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Parte 10Frailes, predicadores y reyes

Elogio de la locura · Erasmo de Rotterdam · 14 min de lectura

A la felicidad de estos se aproximan mucho los que vulgarmente se llaman religiosos y monjes, siendo ambos nombres muy falsos, puesto que buena parte de ellos está lejos de la religión, y ningún otro grupo se ve más por todas partes. No veo qué podría ser más miserable para ellos, si yo no acudiese a socorrerlos de múltiples maneras. Porque aunque todo el mundo execra a esta clase de hombres, hasta el punto de que se considera de mal agüero incluso toparse con ellos por casualidad, ellos mismos se halagan magníficamente. Primero, consideran que es la cumbre de la piedad estar tan alejados de las letras que ni siquiera puedan leer. Luego, cuando en los templos braman con voces asnales sus salmos, contados pero no entendidos, creen entonces que están deleitando muchísimo los oídos de los santos. Y hay entre ellos algunos que venden muy caras su suciedad y su mendicidad, y reclaman pan a gritos junto a las puertas, más aún, no hay posada, carruaje ni barco donde no causen molestias, con no poco perjuicio para los demás mendigos. Y de esta manera estos hombres encantadores, con su suciedad, ignorancia, rusticidad e impudencia, nos representan (según dicen) a los apóstoles. ¿Qué hay más gracioso que el hecho de que lo hacen todo según una norma, como si usaran cálculos matemáticos, que sería un pecado transgredir? Cuántos nudos debe tener el zapato, de qué color el cinturón, de cuántas franjas debe variar la vestimenta, de qué material y de cuántos dedos de ancho el ceñidor, de qué forma y de cuántas fanegas de capacidad el capuchón, de cuántos dedos de ancho el cabello, cuántas horas hay que dormir. Pero esta igualdad en tan grande variedad de cuerpos y temperamentos, cuán desigual es, ¿quién no lo ve? Y sin embargo, con estas tonterías no solo desprecian a los demás, sino que además unos a otros se menosprecian mutuamente, y estos hombres que profesan la caridad apostólica, por llevar la vestimenta ceñida de otro modo, o por un color un poco más oscuro, lo revuelven todo con tremendos dramas. Entre ellos verás a algunos tan rígidamente religiosos que no usan en el exterior sino ropa de cilicio, pero en el interior de Mileto; otros al contrario, por fuera de lino, por dentro de lana; otros más, que temen el contacto del dinero como el acónito, pero que no se abstienen entretanto del vino ni del contacto con mujeres. En fin, todos ponen su empeño en que nada coincida en su modo de vida: y su propósito no es parecerse a Cristo, sino diferenciarse entre sí. Por otro lado, gran parte de su felicidad está en sus sobrenombres, pues unos se alegran de llamarse portadores de fuego, y entre estos unos se llaman Coletos, otros Menores; otros Mínimos; otros Bulistas. Luego estos, Benedictinos, aquellos Bernardinos; estos Brigidenses, aquellos Agustinos; estos Guillermitas, aquellos Jacobitas, como si no bastara con llamarse cristianos. La mayor parte de estos confía tanto en sus ceremonias y en las tradicioncillas humanas, que piensan que un solo cielo es escasa recompensa para méritos tan grandes, sin pensar que Cristo, despreciando todas estas cosas, ha de exigir aquel único precepto suyo, es decir, la caridad. Uno exhibirá una pecera repleta de toda clase de peces. Otro derramará cien fanegas de salmos. Otro contará miríadas de ayunos, y apuntará que el vientre, hinchado casi hasta reventar por una única comida, lo compensó tantas veces. Otro presentará tal montón de ceremonias que apenas podría transportarse en siete naves de carga. Otro se jactará de no haber tocado dinero en sesenta años, salvo con los dedos protegidos por doble guante. Otro mostrará un capuchón tan sucio y grasiento que ningún marinero lo dignaría usar. Otro recordará que ha vivido más de once lustros como una esponja, siempre pegado al mismo lugar. Otro traerá la voz enronquecida por el canto continuo, otro el letargo contraído en la soledad, otro la lengua entumecida por el silencio perpetuo. Pero Cristo, interrumpiendo estas jactancias que de otro modo nunca acabarían, dirá: «¿De dónde sale esta nueva clase de judíos? Reconozco una sola ley como verdaderamente mía, de la cual nada oigo. Y en otro tiempo, abiertamente y sin usar envoltorio de parábolas, prometí la herencia paterna, no por capuchones, rezos o ayunos, sino por obras de caridad. Ni reconozco a quienes reconocen demasiado sus propios méritos: los que quieren parecer más santos que yo misma, que ocupen, si gustan, los cielos de los Abraxasios, o que manden construir para ellos un cielo nuevo aquellos cuyas tradicioncillas antepusieron a mis preceptos». Cuando oigan esto y vean que se les prefieren marineros y carreteros, ¿con qué cara creéis que se mirarán unos a otros? Pero entretanto son felices con su esperanza, no sin mi beneficio. Y aunque estos estén apartados del gobierno de la república, nadie se atreve a despreciarlos, especialmente a los mendicantes, porque poseen todos los secretos de todos, de las confesiones, como las llaman: las cuales, sin embargo, tienen por sacrilegio revelar, salvo que alguna vez borrachos quieran entretenerse con fábulas más amenas, pero entonces indican el asunto solo con conjeturas, callando entretanto los nombres. Pero si alguien irrita a estos avispones, entonces se vengan bien en los sermones populares, y señalan oblicuamente al enemigo, pero de modo tan velado que todos lo entienden, excepto quien no entiende nada: y no cesan de ladrar hasta que les arrojes una torta a la boca. Vamos, ¿qué comediante, qué charlatán de plaza preferirías ver, antes que a estos pronunciando sus sermones, ridículos del todo, pero sin embargo muy deliciosos, imitando aquellas cosas que los rétores transmitieron acerca del arte de hablar? ¡Dios inmortal, cómo gesticulan, cómo cambian oportunamente la voz, cómo cantan, cómo se pavonean, cómo constantemente adoptan otras expresiones, cómo todo lo mezclan con gritos! Y este arte de predicar lo transmite de mano en mano el frailecillo al frailecillo como cosa arcana. Aunque a mí no me está permitido conocerlo, lo seguiré sin embargo en lo que pueda por conjeturas. En primer lugar invocan, cosa que tomaron prestada de los poetas: luego, yendo a hablar de la caridad, toman el exordio del Nilo, río de Egipto, o cuando van a narrar el misterio de la cruz, comienzan felizmente por Bel el dragón de Babilonia: o cuando van a disputar sobre el ayuno, hacen principio con los doce signos del zodíaco: o cuando van a hablar de la fe, se extienden largamente sobre la cuadratura del círculo. Yo misma oí a uno eminentemente estúpido, me equivoqué, quería decir docto, que, en un sermón muy concurrido iba a explicar el misterio de la divina Trinidad, y para exhibir su doctrina nada vulgar y satisfacer a los oídos teológicos, entró por un camino totalmente nuevo, es decir, a partir de las letras, las sílabas y la oración, luego de la concordancia del nombre y el verbo, del nombre adjetivo y el sustantivo, asombrándose ya la mayoría, y algunos murmurando para sí aquel verso de Horacio: «¿Adónde tienden estas tan pútridas cosas?». Por fin llegó al punto de mostrar que en los rudimentos de los gramáticos está expresado tan claramente el simulacro de toda la Trinidad, que ningún matemático podría dibujarlo con más evidencia en el polvo. Y en este sermón el santísimo teólogo aquel sudó durante ocho meses enteros, de modo que hoy está más ciego que un topo, habiendo desviado toda la agudeza de la vista a la punta del ingenio. Pero al hombre no le pesa la ceguera, y piensa que compró esa gloria a poco precio. Oímos también a otro de ochenta años, tan teólogo que en este creerías que ha renacido el propio Escoto. Este, explicando el misterio del nombre de Jesús, demostró con maravillosa sutileza que en las propias letras se oculta cuanto puede decirse de él. Pues el hecho de que se decline solo en tres casos, es simulacro manifiesto de la divina Trinidad. Luego que la primera voz Jesús termine en s, la segunda Jesum en m, la tercera Jesu en u, en esto se oculta un misterio inefable; es decir, que con tres letritas se indica que él es el sumo, el medio y el último. Quedaba un misterio aún más recóndito, con razón matemática. Jesús se divide así en dos partes iguales, de modo que quede en el medio la penthemímeres.

Luego enseñó que esa letra en hebreo es ש, que ellos llaman Syn; además syn en lengua de los escoceses, creo, suena pecado: y de aquí se declara abiertamente que Jesús es quien quita los pecados del mundo. Este exordio tan novedoso lo admiraron todos boquiabiertos, de tal modo que poco faltó para que les sucediera lo que en otro tiempo a Níobe, como casi me sucedió a mí misma lo que a aquel Príapo de madera de higuera, que para su gran desgracia presenció los sacrificios nocturnos de Canidia y Sagana. Y no sin razón ciertamente: pues ¿cuándo concibió semejante ataque aquel Demóstenes griego, o Cicerón latino? Aquellos consideraban vicioso un exordio que fuera ajeno al asunto: ¡como si no comenzaran de este modo también los zapateros, con la naturaleza evidentemente por maestra! Pero estos doctos consideran que su preámbulo (pues así lo llaman) solo entonces será excelentemente retórico, si no tiene nada en absoluto en común con el resto del argumento, de modo que el oyente entretanto, admirado, murmure para sí: «¿Adónde se arroja ahora este?». En tercer lugar, a modo de narración, interpretan algo del evangelio, pero de pasada y como de lado, cuando esto solo debía hacerse. En cuarto lugar, ya adoptando una nueva persona, plantean una cuestión teológica, muchas veces «que no toca ni tierra ni cielo». Y también esto consideran que pertenece al arte. Aquí por fin levantan la soberbia teológica, machacando a los oídos nombres magníficos: doctores solemnes, doctores sutiles, doctores sutilísimos, doctores seráficos, doctores querúbicos, doctores santos, doctores irrefragables. Luego ante el vulgo ignorante arrojan silogismos, mayores, menores, conclusiones, corolarios, suposiciones muy frías y niñerías más que escolásticas. Queda ya el quinto acto, en el cual conviene mostrarse consumado artista. Aquí me sacan a relucir alguna fábula estúpida e indocta, del Espejo historial creo, o de las Gestas de los romanos, y la interpretan alegórica, tropológica y anagógicamente. Y de este modo rematan su Quimera, tal como ni siquiera Horacio pudo alcanzar cuando escribió: «A una cabeza humana» etc. Pero oyeron a no sé quién que el comienzo del discurso debe ser tranquilo y nada clamoroso: y así comienzan de tal modo que ni ellos mismos oyen su propia voz, como si importara decir lo que nadie entiende. Oyeron que a veces hay que usar exclamaciones para excitar los afectos: así, hablando por lo demás de modo contenido, de repente alzan la voz con un clamor completamente furioso, incluso cuando no hay necesidad. Jurarías que al hombre le hace falta eléboro, como si no importara nada dónde gritas. Además, puesto que oyeron que conviene que el discurso se caliente en su progreso, en cada una de las partes, recitados de cualquier modo los comienzos, pronto usan una maravillosa intensidad de voz, aunque el asunto sea muy frío, y así por fin terminan, de modo que creerías que les falta el aliento. Por último aprendieron que en los rétores se hace mención de la risa, y por eso ellos también se esfuerzan en esparcir algunas bromas, ¡oh amada Afrodita!, tan llenas de gracia, tan oportunas, que verdaderamente dirías que es «un asno junto a la lira». Muerden también algunas veces, pero de modo que más cosquillean que hieren. Y nunca adulan más verdaderamente que cuando parecen esforzarse al máximo en usar la franqueza. Por último, toda la actuación es de tal índole, que jurarías que aprendieron de los charlatanes del foro, por quienes son de lejos superados. Aunque ambos se parecen tanto los unos a los otros, que nadie dudará que o estos aprendieron de aquellos, o aquellos de estos su retórica. Y sin embargo encuentran también estos, por mi obra ciertamente, quienes, cuando los oyen, piensan que están oyendo a Demóstenes y Cicerones puros. De esta clase son principalmente los mercaderes y las mujercillas: a cuyos oídos se esfuerzan especialmente por agradar, porque aquellos suelen impartir alguna porcioncilla del botín de bienes mal habidos, si han sido convenientemente acariciados: ellas porque cuando por muchas otras razones favorecen a esta orden, sobre todo porque suelen descargar en sus senos si algo les irrita de sus maridos. Veis, creo, cuánto me debe esta clase de hombres, que con ceremonias, tonterías ridículas y gritos ejercen cierta tiranía entre los mortales, y se creen Pablos y Antonios.

Pero yo abandono gustosa a estos histriones, tan ingratos disimuladores de mis beneficios como deshonestos fingidores de piedad. Hace ya tiempo que me apetece tocar algo de los reyes y príncipes de corte, por quienes soy honrada con sencillez, y, como es digno, con franqueza por parte de hombres libres. Los cuales, si tuvieran media onza de seso, ¿qué vida habría más triste que la de ellos o igualmente digna de evitar? Pues nadie estimará que el imperio debe conquistarse ni siquiera con perjurio o parricidio, quien pondere consigo cuán enorme carga sostiene sobre sus hombros el que quiera actuar verdaderamente como príncipe: que quien ha asumido el timón del Estado, se ocupa de un negocio público no privado; que no debe pensar sino en las conveniencias públicas; que no debe apartarse ni un dedo de las leyes, de las cuales él mismo es autor y ejecutor; que debe responder de la integridad de todos los oficiales y magistrados; que él solo está expuesto a los ojos de todos, pudiendo, como astro salutífero, con la inocencia de sus costumbres aportar la mayor salud a las cosas humanas, o como cometa letal, traer la suma ruina; que los vicios de los demás ni se sienten de igual modo, ni se propagan tan ampliamente; que el príncipe está en tal posición que, si se desvía aunque sea levemente de lo honesto, inmediatamente se arrastra grave peste de vida hacia muchísimos hombres; además, que como la fortuna de los príncipes trae consigo muchas cosas que suelen desviar de lo recto, como las delicias, la libertad, la adulación, el lujo, por esto hay que esforzarse más intensamente y velar más solícitamente, para no faltar en el deber por hallarse engañado; por último, para omitir las insidias, odios y demás peligros o temores que amenazan la cabeza, que se cierne sobre él aquel verdadero rey, que poco después ha de exigirle cuenta incluso de la más mínima falta, y esto tanto más severamente cuanto más excelso fue el imperio que ejerció. Estas cosas, digo, y muchísimas más de este tipo, si el príncipe las ponderara consigo, las ponderara si fuera sabio, este ni dormiría ni comería con agrado, creo. Pero ahora, por mi favor, dejan todas estas preocupaciones a los dioses, se cuidan a sí mismos cómodamente, y no admiten al oído a nadie sino al que sepa hablar cosas agradables, para que no surja ninguna inquietud en el ánimo. Creen haber cumplido perfectamente todas las funciones de príncipe, si cazan asiduamente, si alimentan hermosos caballos, si venden magistraturas y prefecturas en su provecho, si cada día se inventan nuevas tretas por las cuales disminuir las riquezas de los ciudadanos y convertirlas en su fisco, pero esto con títulos oportunamente inventados, para que, aunque sea muy inicuo, presente al menos alguna apariencia de equidad. Añaden a propósito algo de adulación, para ganarse de algún modo los ánimos del pueblo. Imaginadme ahora, como son algunos a veces, a un hombre ignorante de las leyes, casi enemigo de las conveniencias públicas, atento a las comodidades privadas, entregado a los placeres, que odia la erudición, odia la libertad y la verdad, que piensa en cualquier cosa menos en la salud de la república, sino que todo lo mide por su antojo y sus conveniencias: luego añadid a este un collar de oro, que indica el consenso coherente de todas las virtudes; luego una corona adornada con gemas, que ciertamente debe recordarle que debe sobresalir por encima de los demás en todas las virtudes heroicas; además el cetro, símbolo de la justicia y del pecho en todo incorrupto; por último la púrpura, indicio de un singular amor a la república: si el príncipe comparara estas insignias con su vida, verdaderamente creo que se avergonzaría de su ornato, y temería que algún intérprete burlón convierta todo este atuendo trágico en risa y burla.

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