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Parte 4A Marcia — La muerte como liberación

Consolaciones · Séneca · 14 min de lectura

XX

¡Qué ignorantes son de sus propias desgracias quienes no alaban y esperan la muerte como el más excelente invento de la naturaleza! Ya sea que ponga fin a la felicidad, ya que rechace la calamidad, ya que termine la saciedad y el cansancio del anciano, ya que conduzca en su flor la edad juvenil mientras se esperan mejores cosas, ya que llame de regreso a la infancia antes de las etapas más duras: es el final para todos, el remedio para muchos, el deseo para algunos, y de nadie ha merecido mejor que de aquellos a quienes llega antes de ser invocada. Ella devuelve la libertad al esclavo contra la voluntad del amo; ella alivia las cadenas de los cautivos; ella saca de la cárcel a quienes un poder despótico prohibió salir; ella muestra a los desterrados, que dirigen siempre su alma y sus ojos hacia la patria, que no importa bajo quién yazca uno; ella, cuando la fortuna ha repartido mal los bienes comunes y ha entregado a uno a otro entre los nacidos con igual derecho, lo iguala todo; ella es aquella después de la cual nadie ha hecho nada según el arbitrio ajeno; ella es aquella en la que nadie sintió su humillación; ella es la que no estuvo cerrada para nadie; ella es, Marcia, la que tu padre ansiaba; ella es, digo, la que hace que nacer no sea un suplicio, la que hace que yo no sucumba ante las amenazas de los azares, que pueda mantener mi alma a salvo y dueña de sí misma: tengo a quién invocar. Veo allí cruces de más de un solo tipo, sino fabricadas de distintas formas por diferentes personas: unos cuelgan a algunos con la cabeza invertida hacia la tierra, otros les atravesaron el madero por las partes íntimas, otros extendieron sus brazos en un patíbulo; veo potros de tortura, veo azotes, y para cada miembro y cada articulación artefactos especiales: pero veo también la muerte. Allí hay enemigos sanguinarios, ciudadanos soberbios: pero veo allí también la muerte. No es molesto ser esclavo cuando, si uno se ha cansado del dominio, le está permitido pasar con un solo paso a la libertad. Te tengo en estima, vida, gracias al beneficio de la muerte.

Piensa cuánto bien tiene una muerte oportuna, a cuántos ha perjudicado el vivir demasiado. Si la enfermedad se hubiera llevado a Cneo Pompeyo, aquella gloria y sostén del imperio, en Nápoles, habría muerto siendo sin duda el primer ciudadano del pueblo romano: pero ahora la prolongación de un breve tiempo lo derribó de su cumbre. Vio a sus legiones masacradas ante sus ojos y de aquella batalla en la que la primera línea fue el senado —¡qué desdichados supervivientes!— vio sobrevivir al propio general; vio al verdugo egipcio y entregó su cuerpo, sagrado para los vencedores, a un sicario, dispuesto a arrepentirse de su salvación incluso si hubiera quedado a salvo; pues ¿qué hay más vergonzoso que Pompeyo viviendo por gracia de un rey? Si Marco Cicerón hubiera caído en aquella época en que evitó las dagas de Catilina, por las que fue atacado junto con la patria, si hubiera muerto tras liberar a la república de la que fue salvador, si finalmente hubiera seguido los funerales de su hija, incluso entonces habría podido morir feliz. No habría visto las espadas desenvainadas contra cabezas de ciudadanos ni los bienes de los asesinados repartidos entre los asesinos, para que perecieran también por su culpa, ni la hasta vendiendo los despojos consulares ni las matanzas adjudicadas públicamente ni los bandidajes, guerras, rapiñas, tantos Catilinas. Si el mar hubiera devorado a Marco Catón al regresar de Chipre y de la administración de la herencia real, o junto con aquel mismo dinero que traía para el estipendio de la guerra civil, ¿no habría sido eso un bien para él? Ciertamente habría llevado consigo esto: que nadie se habría atrevido a pecar delante de Catón: pero ahora la prolongación de poquísimos años obligó a un hombre nacido para la libertad, no solo la suya sino la pública, a huir de César y seguir a Pompeyo.

Así pues, ningún mal le trajo a él la muerte prematura: le eximió incluso del padecimiento de todos los males.

XXI

«Pero pereció demasiado pronto e inmaduramente». Primero imagina que le quedaba vida —comprende cuánto es lo máximo que le está permitido avanzar al hombre: ¿cuánto es? Creados para brevísimo tiempo, pronto cediendo el lugar al que viene, contemplamos esta posada que nos ha sido asignada. Hablo de nuestras edades, ¿que ruedan con increíble celeridad? Calcula los siglos de las ciudades: verás que no han durado mucho ni siquiera las que se glorían de su antigüedad. Todas las cosas humanas son breves y caducas y no ocupan ninguna parte del tiempo infinito. Esta tierra con sus ciudades, pueblos, ríos y el ámbito del mar la ponemos en el lugar de un punto si la referimos al universo: nuestra edad ocupa una porción menor que la de un punto, si se compara con todo el tiempo, cuya medida es mayor que la del mundo, ya que este se recorre a sí mismo tantas veces dentro del espacio de aquel. ¿Qué importa, entonces, extender aquello que, por mucho que sea su incremento, no distará mucho de la nada? De un solo modo es mucho lo que vivimos: si es suficiente. Puedes nombrarme hombres longevos y de vejez transmitida a la memoria, puedes enumerar cien años y diez más: cuando hayas dirigido tu alma hacia todo el tiempo, no habrá ninguna diferencia entre una vida brevísima y una larguísima, si comparas el espacio en que vivió alguien con aquel en que no vivió. Además, murió maduro para sí mismo; pues vivió cuanto debía vivir, ya no le quedaba nada más. No hay una sola vejez para los hombres, como tampoco para los animales: algunos se agotan en catorce años, y esta es para ellos la edad más larga, que para el hombre es la primera; a cada cual se le ha dado una capacidad distinta de vivir. Nadie muere demasiado pronto, porque no iba a vivir más tiempo del que vivió. El límite de cada uno está fijado: permanecerá siempre donde ha sido puesto y ni la diligencia ni el favor lo harán avanzar más. Piensa así: que lo perdiste por su propia decisión: cumplió su destino

y llegó a las metas de la edad concedida.

No hay motivo, pues, para que te abrumes así: «podría haber vivido más tiempo». Su vida no fue interrumpida ni jamás el azar se interpone en los años. Se paga lo que a cada uno fue prometido; los destinos van por su camino y ni añaden nada ni quitan nada de lo prometido una vez. En vano están los votos y los esfuerzos: cada cual tendrá lo que el primer día le asignó. Desde aquel en que vio la luz por primera vez emprendió el camino de la muerte y se acercó al destino, y aquellos mismos años que se añadían a su juventud se restaban de su vida. Todos nos movemos en este error: que no creemos que se inclinan hacia la muerte sino los ancianos y los ya declinantes, cuando hacia allí conduce la infancia inmediatamente y la juventud, todas las edades. Los destinos hacen su obra: nos quitan la sensación de nuestra muerte, y para que se acerque más fácilmente, la muerte se oculta bajo el mismo nombre de la vida: la infancia se convierte en la niñez, la niñez en la pubertad, al joven lo arrebata el anciano. Los mismos incrementos, si los calculas bien, son pérdidas.

XXII

¿Te quejas, Marcia, de que tu hijo no vivió tanto tiempo como habría podido? Pues ¿de dónde sabes si le habría convenido vivir más tiempo, si esta muerte ha sido providencial para él? ¿Puedes encontrar hoy a alguien cuyos asuntos estén tan bien dispuestos y fundados que no deba temer nada con el tiempo que avanza? Las cosas humanas oscilan y fluyen, y ninguna parte de nuestra vida es tan expuesta o frágil como la que más agrada, y por eso a los más felices debe deseárseles la muerte, porque en tanta inconstancia y confusión de acontecimientos nada es cierto sino lo que ya pasó. ¿Quién te garantiza que aquel hermosísimo cuerpo de tu hijo y guardado con la máxima custodia del pudor entre los ojos de una ciudad licenciosa habría podido eludir tantas enfermedades para llevar hasta la vejez ileso el esplendor de su belleza? Piensa en las mil manchas del alma; pues ni siquiera las naturalezas rectas han mantenido hasta la vejez la esperanza que dieron en la juventud, sino que la mayoría se pervirtieron: o bien se apoderó de ellos una lujuria tardía y por ello más indecente y empezó a deshonrar los hermosos comienzos, o bien se entregaron por completo a la taberna y al vientre y su única preocupación fue qué comer y qué beber. Añade incendios, derrumbes, naufragios y las laceraciones de los médicos que recogen los huesos de los vivos y hunden sus manos enteras en las vísceras y curan las partes pudendas no sin simple dolor; después de esto el exilio (tu hijo no fue más inocente que Rutilio), la cárcel (no fue más sabio que Sócrates), el pecho traspasado por una herida voluntaria (no fue más santo que Catón): cuando hayas contemplado esto, sabrás que son tratados de la mejor manera aquellos a quienes la naturaleza, porque les aguardaba este tributo de la vida, recibió pronto en lugar seguro. Nada es tan engañoso como la vida humana, nada tan insidioso: por Hércules, nadie la habría aceptado si no se diera a los ignorantes. Así pues, si lo más feliz es no nacer, lo más próximo es, creo, que los muertos tras breve edad se restituyan pronto a su integridad.

Recuerda aquel tiempo tan amargo para ti, cuando Seyano entregó a tu padre como regalo a su cliente Satrio Segundo. Estaba irritado con él por una o dos palabras dichas con demasiada libertad, pues no había podido callar ante que Seyano no solo se nos impusiera sobre nuestras cervices sino que se subiera. Se decretaba que se le pusiera una estatua en el teatro de Pompeyo, que César reconstruía tras el incendio: exclamó Cordo que entonces sí perecía el teatro de verdad. ¿Qué entonces? ¿No iba a estallar de indignación porque se erigiera a Seyano sobre las cenizas de Cneo Pompeyo y porque un soldado pérfido se consagrara en los monumentos del máximo general? Se firma la acusación, y los perros más feroces, que él mantenía mansos solo para sí, feroces para todos, alimentados con sangre humana, empiezan a ladrar alrededor del hombre incluso impertérrito. ¿Qué iba a hacer? Si quería vivir, debía rogar a Seyano, si morir, a su hija, y ambos eran inexorables: decidió engañar a su hija. Así pues, usando del baño para conservar más fuerzas, se retiró a su habitación como si fuera a tomar un aperitivo y, despedidos los esclavos, arrojó por la ventana algunas cosas para que pareciera que había comido; luego se abstuvo de la cena, como si ya hubiera comido suficiente en la habitación. Lo mismo hizo al segundo y al tercer día; el cuarto día la misma debilidad del cuerpo delataba el hecho. Abrazándote entonces dijo: «Queridísima hija, y en esto único engañada en toda mi vida, he emprendido el camino de la muerte y ya he recorrido casi la mitad; no debes ni puedes llamarme de vuelta». Y así ordenó que se cerrara toda luz y se escondió en las tinieblas. Conocida su decisión, hubo alegría pública porque la presa era arrebatada de las fauces de los lobos más ávidos. Los acusadores por instigación de Seyano acuden a los tribunales de los cónsules, se quejan de que Cordo muere, para interrumpir lo que habían forzado: tanto les parecía que Cordo se les escapaba. Era gran asunto en cuestión si los reos perdían el derecho a la muerte; mientras se delibera, mientras los acusadores acuden de nuevo, él se había absuelto. ¿Ves, Marcia, cuántas vicisitudes de tiempos inicuos sobrevienen de lo inesperado? ¿Lloras porque a alguno de los tuyos le fue necesario morir? ¡Casi no se le permitió!

XXIII

Aparte de esto, que todo futuro es incierto y más cierto hacia lo peor, el camino más fácil hacia los dioses lo tienen las almas liberadas pronto de la convivencia humana; pues arrastraron el mínimo de heces, de peso. Antes de que se endurecieran y concibieran más profundamente lo terreno, liberadas regresan más ligeras a su origen y lavan más fácilmente cualquier cosa que sea de lo obsoleto y aplicado. Y nunca es más grata a los grandes ingenios la demora en el cuerpo; anhelan salir y estallar, soportan mal estas estrecheces, errantes por todo, sublimes y acostumbrados desde lo alto a despreciar lo humano. Por eso Platón exclama: que el alma del sabio se proyecta toda hacia la muerte, esto quiere, esto medita, llevada siempre por este deseo tendiendo hacia lo exterior.

¿Qué? Tú, Marcia, cuando veías una prudencia senil en un joven, un alma vencedora de todos los placeres, enmendada, carente de vicio, que buscaba las riquezas sin avaricia, los honores sin ambición, los placeres sin lujo, ¿pensabas que podría conservársete sano por mucho tiempo? Todo lo que ha llegado a la cumbre, está cerca de su fin. La virtud perfecta se arranca y se retira de los ojos, y no esperan el último tiempo las cosas que maduraron en el primero. El fuego que brilló con más claridad se extingue más pronto; más duradero es el que, mezclado con materia lenta y difícil y sumergido en humo, brilla desde lo sórdido; pues la misma causa que lo alimenta mezquinamente, lo retiene. Así los ingenios cuanto más ilustres, más breves son; pues donde no hay lugar para el crecimiento, está cerca la caída. Fabiano dice, y también nuestros padres lo vieron, que hubo en Roma un niño de estatura de hombre gigante; pero este murió pronto, y ningún prudente no predijo antes que moriría en breve; no podía llegar a aquella edad que había anticipado. Así es: el indicio de un final inminente es la madurez excesiva; el fin se acerca cuando los crecimientos se han consumado.

XXIV

Empieza a valorarlo por sus virtudes, no por sus años; vivió suficientemente. Quedó huérfano bajo la tutela de sus tutores hasta el año catorce, bajo la tutela de su madre siempre. Aunque tenía sus propios penates, no quiso abandonar los tuyos, y perseveró en la convivencia materna, cuando apenas los hijos soportan la paterna. Joven por estatura, belleza y cierta robustez corporal nacido para los campamentos, rechazó el servicio militar para no separarse de ti. Calcula, Marcia, cuán raramente ven a sus hijos las que habitan en casas distintas; piensa que se pierden para las madres tantos años y se consumen en inquietud aquellos en que tienen a sus hijos en el ejército: sabrás que se extendió mucho este tiempo, del cual nada perdiste. Nunca se apartó de tu vista; bajo tus ojos formó sus estudios con un ingenio excelente, que habría igualado a su abuelo si no lo hubiera impedido el pudor, que reprimió con su silencio los progresos de muchos. Joven de rarísima belleza, en tan gran multitud de mujeres que corrompen a los hombres, no se ofreció a la esperanza de ninguna, y cuando la desvergüenza de algunas llegó hasta tentarlo, se sonrojó como si hubiera pecado porque había agradado. Con esta santidad de costumbres logró que, siendo apenas un muchacho, pareciera digno del sacerdocio, sin duda por el apoyo de su madre, pero ni siquiera su madre habría valido sino a favor de un buen candidato. En la contemplación de estas virtudes, mantén a tu hijo como en tu regazo. Ahora tiene más tiempo libre para ti, ahora no tiene nada que lo distraiga; nunca te dará preocupaciones, nunca tristeza. Lo único que podías lamentar de un hijo tan bueno, lo has lamentado; lo demás, exceptuado de los azares, está lleno de placer, si es que sabes usar de tu hijo, si es que comprendes qué fue lo más precioso en él. Solo la imagen de tu hijo pereció y la efigie no muy semejante; él mismo es eterno y está ahora en un estado mejor, despojado de las cargas ajenas y devuelto a sí mismo. Estas cosas que ves que nos rodean, huesos, nervios y la piel que los cubre, el rostro y las manos que nos sirven, y todo lo demás con que estamos envueltos, son cadenas de las almas y tinieblas. Por ellas es sepultado, ahogado, infectado, apartado de las cosas verdaderas y suyas, arrojado a las falsas. Toda su lucha es con esta pesada carne, para no ser arrastrado y hundirse; se esfuerza por volver allí de donde fue enviado. Allí le aguarda el descanso eterno, para contemplar lo puro y líquido tras lo confuso y espeso.

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