Parte 11Cortesanos, obispos y papas
Y ¿qué voy a decir de los magnates de palacio? Aunque la mayoría de ellos no hay nada más servil, más rastrero, más necio ni más abyecto, sin embargo quieren ser vistos como los primeros en todo; pero al menos en esto son modestísimos: se conforman con llevar en el cuerpo el oro, las gemas, la púrpura y demás insignias de la virtud y la sabiduría, dejando el estudio de las cosas mismas a otros. Ya se sienten felices de sobra con que se les permita llamar «señor» al rey, con haber aprendido a saludarlo con tres palabras, con saber repetir constantemente títulos corteses, serenidad, dominio y magnificencia, con haber aprendido perfectamente a despojarse del pudor, con saber adular diestramente. Pues ésas son las artes que convienen de verdad al noble y al cortesano. Pero si examinas más de cerca toda su forma de vida, verás que no son más que unos auténticos feacios, unos pretendientes de Penélope; ya conocéis el resto del verso, que Eco os lo puede repetir mejor que yo. Duermen hasta mediodía; allí un sacerdotillo mercenario espera junto al lecho para despachar rápidamente la misa a los que aún están casi acostados. Luego viene el desayuno; apenas acabado, ya llama a la puerta el almuerzo. Tras él, los dados, el backgammon, los sortilegios, los bufones, los enanos, las putas, los juegos, las bufonadas. Entretanto alguna que otra merienda. De nuevo la cena; después de ella, el segundo banquete, y por Júpiter que no es uno solo. Y de esta manera transcurren sin hastío alguno las horas, los días, los meses, los años, los siglos. A veces yo misma salgo más gorda si he visto a esos hinchados de orgullo, cuando entre las damas cada una cree estar más cerca de los dioses cuanto más larga cola arrastra, cuando entre los magnates uno empuja a otro con el codo para parecer más cercano a Júpiter, cuando cada uno se complace más en sí mismo cuanto más pesada es la cadena que lleva al cuello, para ostentar no sólo la riqueza sino también la fortaleza.
En verdad, los sumos pontífices, cardenales y obispos hace tiempo que emulan activamente la conducta de los príncipes, y casi la superan. Pero si alguien sopesara qué nos advierte esa vestidura de lino, insignia de candor níveo, es decir, una vida en todo irreprochable; qué significa esa mitra bicorne, cuyos dos picos están unidos por el mismo nudo, o sea, el conocimiento perfecto tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento; qué significan las manos protegidas por guantes, es decir, la administración pura de los sacramentos e inmune a todo contagio de las cosas humanas; qué el báculo, es decir, el cuidado vigilantísimo del rebaño confiado; qué la cruz que se lleva delante, o sea, la victoria sobre todos los afectos humanos: si alguien sopesara esto, digo, y otras muchas cosas del mismo género, ¿acaso no llevaría una vida triste y angustiada? Pero ahora lo hacen muy bien cuando se alimentan a sí mismos. En cuanto al cuidado de las ovejas, lo encomiendan al propio Cristo o lo echan sobre los hermanos, como los llaman, y sobre los vicarios. Ni siquiera recuerdan su propio nombre, qué significa la palabra obispo, es decir, trabajo, cuidado, solicitud. Pero en lo que se refiere a atrapar dinero, ahí sí que hacen de obispos, sin perder ojo.
Del mismo modo, los cardenales, si pensaran que han sucedido en el lugar de los apóstoles, que se les exige lo mismo que ellos cumplieron, que después no son señores sino administradores de los bienes espirituales, de los cuales han de rendir cuentas exactísimas poco después; más aún, si se pararan a filosofar un poco sobre su atuendo, y reflexionaran así consigo mismos: ¿Qué significa esta vestidura blanca? ¿No es acaso la suma y extraordinaria inocencia de vida? ¿Y esta púrpura interior? ¿No es acaso el amor ardentísimo hacia Dios? ¿Y de nuevo esta exterior que se derrama con sinuosa amplitud y envuelve la mula entera del reverendísimo, aunque una sola bastaría para cubrir un camelo? ¿No es acaso la caridad que se extiende amplísimamente para ayudar a todos, es decir, para enseñar, exhortar, aconsejar, reprender, amonestar, poner fin a las guerras, resistir a los príncipes malvados, y gastar gustosamente hasta la sangre por el rebaño cristiano, no sólo las riquezas? Aunque ¿para qué necesitan riquezas quienes ocupan el lugar de los apóstoles pobres? Si sopesaran esto, digo, ni ambicionarían ese puesto, y lo abandonarían de buen grado, o al menos llevarían una vida completamente laboriosa y angustiada, como la que vivieron aquellos antiguos apóstoles.
Y los sumos pontífices, que hacen las veces de Cristo, si intentaran imitar su misma vida, es decir, la pobreza, los trabajos, la doctrina, la cruz, el desprecio de la vida, si pensaran siquiera en el nombre de papa, esto es, padre, o en el sobrenombre de santísimo, ¿qué habría más desdichado en la tierra? O ¿quién compraría ese puesto con todas sus fortunas? ¿Quién, una vez comprado, lo defendería con la espada, el veneno y toda clase de violencia? ¡Cuántas comodidades les quitaría si de una vez se les metiera dentro la sabiduría! ¿Sabiduría dije? Más bien una sola pizca de aquella sal de la que habló Cristo. Tanto de riquezas, tanto de honores, tanto de dominio, tantas victorias, tantos oficios, tantas dispensas, tantos tributos, tantas indulgencias, tantos caballos, mulas, satélites, tanto de placeres. ¿Veis cuántas ferias, cuánta mies, cuánto piélago de bienes he abarcado en pocas palabras? En lugar de todo eso introducirá vigilias, ayunos, lágrimas, oraciones, sermones, estudios, suspiros y otros mil trabajos miserables de este género. Y tampoco hay que pasar por alto esto: ocurrirá que tantos escritores, tantos copistas, tantos notarios, tantos abogados, tantos promotores, tantos secretarios, tantos muleros, tantos palafreneros, tantos banqueros, tantos alcahuetes (casi añado algo más suave, pero temo que suene demasiado duro a los oídos); en suma, tan ingente turba de hombres que carga —me equivoqué, quería decir honra— la sede romana se vería reducida al hambre. Esto sería en verdad un crimen inhumano y abominable, pero mucho más detestable aún sería que los propios príncipes supremos de la Iglesia y verdaderas luces del mundo se vieran reducidos a la alforja y al cayado. Pero ahora, si hay algún trabajo, lo dejan a Pedro y Pablo, que tienen ocio de sobra; pero si hay algún esplendor o placer, eso lo toman para sí. Y así ocurre, por obra mía desde luego, que casi ningún género de hombres vive más cómodamente ni con menos preocupaciones, puesto que creen haber dado cumplida satisfacción a Cristo con hacer de obispos mediante un ornato místico y casi teatral, ceremonias, títulos de beatitudes, reverencias, santidades, bendiciones y maldiciones. Para ellos hacer milagros es anticuado y obsoleto, y no es en absoluto propio de estos tiempos; enseñar al pueblo es trabajoso; interpretar las Sagradas Escrituras es escolástico; orar, ocioso; derramar lágrimas, miserable y mujeril; pasar necesidad, sórdido; ser vencido, vergonzoso y poco digno de quien apenas admite al ósculo de sus pies beatísimos ni siquiera a los reyes más grandes; finalmente, morir es ingrato; ser clavado en la cruz es infame. Quedan sólo aquellas armas y dulces bendiciones de las que hace mención Pablo, y de éstas son en verdad muy generosos: interdictos, suspensiones, agravaciones, reagravaciones, anatemas, cuadros vengadores y aquel rayo terrorífico con el que, con un simple gesto, envían las almas de los mortales más allá del tártaro. Y este mismo rayo los santísimos padres en Cristo y vicarios de Cristo no lo lanzan contra nadie con más saña que contra aquellos que, instigados por el diablo, intentan disminuir y roer el patrimonio de Pedro. Aunque su voz en el Evangelio diga: «Lo dejamos todo y te seguimos», sin embargo llaman patrimonio de éste a los campos, ciudades, tributos, aduanas, dominios. Por ellos, encendidos por el celo de Cristo, luchan con hierro y fuego, no sin grandísimo derramamiento de sangre cristiana, y entonces creen estar defendiendo apostólicamente a la Iglesia esposa de Cristo, después de haber derrotado valerosamente a los enemigos, como los llaman; como si no hubiera enemigos más perniciosos para la Iglesia que los pontífices impíos que permiten con su silencio que Cristo se desvanezca, lo atan con leyes lucrativas, lo adulteran con interpretaciones forzadas y lo degüellan con su vida pestilente. Pero como la Iglesia cristiana fue fundada con sangre, confirmada con sangre, aumentada con sangre, ahora, como si Cristo hubiera perecido, él que según su costumbre protege a los suyos, llevan los asuntos con la espada; y aunque la guerra sea cosa tan monstruosa que conviene a las fieras y no a los hombres, tan insensata que los poetas fingen que es enviada por las furias, tan pestilente que arrastra consigo toda peste de costumbres, tan injusta que suele ser administrada óptimamente por los peores bandidos, tan impía que no tiene nada que ver con Cristo, sin embargo, dejando todo lo demás, sólo se dedican a esto. Allí verías incluso a viejos decrépitos mostrar el vigor de ánimo juvenil, sin escandalizarse por los gastos, sin fatigarse con los trabajos, sin que nada los disuada de revolver de arriba abajo las leyes, la religión, la paz y todos los asuntos humanos. Y no faltan aduladores eruditos que llaman a esa locura manifiesta celo, piedad, fortaleza, habiendo inventado un modo por el cual es posible que uno desenvaine el hierro letal y lo clave en las entrañas de su hermano, permaneciendo no obstante aquella caridad suma que por mandato de Cristo debe el cristiano a su prójimo.
No tengo claro todavía si a estas cosas dieron ejemplo, o más bien de aquí lo tomaron ciertos obispos de los germanos que, con mayor sencillez, incluso omitiendo el atuendo, las bendiciones y otras ceremonias de este género, hacen claramente de sátrapas, hasta el punto de que juzgan casi cobarde y poco decoroso para un obispo entregar su valiente alma a Dios en otro lugar que no sea el campo de batalla. Y en verdad la masa de los sacerdotes, considerando sacrilegio degenerar de la santidad de sus prelados, ¡oh, cuán militarmente guerrean por el derecho de los diezmos con espadas, lanzas, piedras y toda clase de armas!, ¡cuán perspicaces aquí si pueden arrancar algo de las letras de los antiguos con qué aterrorizar a la plebe y demostrar que se les debe más que los diezmos! Pero entretanto no les viene a la mente cuántas cosas se leen por todas partes sobre el deber que ellos a su vez deben prestar al pueblo. Ni siquiera la coronilla rapada les advierte que el sacerdote debe estar libre de todos los deseos de este mundo y no meditar sino en las cosas celestiales. Pero estos hombres encantadores dicen haber cumplido perfectamente con su oficio si han murmurado como sea aquellas oracioncitas suyas, que por Hércules me admira que algún dios las oiga o las entienda, cuando ellos mismos casi no las oyen ni las entienden mientras las repiten con la boca. Pero en esto los sacerdotes tienen en común con los profanos que todos están vigilantes para la cosecha del provecho, y ninguno ignora allí las leyes; pero si hay alguna carga, prudentemente la echan sobre hombros ajenos, y unos a otros se la pasan como una pelota de mano en mano. Pues así como los príncipes laicos delegan en vicarios las funciones de administrar el reino, y el vicario a su vez lo traspasa a otro vicario, así ellos, por causa de la modestia, dejan todo el cuidado de la piedad a la plebe. La plebe lo echa sobre aquellos a quienes llaman eclesiásticos, como si ellos mismos no tuvieran ningún trato con la Iglesia, como si los votos del bautismo no fueran absolutamente nada. A su vez los sacerdotes que se llaman seculares, como si estuvieran iniciados en el mundo y no en Cristo, devuelven esta carga a los regulares, los regulares a los monjes, los monjes más laxos a los más estrictos, todos juntos a los mendicantes; los mendicantes a los cartujos, entre quienes sola yace sepultada y escondida la piedad, y tan escondida está que apenas se la puede ver jamás. Del mismo modo los pontífices, diligentísimos en la cosecha del dinero, relegan aquellos trabajos demasiado apostólicos a los obispos, los obispos a los pastores, los pastores a los vicarios, los vicarios a los frailes mendicantes. Éstos a su vez lo devuelven a aquellos de quienes se esquila la lana de las ovejas. Pero no es propio de este propósito examinar la vida de los pontífices y sacerdotes, no sea que a alguien le parezca que estoy tejiendo una sátira, no recitando un elogio, ni alguien piense que censuro a los buenos príncipes cuando alabo a los malos. Pero he tocado esto brevemente para que quedara claro que ningún mortal puede vivir suavemente si no ha sido iniciado en mis misterios y me tiene propicia.
Pues ¿cómo podría ocurrir eso, cuando incluso la propia Ramnusia, dispensadora de la fortuna de las cosas humanas, está tan de acuerdo conmigo que siempre fue enemicísima de esos sabios, mientras que a los necios, incluso durmiendo, les ha traído toda clase de comodidades? Conocéis a aquel Timoteo, de quien viene incluso el sobrenombre y el proverbio «la nasa captura al que duerme». De nuevo otro: «el búho vuela». En cambio a los sabios les cuadran aquellos «nacido en cuarto menguante» y: «tiene el caballo de Seyo» y: «el oro de Tolosa». Pero dejo de proverbiar, no sea que parezca que he saqueado los comentarios de mi Erasmo. Así pues, volviendo al tema: la fortuna ama a los poco cuerdos, ama a los más audaces y a quienes les place aquello de «échese el dado». Pero la sabiduría hace tímidos, e por eso comúnmente veis que esos sabios tienen que vérselas con la pobreza, con el hambre, con el humo, viven descuidados, sin gloria, odiados; los necios nadan en dineros, se les acerca al timón del gobierno, en suma, florecen de todos los modos. Pues si alguien estima que es dichoso haber complacido a varones príncipes y andar entre aquellos dioses míos enjoyados, ¿qué hay más inútil que la sabiduría?, más aún, ¿qué más condenado ante ese género de hombres? Si se han de acumular riquezas, ¿qué ganancia sacará finalmente el comerciante si siguiera la sabiduría? Si el perjurio lo ofende, si sorprendido en la mentira se sonroja, si hace el menor caso de aquellos escrúpulos angustiosos de los sabios sobre hurtos y usuras. Además, si alguien ambiciona honores y riquezas eclesiásticas, un asno o un búfalo penetrará en ellas antes que un sabio. Si te guía el placer, las muchachas, parte máxima de esta farsa, están adictas de todo corazón a los necios, y huyen y temen al sabio como a un escorpión. Finalmente, cuantos se proponen vivir un poco más festivamente y alegremente, ante todo excluyen al sabio y admiten a cualquier otro animal. En resumen, dondequiera que te vuelvas, entre pontífices, príncipes, jueces, magistrados, amigos, enemigos, los más grandes, los más pequeños, todo se consigue con dinero contante; el cual, como el sabio lo desprecia, así suele huir cuidadosamente de él. Pero aunque no haya modo ni fin a mis alabanzas, sin embargo es necesario que el discurso tenga fin en algún momento. Así que dejaré de hablar, pero antes mostraré brevemente que no me faltan grandes autores que me han ilustrado con sus escritos y con sus hechos, no sea que a alguien le parezca que neciamente sólo me complazco a mí misma, o que los leguleyos me acusen de no alegar nada. Así que alegaré al ejemplo de ellos mismos, es decir, de forma irrelevante.
En primer lugar, a todos les consta por aquel proverbio notísimo que donde falta la realidad, allí es óptima la simulación. Y por eso con razón se enseña inmediatamente este verso a los niños: «Simular locura a tiempo es suma sabiduría». Ya calculáis vosotros mismos cuán inmenso bien es la Locura, cuya sola sombra e imitación falaz merece tanta alabanza de los doctos. Pero mucho más cándidamente aquel gordo y lustroso cerdo del rebaño de Epicuro manda «mezclar la locura con los consejos», aunque añadió «breve», no muy agudamente. Igualmente en otro lugar: «Es dulce desvariar a tiempo». De nuevo en otro sitio prefiere «parecer delirante e inerte antes que sabio y roerse». Ya en Homero Telémaco, a quien el poeta alaba de todos los modos, es llamado continuamente «niño», y con el mismo prenombre, como de feliz augurio, suelen llamar gustosamente los trágicos a muchachos y adolescentes. Y ¿qué contiene el sagrado poema de la Ilíada sino las iras de reyes y pueblos necios? Además, ¡cuán absoluta es aquella alabanza de Cicerón: «Todas las cosas están llenas de necios»! Pues ¿quién ignora que cualquier bien, cuanto más ampliamente se extiende, tanto más excelente es?
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