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Parte 3A Marcia — La suerte de los Césares

Consolaciones · Séneca · 13 min de lectura

XV

¿Para qué referirte las muertes de otros Césares? A estos me parece que la fortuna los maltrata entretanto con este fin: para que así también sean útiles al género humano, mostrando que ni siquiera aquellos que se dice nacieron de dioses y engendrarán dioses tienen su propia fortuna en su poder como la ajena. El divino Augusto, tras perder a sus hijos y nietos, agotada la estirpe de los Césares, sostuvo con la adopción su casa abandonada: sin embargo, lo sobrellevó con tanta fortaleza como quien ya tenía por asunto propio y a quien más le importaba que nadie se quejara de los dioses. Tiberio César perdió al que había engendrado y al que había adoptado; él mismo, sin embargo, pronunció el elogio de su hijo desde la tribuna y permaneció de pie con el cadáver a la vista, separado solo por un velo que apartaba los ojos del pontífice del funeral, y mientras el pueblo romano lloraba no torció el gesto; se ofreció como prueba a Seiano, que estaba a su lado, de cuán pacientemente podía perder a los suyos.

¿Ves cuán grande es el número de varones insignes a los que no exceptuó esta desgracia que todo lo derriba, y contra quienes se habían acumulado tantos bienes del espíritu, tantos honores públicos y privados? Pero evidentemente esa tormenta avanza en círculo y devasta todo sin distinción y lo agita como cosa suya. Ordena a cada uno rendir cuentas: a nadie le tocó nacer impunemente.

XVI

Sé lo que dices: «Olvidas que consuelas a una mujer; refieres ejemplos de varones». Pero ¿quién ha dicho que la naturaleza obró mezquinamente con el talento de las mujeres y retrajo sus virtudes a lo estrecho? Igual tienen, créeme, igual vigor, igual capacidad para lo honesto, con tal de que quieran; el dolor y el esfuerzo los soportan por igual, si se han acostumbrado. ¿En qué ciudad, dioses buenos, decimos esto? En la que Lucrecia y Bruto derribaron al rey de las cabezas romanas: debemos la libertad a Bruto, a Lucrecia debemos a Bruto; en la que a Clelia, por su insigne audacia al despreciar al enemigo y al río, poco menos la inscribimos entre los varones: montada en una estatua ecuestre en la Vía Sacra, en el lugar más concurrido, Clelia reprocha a nuestros jóvenes que suben a las literas que en esa ciudad en la que hasta a mujeres hemos obsequiado con un caballo entren ellos así. Si quieres que te refiera ejemplos de mujeres que lloraron con fortaleza a los suyos, no iré de puerta en puerta; de una sola familia te daré dos Cornelias: la primera, hija de Escipión, madre de los Gracos. Ella contó doce partos con otros tantos funerales; y de los demás es fácil, pues la ciudad no sintió ni su nacimiento ni su pérdida: a Tiberio y Gayo, que aun quien negare que fueron hombres buenos confesará que fueron grandes, los vio tanto asesinados como insepultos. Sin embargo, a quienes la consolaban y la llamaban desgraciada les dijo: «Nunca dejaré de decirme feliz, yo que parí a los Gracos». Cornelia, esposa de Livio Druso, había perdido a aquel joven ilustrísimo, de talento destacado, que marchando por las huellas de los Gracos fue asesinado dentro de su propia casa con tantas leyes inacabadas, sin saberse quién fue el autor del crimen. Sin embargo, soportó tanto la muerte cruel de su hijo como el que quedara sin venganza con el mismo gran ánimo con que él mismo había promulgado las leyes. ¿Te reconciliarás ya, Marcia, con la fortuna, si los dardos que lanzó contra los Escipiones y las madres e hijas de los Escipiones, con los que ataca a los Césares, ni siquiera de ti se abstuvo?

La vida está llena y plagada de azares diversos, de los cuales para nadie hay larga paz, apenas treguas. Habías tenido cuatro hijos, Marcia. Dicen que ningún proyectil cae en vano cuando se lanza contra una formación apretada: ¿es sorprendente que tan gran multitud no pudiera pasar sin envidia ni daño? «Pero más injusta fue la fortuna porque no solo me arrebató hijos, sino que eligió». Sin embargo, nunca dirás que es injuria repartir equitativamente con el más poderoso: te dejó dos hijas y los nietos de estas; e incluso a aquel que más lloras, olvidada del primero, no te lo quitó del todo: tienes de él dos hijas, que si las llevas mal son grandes cargas, si bien, grandes consuelos. Llega a esto: que cuando las veas te acuerdes del hijo, no del dolor. El agricultor, arrancados los árboles que o el viento desarraigó o el torbellino retorcido y repentino quebró, cuida el retoño que queda de ellos y dispone enseguida en lugar de los perdidos semillas y plantas; y en un momento (pues el tiempo es tan rápido y veloz para los crecimientos como para los daños) crecen más lozanas que las perdidas. Pon ahora en lugar de aquel a estas hijas de tu Metilio y llena el sitio vacío y alivia un solo dolor con un doble consuelo. Ciertamente, es esta la naturaleza de los mortales: que nada les agrada más que lo que perdieron; somos más injustos con lo que queda por el deseo de lo arrebatado. Pero si quieres valorar cuánto te perdonó la fortuna, aun cuando se ensañara, sabrás que tienes más que consuelos: mira tantos nietos, dos hijas. Di también esto, Marcia: «Me conmovería si cada uno tuviera la fortuna según sus costumbres y nunca las desgracias persiguieran a los buenos: ahora veo que sin distinción los malos y los buenos son zarandeados del mismo modo».

XVII

«Sin embargo, es grave perder a un joven que has criado, ya protección y ya honor de su madre y su padre». ¿Quién niega que es grave? Pero es humano. Para esto naciste: para que perdieras, para que perecieras, para que esperaras y temieras, inquietaras a otros y a ti misma, temieras la muerte y la desearas y, lo que es peor, nunca supieras en qué situación estás.

Si alguien dijera a quien va hacia Siracusa: «Conoce de antemano todas las incomodidades, todos los placeres de tu futuro viaje, y después navega así. Esto es lo que podrás admirar: verás primero la isla misma separada de Italia por un estrecho angosto, que consta que en otro tiempo estuvo unida al continente; el mar irrumpió súbitamente allí y

separó el lado hespérico del siciliano.

Después verás (pues te será posible rozar ese voracísimo vórtice del mar) aquella fabulosa Caribdis extendida que mientras esté libre del austro permanece quieta, pero si algo soplare de allí con más vehemencia, traga las naves con su gran y profunda boca. Verás la celebradísima en los poemas fuente Aretusa, de estanque nítido y transparente hasta el fondo, que derrama aguas frigidísimas, ya sea que las encontró allí nacidas por primera vez, ya que devolvió un río hundido en las tierras, íntegro bajo tantos mares y preservado de la mezcla con onda peor. Verás el puerto más tranquilo de todos cuantos la naturaleza puso o las manos favorecieron para tutela de las flotas, tan seguro que ni siquiera al furor de las mayores tempestades hay lugar. Verás donde se quebró el poder de Atenas, donde aquel carcelero natural encerró a tantos miles de cautivos excavando en rocas de infinita profundidad, la inmensa ciudad misma y un territorio más extenso que los confines de muchas ciudades, inviernos tibísimos y ningún día sin presencia del sol. Pero cuando hayas conocido todo eso, un verano pesado e insalubre corromperá los beneficios del clima invernal. Estará allí Dionisio el tirano, perdición de la libertad, la justicia, las leyes, ávido de dominación incluso después de Platón, de vivir incluso después del exilio: a unos los quemará, a otros los azotará, a otros ordenará decapitarlos por leve ofensa, citará para su placer a varones y mujeres, y entre las turbas infames de la intemperancia regia será poco unirse de dos en dos a la vez. Has oído qué puede invitarte, qué disuadirte: por tanto, o navega o resiste». Si después de esta advertencia alguien dijera que quiere entrar en Siracusa, ¿podría tener queja justa de nadie salvo de sí mismo, él que no habría caído en aquello sino que vendría a sabiendas y conscientemente?

La naturaleza nos dice a todos: «A nadie engaño. Tú, si tienes hijos, podrás tenerlos hermosos, y podrás tenerlos feos. Quizá nazcan muchos: podrá haber alguno de ellos tanto salvador de la patria como traidor. No hay razón para que desesperes de que llegarán a tanta dignidad que nadie se atreva a hablarte mal por causa de ellos; pero considera también que llegarán a tanta infamia que ellos mismos sean maldiciones. Nada impide que te presten las honras fúnebres y seas elogiada por tus hijos, pero prepárate así como si fueras a poner en el fuego o a un niño o a un joven o a un anciano; pues para nada importan los años, ya que no hay funeral que no sea cruel cuando el padre lo sigue». Si después de propuestas estas leyes tienes hijos, liberas a los dioses de toda envidia, pues nada cierto te prometieron.

XVIII

Vamos, refiere a la entrada de la vida entera esta imagen. ¿Ibas a ver Siracusa? Al deliberarlo te expuse cuanto podía deleitarte, cuanto ofenderte: imagina que vengo a aconsejarte cuando naces. «Vas a entrar en una ciudad común a dioses y hombres, que lo abarca todo, ligada a leyes ciertas y eternas, que hace girar los infatigables oficios de los seres celestes. Verás allí brillar innumerables estrellas, verás todo llenarse con un solo astro, el sol marcando con su curso cotidiano los espacios del día y la noche, dividiendo con su curso anual los veranos e inviernos con más igualdad. Verás la sucesión nocturna de la luna, tomando prestada de los encuentros fraternos una luz suave y tenue, y ora oculta ora con todo su rostro cernida sobre las tierras, mudable con sus crecimientos y menguas, siempre distinta a la anterior. Verás cinco astros llevando caminos diversos y esforzándose en dirección contraria al mundo que se precipita: de sus más leves movimientos dependen las fortunas de los pueblos y las cosas máximas y mínimas se forman según avanzó astro favorable o desfavorable. Admirarás las nubes reunidas y las aguas que caen y los rayos oblicuos y el fragor del cielo. Cuando, saciado del espectáculo de lo alto, bajes los ojos a la tierra, te recibirá otra forma de las cosas y admirable de otro modo: de aquí la planicie extendida de campos que se abren al infinito, de allí las cumbres de montañas elevadas al sublime con grandes crestas nevadas; la caída de los ríos y los torrentes difundidos desde una sola fuente hacia occidente y oriente y los bosques que se mecen en las más altas cimas y tanto de selvas con sus animales y el concierto discorde de las aves; la disposición variada de las ciudades y las naciones aisladas por la dificultad de los lugares, de las cuales unas se retiran subiéndose a montes escarpados, otras se rodean de riberas, lagos y valles medrosas; las mieses ayudadas por el cultivo y los frutales sin cultivo en estado salvaje; y el suave discurrir de los arroyos entre los prados y las bahías amenas y las costas que retroceden hacia el puerto; tantas islas esparcidas por lo vasto, que con su interposición distinguen los mares. ¿Qué del fulgor de las piedras y gemas y el oro que fluye entre las arenas de torrentes rápidos y las antorchas de fuego en medio de las tierras y de nuevo en medio del mar y el océano vínculo de las tierras, que escinde la continuidad de las gentes con triple seno y hierve con inmensa libertad? Verás aquí en las aguas inquietas y agitadas sin viento nadar animales que exceden en magnitud a los terrestres, algunos pesados y que se mueven con ajeno gobierno, algunos veloces y más rápidos que remos agitados, algunos que tragan las olas y las soplan con gran peligro de quienes navegan delante; verás aquí naves que buscan tierras que no conocieron. Verás que nada está sin intentar por la audacia humana y serás tanto espectador como tú mismo gran parte de quienes lo intentan: aprenderás y enseñarás artes, unas que preparan la vida, otras que la adornan, otras que la rigen. Pero allí estarán mil pestes de cuerpos y espíritus, y guerras y latrocinios y venenos y naufragios e intemperies del cielo y del cuerpo y el amargo deseo de los más queridos y la muerte, incierto si fácil o por pena y tormento. Delibera contigo y pondera qué quieres: para llegar a aquello, hay que salir por aquello». Responderás que quieres vivir. ¿Cómo no? Más aún, creo que no accederás a aquello de lo cual te duele que algo se te quite. Vive, pues, como conviene. «Nadie», dices, «nos consultó». Fueron consultados sobre nosotros nuestros padres, quienes, habiendo conocido la condición de la vida, nos engendraron en ella.

XIX

Pero para llegar a los consuelos, veamos primero qué debe curarse, después de qué modo. Conmueve al que llora el deseo de aquel a quien amó. Que esto por sí es tolerable resulta evidente; pues al ausente y al que estará ausente mientras vivan no los lloramos, aunque todo uso de ellos nos sea arrebatado junto con su presencia; es, pues, la opinión la que nos atormenta, y cada mal es tan grande como lo hemos tasado. En nuestro poder tenemos el remedio: juzguemos que están ausentes y engañémonos a nosotros mismos; los despedimos, más aún, los enviamos por delante para seguirlos. También conmueve al que llora esto: «No habrá quien me defienda, quien me vengue del desprecio». Para usar de un consuelo poco plausible pero verdadero, en nuestra ciudad la orfandad confiere más gracia de la que quita, y tanto conduce la soledad, que solía destruir, a la senectud hacia el poder, que algunos fingen odios de los hijos y repudian a sus hijos, se fabrican la orfandad con su mano.

Sé lo que dices: «No me conmueven mis pérdidas; pues no es digno de consuelo quien se molesta de que su hijo haya muerto como si fuera un esclavo, a quien le queda tiempo para mirar en el hijo algo más que al hijo mismo». ¿Qué te conmueve, pues, Marcia? ¿Que tu hijo haya muerto o que no haya vivido largo tiempo? Si que haya muerto, siempre debiste dolerte; siempre supiste que había de morir. Piensa que ningún mal afecta al difunto, que aquellas cosas que nos hacen terribles los infiernos son fábulas, que no amenazan a los muertos tinieblas ni cárcel ni ríos ardiendo en fuego ni el río del Olvido ni tribunales y acusados y en aquella libertad tan amplia tirano alguno de nuevo: los poetas jugaron con esto y nos agitaron con vanos terrores. La muerte es liberación de todos los dolores y fin más allá del cual nuestros males no salen, que nos restituye a aquella tranquilidad en que yacíamos antes de nacer. Si alguien compadece a los muertos, compadezca también a los no nacidos. La muerte no es ni bueno ni malo; pues puede ser bueno o malo lo que es algo; lo que es nada en sí mismo y todo lo reduce a nada, a ninguna fortuna nos entrega. Pues los males y bienes versan en torno a alguna materia: no puede la fortuna retener lo que la naturaleza ha soltado, ni puede ser desdichado quien no es nadie. Tu hijo salió de los términos dentro de los cuales se sirve, lo recibió una paz grande y eterna: no es acosado por miedo de la pobreza, ni cuidado de las riquezas, ni aguijones del placer que desgarra los ánimos mediante el deleite, no es tocado por la envidia de la felicidad ajena, no es oprimido por la suya, ni siquiera sus oídos púdicos son golpeados por ultraje alguno; no se le presenta a la vista calamidad pública alguna ni privada; no pende ansioso del futuro y de un resultado que siempre pende hacia lo más incierto. Finalmente se estableció allí de donde nada lo expulse, donde nada lo aterrorice.

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