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Parte 5Las artes y la sed de gloria

Elogio de la locura · Erasmo de Rotterdam · 14 min de lectura

Pero ya, para hablar de las artes, ¿qué excitó en definitiva los ingenios de los mortales a imaginar y transmitir a la posteridad tantas disciplinas insignes, según creen ellos, sino la sed de gloria? Los hombres, verdaderamente los más necios, pensaron que debían rescatar con vigilias y sudores tan grandes esa fama no sé cuán vana, que nada puede ser más vacío que ella. Pero entretanto me debéis a mí, la Locura, tantas ventajas ya insignes de la vida; y lo que es con mucho lo más dulce: disfrutáis de la demencia ajena.

Así pues, ya que me he apropiado la alabanza del valor y de la laboriosidad, ¿qué tal si me apropio también la de la prudencia? Pero dirá alguno: «Tanto valdría mezclar el fuego con el agua». Con todo, opino que también esto me saldrá bien, con tal de que vosotros, como habéis hecho hasta ahora, me favorezcáis con vuestros oídos y vuestros ánimos. En primer lugar, si la prudencia consiste en la experiencia de las cosas, ¿a quién corresponde más el honor de ese título: al sabio, que en parte por pudor, en parte por timidez del ánimo no emprende nada, o al necio, a quien ni el pudor, del que carece, ni el peligro, que no considera, lo apartan de cosa alguna? El sabio se refugia en los libros de los antiguos, y de ellos aprende meras sutilezas de palabras. El necio, abordando y probando de cerca los asuntos, recoge la verdadera prudencia, si no me engaño. Esto es lo que parece haber visto Homero, aunque estaba ciego, cuando dice: «Después de lo hecho, hasta el necio comprende». Porque hay dos obstáculos principales para alcanzar el conocimiento de las cosas: el pudor, que echa humo sobre el ánimo, y el miedo, que mostrado el peligro disuade de acometer las empresas. Pues de estos obstáculos nos libera magníficamente la necedad. Pocos mortales comprenden a cuántas otras ventajas también aprovecha no avergonzarse nunca y atreverse a todo. Pero si prefieren entender por prudencia la que consiste en el juicio de las cosas, escuchad os ruego cuán lejos están de ella quienes se venden con ese nombre. Primeramente está claro que todas las cosas humanas, como los Silenos de Alcibíades, tienen dos caras muy diferentes entre sí; de manera que lo que en la primera faz, como dicen, es muerte, si miras dentro es vida; al contrario, lo que es vida, es muerte; lo hermoso, deforme; lo opulento, paupérrimo; lo infame, glorioso; lo docto, indocto; lo robusto, débil; lo noble, innoble; lo alegre, triste; lo próspero, adverso; lo amigo, enemigo; lo saludable, nocivo; en resumen, hallarás de repente todas las cosas invertidas, si abres el Sileno. Si a alguien esto le parece quizá dicho de modo demasiado filosófico, vamos, con una Minerva más gorda, como suele decirse, lo haré más claro. ¿Quién no reconoce que un rey es opulento y señor? Pero si carece de bienes del ánimo, si nada le basta, entonces es paupérrimo. Además tiene un ánimo entregado a muchísimos vicios: entonces es vergonzosamente esclavo. Del mismo modo se podría filosofar también sobre los demás. Pero baste haber puesto esto como ejemplo. «Pero ¿adónde va todo esto?», dirá alguien. Escuchad adónde llevamos el asunto. Si alguien intentara arrancar las máscaras a los comediantes que representan una obra en escena, y mostrar a los espectadores los rostros verdaderos y naturales, ¿acaso no echaría a perder toda la obra, y merecería que todos lo expulsaran del teatro a pedradas como a un loco? Aparecería de repente una nueva apariencia de las cosas, de modo que quien hace un momento era mujer, ahora sería hombre; quien antes joven, de pronto anciano; quien poco antes rey, súbitamente esclavo; quien antes dios, de repente hombrecillo. Pero suprimir ese engaño es trastornar toda la obra. Precisamente ese fingimiento y ese afeite es lo que retiene los ojos de los espectadores. Por otra parte, la vida entera de los mortales ¿qué otra cosa es sino una especie de obra teatral, en la que unos, cubiertos con las máscaras de otros, avanzan y cada cual representa su papel, hasta que el director de escena los saca del proscenio? Y a menudo ordena que el mismo actor salga con distinto atavío, de modo que quien hace poco representaba un rey vestido de púrpura, ahora haga de esclavillo harapiento. Todo está representado con sombras, sí, pero esta obra no se representa de otro modo. Aquí, si me surgiera de pronto algún sabio bajado del cielo, y gritara que este a quien todos contemplan como dios y señor no es ni siquiera hombre, porque se deja conducir como un animal por sus pasiones; que es esclavo de la más baja condición, porque sirve voluntariamente a tantos y tan vergonzosos amos; y a la inversa, ordenara reír a otro que llora a su padre difunto, porque éste sólo ahora ha empezado a vivir, cuando por lo demás esta vida no es otra cosa que una especie de muerte; además llamara a otro, que se gloría de su linaje, innoble y bastardo, porque está lejos de la virtud, que es la única fuente de nobleza; y hablara del mismo modo de todos los demás: os pregunto ¿qué habría conseguido, sino que todos lo tuvieran por demente y furioso? Así como nada hay más necio que una sabiduría inoportuna, así nada hay más imprudente que una prudencia perversa: y hace las cosas perversamente quien no se acomoda a las circunstancias presentes, y no quiere seguir la norma de la convivencia, ni se acuerda al menos de aquella ley de los banquetes, «o bebe o vete», y exige que la obra ya no sea obra; por el contrario, es verdaderamente prudente, siendo mortal, no querer saber más allá de tu condición, y junto con la multitud entera de los hombres o bien consentir con gusto, o equivocarte amablemente. «Pero eso mismo», dicen, «es necedad». No lo negaré, con tal de que reconozcan por su parte que esto es representar la obra de la vida.

En cuanto a lo otro, oh dioses inmortales, ¿lo digo o callo? ¿Pero por qué habría de callarlo, cuando es más verdadero que la verdad? Sin embargo quizá convendría en asunto tan grande llamar a las Musas desde el Helicón, a quienes los poetas suelen invocar muy a menudo para las más vanas bagatelas. Asistidme pues un momento, hijas de Júpiter, mientras demuestro que no hay acceso a aquella insigne sabiduría y ciudadela de la felicidad, como ellos la llaman, sino con la necedad como guía. Ante todo esto es cosa reconocida: que todas las pasiones pertenecen a la necedad; pues con esta nota distinguen al necio del sabio, que a aquél lo gobiernan las pasiones, a éste la razón; y por ello los estoicos apartan del sabio todas las perturbaciones como enfermedades. Pero estas pasiones no sólo hacen oficio de pedagogos para quienes se apresuran hacia el puerto de la sabiduría, sino que también en todo ejercicio de la virtud suelen estar presentes como espuelas y aguijones, como exhortadores al buen obrar. Aunque aquí reclama enérgicamente el doble estoico Séneca, que despoja totalmente de toda pasión al sabio. Pero cuando hace eso, ya ni siquiera deja un hombre, sino que más bien crea un dios nuevo, que ni ha existido nunca en ninguna parte, ni existirá jamás; o, para decirlo más abiertamente, erige un simulacro marmóreo de hombre, estúpido y totalmente ajeno a todo sentimiento humano. Así que si les place, que disfruten ellos mismos de su sabio y lo amen sin rival, y que habiten con él en la república de Platón, o si prefieren en el reino de las ideas, o en los huertos de Tántalo. Porque ¿quién no huiría y se horrorizaría de un hombre semejante como de un monstruo y un espectro, que se hubiera vuelto sordo a todos los sentimientos de la naturaleza, que no se conmoviera por ninguna pasión, ni por amor ni por compasión,

«como si fuera duro pedernal o un peñasco de Marpesia»,

a quien nada se le escape, que no yerre en nada, sino que como un Linceo vea todo con claridad, sopese todo rigurosamente, no perdone nada, que sólo esté contento consigo mismo, solo rico, solo sano, solo rey, solo libre, en resumen solo todo, pero según su solo juicio, que no estime ninguna amistad, él mismo amigo de nadie, que no dude en colgar a los mismos dioses, que condene y ridiculice como demencial todo cuanto se hace en toda la vida? Y sin embargo este animal es el sabio perfecto. Os pregunto: si se tratara de votar, ¿qué ciudad querría para sí un magistrado así, o qué ejército desearía un jefe tal? Es más, ¿qué mujer querría un marido de esa índole, qué anfitrión un comensal semejante, qué criado un amo de tales costumbres, o lo desearía o lo soportaría? ¿Quién no preferiría a cualquiera de la plebe de los hombres más necios, que necio pueda mandar a necios o obedecer, que agrade a sus semejantes que son muchísimos, que sea amable con su mujer, jovial con los amigos, buen comensal, compañero fácil, en fin que considere nada humano ajeno a sí? Pero a mí hace tiempo que me cansa ese sabio. Así que vuelva el discurso a las demás ventajas.

Ea pues, si alguien como desde una atalaya elevada contemplara alrededor, como los poetas cuentan que hace Júpiter, a cuántas calamidades está expuesta la vida de los hombres, cuán miserable y sórdido es el nacimiento, cuán laboriosa la crianza, a cuántas injurias está expuesta la niñez, a cuántos sudores forzada la juventud, cuán pesada es la vejez, cuán dura la necesidad de la muerte, cuántos ejércitos de enfermedades nos atacan, cuántos accidentes nos amenazan, cuántas incomodidades nos sobrevienen, cómo nada hay en ninguna parte que no esté teñido de muchísima hiel, para no recordar ya aquellos males que el hombre inflige al hombre; del género de la pobreza, la cárcel, la infamia, la vergüenza, los tormentos, las asechanzas, la traición, los insultos, los pleitos, los fraudes. Pero es evidente que estoy intentando contar los granos de arena. Por otra parte, con qué culpas hayan merecido los hombres estas cosas, o qué dios airado los forzó a nacer para estas miserias, no me es lícito ahora decirlo. Pero quien pondere esto consigo mismo, ¿acaso no aprobará el ejemplo de las vírgenes de Mileto, aunque sea digno de lástima? Y quienes principalmente se han procurado la muerte por hastío de la vida, ¿no fueron los vecinos de la sabiduría? Entre los cuales, aunque calle por ahora a Diógenes, Jenócrates, los Catones, los Casios y los Brutos, aquel Quirón, cuando le era lícito ser inmortal, prefirió espontáneamente la muerte. Ya veis, opino, lo que sucedería si generalmente se volvieran sabios los hombres: desde luego haría falta otro barro y otro alfarero Prometeo. Pero yo, en parte por ignorancia, en parte por irreflexión, a veces por olvido de los males, otras veces por esperanza de bienes, rociando a veces un poquito de miel sobre los placeres, socorro de tal modo en tan grandes males que ni siquiera entonces les apetece abandonar la vida, cuando agotado el hilo de las Parcas la vida misma los abandona hace ya rato; y cuanto menos razón hay para que deban permanecer en la vida, tanto más les deleita vivir, tan lejos están de sentir hastío alguno de la vida. Por beneficio mío, ciertamente, veis por doquier ancianos de edad nestórea, a quienes ya ni siquiera les queda apariencia de hombres, balbucientes, delirantes, desdentados, canos, calvos, o para describirlos con palabras más aristofánicas: «sucios, encorvados, míseros, arrugados, babosos, débiles y pelados»; y sin embargo se deleitan tanto con la vida y hasta tal punto «mozos se hacen», que uno se tiñe las canas, otro disimula la calvicie con peluca postiza, otro usa dientes prestados acaso tomados de algún cerdo, éste perece miserablemente por alguna muchacha, y en tonterías amorosas supera a cualquier mozalbete. Porque que cascarrones ya, meros fósiles, desposen a alguna jovencita tierna, y sin dote además, y que ha de servir a otros, eso es tan frecuente que casi se considera digno de alabanza. Pero mucho más gracioso todavía es contemplar a las viejas, ya muertas por la larga vejez y hasta cadavéricas, de modo que parezcan haber vuelto del infierno, que siempre tienen en la boca aquello de «dulce es la luz», que todavía retozan, y como suelen decir los griegos «se comportan como jabalinas», y contratan a algún Faón a gran precio, se embadurnan incesantemente el rostro con afeites, nunca se apartan del espejo, arrancan el bosque del pubis profundo, exhiben sus tetas marchitas y podridas, con trémulo gemido solicitan la lujuria lánguida, beben, se mezclan en los coros de muchachas, escriben cartitas amorosas. Todos se ríen de estas cosas, como son, necedades supremas: pero ellas están contentas consigo mismas y entretanto se revuelcan en supremas delicias, y se untan todas de miel, felices evidentemente por beneficio mío. Ahora bien, a quienes estas cosas les parecen ridículas, quisiera que consideraran consigo si juzgan preferible pasar la vida totalmente endulzada con esta necedad, o buscar una viga, como dicen, para la horca. Por otra parte, que vulgarmente se consideren estas cosas expuestas a la infamia, nada importa a mis necios, que o no sienten ese mal, o si algo sienten, fácilmente lo desdeñan. Si una piedra cae sobre la cabeza, eso es verdaderamente un mal: pero la vergüenza, la infamia, el oprobio, las maldiciones causan tanto daño cuanto se sienten. Si falta el sentimiento, ni siquiera son males. ¿Qué te perjudica si todo el pueblo te silba, con tal de que tú te aplaudes a ti mismo? Y para que eso te sea lícito, sólo la necedad lo consigue.

Pero me parece oír a los filósofos reclamando. «Pero eso mismo», dicen, «es lo miserable: estar dominado por la necedad, errar, ser engañado, ignorar». Al contrario, eso es ser hombre. Por otra parte, por qué lo llaman miserable, no lo veo, cuando así habéis nacido, así habéis sido formados, así habéis sido constituidos, ésa es la suerte común de todos. Pero nada es miserable cuando se mantiene en su género, a no ser que alguien estime deplorable al hombre porque no puede volar con las aves, ni caminar a cuatro patas con el resto de los animales, ni está armado de cuernos como los toros. Pero de igual modo llamaría infeliz también al caballo más hermoso, porque no ha aprendido gramática ni come pasteles; miserable al toro, porque es inútil para la palestra. Así pues, como el caballo ignorante de gramática no es miserable, así tampoco el hombre necio es infeliz, porque estas cosas se corresponden con su naturaleza. Pero de nuevo insisten estos tejedores de palabras. «Al hombre», dicen, «se le ha añadido peculiarmente el conocimiento de las disciplinas, con cuyo auxilio compense con el ingenio lo que la naturaleza le ha disminuido». Como si tuviera alguna apariencia de verdad que la naturaleza, que veló tan solícita en los mosquitos y hasta en las hierbas y florecillas, se hubiera dormido en el hombre solo, de modo que necesitara disciplinas, que aquel Teuto, genio hostil al género humano, imaginó para suprema perdición, tan poco útiles para la felicidad que incluso perjudican a aquello mismo para lo que propiamente se dice que fueron descubiertas, como argumenta elegantemente en Platón aquel rey prudentísimo a propósito del invento de las letras. Así pues, las disciplinas se introdujeron subrepticiamente con las demás pestes de la vida humana, por los mismos autores de los que proceden todas las fechorías, es decir por los demonios, que de ahí también tomaron su nombre; como si llamaras «sabedores», esto es, conocedores. Pues aquella gente sencilla de la edad de oro, no armada de disciplina alguna, vivía con la sola conducción e instinto de la naturaleza. ¿Qué necesidad había de gramática, cuando la lengua era la misma para todos, y no se buscaba otra cosa con el lenguaje sino que uno entendiera al otro? ¿Qué utilidad tenía la dialéctica, cuando no había combate de opiniones que pugnaran entre sí? ¿Qué lugar para la retórica, cuando nadie causaba problemas a otro? ¿Para qué se requeriría la prudencia de las leyes, cuando no había malas costumbres, de las que sin duda han nacido las buenas leyes? Además eran demasiado religiosos para escudriñar con impia curiosidad los arcanos de la naturaleza, las medidas de los astros, sus movimientos, efectos, las causas ocultas de las cosas, considerando sacrilegio que el hombre mortal intentara saber más allá de su condición. Y la demencia de indagar qué había más allá del cielo ni siquiera se les pasaba por la cabeza. Pero, decayendo poco a poco la pureza de la edad de oro, primero por los malos genios, como dije, fueron inventadas las artes, pero pocas, y éstas recibidas por pocos: después la superstición de los caldeos y la ociosa frivolidad de los griegos añadió otras seiscientas, meros tormentos de los ingenios, hasta tal punto que una sola gramática basta abundantemente para perpetua carnicería de la vida.

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