Parte 4La amistad, el matrimonio y el amor propio
Pero habrá tal vez quienes desdeñen también este tipo de placer y encuentren su descanso en el cariño y la compañía de los amigos, proclamando a voz en grito que la amistad debe anteponerse a todas las cosas, porque es tan necesaria como el aire, el fuego o el agua; tan agradable, por otra parte, que quien la quite de en medio habrá quitado el sol; y finalmente tan honesta —si es que esto tiene algo que ver con el asunto— que hasta los propios filósofos no temen contarla entre los bienes principales. Pero ¿qué pasa si os demuestro que yo soy también la popa y la proa de este bien tan grande? Y lo demostraré no con crocodilos, sorites cornudos ni otras sutilezas dialécticas de ese estilo, sino con la tosca Minerva, como se dice, señalando la cosa casi con el dedo. Vamos a ver: pasar por alto, resbalar, estar ciego, engañarse respecto a los defectos de los amigos, amar e incluso admirar algunos vicios notorios como si fuesen virtudes, ¿no os parece que linda con la locura? ¿Y qué me decís cuando uno besuquea el lunar de su amada, cuando a otro le encanta el pólipo de Agne, cuando el padre llama «bizquillo» al hijo estrábico? ¿Qué es esto, repito, sino pura locura? Que griten tres y cuatro veces que es locura: y sin embargo, esta sola locura une a los amigos y los mantiene unidos. Hablo de los mortales, pues ninguno nace sin defectos; el mejor es quien está agobiado por los menores. Mientras tanto, entre esos sabios que se tienen por dioses, o bien la amistad no cuaja en absoluto, o se establece una cierta relación hosca y desagradable, y eso solo con poquísimas personas (pues decir que con ninguna me da escrúpulo), porque la mayor parte de los hombres delira, o mejor dicho, no hay nadie que no delire de muchas maneras, y solo entre semejantes se establece vínculos estrechos. Y si alguna vez surge afecto mutuo entre estos severos personajes, desde luego no será en absoluto estable ni muy duradero, dada su condición huraña y sus ojos más que suficientemente perspicaces, que ven tan agudamente los defectos de sus amigos como el águila o la serpiente de Epidauro. Pero ¡qué legañosos están para sus propios vicios, y qué ciegos para el zurrón que cuelga a sus espaldas! Así que, siendo la naturaleza humana tal que no se encuentra ingenio alguno que no esté sujeto a grandes defectos; añadid a esto tanta diferencia de edades y de aficiones, tantos tropiezos, tantos errores, tantos azares de la vida mortal: ¿cómo podrá mantenerse siquiera una hora el placer de la amistad entre esos Argos, si no interviene aquello que los griegos llaman maravillosamente «simplicidad», que podéis traducir tanto por locura como por afabilidad de costumbres? ¿Y qué más? Ese Cupido, autor y padre de todo vínculo, ¿no está completamente ciego? Y así como para él «lo bello parece bello», del mismo modo hace también entre vosotros que a cada cual lo suyo le parezca hermoso, que el viejo ame a la vieja, que el feo ame a la fea. Estas cosas suceden por doquier y provocan risa, pero estos ridículos unen y cimentan la agradable sociedad de la vida.
Y lo que se ha dicho de la amistad, debe entenderse con mucha más razón respecto al matrimonio, que no es sino una unión indivisible de la vida. ¡Dios inmortal, cuántos divorcios, o cosas peores que divorcios, ocurrirían por todas partes si la convivencia doméstica entre marido y mujer no se sostuviera y alimentara gracias a la adulación, la broma, la condescendencia, el error, el disimulo, mi séquito al fin y al cabo! ¡Cielos! ¡Qué pocos matrimonios se celebrarían si el novio indagara prudentemente qué juegos ha jugado mucho antes de las bodas aquella doncellita delicada y pudorosa, según parece! Y luego, ¡cuántos menos durarían una vez contraídos, si la mayoría de las acciones de las esposas no quedaran ocultas por la negligencia o la estupidez del marido! Y esto, ciertamente, se atribuye con razón a la locura; pero ella entretanto consigue que la esposa sea agradable al marido, el marido a la esposa, que la casa esté tranquila, que el parentesco se mantenga. Se le ríe, se le llama cornudo, cabrón y qué sé yo cuántas cosas más, cuando sorbe con sus labios las lágrimas de la adúltera. Pero ¡cuánto más feliz es equivocarse así, que atormentarse con el celo de la vigilancia y revolverlo todo con tragedias!
En suma, ninguna sociedad, ninguna unión de la vida puede ser agradable o estable sin mí, hasta el punto de que ni el pueblo soporta al príncipe, ni el amo al esclavo, ni la criada a su señora, ni el maestro al discípulo, ni el amigo al amigo, ni la esposa al marido, ni el arrendador al arrendatario, ni el compañero de alojamiento a su compañero, ni el conviviente a su conviviente por mucho tiempo, si no se equivocan mutuamente, si no se adulan, si no cierran los ojos con prudencia, si no se endulzan con alguna miel de locura. Ya sé que esto os parece lo máximo; pero escucharéis cosas mayores.
Dime, por favor: ¿acaso amará alguien a otro quien se odie a sí mismo? ¿Concordará con otro quien discrepa consigo mismo? ¿Dará placer a alguien quien es gravoso y molesto para sí mismo? Creo que nadie dirá que sí, a menos que sea más loco que la locura misma. Pues bien, si me excluís, nadie podrá soportar a otro hasta el punto de que cada uno apestará para sí mismo, sus cosas le darán asco, cada cual se será odioso. Porque la naturaleza, madrastra más que madre en no pocas cosas, sembró este mal en el espíritu de los mortales, especialmente en los algo más cuerdos: que cada uno se arrepienta de sí mismo y admire lo ajeno. De donde resulta que todas las dotes, toda la elegancia y belleza de la vida se corrompen y perecen. Pues ¿de qué sirve la belleza, don principalísimo de los dioses inmortales, si se contamina con el defecto del asco? ¿De qué sirve la juventud, si se corrompe con el fermento de la tristeza senil? En fin, ¿qué vas a hacer con decoro en cualquier función de la vida, sea contigo mismo o ante otros (pues no solo del arte, sino de toda acción, lo principal es que hagas con decoro lo que haces), si no te asiste esta diestra Filautia, que con razón hace para mí las veces de hermana, tan esforzadamente representa en todas partes mi papel? Pues ¿qué hay tan loco como complacerse uno a sí mismo? ¿Admirarse a sí mismo? Pero a la inversa, ¿qué habrá de gracioso, de atractivo, qué no será indecoroso de cuanto hagas si te desagradas a ti mismo? Quita este condimento de la vida, y al punto se enfriará el orador con su discurso, el músico no agradará a nadie con sus melodías, el actor será silbado con sus gestos, el poeta será ridiculizado junto con sus Musas, el pintor resultará sórdido con su arte, el médico morirá de hambre con sus remedios. Por último, parecerás Tersites en vez de Nireo, Néstor en vez de Faón, un cerdo en vez de Minerva, un niño balbuciente en vez de un elocuente, un rústico en vez de un hombre urbano. Hasta tal punto es necesario que cada uno se halague a sí mismo y se recomiende a sí mismo con alguna lisonjita antes de poder ser recomendado a los demás. Finalmente, puesto que la parte principal de la felicidad es querer ser lo que eres, ciertamente mi Filautia proporciona todo esto de golpe: que a nadie le pese su forma, a nadie su ingenio, a nadie su linaje, a nadie su lugar, a nadie su educación, a nadie su patria, hasta el punto de que ni el irlandés querría cambiarse con el italiano, ni el tracio con el ateniense, ni el escita con las islas afortunadas. ¡Oh, singular solicitud de la naturaleza, que en tanta variedad de cosas lo igualó todo! Donde restó algo de sus dones, allí suele añadir un poco más de amor propio; aunque esto mismo lo he dicho neciamente, desde luego, pues esto mismo es la mayor de las dotes.
Por no decir entretanto que ninguna hazaña egregia se acomete sino por mi impulso, que ningún arte egregio ha sido descubierto sino bajo mi inspiración. ¿Acaso no es la guerra la semilla y la fuente de todas las hazañas alabadas? Ahora bien, ¿qué hay más necio que emprender semejante contienda por no sé qué causas, de la que ambas partes siempre sacan más perjuicio que provecho? Pues de los que caen, como los megarenses, «ninguna mención». Y luego, cuando ya han quedado formadas a uno y otro lado las líneas acorazadas y han resonado las trompas con su ronco canto, ¿de qué sirven, pregunto, esos sabios vuestros, agotados por los estudios, que apenas respiran con sangre escasa y fría? Hacen falta hombres gruesos y gordos, en los que haya cuanta más audacia mejor, y cuanta menos mente mejor. A menos que alguien prefiera un soldado como Demóstenes, quien, siguiendo el consejo de Arquíloco, apenas vio a los enemigos arrojó el escudo y huyó, tan cobarde como soldado cuanto sabio como orador. Pero el consejo, dicen, tiene muchísima importancia en las guerras. En efecto, lo reconozco, en el jefe; pero ese es consejo militar, no filosófico; por lo demás, tan preclara empresa se lleva a cabo con parásitos, alcahuetes, bandidos, sicarios, campesinos, idiotas, endeudados y la hez de los mortales de esa calaña, no con filósofos de candil.
Hasta qué punto son inútiles estos para todo uso de la vida puede servir de ejemplo el mismo Sócrates, único sabio según el oráculo de Apolo, pero juzgado no muy sabiamente, que cuando intentó actuar en público se retiró con gran risa de todos. Aunque este hombre en esto no delira del todo, pues no acepta el sobrenombre de sabio y se lo devuelve al propio dios, y porque opina que el sabio debe abstenerse de manejar los asuntos públicos, salvo que más bien debió advertir que debe abstenerse de la sabiduría quien quiera contarse en el número de los hombres. Por otra parte, ¿qué lo llevó, acusado, a beber la cicuta, sino la sabiduría? Pues mientras filosofa sobre las nubes y las ideas, mientras mide las patas de una pulga, mientras se maravilla de la voz de los mosquitos, no aprendió lo que atañe a la vida común. Pero asiste a su maestro, en peligro de muerte, el discípulo Platón; egregius defensor, sin duda, que, ofendido por el ruido de la multitud, apenas pudo pronunciar aquella media frase. ¿Y qué diré de Teofrasto? Que habiendo salido a pronunciar un discurso, de repente enmudeció, como si hubiera visto un lobo. ¿Que podría haber animado a un soldado en la guerra? Isócrates, por la timidez de su carácter, jamás se atrevió a abrir la boca. Marco Tulio, padre de la elocuencia romana, acostumbraba a comenzar siempre con un temblor indecoroso, sollozando como un niño; y Fabio interpreta esto como prueba de un orador prudente y consciente del peligro. Pero cuando dice esto, ¿no está confesando abiertamente que la sabiduría estorba para llevar bien un asunto? ¿Qué harían estos cuando hay que dirimir las cosas con el hierro, si se quedan sin aliento de miedo cuando hay que luchar con palabras desnudas? Y después de esto se celebra, si place a los dioses, aquella preclara sentencia de Platón: que las repúblicas serán felices si gobiernan los filósofos o si los emperadores filosofan. Pues bien, si consultas a los historiadores, descubrirás sin duda que ningún príncipe fue más pestilente para la república que cuando el poder cayó en manos de algún filastro o de alguien adicto a las letras. De lo cual dan suficiente testimonio, creo, los Catones: uno de ellos perturbó la tranquilidad de la república con delaciones insensatas, el otro, mientras defiende demasiado sabiamente la libertad del pueblo romano, la subvirtió desde los cimientos. Añade a estos a los Brutos, los Casios, los Gracos, y al mismo Cicerón, que no fue menos pestilente para la república de los romanos que Demóstenes para la de los atenienses. Por otra parte, Marco Antonino, aunque le concedamos que fue buen emperador (pues esto mismo podría arrebatárselo; fue precisamente por este motivo gravoso y odioso a los ciudadanos, porque era tan filósofo. Pero aunque le concedamos que fue bueno), ciertamente fue más pestilente para la república por haber dejado tal hijo, que lo que había sido saludable con su administración. Porque esta clase de hombres que se dedican al estudio de la sabiduría suelen ser desgraciados en todas las cosas, pero principalmente en la procreación de hijos, proveyendo la naturaleza, creo, para que este mal de la sabiduría no se extienda más ampliamente entre los mortales. Así consta que Cicerón tuvo un hijo degenerado, y el sabio Sócrates tuvo hijos más parecidos a la madre que al padre, como escribió no del todo malamente alguien, es decir, necios.
Pero de algún modo sería soportable si solo fueran «asnos ante la lira» para los cargos públicos, si no fueran igualmente torpes para toda función de la vida. Invita a un sabio a un banquete: o lo perturbará todo con su triste silencio o con molestas cuestioncillas. Convócalo a una danza, dirás que es un camello bailando. Llévalo a los juegos públicos, con su mera cara estorbará el placer del pueblo, y el sabio Catón se verá obligado a abandonar el teatro, puesto que no puede quitarse el ceño. Que caiga en una conversación, de repente el lobo en la fábula. Si hay que comprar algo, si hay que contratar, en fin, si hay que hacer algo de esas cosas sin las cuales no puede desenvolverse esta vida cotidiana, dirás que ese sabio es un tronco, no un hombre: hasta tal punto no puede ser de provecho alguno ni para sí, ni para su patria, ni para los suyos, porque ignora las cosas comunes y discrepa en largo y ancho de la opinión popular y de las costumbres vulgares. Por esta razón es inevitable que se gane el odio, precisamente por tanta diferencia de vida y de ánimos. Pues ¿qué se hace entre los mortales que no esté lleno de locura, y se haga por locos y ante locos? Si alguien solo quiere oponerse a todos, le aconsejaría yo que, imitando a Timón, emigre a alguna soledad y allí, solo, disfrute de su sabiduría. Pero para volver a lo que había empezado: ¿qué fuerza reunió en ciudad a aquellos hombres pétreos, de roble y agrestes, sino la adulación? Pues no significa otra cosa aquella cítara de Anfión y de Orfeo. ¿Qué cosa devolvió a la concordia de la ciudad a la plebe romana cuando ya maquinaba extremidades? ¿Acaso un discurso filosófico? En absoluto. Sino una ridícula y pueril fábula inventada sobre el vientre y los demás miembros del cuerpo. Lo mismo valió la fábula semejante de Temístocles sobre la zorra y el erizo. ¿Qué discurso de sabio hubiera podido tanto como aquella inventada cierva de Sertorio, como aquel ridículo invento del laconio sobre los dos perros y sobre los pelos arrancados de la cola del caballo? Por no decir nada de Minos y de Numa, quienes ambos gobernaron a la necia multitud con invenciones fabulosas. Con bagatelas de esta clase se conmueve aquella bestia inmensa y poderosa, el pueblo.
Pero a la inversa, ¿qué ciudad acogió jamás las leyes de Platón o de Aristóteles, o los dogmas de Sócrates? Pero entonces ¿qué cosa persuadió a los Decios a consagrarse espontáneamente a los dioses manes? ¿Qué arrastró a Quinto Curcio a la sima, sino la vana gloria, dulcísima sirena, pero curiosamente condenada por esos sabios? Pues ¿qué hay más necio, dicen, que adular al pueblo como candidato suplicante, comprar el favor con regalos, cazar los aplausos de tantos necios, complacerse en las aclamaciones, ser llevado en triunfo como un estandarte para que el pueblo lo contemple, tener una estatua de bronce en el foro? Añade a esto las adopciones de nombres y apellidos. Añade los honores divinos tributados a un hombrecillo, añade a los tiranos más criminales elevados a dioses con ceremonias públicas. Estas cosas son necísimas, y para reírse de ellas no bastaría un solo Demócrito: ¿quién lo niega? Pero de esta fuente nacieron las hazañas de los valientes héroes que los escritos de tantos varones elocuentes elevan hasta el cielo. Esta locura engendra ciudades, con ella se sostienen los imperios, las magistraturas, la religión, los consejos, los tribunales; ni es otra cosa la vida humana que un cierto juego de la locura.
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