Parte 9A Helvia — El consuelo en los que quedan
XVIII
Pero como, mientras llegas a ese puerto que los estudios te prometen, necesitas apoyos en los que sostenerte, quiero mostrarte entretanto tus propios consuelos. Mira a mis hermanos, pues mientras ellos estén bien no tienes derecho a acusar a la fortuna. En uno y otro tienes motivo para deleitarte por virtudes distintas: uno ha alcanzado honores con su laboriosidad, el otro los ha despreciado con sabiduría. Descansa en la dignidad de un hijo, en la tranquilidad del otro, en la piedad de ambos. Conozco los sentimientos íntimos de mis hermanos: uno cultiva su dignidad para ser tu ornamento, el otro se ha retirado a una vida tranquila y apacible para estar disponible para ti. La fortuna ha dispuesto bien a tus hijos, tanto para tu auxilio como para tu deleite: puedes defenderte con la dignidad de uno, disfrutar del ocio del otro. Competirán en cuidarte y la pérdida de uno será compensada por la piedad de dos. Puedo prometértelo sin temor: no te faltará nada excepto el número.
Desde ellos dirige también la mirada a los nietos: a Marco, ese niño encantador, ante cuya presencia ninguna tristeza puede durar; no hay dolor tan grande, tan reciente en el pecho de nadie que él, abrazándolo, no lo calme. ¿Las lágrimas de quién no cortará su alegría? ¿El ánimo de quién, contraído por la angustia, no disolverán sus ocurrencias? ¿A quién no arrastrará a la risa esa travesura suya? ¿A quién no atraerá hacia sí y no apartará de sus preocupaciones esa charla suya que nunca sacia a nadie? Ruego a los dioses que nos sea concedido tenerlo como superviviente. Que toda la crueldad de los hados, agotada, se detenga en mí; que lo que debió ser dolor de madre haya pasado a mí, que lo que debió ser de abuela, pase a mí. Que el resto de la familia florezca en su estado: no me quejaré de mi orfandad ni de mi condición, con tal de ser únicamente expiación de una casa que no ha de sufrir más. Estrecha en tu regazo a Novatila, que pronto te dará bisnietos, a quien yo había transferido tan plenamente hacia mí, a quien me había vinculado de tal modo que puede parecer, aunque vive su padre, huérfana por haberme perdido a mí; ámala también en mi lugar. La fortuna le arrebató hace poco a su madre: tu piedad puede hacer que lamente haber perdido a su madre, pero que no lo sienta. Ahora forma su carácter, ahora modela su conducta: las enseñanzas descienden más hondo cuando se imprimen en edades tiernas. Que se acostumbre a tus palabras, que se moldee según tu criterio: le darás mucho, aunque no le des nada más que el ejemplo. Este deber tan solemne será para ti un remedio; pues no puede apartar de la angustia a un ánimo que sufre piadosamente sino la razón o una ocupación honrosa.
Contaría también entre tus grandes consuelos a tu padre, si no estuviera ausente. Ahora, sin embargo, por tu propio afecto imagina cuál es el suyo hacia ti: comprenderás cuánto más justo es que te conserves para él que consumirte por mí. Cada vez que te invada la fuerza desmedida del dolor y te ordene seguirla, piensa en tu padre. Tú, ciertamente, dándole tantos nietos y bisnietos, has hecho que no seas hija única; sin embargo, la culminación de una vida transcurrida felizmente depende de ti. Mientras él viva es un sacrilegio que te lamentes de haber vivido.
XIX
Aún no había mencionado tu mayor consuelo, tu hermana, ese pecho fidelísimo para ti, en el que todos tus cuidados se depositan sin división, ese ánimo maternal para todos nosotros. Con ella mezclaste tus lágrimas, en su seno respiraste por primera vez. Ella ciertamente sigue siempre tus sentimientos; en lo que a mí respecta, sin embargo, no sufre solo por ti. En sus manos fui llevado a la ciudad, por su cuidado piadoso y maternal convalecí durante largo tiempo de una enfermedad; ella extendió su influencia para mi cuestura y, aunque nunca se atrevió a conversar con soltura ni a saludar en voz alta, por mí venció con su cariño la timidez. Ni su vida retirada, ni su modestia —rústica en medio de tanta petulancia de las mujeres—, ni su quietud, ni sus costumbres apartadas y dedicadas al ocio, le impidieron volverse ambiciosa por mí. Este es, madre queridísima, el consuelo con que debes reponerte: únete a ella cuanto puedas, átate con sus abrazos estrechísimos. Los que están de duelo suelen huir de lo que más aman y buscar libertad para su dolor: tú, cualquier cosa que pienses, compártela con ella; tanto si quieres mantener esa actitud como si abandonarla, en ella encontrarás el fin de tu dolor o una compañera. Pero si conozco la prudencia de esa mujer perfectísima, no permitirá que te consumas en un duelo que no sirve para nada, y te contará su propio ejemplo, del que yo también fui testigo.
Había perdido a su queridísimo esposo, nuestro tío, con quien se había casado doncella, y precisamente durante la navegación; sin embargo soportó al mismo tiempo el luto y el miedo y, vencidas las tempestades, náufraga sacó su cuerpo. ¡Oh, cuántas obras egregias de mujeres yacen en la oscuridad! Si a ella la sencilla le hubiera correspondido aquella antigüedad que admiraba las virtudes, ¡con qué certamen de ingenios se celebraría a una esposa que, olvidada de su debilidad, olvidada del mar que incluso los más fuertes deben temer, expuso su propia cabeza a los peligros por darle sepultura y, mientras pensaba en el funeral de su esposo, nada temió del suyo! Se hace célebre en los poemas de todos la que se ofreció como sustituta de su cónyuge: esto es más grande, buscar sepultura para el esposo con riesgo de la vida; mayor es el amor que obtiene menos con igual peligro.
Después de esto nadie se asombrará de que durante los dieciséis años en que su esposo gobernó Egipto nunca fue vista en público, no admitió en su casa a ningún provinciano, nada pidió a su marido, nada permitió que se le pidiera a ella. Y así la provincia, parlanchina e ingeniosa para los insultos contra los prefectos, en la que incluso quienes evitaron la culpa no escaparon a la infamia, la respetó como único ejemplo de santidad y, lo que para ella es dificilísimo cuando hasta los chistes peligrosos le complacen, contuvo toda licencia de palabras y hoy desea otra semejante a ella, aunque nunca espera tenerla. Mucho habría sido que la provincia la hubiera aprobado durante dieciséis años: más es que no la haya conocido. No refiero esto para desarrollar sus alabanzas, pues es limitarlas transcurrirlas tan brevemente, sino para que comprendas que es de gran ánimo una mujer a quien no vencieron ni la ambición ni la avaricia, compañeras y plagas de todo poder, ni el miedo a la muerte la apartó de adherirse a su esposo exánime cuando, ya desarmado el barco, contemplaba su propio naufragio, no buscando cómo salir de allí sino cómo sacarlo a él. Debes mostrarle una virtud semejante y recobrar tu ánimo del luto, y procurar que nadie piense que te arrepientes de tu maternidad.
XX
Por lo demás, puesto que es inevitable que, cuando todo lo hayas hecho, tus pensamientos vuelvan a mí una y otra vez y que ninguno de tus hijos se te aparezca ahora más frecuentemente, no porque los otros te sean menos queridos sino porque es natural llevar la mano con más frecuencia a lo que duele, escucha cómo debes imaginarme: alegre y animoso como en las mejores circunstancias. Pues son las mejores, ya que mi ánimo, libre de toda ocupación, se dedica a sus propias obras y ora se deleita con estudios más ligeros, ora se eleva ávido de verdad para considerar su propia naturaleza y la del universo. Primero investiga las tierras y su posición, luego la condición del mar que las rodea y sus mareas alternas y reflujos; después examina todo lo que yace entre el cielo y la tierra lleno de amenazas, y ese espacio tumultuoso por truenos, rayos, ráfagas de vientos y la precipitación de lluvias, nieve y granizo; entonces, recorridas las regiones inferiores, irrumpe hasta las más altas y disfruta del espectáculo hermosísimo de lo divino, y recordando su eternidad se dirige a todo lo que fue y será por todos los siglos.
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