en el vicio de la obstinación por evitar el de la superstición.

Las contradicciones de los juicios, pues, no me ofenden ni me alteran: solo me despiertan y me ejercitan. Huimos de la corrección, habría que presentarse a ella y ofrecerse, sobre todo cuando viene en forma de conversación, no de regencia. En cada oposición no se mira si es justa, sino, a tuerto o a derecho, cómo librarse de ella. En lugar de tender los brazos hacia ella, tendemos las garras. Yo soportaría ser rudamente zarandeado por mis amigos: «Eres un necio, desvarías». Me gusta entre los hombres gallardos que uno se exprese valerosamente, que las palabras vayan donde va el pensamiento. Hay que fortalecer el oído y endurecerlo contra esa ternura del sonido ceremonioso de las palabras. Me gusta una sociedad y familiaridad fuerte y viril: una amistad que se halague en la aspereza y el vigor de su trato: como el amor en las mordeduras y los arañazos sangrientos. No es bastante vigorosa y generosa si no es pendenciera, si está civilizada y artificiosa, si teme el choque y tiene sus andares constreñidos. «Pues no se puede disputar sin reprensión.» Cuando se me contradice se despierta mi atención, no mi cólera: avanzo hacia quien me contradice, quien me instruye. La causa de la verdad debería ser la causa común de uno y otro. ¿Qué responderá? La pasión de la ira ya le ha golpeado el juicio: el desorden se ha apoderado de él antes que la razón. Sería útil que se apostara en la decisión de nuestras disputas: que hubiera una marca material de nuestras pérdidas: a fin de que lleváramos cuenta de ellas, y que mi criado pudiera decirme: «El año pasado os costó cien escudos, en veinte ocasiones, haber sido ignorante y obstinado». Yo festejo y acaricio la verdad en cualquier mano que la encuentre, y me entrego alegremente a ella, y le tiendo mis armas vencidas, desde lejos en cuanto la veo acercarse. Y con tal de que no se proceda con un semblante demasiado imperiosamente magistral, me complace ser reprendido. Y me acomodo a los acusadores a menudo más por razón de cortesía que por razón de enmienda: gustando de gratificar y nutrir la libertad de advertirme por la facilidad de ceder.

Sin embargo es difícil atraer a ello a los hombres de mi tiempo.

No tienen el valor de corregir porque no tienen el valor de soportar que los corrijan. Y hablan siempre con disimulo en presencia los unos de los otros. Yo siento tanto placer en ser juzgado y conocido, que me resulta casi indiferente bajo cuál de las dos formas lo sea. Mi imaginación se contradice a sí misma tan a menudo, y se condena, que me da lo mismo que otro lo haga: sobre todo porque no doy a su reproche más que la autoridad que yo quiero. Pero rompo relaciones con quien se guarda tanto las espaldas: como conozco alguno, que lamenta su advertencia si no le creen, y se ofende si se duda en seguirlo. El hecho de que Sócrates acogiera siempre riendo las contradicciones que oponían a su discurso, podría decirse que su fuerza era la causa: y que siendo la ventaja la que había de recaer ciertamente de su lado, las aceptaba como materia de nueva victoria. Sin embargo vemos al contrario que no hay nada que nos vuelva el sentimiento tan delicado como la opinión de la preeminencia y el desdén por el adversario. Y que por razón, es al débil más bien a quien corresponde aceptar de buen grado las objeciones que lo corrigen y reparan. Yo busco en verdad más la compañía de quienes me riñen que la de quienes me temen.

Es un placer insípido y dañino tener que ver con gentes que nos admiran y nos hacen sitio. Antístenes ordenó a sus hijos no agradecer jamás a un hombre que los elogiara. Me siento mucho más orgulloso de la victoria que gano sobre mí, cuando en el ardor mismo del combate me hago plegar bajo la fuerza de la razón de mi adversario, que del mérito de la victoria que gano sobre él por su debilidad. En fin, recibo y admito toda clase de golpes que son de frente, por débiles que sean: pero soy demasiado impaciente con los que se dan sin forma. Me importa poco la materia, y me son las opiniones iguales, y la victoria del asunto más o menos indiferente. Todo un día discutiré apaciblemente si la conducta del debate se sigue con orden. No es tanto la fuerza y la sutileza lo que pido, como el orden. El orden que se ve todos los días en las altercaciones de los pastores y de los muchachos de tienda: jamás entre nosotros. Si se descarrían, es en incivilidad: lo mismo que nosotros. Pero su tumulto e impaciencia no los desvían de su tema. Su propósito sigue su curso. Si se adelantan el uno al otro, si no se esperan, al menos se entienden. Siempre se responde bastante bien para mí si se responde a lo que digo.

Pero cuando la disputa es confusa y desordenada, dejo la cosa y me atengo a la forma, con despecho e indiscreción, y me lanzo a una manera de debatir terca, maliciosa e imperiosa, de la que tengo que sonrojarme después. Es imposible tratar de buena fe con un necio. Mi juicio no solo se corrompe en manos de un amo tan impetuoso: también mi conciencia.

Nuestras disputas deberían ser prohibidas y castigadas como otros crímenes verbales. ¿Qué vicio no despiertan y amontonan, siempre regidas y comandadas por la cólera? Entramos en enemistad, primero contra las razones, y luego contra los hombres. No aprendemos a disputar sino para contradecir, y como cada uno contradice y es contradicho, resulta que el fruto del disputar es perder y aniquilar la verdad. Así Platón en su república prohíbe este ejercicio a los espíritus ineptos y mal nacidos. ¿Para qué te pones en camino de buscar lo que es con quien no tiene ni paso ni porte que valga? No se hace daño al asunto cuando se lo abandona para ver el modo de tratarlo. No digo modo escolástico y artístico, digo modo natural, de un sano entendimiento. ¿Qué será al final? Uno va a Oriente, el otro a Occidente. Pierden lo principal y lo apartan en la prensa de los incidentes. Al cabo de una hora de tempestad no saben lo que buscan: uno está bajo, otro alto, otro de costado. Uno se aferra a una palabra y una semejanza. Otro ya no siente lo que se le opone, tan absorto está en su carrera, y piensa en seguirse a sí mismo, no en ti. Otro, sintiéndose débil de riñones, lo teme todo, lo rechaza todo, confunde desde el principio el propósito: o en el esfuerzo del debate se amotina callándose del todo, por una ignorancia desdeñosa, afectando un orgulloso desprecio o una tontamente modesta huida de la contienda. Con tal de que este golpee, no le importa cuánto se descubre. El otro cuenta sus palabras y las pesa como razones. Ese no emplea sino la ventaja de su voz y de sus pulmones. He aquí uno que concluye contra sí mismo, y ese otro que te ensordece de prefacios y digresiones inútiles. Este otro se arma de puras injurias y busca una pelea de alemanes para deshacerse de la compañía y conversación de un espíritu que presiona el suyo. Este último no ve nada en la razón, pero te tiene asediado en el cerco dialéctico de sus cláusulas y en las fórmulas de su arte.

Ahora bien, ¿quién no entra en desconfianza de las ciencias y no duda de si se puede sacar de ellas algún fruto sólido en las necesidades de la vida, al considerar el uso que hacemos de ellas? Nihil sanantibus litteris. ¿Quién ha adquirido entendimiento en la lógica? ¿Dónde están sus bellas promesas? Nec ad melius viuendum, nec ad commodius differendum. ¿Se ve más borronería en la charla de las pescaderas que en las disputas públicas de los hombres de esta profesión? Preferiría que mi hijo aprendiera en las tabernas a hablar que en las escuelas de la palabrería. Ten un maestro en artes, conversa con él, ¿por qué no nos hace sentir esa excelencia artificial y no arrebata a las mujeres y a los ignorantes como nosotros por la admiración de la firmeza de sus razones, de la belleza de su orden? ¿Por qué no nos domina y persuade como quiere? Un hombre tan aventajado en materia y en conducta, ¿por qué mezcla en su esgrima las injurias, la indiscreción y la rabia? Que se quite su birrete, su toga y su latín, que no nos golpee las orejas con Aristóteles puro y crudo, y lo tomarías por uno de entre nosotros, o peor. Me parece de esa implicación y entrelazamiento del lenguaje con que nos presionan, que va como con los jugadores de prestidigitación: su habilidad combate y fuerza nuestros sentidos, pero no conmueve en absoluto nuestra creencia: fuera de ese juego de manos, no hacen nada que no sea común y vil. Por ser más sabios no son menos ineptos. Amo y honro el saber tanto como quienes lo poseen. Y en su verdadero uso es la más noble y poderosa adquisición de los hombres. Pero en esos —y hay un número infinito de este género— que establecen en él su suficiencia y valor fundamentales, que remiten su entendimiento a su memoria, sub aliena vmbra latentes, y no pueden nada sino por libro: lo odio, si me atrevo a decirlo, un poco más que la estupidez.

En mi país, y en mi tiempo, la doctrina ablanda bastante las bolsas, pero en absoluto las almas. Si las encuentra embotadas, las agrava y las sofoca: masa cruda e indigesta; si las encuentra refinadas, las purifica de buen grado, las clarifica y las sutiliza hasta la extenuación. Es cosa de calidad casi indiferente: accesorio muy útil para un alma bien nacida, pernicioso y dañino para otra alma. O más bien, cosa de uso muy precioso que no se deja poseer a vil precio; en una mano es un cetro, en otra, un cetro de bufón.

Pero continuemos. ¿Qué victoria mayor esperáis que enseñar a vuestro enemigo que no puede combatiros? Cuando ganáis la ventaja de vuestra proposición, es la verdad la que gana; cuando ganáis la ventaja del orden y de la conducta, sois vos quien gana. Me parece que en Platón y Jenofonte Sócrates disputa más en favor de los disputantes que en favor de la disputa: y para instruir a Eutidemo y Protágoras del conocimiento de su impertinencia, más que de la impertinencia de su arte. Él toma la primera materia, como quien tiene un fin más útil que el de aclararla, a saber, aclarar los espíritus que se propone manejar y ejercitar. La agitación y la caza son propiamente nuestra presa; no somos excusables de conducirla mal e impertinentemente; fallar en la captura es otra cosa. Pues hemos nacido para buscar la verdad; poseerla pertenece a un poder más grande. Ella no está, como decía Demócrito, escondida en el fondo de los abismos, sino más bien elevada a una altura infinita en el conocimiento divino. El mundo no es más que una escuela de indagación. No se trata de quién dará en el blanco, sino de quién hará las más hermosas carreras. Tanto puede hacer el necio que dice la verdad como el que dice lo falso: pues nos fijamos en la manera, no en la materia del decir.

Mi humor es mirar tanto a la forma como a la sustancia; tanto al abogado como a la causa, como Alcibíades ordenaba que se hiciese. Y todos los días me entretengo leyendo a los autores, sin preocuparme de su ciencia: buscando en ellos su manera, no su tema. Del mismo modo que busco la compañía de algún espíritu famoso, no para que me enseñe, sino para que lo conozca, y conociéndolo, si lo vale, lo imite. Todo hombre puede decir verdaderamente, pero decir ordenadamente, prudentemente y de modo suficiente, pocos hombres lo pueden. Por tanto, la falsedad que viene de la ignorancia no me ofende: es la ineptitud. He roto varios tratos que me eran útiles por la impertinencia de la discusión de aquellos con quienes trataba. No me enfado ni una vez al año por las faltas de aquellos sobre los que tengo poder; pero en lo tocante a la necedad y a la obstinación de sus alegaciones, excusas y defensas, asninas y brutales, todos los días estamos a punto de agarrarnos por el cuello. No entienden ni lo que se dice ni por qué, y responden de la misma manera: es para desesperar. No siento golpear rudamente mi cabeza más que contra otra cabeza. Y entro más fácilmente en componenda con el vicio de mis gentes que con su temeridad, importunidad y su necedad. Que hagan menos, con tal de que sean capaces de hacer. Vivís con la esperanza de caldear su voluntad. Pero de un tronco no hay nada que esperar ni de qué gozar que valga.

Ahora bien, ¿qué, si yo tomo las cosas de otro modo de lo que son? Puede ser. Y sin embargo acuso a mi impaciencia. Y sostengo, en primer lugar, que es igualmente viciosa en quien tiene razón como en quien no la tiene. Pues siempre es una acritud tiránica no poder soportar una forma diversa a la propia. Y luego, que no hay en verdad mayor necedad y más constante que emocionarse y picarse por las necedades del mundo, ni más heteróclita. Pues ella nos formaliza principalmente contra nosotros; y ese filósofo del tiempo pasado nunca habría tenido falta de ocasión para sus lloros con solo considerarse a sí mismo. Misón, uno de los siete sabios, de un humor timoniano y democritiano, interrogado sobre por qué reía solo: «Por eso, porque río solo», respondió. ¡Cuántas necedades digo y respondo yo todos los días, según mi parecer! Y voluntariamente, pues, ¡cuánto más frecuentes según el de otros! Si yo me muerdo los labios por ello, ¿qué deben hacer los demás? En suma, hay que vivir entre los vivos, y dejar correr el río bajo el puente, sin nuestro cuidado o al menos sin nuestra alteración. De veras, ¿por qué sin emocionarnos encontramos a alguien que tiene el cuerpo torcido y mal formado, y no podemos soportar el encuentro de un espíritu mal ordenado sin ponernos coléricos? Esta viciosa aspereza pertenece más al juez que a la falta. Tengamos siempre en la boca esta palabra de Platón: «Lo que encuentro malsano, ¿no es acaso porque yo mismo estoy malsano? ¿No soy yo mismo culpable? ¿No puede mi advertencia volverse contra mí?» Sabio y divino estribillo que fustiga el más universal y común error de los hombres. No solo los reproches que nos hacemos unos a otros, sino también nuestras razones y nuestros argumentos y materias controvertidas son ordinariamente reversibles hacia nosotros, y nos herimos con nuestras armas. De lo cual la antigüedad me ha dejado bastantes graves ejemplos. Fue ingeniosamente dicho y muy a propósito por quien lo inventó:

«A cada cual le huele bien su propia mierda». Nuestros ojos no ven nada hacia atrás. Cien veces al día nos burlamos de nosotros mismos a propósito de nuestro vecino, y detestamos en otros los defectos que están en nosotros más claramente; y los admiramos con una maravillosa impudencia e inadvertencia. Ayer mismo tuve ocasión de ver a un hombre de entendimiento burlándose tan placenteramente como justamente de la inepta manera de otro, que rompe la cabeza a todo el mundo con el registro de sus genealogías y alianzas, más de la mitad falsas (esos se arrojan más voluntariamente sobre tales necios propósitos quienes tienen sus cualidades más dudosas y menos seguras); y él, si hubiese vuelto sobre sí mismo, se habría encontrado apenas menos intemperante y fastidioso al sembrar y hacer valer la prerrogativa del linaje de su mujer. ¡Oh importuna presunción, con la cual la mujer se ve armada por las manos de su propio marido! Si él entendiese latín, habría que decirle:

¡Vamos! Si esto no enloquece bastante por sí solo, instigadlo. No digo que nadie deba acusar sin estar limpio: pues entonces nadie acusaría, ni siquiera limpio de la misma mancha. Pero entiendo que nuestro juicio, al cargar sobre otro del que en ese momento se trata, no nos ahorra una jurisdicción interna y severa. Es obra de caridad que quien no puede arrancar un vicio de sí mismo intente, pese a todo, arrancarlo de otro: donde puede tener semilla menos maligna y rebelde. Y no me parece respuesta apropiada, a quien me advierte de mi falta, decir que él también la tiene. ¿Y qué si la tiene? La advertencia sigue siendo cierta y útil. Si tuviéramos buen olfato, nuestra basura debería apestarnos más, puesto que es nuestra. Y Sócrates opina que quien se encontrara culpable, junto con su hijo y un extraño, de alguna violencia o injuria, debería empezar por sí mismo, presentándose a la condena de la justicia, e implorar, para purificarse, el auxilio de la mano del verdugo; en segundo lugar por su hijo y por último por el extraño. Si este precepto adopta un tono demasiado alto, al menos debe presentarse primero al castigo de su propia conciencia.

Los sentidos son nuestros propios y primeros jueces, que sólo perciben las cosas por los accidentes externos; y no es extraño que en todas las piezas del servicio de nuestra sociedad haya una mezcla tan perpetua y universal de ceremonias y apariencias superficiales: de modo que la mejor y más efectiva parte de las políticas consiste en eso. Es siempre con el hombre con quien tenemos que tratar, cuya condición es maravillosamente corporal. Que quienes han querido construirnos estos años pasados un ejercicio de religión tan contemplativo e inmaterial no se asombren si hay quienes piensan que se les habría escapado y fundido entre los dedos si no se mantuviera entre nosotros, como marca, título e instrumento de división y de bando, más que por sí misma. Como en la conversación. La gravedad, la toga y la fortuna del que habla dan a menudo crédito a palabras vanas e ineptas. No es presumible que un señor tan seguido, tan temido, no tenga dentro alguna capacidad distinta de la popular; y que un hombre a quien se dan tantas comisiones y encargos, tan desdeñoso y tan altivo, no sea más hábil que ese otro que le saluda desde tan lejos y a quien nadie emplea. No sólo las palabras, sino también los gestos de esta gente se consideran y se tienen en cuenta: cada cual se dedica a darles alguna hermosa y sólida interpretación.

Si se rebajan a la conversación común, y se les presenta algo distinto de aprobación y reverencia, os aplastan con la autoridad de su experiencia: han oído, han visto, han hecho, quedáis aplastados por los ejemplos. Yo les diría de buena gana que el fruto de la experiencia de un cirujano no es la historia de sus prácticas, y recordar que ha curado a cuatro apestados y tres gotosos, si no sabe de ese uso extraer con qué formar su juicio, y no nos sabe hacer sentir que se ha vuelto más sabio con la práctica de su arte. Como en un concierto de instrumentos, no se oye un laúd, una espineta y la flauta: se oye una armonía en conjunto: el ensamblaje y el fruto de toda esa acumulación. Si los viajes y los cargos los han enmendado, corresponde a la demostración de su entendimiento hacerlo parecer. No basta con contar las experiencias, hay que pesarlas y clasificarlas: y hay que haberlas digerido y alambicado para extraer de ellas las razones y conclusiones que contienen. Nunca hubo tantos historiadores. Siempre es bueno y útil oírlos, pues nos proporcionan gran cantidad de hermosas instrucciones y loables del almacén de su memoria. Gran ayuda, ciertamente, para la vida. Pero no buscamos eso por ahora, buscamos si estos recitadores y recopiladores son loables ellos mismos.

Odio toda clase de tiranía, tanto la habladora como la efectiva. Me rebelo de buena gana contra esas vanas circunstancias que engañan nuestro juicio por los sentidos: y manteniéndome al acecho de esas grandezas extraordinarias, he encontrado que en su mayoría son hombres como los demás:

«Pues rara vez es el sentido común en esa fortuna».

Quizá se les estime y perciba menores de lo que son, en la medida en que emprenden más y se muestran más, no responden al peso que han asumido. Hace falta que haya más vigor y poder en el portador que en la carga. El que no ha llenado su fuerza, os deja adivinar si tiene aún fuerza más allá, y si ha sido probado hasta su último punto. El que sucumbe a su carga descubre su medida y la debilidad de sus hombros. Por eso se ven tantas almas ineptas entre los sabios, y más que entre otros. Habrían sido buenos padres de familia, buenos mercaderes, buenos artesanos: su vigor natural estaba tallado para esa proporción. La ciencia es cosa de gran peso, se hunden bajo ella. Para exhibir y distribuir esta materia rica y poderosa, para emplearla y servirse de ella: su ingenio no tiene ni bastante vigor ni bastante manejo. Sólo puede hacerlo en una naturaleza fuerte; y estas son muy raras. Y los débiles, dice Sócrates, corrompen la dignidad de la filosofía al manejarla. Ella parece inútil y viciosa cuando está mal sostenida. He aquí cómo se estropean y enloquecen.

«Como el mono, simulador del rostro humano, al que un niño riéndose vistió con un paño precioso de seda, y dejó desnudas las nalgas y la espalda, ludibrio de los comensales».

A aquellos igualmente que nos rigen y mandan, que tienen el mundo en sus manos, no les basta con tener un entendimiento común, con poder lo que nosotros podemos. Están muy por debajo de nosotros si no están muy por encima. Como prometen más, deben también más. Y por ello el silencio les resulta no solo una actitud de respeto y gravedad, sino también a menudo de provecho y prudencia. Pues Megabiso, habiendo ido a ver a Apeles en su taller, estuvo largo tiempo sin decir palabra, y luego empezó a discurrir sobre sus obras. De lo cual recibió esta reprimenda: Mientras guardaste silencio, parecías algo grande, a causa de tus cadenas y tu pompa, pero ahora que se te ha oído hablar, no hay hasta los aprendices de mi taller que no te desprecien. Aquellos magníficos atavíos, aquella gran dignidad, no le permitían ser ignorante de una ignorancia vulgar y hablar impertinentemente de la pintura. Debía mantener muda aquella apariencia externa y presuntuosa de suficiencia. ¡A cuántas almas necias en mi tiempo ha servido un semblante frío y taciturno de título de prudencia y capacidad! Las dignidades, los cargos, se dan necesariamente más por fortuna que por mérito, y a menudo se tiene injustamente por culpa de los reyes. Al contrario, es maravilla que tengan tanta suerte, teniendo tan poca habilidad: La mayor virtud del príncipe es conocer a los suyos.

Pues la naturaleza no les ha dado una vista que pueda extenderse a tanta gente para discernir en ella la excelencia y penetrar nuestros pechos, donde mora el conocimiento de nuestra voluntad y de nuestro mejor valor. Tienen que escogernos por conjetura y a tientas, por la raza, las riquezas, la doctrina, la voz del pueblo: argumentos muy débiles. Quien pudiera encontrar modo de que se juzgara por justicia y se eligieran los hombres por razón, establecería con ese solo rasgo una forma perfecta de gobierno. «Sí, pero llevó a buen término ese gran asunto». Eso es decir algo, pero no es decir bastante. Pues esta sentencia es justamente aceptada: Que no se deben juzgar los consejos por los acontecimientos. Los cartagineses castigaban los malos consejos de sus capitanes, aunque fueran corregidos por un resultado feliz. Y el pueblo romano a menudo negó el triunfo a grandes y muy útiles victorias, porque la conducta del jefe no correspondía a su buena suerte. Se advierte ordinariamente en las acciones del mundo que la fortuna, para enseñarnos cuánto puede en todas las cosas y que se complace en rebajar nuestra presunción, no pudiendo hacer sabios a los inhábiles, los hace felices, en competencia con la virtud. Y se complace voluntariamente en favorecer las ejecuciones donde la trama es más puramente suya. De donde se ve todos los días que los más simples de entre nosotros llevan a cabo muy grandes empresas, tanto públicas como privadas.

Y como Siranes el persa respondió a quienes se asombraban de que sus asuntos resultaran tan mal, siendo sus propósitos tan sabios: Que él era el único dueño de sus propósitos, pero del éxito de sus asuntos era dueña la fortuna. Estos pueden responder lo mismo, pero desde el sesgo contrario. La mayor parte de las cosas del mundo se hacen por sí mismas.

Los hados encuentran su camino. El resultado autoriza a menudo una conducta muy inepta. Nuestra intervención no es casi más que rutina, y más comúnmente consideración de uso y de ejemplo que de razón. Asombrado por la grandeza del asunto, he sabido en otro tiempo por quienes lo habían llevado a término sus motivos y su habilidad: no he encontrado en ellos sino consejos vulgares. Y los más vulgares y usados son también quizá los más seguros y cómodos para la práctica, si no para la apariencia. ¿Qué importa si las razones más llanas son las mejor fundadas? Las más bajas y flojas y las más trilladas se acomodan mejor a los asuntos. Para conservar la autoridad del consejo de los reyes, no es necesario que las personas profanas participen en él y vean más allá de la primera barrera. Debe reverenciarse de crédito y en bloque, quien quiera alimentar su reputación. Mi deliberación esboza un poco la materia y la considera ligeramente por sus primeros aspectos; lo fuerte y principal del asunto acostumbro a resignarlo al cielo.

Deja lo demás a los dioses. La dicha y la desdicha son a mi juicio dos potencias soberanas. Es imprudencia estimar que la prudencia humana pueda cumplir el papel de la fortuna. Y vana es la empresa de quien presume abarcar causas y consecuencias y conducir de la mano el progreso de su acción. Vana sobre todo en las deliberaciones guerreras. Nunca hubo más circunspección y prudencia militar que la que se ve a veces entre nosotros. ¿Será que se teme perderse por el camino, reservándose para la catástrofe de este juego? Digo más: que nuestra sabiduría misma y nuestra deliberación siguen en su mayor parte la conducta del azar. Mi voluntad y mi raciocinio se mueven tan pronto de un modo como de otro, y hay varios de estos movimientos que se gobiernan sin mí. Mi razón tiene impulsos y agitaciones cotidianas y casuales:

Cambian las apariencias de los ánimos, y los pechos conciben tan pronto unos movimientos como otros, mientras el viento agita las nubes.

Quien observe quiénes son los más poderosos en las ciudades y quiénes hacen mejor sus asuntos, encontrará ordinariamente que son los menos hábiles. Ha sucedido a mujerzuelas, a niños y a insensatos mandar grandes estados, igual que los príncipes más capaces. Y logran éxito, dice Tucídides, más ordinariamente los torpes que los sutiles. Atribuimos los efectos de su buena fortuna a su prudencia.

Según cada uno usa la fortuna, así descuella, y por ello todos decimos que es sabio.

Por eso digo yo que en todos los aspectos los acontecimientos son testigos muy pobres de nuestro valor y capacidad. Estaba justo en este punto: basta con ver a un hombre elevado a una dignidad; aunque lo hubiéramos conocido tres días antes como hombre de poco; se filtra insensiblemente en nuestras opiniones una imagen de grandeza, de capacidad, y nos persuadimos de que, al crecer en tren de vida y en crédito, ha crecido en mérito. Lo juzgamos no según su valor, sino a la manera de las fichas, según la prerrogativa de su rango. Que la suerte cambie también, que recaiga y se mezcle con la multitud: todos se preguntan con admiración por la causa que lo había encumbrado tan alto. «¿Es él?», dicen; «¿no sabía otra cosa cuando estaba ahí? ¿Los príncipes se contentan con tan poco? Estábamos verdaderamente en buenas manos». Es cosa que he visto a menudo en mi tiempo. Incluso la máscara de grandeza que se representa en las comedias nos afecta de algún modo y nos engaña. Lo que yo mismo adoro en los reyes es la multitud de sus adoradores. Toda inclinación y sumisión les es debida, salvo la del entendimiento. Mi razón no está hecha para inclinarse y doblarse, son mis rodillas. Melantio, interrogado sobre lo que le parecía la tragedia de Dionisio, dijo: «No la he visto, tan oscurecida estaba de lenguaje».

Así también la mayoría de quienes juzgan los discursos de los grandes deberían decir: «No he entendido en absoluto su propósito, tan oscurecido estaba de gravedad, de grandeza y de majestad». Antístenes persuadía un día a los atenienses de que ordenaran que sus asnos fueran también empleados en el labrado de las tierras, como lo eran los caballos; a lo que le respondieron que ese animal no había nacido para tal servicio: «Es lo mismo», replicó él; «no se trata más que de vuestra orden, pues los hombres más ignorantes e incapaces que empleáis al mando de vuestras guerras no dejan por ello de volverse inmediatamente muy dignos, porque vosotros los empleáis en ello». A esto se refiere la costumbre de tantos pueblos que canonizan al rey que han hecho de entre ellos, y no se contentan con honrarlo si no lo adoran. Los de México, después de que las ceremonias de su coronación quedan completadas, no se atreven ya a mirarlo a la cara; antes bien, como si lo hubieran deificado por su realeza, entre los juramentos que le hacen prestar, de mantener su religión, sus leyes, sus libertades, de ser valiente, justo y bondadoso, él jura también hacer marchar al sol en su luz acostumbrada, escurrir las nubes en tiempo oportuno, hacer correr a los ríos por sus cursos y hacer producir a la tierra todas las cosas necesarias para su pueblo.

Yo soy contrario a esa manera común y desconfío más de la capacidad cuando la veo acompañada de grandeza de fortuna y de recomendación popular. Debemos tener en cuenta cuánto es hablar en su momento, escoger su punto, interrumpir la conversación o cambiarla, con una autoridad magistral; defenderse de las oposiciones ajenas mediante un movimiento de cabeza, una sonrisa o un silencio, ante una asistencia que tiembla de reverencia y de respeto. Un hombre de monstruosa fortuna, viniendo a mezclar su opinión en cierta conversación ligera que se desarrollaba muy relajadamente en su mesa, comenzó justamente así: «No puede ser más que un mentiroso o un ignorante quien diga de otro modo que, etc.». Seguid esta punta filosófica con un puñal en la mano.

He aquí otra advertencia de la que extraigo gran provecho. Es que en las disputas y conferencias, todas las palabras que nos parecen buenas no deben ser inmediatamente aceptadas. La mayoría de los hombres son ricos de una capacidad ajena. Bien puede ocurrir que alguien diga un buen dicho, una buena respuesta y sentencia, y la exponga sin conocer su fuerza. Que no se posee todo lo que se toma prestado, quizá pueda verificarse por mí mismo. No hay que ceder siempre ante ella, sea cual sea la verdad o belleza que tenga. O hay que combatirla a sabiendas, o retirarse con el pretexto de no entenderla, para tantear por todas partes cómo está alojada en su autor. Puede ocurrir que nos ensartemos y ayudemos al golpe más allá de su alcance. Yo he empleado a veces en la necesidad y el apremio del combate estocadas que han dado en falso más allá de mi intención y de mi esperanza. Yo las daba solo en número, ellos las recibían en peso. Del mismo modo que cuando debato contra un hombre vigoroso me complazco en anticipar sus conclusiones: le evito el trabajo de interpretarse; intento prevenir su imaginación aún imperfecta y naciente; el orden y la pertinencia de su entendimiento me advierten y amenazan desde lejos. Con estos otros hago todo lo contrario: no hay que entender nada sino por ellos, ni presuponer nada.

Si juzgan con palabras universales: «Esto es bueno, aquello no lo es»; y aciertan, ved si es la fortuna la que acierta por ellos. Que circunscriban y restrinjan un poco su sentencia: por qué es, en qué consiste. Estos juicios universales que veo tan ordinarios no dicen nada. Son gentes que saludan a todo un pueblo en masa y en tropel. Quienes tienen verdadero conocimiento de él lo saludan y remarcan nominalmente y en particular. Pero es una empresa arriesgada. Por ello he visto más a menudo que todos los días ocurrir que los espíritus débilmente fundados, queriendo hacerse los ingeniosos al remarcar en la lectura de alguna obra el punto de la belleza, detienen su admiración en una elección tan mala que, en lugar de enseñarnos la excelencia del autor, nos enseñan su propia ignorancia. Esta exclamación es segura: «¡Esto es hermoso!», habiendo oído una página entera de Virgilio. Así se salvan los astutos. Pero emprender seguirlo por hombros, y con juicio expreso y selecto, querer señalar por dónde un buen autor se supera, pesando las palabras, las frases, las invenciones y sus diversas virtudes, una tras otra: apartaos de ahí. «Hay que ver no solo qué dice cada uno, sino también qué piensa cada uno, y también por qué razón piensa cada uno».

Oigo diariamente decir a necios palabras no necias. Dicen una cosa buena: sepamos hasta dónde la conocen, veamos por dónde la sostienen. Les ayudamos a emplear esa hermosa palabra y esa hermosa razón que no poseen; solo la tienen en depósito; la habrán producido quizá al azar y a tientas; nosotros se la acreditamos y damos valor. Les prestáis la mano. ¿Para qué? Ellos no os lo agradecen en absoluto y se vuelven más ineptos. No los secundéis, dejadlos ir: manejarán esta materia como gente que tiene miedo de quemarse; no se atreven a cambiarle de posición y de luz, ni a profundizar en ella. Agitadla por poco que sea; se les escapa; os la abandonan, por fuerte y bella que sea. Son hermosas armas, pero están mal enmangadas. ¡Cuántas veces he visto yo la experiencia de esto! Ahora bien, si venís a aclararlos y confirmarlos, os arrebatan y roban inmediatamente esa ventaja de vuestra interpretación: «Era eso lo que yo quería decir; es justamente mi concepción; si no lo he expresado así, es solo por falta de lenguaje». Sofisma. Hay que emplear la propia malicia para corregir esta altiva estupidez. El dogma de Hegesias, «Que no hay que odiar ni acusar, sino instruir», tiene razón en otras partes. Pero aquí es injusticia e inhumanidad socorrer y enderezar a quien no lo necesita y que vale menos por ello. Me gusta dejarlos hundirse y enredarse todavía más de lo que están, y tan adelante, si es posible, que al fin se reconozcan.

La necedad y el desorden de sentido no es cosa curable mediante un golpe de advertencia. Y podemos decir propiamente de esta reparación lo que Ciro responde a quien lo apremia a exhortar a su ejército en el momento de una batalla: Que los hombres no se vuelven valientes y belicosos en el acto por una buena arenga, como tampoco uno se vuelve inmediatamente músico por oír una buena canción. Son aprendizajes que han de hacerse de antemano, mediante larga y constante instrucción. Debemos ese cuidado a los nuestros, y esa asiduidad de corrección y de instrucción; pero ir a predicar al primer transeúnte y regir la ignorancia o ineptitud del primero que se encuentra es una costumbre a la que quiero gran mal. Rara vez lo hago, en las conversaciones mismas que se desarrollan conmigo, y lo abandono todo antes que llegar a esas instrucciones apartadas y magistrales. Mi humor no es apropiado, ni para hablar ni para escribir, para principiantes. Pero en las cosas que se dicen en común, o entre otros, por falsas y absurdas que yo las juzgue, jamás me lanzo a atravesarme, ni de palabra ni de gesto.

Por lo demás, nada me disgusta tanto en la necedad como el que se complazca más que ninguna razón puede razonablemente complacerse. Es desgracia que la prudencia te prohíba satisfacerte y confiarte en ti, y te envíe siempre descontento y temeroso; mientras que la obstinación y la temeridad llenan a sus anfitriones de regocijo y de seguridad. Son los más inhábiles quienes miran a los demás hombres por encima del hombro, volviendo siempre del combate llenos de gloria y de alegría. Y muy a menudo aún esa presunción de lenguaje y alegría de rostro les dan la victoria ante la asistencia, que es comúnmente débil e incapaz de juzgar bien y discernir las verdaderas ventajas. La obstinación y el ardor de opinión son la más segura prueba de estupidez. ¿Hay algo más cierto, resuelto, desdeñoso, contemplativo, serio, grave, como el asno?

¿No podemos mezclar al título de la conferencia y comunicación las conversaciones punzantes y cortadas que la alegría y la intimidad introducen entre los amigos, burlándose y chanceando placentera y vivamente unos de otros? Ejercicio para el que mi alegría natural me hace bastante apropiado. Y si no es tan tenso y serio como ese otro ejercicio del que acabo de hablar, no es menos agudo e ingenioso, ni menos provechoso, como parecía a Licurgo. Por mi parte, yo aporto más libertad que espíritu, y tengo en ello más fortuna que invención; pero soy perfecto en la paciencia, pues soporto la réplica no solo áspera, sino también indiscreta, sin alteración. Y ante la carga que se me hace, si no tengo con qué responder bruscamente en el acto, no me entretengo siguiendo esa punta con una contestación tediosa y floja, tirando a la obstinación. La dejo pasar, y bajando alegremente las orejas, pospongo tener mi razón para alguna hora mejor. No hay comerciante que siempre gane. La mayoría cambian de cara y de voz cuando les falta la fuerza, y por una importuna cólera, en lugar de vengarse, acusan a la vez su debilidad y su impaciencia. En esta alegría pellizcamos a veces cuerdas secretas de nuestras imperfecciones que, sosegados, no podemos tocar sin ofensa; y nos advertimos útilmente de nuestros defectos.

Hay otros juegos de manos, indiscretos y ásperos, a la francesa, que odio mortalmente: tengo la piel tierna y sensible; he visto en mi vida enterrar a dos príncipes de nuestra sangre real. Es feo batirse divirtiendo.

Por lo demás, cuando quiero juzgar a alguien, le pregunto cuánto se contenta de sí: hasta dónde le place su palabra o su labor. Quiero evitar esas bellas excusas: «Lo hice jugando»:

«Esta obra necesita aún el yunque»: no estuve allí ni una hora; no he vuelto a verla desde entonces. Pues bien, les digo, dejemos esas piezas, dadme una que os represente entero, por la cual os plazca que se os mida. Y luego ¿qué encontráis más bello en vuestra obra? ¿es esta parte o esta otra? ¿la gracia, o la materia, o la invención, o el juicio, o el saber? Porque ordinariamente me percato de que se falla tanto al juzgar la propia labor como la ajena. No solo por el afecto que se le mezcla, sino por no tener la suficiencia para conocerla y distinguirla. La obra, por su propia fuerza y fortuna, puede secundar al trabajador y adelantársele más allá de su invención y conocimiento. En cuanto a mí, no juzgo el valor de otra labor más oscuramente que el de la mía y sitúo los Ensayos tan pronto bajo como alto, muy inconstante y dudosamente. Hay varios libros útiles en razón de sus temas, de los cuales el autor no obtiene recomendación alguna; y buenos libros, como buenas obras, que avergüenzan al trabajador. Escribiré la forma de nuestros banquetes y de nuestros vestidos, y lo escribiré sin gracia; publicaré los edictos de mi tiempo y las cartas de los príncipes que pasan por las manos públicas; haré un resumen de un buen libro (y todo resumen de un buen libro es un resumen tonto), el cual libro llegará a perderse; y cosas semejantes. La posteridad sacará utilidad singular de tales composiciones: yo ¿qué honor, si no es por mi buena fortuna? Buena parte de los libros famosos son de esta condición.

Cuando leí a Philippe de Commines, hace varios años, muy buen autor ciertamente, observé esta frase como no vulgar: Que hay que guardarse bien de hacer tanto servicio a su señor, que se le impida encontrar la justa recompensa. Debía alabar la invención, no a él. La encontré en Tácito, no hace mucho tiempo: «Los beneficios son gratos hasta que parecen poder pagarse; cuando exceden mucho, por gratitud se devuelve odio». Y Séneca vigorosamente: «Pues quien piensa que es vergonzoso no devolver, no quiere que exista a quien devolver». Quinto Cicerón de un sesgo más laxo: «Quien piensa que no puede ser amigo de quien no puede satisfacer de ningún modo». El tema, según es, puede hacer encontrar a un hombre sabio y memorioso; pero para juzgar en él las partes más suyas y más dignas, la fuerza y belleza de su alma, hay que saber qué es suyo y qué no lo es; y en lo que no es suyo, cuánto se le debe en consideración de la elección, disposición, ornamento y lenguaje que ha aportado. ¿Qué, si ha tomado prestada la materia y empeorado la forma? como ocurre a menudo. Nosotros, que tenemos poca práctica con los libros, estamos en esta pena: que cuando vemos alguna bella invención en un poeta nuevo, algún argumento fuerte en un predicador, no osamos sin embargo alabarlos por ello, a menos que hayamos recibido instrucción de algún sabio, si esa pieza les es propia o si es extraña. Hasta entonces me mantengo siempre en guardia.

Acabo de recorrer de un tirón la historia de Tácito (lo que no me ocurre apenas, hace veinte años que no dediqué a un libro una hora seguida), y lo he hecho a instancia de un caballero que Francia estima mucho, tanto por su propio valor como por una constante forma de suficiencia y bondad que se ve en varios hermanos que son. No conozco autor que mezcle en un registro público tanta consideración de las costumbres e inclinaciones particulares. Y me parece lo contrario de lo que a él le parece: que teniendo especialmente que seguir las vidas de los emperadores de su tiempo, tan diversas y extremas en toda suerte de formas, tantas acciones notables que señaladamente su crueldad produjo en sus súbditos, tenía una materia más fuerte y atrayente para discurrir y narrar que si hubiera tenido que hablar de batallas y agitaciones universales. Tanto que a menudo lo encuentro estéril, pasando por encima de esas bellas muertes, como si temiera fastidiarnos con su multitud y extensión. Esta forma de historia es con mucho la más útil. Los movimientos públicos dependen más de la conducta de la Fortuna, los privados de la nuestra. Es más bien un juicio que deducción de historia; hay más preceptos que relatos; no es un libro para leer, es un libro para estudiar y aprender; está tan lleno de sentencias que las hay a diestra y siniestra; es un semillero de discursos éticos y políticos, para la provisión y ornamento de quienes tienen algún rango en el manejo del mundo. Argumenta siempre con razones sólidas y vigorosas, de una manera punzante y sutil, siguiendo el estilo afectado del siglo. Amaban tanto inflarse que donde no encontraban sutileza aguda en las cosas, la tomaban prestada de las palabras. No se aleja mucho de la escritura de Séneca; me parece más carnoso, Séneca más agudo. Su servicio es más propio de un estado turbulento y enfermo, como es el nuestro presente; diríais a menudo que nos pinta y que nos pellizca.

Quienes dudan de su lealtad se acusan bastante de querer mal de él por otras razones. Tiene opiniones sanas y se inclina por el buen partido en los asuntos romanos. Me quejo un poco, sin embargo, de que ha juzgado a Pompeyo más duramente de lo que lleva el parecer de las personas de bien que vivieron y trataron con él; de haberlo estimado del todo igual a Mario y a Sila, si no es en cuanto era más cubierto. No se ha eximido de ambición su intención en el gobierno de los asuntos, ni de venganza; y temieron sus propios amigos que la victoria lo hubiese llevado más allá de los límites de la razón; pero no hasta una medida tan desenfrenada. No hay nada en su vida que nos haya amenazado con una crueldad y tiranía tan expresa. Tampoco hay que contrapesar la sospecha a la evidencia: así no le creo en ello. Que sus narraciones sean ingenuas y rectas, podría tal vez argumentarse de esto mismo: Que no se aplican siempre exactamente a las conclusiones de sus juicios, los cuales sigue según la pendiente que ha tomado, a menudo más allá de la materia que nos muestra, la cual no ha dignado inclinar con un solo aire. No necesita excusa por haber aprobado la religión de su tiempo, según las leyes que se lo mandaban, e ignorado la verdadera. Eso es su desgracia, no su defecto.

He considerado principalmente su juicio, y no estoy bien esclarecido del todo. Como estas palabras de la carta que Tiberio viejo y enfermo enviaba al Senado: ¿Qué os escribiré señores, o cómo os escribiré, o qué no os escribiré, en este tiempo? Los dioses y las diosas me pierdan peor de lo que me siento perecer todos los días, si lo sé. No percibo por qué las aplica tan ciertamente a un punzante remordimiento que atormenta la conciencia de Tiberio. Al menos cuando yo estaba en ello, no lo vi.

Esto me ha parecido también un poco flojo, que habiendo tenido que decir que había ejercido cierta magistratura honorable en Roma, se vaya excusando de que no es por ostentación que lo ha dicho. Este rasgo me parece bajo de pelo para un alma de su clase. Pues no osar hablar redondamente de sí acusa alguna falta de corazón. Un juicio rígido y altivo, que juzga sanamente y seguramente, usa a todas manos los propios ejemplos así como cosa extraña, y testimonia francamente de sí como de cosa tercera. Hay que pasar por encima de esas reglas populares de la civilidad, en favor de la verdad y de la libertad. Me atrevo no solo a hablar de mí, sino a hablar solamente de mí. Me desvío cuando escribo de otra cosa y me hurto a mi tema. No me amo tan indiscretamente ni estoy tan atado y mezclado a mí que no pueda distinguirme y considerarme aparte, como un vecino, como un árbol. Es igualmente fallar no ver hasta dónde se vale, o decir más de lo que se ve. Debemos más amor a Dios que a nosotros, y lo conocemos menos, y con todo hablamos de él a nuestras anchas.

Si sus escritos revelan algo de sus condiciones, era un gran personaje, justiciero y valeroso, no de una virtud supersticiosa, sino filosófica y generosa. Se le podrá encontrar atrevido en sus testimonios. Como donde sostiene que un soldado que llevaba un fardo de leña, se le endurecieron las manos de frío y se pegaron a su carga, de modo que quedaron adheridas allí y muertas, habiéndose separado de los brazos. Tengo por costumbre en tales cosas plegarme bajo la autoridad de tan grandes testigos.

Lo que dice también, que Vespasiano, por el favor del dios Serapis, curó en Alejandría a una mujer ciega untándole los ojos con su saliva, y no sé qué otro milagro, lo hace por el ejemplo y deber de todos los buenos historiadores. Llevan registro de los acontecimientos de importancia. Entre los accidentes públicos están también los rumores y opiniones populares. Es su función recitar las creencias comunes, no regularlas. Esa parte toca a los teólogos y a los filósofos directores de conciencias. Por tanto muy sabiamente, este su compañero y gran hombre como él: «En verdad transcribo más cosas de las que creo, pues ni me atrevo a afirmar de lo que dudo, ni a sustraer lo que he recibido»; y el otro: «No vale la pena ni afirmar ni refutar estas cosas: hay que atenerse a la fama de los hechos». Y escribiendo en un siglo en el cual la creencia en los prodigios comenzaba a disminuir, dice no querer sin embargo dejar de insertar en sus anales y dar pie a cosa recibida de tantas personas de bien y con tan grande reverencia de la antigüedad. Está muy bien dicho. Que nos entreguen la historia más según la reciben que según la estiman. Yo, que soy rey de la materia que trato y que no debo cuenta a nadie, no me creo del todo sin embargo. Arriesgo a menudo estallidos de mi espíritu de los cuales desconfío, y ciertas sutilezas verbales de las que sacudo las orejas; pero las dejo correr a la ventura; veo que se honra con cosas semejantes: no me toca solo a mí juzgarlas. Me presento de pie y acostado, el delante y el detrás, a derecha y a izquierda, y en todos mis pliegues naturales. Los espíritus, aunque iguales en fuerza, no son siempre iguales en aplicación y en gusto. He aquí lo que la memoria me presenta en conjunto y bastante inciertamente. Todos los juicios en conjunto son laxos e imperfectos.

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