Parte 9Gramáticos, filósofos y teólogos
«El vulgo indeciso se divide en bandos contrarios», hasta que ambos caudillos se retiran victoriosos tras el combate bien librado, y ambos celebran su triunfo. Los sabios se ríen de todo esto, por ser, como es, una solemne estupidez. ¿Quién puede negarlo? Pero entretanto, gracias a mí, viven una vida dulce, y no cambiarían sus triunfos ni por los de los Escipiones. Aunque también los doctos, mientras se ríen a carcajadas de estas cosas y disfrutan de la insensatez ajena, me deben no poco a mí misma, a menos que sean los más ingratos de todos, cosa que no pueden negar.
Entre los eruditos, los jurisconsultos se adjudican el primer lugar, y ninguno se siente más satisfecho consigo mismo que ellos, mientras ruedan sin cesar la piedra de Sísifo y van hilvanando seiscientas leyes sin ton ni son —no importa a qué asunto se refieran—, y amontonando glosas sobre glosas y opiniones sobre opiniones, consiguen que su estudio parezca el más difícil de todos. Porque todo lo que cuesta trabajo lo consideran de inmediato algo preclaro. Unamos a estos a los dialécticos y sofistas, gente más parlanchina que el propio bronce de Dodona, de modo que cualquiera de ellos podría disputar en locuacidad con veinte mujeres escogidas; y serían más felices si solo fueran charlatanes y no también pendencieros, pues se enzarzan con suma terquedad por una nimiedad y pierden casi siempre la verdad de tanto discutir. Pero su amor propio los hace felices, pues armados con tres silogismos se atreven sin vacilar a enfrentarse a cualquiera sobre cualquier tema. Por lo demás, su terquedad los vuelve invencibles, aunque les pongas enfrente a Esténtor.
Detrás de estos vienen los filósofos, venerables por su barba y su manto, que proclaman que solo ellos son sabios y que todos los demás mortales andan vagando como sombras. ¡Qué dulcemente deliran cuando construyen mundos innumerables, cuando miden el sol, la luna, las estrellas y las esferas como con el pulgar o con un hilo, cuando explican las causas de los rayos, los vientos, los eclipses y demás cosas inexplicables, sin vacilar jamás, como si hubieran sido arquitectos confidentes de la naturaleza o como si vinieran del consejo de los dioses! Entretanto la naturaleza se ríe espléndidamente de ellos y de sus conjeturas. Pues la prueba más que suficiente de que no han descubierto nada es la disputa inexplicable que sostienen entre ellos sobre cada tema. Estos, aunque no saben absolutamente nada, profesan saberlo todo; y aunque se ignoran a sí mismos y a veces no ven ni un foso ni una piedra en su camino —porque la mayoría son medio ciegos o porque andan con el alma ausente—, afirman sin embargo que ven ideas, universales, formas separadas, materias primas, quididades, ecceidades, formalidades e instantes: cosas tan sutiles que ni siquiera Linceo, creo yo, podría distinguirlas. Pero desprecian sobre todo al vulgo profano cuando con círculos de tres y cuatro lados y otras figuras matemáticas semejantes, superpuestas unas sobre otras y revueltas en forma de laberinto, y además con letras dispuestas como en formación de batalla y repetidas una y otra vez en orden diferente, arrojan tinieblas sobre los más ignorantes. Tampoco faltan en este género quienes predicen el futuro consultando los astros y prometen milagros más que mágicos, y encuentran hombres afortunados que hasta esto creen.
Por otra parte, quizá sería mejor pasar en silencio a los teólogos, «y no mover esa Camarina ni tocar ese eléboro», tratándose como se trata de un género de hombres maravillosamente altanero e irritable, no sea que me asalten en tropel con seiscientas conclusiones y me obliguen a retractarme; y si me niego, al punto me proclamarán hereje. Pues suelen aterrorizar con ese rayo a quienes no les son muy propicios. Ciertamente, aunque no hay nadie que reconozca menos de buena gana mi beneficencia hacia ellos, también estos me deben favores no pequeños, pues felices por su amor propio, como si habitaran el tercer cielo, miran desde lo alto a todos los demás mortales como a ganado que se arrastra por el suelo, y casi los compadecen, mientras están rodeados de tanto ejército de definiciones magistrales, conclusiones, corolarios, proposiciones explícitas e implícitas, y rebosan de tantos «refugios», que ni siquiera con las cadenas de Vulcano podrían quedar atrapados sin que escapen mediante distinciones, con las cuales cortan todos los nudos tan fácilmente como no lo haría mejor el hacha de Ténedo; rebosan de tantos vocablos recién inventados y de palabras prodigiosas. Además, cuando explican a su arbitrio los misterios arcanos: de qué modo fue creado y ordenado el mundo; por qué canales se derivó aquella mancha del pecado a la posteridad; de qué modo, en qué medida y en cuánto tiempo se formó Cristo en el útero de la Virgen; cómo en la eucaristía subsisten los accidentes sin domicilio. Pero esto es trillado. Aquello sí consideran digno de los grandes teólogos iluminados, como los llaman; cuando se topan con esto se despiertan: ¿hay algún instante en la generación divina? ¿hay varias filiaciones en Cristo? ¿es posible esta proposición: Dios Padre odia al Hijo? ¿pudo Dios asumir a una mujer, o al diablo, o a un asno, o a una calabaza, o a un pedernal? Y entonces, ¿cómo habría predicado la calabaza, obrado milagros, sido clavada en la cruz? ¿Y qué habría consagrado Pedro si hubiera consagrado en el momento en que el cuerpo de Cristo pendía de la cruz? ¿Y pudo llamarse Cristo hombre en ese mismo momento? ¿Y será lícito comer y beber después de la resurrección, precaviéndonos ya ahora del hambre y la sed? Hay innumerables minucias de esta clase, y otras mucho más sutiles aún, acerca de nociones, relaciones, formalidades, quididades, ecceidades, que nadie puede alcanzar con los ojos a menos que sea tan lince que vea en medio de las más densas tinieblas lo que no existe en ninguna parte. Añádase ahora a esto aquellas sentencias tan paradójicas que hacen que los oráculos de los estoicos, llamados paradojas, parezcan en comparación crudos y vulgares, como: que es crimen más leve degollar a mil hombres que coser un zapato a un pobre en domingo; y que es preferible que perezca el universo entero con su sustento y vestido, como dicen, a que se diga una mentirijilla por leve que sea. Y estas sutilezas sutilísimas las hacen más sutiles todavía las tantas escuelas de escolásticos, de modo que antes te desenredarías de un laberinto que de las marañas de realistas, nominalistas, tomistas, albertistas, ockamistas, escotistas —y aún no los he nombrado todos, sino solo los principales—: en todas las cuales hay tanta erudición, tanta dificultad, que creo que los propios apóstoles necesitarían otro espíritu si se vieran obligados a enzarzarse sobre estos asuntos con esta nueva generación de teólogos. Pablo pudo dar testimonio de la fe; pero cuando dice: «La fe es sustancia de las cosas que se esperan, y argumento de las que no se ven», no definió muy magistralmente. Igualmente, aunque practicó óptimamente la caridad, no la dividió ni definió con mucha dialéctica en la primera carta a los Corintios, capítulo trece. Y piadosamente consagraban ellos la eucaristía, pero preguntados sobre el término «a quo» y el término «ad quem»; sobre la transubstanciación; sobre el modo en que el mismo cuerpo está en lugares diversos; sobre la diferencia entre el cuerpo de Cristo en el cielo, en la cruz y en el sacramento de la eucaristía; en qué punto se produce la transubstanciación, siendo que la oración por la cual se efectúa es una cantidad discreta en flujo, no habrían respondido, creo yo, con la misma agudeza con que los escotistas discuten y definen estas cosas. Conocían ellos a la madre de Jesús; pero ¿quién de ellos demostró tan filosóficamente cómo fue preservada de la mancha de Adán, como hacen nuestros teólogos? Pedro recibió las llaves, y las recibió de quien no las confiaría a un indigno; pero ignoro si entendió, pues ciertamente nunca tocó la sutileza de cómo tiene también la llave de la ciencia quien no tiene ciencia. Bautizaban ellos por doquier, pero nunca enseñaron cuál es la causa formal, material, eficiente y final del bautismo; ni hay entre ellos mención alguna del carácter deleble e indeleble. Adoraban ellos, sí, pero en espíritu, sin seguir otra cosa que aquello del Evangelio: «Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad». Pero no parece que entonces les fuera revelado que se debe adorar con una misma adoración una imagencita dibujada con carbón en la pared como a Cristo mismo, con tal de que tenga dos dedos extendidos, el cabello sin cortar y tres rayos en el nimbo que rodea la nuca. ¿Pues quién percibiría esto, si no hubiera consumido treinta y seis años enteros en la física y en las cosas ultramundanas de Aristóteles y de Escoto? De igual modo, los apóstoles inculcan la gracia; pero nunca distinguieron qué diferencia hay entre la gracia «gratis data» y la gracia «gratificante». Exhortan a las buenas obras, pero no disciernen entre «opus operans» y «opus operatum». Inculcan por todas partes la caridad, pero no separan la infusa de la adquirida, ni explican si es accidente o sustancia, cosa creada o increada. Detestan el pecado; pero que me muera si pudieron definir científicamente qué es eso que llamamos pecado, a menos que hayan sido instruidos por el espíritu de los escotistas. Pues no puedo convencerme de que Pablo, por cuya erudición sola se puede estimar la de todos, hubiera condenado tantas veces las cuestiones, disputas, genealogías y, como él las llama, «logomaquias», si hubiera dominado esas argucias, sobre todo cuando todas las contiendas y peleas de aquel tiempo fueron rústicas y toscas, si se comparan con las sutilezas más que crisipeas de nuestros maestros. Aunque son hombres modestísimos, pues si algo fue escrito por los apóstoles con cierta tosquedad y poco magistralmente, no lo condenan ciertamente, sino que lo interpretan convenientemente: defiriendo este honor en parte a la antigüedad, en parte al nombre apostólico. Y por Hércules que sería poco equitativo exigir tales cosas de quienes jamás oyeron ni una palabra de esto de su maestro. Pero si ocurre lo mismo en Crisóstomo, Basilio o Jerónimo, basta con anotar: «No está obligado». Y ellos refutaron a los filósofos paganos y a los judíos, por naturaleza muy pertinaces, pero más con su vida y sus milagros que con silogismos, y contra gentes de las cuales ninguna habría sido capaz de entender con su ingenio ni un solo «Quodlibet» de Escoto. Ahora, ¿qué pagano, qué hereje no cedería de inmediato ante tantas sutilezas finísimas, a menos que sea tan obtuso que no las entienda, o tan descarado que las silbe, o que esté provisto de los mismos lazos de modo que la pugna sea ya pareja, como si enfrentaras un mago con otro mago, o si alguien peleara con espada encantada contra quien tiene espada encantada? Entonces no se haría sino destejer la tela de Penélope. En mi opinión, los cristianos obrarían sabiamente si en lugar de esas gruesas cohortes de soldados con las que ya desde hace tiempo combaten con suerte incierta, enviaran contra turcos y sarracenos a los ruidosísimos escotistas, a los pertinacísimos ockamistas, a los invictos albertistas junto con toda la banda de sofistas: presenciarían, creo yo, el combate más gracioso y la victoria jamás vista. Pues ¿quién tan frío a quien no inflamen sus agudezas? ¿Quién tan estúpido a quien no exciten sus aguijones? ¿Quién tan perspicaz a quien no arrojen ellos las más densas tinieblas? Pero todo esto os parecerá que lo digo casi en broma. Y no es de extrañar, pues también entre los mismos teólogos los hay educados en mejores letras que sienten náuseas ante estas fruslerías, como las consideran, de los teólogos. Hay quienes execran como sacrilegio hablar con boca tan sucia de cosas tan arcanas, que más deben adorarse que explicarse, disputar con argucias tan profanas de paganos, definir tan arrogantemente y manchar la majestad de la divina teología con palabras y sentencias tan frías, más aún, tan sórdidas. Pero entretanto ellos mismos se sienten felicísimos consigo, más aún, se aplauden, de modo que ocupados día y noche en esas naderías tan dulces no les queda ni un instante de ocio para hojear siquiera una vez el Evangelio o las epístolas de Pablo. Y mientras van con estas tonterías en las escuelas, creen sostener con los puntales de sus silogismos a la Iglesia universal, que de otro modo se vendría abajo, igual que Atlas sostiene el cielo con sus hombros en los poetas. ¡Y qué gran felicidad creen que es dar forma y reforma a su antojo a las Sagradas Escrituras, como si fueran de cera, exigir que sus conclusiones, a las que ya suscribieron algunos escolásticos, se consideren más que las leyes de Solón e incluso se antepongan a los decretos pontificios, y como censores del mundo arrastrar a retractación a quien haya dicho algo que no cuadre perfectamente con sus conclusiones explícitas e implícitas, y pronunciar como desde un oráculo: «Esta proposición es escandalosa, esta poco reverencial, esta huele a herejía, esta suena mal»; de modo que ya ni el bautismo, ni el Evangelio, ni Pablo o Pedro, ni san Jerónimo o Agustín, ni siquiera el propio Tomás, el más aristotélico de todos, harían cristiano a nadie si no se añadiera la aprobación de los bachilleres! Tanta es su sutileza para juzgar. Pues ¿quién hubiera sentido que no es cristiano quien dijera que estas dos oraciones: «la olla apesta» y «la olla apeste», igualmente «las ollas hierven» y «la olla hierve», son igualmente correctas, si esos sabios no lo hubieran enseñado? ¿Quién habría librado a la Iglesia de tantas tinieblas de errores, que nadie habría siquiera leído jamás, si estos no los hubieran divulgado con grandes sellos? Pero ¿no son felicísimos mientras hacen esto? Además, mientras describen tan minuciosamente todas las cosas del infierno, como si hubieran vivido muchos años en esa república; además, mientras fabrican a su arbitrio nuevos orbes, añadiendo finalmente aquel latísimo y hermosísimo, para que no faltara a las almas felices un lugar donde pudieran pasear cómodamente, o celebrar un banquete, o incluso jugar a la pelota. Con estas y otras dos mil necedades semejantes tienen sus cabezas tan hinchadas y atestadas que creo que ni el cerebro de Júpiter estuvo tan preñado cuando, pariendo a Palas, imploró el hacha de Vulcano. Por eso no os extrañéis si les veis la cabeza tan diligentemente envuelta en tantas vendas en las disputas públicas; de otro modo reventarían por completo. Yo misma me río a veces de esto: que los teólogos creen ser tanto más teólogos cuanto más bárbara y suciamente hablen, y que balbucean tanto que solo puede entenderlos alguien que también balbucee; llaman «agudeza» a lo que el vulgo no alcanza. Pues dicen que no es digno de las Sagradas Escrituras verse obligadas a obedecer las leyes de los gramáticos. ¡Vaya majestad la de los teólogos, si solo a ellos les está permitido hablar incorrectamente!, aunque esto lo tienen en común con muchos artesanos. Finalmente se consideran ya próximos a los dioses cuando son saludados religiosamente como «Maestro Nuestro», pues en este nombre creen que subyace algo semejante al «tetragrámaton» entre los judíos. Por eso dicen que es nefasto escribir «Maestro Nuestro» sino con letras mayúsculas. Y si alguien dijera al revés «Nuestro Maestro», ese habrá invertido de una vez toda la majestad del nombre teológico.
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