Parte 6Los locos son los más felices
Aunque entre estas mismas disciplinas las que más se aprecian son precisamente las que más se acercan al sentido común, es decir, a la locura. Los teólogos pasan hambre, los físicos se mueren de frío, los astrólogos son objeto de burla, los dialécticos quedan desatendidos. Solo «el médico vale por muchos otros hombres». Y en este mismo género, cuanto más ignorante, atrevido e irreflexivo es uno, más lo aprecian incluso esos príncipes cargados de collares. Y sin embargo la medicina, al menos tal como la practican hoy muchos, no es otra cosa que una parcela de la adulación, exactamente igual que la retórica. Después de estos viene en segundo lugar el gremio de los abogadillos, y no sé si en primer lugar, cuya profesión —para no decir yo misma nada— los filósofos suelen ridiculizar con gran unanimidad como si fuera cosa de asnos. Pero precisamente al arbitrio de estos asnos se tramitan los negocios grandes y pequeños. A ellos les crecen las haciendas, mientras que el teólogo, tras haber revisado todos los cofres de la divinidad, roe un altramuz y vive en guerra constante con chinches y piojos. Así pues, cuanto más afinidad tienen las artes con la locura, más felices son; y con mucho los más felices de todos son aquellos a quienes se les permite por completo abstenerse del comercio con todas las disciplinas y seguir únicamente a la naturaleza como guía, que en ninguna de sus partes es defectuosa, a no ser que queramos traspasar los límites de la condición mortal. La naturaleza odia los artificios, y sale muchísimo mejor todo aquello que no ha sido violentado por arte alguna.
¿Acaso no veis que en cada una de las demás especies de animales viven más felices los que están más alejados de las disciplinas y no se guían por ningún maestro sino por la naturaleza? ¿Qué hay más feliz o más admirable que las abejas? Y sin embargo ni siquiera tienen todos los sentidos corporales. ¿Qué arquitectura encontrará nada semejante a lo que ellas logran en la construcción de sus edificios? ¿Qué filósofo ha establecido jamás una república parecida? El caballo, por el contrario, puesto que tiene sentidos afines a los humanos y ha emigrado a la convivencia con los hombres, también participa de las calamidades humanas; de modo que no pocas veces, mientras le avergüenza ser vencido en las competiciones, se revienta los ijares, y en las guerras, mientras ambiciona el triunfo, es atravesado, y junto con su jinete muerde con la boca el polvo; por no mencionar de paso los bocados con púas, las espuelas con clavos, la cárcel del establo, los azotes, los palos, las cadenas, el jinete, en resumen toda la tragedia de la esclavitud a la que se sometió voluntariamente, mientras que, imitando a los varones esforzados, se afana con demasiado empeño en vengarse del enemigo. ¡Cuánto más deseable es la vida de las moscas y los pajarillos, que viven al día y solo por el sentido de la naturaleza, con tal de que se les permita hacerlo sin las asechanzas de los hombres! Pero si alguna vez quedan encerrados en jaulas y se acostumbran a reproducir las lenguas humanas, es asombroso cuánto degeneran de aquel brillo natural: hasta tal punto es más dichoso en todos los sentidos lo que la naturaleza ha creado que lo que ha falseado el arte. Por eso nunca alabaría bastante a aquel gallo de Pitágoras que, habiendo sido él solo todas las cosas —filósofo, hombre, mujer, rey, particular, pez, caballo, rana, y creo que también esponja—, sin embargo juzgó que ningún animal era más calamitoso que el hombre, porque todos los demás se contentaban con los límites de la naturaleza, solo el hombre intentaba traspasar los confines de su condición. Y de nuevo, entre los hombres, antepone en muchas cosas a los ignorantes sobre los doctos y los grandes. Y aquel Grilo tuvo mucho más juicio que «el ingenioso Ulises», pues prefirió gruñir en la pocilga antes que exponerse con él a tantos casos miserables. No me parece que disienta de estos Homero, el padre de las pamplinas, que aunque llama a todos los mortales una y otra vez «infelices y desgraciados», a aquel Ulises suyo, modelo de sabiduría, lo llama con frecuencia «desdichado», pero a Paris nunca, ni a Áyax, ni a Aquiles. ¿Por qué razón, entonces? Sino porque aquel, astuto y artero, nada hacía sin el consejo de Palas Atenea y era demasiado sabio, alejándose lo más posible de la guía de la naturaleza. Así pues, como entre los mortales los que más alejados están de la felicidad son los que se dedican a la sabiduría, siendo dos veces necios precisamente por esto, que habiendo nacido hombres, sin embargo, olvidando su condición, aspiran a la vida de los dioses inmortales, y, al ejemplo de los gigantes, hacen la guerra a la naturaleza con las máquinas de las disciplinas, así parecen los menos miserables aquellos que se acercan lo más posible al ingenio y la necedad de los brutos, y no intentan nada por encima del hombre. Vamos, probemos a ver si esto también podemos demostrarlo no con entimemas estoicos, sino con algún ejemplo concreto. Así que, por los dioses inmortales, ¿hay algo más feliz que ese género de hombres que el vulgo llama bobos, tontos, fatales e idiotas, nombres hermosísimos, a mi juicio? Voy a decir algo que de entrada quizá parezca necio y absurdo, pero que sin embargo es muy verdadero. En primer lugar están libres del miedo a la muerte, que no es, por Júpiter, un mal pequeño. Están libres de la tortura de la conciencia. No los aterran las fábulas de los espíritus. No se asustan de espectros ni fantasmas. No los atormenta el miedo a males inminentes, ni los distiende la esperanza de bienes futuros. En suma, no los desgarran los mil cuidados a los que está sometida esta vida. No sienten vergüenza, no tienen miedo, no ambicionan, no envidian, no aman. Y en fin, si se acercan aún más a la insensatez de los animales irracionales, ni siquiera pecan, según dicen los teólogos. Ahora te pido que valores, sapientísimo necio, por cuántas inquietudes de todas partes se atormenta noche y día tu espíritu. Amontona en un solo montón todos los inconvenientes de tu vida, y solo entonces comprenderás de cuántos males he librado yo a mis fatales. Añade a esto que no solo ellos mismos se alegran, juegan, cantan y ríen perpetuamente, sino que además a todos los demás, adondequiera que se vuelvan, les aportan placer, broma, juego y risa, como si hubieran sido dados por la indulgencia de los dioses para este mismo fin, para alegrar la tristeza de la vida humana. Por eso sucede que, mientras el afecto de unos hacia otros es variable, a estos los reconocen todos por igual como suyos, los buscan, los alimentan, los favorecen, los abrazan, les socorren si les sucede algo, les permiten impunemente cualquier cosa que hayan dicho o hecho. Y hasta tal punto nadie quiere hacerles daño, que incluso las fieras salvajes se abstienen de perjudicarlos, por cierto sentido natural de su inocencia. Pues en verdad son sagrados para los dioses, especialmente para mí, y por eso no injustamente todos les rinden este honor.
¿Qué más? Hasta los más grandes reyes los tienen tanto en sus delicias, que algunos sin ellos no pueden ni almorzar, ni salir de paseo, ni siquiera aguantar una hora. Y ciertamente anteponen con mucho a estos idiotas a aquellos sabios suyos tan adustos, a los que sin embargo también suelen alimentar por cierta consideración. Por qué los antepongan, ni me parece oscuro ni debe parecer extraño, pues aquellos sabios no suelen aportar a los príncipes más que tristeza, y confiados en su doctrina no temen a veces rascar los oídos delicados con la verdad mordaz; los bobos, en cambio, proporcionan aquello único que los príncipes buscan por todas partes y de todas las maneras: bromas, risas, carcajadas, delicias. Ahora aceptad también este don nada despreciable de los necios: que solo ellos son sencillos y veraces. ¿Y qué hay más digno de elogio que la verdad? Aunque el proverbio de Alcibíades en Platón atribuye la verdad al vino y a la niñez, sin embargo todo ese elogio me corresponde peculiarmente a mí, incluso según el testimonio de Eurípides, de quien es aquella frase célebre dicha sobre nosotros: «Pues el necio dice necedades». El fatuo, cualquier cosa que tiene en el pecho, eso la muestra en el rostro y la expresa con la palabra; pero los sabios tienen aquellas dos lenguas que recuerda el mismo Eurípides, con una de las cuales dicen la verdad, con la otra lo que juzgan oportuno según la ocasión. Suyos es convertir lo negro en blanco, y soplar del mismo labio lo frío y lo caliente a la vez, y guardar en el pecho una cosa muy distinta de la que fingen con la palabra. Por otra parte, en tan grande felicidad, sin embargo los príncipes me parecen muy infelices en este aspecto, que les falta alguien de quien oigan la verdad, y se ven obligados a tener aduladores en vez de amigos. Pero las orejas de los príncipes rechazan la verdad, dirá alguien, y por esta misma causa huyen de aquellos sabios, porque temen que alguno resulte demasiado libre y se atreva a decir cosas verdaderas en vez de agradables. Así es en efecto, la verdad es odiosa para los reyes. Pero sin embargo esto mismo ocurre maravillosamente con mis fatales, que no solo las verdades, sino incluso los insultos abiertos, se escuchan con placer, hasta el punto de que la misma frase que, si proviniera de la boca de un sabio, habría de ser capital, proveniente de un bobo produce un placer increíble. Pues la verdad tiene cierta genuina fuerza de deleitar, si no se le añade nada que ofenda; pero eso solo a los fatales se lo han dado los dioses. Por las mismas causas, las mujeres suelen gozar más intensamente de este género de hombres, como que son por naturaleza más inclinadas al placer y las frivolidades. Por eso cualquier cosa que hagan con estos, aunque a veces sea demasiado serio, ellas lo interpretan como broma y juego, como es ingenioso, sobre todo para disimular sus faltas, aquel sexo.
Pero para volver a la felicidad de los fatales, tras haber pasado la vida con mucha alegría, sin ningún miedo ni sensación de la muerte, emigran directamente a los campos Elíseos, y allí deleitarán con sus juegos a las almas piadosas y ociosas. Vamos ahora, y compara la suerte de cualquier sabio con la de este bobo. Imagina que le opones, como modelo de sabiduría, a un hombre que haya consumido toda su niñez y adolescencia en aprender disciplinas, y que haya perdido la parte más dulce de la vida en perpetuas vigilias, cuidados y sudores, y que en el resto de su vida tampoco haya probado ni la más mínima voluptuosidad, siempre parco, pobre, triste, adusto, injusto y duro consigo mismo, grave e invisible para los demás, consumido por la palidez, la delgadez, la mala salud, la legaña, con la vejez y las canas contraídas mucho antes de tiempo, huyendo de la vida antes de tiempo. Aunque ¿qué importa cuándo muera uno así, que nunca ha vivido? Ya tenéis la egregia imagen de aquel sabio.
Pero aquí de nuevo me ladran «las ranas del pórtico». «Nada», dicen, «es más miserable que la locura. Pero la necedad insigne, o está próxima a la locura, o es más bien la locura misma. Pues ¿qué otra cosa es enloquecer sino desvariar de ánimo?» Pero estos yerran totalmente el camino. Vamos, deshagamos también este silogismo, con la buena fortuna de las Musas. Argumento agudo el suyo. Pero, del mismo modo que en Platón enseña Sócrates haciendo dos Venus de una sola y dos Cupidos de uno solo dividido, así también a estos dialécticos les convendría distinguir la locura de la locura, si es que quieren parecer cuerdos. Pues no de inmediato toda locura es calamitosa. De otro modo no habría dicho Horacio:
«¿O me engaña una amable locura?»
ni Platón habría colocado el furor de los poetas, de los vates y de los amantes entre los principales bienes de la vida; ni la vate habría llamado insano al trabajo de Eneas. Pero la verdad es que hay un doble género de locura: uno que envían desde los infiernos las diosas vengadoras, cuando, lanzando sus serpientes, introducen en los pechos de los mortales el ardor de la guerra, o la insaciable sed de oro, o el amor deshonroso y nefando, o el parricidio, el incesto, el sacrilegio, o alguna otra peste de ese género, o cuando torturan el alma culpable y consciente con las furias y con antorchas de terrores. Hay otro muy diferente de este, que ciertamente proviene de mí, el más deseable de todos. Este sucede siempre que cierto agradable error de la mente a la vez libera el alma de aquellos cuidados ansiosos y la devuelve bañada en placer multiforme. Y pues bien, este error de la mente, como si fuera un gran don de los dioses, lo deseaba Cicerón escribiendo al Ático, a saber para poder carecer de la sensación de tan grandes males. Ni sintió mal aquel argivo que enloquecía hasta el punto de pasar días enteros sentado solo en el teatro riendo, aplaudiendo, gozando, porque creía que allí se representaban tragedias admirables, cuando no se representaba nada en absoluto, mientras que en los demás deberes de la vida se comportaba correctamente,
«amable con los amigos, cortés con la esposa, capaz de perdonar a los esclavos, y de no enloquecer por el sello roto de una jarra».
Cuando gracias a la diligencia de sus parientes, dándole medicinas, lo hubieron aliviado de su enfermedad y ya estaba enteramente devuelto a sí mismo, se quejó de este modo con sus amigos:
«¡Por Pólux, me habéis matado, amigos, no salvado, dice, al que así le arrebatasteis el placer y le quitasteis por la fuerza el gratísimo error de la mente!»
Y con razón sin duda: pues eran ellos los que erraban y tenían más necesidad de eléboro, quienes consideraban que una locura tan feliz y agradable era un mal que había que expulsar con pociones. Aunque yo todavía no he decidido si cualquier error de los sentidos o de la mente debe ser llamado con el nombre de locura. Pues ni si a uno que tiene los ojos legañosos le parece que una mula es un asno, o si alguien admira un poema inculto como si fuera doctísimo, ese parecerá de inmediato que está loco: pero si alguien se engaña no solo con los sentidos, sino con el juicio del alma, y eso fuera de la costumbre usual y perpetuamente, ese en fin será juzgado afín a la locura, como si cada vez que oyera rebuznar a un asno creyera que está oyendo maravillosas sinfonías, o si algún pobretón, nacido en el lugar más bajo, creyera que es Creso, rey de los lidios. Pero este género de locura, si, como suele ser, se inclina hacia el placer, no aporta mediana delectación, tanto a los que se hallan poseídos por ella como a aquellos que la han observado, sin estar ellos locos de la misma manera. Pues esta especie de locura se extiende mucho más ampliamente de lo que el vulgo de los hombres entiende. Pero a su vez el loco ríe del loco, y se ministran mutuamente placer el uno al otro. Y no pocas veces veréis que el loco mayor ríe con más vehemencia del menor.
Pero cada uno es tanto más feliz cuantos más modos tiene de desvariar, a juicio de la Locura, con tal de que permanezca en aquel género de locura que nos es peculiar, que ciertamente se extiende tan ampliamente, que no sé si de toda la suma de los mortales se podrá encontrar a alguien que tenga cordura en todas las horas, y que no esté poseído por algún género de locura. Aunque solo hay esta diferencia: que al que, cuando ve una calabaza, cree que es una mujer, a este le ponen el nombre de loco, porque eso sucede a muy pocos. Pero cuando alguien jura que su esposa, que tiene en común con muchos, es más que Penélope, y se aplaude a sí mismo en gran medida, errando felizmente, a este nadie lo llama loco, porque ven que esto les sucede a los maridos por doquier. A este orden pertenecen también esos que desprecian todas las cosas por la caza de fieras, y proclaman que perciben un increíble placer de ánimo cuantas veces oyen el aullido de los perros. Creo que incluso cuando huelen los excrementos de los perros, a ellos les parece canela. Y luego ¡qué dulzura, cuando la fiera ha de ser descuartizada! Está permitido a la plebe humilde descuartizar toros y carneros, es nefasto que una fiera la corte nadie sino un noble. Este, con la cabeza descubierta, las rodillas dobladas, con una espada destinada a ello (pues no es lícito hacerlo con cualquiera), con gestos determinados, corta ciertos miembros, en cierto orden, religiosamente. Mientras tanto la turba circundante, callada, lo admira, como si fuera en cosa nueva, aunque ha visto el espectáculo más de mil veces. Además, aquel a quien le tocó probar algo de la bestia, ese en verdad considera que le viene no poca nobleza. Así que cuando estos, con la persecución y el consumo asiduo de fieras, no consiguen otra cosa que degenerar ellos mismos casi en fieras, sin embargo entretanto creen que viven una vida regia. Muy semejante a estos es el género de los que arden con el afán insaciable de construir, ahora cambiando lo redondo por lo cuadrado, ahora lo cuadrado por lo redondo. Y no hay fin ni medida alguna, hasta que, reducidos a la extrema pobreza, no les quede ni dónde habitar ni qué comer. ¿Y qué después? Entretanto pasaron algunos años con suma voluptuosidad. A los cuales me parece que se acercan muchísimo aquellos que con artes nuevas y arcanas intentan cambiar el aspecto de las cosas, y persiguen por tierra y mar cierta quinta esencia. A estos los engaña tanto la dulce esperanza, que nunca se arrepienten ni de los trabajos ni de los gastos; con admirable ingenio siempre idean algo con lo que engañarse de nuevo, y se hacen a sí mismos una grata impostura, hasta que, consumido todo, ya no tienen con qué alimentar el hornillo. Pero no dejan de soñar agradables sueños, animando a los demás según sus fuerzas a la misma felicidad. Y cuando ya están completamente destituidos de toda esperanza, aún les queda una sentencia, consuelo bastante grande:
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
