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Parte 5A Marcia — La morada de los difuntos

Consolaciones · Séneca · 5 min de lectura

XXV

Por tanto, no tienes motivo para correr al sepulcro de tu hijo; allí yacen las partes más viles y molestas para él mismo, los huesos y las cenizas, que no son más suyas que las ropas y demás cubiertas del cuerpo. Él entero, sin dejar nada de sí en la tierra, huyó y se marchó del todo; tras detenerse un poco sobre nosotros, mientras se purificaba y sacudía los vicios adheridos y toda la suciedad de la edad mortal, fue elevado a lo alto y corre entre las almas felices. Lo recibió un grupo sagrado, los Escipiones y los Catones, y entre los que despreciaron la vida y fueron liberados por el veneno está tu padre, Marcia. Él toma junto a sí a su nieto —aunque allí todos son parientes de todos—, que disfruta de la nueva luz, y le enseña los movimientos de los astros vecinos, no por conjeturas sino conocedor de todas las cosas por la verdad, y lo guía con agrado a los secretos de la naturaleza; y como resulta grato al visitante el que le muestra las ciudades desconocidas, así es agradable al que pregunta por las causas celestes un intérprete que las conoce de cerca. Y le ordena dirigir la mirada a las profundidades de la tierra; pues da gusto contemplar desde lo alto lo que se ha dejado atrás. Así pues, compórtate, Marcia, como si estuvieras bajo la mirada de tu padre y de tu hijo, no de aquellos que conociste, sino de seres tanto más elevados y colocados en lo más alto. Avergüénzate de pensar algo vulgar o bajo, y de llorar a los tuyos que han cambiado a mejor. Fueron enviados por los espacios libres y vastos de las realidades eternas; no los separan los mares interpuestos, ni la altura de los montes, ni los valles intransitables, ni los bajíos de las inestables Sirtes: allí todo es llano y desde la facilidad son móviles y expeditos y accesibles entre sí y están mezclados con los astros.

XXVI

Imagina, pues, que tu padre, Marcia, desde aquella ciudadela celeste —él, que tenía tanta autoridad ante ti como tú ante tu hijo—, no con aquel talento con el que lloró las guerras civiles y con el que proscribió para siempre a los proscriptores, sino con uno tanto más elevado cuanto él mismo está más alto, te dice: «¿Por qué te retiene, hija, un dolor tan prolongado? ¿Por qué vives en tan grande ignorancia de la verdad, hasta juzgar que tu hijo fue tratado injustamente, cuando en perfecto estado de su casa él mismo se retiró íntegro junto a sus antepasados? ¿No sabes con qué tormentas la fortuna lo perturba todo? ¿Cómo no se mostró benévola y fácil con nadie, salvo con quienes menos trato tuvieron con ella? ¿Te nombraré reyes que habrían sido felicísimos si la muerte los hubiera sustraído antes de los males inminentes? ¿O generales romanos a cuya grandeza nada le faltaría si se le hubiera quitado algo a su edad? ¿O varones nobilísimos y muy ilustres que se inclinaron con la cerviz dispuesta al golpe de la espada militar? Mira a tu padre y a tu abuelo: aquel vino a quedar a merced de un asesino ajeno; yo no permití a nadie poder alguno sobre mí y, privándome de alimento, demostré que escribí con un ánimo tan grande como parecía. ¿Por qué en nuestra casa se llora larguísimamente a quien muere felicísimamente? Todos nos reunimos en uno y vemos que no hay nada deseable entre vosotros, como pensáis, nada elevado, nada espléndido, sino que todo es humilde y pesado y angustioso, y que percibís qué pequeña parte de nuestra luz. ¿Qué diré de que aquí no enfurecen las armas en encuentros mutuos, ni las flotas se destrozan entre sí, ni se fraguan o piensan parricidios, ni resuenan los foros con litigios durante días perpetuos, nada está en la oscuridad, los espíritus están descubiertos y los corazones abiertos, y la vida está en público y a la vista, y se contempla toda la edad y las cosas venideras?

«Me gustaba componer los hechos de un solo siglo en una parte extrema del mundo y acontecidos entre muy pocos. Tantos siglos, la trama de tantas edades, la serie de cuantos años hay, es posible verla; es posible contemplar los reinos que se levantarán, los que caerán, y las caídas de las grandes ciudades y los nuevos cursos del mar. Pues si puede servirte de consuelo para tu deseo el destino común, nada permanecerá donde está, la vejez lo derribará todo y se lo llevará consigo. Y no jugará solo con los hombres (pues ¡qué pequeña porción es esta del poder fortuito!), sino con lugares, con regiones, con partes del mundo. Hundirá montes enteros y en otro sitio hará brotar en lo alto nuevas rocas; se tragará los mares, desviará los ríos y, roto el comercio de las naciones, disolverá la unión y la comunidad del género humano; en otro lugar hundirá ciudades con vastas grietas, las sacudirá con temblores y enviará desde lo profundo hálitos de pestilencia y cubrirá con inundaciones todo lo habitado y matará a todo animal con el orbe sumergido y lo abrasará e incendiará con vastos fuegos. Y cuando llegue el tiempo en que el mundo vaya a extinguirse para renovarse, esas cosas se destruirán por sus propias fuerzas y los astros chocarán con los astros, y ardiendo toda la materia en un solo fuego arderá cuanto ahora luce con orden. Nosotros también, almas felices que recibimos lo eterno, cuando le parezca bien a dios emprender de nuevo estas cosas, al caer todo, nosotras mismas, pequeña adición a una ruina ingente, nos convertiremos en los antiguos elementos».

¡Feliz tu hijo, Marcia, que ya conoce estas cosas!

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