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Parte 7Jugadores, crédulos y vanidosos

Elogio de la locura · Erasmo de Rotterdam · 14 min de lectura

«En las grandes empresas basta haber querido». Y luego se quejan de la brevedad de la vida, como si no fuera suficiente para la magnitud de su negocio. En cuanto a los jugadores, dudo un poco si deben ser admitidos en mi colegio. Pero en cualquier caso es un espectáculo completamente necio y ridículo cuando vemos a algunos tan adictos que, apenas oyen el ruido de los dados, al instante les salta y les palpita el corazón. Luego, cuando —siempre seducidos por la esperanza de ganar— han naufragado con todos sus bienes, la nave destrozada contra el escollo del juego, mucho más temible que Malea, y apenas han salido desnudos a flote, prefieren engañar a cualquiera antes que al ganador, no vaya a ser que se los considere hombres poco serios. ¿Y qué cuando unos viejos ya medio ciegos juegan con lentes? Por último, cuando una merecida artritis les ha destrozado las articulaciones, contratan incluso a sueldo a un sustituto que tire los dados al cubilete en su lugar. Cosa agradable, sin duda, salvo que este juego suele degenerar en furor y ya pertenece a las furias, no a mí.

Por lo demás, aquel género de hombres que goza oyendo o contando milagros y mentiras prodigiosas es sin duda alguna por completo de mi harina, y nunca se sacian de semejantes fábulas cuando se mencionan cosas portentosas acerca de espectros, fantasmas, apariciones, los infiernos y mil maravillas por el estilo: cuanto más alejadas están de la verdad, tanto más fácilmente se las cree, y con un cosquilleo más agradable halagan los oídos. Y ciertamente no solo sirven maravillosamente para aliviar el tedio de las horas, sino que también contribuyen a las ganancias, sobre todo de los sacerdotes y predicadores. Emparentados con estos están los que han asumido una persuasión necia, pero agradable: que si han visto algún Cristóbal pintado o de madera —un verdadero Polifemo—, ese día no morirán; o que quien haya saludado a santa Bárbara esculpida con las palabras prescritas, regresará sano y salvo del combate; o que si alguien se ha dirigido a san Erasmo en ciertos días, con ciertos cirios y ciertas oraciones, pronto se volverá rico. Y ya han encontrado incluso en san Jorge un nuevo Hércules, como un segundo Hipólito. A su caballo, religiosísimamente adornado con jaeces y medallas, casi lo adoran, y una y otra vez lo halagan con algún regalito; jurar por su yelmo de bronce se considera algo completamente regio. Pues ¿qué diré de aquellos que se regalan dulcemente a sí mismos con perdones fingidos de sus pecados, y miden los espacios del purgatorio como con clepsidras, calculando siglos, años, meses, días, horas, como si lo hicieran desde una tabla matemática, sin el menor error? ¿O de aquellos que, confiados en ciertas fórmulas mágicas y oraciones que algún piadoso impostor inventó ya fuera por diversión o por lucro, se prometen todo: riquezas, honores, placeres, hartura, salud perpetuamente próspera, larga vida, vejez vigorosa y, por último, un puesto junto a Cristo en el cielo —aunque no querrían alcanzarlo sino muy tarde, esto es, cuando las delicias de esta vida, que los retienen contra su voluntad y a mordiscos, los hayan abandonado por fin; entonces sí que llegarían aquellos goces celestiales—. Imagíname aquí a algún comerciante, o soldado, o juez que, arrojando una sola moneda de tantas rapiñas, cree haber limpiado de una vez toda la ciénaga de su vida, y piensa que tantos perjurios, tantas lujurias, tantas borracheras, tantas riñas, tantas muertes, tantos engaños, tantas perfidia, tantas traiciones se redimen como por pacto; y se redimen de tal modo que ya puede volver a empezar desde cero un nuevo ciclo de crímenes. ¿Y qué hay más necio que aquellos —o mejor dicho, más feliz— que, recitando a diario los siete versículos de los salmos sagrados, se prometen más que la suma felicidad? Y se cree que estos versículos mágicos fueron revelados a san Bernardo por un demonio —gracioso aquel, sí, pero más fútil que astuto—, aunque el pobre quedó burlado con la treta. Y estas cosas tan necias que casi me avergüenzan a mí misma, sin embargo están aprobadas, y no solo por el vulgo, sino también por los profesores de la religión. ¿Y qué más? ¿No pertenece más o menos a esto que las diversas regiones se apropien de algún santo particular, y que a cada uno se le asignen ciertas funciones y se le atribuyan sus propios ritos de culto: que este socorra en el dolor de muelas, aquel asista propicio a las parturientas, otro restituya lo robado, este brille favorable en el naufragio, aquel proteja el rebaño, y así sucesivamente —pues recorrerlos todos sería larguísimo—? Hay algunos que valen por sí solos en múltiples asuntos, especialmente la Virgen Madre, a quien el vulgo de los hombres atribuye casi más que al Hijo.

Pero ¿qué piden por fin los hombres a estos santos, sino lo que atañe a la locura? Vamos, entre tantos exvotos con los que veis repletas todas las paredes de ciertos templos, e incluso el techo mismo, ¿habéis visto jamás a alguien que haya escapado de la necedad, o que se haya vuelto siquiera un pelo más sabio? Uno nadó y salió ileso. Otro fue atravesado por el enemigo y vivió. Otro huyó del combate mientras los demás peleaban, no menos feliz que valientemente. Otro llevado al patíbulo cayó —gracias al favor de algún santo amigo de los ladrones— para seguir aligerando de riquezas a unos cuantos que las llevaban encima con gran pesar. Otro escapó de la cárcel tras romper los barrotes. Otro se curó de la fiebre, con disgusto del médico. A otros el veneno ingerido, al limpiarles el vientre, les sirvió de remedio y no de perdición, aunque no con excesiva alegría de la esposa, que perdió el esfuerzo y el gasto. Otro, tras volcar el carro, llevó los caballos sanos a casa. Otro vivió aplastado bajo un derrumbe. Otro sorprendido por el marido escapó. Nadie da gracias por haber sido librado de la necedad. Hasta tal punto es dulce cosa no saber nada, que los mortales deprecan todo antes que a la Locura. Pero ¿por qué entro en este piélago de supersticiones?

«Aunque tuviera cien lenguas y cien bocas, / voz de hierro, todas las formas de los necios desplegar, / todos los nombres de la necedad recorrer no podría»: hasta tal punto toda la vida de todos los cristianos bulle por doquier de semejantes delirios. Y sin embargo los propios sacerdotes no solo los admiten sin rechistar, sino que los alimentan, no ignorando cuánto lucro suele crecer de ahí. En medio de esto, si surgiera algún sabio odioso y cantara lo que es cierto: no morirás mal si has vivido bien; redimes tus pecados si a la moneda añades el odio a las malas acciones, después lágrimas, vigilias, oraciones, ayunos, y cambias todo el curso de tu vida; este santo te favorecerá si imitas su vida: si el sabio ese, digo, gruñera estas cosas y otras por el estilo, mira a cuánto tumulto habrá arrastrado de repente los ánimos de los mortales desde qué felicidad. A este colegio pertenecen los que en vida prescriben con tanta diligencia la pompa fúnebre con que quieren ser llevados, que señalan nominalmente incluso cuántas antorchas, cuántos enlutados, cuántos cantores, cuántos plañideros de teatro quieren que asistan, como si fuera a volver a ellos algún sentido de este espectáculo, o como si a los difuntos les fuera a dar vergüenza que el cadáver no se enterrara magníficamente: con el mismo empeño que si, elegidos ediles, se dispusieran a ofrecer juegos o un banquete.

Y aunque tengo prisa, no puedo pasar en silencio a aquellos que, aunque en nada difieren del zapatero más bajo, se regalan maravillosamente con el vano título de nobleza: uno refiere su linaje a Eneas, otro a Bruto, otro a Arturo; por todas partes muestran imágenes esculpidas y pintadas de sus antepasados; cuentan bisabuelos y tatarabuelos, y recuerdan antiguos apellidos, cuando ellos mismos no distan mucho de una estatua muda, casi peores que esas mismas efigies que ostentan: y sin embargo, con tan dulce amor propio llevan una vida completamente feliz; ni faltan otros igualmente necios que veneren a este género de bestias como a dioses. Pero ¿por qué hablo de uno o dos géneros, como si esta amor propio no hiciera felicísimos por doquier, de modos admirables, a muchísimos? Cuando este, más deforme que cualquier mona, se ve a sí mismo como un auténtico Nireo; aquel, apenas ha trazado tres líneas con el compás, se cree todo un Euclides; este, «asno junto a la lira», y canta peor que la gallina cuando la pisa el gallo, sin embargo se tiene por otro Hermógenes. Pero es aquel género de locura con mucho el más dulce, en que algunos se glorían de cualquier don que posea alguno de los suyos como si fuera propio. Tal era aquel rico dos veces dichoso en Séneca que, al narrar alguna historieta, tenía a mano esclavos que le sugirieran los nombres, y no dudaría en descender al combate de púgiles, hombre por lo demás tan débil que apenas vivía, confiado en que tenía en casa muchos esclavos magníficamente robustos. En cuanto a los profesores de las artes, ¿qué hace falta mencionar? Pues el amor propio es peculiar de todos ellos: tanto que encontrarás antes quien quiera ceder el campo paterno que el ingenio; pero sobre todo entre histriones, cantores, oradores y poetas, de los cuales cuanto más ignorante es cada cual, más insolentemente se complace en sí mismo, más se jacta y se hincha. Y los labios encuentran lechugas semejantes; más aún, cuanto más inepta es una cosa, más admiradores consigue, pues las peores cosas siempre agradan a los más, ya que la mayor parte de los hombres, como dijimos, está sometida a la Locura. Por tanto, si alguien es más ignorante, y con ello mucho más contento consigo mismo, y admirado por más gente, ¿por qué habría de preferir la verdadera erudición, que primero costará mucho, luego lo hará más insoportable y tímido, y por último agradará a mucho menos?

Y ahora veo que la naturaleza ha inculcado el amor propio no solo a cada mortal en particular, sino también a cada nación, y casi a cada ciudad, como algo común. Y de ahí viene que los británicos, entre otras cosas, se atribuyan la belleza, la música y las mesas lujosas; que los escoceses se regalen con la nobleza y el título de parentesco real, y además con las sutilezas dialécticas; que los galos se arrogan la civilidad de costumbres; que los parisinos, apartando a casi todos los demás, se atribuyan peculiarmente la gloria de la ciencia teológica; que los italianos reclamen las buenas letras y la elocuencia, y con esto todos ellos se regalen dulcísimamente por ser los únicos mortales que no son bárbaros; en qué género de felicidad los romanos tienen la primacía, y todavía sueñan dulcísimamente con aquella antigua Roma; que los venecianos sean felices con la opinión de nobleza; que los griegos, como fundadores de las disciplinas, se vendan a sí mismos con los títulos de aquellos antiguos héroes famosos; que los turcos y toda aquella verdadera chusma de bárbaros también se atribuyan la gloria de la religión, burlándose de los cristianos como supersticiosos. Pero mucho más dulcemente todavía los judíos esperan constantemente su Mesías, y hoy en día aún se aferran a mordiscos a su Moisés. Los españoles no ceden a nadie la gloria bélica; los alemanes se complacen en la altura de sus cuerpos y en el conocimiento de la magia.

Y para no seguir con los detalles, veis, creo, cuánto placer produce por todas partes el amor propio a los mortales, tanto en particular como en general, y casi igual a él es su hermana la adulación. Pues el amor propio no es otra cosa que cuando uno se halaga a sí mismo. Si haces lo mismo a otro, será adulación. Pero hoy en día la adulación es cosa infame, aunque solo entre los que se conmueven más con los nombres de las cosas que con las cosas mismas. Creen que con la adulación se lleva mal la fidelidad: pero que las cosas son muy al contrario podrían advertirlo con los ejemplos de los animales irracionales. ¿Qué hay más adulador que el perro? Pero a su vez ¿qué hay más fiel? ¿Qué hay más halagador que la ardilla? Pero ¿qué es más amigo del hombre? A no ser que por ventura parezca que los leones ásperos, o los tigres crueles, o los leopardos irritables conducen más a la vida de los hombres. Aunque existe ciertamente una adulación perniciosa, con la que algunos pérfidos y burlones llevan a los míseros a la perdición. Pero la mía procede de la benignidad del ingenio y de cierto candor, y está mucho más cercana a la virtud que aquella que se le opone: la aspereza y la morosidad desagradable, «grave», como dice Horacio. Esta levanta los ánimos abatidos, consuela a los tristes, estimula a los lánguidos, despierta a los estúpidos, alivia a los enfermos, ablanda a los fieros, concilia amores, retiene a los ya conciliados. Atrae a la infancia a emprender los estudios de las letras, alegra a los ancianos, a los príncipes sin ofensa, bajo la imagen del elogio, tanto amonesta como enseña. En suma, hace que cada cual sea para sí mismo más agradable y más querido, lo cual es sin duda la parte principal de la felicidad. ¿Y qué hay más servicial que cuando los mulos se rascan mutuamente? Por no decir entretanto que esta es una parte importante de aquella elocuencia alabada, mayor de la medicina, máxima de la poética; en fin, que esta es la miel y el condimento de todo trato humano.

Pero ser engañado, dicen, es miserable. Al contrario: no ser engañado es lo más miserable. Pues se engañan demasiado los que creen que la felicidad del hombre reside en las cosas mismas. Depende de las opiniones. Pues tal es la oscuridad y variedad de las cosas humanas que nada puede saberse claramente (como bien fue dicho por mis académicos, los menos insolentes entre los filósofos), o si algo puede saberse, no pocas veces perjudica incluso al placer de la vida. Por último, así está formado el ánimo del hombre, que se deja capturar mucho más por las apariencias que por lo verdadero. De lo cual, si alguien quiere una prueba expuesta y evidente, vaya a las prédicas y a los templos, donde si se narra algo serio, todos dormitan, bostezan, sienten náuseas; pero si el vociferador ese —quería decir declamador, como tantas veces me pasa— comienza alguna fábula de viejas, todos despiertan, se yerguen, están boquiabiertos. Igualmente, si hay algún santo más fabuloso y poético (por si requieres ejemplo, imagínate de este tipo a Jorge, o a Cristóbal, o a Bárbara), verás que este es venerado con mucho más fervor que Pedro o Pablo, o incluso el propio Cristo. Pero esto no viene al caso. Ahora bien, ¡cuánto más barato cuesta este añadido de felicidad! Pues a veces las cosas mismas hay que conseguirlas con gran esfuerzo, incluso las más leves, como la gramática; pero la opinión se toma facilísimamente, y sin embargo contribuye tanto o incluso más a la felicidad. Vamos, si alguien come salazones podridos cuyo olor otro no podría soportar, y sin embargo a este le saben a ambrosía, te pregunto: ¿qué diferencia hay para la felicidad? Al contrario, si a alguien el esturión le provoca náusea, ¿qué importará para la beatitud de la vida? Si alguien tiene una esposa sumamente deforme, que sin embargo al marido le parece poder competir incluso con la propia Venus, ¿no será lo mismo que si fuera verdaderamente hermosa? Si alguien contempla y admira un cuadro mal pintado con minio y barro, persuadido de que es una pintura de Apeles o de Zeuxis, ¿no será incluso más feliz que el que compró caro la mano de esos artífices, y tal vez percibirá menos placer de ese espectáculo? Yo conozco a uno de mi nombre que regaló a la recién casada unas gemas falsas, persuadiéndola —pues era un gracioso embustero— de que no solo eran genuinas y naturales, sino también de precio singular e inestimable. Te pregunto: ¿qué le importaba a la muchacha, cuando se deleitaba los ojos y el ánimo con el vidrio no menos placenteramente, y guardaba para sí las baratijas como algún tesoro excepcional? El marido entretanto se ahorraba el gasto y gozaba del error de la esposa, y no por ello la tenía menos sujeta a sí que si se las hubiera regalado compradas a gran precio. ¿Pensáis que hay alguna diferencia entre los que en aquella cueva de Platón admiran sombras y simulacros de varias cosas —con tal de que no deseen nada más, ni se complazcan menos en sí mismos—, y aquel sabio que, habiendo salido de la cueva, contempla las cosas verdaderas? Si a Micilo de Luciano le hubiera sido posible soñar perpetuamente aquel sueño rico y de oro, no habría razón para desear otra felicidad. Así pues, o no hay diferencia, o si la hay, mejor incluso es la condición de los necios: primero porque su felicidad les cuesta menos, esto es, solo una simple persuasión; después, porque gozan de ella en común con muchísimos.

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