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Parte 2La Locura se presenta

Elogio de la locura · Erasmo de Rotterdam · 13 min de lectura

HABLA LA LOCURA

Por más que los mortales hablen de mí en general —y no ignoro lo mal que suena la locura incluso entre los más locos—, sin embargo, el hecho de que yo sea, yo sea, repito, la única que con mi poder divino alegro a dioses y hombres es argumento más que suficiente: basta ver que apenas me presenté ante esta asamblea tan concurrida para dirigiros la palabra, todos vuestros rostros resplandecieron de pronto con una hilaridad nueva e insólita, de inmediato distendisteis el ceño y me aplaudisteis con una risa tan alegre y afable, que desde luego, cuantos veo aquí presentes, me parecéis ebrios del néctar de los dioses homéricos, y no sin nepentes, cuando antes estabais sentados tristes e inquietos, como si acabarais de volver de la cueva de Trofonio. Pero del mismo modo que ocurre cuando el sol muestra a la tierra por vez primera su hermoso rostro dorado, o cuando tras un invierno áspero la nueva primavera sopla con sus Favonios benignos y al punto un aspecto nuevo sobreviene a todas las cosas, un color nuevo y una especie de juventud renace, así también a vosotros, en cuanto me visteis, os vino otro semblante. Y así, lo que grandes oradores apenas consiguen con un discurso largo y muy meditado, es decir, disipar las preocupaciones molestas del ánimo, yo lo he logrado de inmediato con mi sola presencia.

Ahora bien, por qué he salido hoy con este atuendo insólito, vais a oírlo ahora mismo, si no os pesa prestarme oídos mientras hablo; no esos oídos, claro, que soléis poner a los predicadores sagrados, sino los que acostumbráis erguir ante los charlatanes del foro, los bufones y los locos, los que en otro tiempo nuestro Midas ofreció a Pan. Pues me ha apetecido hacer un rato de sofista ante vosotros; no de esos de hoy, que inculcan a los muchachos ciertas sutilezas enojosas y les transmiten una pertinacia para disputar más que mujeril, sino que imitaré a los antiguos, que para evitar el nombre infame de «sofistas» prefirieron llamarse «sofistas». Su ocupación era celebrar con encomios las alabanzas de dioses y hombres valerosos. Así pues, vais a oír un encomio, no de Hércules ni de Solón, sino mío propio, es decir, de la Locura.

Y no me importan nada esos sabios que proclaman que es de lo más necio e insolente que alguien se alabe a sí mismo. Sea tan necio como ellos quieran, con tal de que confiesen que es apropiado. Porque ¿qué cuadra mejor que la propia Locura sea trompeta de sus propias alabanzas y «se toque la flauta a sí misma»? ¿Quién me pintará mejor que yo misma? A menos que alguien me conozca mejor de lo que yo me conozco. Aunque en verdad considero esto mucho más modesto que lo que acostumbra hacer el vulgo de magnates y sabios que, con un pudor perverso, suelen sobornar a algún rétor adulador o a algún poeta charlatán y, contratado a sueldo, escuchan de él sus alabanzas, o sea, puras mentiras; y sin embargo el ínclito vergonzoso, entretanto, levanta las plumas y erguida la cresta como un pavo real, mientras el desvergonzado adulador equipara a los dioses a un hombre de nada, lo pone como modelo acabado de todas las virtudes cuando sabe que aquel dista de ellas «dos veces a través de todas las notas»; cuando «viste a la corneja con plumas ajenas»; cuando «blanquea al etíope»; cuando, en fin, «de una mosca hace un elefante». Y por último sigo aquel trillado proverbio popular que dice que se alaba a sí mismo con razón aquel a quien no le ha tocado ningún otro alabador. Aunque aquí me asombro, por cierto, de la ingratitud —o mejor dicho, de la desidia— de los mortales: todos me cultivan con diligencia y gozan de mi generosidad, pero nadie en tantos siglos ha aparecido que celebrara las alabanzas de la Locura con un discurso agradecido, cuando no han faltado quienes ensalzaran con elogios cuidadosos, trabajados a costa de mucho aceite y sueño, a Busiris, a Fálaris, las fiebres cuartanas, las moscas, la calvicie y otras plagas por el estilo. De mí vais a oír un discurso improvisado y sin esfuerzo, pero tanto más verdadero.

Y no quiero que creáis que esto lo he tramado para ostentación de ingenio, como hace el vulgo de los oradores. Pues ellos, como sabéis, cuando presentan un discurso elaborado durante treinta años enteros, y a veces incluso ajeno, juran que lo han escrito en tres días como por diversión, o incluso lo han dictado. A mí, en cambio, siempre me ha gustado «decir lo que me venga a la lengua». Pero que nadie espere ya de mí que, según la costumbre de esos rétores vulgares, me explique con una definición; y mucho menos que me divida. Pues ambas cosas son de mal augurio: circunscribir con un límite a aquella cuyo poder se extiende tan lejos, o fragmentar a aquella en cuyo culto todo género de cosas conspira de tal modo. Además, ¿para qué sirve en definitiva representar de mí una sombra e imagen mediante una definición, cuando vosotros, presentes, me contempláis a mí misma en persona con vuestros propios ojos? Pues soy, como veis, la verdadera dispensadora de «bienes», a quien los latinos llaman Locura, y los griegos llaman «Moria».

Aunque ¿para qué era necesario siquiera decir esto? ¿Como si por mi rostro y mi frente, como dicen, no mostrara ya bastante quién soy? ¿O como si, cuando alguien pretenda que soy Minerva o Sofía, no pueda ser refutado al instante con la sola mirada, aun sin que intervenga palabra alguna, espejo fidelísimo del alma? Conmigo no hay lugar para afeites, ni finjo una cosa con la frente y guardo otra en el pecho: soy en todas partes muy semejante a mí misma, de modo que ni siquiera pueden disimularme aquellos que más se arrodian la máscara y el título de Sabiduría y andan «como monos con púrpura y asnos con piel de león». Por más que se esfuercen en fingir, sin embargo, las orejillas que asoman por algún lado delatan a Midas. ¡Qué raza tan ingrata, por Hércules!, la de estos hombres que, siendo los más de nuestra facción, se avergüenzan tanto de nuestro nombre ante el vulgo que lo lanzan a otros como gran reproche. Y así, a estos que son «muy locos» pero quieren parecer sabios y Tales, ¿no los llamaremos con todo derecho «locosabios»?

Me ha parecido bien imitar también en esto a los rétores de nuestro tiempo, que se creen sin duda dioses si aparecen bilingües como sanguijuelas y tienen por hazaña preclara entretejer en sus discursos latinos algunas palabritas griegas, como emblemas, aunque no venga ahora a cuento. Además, si les faltan vocablos exóticos, desenterran de pergaminos podridos cuatro o cinco palabras antiguas para echar tinieblas sobre el lector; evidentemente para que quienes entienden se complazcan más y más consigo mismos, y quienes no entienden admiren tanto más cuanto menos entienden. Pues no deja de ser un género nada inelegante de placer propio de los nuestros admirar al máximo lo más peregrino. Y si algunos son un poco más ambiciosos, que sonrían y aplaudan al menos y «muevan las orejas» a la manera de los asnos, para que los demás vean que entienden bien. Y «estas cosas por estas cosas». Ahora vuelvo a mi propósito.

Tenéis, pues, mi nombre, varones; ¿qué epíteto añadiré? ¿Qué, sino «muy locos»? Pues ¿con qué apelativo más honroso llamará la diosa Locura a sus iniciados? Pero como no a muchos les es conocido de qué linaje nací, eso voy a intentar exponerlo ahora con la ayuda favorable de las Musas. Pues a mí ni el Caos, ni el Orco, ni Saturno, ni Jápeto, ni ningún otro de esos dioses obsoletos y podridos me engendró como padre, sino Pluto mismo, él solo, incluso contra la opinión de Hesíodo y Homero y del propio Júpiter, «padre de hombres y dioses»; por cuyo solo gesto, como antes también ahora, todas las cosas sagradas y profanas se revuelven arriba y abajo; por cuyo arbitrio se administran guerras, paces, imperios, consejos, juicios, asambleas, matrimonios, pactos, alianzas, leyes, artes, juegos, asuntos serios —ya me falta el aliento—, en resumen, todos los negocios públicos y privados de los mortales; sin cuya ayuda, toda esa multitud de divinidades poéticas, me atrevo a decir, incluso los mismos dioses selectos, o no existirían en absoluto, o desde luego vivirían «caseros» muy fríamente; a quien tenga airado, ni siquiera Palas le traerá suficiente auxilio; en cambio, quien lo tenga propicio, ese puede mandar a paseo al propio Júpiter supremo, con su rayo y todo: «de tal padre me glorío de ser hija». Y este me engendró no de su cerebro, como Júpiter a aquella Palas arisca y torva, sino de Juventud, la ninfa con mucho la más hermosa y festiva de todas; y tampoco ligado a aquel matrimonio triste, como nació aquel herrero cojo, sino «mezclado en amor», como dice nuestro Homero. Pero me engendró, para que no os equivoquéis, no aquel Pluto de Aristófanes, ya decrépito, ya privado de ojos, sino cuando estaba aún íntegro y ardiente de juventud, y no solo de juventud, sino mucho más de néctar, que entonces por casualidad había bebido en abundancia y más puro en el banquete de los dioses.

Y si preguntáis también el lugar de mi nacimiento —pues hoy se considera de suma importancia para la nobleza en qué sitio diste tus primeros vagidos—, yo no nací en la errante Delos, ni en el undoso mar, ni «en las cuevas cavernosas», sino en las propias Islas Afortunadas, donde todo nace «sin siembra ni labranza»; donde no hay trabajo ni vejez ni enfermedad alguna, ni en los campos se ven por ningún lado asfódelo, malva, cebolla albarrana, altramuz, haba o cualquier otra de estas bagatelas, sino que por todas partes halagan a los ojos y a la vez a las narices el moly, la panacea, el nepentes, el amaraco, la ambrosía, el loto, la rosa, la violeta, el jacinto, los jardines de Adonis. Y nacida entre estas delicias, de ningún modo comencé mi vida con llanto, sino que al instante sonreí dulcemente a mi madre. Y tampoco envidio «al supremo Cronión» su cabra nodriza, pues a mí me criaron con sus pechos dos ninfas encantadoras, Embriaguez, hija de Baco, e Ignorancia, hija de Pan, a las que veis aquí también en el grupo de mis demás compañeras y servidoras, cuyos nombres, por Hércules, si queréis conocerlos, de mí solo los oiréis en griego. Esta, a la que veis con las cejas levantadas, es «Amor Propio». Esta, a la que veis con los ojos sonrientes y las manos aplaudiendo, se llama «Adulación». Esta, que parece medio dormida y adormilada, se llama «Olvido». Esta, que se apoya en ambos codos, con las manos cruzadas, se llama «Pereza». Esta, coronada con guirnalda de rosas y untada de perfumes por todas partes, es «Placer». Esta, de ojos resbaladizos y que vagan aquí y allá, se llama «Insensatez». Esta, de piel reluciente y cuerpo bien cebado, tiene por nombre «Molicie». Veis también dos dioses mezclados con las doncellas, uno de los cuales llaman «Jolgorio», y el otro «Sueño Profundo». Con la leal ayuda de esta servidumbre someto a mi poder todo género de cosas, mandando incluso a los propios emperadores.

Habéis oído mi linaje, mi educación y mis compañeras; ahora, para que a nadie le parezca que sin razón me arrogo el nombre de diosa, escuchad con orejas atentas con cuántos beneficios colmo a dioses y hombres a la vez, y cuán ampliamente se extiende mi poder. Pues si alguien escribió con acierto que esto es propio de Dios, ayudar a los mortales, y si con razón fueron admitidos en el senado de los dioses quienes mostraron a los mortales el vino, o el trigo, o algún otro bien semejante, ¿por qué no he de ser llamada y tenida yo con razón por la «alfa» de todos los dioses, yo que sola a todos doy todas las cosas?

En primer lugar, ¿qué puede haber más dulce o más precioso que la vida misma? Pero ¿a quién se debe atribuir el comienzo de esta, sino a mí? Pues ni la lanza del «padre formidable» Palas, ni la égida de Júpiter «que amontona nubes» engendra o propaga el género humano; sino que el mismo padre de dioses y hombres, que con su gesto hace temblar todo el Olimpo, tiene que deponer aquel rayo trisulco, y aquel rostro titánico con el que, cuando le place, aterra a todos los dioses, y asumir plenamente a la manera de los actores una máscara ajena, si quiere hacer lo que hace siempre, es decir, «engendrar hijos». Y los estoicos se consideran muy próximos a los dioses. Pero dadme un estoico tres, cuatro veces, o si queréis, seiscientas veces: también a este le será preciso dejar la barba, insignia de la sabiduría, aunque la comparta con los machos cabríos, bajar al menos el entrecejo, alisar la frente, abandonar aquellos dogmas de diamante, decir tonterías y desvariar un poco; en suma, ese sabio tiene que llamarme, llamarme a mí, repito, si quiere ser padre. Y ¿por qué no hablaros más abiertamente a mi manera? Os pregunto: ¿acaso la cabeza, o el rostro, o el pecho, o la mano, o la oreja, partes que se consideran honestas, engendran dioses u hombres? No lo creo; sino aquella parte tan necia y tan ridícula que ni puede nombrarse sin risa, esa es la propagadora del género humano; esa es la fuente sagrada de la que todos beben la vida, más verdaderamente que de aquel cuaternario pitagórico. Vamos, ¿qué hombre, os ruego, querría meter la cabeza en el cabestro del matrimonio si, como suelen hacer los sabios, sopesara primero consigo los inconvenientes de esa vida? ¿O qué mujer admitiría un marido si conociera o pensara en los peligrosos trabajos del parto, en la molestia de la crianza? Además, si debéis la vida a los matrimonios, y los matrimonios a mi sirvienta «Insensatez», comprendéis qué me debéis a mí. Y luego, ¿qué mujer, habiendo experimentado esto una vez, querría repetirlo, si no estuviera presente el poder de «Olvido»? Ni la propia Venus, aunque Lucrecio lo niegue, negaría jamás que su fuerza es coja e inútil sin la ayuda de mi poder divino. Así que de aquel juego nuestro, ebrio y ridículo, provienen los filósofos altivos, en cuyo lugar ahora han sucedido los que el vulgo llama monjes, y los reyes purpúreos y los sacerdotes piadosos y los pontífices tres veces santísimos; y por último también toda aquella turba de dioses poéticos, tan numerosa que apenas ya la alberga el propio Olimpo, por espaciosísimo que sea.

Pero sería poca cosa que se me deba el semillero y la fuente de la vida, si no mostrara también que todo lo provechoso en toda la vida es asimismo enteramente don mío. Pues qué, esta vida ¿acaso parece merecer llamarse vida si le quitas el placer? Habéis aplaudido. Sabía yo que ninguno de vosotros es tan sabio, o mejor dicho tan insensato, o mejor aún tan sabio, que fuera de esa opinión. Aunque ni siquiera los estoicos desprecian el placer, aunque lo disimulan con celo y lo despedazan ante el vulgo con mil insultos, evidentemente para que, ahuyentados los demás, ellos lo disfruten con más libertad. Pero que me digan por Júpiter: ¿qué parte de la vida no es triste, no molesta, no desgraciada, no insípida, no fastidiosa, si no le añades el placer, es decir, el condimento de la locura? De esto bien puede ser testigo suficiente aquel nunca bastante alabado Sófocles, cuya hermosísima sentencia sobre nosotras permanece:

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