Parte 8Los beneficios universales de la Locura
Además, ningún bien se disfruta con gusto sin compañía. Y ¿quién no sabe lo escasos que son los sabios, si es que se encuentra alguno? Aunque en tantos siglos los griegos cuentan apenas siete, y te juro que si alguien los examinara con más cuidado, que me muera si encuentra uno siquiera medio sabio, o incluso la tercera parte de un hombre sabio. Pues bien, entre las muchas alabanzas de Baco se cuenta como la principal que lava las preocupaciones del alma, y eso solo por un breve lapso (pues en cuanto has dormido la borrachera, al instante, como suele decirse, vuelven las angustias a cuatro caballos blancos): ¡cuánto más pleno y más inmediato es mi beneficio, yo que lleno la mente con una especie de embriaguez perpetua de alegrías, delicias y jolgorios, y eso sin esfuerzo alguno! Y a ningún mortal dejo sin mi don, mientras que los dones de los demás dioses tocan a unos y a otros de modo distinto. No en todas partes nace el vino generoso y suave «que aleja las penas, que permanece con rica esperanza». A pocos les toca la gracia de la belleza, don de Venus; a menos aún la elocuencia, don de Mercurio. No a tantos les corresponden las riquezas, si Hércules les es favorable. El imperio no lo concede a cualquiera Júpiter el homérico. A menudo Marte no favorece a ninguno de los dos bandos. Muchos regresan tristes del trípode de Apolo. A veces fulmina el Saturnio. Febo en ocasiones envía con sus flechas la peste. Neptuno extingue a más de los que salva. Y paso por alto a esos tales Vejovis, Plutones, Átes, Castigos, Fiebres y otros de ese género, no dioses sino verdugos. Yo soy la única, yo, la Locura, que a todos por igual abrazo con tan generosa beneficencia.
No hago esperar los votos, no me irrito ni exijo purificaciones si alguna ceremonia se ha omitido. Tampoco revuelvo cielo y tierra si alguien, tras invitar a los demás dioses, me deja en casa y no me admite a ese tufo de las víctimas. Pues los otros dioses son tan quisquillosos en esto que casi da más trabajo, e incluso es más seguro, despreciarlos que venerarlos: igual que hay también hombres tan difíciles y tan proclives a la ofensa, que más vale tenerlos como absolutos extraños que como conocidos. Pero, dirá alguien, nadie sacrifica a la Locura ni le ha erigido templo. Ciertamente me extraña un poco, como ya dije, esta ingratitud. Pero yo, con mi manera de ser condescendiente, lo tomo a bien, aunque en realidad ni siquiera puedo echar de menos esas cosas. Pues ¿para qué iba a querer incienso, torta, cabra o cerdo, cuando todos los mortales en todas partes me rinden ese culto que incluso los teólogos aprueban más? ¿O es que acaso debo envidiar a Diana porque se le ofician sacrificios con sangre humana? Yo me considero venerada religiosísimamente cuando todos, como de hecho hacen, me acogen en su alma, me expresan en sus costumbres, me representan en su vida. Este culto a los dioses santos no es, por cierto, demasiado frecuente ni siquiera entre los cristianos. ¡Cuánta multitud de ellos pega un cirio a la Virgen Madre, y encima en pleno día, cuando no hace falta! Pero ¡qué pocos, en cambio, se esfuerzan por imitarla en la pureza de vida, la modestia, el amor a las cosas celestiales! Pues ese es verdaderamente el culto auténtico y con mucho el más grato a los dioses. Por lo demás, ¿para qué iba a echar de menos un templo, cuando todo este mundo es para mí, si no me equivoco, un templo hermosísimo? Y no me faltan fieles sino donde faltan hombres. Tampoco soy tan loca como para reclamar imágenes de piedra y pintadas con colores, pues esas a veces estorban a mi culto, cuando los estúpidos y zoquetes adoran las figuras en lugar de las divinidades mismas. Con lo cual a nosotras nos pasa lo que suele pasarles a quienes son expulsados por sus suplentes. Yo considero que se me han erigido tantas estatuas cuantos son los mortales, pues todos llevan consigo la imagen viva de mí misma, aunque no quieran. Así que no tengo por qué envidiar a los demás dioses si se les venera en este o aquel rincón de la tierra, y en días señalados: como Febo en Rodas, Venus en Chipre, Juno en Argos, Minerva en Atenas, Júpiter en el Olimpo, Neptuno en Tarento, Príapo en Lámpsaco, con tal de que a mí el mundo entero me ofrezca en común, sin cesar, víctimas con mucho más sustancia.
Y si a alguien le parece que digo esto con más audacia que verdad, examinemos un poco las propias vidas de los hombres, para que quede patente cuánto me deben y cuánto me estiman, grandes y pequeños por igual. Pero no vamos a repasar la vida de todos, pues eso sería larguísimo, sino solo la de los ilustres, a partir de la cual será fácil juzgar a los demás. Pues ¿para qué mencionar al vulgo y a la plebe, que sin duda alguna es toda mía? Rebosa por todas partes de tantas formas de locura, inventa cada día otras nuevas, que no bastarían mil Demócritos para reírse de ellas lo suficiente: y aun para esos mismos Demócritos haría falta otro Demócrito. Es increíble decir qué espectáculos, qué delicias ofrecen a diario estos hombrecillos a los dioses. Pues estos dedican las horas sobrias y de antes del mediodía a escuchar consultas llenas de disputas y votos. Pero cuando ya están ebrios de néctar y no les apetece ocuparse de nada serio, entonces se sientan en el lugar donde el cielo más sobresale, y allí, con la frente inclinada, observan qué hacen los hombres. Y no hay espectáculo más dulce para ellos. ¡Dios inmortal, qué teatro es ese! ¡Qué variado tumulto de locos! Pues yo misma suelo sentarme de vez en cuando entre las filas de los dioses poéticos. Este enloquece por una mujerzuela, y cuanto menos es amado más ama con desenfreno. Aquel se casa con la dote, no con la esposa. Otro prostituye a su desposada. Otro celoso la vigila como Argos. Este está de luto: ¡ay, qué cosas dice y hace, qué locuras!, y hasta contrata actores para que representen la farsa del duelo. Aquel llora ante la tumba de su madrastra. Este, todo cuanto puede rascar de donde sea, se lo entrega al vientre, aunque luego tendrá que ayunar con ganas. Aquel no cree que hay nada más feliz que el sueño y el ocio. Hay quienes se afanan diligentemente en ocuparse de los negocios ajenos, mientras descuidan los suyos. Hay quien se cree rico a base de préstamos y deudas ajenas, aunque pronto irá a la quiebra. Otro no considera nada más feliz que, siendo él pobre, enriquecer a su heredero. Este por una ganancia exigua e incierta surca todos los mares, entregando su vida, que ningún dinero podría recuperar, a las olas y los vientos. Aquel prefiere buscar riquezas con la guerra antes que pasar una vida tranquila en casa. Hay quienes piensan que se llega muy cómodamente a la riqueza cazando viejos sin herederos. Y no faltan quienes prefieren cazar del mismo modo a viejas ricas. Ambos grupos dan entonces un espectáculo delicioso a los dioses espectadores, cuando son engañados con arte por esos mismos a quienes cazan. Pero el oficio más necio y más sórdido de todos es el de los comerciantes, pues se ocupan del negocio más sórdido, y lo hacen de las maneras más sórdidas; y aunque mienten, perjuran, roban, defraudan, engañan por todas partes, sin embargo se ponen en primer lugar entre todos, porque tienen los dedos cubiertos de anillos de oro. Y no faltan frailecillos aduladores que los admiran y los llaman venerables en público, sin duda para que les llegue alguna porcioncilla de esos bienes mal adquiridos. En otro lado ves a unos pitagóricos que todo les parece común hasta tal punto, que lo que encuentren sin custodia lo recogen con buen ánimo, como si les hubiera tocado en herencia. Hay quienes son ricos solo en sus votos, y se fingen dulces sueños, y creen que eso basta para la felicidad. Algunos se alegran de que en el exterior se los tenga por ricos, mientras en casa ayunan con energía. Este se apresura a derrochar cuanto tiene, aquel amontona por medios lícitos e ilícitos. Este candidato busca los honores populares, aquel se deleita junto al hogar. Buena parte sostiene pleitos interminables, y de un lado y de otro se esfuerzan en competencia por enriquecer al juez que prorroga el caso y al abogado cómplice. Este se dedica a revoluciones, aquel trama algo importante. Hay quien peregrina a Jerusalén, a Roma o a Santiago, donde nada tiene que hacer, dejando en casa a esposa e hijos. En suma, si contemplases desde la Luna, como hizo en otro tiempo Menipo, los innumerables tumultos de los mortales, creerías ver un enjambre de moscas o mosquitos que riñen entre sí, guerrean, se tienden trampas, roban, juegan, retozan, nacen, caen, mueren. Y es increíble qué agitaciones, qué tragedias provoca un animalillo tan minúsculo y que tan pronto ha de perecer. Pues a veces una leve tormenta de guerra o de peste arrebata y dispersa de golpe a muchos millares.
Pero yo misma sería estupidísima, y merecedora de que me ría Demócrito con mil carcajadas, si siguiera enumerando las formas de locura y demencia del pueblo. Voy a enfrentarme ahora a los que mantienen apariencia de sabiduría entre los mortales, y cazan, como suele decirse, la rama dorada; entre ellos ocupan el primer lugar los gramáticos, gente que, por cierto, sería la más calamitosa, la más afligida, la más odiosa a los dioses, si yo no mitigara las desgracias de su mísera profesión con cierto género de dulce demencia. Pues no están sujetos solo a «las cinco maldiciones», como dice el epigrama griego, sino a seiscientas, ya que siempre famélicos y mugrientos en esas escuelas suyas, escuelas dije, no, más bien «cárceles del pensamiento» o mejor aún molinos de harina y mataderos, envejecen entre tropeles de muchachos, con trabajos, se ensordecen con gritos, se consumen de hedor y de suciedad. Sin embargo, gracias a mí consiguen creerse los primeros de los mortales: tanto se complacen en sí mismos cuando aterrorizan a la pobre tropa con gesto y voz amenazantes, cuando desgarran a los desgraciados con férulas, varas y correas, cuando se ensañan de todas las maneras posibles a su arbitrio, imitando a aquel asno de Cumas. Mientras tanto, esa mugre les parece limpieza absoluta, el hedor huele a mejorana, esa mísera esclavitud se les antoja un reino, hasta el punto de que no querrían cambiar su tiranía ni por el poder de Fálaris o de Dionisio. Pero son mucho más felices todavía por una nueva ilusión de sabiduría. Pues aunque inculquen a los niños puras sandeces, sin embargo, ¡válgame Dios!, ¡a qué Palemón, a qué Donato no desprecian comparándolos consigo! Y mediante no sé qué artimañas consiguen de forma admirable parecer a las madres estúpidas y a los padres ignorantes tal como ellos se hacen a sí mismos. Añade además este género de placer: cada vez que alguno de ellos ha descubierto en algún papel podrido el nombre de la madre de Anquises, o alguna palabrilla desconocida del vulgo, pongamos por caso «boyero», «bovinador» o «manipulario», o si alguien ha desenterrado en algún sitio un fragmento de piedra antigua con letras mutiladas: ¡oh Júpiter, qué alborozos entonces, qué triunfos, qué encomios, como si hubieran conquistado África o tomado Babilonia! Y cuando muestran por todas partes sus versitos friísimos e insulsísimos, y no faltan quienes los admiran, ya creen sin duda que el alma de Virgilio ha emigrado a su pecho. Pero nada hay más delicioso que cuando se alaban y se admiran mutuamente a turno, y se rascan el uno al otro. Y si algún otro ha cometido un lapsito en alguna palabreja, y este más perspicaz lo ha detectado por casualidad, ¡Hércules!, ¡qué tragedias enseguida, qué combates, qué insultos, qué invectivas! Que todos los gramáticos me sean hostiles si miento. Conozco a uno muy polifacético, griego, latino, matemático, filósofo, médico, y todo ello de categoría regia, ya de sesenta años, que dejando de lado todo lo demás, se atormenta y se crucifica desde hace más de veinte años en la gramática, pensando que será completamente feliz si se le permite vivir hasta que establezca con certeza cómo deben distinguirse las ocho partes de la oración, cosa que hasta ahora ningún griego ni latino ha logrado hacer completamente. ¡Como si fuera asunto a reivindicar incluso con guerra, si alguien hace de una conjunción una parte de la oración que pertenece al derecho de los adverbios! Y por eso, habiendo tantas gramáticas cuantos gramáticos, e incluso más, ya que mi Aldo ha dado él solo más de cinco gramáticas, este no pasa por alto ninguna, por bárbara o farragosa que esté escrita, sino que todas las hojea y examina, envidioso de cualquiera que se esfuerce en este género, por ineptamente que sea, temeroso miserablemente de que alguien le arrebate esa gloria, y perezcan los trabajos de tantos años. ¿Queréis llamar a esto locura o estupidez? A mí poco me importa, con tal de que reconozcáis que gracias a mí se consigue que un animal de por sí el más miserable de todos, llegue a tal grado de felicidad que no desearía cambiar su suerte ni con los reyes de Persia.
Menos me deben los poetas, aunque también son declaradamente de mi facción, pues son gente libre, como dice el proverbio, cuyo único afán no tiende a otra cosa que a acariciar los oídos de los necios, y eso con puras bagatelas y fábulas ridículas. Y sin embargo, fiándose de esto, es admirable cómo se prometen inmortalidad y una vida igual a la de los dioses, y la prometen también a otros. A este grupo le son familiares más que a ninguno el Amor Propio y la Adulación, y ningún otro género de mortales me venera con más sinceridad ni con más constancia. En cuanto a los retóricos, aunque ciertamente titubean un poco y coludan con los filósofos, sin embargo que también estos son de mi facción lo demuestra, entre otras muchas cosas, sobre todo el hecho de que, aparte de otras fruslerías, han escrito tan minuciosa y extensamente sobre el arte de bromear: hasta el punto de que la estupidez misma la cuenta entre las especies de ingenio quien quiera que fuera el que escribió el arte de la retórica dedicada a Herenio; y en Quintiliano, con mucho el primero de este oficio, el capítulo sobre la risa es más largo que la Ilíada: y tanto tributan a la estupidez, que a menudo lo que no puede deshacerse con ningún argumento, sin embargo se elude con la risa. A no ser que alguien piense que no pertenece a la estupidez provocar carcajadas con dichos ridículos, y eso mediante un arte. De la misma harina son también esos que con libros publicados cazan fama inmortal. Todos estos me deben muchísimo, pero especialmente los que untan los papeles con puras bagatelas. Pues los que escriben con erudición para el juicio de pocos doctos, y que no rechazan ni a Persio ni a Lelio como jueces, a mí me parecen más dignos de lástima que de felicidad, puesto que se atormentan perpetuamente: añaden, cambian, quitan, reponen, rehacen, reforjan, muestran, guardan el libro por nueve años, nunca quedan satisfechos consigo mismos, y compran un premio vano, a saber, la alabanza, y esa de muy pocos, a costa de tantas vigilias, tanta pérdida del sueño, la más dulce de todas las cosas, tantos sudores, tantos tormentos. Añade ahora la ruina de la salud, el menoscabo de la belleza, la oftalmia o incluso la ceguera, la pobreza, la envidia, la abstención de placeres, la vejez prematura, la muerte anticipada, y otras cosas semejantes si las hay. El sabio ese considera que debe redimirse de males tan grandes con tal de ser aprobado por uno o dos legañosos. Pero mi escritor, ¡cuánto más felizmente delira!, pues sin ninguna lucubración, sino como le viene a la cabeza, pone inmediatamente por escrito cualquier cosa que cae en la pluma, o sus propios sueños, con solo un ligero gasto de papel, bien sabedor de que cuanto más necias sean las necedades que haya escrito, tanto más gustarán a la mayoría, es decir, a todos los necios e ignorantes. ¿Qué importa despreciar a esos tres doctos, si es que leen eso? ¿O qué peso tendrá el voto de tan pocos sabios frente a la inmensa turba de los que reclaman? Pero aún más sabios son los que publican como suyos textos ajenos, y trasladan hacia sí con palabrería la gloria conseguida con el trabajo grande y ajeno, confiando sin duda en que piensan que, incluso si son acusados de plagio, habrán lucrado entretanto el interés de algún tiempo. Vale la pena ver cómo se complacen en sí mismos cuando son alabados por el vulgo, cuando son señalados con el dedo en la multitud, «ese es el famoso tal», cuando están expuestos en las librerías, cuando en las portadas de todas las páginas se leen tres nombres, sobre todo extranjeros y parecidos a fórmulas mágicas. Que, por Dios inmortal, ¿qué otra cosa son sino nombres? Y además ¿cuántos han de conocerlos, si miras la vastedad del mundo? Y luego ¿cuántos menos los han de alabar, cuando también entre los ignorantes hay paladares diversos? ¿Y qué? A menudo esos mismos nombres son inventados o tomados en adopción de los libros antiguos, de modo que uno se hace llamar Telémaco, otro Esténelo o Laertes; este Polícrates, aquel Trasímaco: de forma que ya da igual que inscribas el libro con el nombre de un camaleón o de una calabaza, o incluso, como suelen decir los filósofos, alfa o beta. Pero lo más gracioso es cuando se alaban mutuamente con cartas, poemas y encomios recíprocos, necios a necios, ignorantes a ignorantes. Este con el voto de aquel se marcha como Alceo, aquel con el de este como Calímaco, este le supera a Marco Tulio, aquel le es más docto que Platón. A veces incluso buscan un antagonista con cuya emulación aumentar la fama. Por eso
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