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Parte 6A Helvia — El consuelo del desterrado

Consolaciones · Séneca · 15 min de lectura

CONSUELO A SU MADRE HELVIA

Muchas veces ya, madre excelente, he sentido el impulso de consolarte, muchas veces lo he contenido. Muchas razones me empujaban a atreverme: en primer lugar, me parecía que me libraría de todas mis incomodidades si, aunque no pudiera reprimir tus lágrimas, al menos las enjugara de momento; además, no dudaba de que tendría más autoridad para levantarte el ánimo si antes me había levantado yo mismo; y también temía que, vencido yo por la fortuna, ella venciera a alguno de los míos. Por eso intentaba como podía, con la mano puesta sobre mi propia herida, arrastarme para vendar las vuestras. Pero había otras razones que retrasaban mi propósito: sabía que no debía enfrentarme a tu dolor mientras siguiera encarnizándose reciente, para que los propios consuelos no lo irritaran y lo avivaran —pues también en las enfermedades no hay nada más perjudicial que un remedio prematuro—; esperaba, pues, que él mismo quebrara sus fuerzas y que, calmado con el tiempo para soportar los remedios, permitiera que lo tocaran y lo trataran. Además, aunque revisara todos los escritos de los ingenios más ilustres compuestos para reprimir y moderar los llantos, no encontraba el ejemplo de alguien que hubiera consolado a los suyos mientras ellos lo lloraban a él; así que vacilaba ante una situación desconocida y temía que esto no fuera un consuelo sino una exacerbación. Más aún: ¿acaso no necesitaba palabras nuevas, no tomadas del lenguaje vulgar y cotidiano, un hombre que levanta la cabeza desde su propia pira para consolar a los suyos? Pero toda magnitud de dolor que excede la medida arrebata necesariamente la elección de las palabras, pues a menudo cierra incluso la voz misma. Con todo lo intentaré, no por confianza en mi talento, sino porque yo mismo puedo ser el más eficaz de los consuelos como consolador. Tú, que no me negarías nada, confío en que no me negarás esto: que quieras que yo ponga límite a tu añoranza, aunque todo duelo es obstinado.

II

Mira cuánto he confiado en tu indulgencia: no dudo de que seré más poderoso sobre ti que tu propio dolor, y no hay nada más poderoso sobre los desgraciados. Así que, para no enfrentarme de inmediato con él, primero me pondré de su parte y amontonaré todo aquello que lo aviva; lo sacaré todo a la luz y abriré lo que ya estaba cicatrizando. Dirá alguien: «¿Qué clase de consuelo es este, revivir los males olvidados y colocar el ánimo ante la contemplación de todas sus desgracias cuando apenas soporta una sola?» Pero que piense que aquellos males que son tan perniciosos que han cobrado fuerza contra el remedio, casi siempre se curan con contrarios. Le mostraré, pues, todos sus lutos, todos sus motivos de llanto: esto será curar no por la vía suave, sino quemando y cortando. ¿Qué conseguiré? Que el ánimo, vencedor de tantas desgracias, se avergüence de sobrellevar mal una sola herida en un cuerpo tan lleno de cicatrices. Que lloren, pues, largo tiempo y giman aquellos a quienes una larga felicidad les ha debilitado las mentes delicadas, y se derrumban al menor movimiento de las ofensas más leves: pero quienes han atravesado todos sus años entre calamidades, que soporten incluso las más graves con constancia fuerte e inamovible. La desgracia continua tiene una única ventaja: que a quienes siempre atormenta, al final los endurece.

La fortuna no te dio ninguna tregua de lutos gravísimos, ni siquiera exceptuó el día de tu nacimiento: perdiste a tu madre nada más nacer, o mejor dicho, mientras nacías, y fuiste de algún modo expuesta a la vida. Creciste bajo una madrastra, a quien tú, es cierto, con toda obediencia y piedad, cuanta puede verse incluso en una hija, obligaste a convertirse en madre; pero a nadie le resulta barato ni siquiera una buena madrastra. Perdiste a tu tío indulgentísimo, hombre excelente y valentísimo, cuando esperabas su llegada; y para que la fortuna no hiciera más leve su crueldad separándola, en menos de treinta días enterraste a tu queridísimo marido, del que eras madre de tres hijos. Estando de luto te anunciaron otro luto con todos tus hijos ausentes, como si tus desgracias se hubieran concentrado a propósito en ese momento para que no hubiera nada donde tu dolor pudiera reclinarse. Paso por alto tantos peligros, tantos miedos que soportaste cayendo sobre ti sin tregua: hace poco, en el mismo regazo del que habías sacado a tres nietos, recibiste los huesos de tres nietos; en menos de veinte días desde que habías sepultado a mi hijo muerto en tus manos y en tus besos, escuchaste que yo había sido arrebatado: esto te faltaba todavía, llorar a tus vivos.

III

Es la más grave de todas las heridas que jamás hayan caído sobre tu cuerpo, lo confieso, la más reciente; no ha rasgado la piel superficial, ha dividido el pecho y las entrañas mismas. Pero así como los reclutas heridos levemente gritan sin embargo y temen más las manos de los médicos que el hierro, mientras que los veteranos aunque estén atravesados soportan con paciencia y sin gemido que les extraigan el hierro de sus cuerpos como si fueran ajenos, así tú debes ahora prestarte valientemente a la curación. Aparta las lamentaciones y los aullidos y todo aquello con que suele agitarse el dolor femenino; pues has perdido para nada tantas desgracias si aún no has aprendido a ser desgraciada. ¿Te parece que no he actuado con timidez contigo? No te he ocultado nada de tus males, sino que te los he puesto todos amontonados delante.

IV

He hecho esto con ánimo grande; pues he decidido vencer tu dolor, no limitarlo. Y lo venceré, creo, primero si demuestro que no sufro nada por lo cual pueda yo mismo ser llamado desgraciado, y mucho menos por lo cual haga desgraciados también a quienes toco; luego si paso a ti y demuestro que ni siquiera tu fortuna es grave, pues depende toda de la mía.

Abordaré primero lo que tu piedad está ansiosa por oír, que no me pasa nada malo. Si puedo, dejaré claro que las cosas mismas que crees que me oprimen no son intolerables; si esto no se puede creer, al menos estaré más contento conmigo mismo por ser feliz entre aquellas cosas que suelen hacer miserables a los hombres. No hay razón para que creas a otros sobre mí: yo mismo te declaro, para que no te inquietes con opiniones inciertas, que no soy desgraciado. Añadiré, para que estés más tranquila, que ni siquiera puedo llegar a ser desgraciado.

Hemos nacido en buena condición, si no la abandonamos. La naturaleza ha dispuesto que no se necesita un gran aparato para vivir bien: cada uno puede hacerse feliz a sí mismo. Las cosas externas tienen poco peso y no tienen gran fuerza en uno u otro sentido: ni las circunstancias favorables elevan al sabio ni las adversas lo abaten; pues siempre se ha esforzado por depositar lo más en sí mismo, por buscar toda alegría de sí mismo. ¿Qué entonces? ¿Digo que soy sabio? De ningún modo; pues si pudiera proclamarlo, no solo negaría que soy desgraciado, sino que me proclamaría el más afortunado de todos y conducido cerca de la divinidad: pero ahora —lo que basta para aliviar todas las miserias— me he entregado a hombres sabios y, no siendo aún fuerte para mi propio auxilio, me he refugiado en el campamento ajeno, en el de aquellos, claro está, que se defienden fácilmente a sí mismos y a los suyos. Ellos me ordenaron estar siempre como en un puesto de guardia y prever todos los intentos de la fortuna, todos sus ataques, mucho antes de que lleguen. Para aquellos es pesada a quienes es repentina: la soporta fácilmente quien siempre la espera. Pues también la llegada de los enemigos derriba a quienes coge desprevenidos: pero quienes se prepararon para la guerra futura antes de la guerra, dispuestos y listos, resisten fácilmente el primer golpe, que es el más tumultuoso. Yo nunca confié en la fortuna, ni siquiera cuando parecía hacer las paces; todas aquellas cosas que me otorgaba muy generosamente —dinero, honores, influencia— las coloqué en un lugar desde donde pudiera reclamarlas sin conmoción mía. Mantuve una gran distancia entre ellas y yo; así que ella se las llevó, pero no me las arrancó. A nadie abate la fortuna adversa sino a aquel que engañó la próspera. Aquellos que amaron sus dones como si fueran propios y perpetuos, que quisieron ser admirados por ellos, yacen y se lamentan cuando los falsos y pueriles placeres, ignorantes de todo placer sólido, abandonan a quienes disfrutaban de engañosas y volubles diversiones: pero aquel que no se infló con las cosas alegres ni se contrae con las cambiantes, mantiene el ánimo invicto contra ambas situaciones. Pues en la felicidad misma experimentó qué valor tendría contra la infelicidad. Así que yo siempre creí que en aquellas cosas que todos desean no había ningún bien verdadero, y entonces las encontré vacías y cubiertas con un barniz vistoso y engañoso, sin nada dentro semejante a su apariencia: ahora en estas cosas que se llaman males no encuentro nada tan terrible y duro como amenazaba la opinión del vulgo. La palabra misma, ciertamente, llega a los oídos más áspera por cierta persuasión y consenso, y golpea al oyente como triste y execrable: así lo ha mandado el pueblo, pero los sabios abrogan en gran parte los decretos del pueblo.

VI

Dejando de lado, pues, el juicio de la mayoría, a quienes arrastra la primera apariencia de las cosas, tal como se les presenta, veamos qué es el destierro. No es más que un cambio de lugar. Para no parecer que recorto su fuerza y le resto lo peor que tiene en sí, a este cambio de lugar siguen inconvenientes: la pobreza, la ignominia, el desprecio. Contra estos lucharé después: de momento quiero observar primero qué amargura trae el cambio de lugar en sí mismo.

«Es intolerable carecer de patria.» Echa un vistazo, pues, a esta multitud, para la cual apenas bastan los techos de la inmensa ciudad: la mayor parte de esa turba carece de patria. De sus municipios y colonias, de todo el orbe terrestre en definitiva, han confluido aquí: a unos los trajo la ambición, a otros la necesidad del cargo público, a otros la embajada que les fue impuesta, a otros el lujo que busca un lugar oportuno y opulento para los vicios, a otros el deseo de estudios liberales, a otros los espectáculos; a unos los arrastró la amistad, a otros la diligencia que encontró amplia materia para mostrar su valor; algunos trajeron su belleza venal, otros su elocuencia venal. No hay clase de hombres que no haya acudido en tropel a la ciudad que pone grandes precios tanto a las virtudes como a los vicios. Ordena a todos estos que acudan al llamado de sus nombres y pregunta a cada uno «¿de dónde es tu casa?»: verás que la mayor parte es la que vino a la ciudad más grande y hermosa, ciertamente, pero no la suya, tras abandonar sus hogares. Luego sal de esta ciudad, que puede llamarse común, y da la vuelta a todas las ciudades: ninguna hay que no tenga una gran parte de población extranjera. Pasa de aquellas cuya posición amena y oportunidad de la región atrae a más gente, recorre los lugares desiertos y las islas más escarpadas, Esciato y Sérifos, Gíaros y Cósira: no encontrarás ningún destierro donde alguien no se quede por voluntad propia. ¿Qué se puede encontrar tan desnudo, tan abrupto por todas partes como esta roca? ¿Qué más pobre si se miran los recursos? ¿Qué más inhumano respecto a los hombres? ¿Qué más horrible en cuanto al emplazamiento del lugar? ¿Qué más intempestivo en cuanto a la naturaleza del clima? Sin embargo, aquí residen más extranjeros que ciudadanos. Hasta tal punto, pues, no es gravoso el cambio mismo de lugares, que incluso este lugar apartó de su patria a algunos. Encuentro quienes dicen que existe cierta irritación natural en los ánimos para cambiar de sede y trasladar domicilio; pues al hombre se le ha dado una mente móvil e inquieta, no se mantiene en ningún sitio, se dispersa y envía sus pensamientos a todos los lugares conocidos y desconocidos, vagabunda e impaciente del reposo y muy contenta con las novedades. No te sorprenderás si observas su primer origen: no está formada de cuerpo terrestre y pesado, desciende de aquel espíritu celestial; pero la naturaleza de las cosas celestiales está siempre en movimiento, huye y es impulsada en carrera velocísima. Observa los astros que iluminan el mundo: ninguno de ellos permanece quieto. El sol se desliza sin cesar y cambia de lugar a lugar y, aunque gira con el universo, no obstante se mueve en dirección contraria al mundo mismo, recorre todas las partes de los signos, nunca se detiene; su agitación es perpetua y su migración de un sitio a otro. Todo gira siempre y está de paso; como lo ordenó la ley y la necesidad de la naturaleza, se mueven de un lado a otro; cuando hayan completado sus órbitas a través de determinados espacios de años, irán de nuevo por donde vinieron: ve ahora y piensa que el ánimo humano, compuesto de las mismas semillas que las cosas divinas, soporta mal el tránsito y la migración, cuando la naturaleza de los dioses se deleita o se conserva con una mutación continua y rapidísima.

VII

Volvamos ahora de las cosas celestiales a las humanas: verás que pueblos y naciones enteras han cambiado de sede. ¿Qué significan las ciudades griegas en medio de regiones bárbaras? ¿Qué hace el idioma macedonio entre indios y persas? Escitia y toda aquella región de pueblos feroces e indomables muestra ciudades de Acaya fundadas en las costas del Ponto: ni la crueldad del invierno perpetuo, ni los temperamentos de los hombres horribles como su clima impidieron que trasladaran sus hogares. En Asia hay una multitud de atenienses; Mileto derramó el pueblo de setenta y cinco ciudades en diversos lugares; todo el flanco de Italia que baña el mar inferior fue la Magna Grecia. Asia reclama para sí a los etruscos; los tirios habitan África, los cartagineses España; los griegos se introdujeron en la Galia, los galos en Grecia; los Pirineos no detuvieron el paso de los germanos —la ligereza humana se volvió a través de lo intransitable, a través de lo desconocido—. Arrastraron hijos, esposas y padres cargados de vejez. Unos, lanzados por largo extravío, no eligieron un lugar por juicio sino que ocuparon el más cercano por cansancio, otros se hicieron con derecho en tierra ajena por las armas; a ciertos pueblos, cuando buscaban lugares desconocidos, el mar los tragó, otros se establecieron allí donde la carencia de todo los dejó. Y no todos tuvieron la misma causa para abandonar y buscar patria: a unos los expulsaron las destrucciones de sus ciudades, escapados de las armas enemigas, despojados de lo suyo, hacia lo ajeno; a otros los apartó la discordia doméstica; a otros los envió la excesiva abundancia de población desbordante para aliviar sus fuerzas; a otros los arrojó una pestilencia o frecuentes hundimientos de la tierra o algunos defectos intolerables de un suelo infeliz; a algunos los corrompió la fama de una costa fértil y alabada en exceso. A unos los sacó de sus hogares una causa, a otros otra: esto al menos es claro, nada ha permanecido en el mismo lugar donde nació. El trasiego del género humano es continuo; cada día se muda algo en el orbe tan grande: se echan los cimientos de nuevas ciudades, surgen nuevos nombres de pueblos, extinguidos los anteriores o convertidos en agregados del más fuerte. Pero todas estas transportaciones de pueblos ¿qué otra cosa son sino destierros públicos? ¿Para qué te hago dar tan largo rodeo? ¿Qué importa enumerar a Antenor, fundador de Padua, y a Evandro, que estableció reinos de árcades en la ribera del Tíber? ¿Y a Diomedes y a otros a quienes la guerra troyana dispersó, vencidos y vencedores a la vez, por tierras ajenas? El imperio romano, por cierto, mira como fundador a un desterrado, a quien, fugitivo tras la toma de su patria, arrastrando escasos restos, la necesidad y el miedo del vencedor trajeron a Italia buscando tierras lejanas. Este pueblo luego ¿a cuántas colonias envió a todas las provincias! Dondequiera que venció el romano, habita. A este cambio de lugares daban sus nombres con gusto, y abandonando sus altares el viejo seguía al colonizador al otro lado de los mares. El asunto ciertamente no requiere enumeración de más casos; sin embargo añadiré uno que se mete en los ojos: esta misma isla ya ha cambiado de habitantes muchas veces. Para pasar por alto las cosas más antiguas, que la antigüedad ha ocultado, los griegos que ahora habitan Marsella, tras abandonar Fócide, se establecieron primero en esta isla, de la cual qué los huyó es incierto, si la gravedad del clima o la visión de la Italia prepotente o la naturaleza del mar sin puertos; pues que no fue la ferocidad de los vecinos no está en la causa porque se introdujeron entre los pueblos entonces más feroces e incultos de la Galia. Pasaron después a ella los ligures, pasaron también los hispanos, lo cual se ve por la semejanza de las costumbres; pues tienen las mismas cubiertas de cabeza, el mismo tipo de calzado que los cántabros, y algunas palabras; pues el idioma entero se apartó del patrio por la convivencia con griegos y ligures. Luego se establecieron dos colonias de ciudadanos romanos, una por Mario, otra por Sila: ¡tantas veces ha cambiado el pueblo de esta roca árida y espinosa! En fin, apenas encontrarás tierra alguna que todavía habiten sus pobladores originarios; todo está mezclado e injertado. Uno sucedió a otro: este deseó lo que a aquel le dio asco; aquel fue expulsado de donde había expulsado a otro. Así plugo al hado que la fortuna de ninguna cosa permaneciera siempre en el mismo lugar.

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