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Parte 12La Locura se defiende con la Biblia

Elogio de la locura · Erasmo de Rotterdam · 17 min de lectura

Pero quizá entre los cristianos la autoridad de todo esto sea poca cosa: por tanto apuntalemos, o mejor, según hacen los doctos, cimentemos mis alabanzas con testimonios también de las Sagradas Escrituras, si os parece. Y ya que emprendo tarea ardua, y quizá sea descaro volver a convocar a las Musas desde el Helicón para viaje tan largo —sobre todo siendo el asunto ajeno a ellas—, tal vez convenga más desear que, mientras hago de teóloga y camino entre estas espinas, el alma de Escoto emigre un momento desde su Sorbona hasta mi pecho (más espinoso que cualquier puercoespín o erizo), y luego se vaya adonde le plazca, o al diablo. Ojalá me fuera posible también adoptar otro rostro y lucir atuendo teológico. Aunque temo que alguien me acuse de robo, como si a escondidas hubiera saqueado los archivos de nuestros maestros por saber tanto de teología. Pero no debe parecer tan raro que yo haya pescado algo tras trato tan largo y estrecho con los teólogos, cuando hasta aquel dios de madera, Príapo, anotó y retuvo algunas voces griegas oyendo leer a su amo, y el gallo de Luciano, por su larga convivencia con los hombres, llegó a dominar con soltura el lenguaje humano. Pero vayamos ya al asunto con buenos augurios. El Eclesiastés escribió en el capítulo primero: «El número de los necios es infinito». Cuando dice que el número es infinito, ¿no parece abarcar al universo entero de los mortales, salvo unos pocos a quienes no sé si alguien ha visto jamás? Pero aún más sinceramente lo confiesa Jeremías en el capítulo décimo: «Todo hombre —dice— se ha vuelto necio por su propia sabiduría». Atribuye la sabiduría sólo a Dios, dejando la necedad para todos los hombres. Y un poco antes dice de nuevo: «Que no se gloríe el hombre en su sabiduría». ¿Por qué no quieres, excelente Jeremías, que el hombre se gloríe en su sabiduría? Simplemente —dirá— porque no tiene sabiduría. Pero vuelvo al Eclesiastés. Cuando exclama: «Vanidad de vanidades, y todo vanidad», ¿qué creéis que quiso decir sino que, como he dicho, la vida humana no es sino juego de la necedad? Añade así su voto favorable a la famosa alabanza de Cicerón que antes cité: «Todo está lleno de necios». De nuevo aquel sabio Eclesiástico, que dijo: «El necio cambia como la luna, el sabio permanece como el sol», ¿qué otra cosa insinúa sino que todo el género mortal es necio y que sólo a Dios le compete el nombre de sabio? Pues la luna se interpreta como la naturaleza humana, y el sol como Dios, fuente de toda luz. Confirma esto el propio Cristo cuando en el Evangelio niega que nadie deba ser llamado bueno, excepto un solo Dios. Ahora bien, si es necio quien no es sabio, y quien es bueno es también sabio según los estoicos, resulta necesario que todos los mortales estén comprendidos bajo la necedad. De nuevo Salomón en el capítulo quince: «La necedad —dice— es gozo para el necio», confesando claramente que sin la necedad nada hay agradable en la vida. En la misma línea está también aquello: «Quien añade ciencia, añade dolor; y en mucha sensatez hay mucha indignación». ¿Y no confiesa lo mismo abiertamente aquel ilustre predicador en el capítulo séptimo? «El corazón de los sabios está donde hay tristeza, y el corazón de los necios donde hay alegría». Y no le bastó con aprender la sabiduría, sino que añadió también el conocimiento de lo mío. Si no me tenéis suficiente fe, escuchad sus propias palabras, que escribió en el capítulo primero: «Y entregué mi corazón a conocer la prudencia y la doctrina, los errores y la necedad». Donde debe notarse, para alabanza de la necedad, que la puso en último lugar. Escribió el Eclesiastés, y sabéis que el orden eclesiástico es que quien es primero en dignidad ocupe el último lugar, o al menos aquí respetó el precepto evangélico. Pero que la necedad es superior a la sabiduría lo atestigua claramente el Eclesiástico, quienquiera que fuera, en el capítulo cuarenta y cuatro; por cierto, no citaré sus palabras hasta que ayudéis mi introducción con una respuesta adecuada, como hacen con Sócrates quienes dialogan con él en Platón. ¿Qué conviene más esconder, lo que es raro y precioso, o lo que es común y vil? ¿Por qué calláis? Aunque os hagáis los disimulados, aquel proverbio griego responde por vosotros: «el cántaro en la puerta», que refiere Aristóteles, dios de nuestros maestros, para que nadie lo rechace impíamente. ¿Acaso alguno de vosotros es tan necio como para dejar las gemas y el oro en el camino? No, por Hércules, creo que no. Los guardáis en los aposentos más escondidos, y ni siquiera basta, sino en los rincones más secretos de los cofres más fortificados, y dejáis el barro expuesto. Luego si lo más precioso se oculta y lo más vil se exhibe, ¿no es evidente que la sabiduría, que prohíbe esconder, es más vil que la necedad, que manda ocultar? Escuchad ahora las palabras mismas del testimonio: «Mejor es el hombre que esconde su necedad que el hombre que esconde su sabiduría». ¿Qué decir de que las divinas Escrituras atribuyen también la candidez de alma al necio, mientras que el sabio no estima a nadie igual a sí mismo? Así entiendo yo lo que escribe el Eclesiastés en el capítulo diez: «Pero también el necio caminando por el camino, siendo él mismo insensato, estima que todos son necios». ¿Y no es esto de singular candidez, igualarte todos a ti mismo, y cuando nadie deja de pensar magníficamente de sí, compartir sin embargo tus alabanzas con todos? Por eso no avergonzó a tan gran rey este apelativo, cuando dice en el capítulo treinta: «Yo soy el más necio de los hombres». Ni a aquel Pablo, doctor de los gentiles, le disgustó asumir el nombre de necio escribiendo a los corintios: «Como insensato lo digo —declara—: más yo»; como si fuera deshonroso ser vencido en necedad. Pero ahora me interrumpen unos grieguzos que se esfuerzan en sacar los ojos a tantos teólogos de este tiempo como cuervos, proyectando sobre otros sus anotaciones como nubes de humo; de esta grey es, si no el primero, al menos el segundo mi Erasmo, a quien menciono frecuentemente por honor. «¡Oh, realmente necia —dicen— y digna de la propia Locura esta cita! Muy distinta es la intención del Apóstol de lo que tú sueñas. Pues no pretende con estas palabras que se le tenga por más necio que los demás, sino que habiendo dicho "son ministros de Cristo, y yo también", y tras igualarse jactanciosamente a los demás en esta parte, añadió por corrección "más yo", sintiendo que no sólo era igual a los demás apóstoles en el ministerio del Evangelio, sino incluso algo superior. Y aunque quería que esto pareciera verdadero, sin embargo, para que lo dicho con arrogancia no ofendiera los oídos, se protegió con el pretexto de la necedad: "como menos sabio lo digo", porque es privilegio de los necios poder decir la verdad sin ofensa». Pero qué sintió Pablo al escribir esto, lo dejo para que ellos lo discutan. Yo sigo a los teólogos grandes, gordos, gruesos y más aprobados por el vulgo, con quienes la gran mayoría de los doctos prefiere, ¡por Zeus!, equivocarse antes que acertar con esos trilingües. Y ninguno de ellos hace más caso de esos grieguzos que de las cornejas: sobre todo cuando cierto glorioso teólogo, cuyo nombre prudentemente omito para que nuestras cornejas no le arrojen inmediatamente aquel sarcasmo griego de «asno con lira», explicando magisterial y teológicamente este pasaje, desde este lugar «como menos sabio lo digo, más yo» hace un nuevo capítulo, y añade —lo que no podía sin suma dialéctica— una nueva sección, interpretándola de este modo (citaré sus palabras no sólo en la forma sino también en la materia): «Como menos sabio lo digo», esto es, si os parezco insensato al igualarme con los pseudoapóstoles, todavía os pareceré menos sabio al preferirme a ellos. Aunque el mismo poco después, como olvidándose de sí, se desliza hacia otra cosa.

Pero ¿por qué me defiendo ansiosamente con el ejemplo de uno solo? Cuando es derecho público de los teólogos estirar el cielo, esto es, la divina Escritura, como si fuera una piel; y cuando en el divino Pablo las palabras de las Sagradas Escrituras parecen contradecirse, y no se contradicen en su lugar propio, si hay que dar crédito a aquel políglota Jerónimo; cuando en Atenas por casualidad torció el título de un ara para convertirlo en argumento de la fe cristiana, y omitidas las demás cosas que habrían estorbado a la causa, arrancó sólo dos palabras extremas, a saber «al dios desconocido», y aun éstas algo alteradas, pues el título completo decía: «a los dioses de Asia, Europa y África, a los dioses desconocidos y peregrinos». Siguiendo su ejemplo, creo, los hijos de los teólogos acomodan ya por todas partes a su conveniencia cuatro o cinco palabritas arrancadas de aquí y de allá, y si es necesario incluso corrompidas, aunque lo que precede y lo que sigue o no haga nada al caso o incluso lo contradiga. Lo cual hacen con tan feliz desvergüenza que frecuentemente los jurisconsultos envidian a los teólogos. Pues ¿qué no les saldrá ya bien, después de que aquel grande (casi dije su nombre, pero de nuevo temo el proverbio griego) extrajo de las palabras de Lucas una sentencia tan acorde al ánimo de Cristo como el fuego con el agua? Pues cuando se acercaba el peligro extremo, tiempo en que los buenos clientes suelen asistir especialmente a sus patrones y ayudarles con todas sus fuerzas, Cristo, procurando quitar de los ánimos de los suyos toda confianza en este tipo de auxilios, les preguntó si acaso les había faltado algo cuando los envió tan poco equipados de viático que ni siquiera les dio calzado para protegerse de la ofensa de las espinas y las piedras, ni alforja contra el hambre. Habiendo respondido que nada les había faltado, añadió: «Pero ahora —dice— quien tenga bolsa, tómela, e igualmente alforja; y quien no tenga, venda su túnica y compre espada». Cuando toda la doctrina de Cristo no inculca sino mansedumbre, tolerancia, desprecio de la vida, ¿a quién no resulta evidente qué siente en este lugar? A saber, que desarme aún más a sus legados, para que no sólo descuiden el calzado y la alforja, sino que además se desprendan de la túnica, y desnudos y del todo expeditos emprendan el encargo evangélico; que no se procuren nada, salvo la espada, no aquella con que actúan los ladrones y parricidas, sino la espada del espíritu, que penetra hasta los senos más íntimos del pecho, y que de una vez corta todos los afectos, de modo que nada les importe ya, excepto la piedad. Pero mirad, os ruego, adónde tuerce esto aquel célebre teólogo. Interpreta la espada como defensa contra la persecución, la bolsa como suficiente provisión de víveres, como si Cristo, cambiando de sentencia hacia lo contrario, al parecer haber enviado a sus oradores poco regiamente equipados, cantara la palinodia de su institución anterior, o como si olvidado de haber dicho que serían dichosos cuando los afligieran con oprobios, contumelias y suplicios, prohibiendo que resistieran jamás al mal, pues dichosos son los mansos, no los feroces, olvidado de haberlos llamado al ejemplo de los pajarillos y los lirios, ahora no quisiera que partieran sin espada, sino que ordenara comprarla incluso vendiendo la túnica, y prefiriera que fueran desnudos antes que desceñidos del hierro. Y del mismo modo que bajo el nombre de espada considera incluido todo lo que pertenece a repeler la violencia, así bajo el título de bolsa abarca todo lo que pertenece a las necesidades de la vida. Y de este modo el intérprete de la mente divina conduce a los apóstoles, equipados con lanzas, ballestas, hondas y bombardas, a predicar al crucificado. Y los carga además con bolsillos, morrales y fardos, no sea que les esté vedado salir de la posada sin haber almorzado. Ni siquiera le conmovió que la espada que tan enfáticamente había mandado comprar, luego la recriminara el mismo ordenando volverla a envainar, ni que jamás se haya oído que los apóstoles usaran espadas o escudos contra la violencia de los paganos, aunque ciertamente las habrían usado si Cristo hubiera pensado lo que este interpreta. Hay otro, a quien por honor no nombro, de nombre nada despreciable, que de las tiendas que menciona Habacuc, «Se turbarán las pieles de la tierra de Madián», hizo la piel de Bartolomé desollado. Hace poco asistí yo misma a una discusión teológica; pues lo hago frecuentemente. Allí, cuando alguien preguntaba qué autoridad había en las divinas Escrituras que mandara vencer a los herejes con el fuego más que reconvencerlos con la disputa, un anciano severo, teólogo incluso por el ceño, con gran cólera respondió que esta ley la había dictado el Apóstol Pablo, quien dijo: «Apártate del hombre hereje después de una y otra corrección». Y como repitiera esas palabras una y otra vez, y muchos se preguntaran qué le había sucedido al hombre, al fin explicó que había que quitar de la vida al hereje. Algunos rieron, pero no faltaron quienes consideraran ese comentario del todo teológico. Como algunos aún reclamaran, acudió un abogado de Ténedos, por así decir, y un autor irrefutable. «Escuchad el asunto —dice—: Está escrito: "No dejarás vivir al malhechor"; todo hereje es malhechor; luego etcétera». Cuantos estaban presentes admiraron el ingenio del hombre, y hacia esa sentencia se fue con los pies, y calzados. Y a nadie vino a la mente que esa ley se refiere a hechiceros, encantadores y magos, que los hebreos en su lengua llaman mekashefim; de otro modo habría que castigar con la muerte la fornicación y la embriaguez.

Pero persigo neciamente estas cosas, siendo tan innumerables que ni los volúmenes de Crisipo ni de Dídimo podrían comprenderlas todas. Sólo quería advertiros que, cuando a aquellos divinos maestros les fue lícito esto, también es justo perdonarme a mí, simple teóloga de higuera, si no cito todo con exactitud de regla. Ahora al fin vuelvo a Pablo: «De buena gana —dice— soportáis a los insensatos», hablando de sí mismo. Y de nuevo: «Recibidle como a insensato»; y: «no hablo según Dios, sino como en insensatez». De nuevo en otro lugar: «Nosotros —dice— necios por Cristo». Habéis oído de cuán grande autoridad, cuán grandes pregones de la necedad. ¿Qué decir de que el mismo manda abiertamente la necedad, como cosa sumamente necesaria y muy saludable? «El que parece sabio entre vosotros, hágase necio para que sea sabio». Y en Lucas Jesús llama necios a dos discípulos con quienes se había unido en el camino. No sé si parecerá extraño que el divino Pablo atribuyera algo de necedad también a Dios: «Lo necio —dice— de Dios es más sabio que los hombres». Pero Orígenes intérprete impide que puedas referir esta necedad a la opinión de los hombres, del tipo de aquel: «la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden». Pero ¿por qué me esfuerzo en vano ansiosa en enseñar estas cosas con tantos testimonios, cuando en los salmos místicos el propio Cristo habla abiertamente al Padre: «Tú conoces mi insensatez»? Y no es sin motivo que a Dios le placieran tanto los necios: creo que por la misma razón que los príncipes supremos miran con sospecha y odio a los demasiado cuerdos, como Julio César a Bruto y Casio, sin que temiera nada del ebrio Antonio, y como Nerón a Séneca, Dionisio a Platón, mientras que se deleitan con ingenios más gruesos y simples, del mismo modo Cristo siempre detesta y condena a estos sabios que confían en su propia prudencia. Lo atestigua Pablo con toda claridad cuando dice: «Dios eligió lo necio del mundo»; y cuando dice: «Plugo a Dios salvar al mundo por la necedad, puesto que no pudo ser restaurado por la sabiduría». Más aún, el mismo lo indica suficientemente exclamando por boca del profeta: «Destruiré la sabiduría de los sabios, y reprobaré la prudencia de los prudentes». De nuevo, cuando da gracias porque había ocultado el misterio de la salvación a los sabios, pero lo había abierto a los pequeños, esto es, a los necios. Pues en griego en lugar de pequeños está nepiois, que opone a sophois. A esto pertenece que por todas partes en el Evangelio ataque a los fariseos y escribas y doctores de la ley, mientras protege asiduamente al vulgo indocto. Pues ¿qué otra cosa es «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos!» sino «¡ay de vosotros, sabios!»? Pero parece haberse deleitado sobre todo en los pequeños, las mujeres y los pescadores. Más aún, entre el género de los animales brutos agradan sobre todo a Cristo aquellos que más lejos están de la prudencia zorruna, y por eso prefirió montar en asno, cuando, si hubiera querido, habría podido presionar impunemente el lomo de un león. Y aquel Espíritu Santo descendió en forma de paloma, no de águila o milano. Además se hace frecuentemente mención en las divinas Escrituras de ciervos, cervatillos y corderos. Añádase que a los destinados a la vida inmormortal los llama ovejas, animal del cual no hay otro más insensato, incluso según testimonio del proverbio aristotélico «carácter de oveja», que advierte que suele decirse como insulto contra los estúpidos y torpes, tomado de la estupidez de ese ganado. Y sin embargo de este rebaño Cristo se declara pastor; más aún, él mismo se deleitó con el nombre de cordero, indicándolo Juan: «He aquí el cordero de Dios»; del cual se hace mucha mención también en el Apocalipsis. ¿Qué otra cosa proclaman estas cosas sino que todos los mortales son necios, incluso los piadosos? ¿Que el propio Cristo, para socorrer a la necedad de los mortales, siendo sabiduría del Padre, sin embargo se hizo en cierto modo necio cuando, asumida la naturaleza de hombre, fue hallado en condición de hombre? Del mismo modo que también se hizo pecado para remediar los pecados. Y no quiso remediar por otra vía sino por la necedad de la cruz, por medio de apóstoles ignorantes y gruesos, a quienes asiduamente prescribe la necedad, apartándolos de la sabiduría, cuando los provoca al ejemplo de los niños, los lirios, la mostaza y los pajarillos, cosas estúpidas y carentes de sentido, que viven sólo por guía de la naturaleza, sin ningún arte, sin ninguna solicitud; además cuando prohíbe estar solícitos sobre con qué discurso usarían ante los magistrados, y cuando veda que escudriñen los tiempos o los momentos de los tiempos, a saber, para que nada confíen en su propia prudencia, sino que dependan enteramente de él con todos sus ánimos. A esto pertenece que aquel Dios arquitecto del orbe amenace con que no prueben nada del árbol de la ciencia, como si la ciencia fuera veneno de la felicidad. Por cierto Pablo abiertamente desaprueba la ciencia, como cosa que infla y destruye. Creo que siguiéndole san Bernardo interpreta aquel monte en que Lucifer había establecido su trono como el monte de la ciencia. Quizá no parezca que deba omitirse tampoco este argumento: que la necedad es grata a los de arriba porque sólo a ella se concede el perdón de los errores, al sabio no se le perdona; por eso piden perdón, aunque hayan pecado prudentemente, sin embargo con el pretexto y patrocinio de la necedad. Así Aarón depreca el castigo de su mujer en los libros de Números, si bien recuerdo: «Te ruego, Señor mío, que no nos imputes este pecado que neciamente cometimos». Así también Saúl depreca su culpa ante David: «Pues aparece —dice— que obré neciamente». De nuevo el mismo David halaga así al Señor: «Pero te ruego, Señor, que transfieras la iniquidad de tu siervo, porque neciamente obramos»; como si no fuera a obtener perdón a menos que ofreciera como pretexto la necedad y la ignorancia. Pero más fuertemente urge aquello de que Cristo en la cruz, cuando oraba por sus enemigos: «Padre, perdónalos», no ofreció otra excusa que la imprudencia: «Porque no saben —dice— lo que hacen». Del mismo modo Pablo escribiendo a Timoteo: «Pero por eso conseguí la misericordia de Dios, porque lo hice ignorando en la incredulidad». ¿Qué es «lo hice ignorando» sino: lo hice por necedad, no por malicia? ¿Qué es «por eso conseguí misericordia» sino que no la habría conseguido si no hubiera sido recomendado por el patrocinio de la necedad? A nuestro favor está también aquel místico salmógrafo, quien no venía a mi mente en su lugar: «Los delitos de mi juventud y mis ignorancias no los recuerdes». Habéis oído las dos cosas que ofrece como pretexto, a saber la edad, de la que siempre soy compañera, y las ignorancias, y en número plural, para que entendiéramos la inmensa fuerza de la necedad.

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