Parte 3En la ignorancia está el gozo de vivir
Porque en no pensar en nada consiste la vida más dulce.
Pero vamos, desvelemos la cosa entera punto por punto.
En primer lugar, ¿quién ignora que la primera edad del hombre es con mucho la más alegre y a todos la más grata? Pues ¿qué hay en los niños que así besamos, abrazamos y cuidamos, hasta el punto de que un enemigo prestaría ayuda a esa edad, sino el encanto de la tontería, que la naturaleza, sabia como es, añadió de propósito a los recién nacidos para que, mediante cierta recompensa de placer, pudieran éstos ablandar las fatigas de los que los crían y ganarse el cariño de los que los protegen? Después viene la adolescencia, que le sucede: ¡qué bien vista está entre todos, qué abiertamente la favorecen, qué empeño ponen en impulsarla, qué solícitos le tienden manos auxiliares! Y de dónde, os pregunto, le viene esa gracia a la juventud, de dónde sino de mí, gracias a la cual tanto menos sabe cuanto menos se arruga. Miento si no es verdad que, apenas se hacen mayores y empiezan, por la experiencia y la instrucción, a tener algo de juicio viril, al punto se marchita el brillo de su belleza, languidece la vivacidad, se enfría el garbo, flaquea el vigor; y cuanto más se alejan de mí, tanto menos viven, hasta que les llega la vejez penosa, es decir, la molesta senectud, odiosa no ya sólo para los demás, sino incluso para sí misma. Ésta, desde luego, no sería en absoluto soportable para ningún mortal si yo, compadecida de nuevo ante tan grandes trabajos, no los asistiera con mi diestra y, del mismo modo que los dioses de los poetas suelen socorrer a los que perecen mediante alguna metamorfosis, yo también revoco de nuevo a la infancia, en la medida de lo posible, a quienes están ya muy cerca de la sepultura; de ahí que el vulgo, no sin razón, suela llamarlos «viejos niños». Por otra parte, si alguno pregunta cómo hago esa transformación, tampoco lo ocultaré. Los llevo a la fuente de mi Leteo, que nace en las islas afortunadas (pues en los infiernos sólo corre un riachuelo delgado), para que, tan pronto como allí beben largos sorbos de olvido, poco a poco, diluidas las cuitas del alma, vuelvan a rejuvenecer. «Pero esos ya deliran», dicen, «ya están choches». Enhorabuena: pero eso mismo es volver a ser niños. Pues ¿acaso ser niño es otra cosa que delirar, que estar chocho? ¿O no es lo que más nos deleita de esa edad precisamente que no sabe nada? ¿Quién no odiaría y maldeciría como un monstruo a un niño con juicio de adulto? Da fe de ello el refrán que anda en boca de todos: «Odio al niño de sabiduría precoz». Y por otra parte, ¿quién soportaría tener trato o relación con un viejo que, a tan grande experiencia de las cosas, juntara una fuerza de ánimo igual y una agudeza de juicio correspondiente? Así que el viejo chochea por obra mía: pero entretanto este chocho mío está libre de aquellas miserables preocupaciones con las que se atormenta el sabio. Al mismo tiempo, no es mal compañero de copas. No experimenta el hastío de la vida que apenas soporta la edad robusta. A veces vuelve, como el viejo de Plauto, a aquellas tres letras, y sería el más infeliz si tuviese juicio: pero entretanto, gracias a mí, es feliz, entretanto resulta grato a los amigos, ni siquiera es un conviviente molesto. Pues en efecto, también en Homero del labio de Néstor fluye un lenguaje más dulce que la miel, mientras que el de Aquiles es amargo, y en el mismo poeta los viejos sentados en las murallas dejan oír una voz de lirio. En esto incluso superan a la niñez misma, dulce sí, pero muda y privada del principal deleite de la vida, a saber, la charla. Añádase a esto que los viejos disfrutan con los niños sobremanera, y los niños a su vez se deleitan con los viejos:
Pues siempre el dios conduce al semejante junto al semejante.
Pues ¿qué no concuerda entre ellos, salvo que uno está más arrugado y cuenta más cumpleaños? Por lo demás, la blancura de los cabellos, la boca desdentada, el cuerpo más menudo, el gusto por la leche, el balbuceo, la locuacidad, la futilidad, el olvido, la irreflexión, en fin, todo lo demás coincide; y cuanto más avanzan hacia la vejez, tanto más se acercan a la semejanza con la niñez, hasta que, a la manera de los niños, sin hastío de la vida, sin sentir la muerte, emigran de ella.
Vaya ahora quien quiera y compare este beneficio mío con las metamorfosis de los demás dioses. Lo que hacen cuando están airados no me place recordarlo; pero a aquellos a quienes son más propicios, suelen transformarlos en árbol, en pájaro, en cigarra o incluso en serpiente: como si eso mismo no fuera perecer, hacerse otro. Yo en cambio restituyo al mismo hombre a la parte mejor y más feliz de la vida. Y si los mortales se abstuvieran por completo de todo trato con la sabiduría y pasaran su vida perpetuamente conmigo, ni siquiera existiría la vejez, sino que felices disfrutarían de perpetua juventud. ¿O no veis que esos sujetos adustos, entregados ya a estudios filosóficos, ya a negocios serios y arduos, envejecen la mayoría de las veces antes de haber sido plenamente jóvenes, sin duda porque las preocupaciones y la agitación continua e intensa de los pensamientos les van extrayendo poco a poco el aliento y aquel jugo vital? Mientras que, por el contrario, mis tontos están gorditos y lustrosos, y con la piel bien cuidada, auténticos cerdos de Acarnania, como dicen, y jamás han de sentir molestia alguna de la vejez, a no ser que se infecten un poco, como sucede, del contagio de los sabios. Hasta tal punto no permite la vida de los hombres ser bienaventurada en todos los aspectos. A esto se suma el testimonio, que no es pequeño, de un proverbio conocido, con el que se repite que la tontería es la única cosa que puede retener a la juventud, por lo demás fugacísima, y alejar a la vejez desagradable. Y no sin razón se cuenta, por boca popular, de los habitantes de Brabante que, mientras a los demás hombres la edad suele traerles prudencia, a éstos cuanto más se acercan a la vejez tanto más y más se atontan. Y sin embargo, no hay pueblo más jovial que éste para la convivencia de la vida ordinaria, ni que sienta menos la tristeza de la vejez. Vecinos de ellos, tanto por el territorio como por el modo de vivir, están mis holandeses; ¿por qué no he de llamarlos míos, siendo tan solícitos cultores míos, que de ahí sacaron su sobrenombre, del cual no se avergüenzan en absoluto, antes al contrario se jactan de él? Váyanse ahora los mortales muy necios a buscar Medeas, Circes, Venus, Auroras y no sé qué fuente para que les devuelva la juventud, cuando esto sola yo puedo y suelo hacer. Yo tengo aquel jugo prodigioso con el que la hija de Memnón prolongó la juventud de su abuelo Titono. Yo soy aquella Venus por cuyo favor aquel Faón rejuveneció tanto que Safo se enamoró perdidamente de él. Mías son las hierbas, si las hay; míos los encantamientos, mía aquella fuente que no sólo recupera la adolescencia perdida, sino que, lo que es más deseable, la conserva perpetua. Y si todos suscribís esta sentencia —que nada hay mejor que la adolescencia, nada más detestable que la vejez—, ya veis, creo, cuánto me debéis, pues retengo tan gran bien apartando tan gran mal.
Pero ¿por qué sigo hablando de los mortales? Recorred todo el cielo, y que me eche en cara mi nombre quien quiera, si encuentra a algún dios que no sea desagradable y despreciable, a menos que mi poder lo recomiende. Pues, en efecto, ¿por qué Baco es siempre joven y melena larga? Porque, insensato y borracho, pasando toda la vida en banquetes, bailes, coros y juegos, no tiene ni el más mínimo trato con Palas. Por último, tan lejos está de pretender que se le tenga por sabio, que goza de ser honrado con burlas y chanzas. Y no se ofende con el proverbio que le atribuye el apodo de necio, que es de este estilo: «Más necio que Morico». Pues a Morico le cambiaron el nombre porque solía, sentado delante de las puertas del templo, ser untado con mosto e higos frescos por la lascivia de los labradores. Y además, ¡qué de burlas no le lanza la comedia antigua! «¡Oh dios insulso!», dicen, «y digno de haber nacido de la ingle». Pero ¿quién no preferiría ser este necio e insulso, siempre festivo, siempre joven, llevando a todos juego y voluptuosidad, que ser aquel Júpiter tortuoso, temible para todos, o Pan que todo lo vicia con sus tumultos, o Vulcano cubierto de cenizas y siempre mugriento de los trabajos del taller, o la misma Palas, terrible con su Gorgona y su lanza, y de mirada siempre fiera? ¿Por qué Cupido es siempre niño? ¿Por qué? Porque es travieso y nada cuerdo hace ni piensa. ¿Por qué a la dorada Venus siempre le verdea su hermosura? Sin duda porque tiene parentesco conmigo, de donde refleja en su rostro el color de mi padre: y por esta razón Homero la llama «Afrodita dorada». Además ríe continuamente, si es que creemos algo a los poetas o a sus émulos los escultores. ¿A qué divinidad honraron los romanos con más religiosidad que a Flora, madre de todas las voluptuosidades? Aunque si alguno también inquiere más diligentemente en la vida de los dioses adustos, en Homero y los demás poetas, encontrará que todo está lleno de tontería. Pues ¿qué sentido tiene recordar los hechos de los demás, cuando conocéis bien los amores y juegos del mismísimo Júpiter lanzador de rayos? ¿Cuando aquella severa Diana, olvidada de su sexo, no hace más que cazar, mientras tanto suspira por Endimión? Pero preferiría que esos oyeran sus hazañas de labios de Momo, de quien con frecuencia antes solían oírlas. Mas éste hace poco, airados los dioses, lo precipitaron a tierra junto con Ate, porque con su sabiduría estorbaba importunamente la felicidad de los dioses; ni mortal alguno lo dignifica con hospitalidad en su destierro, hasta tal punto está lejos de que tenga sitio en las cortes de los príncipes, donde mi Adulación ocupa el primer puesto, con la cual Momo congenia tan mal como el lobo con el cordero. Así que, suprimido aquél, ya mucho más libremente y con más dulzura se divierten los dioses, «viviendo verdaderamente sin cuidado», como dice Homero, sin censor alguno, evidentemente. ¡Qué de bromas no ofrece aquel Príapo de higuera! ¡Qué de juegos no exhibe Mercurio con sus hurtos y prestidigitaciones! Y también el mismo Vulcano suele hacer de bufón en los banquetes de los dioses, y ya con su cojera, ya con bromas, ya con dichos ridículos alegra el convite. Luego aquel viejo amante Sileno acostumbra a bailar el córdax, junto con Polifemo la danza bárbara, mientras las ninfas bailan desnudas de pies. Los sátiros medio caprinos representan las farsas; Pan con alguna cancioncilla insulsa mueve a todos la risa, que prefieren oírle a él antes que a las Musas mismas, sobre todo cuando ya empiezan a empaparse de néctar. Además, ¿para qué voy a recordar ahora lo que esos dioses hacen después del convite cuando están bien bebidos? Cosas tan necias, por Hércules, que yo misma a veces no puedo contener la risa. Pero más vale que en esto nos acordemos de Harpócrates, no sea que algún dios Coriceo nos sorprenda narrando lo que ni siquiera Momo relató impunemente.
Mas ya es tiempo de que, siguiendo el ejemplo de Homero y dejando atrás a los celestes, descendamos a su vez a la tierra, donde tampoco veremos cosa alguna alegre o feliz sino por obra mía. En primer lugar veis con qué providencia la naturaleza, madre y artífice del género humano, procuró que no faltara en ninguna parte el condimento de la tontería. Pues como para los estoicos definidores la sabiduría no es otra cosa que dejarse guiar por la razón y, por el contrario, la tontería consiste en moverse al arbitrio de las pasiones, para que la vida de los hombres no fuera del todo triste y adusta, ¡cuánto más puso Júpiter de pasión que de razón! Comparas media onza con un as entero. Además, relegó la razón a un angosto rinconcito de la cabeza, y el resto entero del cuerpo se lo dejó a las turbaciones. Luego enfrentó a la razón solitaria dos tiranos violentísimos, la ira, que ocupa la ciudadela de las entrañas y hasta la misma fuente de la vida, el corazón; y la concupiscencia, que hasta el bajo vientre ocupa latísimamente su imperio. Contra estas dos tropas cuánto vale la razón lo declara suficientemente la vida común de los hombres, pues ella, que es lo único que puede, hasta enronquecer grita y dicta fórmulas del deber, pero ellos remiten el lazo a su rey y braman con mucho más odio, hasta que él, ya fatigado, cede espontáneamente y se rinde.
Por otra parte, puesto que al varón, nacido para administrar las cosas, era preciso rociarle un poquito más de aquella onza de razón, para que también en esto proveyera según su condición varonil, me llamó a consulta, como en lo demás, y yo di al punto un consejo digno de mí, a saber, que se le juntara una mujer; animal necio sin duda e inepto, pero gracioso y suave, para que con su convivencia doméstica condimentara y endulzara con su tontería la tristeza del ingenio masculino. Pues cuando Platón parece dudar en qué género colocar a la mujer, si en el de los animales racionales o en el de los brutos, no quiere indicar otra cosa sino la insigne tontería de ese sexo. Y si alguna mujer quiso por ventura ser tenida por sabia, no hace sino ser dos veces necia, como si alguien llevara un buey a la palestra, contra la voluntad y resistencia, como dicen, de Minerva. Pues duplica el vicio quien contra la naturaleza aplica el afeite de la virtud y desvía el ingenio hacia otra parte. Así como, según el proverbio griego, la mona siempre es mona, aunque se vista de púrpura, así la mujer siempre es mujer, esto es, necia, cualquiera que sea el papel que se ponga. Y no creo que el género de las mujeres sea tan necio como para enfadarse conmigo porque yo, mujer como soy y la Tontería misma, les atribuyo la tontería. Pues si consideran el asunto por el camino recto, deben reconocer como mérito de la Tontería misma el que sean con muchos tantos más afortunadas que los varones. Primero la gracia de la belleza, que ellas con razón anteponen a todo, y con cuyo auxilio ejercen tiranía hasta sobre los mismos tiranos. Pues, por lo demás, ¿de dónde viene en el varón aquel horror de la forma, la piel hirsuta y la selva de la barba, que es algo francamente senil, sino del vicio de la prudencia? Mientras que las mejillas de las mujeres siempre son lisas, la voz siempre delgada, la piel suavecita, como si imitaran una adolescencia perpetua. Luego, ¿qué otra cosa desean en esta vida sino agradar a los varones todo lo posible? ¿No miran a esto todos sus afeites, todos sus afeites, todos sus baños, todos sus peinados, todos sus ungüentos, todos sus perfumes, todas aquellas artes de componer, pintar y modelar el rostro, los ojos y la piel? Pues bien, ¿por qué otro motivo están más recomendadas a los varones que por la tontería? Pues ¿qué hay que los varones no permitan a las mujeres? Pero ¿con qué soborno, en fin, sino el del placer? Y las mujeres deleitan sólo por una cosa: la tontería. Que esto es verdad no lo negará quien consigo mismo considere qué necedades dice el varón a la mujer, qué tonterías hace, cuantas veces ha decidido servirse del placer femenino.
Tenéis ya, pues, de qué fuente procede el primer y principal deleite de la vida. Pero hay algunos, sobre todo viejos, más bebedores que mujeristas, que sitúan la suma voluptuosidad en las bebidas. Si puede haber algún banquete espléndido donde no esté presente una mujer, que lo vean otros. Lo que sí es seguro es que sin el condimento de la tontería no hay ninguno que sea agradable; hasta tal punto que, si falta quien provoque la risa con tontería verdadera o fingida, llaman a algún bufón pagándole un salario, o traen algún parásito ridículo que con sus ocurrencias risibles, esto es, necias, disipe el silencio y la tristeza de la bebida. Pues ¿de qué sirve cargar el vientre con tantas golosinas, tantos manjares, tantos bocados exquisitos, si igualmente los ojos y los oídos, si el alma entera no se apacienta de risas, bromas y donaires? Pero de tales postres soy yo la única inventora. Aunque también aquellas cosas ya solemnes en los banquetes —sortear el rey, jugar a los dados, invitar con brindis, competir en rondas, cantar al mirto, bailar, hacer gestos— no las descubrieron los siete sabios de Grecia, sino nosotras para salud del género humano. Y la naturaleza de todas estas cosas es tal, que cuanta más tontería tienen, tanto más provecho aportan a la vida de los mortales, la cual, si es triste, ni siquiera parece que deba llamarse vida. Pero ha de resultar triste si no borras ese tedio congénito con diversiones de este tipo.
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