Capítulo 5Sobre unos versos de Virgilio
Cuanto más llenos y sólidos son los pensamientos útiles, más embarazosos y onerosos resultan también. El vicio, la muerte, la pobreza, las enfermedades, son asuntos graves y que pesan. Hay que tener el alma instruida en los medios de soportar y combatir los males, e instruida en las reglas del bien vivir y del bien creer; y despertarla y ejercitarla a menudo en este hermoso estudio. Pero para un alma de tipo común, es preciso que esto se haga con descanso y moderación: se vuelve loca si está demasiado continuamente tensa. Yo necesitaba en mi juventud advertirme y urgirme para mantenerme en el deber. La alegría y la salud, se dice, no se avienen tan bien con estos discursos serios y sabios. Ahora estoy en otro estado. Las condiciones de la vejez me advierten demasiado, me hacen sensato y me predican. Del exceso de la alegría he caído en el de la severidad: más fastidioso. Por eso me dejo llevar ahora un poco al desenfreno, adrede; y dedico a veces el alma a pensamientos frívolos y juveniles en los que se solaza. Ya no soy más que demasiado reposado, demasiado pesado y demasiado maduro. Los años me dan lección cada día de frialdad y de templanza. Este cuerpo huye del desorden y lo teme: le toca a él ahora guiar el espíritu hacia la reforma; rige a su vez y más rudamente e imperiosamente. No me deja ni una hora, ni durmiendo ni despierto, sin instruirme sobre la muerte, la paciencia y la penitencia. Me defiendo de la templanza como antaño lo hice de la voluptuosidad: me arrastra demasiado atrás, y hasta la estupidez. Ahora quiero ser dueño de mí en todos los sentidos. La sabiduría tiene sus excesos, y no necesita menos moderación que la locura. Así pues, para no secarme, agotarme y abrumarme de prudencia, en los intervalos que me dan mis males,
Mens intenta suis ne siet usque malis, me aparto suavemente y hurto mi vista de ese cielo tempestuoso y nublado que tengo ante mí. El cual, gracias a Dios, considero sin espanto, pero no sin tensión ni sin esfuerzo. Y me entretengo en el recuerdo de las juventudes pasadas:
Animus quod perdidit, optat, Atque in præterita se totus imagine versat.
Que la infancia mire hacia delante, la vejez hacia atrás: ¿no era eso lo que significaba el doble rostro de Jano? Los años me arrastran si quieren, pero hacia atrás. En la medida en que mis ojos pueden reconocer esa hermosa estación extinta, los dirijo allí a sacudidas. Si escapa de mi sangre y de mis venas, al menos no quiero desarraigar su imagen de la memoria.
Esto es vivir dos veces, poder disfrutar de la vida anterior.
Platón ordena a los viejos asistir a los ejercicios, danzas y juegos de la juventud, para regocijarse en otros de la agilidad y belleza del cuerpo que ya no tienen; y recordar la gracia y el encanto de esa edad floreciente. Y quiere que en esos esparcimientos atribuyan el honor de la victoria al joven que haya divertido y regocijado más, y a mayor número de ellos. Yo antes marcaba los días pesados y tenebrosos como extraordinarios. Esos son ahora los míos ordinarios: los extraordinarios son los hermosos y serenos. Voy llegando a estremecerme, como ante un nuevo favor, cuando nada me duele. Por más que me haga cosquillas, ya no puedo arrancar una pobre risa de este desgraciado cuerpo. No me alegro sino en la imaginación y en sueños, para apartar con astucia el mal humor de la vejez. Pero ciertamente haría falta otro remedio que el sueño. Débil lucha del arte contra la naturaleza. Es gran simpleza alargar y anticipar, como todos hacen, las incomodidades humanas. Prefiero ser menos tiempo viejo que ser viejo antes de serlo. Hasta las menores ocasiones de placer que puedo encontrar, las atrapo. Conozco bien de oídas varias especies de voluptuosidades prudentes, fuertes y gloriosas; pero la opinión no puede tanto sobre mí como para darme apetito de ellas. No las quiero tan magnánimas, magníficas y fastuosas, como las quiero suaves, fáciles y prestas. A natura discedimus, populo nos damus, nullius rei bono auctori. Mi filosofía está en la acción, en el uso natural y presente; poco en la imaginación. ¡Gozara yo jugando a las nueces y al trompo!
Non ponebat enim rumores ante salutem. La voluptuosidad es cualidad poco ambiciosa; se estima bastante rica por sí misma, sin mezclar en ella el precio de la reputación, y prefiere la sombra. Habría que azotar a un joven que se entretuviese en elegir el gusto del vino y de las salsas. No hay nada que haya sabido menos ni apreciado menos: ahora lo aprendo. Siento gran vergüenza por ello, pero ¿qué voy a hacer? Siento aún más vergüenza y despecho de las ocasiones que me empujan a ello. A nosotros nos toca soñar y entretenernos, y a la juventud mantenerse en la reputación y en lo mejor. Ella va hacia el mundo, hacia el crédito: nosotros venimos de él. Sibi arma, sibi equos, sibi hastas, sibi clavam, sibi pilam, sibi natationes et cursus habeant: nobis senibus, ex lusionibus multis, talos relinquant et tesseras. Las leyes mismas nos envían a casa. No puedo hacer menos a favor de esta mezquina condición a la que mi edad me empuja, que proveerle de juguetes y entretenimientos, como a la infancia: pues a ella retornamos también. Y la sabiduría y la locura tendrán harto que hacer para sostenerme y socorrerme con oficios alternos en esta calamidad de la edad.
Misce stultitiam consiliis brevem. Huyo igualmente de las más ligeras punzadas: y las que antes no me habrían siquiera arañado, ahora me traspasan. Mi constitución empieza a aplicarse tan gustosamente al mal: in fragili corpore odiosa omnis offensio est.
Mensque pati durum sustinet ægra nihil. Siempre he sido susceptible y delicado a las ofensas; ahora soy más tierno y abierto por todas partes.
Et minimæ vires frangere quassa valent. Mi juicio me impide sin duda rebelarme y gruñir contra los inconvenientes que la Naturaleza ordena sufrir, pero no sentirlos. Correría de un extremo del mundo al otro buscando un buen año de tranquilidad placentera y alegre, yo, que no tengo otro fin que vivir y regocijarme. La tranquilidad sombría y estúpida se encuentra fácilmente para mí, pero me adormece y embota: no me contenta. Si hay alguna persona, alguna buena compañía, en el campo, en la ciudad, en Francia o en otra parte, sedentaria o viajera, a quien mis humores agraden, de quien los humores me agraden, no hay más que silbar en la palma: iré a proveerles de Ensayos en carne y hueso. Puesto que es privilegio del espíritu recobrarse de la vejez, le aconsejo cuanto puedo que lo haga: que verdee, que florezca mientras tanto, si puede, como el muérdago sobre un árbol muerto. Temo que sea un traidor: se ha aliado tan estrechamente al cuerpo que me abandona a cada paso para seguirlo en su necesidad. Lo halago aparte, lo trabajo en vano: tengo un bello intentar apartarlo de esta unión y presentarle a Séneca y a Catulo, y a las damas y las danzas reales: si su compañero tiene cólico, parece que él también lo tiene. Las propias facultades que le son particulares y propias no pueden entonces alzarse: sienten evidentemente el catarro. No hay punto de alegría en sus producciones si no hay al mismo tiempo en el cuerpo. Nuestros maestros yerran cuando, buscando las causas de los arrebatos extraordinarios de nuestro espíritu, además de lo que atribuyen al rapto divino, al amor, a la aspereza guerrera, a la poesía, al vino, no han dado su parte a la salud. Una salud bullente, vigorosa, plena, ociosa, tal como antaño el verdor de los años y la seguridad me la proporcionaban a ratos. Ese fuego de alegría suscita en el espíritu chispas vivas y claras más allá de nuestra claridad natural, y entre los entusiasmos los más gallardos, si no los más desenfrenados. Pues bien, no es maravilla que un estado contrario aflija mi espíritu, lo clave y saque de él un efecto contrario.
Ad nullum consurgit opus cum corpore languet. Y pretende además que le esté agradecido porque presta, según dice, mucho menos consentimiento a esto de lo que es uso ordinario entre los hombres. Al menos mientras tenemos tregua, expulsemos los males y dificultades de nuestro trato,
Dum licet, obducta solvatur fronte senectus: tetrica sunt amandanda jocularibus. Amo una sabiduría alegre y civil, y huyo de la aspereza de costumbres y la austeridad, teniendo por sospechosa toda expresión hosca:
Y la triste arrogancia del rostro severo; también la turba triste tiene sus afeminados.
Creo de buen grado a Platón, que dice que los humores fáciles o difíciles son un gran perjuicio para la bondad o maldad del alma. Sócrates tuvo un rostro constante, pero sereno y risueño. No fastidiosamente constante, como el viejo Craso, a quien nunca se vio reír. La virtud es cualidad placentera y alegre. Sé bien que muy pocas personas pondrán mala cara a la licencia de mis escritos que no tengan más motivos para poner mala cara a la licencia de su pensamiento. Me conformo bien a su ánimo, pero ofendo sus ojos. Es un humor bien ordenado el de criticar los escritos de Platón y pasar por alto sus negociaciones pretendidas con Fedón, Dión, Estela, Arqueanasa. «No te avergüences de decir lo que no te avergüenza sentir». Odio un espíritu arisco y triste, que se desliza sobre los placeres de su vida y se agarra y se alimenta de las desgracias. Como las moscas, que no pueden sostenerse sobre un cuerpo bien pulido y bien liso, y se pegan y reposan en los lugares escabrosos y ásperos. Y como las ventosas, que no chupan y apetecen más que la sangre mala. Por lo demás, me he ordenado osar decir todo lo que oso hacer, y me desagrada incluso de los pensamientos impublicables. La peor de mis acciones y condiciones no me parece tan fea como encuentro feo y cobarde el no osar confesarla.
Cada uno es discreto en la confesión, debería serlo en la acción. La osadía de faltar está en cierto modo compensada y frenada por la osadía de confesarlo. Quien se obligara a decirlo todo, se obligaría a no hacer nada de lo que uno se ve forzado a callar. Quiera Dios que este exceso de mi licencia atraiga a nuestros hombres hacia la libertad: más allá de esas virtudes cobardes y mezquinas, nacidas de nuestras imperfecciones; que a expensas de mi inmoderación, los atraiga hasta el punto de la razón. Hay que ver el propio vicio y estudiarlo para contarlo; quienes lo ocultan a los demás, se lo ocultan ordinariamente a sí mismos, y no lo tienen por suficientemente cubierto si lo ven. Lo sustraen y disfrazan a su propia conciencia. «¿Por qué nadie confiesa sus vicios? Porque aún está en ellos; narrar el sueño es de quien está despierto». Los males del cuerpo se aclaran al aumentar. Encontramos que es gota lo que llamábamos reuma o torcedura. Los males del alma se oscurecen en su fuerza: el más enfermo los siente menos. Por eso hay que sacarlos a menudo a la luz del día, con mano despiadada abrirlos y arrancarlos del fondo de nuestro pecho. Como en materia de buenas acciones, lo mismo en materia de malas acciones, a veces es satisfacción la sola confesión.
¿Hay alguna fealdad en faltar que nos dispense de confesarlo? Sufro pena al fingir, de modo que evito tomar los secretos ajenos bajo mi custodia, no teniendo bien el ánimo de desconocer mi conocimiento. Puedo callarlo, pero negarlo no puedo sin esfuerzo y disgusto. Para ser bien secreto, hay que serlo por naturaleza, no por obligación. Es poco, al servicio de los príncipes, ser secreto si no se es mentiroso además. Aquel que preguntaba a Tales de Mileto si debía solemnemente negar haber fornicado, si se hubiera dirigido a mí, yo le habría respondido que no debía hacerlo, porque la mentira me parece aún peor que la fornicación. Tales le aconsejó muy de otro modo, y que jurara, para garantizar lo más por lo menos. Sin embargo, este consejo no era tanto elección de vicio como multiplicación. Sobre lo cual digamos de paso que se hace buen trato a un hombre de conciencia cuando se le propone alguna dificultad como contrapeso del vicio; pero cuando se le encierra entre dos vicios, se le pone ante una ruda elección. Como hicieron con Orígenes: o que idolatrara, o que se dejara gozar carnalmente por un gran villanote etíope que le presentaron. Sufrió la primera condición, y viciosamente, se dice. Por tanto, no carecerían de gusto, según su error, aquellas que nos aseguran en este tiempo que preferirían cargar su conciencia con diez hombres antes que con una misa.
Si es indiscreción publicar así los propios errores, no hay gran peligro de que pase a ejemplo y uso. Pues Aristón decía que los vientos que los hombres temen más son los que los descubren. Hay que remangar este necio harapo que cubre nuestras costumbres. Ellos envían su conciencia al burdel y mantienen su apariencia en regla. Hasta los traidores y asesinos desposan las leyes de la ceremonia y allí fijan su deber. Con todo, no corresponde a la injusticia quejarse de la incivilidad, ni a la malicia de la indiscreción. Es lástima que un hombre malvado no sea además un necio, y que la decencia encubra su vicio. Estas incrustaciones solo corresponden a una pared buena y sana, que merece ser conservada, ser blanqueada. En favor de los hugonotes, que acusan nuestra confesión auricular y privada, yo me confieso en público, religiosamente y puramente. San Agustín, Orígenes e Hipócrates han publicado los errores de sus opiniones; yo también los de mis costumbres. Estoy hambriento de darme a conocer, y no me importa a cuántos, con tal de que sea verdaderamente. O por decirlo mejor, no tengo hambre de nada, pero huyo mortalmente de ser tomado en intercambio por aquellos a quienes sucede conocer mi nombre. Aquel que hace todo por el honor y por la gloria, ¿qué piensa ganar mostrándose al mundo enmascarado, robando su verdadero ser al conocimiento del pueblo?
Alaba a un jorobado por su bella figura, debe recibirlo como injuria; si eres cobarde y se te honra por hombre valiente, ¿es de ti de quien se habla? Te toman por otro. Querría igual de bien que aquel se gratificara con las reverencias que le hacen pensando que es el jefe de la tropa, cuando es de los menores del séquito. Arquelao, rey de Macedonia, pasando por la calle, alguien le echó agua encima; los asistentes decían que debía castigarlo. «Sí, pero —dijo él— no ha echado el agua sobre mí, sino sobre aquel que pensaba que yo era». A Sócrates, cuando alguien le advertía que hablaban mal de él: «En absoluto —dijo—, no hay nada en mí de lo que dicen». En cuanto a mí, si alguien me elogiara por ser buen piloto, por ser muy modesto o por ser muy casto, no le debería ninguna gratitud. E igualmente, si alguien me llamara traidor, ladrón o borracho, me tendría por tan poco ofendido. Quienes se desconocen pueden alimentarse de falsas aprobaciones; yo no, que me veo y que me examino hasta las entrañas, que sé bien lo que me corresponde. Me place ser menos elogiado, con tal de ser mejor conocido. Podrían tenerme por sabio en tal condición de sabiduría que yo tengo por necedad. Me fastidia que mis Ensayos sirvan a las damas solo de mueble común y de mueble de sala; este capítulo será del gabinete.
Amo su comercio un poco privado; el público es sin favor y sin sabor. En las despedidas calentamos más allá de lo ordinario el afecto hacia las cosas que abandonamos. Tomo el último adiós de los juegos del mundo; aquí van nuestros últimos abrazos. Pero volvamos a mi tema. ¿Qué ha hecho la acción genital a los hombres, tan natural, tan necesaria y tan justa, para no osar hablar de ella sin vergüenza y para excluirla de los discursos serios y regulados? Pronunciamos osadamente matar, robar, traicionar, y eso no osamos más que entre dientes. ¿Acaso quiere decir que cuanto menos lo exhalamos en palabra, tanto más derecho tenemos de engrosar el pensamiento? Pues es bueno que las palabras que están menos en uso, menos escritas y mejor calladas, son las mejor sabidas y más generalmente conocidas. Ninguna edad, ninguna costumbre la ignora más que el pan. Se imprimen en cada uno sin ser expresadas, y sin voz y sin figura. Y el sexo que más lo hace tiene el encargo de callarlo más. Es una acción que hemos puesto en la franquicia del silencio, de donde es crimen arrancarla. No para acusarla y juzgarla. Ni osamos azotarla más que en perífrasis y pintura. Gran favor a un criminal ser tan execrable que la justicia estime injusto tocarlo y verlo: libre y salvado por el beneficio de la acritud de su condena.
¿No va como en materia de libros, que se vuelven tanto más vendibles y públicos cuanto más suprimidos están? Voy yo por mi parte a tomar al pie de la letra el consejo de Aristóteles, que dice: «El ser vergonzoso sirve de ornamento a la juventud, pero de reproche a la vejez». Estos versos se predican en la escuela antigua, escuela a la que me atengo mucho más que a la moderna: sus virtudes me parecen más grandes, sus vicios menores.
«Quienes huyendo demasiado de Venus se afanan, faltan tanto como quienes demasiado la siguen». «Tú, diosa, tú sola gobiernas la naturaleza de las cosas, y sin ti nada surge a las divinas riberas de la luz, ni se hace nada alegre ni amable».
No sé quién ha podido mezclar mal a Palas y las Musas con Venus, y enfriarlas hacia el amor; pero yo no veo ningunas deidades que se avengan mejor ni que se deban más la una a la otra. Quien quite a las musas las imaginaciones amorosas les robará el más bello entretenimiento que tienen y la más noble materia de su obra; y quien haga perder al amor la comunicación y el servicio de la poesía lo debilitará con sus mejores armas. Por eso se acusa al dios del trato y de la benevolencia, y a las diosas protectoras de la humanidad y de la justicia, del vicio de la ingratitud y del desconocimiento. No llevo tanto tiempo apartado del estado y séquito de ese dios como para no tener la memoria informada de sus fuerzas y valores:
«Reconozco las huellas de la antigua llama». Aún queda algún resto de emoción y calor después de la fiebre.
«Que no me falte este calor en los años invernales». Por más seco que esté, y pesado, aún siento algunos tibios restos de aquel ardor pasado.
«Como el alto Egeo, después de que Aquilón o Noto cesen, que todo antes lo agitó y sacudió, no se calma del todo, sino que retiene el sonido y el movimiento de las olas aún agitadas y gruesas».
Pero por lo que yo entiendo, las fuerzas y el valor de ese dios se encuentran más vivos y más animados en la pintura de la poesía que en su propia esencia.
«Y el verso tiene dedos». Ella representa no sé qué aire más amoroso que el amor mismo. Venus no es tan bella completamente desnuda, viva y jadeante como lo es aquí en Virgilio:
«Había hablado, y la diosa, con sus níveos brazos de uno y otro lado, acaricia con suave abrazo al que vacila. Él de repente recibió la llama acostumbrada, y el conocido calor penetró en sus médulas y corrió por sus huesos debilitados. No de otro modo que cuando a veces, al romper con el trueno, una grieta ígnea centelleante recorre con su luz las nubes. [...] Dichas estas palabras, le dio los abrazos deseados y, derramándose por los miembros en el regazo de su esposa, buscó un plácido sueño».
Lo que encuentro digno de consideración es que la pinta un poco demasiado excitada para una Venus marital. En ese sabio negocio los apetitos no se encuentran tan juguetones: son sombríos y más embotados. El amor odia que uno se sostenga por otro medio que no sea él, y se mezcla perezosamente con los tratos que se establecen y mantienen bajo otro título, como es el matrimonio. La alianza, los medios, pesan en él por razón tanto o más que las gracias y la belleza. Uno no se casa para sí, diga lo que se diga; uno se casa tanto o más para su posteridad, para su familia. El uso y el interés del matrimonio tocan a nuestra raza mucho más allá de nosotros. Por eso me agrada esta manera de conducirlo más bien por mano de terceros que por las propias, y por el juicio de otro que por el propio. Todo esto, ¡cuán opuesto a las convenciones amorosas! Así es que es una especie de incesto ir a emplear en ese parentesco venerable y sagrado los esfuerzos y las extravagancias de la licencia amorosa, como me parece haber dicho en otro lugar. Hay que tocar a la propia mujer, dice Aristóteles, con prudencia y severidad, no sea que al acariciarla demasiado lascivamente el placer la haga salirse de los goznes de la razón. Lo que él dice por la conciencia, los médicos lo dicen por la salud: que un placer excesivamente cálido, voluptuoso y asiduo altera la semilla e impide la concepción. Dicen por otra parte que para un coito lánguido, como ese lo es por naturaleza, a fin de llenarlo de un justo y fértil calor, hay que presentarse raramente y a intervalos notables:
«Para que sediento arrebate a Venus y la recoja en su interior». No veo matrimonios que fracasen más pronto y se turben más que aquellos que se encaminan por la belleza y los deseos amorosos. Hacen falta fundamentos más sólidos y más constantes, y hay que caminar con cautela: esa hirviente alegría no sirve para nada.
Aquellos que piensan hacer honor al matrimonio al unirle el amor hacen, me parece, lo mismo que aquellos que, para favorecer a la virtud, sostienen que la nobleza no es otra cosa que virtud. Son cosas que tienen algún parentesco, pero hay mucha diversidad: no hay que mezclar sus nombres y sus títulos. Se hace agravio a una o a otra al confundirlas. La nobleza es una bella cualidad, e introducida con razón; pero en tanto que es una cualidad que depende de otro y que puede recaer en un hombre vicioso y de nada, está en estimación muy por debajo de la virtud. Es una virtud, si es que lo es, artificial y visible; dependiente del tiempo y de la fortuna; diversa en forma según los países; viviente y mortal; sin nacimiento, no más que el río Nilo; genealógica y común; de sucesión y de similitud; sacada por consecuencia, y consecuencia bien débil. La ciencia, la fuerza, la bondad, la belleza, la riqueza, todas las demás cualidades caen en comunicación y en comercio: esta se consume en sí misma, de ningún provecho al servicio de otro. Se proponía a uno de nuestros reyes la elección entre dos competidores para un mismo cargo, de los cuales uno era hidalgo y el otro no lo era: ordenó que sin respeto a esa cualidad se eligiera al que tuviera más mérito; pero que donde el valor fuera enteramente igual, entonces se tuviera respeto a la nobleza: era justamente darle su rango.
Antígono, a un joven desconocido que le pedía el cargo de su padre, hombre de valor que acababa de morir, le dijo: «Amigo mío, en tales beneficios no miro tanto la nobleza de mis soldados como su proeza». En verdad, no debe ir como con los oficiales de los reyes de Esparta, trompeteros, ministriles, cocineros, a quienes en sus cargos sucedían los hijos, por ignorantes que fueran, antes que los más experimentados del oficio. Los de Calicut hacen de los nobles una especie por encima de lo humano. El matrimonio les está prohibido, y toda otra ocupación que no sea bélica. De concubinas pueden tener cuantas quieran, y las mujeres tantos rufianes, sin celos los unos de los otros. Pero es un crimen capital e irremisible unirse con persona de otra condición que la suya. Y se tienen por contaminados si siquiera son tocados por ellas al pasar; y, como su nobleza resulta maravillosamente injuriada e interesada, matan a quienes sólo se han acercado un poco demasiado a ellos. De manera que los no nobles están obligados a gritar al caminar, como los gondoleros de Venecia en las esquinas de las calles, para no entrechocarse; y los nobles les ordenan arrojarse al lugar que quieran. Estos evitan así esa ignominia que estiman perpetua; aquellos, una muerte cierta. Ninguna duración de tiempo, ningún favor de príncipe, ningún oficio, virtud o riqueza puede hacer que un plebeyo se vuelva noble.
A lo cual contribuye esta costumbre de que los matrimonios están prohibidos de un oficio a otro. Una de raza zapatera no puede desposar a un carpintero, y los padres están obligados a adiestrar a los hijos en la ocupación de los padres, precisamente, y no en otra ocupación; por lo cual se mantiene la distinción y continuación de su fortuna.
Un buen matrimonio, si los hay, rechaza la compañía y condiciones del amor; se esfuerza en representar las de la amistad. Es una dulce sociedad de vida, llena de constancia, de confianza y de un número infinito de útiles y sólidos oficios y obligaciones mutuas. Ninguna mujer que saboree su gusto,
«A la que unió la antorcha con la luz deseada», querría ocupar el lugar de amante de su marido. Si está alojada en su afección como esposa, está mucho más honorable y seguramente alojada. Cuando él haga el excitado en otra parte y el apremiante, que se le pregunte entonces a quién le gustaría más que le sucediera una vergüenza, si a su mujer o a su amante; de quién la desgracia lo afligiría más; a quién desea más grandeza: estas preguntas no tienen ninguna duda en un matrimonio sano. Que se vean tan pocos buenos es señal de su precio y de su valor. Al formarlo bien y al tomarlo bien, no hay pieza más bella en nuestra sociedad. No podemos pasarnos sin él, y lo vamos envileciendo. Sucede con él lo que se ve en las jaulas: los pájaros que están fuera se desesperan por entrar; y con igual preocupación por salir los que están dentro. A Sócrates, preguntado qué era más cómodo, tomar o no tomar mujer, dijo: «Cualquiera de las dos cosas que uno haga, se arrepentirá». Es una convención a la cual se aplica bien a punto lo que se dice: «el hombre para el hombre es o un dios o un lobo». Hace falta el encuentro de muchas cualidades para construirlo. Se encuentra en este tiempo más cómodo para las almas simples y populares, donde las delicias, la curiosidad y la ociosidad no lo perturban tanto. Los humores libertinos, como es el mío, que odio toda suerte de atadura y de obligación, no son tan apropiados para él.
«Y a mí me resulta más dulce vivir con la olla destapada». Según mi propósito, hubiera huido de casarme incluso con la sabiduría misma, si ella me lo hubiera pedido. Pero es inútil que hablemos: la costumbre y el uso de la vida común nos arrastran. La mayor parte de mis acciones se guían por el ejemplo, no por elección. Sin embargo, no me lancé a ello propiamente. Me llevaron, y fui conducido por circunstancias ajenas. Pues no solo las cosas incómodas, sino que no hay ninguna tan fea, viciosa y evitable que no pueda volverse aceptable por alguna condición o accidente, tan vana es la condición humana. Y fui llevado, ciertamente más preparado entonces, y más reacio, que como estoy ahora, después de haberlo probado. Y por muy licencioso que se me considere, he observado en verdad más severamente las leyes del matrimonio de lo que había prometido ni esperado. Ya no es momento de cocear cuando uno se ha dejado atar. Hay que administrar prudentemente la propia libertad, pero desde que uno se ha sometido a la obligación, debe atenerse a las leyes del deber común, al menos esforzarse en ello. Quienes emprenden este contrato para conducirse en él con odio y desprecio, actúan injusta e inoportunamente. Y esta bella regla que veo pasar de mano en mano entre ellas, como un santo oráculo,
«Sirve a tu marido como a tu amo, y guárdate de él como de un traidor»:
es decir: compórtate hacia él con una reverencia forzada, enemiga y desconfiada (grito de guerra y de desafío), es igualmente injuriosa y difícil. Soy demasiado blando para designios tan espinosos. A decir verdad, no he llegado a esa perfección de habilidad y galantería de espíritu que consiste en confundir la razón con la injusticia, y poner en ridículo todo orden y regla que no concuerde con mi apetito. Por odiar la superstición, no me lanzo inmediatamente a la irreligión. Si no se cumple siempre con el deber, al menos hay que amarlo y reconocerlo siempre; es traición casarse sin desposarse. Sigamos adelante.
Nuestro poeta representa un matrimonio lleno de armonía y buena conveniencia, en el cual, sin embargo, no hay mucha lealtad. ¿Ha querido decir que no es imposible rendirse a los esfuerzos del amor y, no obstante, reservar algún deber hacia el matrimonio, y que se lo puede herir sin romperlo del todo? Tal sirviente herra la mula al amo sin odiarlo por ello. La belleza, la oportunidad, el destino (pues el destino también pone su mano)
«El destino está en aquellas partes que el seno esconde: pues si los astros te son adversos, de nada servirá la medida desconocida de un largo nervio»,
la han atado a un extraño: no tan enteramente quizá que no pueda quedarle algún vínculo por el que sigue unida a su marido. Son dos designios que tienen rutas distinguidas y no confundidas. Una mujer puede entregarse a tal personaje que de ningún modo habría querido desposar: no digo por las condiciones de fortuna, sino por las mismas de la persona. Pocos han desposado a amigas sin haberse arrepentido. E incluso en el otro mundo, ¡qué mal matrimonio hace Júpiter con su esposa, a la que primero había frecuentado y gozado por amores! Es lo que se dice, cagar en el cesto para luego ponérselo en la cabeza. He visto en mi tiempo, en algún buen lugar, curarse vergonzosa y deshonestamente el amor mediante el matrimonio: las consideraciones son demasiado diferentes. Amamos, sin estorbarnos, dos cosas diversas y que se contrarían. Isócrates decía que la ciudad de Atenas agradaba del modo en que lo hacen las damas a las que se sirve por amor: a todos les gustaba ir a pasearse allí y pasar el tiempo; nadie la amaba para desposarla, es decir, para habitar y domiciliarse en ella. He visto con despecho a maridos odiar a sus esposas solo porque les hacen daño. Al menos no hay que amarlas menos por nuestra culpa; por arrepentimiento y compasión, al menos, deberían sernos más queridas.
Son fines diferentes, y sin embargo compatibles, dice él, de alguna manera. El matrimonio tiene de su parte la utilidad, la justicia, el honor y la constancia; un placer llano, pero más universal. El amor se funda únicamente en el placer, y lo tiene en verdad más cosquilleante, más vivo y más agudo: un placer atizado por la dificultad; debe haber en él picadura y escozor. Ya no es amor si carece de flechas y de fuego. La liberalidad de las damas es demasiado profusa en el matrimonio, y embota el filo de la afección y del deseo. Para evitar este inconveniente, ved la pena que se toman en sus leyes Licurgo y Platón.
Las mujeres no están del todo equivocadas cuando rechazan las reglas de vida que se han introducido en el mundo, dado que son los hombres quienes las han hecho sin ellas. Hay naturalmente riña y disputa entre ellas y nosotros. El más estrecho consentimiento que tenemos con ellas es aún tumultuoso y tempestuoso. A juicio de nuestro autor, las tratamos inconsideradamente en esto. Después de que hemos reconocido que ellas son sin comparación más capaces y ardientes en los efectos del amor que nosotros, y que aquel sacerdote antiguo así lo atestiguó, que había sido a veces hombre, a veces mujer:
«Venus le era conocida en ambas formas». Y además, que hemos aprendido de su propia boca la prueba que de ello dieron antaño, en diversos siglos, un emperador y una emperatriz de Roma, maestros artesanos y famosos en esta labor: él desfloró en una noche a diez vírgenes sármatas cautivas suyas, pero ella satisfizo realmente en una noche veinticinco empresas, cambiando de compañía según la necesidad y su gusto,
«Aún ardiente por la excitación de su vulva rígida: y cansada de hombres, pero no saciada, se retiró»;
y que sobre el diferendo ocurrido en Cataluña, entre una mujer que se quejaba de los esfuerzos demasiado asiduos de su marido (no tanto a mi juicio porque le incomodaran, pues no creo en los milagros sino en la fe, sino para cercenar bajo ese pretexto, y frenar en esto mismo, que es la acción fundamental del matrimonio, la autoridad de los maridos hacia sus esposas; y para mostrar que sus caprichos y su malignidad van más allá del lecho nupcial, y pisotean las gracias y dulzuras mismas de Venus), a cuya queja respondía el marido, hombre verdaderamente brutal y desnaturalizado, que incluso los días de ayuno no podría arreglárselas con menos de diez: intervino aquel notable decreto de la reina de Aragón, por el cual, tras madura deliberación de consejo, esta buena reina, para dar regla y ejemplo para todos los tiempos de la moderación y modestia requeridas en un justo matrimonio, ordenó como límites legítimos y necesarios el número de seis por día: cediendo y renunciando mucho de la necesidad y deseo de su sexo, para establecer, decía ella, una forma fácil, y por consiguiente permanente e inmutable. Ante lo cual exclaman los doctores: ¿cuál debe ser el apetito y la concupiscencia femenina, puesto que su razón, su reforma y su virtud se ajustan a este precio?, considerando el diverso juicio de nuestros apetitos. Pues Solón, patrón de la escuela legalista, solo fija en tres veces al mes, para no fallar en nada, esta frecuentación conyugal. Después de haber creído, digo, y predicado esto, hemos ido a darles la continencia peculiarmente en exclusiva, y bajo penas últimas y extremas.
No hay pasión más apremiante que esta, a la cual queremos que ellas resistan solas: no simplemente como a un vicio de su medida, sino como a la abominación y execración, más que a la irreligión y al parricidio; y nosotros nos rendimos a ella, entretanto, sin culpa ni reproche. Aquellos mismos entre nosotros que han intentado vencerla, han confesado suficientemente qué dificultad, o más bien imposibilidad, había, usando remedios materiales, para domar, debilitar y enfriar el cuerpo. Nosotros, por el contrario, las queremos sanas, vigorosas, en buen estado, bien alimentadas y castas a la vez: es decir, calientes y frías al mismo tiempo. Pues el matrimonio, que decimos tiene la función de impedirles que ardan, les aporta poco enfriamiento según nuestras costumbres. Si toman a uno a quien el vigor de la edad aún hierve, él hará gloria de derramarlo en otra parte.
«Ten al fin vergüenza, o vayamos a juicio. Un miembro comprado por muchos miles, no es tuyo, Baso, lo has vendido».
El filósofo Polemón fue justamente llevado ante la justicia por su mujer, por sembrar en un campo estéril el fruto que se debía al campo genital. Si se trata de esos otros impotentes, resulta que en pleno matrimonio están en peor condición que vírgenes y viudas. Nosotros las consideramos bien provistas porque tienen un hombre al lado. Como los romanos consideraron violada a Clodia Leda, vestal, a la que Calígula había abordado, aunque quedó probado que sólo la había abordado. Pero al contrario: con ello se aumenta su necesidad, porque el contacto y la compañía de cualquier varón despiertan su ardor, que permanecería más tranquilo en la soledad. Y con este fin, como es verosímil, para hacer su castidad más meritoria por esta circunstancia y consideración. Boleslao y Kinga su mujer, reyes de Polonia, la prometieron de común acuerdo, acostados juntos el mismo día de sus bodas, y la mantuvieron a pesar de las comodidades maritales.
Las educamos desde la infancia en los manejos del amor: su gracia, su atavío, su conocimiento, su palabra, toda su instrucción no apunta sino a ese objetivo. Sus institutrices no les imprimen otra cosa que el rostro del amor, aunque sólo sea representándoselo continuamente para disgustarlas de él. Mi hija, que es todo lo que tengo de hijos, está en la edad en que las leyes dispensan a las más acaloradas de casarse. Es de complexión tardía, delgada y blanda, y ha sido educada por su madre de igual modo, de forma retirada y particular, de manera que apenas ahora comienza a salir de la ingenuidad de la infancia. Leía un libro francés delante de mí: apareció la palabra «haya», nombre de un árbol conocido; la mujer que tiene para su conducción la detuvo en seco, con cierta rudeza, y le hizo pasar por encima de ese mal paso. Yo la dejé hacer, para no alterar sus reglas, pues no me entrometo en absoluto en ese gobierno. La política femenina tiene un curso misterioso, hay que dejárselo a ellas. Pero si no me equivoco, el trato con veinte lacayos no habría logrado imprimir en su fantasía, en seis meses, la inteligencia y uso, y todas las consecuencias del sonido de esas sílabas perversas, como hizo esa buena vieja con su reprensión y su prohibición.
«Se alegra la doncella madura de aprender las danzas jónicas, y se quiebra en sus movimientos, y ya ahora medita amores incestuosos desde su tierna uña».
Que se dispensen un poco de la ceremonia, que entren en libertad de discurso: no somos sino niños comparados con ellas en esta ciencia. Escuchadlas representar nuestros galanteos y nuestras conversaciones: os harán ver bien que no les aportamos nada que no hayan sabido y digerido sin nosotros. ¿Será lo que dice Platón, que fueron muchachos libertinos en otro tiempo? Mi oído se encontró un día en lugar donde podía robar algunos de los discursos hechos entre ellas sin sospecha. ¡Qué puedo decir! «¡Señora mía!», dije, «vayamos ahora a estudiar las frases de Amadís, y los registros de Boccaccio y del Aretino, para hacernos los hábiles: verdaderamente empleamos bien nuestro tiempo». No hay palabra, ni ejemplo, ni paso que no sepan mejor que nuestros libros. Es una disciplina que nace en sus venas,
«Y Venus misma les dio la mente», que esos buenos maestros de escuela, naturaleza, juventud y salud, les soplan continuamente en el alma. No necesitan aprenderlo, lo engendran.
«Ninguna paloma de níveo plumaje se alegró tanto con su pareja, ni aun si se dice algo más atrevido, de arrancar besos siempre con el pico mordedor, como sobre todo es multivoluptuosa la mujer».
Si no se hubiera frenado un poco esta violencia natural de su deseo con el miedo y el honor de que se las ha provisto, estaríamos infamados. Todo el movimiento del mundo se resuelve y rinde a este acoplamiento: es una materia infundida por todas partes, es un centro hacia el cual todas las cosas miran. Se ven todavía ordenanzas de la vieja y sabia Roma hechas para el servicio del amor, y los preceptos de Sócrates para instruir a las cortesanas.
«Y también los libros estoicos gustan de yacer entre almohadones de seda».
Zenón entre sus leyes regulaba también las aberturas y las sacudidas de la desfloración. ¿De qué sentido era el libro del filósofo Estratón sobre la conjunción carnal? ¿Y de qué trataba Teofrasto en aquellos que tituló, uno El enamorado, el otro Del amor? ¿De qué Aristipo en el suyo, De las antiguas delicias? ¿Qué pretenden las descripciones tan extensas y vivas en Platón de los amores de su tiempo? Y el libro Del enamorado de Demetrio de Falero, y Clinias o el enamorado forzado de Heráclides Póntico? ¿Y de Antístenes, aquel De hacer los hijos o de las bodas, y el otro Del maestro o del amante? ¿Y de Aristón, aquel De los ejercicios amorosos? De Cleantes, uno Del amor, el otro Del arte de amar? ¿Los diálogos amorosos de Esferio? ¿Y la fábula de Júpiter y Juno de Crisipo, desvergonzada más allá de toda tolerancia? ¿Y sus cincuenta epístolas tan lascivas? Quiero dejar aparte los escritos de los filósofos que han seguido la secta de Epicuro, protectora de la voluptuosidad. Cincuenta deidades estaban en tiempos pasados asignadas a este oficio. Y se ha encontrado nación donde, para adormecer la concupiscencia de quienes venían a la devoción, se tenían en los templos muchachas para gozar, y era acto de ceremonia servirse de ellas antes de venir al oficio: «Ciertamente, para la continencia es necesaria la incontinencia, el incendio se extingue con fuegos».
En la mayor parte del mundo, esta parte de nuestro cuerpo era deificada. En una misma provincia, unos se la desollaban para ofrecer y consagrar un trozo; otros ofrecían y consagraban su semilla. En otra, los jóvenes se la perforaban públicamente, y abrían en diversos lugares entre carne y cuero, y atravesaban por esas aberturas broquetas, las más largas y gruesas que podían soportar, y de esas broquetas hacían después fuego para ofrenda a sus dioses; eran estimados poco vigorosos y poco castos si llegaban a asustarse por la fuerza de ese cruel dolor. En otros lugares, el más sagrado magistrado era reverenciado y reconocido por esas partes. Y en varias ceremonias la efigie de ellas era llevada en pompa, en honor de diversas divinidades. Las damas egipcias en la fiesta de las Bacanales llevaban al cuello una de madera, exquisitamente formada, grande y pesada, cada una según su fuerza, además de lo que la estatua de su dios representaba, que sobrepasaba en medida el resto del cuerpo. Las mujeres casadas aquí cerca forjan de su cofia una figura sobre su frente, para gloriarse del goce que tienen de ello, y al quedar viudas la echan hacia atrás y la sepultan bajo su tocado. Las más sabias matronas de Roma eran honradas ofreciendo flores y coronas al dios Príapo. Y sobre sus partes menos honestas se hacía sentar a las vírgenes en el momento de sus bodas. Todavía no sé si he visto en mis días algún aire de parecida devoción. ¿Qué quería decir esa ridícula pieza del calzado de nuestros padres, que se ve todavía en nuestros suizos? ¿Para qué la muestra que hacemos ahora de nuestras piezas en forma, bajo nuestros calzones, y a menudo, lo que es peor, más allá de su grandeza natural, por falsedad e impostura? Me da ganas de creer que esa clase de vestimenta fue inventada en los mejores y más concienzudos siglos, para no engañar al mundo, para que cada uno rindiera en público cuenta de su hecho. Las naciones más simples lo tienen todavía de algún modo conforme a la verdad. Entonces se instruía la ciencia del obrero, como se hace, según la medida del brazo o del pie. Ese buen hombre que en mi juventud castró tantas bellas y antiguas estatuas en su gran ciudad, para no corromper la vista, siguiendo el consejo de ese otro antiguo buen hombre,
«El principio de la infamia es desnudar los cuerpos entre los ciudadanos», debía advertir que, como en los misterios de la Buena Diosa toda apariencia masculina estaba excluida, no adelantaba nada si no hacía castrar también caballos y asnos, y la naturaleza en fin.
«Toda especie en la tierra, de hombres y de fieras, y la especie marina, los ganados y las pintadas aves, se lanzan al furor y al fuego».
Los dioses, dice Platón, nos han provisto de un miembro desobediente y tiránico que, como un animal furioso, pretende por la violencia de su apetito someterlo todo a sí. Del mismo modo en las mujeres el suyo, como un animal glotón y ávido, al que si se niega alimento en su temporada, enloquece impaciente por la demora; y soplando su rabia en sus cuerpos, obstruye los conductos, detiene la respiración, causando mil clases de males: hasta que habiendo bebido el fruto de la sed común, haya regado y sembrado abundantemente el fondo de su matriz. Ahora bien, mi legislador debería haberse dado cuenta también de que quizá sea un uso más casto y fructífero hacerles conocer de buena hora lo verdadero, que dejarles adivinarlo según la libertad y el calor de su fantasía. En lugar de las partes verdaderas, ellas sustituyen por deseo y por esperanza otras extravagantes al triple. Y tal conocido mío se perdió por haber hecho el descubrimiento de las suyas en un lugar donde todavía no estaba en condiciones de ponerlas en posesión de su uso más serio. ¡Qué daño no hacen esos enormes retratos que los niños van sembrando por los pasadizos y escaleras de las casas reales! De ahí les viene un cruel desprecio de nuestra capacidad natural. Quién sabe si Platón, ordenando después de otras repúblicas bien instituidas que los hombres, mujeres, viejos, jóvenes, se presenten desnudos a la vista unos de otros en sus gimnasios, no ha tenido esto en cuenta.
Las indias que ven a los hombres al natural han enfriado al menos el sentido de la vista. Y por mucho que digan las mujeres de ese gran reino de Pegú, que por debajo de la cintura no tienen para cubrirse más que un paño hendido por delante y tan estrecho que, por mucha ceremoniosa decencia que busquen en ello, a cada paso se las ve enteras; que es una invención hallada con el fin de atraer a los hombres hacia ellas y apartarlos de los varones, a lo que esa nación está totalmente entregada: podría decirse que en ello pierden más de lo que avanzan y que un hambre entera es más áspera que la que se ha saciado, al menos por los ojos. También decía Livia que para una mujer de bien un hombre desnudo no es más que una imagen. Las lacedemonias, más vírgenes como mujeres que nuestras muchachas, veían todos los días a los jóvenes de su ciudad desnudos en sus ejercicios, poco exactas ellas mismas en cubrir sus muslos al caminar, estimándose, como dice Platón, suficientemente cubiertas por su virtud sin verdugado. Pero aquellos de quienes habla san Agustín han dado un maravilloso esfuerzo de tentación a la desnudez, quienes han puesto en duda si las mujeres en el juicio universal resucitarán en su sexo, y no más bien en el nuestro, para no tentarnos todavía en ese santo estado.
Se las engaña en suma y se las encarniza por todos los medios. Calentamos e incitamos su imaginación sin cesar, y luego gritamos al vientre. Confesemos la verdad: apenas hay entre nosotros quien no tema más la deshonra que le viene de los vicios de su mujer que de los suyos; quien no se preocupe más (maravillosa caridad) de la conciencia de su buena esposa que de la suya propia; quien no prefiriese ser ladrón y sacrílego, y que su mujer fuera asesina y hereje, antes que si ella no fuera más casta que su marido. Inicua valoración de los vicios. Nosotros y ellas somos capaces de mil corrupciones más dañinas y desnaturalizadas que la lascivia. Pero hacemos y pesamos los vicios no según naturaleza, sino según nuestro interés. Por lo cual toman tantas formas desiguales. La aspereza de nuestros decretos vuelve la aplicación de las mujeres a este vicio más áspera y más viciosa de lo que conlleva su condición: y la compromete en consecuencias peores que su causa. Ofrecerían voluntariamente ir al palacio a buscar ganancia y a la guerra reputación, antes que tener en medio de la ociosidad y las delicias que mantener una guardia tan difícil. ¿No ven acaso que no hay mercader ni procurador ni soldado que no abandone su tarea para correr a esta otra, y el ganchero y el zapatero, por hartos y extenuados que estén de trabajo y de hambre?
¿Acaso tú querrías permutar por la cabellera de Licimnia las riquezas que tuvo el opulento Aqueménides o las pingües fortunas migdonias de Frigia, o las casas llenas de los árabes, mientras ella tuerce hacia los besos su fragante cuello, o con fácil crueldad niega lo que más goza que le arrebaten al pedirlo, y a veces se anticipa a arrebatarlo?
No sé si las hazañas de César y de Alejandro superan en dureza la resolución de una bella mujer joven, educada a nuestra manera, en la luz y el trato con el mundo, golpeada por tantos ejemplos contrarios, que se mantiene entera en medio de mil continuos y fuertes asedios. No hay hacer más espinoso que ese no hacer, ni más activo. Me parece más fácil llevar una coraza toda la vida que conservar la virginidad. Y el voto de la virginidad es el más noble de todos los votos, por ser el más áspero. «La fuerza del diablo está en los lomos», dice san Jerónimo. Ciertamente, el más arduo y el más vigoroso de los deberes humanos lo hemos cedido a las mujeres, y les dejamos su gloria. Eso debe servirles de acicate singular para obstinarse en ello. Es una hermosa ocasión para desafiarnos y pisotear esa vana preeminencia de valor y de virtud que pretendemos tener sobre ellas. Descubrirán, si prestan atención, que no solo serán muy estimadas por ello, sino también más amadas. Un hombre galante no abandona su cortejo por ser rechazado, con tal de que sea un rechazo de castidad, no de elección. Por más que juremos y amenacemos y nos quejemos, mentimos: las amamos más por ello. No hay atractivo comparable a la sabiduría que no es ruda ni huraña.
Es estupidez y cobardía obstinarse contra el odio y el desprecio. Pero contra una resolución virtuosa y constante, mezclada con una voluntad agradecida, es el ejercicio de un alma noble y generosa. Ellas pueden reconocer nuestros servicios hasta cierta medida y hacernos sentir honestamente que no nos desdeñan. Porque esa ley que les ordena aborrecernos porque las adoramos, y odiarnos porque las amamos, es ciertamente cruel, aunque solo sea por su dificultad. ¿Por qué no han de oír nuestras ofertas y nuestras peticiones, mientras se mantengan dentro del deber de la modestia? ¿Por qué adivinar que suenan en su interior con algún sentido más libre? Una reina de nuestro tiempo decía ingeniosamente que rechazar esos acercamientos es testimonio de debilidad y acusación de la propia facilidad, y que una dama no tentada no puede vanagloriarse de su castidad. Los límites del honor no están recortados del todo tan cortos: hay margen para relajarse, puede dispensarse algo sin faltar. Al extremo de su frontera hay cierta extensión libre, indiferente y neutra. Quien ha podido perseguirla y acorralarla a la fuerza hasta su rincón y su reducto es un hombre muy torpe si no está satisfecho con su fortuna. El valor de la victoria se mide por la dificultad. ¿Queréis saber qué impresión ha causado en su corazón vuestra servidumbre y vuestro mérito?
Medidlo por su conducta. Tal puede dar más quien no da tanto. La obligación del beneficio se refiere enteramente a la voluntad del que da; las demás circunstancias que concurren en el bien hacer son mudas, muertas y casuales. Ese poco le cuesta más darlo que a su compañera su todo. Si en algo la rareza sirve de estimación, debe ser en esto. No miréis cuán poco es, sino cuán pocos lo tienen. El valor de la moneda cambia según el cuño y la marca del lugar. Por más que el despecho y la indiscreción de algunos les hagan decir, en el exceso de su descontento, siempre la virtud y la verdad recuperan su ventaja. He visto a algunas cuya reputación fue durante mucho tiempo perjudicada por la injuria, restablecerse en la aprobación universal de los hombres solo por su constancia, sin cuidado y sin artificio: cada uno se arrepiente y desmiente lo que creyó de ellas. De muchachas algo sospechosas, ocupan el primer rango entre las damas de honor. Alguien le dijo a Platón: Todo el mundo habla mal de ti. Déjalos hablar, respondió; viviré de tal forma que les haré cambiar de lenguaje. Además del temor de Dios y el valor de una gloria tan rara, que debe incitarlas a conservarse, la corrupción de este siglo las fuerza a ello.
Y si yo estuviera en su lugar, no habría nada que no hiciera antes que confiar mi reputación a manos tan peligrosas. En mi tiempo, el placer de contarlo (placer que no debe ceder apenas en dulzura al del mismo acto) solo estaba permitido a quienes tenían algún amigo fiel y único; ahora las conversaciones ordinarias de las reuniones y las mesas son las jactancias de los favores recibidos y la liberalidad secreta de las damas. Verdaderamente es demasiado abatimiento y bajeza de corazón dejar así fieramente perseguir, manosear y saquear esas tiernas y delicadas dulzuras por personas ingratas, indiscretas y tan volubles. Nuestra exasperación inmoderada e ilegítima contra este vicio nace de la más vana y tempestuosa enfermedad que aflige a las almas humanas, que es los celos.
«¿Quién prohíbe tomar luz de una luz cercana? Aunque la den sin cesar, nada pierden por ello.»
Esta, y la envidia su hermana, me parecen de las más necias del grupo. De esta apenas puedo hablar; esa pasión que se pinta tan fuerte y poderosa no tiene por su gracia ningún acceso en mí. En cuanto a la otra, la conozco al menos de vista. Las bestias la sienten. El pastor Cratis, habiéndose enamorado de una cabra, su macho cabrío, mientras él dormía, vino por celos a golpearle la cabeza con la suya y se la aplastó. Hemos elevado el exceso de esta fiebre al ejemplo de algunas naciones bárbaras. Las mejor disciplinadas han sido tocadas por ella; es razonable, pero no arrastradas:
«Ningún adúltero atravesado por la espada marital tiñó las aguas estigias con sangre purpúrea.»
Lúculo, César, Pompeyo, Antonio, Catón y otros hombres valientes fueron cornudos y lo supieron sin excitar tumulto. Solo hubo en aquel tiempo un necio, Lépido, que murió de angustia por ello.
«¡Ay, entonces tú, desdichado y de mal destino, a quien, con los pies abiertos de par en par la puerta, atraviesan los salmonetes y los rábanos!»
Y el dios de nuestro poeta, cuando sorprendió con su mujer a uno de sus compañeros, se contentó con avergonzarlos:
«Y alguno de los dioses no severos desea convertirse así de vergonzoso.»
Y no deja sin embargo de excitarse con las tiernas caricias que ella le ofrece, quejándose de que por ello haya entrado en desconfianza de su afección:
«¿Por qué buscas causas en lo alto? ¿Adónde fue, diosa, tu confianza en mí?»
Incluso ella le pide armas para un bastardo suyo: «Armas pido, madre, para mi hijo», lo que se le concede liberalmente. Y Vulcano habla de Eneas con honor:
«Armas hay que hacer para un varón ardiente». Con una humanidad verdaderamente más que humana. Y ese exceso de bondad, consiento en dejárselo a los dioses:
«Pues no es justo comparar a los hombres con los dioses». En cuanto a la confusión de los hijos, además de que los más graves legisladores la ordenan y la buscan en sus repúblicas, no concierne a las mujeres, donde esta pasión está, no sé cómo, todavía mejor asentada.
«A menudo también Juno, la mayor de los celestiales, ardió por las culpas cotidianas de su cónyuge.»
Cuando los celos se apoderan de esas pobres almas, débiles y sin resistencia, es una lástima cómo las desgarran y tiranizan cruelmente. Se insinúan bajo el título de amistad, pero desde que las poseen, las mismas causas que servían de fundamento a la benevolencia sirven de fundamento al odio mortal; es, de las enfermedades del espíritu, aquella a la que más cosas sirven de alimento y menos de remedio. La virtud, la salud, el mérito, la reputación del marido son los incendiarios de su malhumor y de su rabia.
«No hay enemistades amargas sino las del amor». Esta fiebre afea y corrompe todo lo que tienen de bello y bueno por lo demás. Y de una mujer celosa, por casta y hacendosa que sea, no hay acción que no huela a agrio y molesto. Es una agitación rabiosa que las arroja a un extremo del todo contrario a su causa. Fue el caso de un Octavio en Roma. Habiendo acostado con Pontia Postumia, aumentó su afecto con el goce y la persiguió con toda insistencia para casarse con ella; no pudiendo persuadirla, ese amor extremo lo precipitó a los efectos de la más cruel y mortal enemistad: la mató. Del mismo modo, los síntomas ordinarios de esa otra enfermedad amorosa son odios intestinos, monopolios, conjuraciones:
«Notumque, furens quid fæmina possit»: y una rabia que se roe a sí misma tanto más cuanto se ve obligada a excusarse bajo el pretexto de la benevolencia. Ahora bien, el deber de castidad tiene una gran extensión. ¿Es la voluntad lo que queremos que ellas refrenen? Es una pieza muy flexible y activa. Tiene demasiada rapidez como para poder detenerla. ¿Cómo? Si los sueños las comprometen a veces tan a fondo que no pueden desdecirse. No está en ellas, ni acaso en la castidad misma, puesto que es hembra, defenderse de las concupiscencias y del desear. Si solo su voluntad nos interesa, ¿dónde estamos? Imaginad la gran aglomeración en torno a quien tuviera ese privilegio de ser llevado completamente emplumado, sin ojos y sin lengua, ante cada una que lo aceptara. Las mujeres escitas cegaban a todos sus esclavos y prisioneros de guerra para servirse de ellos más libremente y en secreto. ¡Oh, la furiosa ventaja de la oportunidad! Si me preguntaran cuál es la primera cualidad en el amor, respondería que es saber aprovechar el momento; la segunda, lo mismo; y también la tercera. Es un aspecto que lo puede todo. A menudo me ha faltado fortuna, pero a veces también iniciativa. Dios guarde de mal a quien todavía puede burlarse de ello. Se necesita en este siglo más temeridad, la cual nuestros jóvenes excusan bajo pretexto de ardor.
Pero si ellas lo miraran de cerca, encontrarían que proviene más bien del desprecio. Yo temía supersticiosamente ofender, y respeto de buen grado lo que amo. Además, en este asunto, quien le quita la reverencia le borra el lustre. Me gusta que se haga un poco el niño, el temeroso y el servidor. Si no es del todo en esto, tengo por lo demás algunos rasgos de esa tonta vergüenza de la que habla Plutarco, y por ella ha sido herido y manchado diversamente el curso de mi vida. Cualidad muy inadecuada a mi forma universal. ¿Qué somos nosotros, sino sedición y discrepancia? Tengo los ojos tiernos para soportar un rechazo, como para rechazar. Y me pesa tanto pesar sobre otro que en las ocasiones en que el deber me obliga a poner a prueba la voluntad de alguien en cosa dudosa y que le cuesta, lo hago débilmente y a disgusto. Pero si es por mi interés particular (aunque diga verdaderamente Homero que para un indigente es una virtud necia la vergüenza), encargo ordinariamente a un tercero que se ruborice en mi lugar, y rechazo a quienes me emplean con parecida dificultad; de modo que me ha sucedido a veces tener la voluntad de negar sin tener fuerzas para ello. Es, pues, locura intentar refrenar en las mujeres un deseo que les es tan ardiente y tan natural.
Y cuando las oigo jactarse de tener su voluntad tan virgen y tan fría, me burlo de ellas. Se echan demasiado atrás. Si es una vieja desdentada y decrépita, o una joven seca y tísica, si no es del todo creíble, al menos tienen apariencia de decirlo. Pero aquellas que se mueven y respiran todavía empeoran su negocio. Porque las excusas inconsideradas sirven de acusación. Como un caballero vecino mío, al que se sospechaba de impotencia:
«Languidior tenera cui pendens sicula beta, numquam se mediam sustulit ad tunicam»,
tres o cuatro días después de sus bodas fue a jurar muy atrevidamente, para justificarse, que había hecho veinte asaltos la noche precedente; de lo cual se sirvieron después para convencerlo de pura ignorancia y para desposarlo. Además, no es decir nada que valga. Pues no hay ni continencia ni virtud si no hay esfuerzo en contra. Hay que decir: «Es verdad, pero no estoy dispuesta a rendirme». Los santos mismos hablan así. Me refiero a aquellas que se jactan de buena fe de su frialdad e insensibilidad, y que quieren ser creídas con rostro serio; pues cuando es con rostro afectado, donde los ojos desmienten sus palabras, y con la jerga de su profesión, que da el golpe a contrapelo, me parece bien. Soy muy servidor de la ingenuidad y de la libertad; pero no hay remedio: si no es del todo ingenua o infantil, es inepta e impropia de las damas en este trato; enseguida se tuerce hacia la impudicia. Sus disfraces y sus gestos solo engañan a los necios; la mentira ocupa allí un sitio de honor: es un rodeo que nos conduce a la verdad por una puerta falsa. Si no podemos contener su imaginación, ¿qué queremos de ellas? ¿Los actos? Hay suficientes que escapan a toda comunicación extraña, por los cuales la castidad puede ser corrompida.
«A menudo hace lo que hace sin testigos».
Y aquellos que menos tememos son acaso los más de temer. Sus pecados mudos son los peores.
«Me ofende menos una adúltera más franca».
Hay actos que pueden perder sin impudicia su pudor, y lo que es más, sin saberlo ellas. «Obstetrix, virginis cuiusdam integritatem manu velut explorans, siue maleuolentia, siue inscitia, siue casu, dum inspicit, perdidit». Tal mujer ha roto su virginidad por buscarla; tal otra jugando la ha matado. No podríamos circunscribirles con precisión las acciones que les prohibimos. Hay que concebir nuestra ley bajo palabras generales e inciertas. La idea misma que forjamos de su castidad es ridícula. Pues entre los patrones extremos que tengo de ella está Fatua, mujer de Fauno, que no se dejó ver nunca después de sus bodas por varón alguno. Y la mujer de Hierón, que no sentía que su marido apestaba, estimando que eso era una cualidad común a todos los hombres. Hay que volverse insensibles e invisibles para satisfacernos. Ahora bien, confesemos que el nudo del juicio de este deber reside principalmente en la voluntad. Ha habido maridos que han soportado este accidente no solo sin reproche ni ofensa hacia sus mujeres, sino con singular obligación y recomendación de su virtud. Tal mujer, que amaba más su honor que su vida, lo prostituyó al apetito frenético de un mortal enemigo para salvar la vida de su marido, e hizo por él lo que en modo alguno habría hecho por sí misma. Este no es el lugar para extender estos ejemplos: son demasiado elevados y demasiado valiosos para ser representados en este lustre; guardémoslos para un sitio más noble.
Pero por ejemplos de lustre más vulgar, ¿no hay todos los días mujeres entre nosotros que por la sola utilidad de sus maridos se prestan, y por su expresa orden e intermediación? Y antiguamente Faulillo el Argivo ofreció la suya al rey Filipo por ambición; del mismo modo que por cortesía ese Galba que había dado una cena a Mecenas, viendo que su mujer y él comenzaban a conspirar con ojeadas y señas, se dejó caer sobre su cojín, representando a un hombre agobiado por el sueño, para dar espaldarazo a sus amores. Lo cual reconoció con suficiente gracia, pues en ese momento un criado habiendo tomado la audacia de poner la mano sobre las vasijas que estaban en la mesa, le gritó muy francamente: «¿Cómo, bribón? ¿No ves que solo duermo para Mecenas?». Tal mujer tiene las costumbres desordenadas pero la voluntad más reformada que tal otra que se conduce bajo una apariencia reglada. Como vemos a algunas que se quejan de haber sido consagradas a la castidad antes de la edad del conocimiento, también he visto quejarse verdaderamente a otras de haber sido consagradas al desenfreno antes de la edad del conocimiento. El vicio de los padres puede ser la causa, o la fuerza de la necesidad, que es un consejero rudo. En las Indias Orientales, estando allí la castidad en singular recomendación, la costumbre permitía sin embargo que una mujer casada pudiera entregarse a quien le presentara un elefante, y ello con cierta gloria de haber sido estimada a tan alto precio.
Fedón el filósofo, hombre de buena casa, después de la toma de su país de Élide, hizo oficio de prostituir, mientras duró, la belleza de su juventud a quien la quisiera, a precio de dinero, para vivir de ello. Y Solón fue el primero en Grecia, se dice, que por sus leyes dio libertad a las mujeres, a expensas de su pudor, de proveer a la necesidad de su vida; costumbre que Heródoto dice haber sido recibida antes que él en muchas formas de gobierno. Y luego, ¿qué fruto de esta penosa solicitud? Pues por mucha justicia que haya en esta pasión, aún habría que ver si nos conduce útilmente. ¿Hay alguien que piense encerrarlas con su industria?
«Pon cerrojo, enciérrala: pero ¿quién guardará a los mismos guardianes? La esposa es astuta y por ellos empieza».
¿Qué alivio no les es suficiente, en un siglo tan instruido? La curiosidad es viciosa en todas partes, pero aquí es perniciosa. Es una locura querer aclarar un mal para el cual no hay medicina que no lo empeore y lo agrave; cuya vergüenza aumenta y se publica principalmente por los celos; cuya venganza hiere más a nuestros hijos que nos cura a nosotros. Te secas y mueres en la búsqueda de una verificación tan oscura. ¡Cuán lamentablemente han llegado a ella los de mi época que lo han conseguido! Si el que te advierte no te presenta al mismo tiempo el remedio y su ayuda, es una advertencia injuriosa que merece más una puñalada que un desmentido. No se burlan menos de quien se empeña en poner remedio que de quien lo ignora. El sello de la condición de cornudo es indeleble para quien lo lleva una vez: lo lleva para siempre. El castigo lo proclama más que la falta misma. Es hermoso ver cómo se arrancan de la sombra y del secreto nuestras desgracias privadas para vocearlas en escenarios trágicos, siendo desgracias que solo hieren por su divulgación. Pues buena mujer y buen matrimonio se dice, no de quien lo es, sino de quien se calla. Hay que ser ingenioso para evitar este conocimiento fastidioso e inútil. Y tenían los romanos por costumbre, al regresar de viaje, enviar aviso por delante a la casa para anunciar su llegada a las mujeres, a fin de no sorprenderlas. Y por eso ha introducido cierta nación que el sacerdote abra el camino a la esposa el día de las bodas, para quitar al marido la duda y la curiosidad de buscar en ese primer ensayo si ella viene a él virgen o herida por un amor ajeno.
Pero el mundo habla de ello. Conozco a cien hombres honrados que son cornudos, honradamente y con poca indecencia. Un hombre galante inspira lástima por ello, no desprecio. Haz que tu virtud ahogue tu desgracia, que la gente de bien maldiga la ocasión, que quien te ofende tiemble solo de pensarlo. Y además, ¿de quién no se habla en este sentido, desde el más pequeño hasta el más grande?
«Aquel que mandó tantas legiones, y fue mejor que tú, malvado, en muchas cosas».
¿Ves cómo se mete en este reproche a tantos hombres honrados en tu presencia? Piensa que tampoco te perdonan en otros lugares. Pero incluso las damas se burlan de ello. ¿Y de qué se burlan ellas en estos tiempos con más gusto que de un matrimonio apacible y bien compuesto? Cada uno de vosotros ha hecho cornudo a alguien; ahora bien, la naturaleza es toda semejanzas, compensaciones y vicisitudes. La frecuencia de este accidente debe ya haber moderado su acritud: he aquí que pronto se convierte en costumbre.
Miserable pasión que tiene además esto: que es incomunicable.
«La suerte envidiosa cierra los oídos incluso a nuestras quejas».
Pues ¿a qué amigo te atreves a confiar tus penas, que no se ría de ellas o no se sirva de ellas como guía e instrucción para tomar él mismo su parte del festín? Las amarguras, como las dulzuras del matrimonio, las guardan en secreto los sabios. Y entre las otras condiciones enojosas que en él se encuentran, esta es para un hombre hablador como yo de las principales: que la costumbre haga indecente y dañino comunicar a nadie todo lo que se sabe y se siente de él.
Darles el mismo consejo a ellas, para quitarles los celos, sería tiempo perdido; su esencia está tan mezclada con sospecha, vanidad y curiosidad que no hay que esperar curarlas por vía legítima. A menudo se enmiendan de este inconveniente por una forma de sanidad mucho más temible que la enfermedad misma. Pues como hay encantamientos que no saben quitar el mal sino cargándolo a otro, así ellas rechazan voluntariamente esta fiebre trasladándola a sus maridos cuando la pierden. Sin embargo, a decir verdad, no sé si se puede sufrir de ellas algo peor que los celos. Es la más peligrosa de sus condiciones, como de sus miembros lo es la cabeza. Pítaco decía que cada uno tenía su defecto, que el suyo era la mala cabeza de su mujer; aparte de eso, se consideraba en todo punto feliz. Es un inconveniente muy pesado, del cual un personaje tan justo, tan sabio, tan valiente, sentía alterado todo el estado de su vida. ¿Qué debemos hacer nosotros, los hombrecillos? El Senado de Marsella tuvo razón al acceder a la petición de aquel que pedía permiso para matarse, para librarse de la tempestad de su mujer; pues es un mal que nunca se lleva sino llevándose la pieza entera, y que no tiene otra solución que valga sino la huida o el padecimiento, aunque ambas son muy difíciles. Aquel se entendía bien en esto, me parece, que dijo que un buen matrimonio se hacía con una mujer ciega y un marido sordo.
Miremos también que esta grande y violenta aspereza de obligación que les imponemos no produzca dos efectos contrarios a nuestro fin: a saber, que aguija a los pretendientes y hace a las mujeres más fáciles de rendirse. Pues en cuanto al primer punto, subiendo el precio de la plaza, subimos el precio y el deseo de la conquista. ¿No sería Venus misma quien habría así finamente levantado el precio de su mercancía por el alcahueteo de las leyes, sabiendo cuánto es un deleite tonto si no se le hace valer por fantasía y por carestía? Al fin, toda es carne de cerdo que la salsa diversifica, como decía el huésped de Flaminio. Cupido es un dios traidor. Hace su juego de luchar contra la devoción y la justicia. Es su gloria que su poder choque con cualquier otro poder, y que todas las otras reglas cedan a las suyas.
«Persigue la materia de su propia culpa».
Y en cuanto al segundo punto, ¿no seríamos menos cornudos si temiéramos menos serlo? Siguiendo la complexión de las mujeres, pues la prohibición las incita y las convida.
«Donde tú quieres, ellas no quieren; donde no quieres, ellas quieren de buen grado: les avergüenza ir por el camino permitido».
¿Qué mejor interpretación encontraríamos al hecho de Mesalina? Hizo al principio a su marido cornudo a escondidas, como se hace; pero conduciendo sus asuntos demasiado fácilmente por la estupidez que había en él, desdeñó pronto ese uso: hela ahí haciendo el amor al descubierto, reconociendo servidores, manteniéndolos y favoreciéndolos a la vista de todos. Quería que él se diera cuenta. Este animal, no pudiendo despertarse a pesar de todo eso y haciéndole sus placeres blandos y sosos por esa facilidad demasiado floja con la cual parecía autorizarlos y legitimarlos, ¿qué hizo ella? Mujer de un emperador sano y vivo, y en Roma, en el teatro del mundo, en pleno mediodía, en fiesta y ceremonia pública, y con Silio, del cual gozaba desde hacía mucho tiempo, se casa un día en que su marido estaba fuera de la ciudad. ¿No parece que se encaminaba a volverse casta por la indiferencia de su marido? ¿O que buscaba otro marido que le aguzara el apetito por sus celos, y que insistiendo en ello la incitara? Pero la primera dificultad que encontró fue también la última. Esta bestia se despertó sobresaltada. A menudo se tiene peor trato de estos sordos dormidos. He visto por experiencia que esta extrema paciencia, cuando llega a desatarse, produce venganzas más ásperas. Pues cobrando fuego de repente, la cólera y la furia amontonándose en uno, estalla con todos sus esfuerzos en la primera descarga.
«Y suelta todas las riendas de la ira».
La hizo morir, y a gran número de los de su complicidad, hasta a tal que no podía evitarlo y a quien ella había invitado a su lecho a golpes de látigo.
Lo que Virgilio dice de Venus y Vulcano, Lucrecio lo había dicho más adecuadamente de un goce robado de ella y Marte.
«Marte poderoso en armas rige las fieras obras de la guerra, y a menudo se recuesta en tu regazo, rendido por la eterna herida de amor; mirándote, diosa, apacienta con amor sus ávidos ojos abiertos hacia ti, y de tu boca pende el aliento del que yace de espaldas: tú, diosa, rodeándolo por encima mientras reposa sobre tu cuerpo sagrado, viertes de tu boca dulces palabras».
Cuando medito sobre estos términos: *reiicit*, *pascit*, *inhians*, *molli*, *fouet*, *medullas*, *labefacta*, *pendet*, *percurrit*, y ese noble *circumfusa*, madre del gentil *infusus*, desprecio esas menudas puntas y alusiones verbales que nacieron después. A aquellos buenos hombres no les hacían falta encuentros agudos y sutiles. Su lenguaje es todo pleno y lleno de un vigor natural y constante. Son todo epigrama: no solo la cola, sino la cabeza, el estómago y los pies. No hay nada forzado, nada que se arrastre; todo marcha con igual cadencia. *Contextus totus virilis est, non sunt circa flosculos occupati*. No es una elocuencia blanda y meramente inofensiva: es nerviosa y sólida, que no gusta tanto como llena y arrebata, y arrebata sobre todo a los espíritus más fuertes. Cuando veo esas magníficas formas de expresarse, tan vivas, tan profundas, no digo que es hablar bien, digo que es pensar bien. Es la gallardía de la imaginación la que eleva e hincha las palabras. *Pectus est quod disertum facit*. Nuestra gente llama juicio, lenguaje y bellas palabras a las concepciones plenas. Esta pintura se conduce no tanto por la destreza de la mano como por tener el objeto más vívidamente impreso en el alma. Galo habla sencillamente porque concibe sencillamente. Horacio no se contenta con una expresión superficial, lo traicionaría: ve más claro y más adentro en las cosas; su espíritu engancha y hurga por todo el almacén de palabras y figuras para representárselas, y necesita ir más allá de lo ordinario, como su concepción es más allá de lo ordinario.
Plutarco dice que vio la lengua latina a través de las cosas. Aquí ocurre lo mismo: el sentido ilumina y produce las palabras, no ya de viento, sino de carne y hueso. Significan más de lo que dicen. Los débiles aún sienten alguna imagen de esto. Pues en Italia yo decía lo que me placía en conversaciones comunes, pero en asuntos serios no me habría atrevido a confiar en un idioma que no podía doblar ni torcer más allá de su andadura común. Quiero poder poner algo mío en él. El manejo y empleo de los buenos espíritus da valor a la lengua: no tanto innovándola, como llenándola de servicios más vigorosos y diversos, estirándola y doblándola. No aportan palabras nuevas, sino que enriquecen las suyas, les dan peso y profundizan su significación y su uso: le enseñan movimientos inacostumbrados pero prudentes e ingeniosos. Y cuán poco se concede esto a todos se ve por tantos escritores franceses de este siglo. Son bastante osados y desdeñosos como para no seguir la ruta común: pero la falta de invención y de discreción los pierde. No se ve en ellos sino una miserable afectación de extrañeza: disfraces fríos y absurdos que, en lugar de elevar, abaten la materia. Con tal de atiborrarse de novedad, no les importa la eficacia. Por asir una palabra nueva, abandonan la ordinaria, a menudo más fuerte y más nerviosa.
En nuestra lengua encuentro bastante tela, pero le falta un poco de hechura. Pues no hay nada que no pudiera hacerse con la jerga de nuestras cazas y de nuestra guerra, que es un terreno generoso para tomar prestado. Y las formas de hablar, como las hierbas, se mejoran y fortalecen al trasplantarlas. La encuentro suficientemente abundante, pero no suficientemente manejable y vigorosa. Sucumbe ordinariamente ante una concepción poderosa. Si vas tenso, sientes a menudo que languidece bajo ti y flaquea, y que, a falta de él, el latín se presenta en su auxilio, y el griego para otros. De algunas de estas palabras que acabo de escoger, percibimos menos fácilmente la energía, en la medida en que el uso y la frecuencia nos han envilecido en cierto modo y vuelto vulgar su gracia. Como en nuestro lenguaje común, hay en él frases excelentes y metáforas cuya belleza se marchita de vejez y cuyo color se ha empañado por un manejo demasiado ordinario. Pero eso no quita nada del gusto a quienes tienen buen olfato, ni desmerece la gloria de aquellos antiguos autores que, como es verosímil, pusieron por primera vez esas palabras en ese lustre.
Las ciencias tratan las cosas con demasiada sutileza, de un modo artificial y diferente del común y natural. Mi paje hace el amor y lo entiende; léele León Hebreo y Ficino: hablan de él, de sus pensamientos y de sus acciones, y sin embargo no entiende nada. No reconozco en Aristóteles la mayor parte de mis movimientos ordinarios. Los han cubierto y revestido con otra vestidura para uso de la escuela. Dios les ayude si tuvieran éxito. Si yo fuera del oficio, naturalizaría
el arte, tanto como ellos artificializan la naturaleza. Dejemos en paz a Bembo y a Equicola. Cuando escribo, prescindo con gusto de la compañía y el recuerdo de los libros, por miedo a que interrumpan mi forma. También porque, a decir verdad, los buenos autores me abaten demasiado y me quitan el ánimo. Hago de buena gana lo que aquel pintor que, habiendo representado miserablemente unos gallos, prohibía a sus criados que dejaran entrar en su tienda ningún gallo natural. Y más necesitaría aún, para darme un poco de lustre, la invención del músico Antiónides, quien, cuando tenía que hacer música, disponía que antes o después de él su auditorio fuera atiborrando con otros malos cantores. Pero me resulta más difícil prescindir de Plutarco: es tan universal y tan lleno que en todas las ocasiones, y cualquier tema extravagante que hayas tomado, se inmiscuye en tu necesidad y te tiende una mano liberal e inagotable de riquezas y embellecimientos. Me da rabia que esté tan expuesto al saqueo de quienes lo frecuentan. No puedo tratarlo tan poco que no le saque muslo o ala. Para este propósito mío, me viene bien también escribir en casa, en tierra salvaje, donde nadie me ayuda ni me anima, donde no frecuento generalmente a hombre que entienda el latín de su padrenuestro, y de francés un poco menos. Lo habría hecho mejor en otra parte, pero la obra habría sido menos mía. Y su fin principal y perfección es ser exactamente mío. Corregiría sin duda un error accidental, de los que estoy lleno, pues voy inadvertidamente; pero las imperfecciones que en mí son ordinarias y constantes, sería una traición quitarlas. Cuando me han dicho o yo mismo me he dicho: Eres demasiado denso en figuras, ahí va una palabra del terroir de Gascuña, ahí va una frase peligrosa (no rehúyo ninguna de las que se usan en medio de las calles francesas: los que quieren combatir el uso con la gramática se equivocan), ahí va un discurso ignorante, ahí va un discurso paradójico, ahí va uno demasiado loco, te diviertes a menudo, estimarán que dices en serio lo que dices en broma. Sí, respondo, pero corrijo las faltas de inadvertencia, no las de costumbre. ¿Acaso no es así como hablo en todas partes? ¿No me represento vivamente? Basta. He hecho lo que he querido: todo el mundo me reconoce en mi libro, y mi libro en mí.
Ahora bien, tengo una condición simiesca e imitadora. Cuando me dedicaba a hacer versos, y nunca hice más que latinos, acusaban evidentemente al poeta que acababa de leer. Y algunos de mis primeros Ensayos huelen un poco a lo extranjero. En París hablo un lenguaje algo distinto que en Montaigne. Quienquiera que miro con atención me imprime fácilmente algo suyo. Lo que observo, lo usurpo: una contención tonta, una mueca desagradable, una forma de hablar ridícula. Los vicios más aún. En tanto me punzan, se enganchan a mí y no se van sin sacudida. Se me ha visto jurar más a menudo por semejanza que por complexión. Imitación asesina, como la de aquellos monos horribles en tamaño y en fuerza que el rey Alejandro encontró en cierta comarca de las Indias. De los cuales habría sido de otro modo difícil venir a cabo. Pero ellos prestaron el medio por esta su inclinación a imitar todo lo que veían hacer. Pues por ello los cazadores aprendieron a calzarse zapatos a su vista, con muchos nudos de ataduras, a cubrirse de tocados con lazos corredizos, y ungirse aparentemente los ojos de liga. Así ponían imprudentemente en aprieto estas pobres bestias su complexión simiesca. Se enligaban, se enredaban y se amarraban ellas mismas. Esta otra facultad de representar ingeniosamente los gestos y palabras de otro, con intención que aporta a menudo placer y admiración, no está en mí más que en un tronco. Cuando juro según yo, es solamente por Dios, que es el más recto de todos los juramentos. Dicen que Sócrates juraba por el perro; Zenón, esa misma interjección que sirve ahora a los italianos, Cappari; Pitágoras, el agua y el aire. Soy tan propenso a recibir sin pensarlo estas impresiones superficiales que si he tenido en la boca Señor o Alteza tres días seguidos, ocho días después se me escapan por Excelencia o por Señoría. Y lo que habré tomado para decir jugando y burlándome, lo diré al día siguiente seriamente. Por lo cual, al escribir, acepto de peor gana los argumentos trillados, por miedo a tratarlos a expensas de otro. Todo argumento me es igualmente fértil. Los tomo de una mosca. Y Dios quiera que el que tengo ahora entre manos no haya sido tomado por mandato de una voluntad tan voluble. Que empiece por la que me plazca, pues las materias están todas encadenadas unas a otras.
Pero mi alma me desagrada porque produce ordinariamente sus ensoñaciones más profundas, más locas y que más me placen, de improviso, y cuando menos las busco; las cuales se desvanecen enseguida, no teniendo sobre el terreno dónde fijarlas. A caballo, en la mesa, en el lecho. Pero más a caballo, donde están mis más amplias conversaciones. Tengo el hablar un poco delicadamente celoso de atención y de silencio, si hablo con fuerza. Quien me interrumpe me detiene. En viaje, la necesidad misma de los caminos corta las conversaciones. Además de que viajo más a menudo sin compañía, propia para estas conversaciones continuadas por las que me tomo todo el ocio de entretenerme conmigo mismo. Me sucede con ello como con mis sueños: soñando, los encomiendo a mi memoria, pues sueño voluntariamente que sueño, pero al día siguiente me represento bien su color, cómo era, alegre, triste o extraño, pero cuáles eran por lo demás, cuanto más me afano en encontrarlo, más lo hundo en el olvido. También de los discursos fortuitos que me caen en la fantasía, no me queda en la memoria más que una vana imagen, tan solo cuanto me hace falta para roerme y desesperar tras su búsqueda, inútilmente.
Ahora bien, dejando los libros aparte y hablando más materialmente y simplemente: encuentro después de todo que el amor no es otra cosa que la sed de ese goce en un sujeto deseado; ni Venus otra cosa que el placer de descargar sus vasos, como el placer que la naturaleza nos da al descargar otras partes, que se vuelve vicioso o por inmoderación o por indiscreción. Para Sócrates, el amor es apetito de generación por la mediación de la belleza. Y considerando muchas veces el ridículo cosquilleo de este placer, los movimientos absurdos descabellados y aturdidos con que agita a Zenón y a Cratipo, esa rabia indiscreta, ese rostro inflamado de furor y de crueldad en el más dulce efecto del amor, y luego esa mueca grave, severa y extática en una acción tan loca; que se hayan alojado mezcladas nuestras delicias y nuestras inmundicias juntas, y que la suprema voluptuosidad tenga del sufrimiento y del plañidero, como el dolor: creo que es verdad lo que dice Platón, que el hombre fue hecho por los Dioses para su juguete.
«¿Qué crueldad es esta de jugar?»
Y que es por burla que la Naturaleza nos ha dejado la más turbulenta de nuestras acciones, la más común, para igualarnos por ahí y emparejar a los locos y los sabios, y a nosotros y las bestias. Al hombre más contemplativo y prudente, cuando lo imagino en esta postura, lo tengo por un impostor de hacer el prudente y el contemplativo. Son los pies del pavo real los que abaten su orgullo.
«¿Qué impide decir la verdad riendo?»
Quienes rechazan las opiniones serias entre juegos, hacen, dice alguien, como aquel que teme adorar la estatua de un santo si está desnuda. Comemos y bebemos como las bestias, pero esas no son acciones que impidan las funciones de nuestra alma. En ellas conservamos nuestra ventaja sobre ellas; esta otra pone todo otro pensamiento bajo el yugo: embrutece y entontece por su imperiosa autoridad toda la teología y filosofía que hay en Platón, y él no se queja. En todo lo demás puedes guardar cierta decencia: todas las otras acciones admiten reglas de honestidad; esta ni siquiera puede imaginarse sino viciosa o ridícula. Intenta encontrar en ella un proceder sabio y discreto. Alejandro decía que se reconocía principalmente mortal por esta acción y por el dormir: el sueño sofoca y suprime las facultades de nuestra alma; la labor las absorbe y disipa igualmente. Ciertamente es una marca no solo de nuestra corrupción original sino también de nuestra vanidad y deformidad. Por un lado la naturaleza nos empuja a ello, habiendo vinculado a este deseo la más noble, útil y placentera de todas sus funciones; y por otro nos deja acusarla y huir de ella como insolente y deshonesta, ruborizarnos y recomendar la abstinencia. ¿No somos bien brutos al llamar brutal la operación que nos hace? Los pueblos, en las religiones, se han encontrado en muchas concordancias: como sacrificios, luminarias, inciensos, ayunos, ofrendas; y entre otras, en la condena de esta acción.
Todas las opiniones convergen en ello, además del uso tan extendido de las circuncisiones. Tal vez tengamos razón al censurarnos por hacer una producción tan necia como el hombre, de llamar vergonzosa la acción y vergonzosas las partes que la sirven (en este momento las mías son propiamente vergonzosas). Los esenios, de quienes habla Plinio, se mantenían sin nodrizas, sin pañales, durante varios siglos por la llegada de extranjeros que, siguiendo esta bella disposición, se unían continuamente a ellos, habiendo arriesgado toda una nación a exterminarse antes que entregarse a un abrazo femenino, y a perder la sucesión de los hombres antes que forjar uno. Dicen que Zenón tuvo relación con una mujer solo una vez en su vida, y que fue por cortesía, para no parecer despreciar demasiado obstinadamente el sexo. Todos huyen al verlo nacer, todos corren a verlo morir. Para destruirlo, se busca un campo espacioso en plena luz; para construirlo, nos escondemos en un hueco tenebroso y lo más estrecho posible. Es el deber ocultarse para hacerlo, y es gloria, y nacen muchas virtudes, de saber deshacerlo. Lo uno es injuria, lo otro es favor, pues Aristóteles dice que agraciar a alguien es matarlo, en cierta frase de su país. Los atenienses, para equiparar el descrédito de estas dos acciones, teniendo que purificar la isla de Delos y justificarse ante Apolo, prohibieron en su recinto todo enterramiento y todo alumbramiento juntos.
Nostri nosmet pænitet. Hay naciones que se cubren al comer. Conozco a una dama, y de las más grandes, que tiene esta misma opinión, que es un gesto desagradable masticar, que rebaja mucho su gracia y su belleza, y no se presenta voluntariamente en público con apetito. Y conozco a un hombre que no puede soportar ver comer ni que lo vean, y huye de toda compañía más cuando se llena que cuando se vacía. En el imperio del Turco se ven gran número de hombres que, para sobresalir entre los demás, no se dejan ver jamás cuando hacen su comida; que no hacen más que una por semana; que se desgarran y cortan la cara y los miembros; que no hablan jamás con nadie. Gente fanática que piensa honrar su naturaleza desnaturalizándose, que se aprecian por su desprecio y se mejoran empeorándose. ¡Qué animal monstruoso, que se hace horror a sí mismo, al que sus placeres pesan, que se tiene por desgraciado! Hay quienes esconden su vida,
Exilioque domos et dulcia limina mutant, y la hurtan de la vista de los demás hombres, que evitan la salud y la alegría como cualidades enemigas y dañinas. No solo varias sectas, sino varios pueblos maldicen su nacimiento y bendicen su muerte. Hay donde el sol es abominado, las tinieblas adoradas. Solo somos ingeniosos para maltratarnos: es la verdadera presa de la fuerza de nuestro espíritu, peligroso útil en su desenfreno.
O miseri quorum gaudia crimen habent! ¡Ay pobre hombre, tienes bastantes incomodidades necesarias sin aumentarlas con tu invención, y eres bastante miserable de condición sin serlo por arte! Tienes fealdades reales y esenciales en abundancia sin forjar imaginarias. ¿Acaso encuentras que estás demasiado cómodo si la mitad de tu bienestar no te molesta? ¿Encuentras que has cumplido todos los deberes necesarios a los que la naturaleza te compromete, y que ella está ociosa en ti si no te obligas a nuevos deberes? No temes ofender sus leyes universales e indubitables, y te picas con las tuyas partidarias y fantásticas. Y cuanto más particulares, inciertas y más contradichas son, más ahí pones tu esfuerzo. Las ordenanzas positivas de tu parroquia te atan; las del mundo no te tocan. Recorre un poco los ejemplos de esta consideración: tu vida está toda en ella. Los versos de estos dos poetas, tratando así reservadamente y discretamente de la lascividad como lo hacen, me parecen descubrirla e iluminarla más de cerca. Las damas cubren su seno con una redecilla, los sacerdotes muchas cosas sagradas, los pintores ensombrecen su obra para darle más lustre. Y se dice que el golpe del sol y del viento es más pesado por reflexión que de frente. El egipcio respondió sabiamente a quien le preguntaba: ¿Qué llevas ahí, oculto bajo tu manto? Está oculto bajo mi manto para que no sepas qué es. Pero hay ciertas otras cosas que se ocultan para mostrarlas. Oye a este otro más abierto,
Et nudam pressi corpus adusque meum. Me parece que me castra. Aunque Marcial desnude a Venus en su puesto, no llega a hacerla aparecer tan entera. Quien lo dice todo, nos sacia y nos disgusta. Quien teme expresarse nos lleva a pensar más de lo que hay. Hay traición en esta clase de modestia, y especialmente entreabiéndonos, como hacen estos, un camino tan hermoso a la imaginación. Y la acción y la pintura deben tener su hurto. El amor de los españoles y de los italianos, más respetuoso y temeroso, más tímido y cubierto, me place. No sé quién, antiguamente, deseaba la garganta alargada como el cuello de una grulla para saborear más largo tiempo lo que tragaba. Este deseo viene más a propósito en esta voluptuosidad rápida y precipitada. Especialmente en tales naturalezas como es la mía, que soy vicioso en rapidez. Para detener su huida y extenderla en preámbulos, entre ellos todo sirve de favor y recompensa: una mirada, una inclinación, una palabra, un signo. Quien pudiera cenar con el humo del asado, ¿no haría un hermoso ahorro? Es una pasión que mezcla a muy poca esencia sólida mucha más vanidad y ensoñación febril: hay que pagarla y servirla de igual modo. Enseñemos a las damas a hacerse valer, a estimarse, a entretenernos y a engañarnos. Hacemos nuestra tarea extrema la primera; siempre hay impetuosidad francesa. Haciendo desfilar sus favores y desplegándolos en detalle, cada uno, hasta en la vejez miserable, encuentra algún cabo de cinta según su valentía y su mérito. Quien no tiene goce sino en el goce, quien solo gana del punto más alto, quien no ama la caza sino en la captura, no le corresponde mezclarse en nuestra escuela. Cuantos más escalones y grados hay, más altura y honor hay en el último asiento. Deberíamos complacernos en ser conducidos allí como se hace en los palacios magníficos, por diversos pórticos y pasajes, galerías largas y placenteras y varios rodeos. Esta dispensación redundaría en nuestro provecho: nos demoraríamos y amaríamos allí más largo tiempo. Sin esperanza y sin deseo ya no valemos nada. Nuestro dominio y entera posesión les es infinitamente temible. Desde que están del todo rendidas a la merced de nuestra fe y constancia, están un poco bien arriesgadas. Son virtudes raras y difíciles: tan pronto como son nuestras, ya no somos de ellas.
Una vez saciado el deseo de la mente ansiosa, las palabras nada temen, nada les importan los perjurios.
Y Trasónides, joven griego, estaba tan enamorado de su amor que se negó, habiendo conquistado el corazón de una amante, a gozar de ella: para no amortiguar, saciar y debilitar con el goce ese ardor inquieto del cual se enorgullecía y se alimentaba. La escasez da sabor a la comida. Ved cómo la forma de los saludos, que es particular de nuestra nación, degrada por su facilidad la gracia de los besos, que Sócrates dice que son tan poderosos y peligrosos para robar nuestros corazones. Es una costumbre desagradable e injuriosa para las damas tener que prestar sus labios a cualquiera que lleve tres criados en su séquito, por desagradable que sea,
«De cuya nariz cuelgan carámbanos lívidos como de perro, y rígida está su barba: preferiría encontrarme con cien lameculos».
Y nosotros mismos tampoco ganamos mucho con ello: porque tal como está repartido el mundo, por tres hermosas tenemos que besar cincuenta feas. Y para un estómago delicado, como los de mi edad, un mal beso pesa más que uno bueno. En Italia se hacen los pretendientes y los angustiados de aquellas mismas que están en venta, y se defienden diciendo que hay grados en el goce y que mediante servicios quieren obtener para sí el más completo. Ellas no venden sino el cuerpo. La voluntad no puede ponerse en venta, es demasiado libre y demasiado suya. Así, estos dicen que es la voluntad lo que pretenden, y tienen razón. Es la voluntad lo que hay que servir y cultivar. Me horroriza imaginar como mío un cuerpo privado de afecto. Y me parece que esta locura se acerca a la de aquel muchacho que fue a saltar por amor sobre la bella imagen de Venus que Praxíteles había hecho. O a la de aquel furioso egipcio, excitado con el cadáver de una muerta que embalsamaba y amortajaba. Lo cual dio origen a la ley que se hizo después en Egipto, de que los cuerpos de las mujeres bellas y jóvenes, y de las de buena familia, se guardasen tres días antes de entregarlos a quienes tenían a su cargo proveer a su entierro. Periandro hizo algo más asombroso: extendió el afecto conyugal, más regulado y legítimo, al goce de Melisa, su esposa difunta. ¿No parece ser un capricho lunático de la Luna, al no poder gozar de otro modo de Endimión, su favorito, ir a adormecerlo durante varios meses y alimentarse del goce de un muchacho que no se movía sino en sueños? Digo igualmente que se ama un cuerpo sin alma cuando se ama un cuerpo sin su consentimiento y sin su deseo. No todos los goces son iguales. Hay goces tísicos y lánguidos. Otras mil causas distintas de la benevolencia pueden procurarnos esa concesión de las damas. No es suficiente testimonio de afecto. Puede haber en ello traición, como en otros casos; a veces ellas no van sino con una nalga;
«Como si prepararan incienso y vino puro: creerías que está ausente o es de mármol».
Conozco a algunas que prefieren prestar eso antes que su coche, y que no se comunican sino por ahí. Hay que observar si vuestra compañía les agrada por algún otro fin todavía, o por ese solamente, como la de un robusto mozo de cuadra; en qué categoría y a qué precio estáis alojado en ella,
«Si a ti solo se te concede aquello por lo cual ella marca el día con piedra más blanca».
¿Qué importa si come vuestro pan con la salsa de una imaginación más agradable?
«A ti te abraza, por otros ausentes suspira amores». ¿Cómo? ¿No hemos visto a alguien en nuestros días haberse servido de este acto para el uso de una horrible venganza: para matar con ello y envenenar, como hizo, a una mujer honesta? Quienes conocen Italia no encontrarán nunca extraño que, para este asunto, no busque ejemplos en otra parte. Pues esta nación puede decirse regente del resto del mundo en ello. Tienen más comúnmente mujeres bellas, y menos feas que nosotros; pero en bellezas raras y excelentes, estimo que vamos a la par. Y juzgo lo mismo de los espíritus: de los de tipo común, tienen mucho más, y evidentemente. La brutalidad es allí incomparablemente más rara; de almas singulares y del más alto rango, no les debemos nada. Si tuviera que extender esta comparación, me parecería poder decir de la valentía que, por el contrario, comparada con la de ellos, es popular entre nosotros y natural; pero se la ve a veces en sus manos tan plena y vigorosa que supera todos los ejemplos más notables que tenemos de ella. Los matrimonios de ese país cojean en esto. Su costumbre impone generalmente a las mujeres una ley tan dura y tan servil que el trato más alejado con el extranjero les es tan capital como el más cercano. Esta ley hace que todas las aproximaciones se vuelvan necesariamente sustanciales. Y puesto que todo les resulta lo mismo, tienen la elección bien fácil. ¿Y han roto estas barreras? Creedlo, arden: «La lujuria, irritada por sus propias cadenas, como una fiera salvaje, y luego liberada». Hay que aflojarles un poco las riendas.
«Vi hace poco a un caballo, reacio a su freno, que retorciéndose de boca marchaba como un rayo».
Se debilita el deseo de compañía al darle cierta libertad. Es una buena costumbre de nuestra nación que en las casas nobles nuestros hijos sean recibidos para ser criados y educados como pajes, como en una escuela de nobleza. Y es una descortesía, se dice, e incluso una ofensa, rechazar a un noble. He observado, porque hay tantas casas como diversos estilos y formas, que las damas que han querido imponer a las muchachas a su cargo las reglas más austeras no han tenido mejor resultado. Hace falta moderación. Hay que dejar buena parte de su conducta a su propia discreción, porque de todos modos no hay disciplina que las pueda refrenar en todos los aspectos. Pero es muy cierto que aquella que ha salido ilesa de una educación libre trae consigo mucha más confianza en sí misma que la que sale sana de una escuela severa y carcelaria.
Nuestros padres formaban el comportamiento de sus hijas en la vergüenza y el temor (los corazones y los deseos siempre iguales), nosotros en la seguridad: no entendemos nada. Eso es cosa de las sármatas, a quienes la ley no permite acostarse con un hombre si antes no han matado con sus propias manos a otro en la guerra. A mí, que solo tengo derecho por los oídos, me basta si me retienen para el consejo, según el privilegio de mi edad. Les aconsejo pues, y también a nosotros, la abstinencia; pero si este siglo es demasiado enemigo de ella, al menos la discreción y la modestia. Pues, como dice la anécdota de Aristipo, hablando a unos jóvenes que se ruborizaban al verle entrar en casa de una cortesana: «El vicio está en no salir, no en entrar». Quien no quiera eximir su conciencia, que exima su nombre: si el fondo no vale gran cosa, que al menos la apariencia se mantenga firme.
Alabo la gradación y la demora en la dispensación de sus favores. Platón muestra que en toda clase de amor, la facilidad y prontitud están prohibidas a los que defienden su posición. Es un rasgo de glotonería, que ellas deben encubrir con todo su arte, rendirse así temerariamente en bloque y tumultuosamente. Conduciéndose en su dispensación con orden y mesura, engañan mucho mejor nuestro deseo y ocultan el suyo. Que huyan siempre delante de nosotros —me refiero incluso a aquellas que deben dejarse atrapar—. Nos vencen mejor huyendo, como los escitas. En verdad, según la ley que la naturaleza les da, no es propio de ellas querer y desear: su papel es sufrir, obedecer, consentir. Por eso la naturaleza les ha dado una capacidad perpetua; a nosotros, rara e incierta. Ellas tienen siempre su hora, para que estén siempre listas para la nuestra. «Nacidas para sufrir». Y donde ella ha querido que nuestros apetitos tuvieran muestra y declaración prominente, ha hecho que los suyos fueran ocultos e internos. Y las ha provisto de partes impropias para la ostentación, y simplemente para la defensa. Hay que dejar a la licencia amazónica rasgos semejantes a este: Alejandro, al pasar por Hircania, fue visitado por Talestris, reina de las amazonas, con trescientos soldados de su sexo, bien montados y bien armados, habiendo dejado el resto de un grueso ejército que la seguía al otro lado de las montañas vecinas. Y le dijo en voz alta y en público que el rumor de sus victorias y de su valor la había llevado allí para verlo, y ofrecerle sus medios y su poder para ayudar en sus empresas. Y que encontrándolo tan hermoso, joven y vigoroso, ella, que era perfecta en todas sus cualidades, le aconsejaba que se acostaran juntos, para que de la mujer más valiente del mundo y del hombre más valiente entonces vivo naciera algo grande y extraordinario para el porvenir. Alejandro le agradeció lo demás, pero para dar tiempo al cumplimiento de su última petición se detuvo trece días en aquel lugar, que festejó lo más alegremente que pudo, en honor de tan valiente princesa.
Somos casi siempre jueces injustos de sus acciones, como ellas lo son de las nuestras. Reconozco la verdad cuando me perjudica, igual que cuando me sirve. Es un vil desorden el que las empuja tan a menudo al cambio y les impide fijar su afecto en cualquier objeto que sea, como se ve en aquella diosa a quien se atribuyen tantos cambios y amantes. Pero también es verdad que es contrario a la naturaleza del amor si no es violento, y contrario a la naturaleza de la violencia si es constante. Y aquellos que se asombran de ello, se escandalizan y buscan en ellas las causas de esta enfermedad, como si fuera antinatural e increíble, ¿por qué no ven cuántas veces la reciben ellos mismos sin espanto ni milagro? Sería quizás más extraño ver en ello permanencia. No es una pasión simplemente corporal. Si no se encuentra límite en la avaricia ni en la ambición, tampoco lo hay en la lujuria. Vive aún después de la saciedad, y no se le puede prescribir ni satisfacción constante ni fin: va siempre más allá de su posesión. Y si la inconstancia les es quizás algo más perdonable que a nosotros, pueden alegar, como nosotros, la inclinación que nos es común a la variedad y a la novedad; y alegar en segundo lugar, sin nosotros, que compran gato por liebre. Juana, reina de Nápoles, hizo estrangular a Andrés, su primer marido, en las rejas de su ventana, con un lazo de oro y seda tejido por su propia mano, porque en las faenas matrimoniales no le encontraba ni las partes ni los esfuerzos suficientemente acordes a la esperanza que había concebido al ver su talle, su belleza, su juventud y disposición, por las que había sido prendada y engañada. Que la acción tiene más esfuerzo que el padecimiento, así que de su parte al menos siempre está provista la necesidad; de nuestra parte puede ocurrir de otro modo. Platón por esta causa estableció sabiamente por sus leyes que antes de todo matrimonio, para decidir sobre su conveniencia, los jueces vieran a los muchachos que lo pretenden completamente desnudos, y a las muchachas desnudas solo hasta la cintura. Al probarnos, quizás no nos encuentren dignos de su elección:
«Habiendo experimentado los flancos y las ingles muy semejantes a correas húmedas, y sin poder mantenerse erguidas ni siquiera con la mano cansada, abandonó los tálamos inútiles».
No basta con que la voluntad se dirija correctamente. La debilidad y la incapacidad rompen legítimamente un matrimonio:
«Y habría que buscar en otro sitio aquello más vigoroso que pudiera desatar el cinturón virginal».
¿Por qué no, y según su medida, una relación amorosa más licenciosa y más activa?
«Si no puede sobrellevar el dulce trabajo».
Pero ¿no es una gran desvergüenza llevar nuestras imperfecciones y debilidades a un lugar donde deseamos complacer y dejar buena estima de nosotros y recomendación? Para ese poco que me hace falta ahora,
«Para una obra apenas suficiente»,
no querría importunar a una persona a la que debo respetar y temer.
«Huye de sospechar de aquel cuya temblorosa edad se apresuró a cerrar el undécimo lustro».
La naturaleza debió contentarse con haber hecho miserable esta edad, sin hacerla además ridícula. Odio verla, por una pulgada de raquítica vigor que la calienta tres veces a la semana, apresurarse y enardecerse con la misma aspereza como si tuviera alguna grande y legítima jornada en el vientre: un verdadero fuego de estopa. Y admiro su ardor, tan vivo y chispeante, en un momento tan torpemente congelado y extinguido. Este apetito no debería pertenecer sino a la flor de una bella juventud. Confía en él, para ver, para secundar ese ardor infatigable, pleno, constante y magnánimo que hay en ti: te dejará verdaderamente en buen camino. Remítelo más bien hacia alguna infancia blanda, asombrada e ignorante, que tiembla aún bajo la vara y se ruboriza por ello,
«Como si alguien hubiera manchado el marfil de la India con púrpura sangrienta, o donde se mezclan lirios blancos con muchas rosas».
Quien puede esperar al día siguiente, sin morir de vergüenza, el desdén de esos hermosos ojos, testigos de su lascivia e impertinencia,
«Y sin embargo los rostros silenciosos hicieron reproches»,
jamás ha sentido el contentamiento y el orgullo de haberlos golpeado y empañado por el vigoroso ejercicio de una noche oficiosa y activa. Cuando he visto a alguna hastiarse de mí, no he acusado inmediatamente su ligereza: he dudado si no tenía razón en culpar a la naturaleza más bien. Ciertamente me ha tratado ilegítima e incivilmente,
«Si no es suficientemente larga, si la polla no es bien gruesa. Desde luego las matronas se dan cuenta y ven de mala gana una polla pequeña».
y de una lesión enormísima. Cada una de mis partes me pertenece por igual que todas las demás. Y ninguna otra me hace más propiamente hombre que esta. Doy al público universalmente mi retrato. La sabiduría de mi lección está en verdad, en libertad, en esencia, toda entera. Desdeñando en el catálogo de sus verdaderos deberes estas pequeñas reglas, fingidas, usuales, provinciales. Natural toda ella, constante, general. De la cual son hijas, pero bastardas, la civilidad, la ceremonia. Ya tendremos los vicios de la apariencia, cuando hayamos tenido los de la esencia. Cuando hayamos acabado con estos últimos, entonces correremos tras los otros, si encontramos que sea necesario correr tras ellos. Porque hay peligro de que imaginemos oficios nuevos para excusar nuestra negligencia hacia los oficios naturales, y para confundirlos. Que es así, se ve en que en los lugares donde las faltas son delitos, los delitos no son sino faltas. Que en las naciones donde las leyes de la decencia son más raras y laxas, las leyes primitivas de la razón común se observan mejor: la innumerable multitud de tantos deberes sofoca nuestro cuidado, lo debilita y lo disipa. La aplicación a las cosas ligeras nos aparta de las justas. ¡Oh, qué ruta tan fácil y plausible toman esos hombres superficiales, comparada con la nuestra! Son sombras con las que nos revestimos y nos pagamos entre nosotros.
Pero no pagamos con ellas, antes bien recargamos nuestra deuda, ante ese gran juez que levanta nuestros harapos y andrajos de alrededor de nuestras partes vergonzosas y no finge al vernos por todas partes, hasta nuestras íntimas y más secretas inmundicias: ¡útil decencia de nuestro virginal pudor, si pudiera prohibirle ese descubrimiento! En fin, quien despabilara al hombre de una superstición verbal tan escrupulosa no causaría gran pérdida al mundo. Nuestra vida es parte locura, parte prudencia. Quien solo escribe sobre ella con reverencia y regularidad, deja atrás más de la mitad. Yo no me excuso ante mí: y si lo hiciera, sería más bien por mis excusas por lo que me excusaría, que por cualquier otra falta mía. Me excuso ante ciertos temperamentos que estimo más fuertes en número que aquellos que están de mi parte. En consideración a ellos, diré aún esto (pues deseo contentar a todos; cosa, sin embargo, difícil, «ser un solo hombre adaptado a tanta variedad de costumbres, de palabras y de voluntades») que no tienen que tomársela conmigo por lo que hago decir a las autoridades recibidas y aprobadas durante varios siglos: y que no es razón que, por falta de ritmo, me rehúsen la dispensa de la que hasta hombres eclesiásticos, de los nuestros, disfrutan en este siglo. Aquí van dos, y de los más encopetados:
«Hendidura, que me muera, si no es tu monograma. Una verga de amigo la contenta y la satisface bien».
¿Qué importan tantos otros? Amo la modestia y no es por juicio que he escogido esta forma de hablar escandalosa: es la Naturaleza quien la ha escogido por mí. No la alabo, no más que todas las formas contrarias al uso recibido: pero la excuso; por circunstancias tanto generales como particulares, aligero la acusación. Sigamos. Igualmente, ¿de dónde puede venir esa usurpación de autoridad soberana que tomáis sobre aquellas que os favorecen a sus expensas,
«Si te dio sus negros regalillos en noche furtiva»,
que inmediatamente investís en ello el interés, la frialdad y una autoridad marital? Es una convención libre, ¿por qué no os agarráis a ella como queréis retenerlas a ellas? No hay prescripción sobre las cosas voluntarias. Va contra las normas, pero es verdad, sin embargo, que en mi tiempo he conducido ese negocio, según lo que su naturaleza puede permitir, tan concienzudamente como cualquier otro negocio, y con algún aire de justicia: y que no les he testimoniado de mi afecto sino lo que sentía de él; y les he representado ingenuamente la decadencia, el vigor y el nacimiento: los accesos y las remisiones. No se va siempre por el mismo camino. He sido tan parco en prometer que creo haber cumplido más de lo prometido, y más de lo debido. Ellas han encontrado en mí fidelidad, hasta al servicio de su inconstancia. Digo inconstancia confesada, y a veces multiplicada. Nunca he roto con ellas mientras me agarraba a ellas, aunque fuera solo por la punta de un hilo. Y cualesquiera ocasiones que me hayan dado para ello, nunca he roto hasta el punto del desprecio y del odio. Pues tales intimidades, incluso cuando se adquieren por las convenciones más vergonzosas, me obligan todavía a cierta benevolencia. Por cólera e impaciencia un poco indiscreta, en el punto de sus astucias y subterfugios, y de nuestras disputas, les he mostrado alguna vez.
Pues soy por mi complexión propenso a emociones bruscas que a menudo perjudican mis negociaciones, aunque sean ligeras y breves. Si han querido probar la libertad de mi juicio, no he fingido al darles consejos paternales y mordaces, y al pincharlas donde les dolía. Si les he dejado motivo para quejarse de mí, es más bien por haber encontrado en mí un amor, comparado con el uso moderno, tontamente concienzudo. He observado mi palabra en cosas de las que fácilmente se me habría dispensado. Ellas se rendían entonces a veces con reputación, y bajo capitulaciones que soportaban fácilmente que fueran violadas por el vencedor. He hecho ceder bajo el interés de su honor el placer, en su mayor intensidad, más de una vez. Y cuando la razón me apremiaba, las he armado contra mí: de modo que se conducían más segura y severamente por mis reglas, cuando se habían confiado francamente a ellas, de lo que lo habrían hecho por las suyas propias. He cargado cuanto he podido sobre mí solo el riesgo de nuestras citas, para descargarlas de él y he dispuesto nuestras entrevistas siempre por lo más áspero e inesperado, para estar menos bajo sospecha, y además, en mi opinión, más accesibles. Están abiertas, principalmente por los lugares que creen tener cubiertos. Las cosas menos temidas son menos defendidas y vigiladas.
Se puede osar más fácilmente lo que nadie piensa que osaréis, lo cual se vuelve fácil por su dificultad. Jamás hombre alguno tuvo sus aproximaciones más impertinentemente genitales. Esta forma de amar está más conforme con la disciplina. Pero cuán ridícula es para nuestra gente, y poco efectiva, ¿quién lo sabe mejor que yo? Pero no me vendrá el arrepentimiento por ello. Ya no tengo más que perder en ello,
«El sagrado muro votivo indica con una tabla húmeda que he colgado mis vestiduras al poderoso dios del mar».
Es ya hora de hablar de ello abiertamente. Pero así como a otro le diría quizá: «Amigo mío, deliras, el amor de tu tiempo tiene poco comercio con la fidelidad y la honradez»;
«Si pretendes hacer esto con razón cierta, no lograrás nada más que si te esfuerzas por enloquecer con razón».
Por el contrario, si tuviera que empezar de nuevo, seguiría sin duda el mismo camino y por el mismo progreso, por infructuoso que pudiera resultarme. La insuficiencia y la estupidez son loables en una acción censurable. Cuanto más me alejo de su humor en eso, más me acerco al mío. Por lo demás, en ese trato, no me dejaba llevar del todo: me complacía en él, pero no me olvidaba de mí mismo; conservaba intacto ese poco de sentido y de discreción que la Naturaleza me ha dado, para servicio de ellas y mío propio: un poco de emoción, pero nada de delirio. Mi conciencia se comprometía en ello hasta el desenfreno y la disolución, pero no hasta la ingratitud, la traición, la malignidad y la crueldad. No compraba el placer de ese vicio a cualquier precio: y me contentaba con su coste propio y simple. «Nullum intra se vitium est». Odio casi por igual una ociosidad estancada y adormecida, que un trabajo espinoso y penoso. El uno me pellizca, el otro me adormece. Amo tanto las heridas como los golpes, y los cortes afilados como los romos. Encontré en ese trato, cuando era más apto para él, una justa moderación entre esos dos extremos. El amor es una agitación despierta, viva y alegre. Yo no estaba turbado ni afligido por él, pero sí acalorado, y aun sediento: hay que detenerse ahí. Sólo es perjudicial para los locos. Un joven preguntó al filósofo Panecio si convenía al sabio enamorarse: «Dejemos al sabio —respondió—, pero tú y yo, que no lo somos, no nos comprometamos en una cosa tan agitada y violenta, que nos haga esclavos de otro y nos vuelva despreciables a nosotros mismos». Decía la verdad: que no hay que confiar una cosa tan precipitada de uno mismo a un alma que no tenga con qué sostener sus acometidas, y con qué refutar por los hechos la frase de Agesilao, de que la prudencia y el amor no pueden ir juntos. Es una ocupación vana, es cierto, indecorosa, vergonzosa e ilegítima. Pero conducida de esta manera, la estimo saludable, apropiada para desentumecer un espíritu y un cuerpo pesados. Y como médico, la recetaría a un hombre de mi complexión y condición, tan voluntariamente como cualquier otra receta para despertarlo y mantenerlo en forma bien entrada la vejez, y retardar el asalto de la senectud. Mientras estamos todavía en los arrabales, mientras el pulso late aún,
«Mientras es nueva mi canicie, mientras dura la vejez primera y erguida, mientras queda a Láquesis qué hilar, y me sostengo sobre mis propios pies, sin bastón que auxilie mi diestra»,
necesitamos ser solicitados y estimulados por alguna agitación mordaz, como es ésta. Ved cuánta juventud, vigor y alegría ha devuelto al sabio Anacreonte. Y Sócrates, más viejo de lo que yo soy, hablando de un objeto amoroso: «Habiéndome apoyado —dice— contra su hombro, con el mío, y aproximado mi cabeza a la suya, mientras mirábamos juntos un libro, sentí sin mentir, súbitamente, un pinchazo en el hombro, como la mordedura de un animal; y estuve más de cinco días después con un hormigueo, y me penetró en el corazón un escozor continuo». Un contacto, y fortuito, y por un hombro, iba a calentar y alterar un alma enfriada y debilitada por la edad, y la primera de todas las humanas, en reforma. ¿Por qué no? Sócrates era hombre, y no quería ni ser ni parecer otra cosa. La filosofía no combate contra los placeres naturales, con tal de que se les una la medida: y predica la moderación, no la huida. El esfuerzo de su resistencia se emplea contra los extraños y bastardos. Dice que los apetitos del cuerpo no deben ser aumentados por el espíritu. Y nos advierte ingeniosamente que no queramos despertar nuestro hambre mediante la saciedad, que no queramos llenar a reventar, en lugar de llenar el vientre; que evitemos todo goce que nos ponga en necesidad, y todo alimento y bebida que nos altere y hambriente.
Como en el servicio del amor nos ordena tomar un objeto que satisfaga simplemente la necesidad del cuerpo, que no conmueva el alma: la cual no debe hacer de ello su asunto, sino seguir desnudamente y asistir al cuerpo. Pero ¿no tengo yo razón para estimar que estos preceptos, que tienen por otra parte, según yo, un poco de rigor, se refieren a un cuerpo que cumple su oficio; y que a un cuerpo abatido, como un estómago postrado, es excusable recalentarlo y sostenerlo por el arte y por mediación de la fantasía, hacerle volver el apetito y la alegría, puesto que por sí mismo los ha perdido? ¿No podemos decir que no hay nada en nosotros, durante esta prisión terrestre, puramente corporal ni espiritual, y que injuriosamente desmembramos a un hombre vivo; y que parece haber razón para que nos comportemos hacia el uso del placer, al menos tan favorablemente como lo hacemos hacia el dolor? Éste era, por ejemplo, vehemente, hasta la perfección, en el alma de los santos por la penitencia. El cuerpo participaba en él naturalmente, por el derecho de su unión, y sin embargo podía tener poca parte en la causa: pero no se contentaban con que siguiera desnudamente y asistiera al alma afligida. Lo afligían a él mismo con penas atroces y propias: a fin de que, rivalizando uno con otro, el alma y el cuerpo sumergieran al hombre en el dolor, tanto más saludable cuanto más áspero.
En caso parecido, en los placeres corporales, ¿no es injusticia enfriar el alma, y decir que hay que arrastrarla a ellos, como a alguna obligación y necesidad forzada y servil? A ella más bien corresponde empollarlos y fomentarlos: presentarse y convidarse a ellos: el gobierno le pertenece. Como también es a mi juicio a ella, en los placeres que le son propios, inspirar e infundir al cuerpo todo el sentimiento que permita su condición, y esforzarse en que le sean dulces y saludables. Pues es muy razonable, como ellos dicen, que el cuerpo no siga sus apetitos en daño del espíritu. Pero ¿por qué no es también razonable que el espíritu no siga los suyos en daño del cuerpo? No tengo otra pasión que me mantenga alerta. Lo que la avaricia, la ambición, las querellas, los pleitos hacen para los demás, que como yo no tienen vocación asignada, el amor lo haría más cómodamente. Me devolvería la vigilancia, la sobriedad, la gracia, el cuidado de mi persona; aseguraría mi continente, para que las muecas de la vejez, esas muecas deformes y lastimosas, no vinieran a corromperlo; me remitiría a estudios sanos y sabios, por los que pudiera volverme más estimado y más amado; quitando a mi espíritu la desesperación de sí y de su uso, y reconciliándolo consigo mismo; me divertiría de mil pensamientos tediosos, de mil pesares melancólicos que la ociosidad nos carga a tal edad, y el mal estado de nuestra salud; recalentaría al menos en sueños esa sangre que la naturaleza abandona; sostendría el mentón, y alargaría un poco los nervios, y el vigor y alegría de la vida, a ese pobre hombre que se va a gran velocidad hacia su ruina.
Pero entiendo bien que es una comodidad muy difícil de recuperar. Por debilidad y larga experiencia, nuestro gusto se ha vuelto más delicado y más exquisito. Exigimos más, cuando aportamos menos. Queremos elegir lo más, cuando menos merecemos ser aceptados. Conociéndonos tales, somos menos audaces y más desconfiados: nada puede asegurarnos de ser amados, vista nuestra condición y la de ellas. Me avergüenza encontrarme entre esa juventud verde y bullente,
«Cuyo miembro en la ingle indómita es más firme que un árbol joven arraigado en las colinas».
¿Qué íbamos a presentar nuestra miseria entre esa alegría?
«Puedan jóvenes ardientes ver entre muchas risas la antorcha deshecha en cenizas».
Ellas tienen la fuerza y la razón de su lado: dejémosles sitio; nosotros ya no tenemos nada que hacer. Y ese germen de belleza naciente no se deja manejar por manos tan torpes, ni abordar con medios puramente materiales. Pues, como respondió aquel filósofo antiguo a quien se burlaba de que no había sabido ganarse el favor de una jovencita a la que cortejaba: «Amigo mío, el anzuelo no muerde un queso tan fresco». Ahora bien, este es un comercio que necesita relación y correspondencia. Los otros placeres que recibimos pueden recompensarse con cosas de naturaleza diversa, pero este solo se paga con la misma especie de moneda. En verdad, en este goce, el placer que yo doy acaricia más dulcemente mi imaginación que el que me dan. No tiene nada de generoso quien puede recibir placer sin darlo; es un alma vil la que quiere deberlo todo y que se complace en alimentarse del trato con personas a las que resulta una carga. No hay belleza, ni gracia, ni intimidad tan exquisita que un hombre galante deba desear a ese precio. Si ellas solo pueden hacernos bien por piedad, prefiero no vivir a vivir de limosna. Quisiera tener derecho a pedirles, al estilo que he visto mendigar en Italia: «Fate bene per voi»; o a la manera en que Ciro exhortaba a sus soldados: «Quien me ame, que me siga». «Únete a las de tu condición, me dirán, que la compañía de fortuna semejante te resultará más fácil». ¡Oh qué mezcla tan necia e insípida!
«No quiero arrancar la barba al león muerto».
Jenofonte emplea como objeción y acusación contra Menón el que en su amor se ocupara de objetos pasados de flor. Yo encuentro más voluptuosidad en solo ver la justa y dulce mezcla de dos jóvenes bellezas, o en solo considerarla con la fantasía, que en ser yo mismo el segundo elemento de una mezcla triste e informe. Renuncio a ese apetito fantasioso en favor del emperador Galba, que solo se entregaba a las carnes duras y viejas, y de ese pobre miserable:
«¡Oh, hagan los dioses que pueda verte así, llevar queridos besos a tus cabellos cambiados, y abrazar con mis brazos tu cuerpo todavía enjuto!»
Y entre las primeras fealdades cuento las bellezas artificiales y forzadas. Hemónides, joven de Quíos, pensando adquirir con hermosos atavíos la belleza que la naturaleza le negaba, se presentó al filósofo Arcesilao y le preguntó si un sabio podría enamorarse. «Sí, por cierto —respondió el otro—, con tal de que no sea de una belleza adornada y sofisticada como la tuya». La fealdad de una vejez reconocida es menos vieja y menos fea, a mi juicio, que otra pintada y alisada. ¿Me atrevo a decirlo, con tal de que no se me eche encima? El amor no me parece propia y naturalmente en su estación sino en la edad vecina a la infancia:
«Quem si puellarum insereres choro, Mille sagaces falleret hospites Discrimen obscurum, solutis Crinibus, ambiguoque vultu».
Y la belleza tampoco. Pues lo que Homero extiende hasta que la barbilla empieza a ensombrecerse, Platón mismo lo ha señalado como raro. Y es notoria la razón por la que el sofista Dión llamaba a los pelos incipientes de la adolescencia «Aristogitones y Harmodios». En la virilidad, lo encuentro ya algo fuera de su sitio; ni qué decir de la vejez:
«Importunus enim transvolat aridas Quercus».
Y Margarita, reina de Navarra, alarga mucho, en cuanto a mujer, la ventaja de las mujeres, estableciendo que es hora a los treinta años de que cambien el título de bellas por el de buenas. Cuanto más corta posesión le damos sobre nuestra vida, mejor nos va. Mirad su porte. Es un muchacho pueril que no sabe, en su escuela, cuánto se procede al revés de todo orden. El estudio, el ejercicio, el uso son vías hacia la insuficiencia; los novatos allí mandan. «Amor ordinem nescit». Ciertamente su conducta tiene más garbo cuando va mezclada de inadvertencia y de turbación; las faltas, los fracasos le dan punta y gracia. Con tal de que sea áspero y hambriento, poco importa que sea prudente. Ved cómo va tambaleándose, tropezando y jugueteando. Se le pone en el cepo cuando se le guía por arte y sabiduría. Y se coarta su divina libertad cuando se le somete a esas manos barbudas y callosas.
Por lo demás, les oigo a menudo pintar esa relación como toda espiritual, y desdeñar poner en consideración el interés que los sentidos tienen en ella. Todo cuenta. Pero puedo decir haber visto a menudo que hemos excusado la debilidad de sus espíritus en favor de sus bellezas corporales, pero que no he visto aún que en favor del espíritu, por sensato y maduro que sea, ellas quieran tender la mano a un cuerpo que decae por poco que sea. ¿Por qué no le dan ganas a alguna de hacer esa noble transacción socrática del cuerpo al espíritu, comprando al precio de sus muslos una inteligencia y generación filosófica y espiritual, el precio más alto al que pueden elevarlos? Platón ordena en sus leyes que a quien haya realizado alguna hazaña señalada y útil en la guerra no se le pueda negar durante la expedición, sin respeto a su fealdad o a su edad, el beso u otro favor amoroso de quien él quiera. Lo que encuentra tan justo en reconocimiento del valor militar, ¿no puede serlo también en reconocimiento de algún otro valor? ¿Y por qué no le dan ganas a una de anticiparse a sus compañeras en la gloria de ese amor casto? Casto digo, pues:
«Nam si quando ad prælia ventum est, Ut quondam in stipulis magnus sine viribus ignis Incassum furit».
Los vicios que se ahogan en el pensamiento no son de los peores.
Para terminar este notable comentario que se me ha escapado en un flujo de charla, flujo impetuoso a veces y dañino:
«Ut missum sponsi furtivo munere malum Procurrit casto virginis è gremio: Quod misere obliæ molli sub veste locatum, Dum adventu matris prosilit, excutitur, Atque illud prono præceps agitur decursu: Huic manat tristi conscius ore rubor».
Digo que machos y hembras están hechos del mismo molde; salvo la educación y la costumbre, la diferencia no es grande. Platón llama indistintamente a unos y otras a la sociedad de todos los estudios, ejercicios, cargos y ocupaciones guerreras y pacíficas en su república. Y el filósofo Antístenes suprimía toda distinción entre su virtud y la nuestra. Es mucho más fácil acusar a un sexo que excusar al otro. Es lo que se dice: La sartén se burla del cazo.
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