Parte 13La locura cristiana, la más alta de todas
Y para no perseguir lo que es infinito y decirlo todo de manera resumida: parece evidente que la religión cristiana tiene cierto parentesco con alguna clase de necedad, y en absoluto concuerda con la sabiduría. Si queréis pruebas de esto, observad en primer lugar que los niños, los viejos, las mujeres y los tontos gozan con las cosas sagradas y religiosas más que nadie, y por ello están siempre muy cerca de los altares, movidos sin duda tan solo por un impulso natural. Además veis que los primeros fundadores de la religión abrazaron maravillosamente la sencillez y fueron enconados enemigos de las letras. Por último, ningún imbécil parece desvariar más que aquellos a quienes el ardor de la piedad cristiana ha poseído por completo: hasta tal punto derrochan lo suyo, no hacen caso de las injurias, se dejan engañar, no establecen ninguna diferencia entre amigos y enemigos, tienen horror al placer, se sacian de ayunos, vigilias, lágrimas, trabajos y humillaciones, desprecian la vida, desean únicamente la muerte; en resumen, parecen totalmente embotados para todo sentido común, como si su espíritu viviera en otra parte y no en su propio cuerpo. ¿Y qué es esto sino estar loco? Por eso no debe parecer raro que los apóstoles parecieran ebrios de vino nuevo, ni que Pablo pareciera loco al juez Festo. Pero ya que una vez me he puesto la piel de león, vamos, demostremos también que esa felicidad de los cristianos que ellos persiguen con tantos trabajos no es otra cosa que cierto género de locura y necedad: no haya ofensa por las palabras, considerad más bien el asunto en sí. Pues bien, en primer lugar los cristianos coinciden casi por completo con los platónicos en que el alma está sumergida y atada a las cadenas del cuerpo, y su espesura le impide contemplar y gozar de las cosas verdaderas. Por eso Platón define la filosofía como una meditación de la muerte, porque aparta la mente de las cosas visibles y corporales, exactamente lo mismo que hace la muerte. Así pues, mientras el alma usa bien de los órganos del cuerpo, entonces se la llama sana; pero cuando, rotas ya sus cadenas, intenta liberarse e intenta, por así decir, huir de esa prisión, entonces la llaman locura. Si esto ocurre casualmente por enfermedad o defecto de los órganos, todos reconocen que se trata sin duda de demencia. Y sin embargo vemos que este género de hombres predicen el futuro, conocen lenguas y letras que nunca antes aprendieron, y en suma muestran algo divino. Y no hay duda de que esto sucede porque la mente, un poco más libre del contagio del cuerpo, empieza a ejercer su fuerza nativa. Creo que la misma causa explica por qué suele ocurrir algo parecido a quienes padecen agonía próxima a la muerte, de manera que hablan, como inspirados, cosas prodigiosas. Pero si esto ocurre por celo de piedad, quizá no sea el mismo género de locura, pero es tan afín que la mayor parte de los hombres juzga que es pura demencia, sobre todo cuando unos pocos hombrecillos disienten durante toda su vida del conjunto entero de los mortales. Así que suele ocurrirles lo que, según la ficción platónica, creo que les pasa a los que están encadenados en la cueva y admiran las sombras de las cosas, y a aquel fugitivo que, vuelto a la caverna, proclama haber visto las cosas verdaderas, que aquellos se equivocan mucho al creer que no existe nada más que miserables sombras. Y es que este sabio compadece y deplora la locura de aquellos, por estar poseídos de tan grande error. Ellos, a su vez, se ríen de él como de un demente y lo echan. De la misma manera el vulgo de los hombres admira sobre todo las cosas más corporales, y piensa que estas son casi las únicas que existen. Por el contrario, los piadosos, cuanto más se acerca algo al cuerpo, más lo desdeñan, y son arrebatados por completo a la contemplación de las cosas invisibles. Porque aquellos atribuyen la primacía a las riquezas, el segundo lugar a las comodidades del cuerpo, y reservan el último para el alma; al que, sin embargo, la mayoría ni siquiera cree que exista, porque no se ve con los ojos. Los otros, al revés, se concentran primero en el propio Dios, el más simple de todos los seres; en segundo lugar, y sin embargo en esto, en lo que más se acerca a Él, es decir el alma: descuidan el cuidado del cuerpo, desprecian totalmente el dinero como cáscaras y huyen de él. Y si se ven obligados a tratar con cosas de este tipo, lo hacen de mala gana y con fastidio: poseen como si no poseyeran, tienen como si no tuvieran. Hay también en cada cosa muchos grados que difieren mucho entre estos. En primer lugar, aunque todos los sentidos guardan parentesco con el cuerpo, algunos de ellos son más groseros, como el tacto, el oído, la vista, el olfato, el gusto; otros están más alejados del cuerpo, como la memoria, el entendimiento, la voluntad. Por tanto, allí donde el alma concentra su fuerza, allí vale. Los piadosos, puesto que toda la fuerza del alma tiende hacia las cosas más alejadas de los sentidos más groseros, en estos quedan como embrutecidos y embotados. Por el contrario, el vulgo vale muchísimo en estos, y muy poco en aquellos. De ahí que oigamos que a algunos varones santos les ha ocurrido beber aceite en lugar de vino. Igualmente, entre los afectos del alma, algunos tienen más comercio con el cuerpo pesado, como la lujuria, el apetito de comida y de sueño, la ira, la soberbia, la envidia. Con estos los piadosos mantienen una guerra irreconciliable; el vulgo, en cambio, piensa que sin ellos no hay vida. Después hay algunos afectos intermedios, como si fueran naturales, como el amor al padre, el cariño hacia los hijos, hacia los padres, hacia los amigos. A estos el vulgo les otorga cierto valor. Pero aquellos se esfuerzan por arrancarlos también del alma, salvo en cuanto se eleven hacia la parte suprema del espíritu, de manera que ya amen al padre no como padre (pues ¿qué engendró sino el cuerpo? aunque aun esto se debe a Dios padre), sino como varón bueno y en quien brilla la imagen de aquella mente suprema, a la que llaman único bien supremo, fuera del cual predican que nada debe ser amado ni deseado. Con esta misma regla miden igualmente todos los demás deberes de la vida, de modo que en todas partes hacen menos caso de lo que es visible, si no es que deba despreciarse totalmente, que de aquellas cosas que no pueden verse. Dicen además que también en los sacramentos y en los propios actos de piedad se encuentran cuerpo y espíritu. Por ejemplo, en el ayuno no dan gran importancia a que alguien solo se abstenga de la carne y de la cena, lo que el vulgo considera que es un ayuno completo, a no ser que al mismo tiempo reduzca algo los afectos, para permitir menos ira de lo acostumbrado, menos soberbia: a fin de que el espíritu, como menos cargado ya por la masa corporal, se eleve hacia la degustación y el goce de los bienes celestiales. Similarmente también en la misa, aunque no hay que despreciar, dicen, lo que se celebra con ceremonias, sin embargo eso por sí solo o es poco provechoso o incluso pernicioso, a no ser que se añada lo que es espiritual, es decir, lo que es representado por aquellos signos visibles. Pues bien, se representa la muerte de Cristo, la cual los mortales deben expresar domando, extinguiendo y como sepultando los afectos del cuerpo, para que resuciten a la novedad de la vida y para que puedan hacerse uno con Él, y uno también entre sí. Esto, pues, hace y medita el piadoso. Por el contrario, el vulgo cree que el sacrificio no es otra cosa que estar presente en los altares, y eso bien cerca, oír el estrépito de las voces y presenciar otras ceremonias de este género. Y no solo en estas cosas que hemos propuesto únicamente a modo de ejemplo, sino sencillamente en toda la vida, el piadoso huye de lo que es afín al cuerpo y es arrebatado hacia lo eterno, lo invisible, lo espiritual. Por eso, como hay entre estos y aquellos una disensión suma sobre todas las cosas, ocurre que a unos y otros les parece que los otros están locos. Aunque este calificativo encaja más rectamente en los piadosos que en el vulgo, al menos en mi opinión.
Esto quedará más claro si, como he prometido, demuestro en pocas palabras que aquel premio supremo no es otra cosa que una cierta locura. En primer lugar, considerad que Platón ya soñaba algo semejante cuando escribió que el furor de los amantes es el más feliz de todos. Porque quien ama con vehemencia ya no vive en sí, sino en lo que ama, y cuanto más lejos se aparta de sí mismo y emigra hacia aquello, tanto más goza. Y cuando el alma intenta peregrinar fuera del cuerpo y no usa bien de sus órganos, eso sin duda lo llamarías con razón furor. De otro modo, ¿qué significan esas expresiones que también vulgarmente dicen: «No está en sí», y «Vuelve en ti», y «Ha vuelto en sí»? Pues bien, cuanto más perfecto es el amor, tanto mayor y más feliz es el furor. ¿Cuál será, pues, aquella vida celestial a la que las almas piadosas suspiran con tanto celo? Sin duda el espíritu absorberá al cuerpo, como vencedor y más fuerte. Y esto lo hará más fácilmente, en parte porque ya está como en su propio reino, en parte porque ya en vida purificó y adelgazó el cuerpo para esta transformación; después el espíritu será maravillosamente absorbido por aquella mente suma, por ser infinitas veces más poderosa: de manera que el hombre entero estará fuera de sí, y no será feliz sino porque, puesto fuera de sí, sufrirá algo inefable de aquel bien supremo, que atrae hacia sí todas las cosas. Y aunque esta felicidad se da perfecta solo cuando las almas, recobrados sus cuerpos primeros, sean dotadas de inmortalidad, sin embargo, como la vida de los piadosos no es otra cosa que meditación y cierta sombra de aquella vida, ocurre que a veces sienten algún gusto o ardor también de aquel premio. Y aunque esto es una gotita minúscula en comparación con aquella fuente de felicidad eterna, sin embargo supera con mucho todas las voluptuosidades del cuerpo, aunque se juntaran en una todas las delicias de todos los mortales; hasta tal punto superan lo espiritual a lo corporal, lo invisible a lo visible. Esto es sin duda lo que promete el profeta: «El ojo no vio, ni el oído oyó, ni subió al corazón del hombre lo que Dios preparó para los que lo aman». Y esta es la parte de la Locura que no se quita con el cambio de vida, sino que se perfecciona. Así pues, aquellos a quienes les es dado sentir esto (ocurre a muy pocos) sufren algo muy semejante a la demencia; dicen cosas no muy coherentes, y no según la costumbre humana, sino que emiten sonidos sin sentido; después cambian una y otra vez toda la expresión del rostro, ya alegres, ya abatidos, ya lloran, ya ríen, ya suspiran, en suma, están de verdad totalmente fuera de sí. Luego, cuando vuelven en sí, niegan saber dónde estuvieron, si en el cuerpo o fuera del cuerpo, despiertos o durmiendo; qué oyeron, qué vieron, qué dijeron, qué hicieron, no lo recuerdan, sino como a través de niebla y sueño; solo saben esto, que fueron felicísimos mientras así desvarían. De modo que lloran por haber vuelto a la cordura, y nada de todo preferirían más que seguir locos perpetuamente con este género de locura. Y esto es una tenue degustación de la felicidad futura.
Pero hace ya rato que, olvidada de mí misma, salto más allá de la raya. Aunque si algo demasiado atrevido o parlanchín os pareciere que he dicho, pensad que ha hablado la Necedad, y una mujer. Pero entretanto recordad también aquel proverbio griego: «Muchas veces también el necio dijo algo oportuno», a no ser que penséis que esto no atañe a las mujeres. Veo que esperáis un epílogo; pero desvaríais demasiado si acaso creéis que aún recuerdo lo que he dicho, después de haber derramado semejante fárrago de palabras. Es vieja aquella: «Odio al compañero de bebida que tiene memoria». Esta es nueva: «Odio al oyente que tiene memoria». Por tanto, adiós, aplaudid, vivid, bebed, celebérrimos iniciados de la Locura.
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