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Parte 11A Polibio — Los remedios del dolor

Consolaciones · Séneca · 14 min de lectura

VIII

Te mostraré también otro remedio, no más firme que el anterior, pero sí más familiar. Cuando vuelvas a casa, tendrás que temer a la tristeza: pues mientras contemples a tu dios, ella no encontrará ningún acceso a ti; César lo ocupará todo en ti. Pero cuando te separes de él, entonces el dolor acechará tu soledad como si se le ofreciera la oportunidad, y se deslizará poco a poco en tu ánimo descansado. Por eso no debes permitir que ningún momento esté libre de estudios: entonces tus letras, amadas por ti durante tanto tiempo y con tanta fidelidad, deberán devolverte el favor; entonces ellas te reclamen como su servidor y adorador; entonces Homero y Virgilio, que tanto merecieron del género humano como tú mereciste de ellos y de todos aquellos a quienes quisiste dar a conocer más allá de lo que habían escrito, pasen mucho tiempo contigo. Todo el tiempo que confíes a su cuidado será seguro. Entonces ordena, en la medida de tus fuerzas, las obras de tu César, para que se narren por todos los siglos con una alabanza doméstica: pues él mismo te dará tanto la materia como el modelo para dar forma y componer sus gestas. No me atrevo a llevarte hasta el punto de que también escribas fábulas y apólogos de Esopo, empresa no intentada por los ingenios romanos, con tu habitual elegancia. Ciertamente es difícil que un ánimo tan violentamente golpeado pueda acercarse tan pronto a estos estudios más alegres: sin embargo, toma esto como prueba de que ya está fortalecido y ha vuelto en sí, si puede pasar de los escritos más severos a estos más ligeros. Pues en aquellos, aunque todavía esté enfermo y luchando consigo mismo, la propia austeridad de las materias que tratará lo distraerá; pero estos, que deben meditarse con frente relajada, no los soportará a menos que ya se haya restablecido completamente. Por tanto, deberás ejercitarlo primero con materia más severa, y después templarlo con la más alegre.

IX

También esto te será de gran alivio, si te preguntas a menudo: «¿Sufro acaso por mí o por aquel que ha muerto? Si por mí, se pierde toda ostentación de afecto y el dolor, aunque excusado por ser honesto, empieza a alejarse de la piedad cuando mira a la utilidad; pero nada conviene menos a un hombre bueno que calcular en el duelo de un hermano. Si sufro por él, necesariamente debo juzgar una de estas dos cosas: pues si a los muertos no les queda ninguna sensación, mi hermano ha escapado de todas las incomodidades de la vida y ha sido restituido al lugar en que estaba antes de nacer, y, exento de todo mal, nada teme, nada desea, nada padece: ¿qué locura es esta de no cesar nunca de sufrir por quien nunca va a sufrir? Si hay alguna sensación en los muertos, ahora el alma de mi hermano, como liberada de una larga cárcel, por fin dueña de sí misma y de su albedrío, se alegra y disfruta del espectáculo de la naturaleza, y todas las cosas humanas las contempla desde un lugar superior, pero las divinas, cuya razón había buscado en vano durante tanto tiempo, las intuye más de cerca. ¿Por qué entonces me consumo en su ausencia, si es feliz o no es nada? Llorar al feliz es envidia, llorar al que no es nada es demencia». ¿O acaso te conmueve que parezca haber carecido de bienes inmensos y particularmente abundantes en este momento? Cuando pienses en las muchas cosas que perdió, piensa en las más numerosas que no teme: no lo atormentará la ira, no lo afligirá la enfermedad, no lo hostigará la sospecha, no lo perseguirá la envidia devoradora y siempre hostil a los progresos ajenos, no lo inquietará el miedo, no lo perturbará la inconstancia de la Fortuna, que cambia rápidamente sus regalos. Si calculas bien, se le ha perdonado más de lo que se le ha arrebatado. No disfrutará de las riquezas, ni de tu favor al mismo tiempo que del suyo; no recibirá beneficios ni los dará: ¿lo consideras desgraciado porque ha perdido estas cosas, o feliz porque no las echa de menos? Créeme, es más feliz quien no necesita a la fortuna que aquel para quien está preparada. Todos esos bienes que nos deleitan con placer especioso pero engañoso —el dinero, la dignidad, el poder y otras muchas cosas ante las cuales la ciega codicia del género humano queda pasmada— se poseen con trabajo, se contemplan con envidia, y finalmente aplastan a quienes adornan; amenazan más de lo que benefician; son resbaladizos e inciertos, nunca se retienen bien: pues aunque nada se tema del tiempo futuro, la propia custodia de la gran felicidad es inquieta. Si quieres creer a quienes contemplan la verdad más profundamente, toda la vida es un suplicio: arrojados a este mar profundo y agitado, de flujo y reflujo alterno, que ora nos eleva con súbitos crecimientos, ora nos arrastra con pérdidas mayores y nos sacude sin cesar, nunca permanecemos en lugar estable, pendemos y fluctuamos y chocamos unos contra otros y a veces naufragamos, siempre tememos; para quienes navegamos en este mar tan tempestuoso y expuesto a todas las tormentas no hay puerto sino la muerte. No envidies, pues, a tu hermano: descansa. Por fin es libre, por fin seguro, por fin eterno. Sobrevive a César y a toda su descendencia, te sobrevive a ti con tus hermanos comunes. Antes de que la Fortuna cambiara algo de su favor, dejó esta vida cuando aún estaba en pie y acumulaba regalos a manos llenas. Ahora disfruta del cielo abierto y libre, desde lo humilde y oprimido se elevó a aquel lugar, sea cual sea, que recibe en su seno feliz a las almas liberadas de sus cadenas, y ahora vaga libremente por allí y contempla con sumo placer todos los bienes de la naturaleza. Te equivocas: tu hermano no perdió la luz, sino que obtuvo una más pura. El camino hacia allá es común para todos nosotros: ¿por qué lloramos los destinos? No nos dejó él, sino que nos precedió. Créeme, hay gran felicidad en la misma necesidad de morir. Nada es seguro ni siquiera por un día entero: en una verdad tan oscura y envuelta, ¿quién adivina si la muerte envidiaba o favorecía a tu hermano?

También esto, dada tu justicia en todas las cosas, necesariamente debe ayudarte el pensar que no se te hizo una injuria al perder tal hermano, sino que se te dio un beneficio al haberte sido permitido usar y disfrutar durante tanto tiempo de su afecto. Es injusto quien no deja al donante el arbitrio de su regalo, avaro quien no considera ganancia lo que recibió sino pérdida lo que devolvió. Es ingrato quien llama injuria al fin del placer, necio quien piensa que no hay fruto de los bienes sino de los presentes, quien no descansa también en los pasados y juzga más ciertos aquellos que se fueron, porque no hay que temer que dejen de ser. Estrecha demasiado sus alegrías quien piensa que solo disfruta de las que tiene y ve, y considera como nada haber tenido las mismas; pues todo placer nos abandona rápidamente, ya que fluye y pasa y casi se lleva antes de venir. Por tanto, hay que enviar el ánimo al tiempo pasado y traer de vuelta todo lo que alguna vez nos deleitó y tratarlo con frecuente reflexión: más larga y fiel es la memoria de los placeres que su presencia. Pon, pues, entre los bienes supremos el haber tenido un hermano excelente. No es razón para que pienses cuánto más tiempo podrías haberlo tenido, sino cuánto tiempo lo tuviste. La naturaleza te lo dio, como a tus otros hermanos, no en propiedad, sino prestado; cuando le pareció, después lo reclamó y no siguió tu saciedad de él sino su propia ley. Si alguien se doliera de devolver dinero prestado, especialmente si recibió su uso gratuitamente, ¿no sería considerado un hombre injusto? La naturaleza dio vida a tu hermano, te la dio también a ti: usando su derecho, si exigió antes a quien quiso su deuda, no está ella en falta, cuya condición era conocida, sino la esperanza ávida del ánimo mortal, que se olvida continuamente de lo que es la naturaleza de las cosas y nunca recuerda su suerte a menos que se le advierta. Alégrate, pues, de haber tenido un hermano tan bueno y considera como ganancia su uso y disfrute, aunque haya sido más breve de lo que deseabas. Piensa que lo más agradable es lo que tuviste, lo más humano lo que perdiste: pues nada es menos coherente consigo mismo que alguien que se conmueve porque tal hermano le tocó demasiado poco tiempo, y no se alegra de que, sin embargo, le haya tocado.

XI

«Pero me fue arrebatado cuando no lo esperaba». Su propia credulidad engaña a cada uno, y en aquellos a quienes ama hay un olvido voluntario de la mortalidad: la naturaleza ha declarado que a nadie le hará gracia de su necesidad. Cada día ante nuestros ojos pasan los funerales de conocidos y desconocidos, pero nosotros nos ocupamos de otras cosas y pensamos que es repentino aquello que se nos anuncia como futuro durante toda la vida. No es, pues, iniquidad de los destinos, sino perversidad de la mente humana, insaciable de todas las cosas, que se indigna de caer de allí donde fue admitida precariamente. ¡Cuánto más justo fue aquel que, anunciada la muerte de su hijo, pronunció una frase digna de un gran hombre: «Cuando lo engendré, supe que era mortal»! Desde luego no te asombras de que de este naciera quien pudo morir con valentía. No recibió como noticia nueva la muerte de su hijo; ¿pues qué hay de nuevo en que muera un hombre, cuya vida entera no es otra cosa que camino hacia la muerte? «Cuando lo engendré, supe que era mortal». Luego añadió algo de mayor prudencia y ánimo: «Y para esto lo crié». Todos somos criados para esto; quien es dado a luz a la vida está destinado a la muerte. Gocemos, pues, de lo que se nos dará, devolvámoslo cuando se nos reclame: los destinos apresarán a uno en un tiempo, a otro en otro, no pasarán de largo a ninguno. Que el ánimo esté preparado y nunca tema lo necesario, siempre espere lo incierto. ¿Qué diré de los generales y de la descendencia de los generales, y de los ilustres por muchos consulados o triunfos, que cumplieron su destino inexorable? Reinos enteros con sus reyes y pueblos con sus gobernantes soportaron su destino: todos, más aún, todas las cosas miran hacia el día final. No es el mismo el fin para todos: a uno la vida lo abandona en medio del curso, a otro lo deja en el umbral mismo, a otro extenuado ya en la extrema vejez y deseando salir apenas lo suelta; en un tiempo diferente ciertamente para cada uno, pero todos tendemos hacia el mismo lugar; no sé qué es más necio, si ignorar la ley de la mortalidad o rechazarla con impudencia. Vamos, toma en las manos aquellos poemas de uno u otro autor que han sido celebrados con mucho trabajo de tu ingenio, que tú resolviste de tal manera que, aunque su estructura se haya disuelto, permanezca sin embargo su gracia —pues así los trasladaste de una lengua a otra, que, lo que era muy difícil, todas sus virtudes te han seguido en el discurso ajeno—: no habrá en aquellos escritos libro alguno que no te ofrezca muchísimos ejemplos de la variedad humana y de los sucesos inciertos y de las lágrimas que fluyen por una u otra causa. Lee con qué espíritu tronaste con grandes palabras: te avergonzará de repente decaer y apartarte de tanta grandeza de discurso. No permitas que quien hace poco admiraba tus escritos como modelos pregunte cómo un ánimo tan frágil concibió cosas tan grandes y tan sólidas.

XII

Más bien vuélvete de aquellas cosas que te atormentan hacia estas, tan numerosas y tan grandes, que te consuelan, y mira a tus hermanos óptimos, mira a tu esposa, mira a tu hijo: por la salvación de todos ellos la Fortuna ha pactado contigo con esta porción. Tienes a muchos en quienes descansar. Líbrate de esta infamia, que no parezca a todos que vale más en ti un solo dolor que tantos consuelos. Ves que todos estos fueron golpeados contigo y comprendes que no pueden ayudarte, sino que incluso esperan ser aliviados por ti; y por eso, cuanto menos doctrina y menos ingenio hay en ellos, tanto más necesario es que te opongas al mal común. Es, además, esto mismo un consuelo, dividir el dolor entre muchos; porque al distribuirse entre varios, debe quedar en ti una parte exigua. No cesaré de ofrecerte tantas veces a César: mientras él modera las tierras y muestra cuánto mejor se custodia el imperio con beneficios que con armas, mientras él preside las cosas humanas, no hay peligro de que sientas haber perdido algo; en este solo tienes suficiente amparo y consuelo. Elévate y, cuantas veces broten lágrimas de tus ojos, otras tantas dirígelos hacia César: se secarán con la vista del numen máximo y clarísimo; su fulgor los deslumbrará para que no puedan mirar ninguna otra cosa, y los retendrá adheridos a sí. Este en quien tú fijas la mirada días y noches, de quien nunca apartas el ánimo, este debe ser pensado, este debe ser invocado contra la fortuna. Y no dudo de que, siendo tanta su mansedumbre hacia todos los suyos y tanta su indulgencia, ya haya cubierto esa herida tuya con muchos consuelos, ya haya acumulado muchas cosas que se opusieran a tu dolor. ¿Qué más? Aunque no haya hecho nada de esto, ¿no es acaso la sola contemplación y pensamiento de César, por sí mismo, el mayor consuelo para ti? Que los dioses y las diosas lo presten por largo tiempo a las tierras. Que iguale los hechos del divino Augusto, que supere sus años. Mientras esté entre los mortales, que no sienta que nada de su casa es mortal. Que un hijo apruebe ser rector del imperio romano con larga lealtad, y lo vea antes consorte del padre que sucesor. Que tarde y solo para nuestros nietos sea conocido el día en que su linaje lo reclame al cielo.

XIII

Abstente de él con tus manos, Fortuna, y no muestres en él tu poder sino en aquella parte en que beneficias. Permite que cure al género humano ya largo tiempo enfermo y afectado, permite que restituya y reponga en su lugar todo lo que la locura del anterior príncipe sacudió. Que este astro, que resplandeció para el orbe precipitado al abismo y sumergido en tinieblas, luzca siempre. Que este pacifique Germania, que abra Britania, y que conduzca tanto los triunfos paternos como los nuevos: de los cuales su clemencia, que entre sus virtudes ocupa el primer lugar, me promete que también yo seré espectador. Pues no me abatió de tal modo que no quisiera levantarme, es más, ni siquiera me abatió, sino que empujado por la fortuna y cayendo me sostuvo, y precipitándome me depositó suavemente usando la moderación de su mano divina: intercedió por mí ante el senado y no solo me dio la vida sino que incluso la pidió. Que él vea: que considere mi causa como quiera; o bien que su justicia la reconozca buena, o bien que su clemencia la haga buena: uno y otro de su beneficio será igual para mí, ya sea que haya sabido que soy inocente o que haya querido que lo sea. Mientras tanto, gran consuelo de mis miserias es ver su misericordia recorrer todo el orbe: la cual, incluso desde el rincón mismo en que yo estoy fijado, después de desenterrar a muchos sepultados por la ruina de muchos años y devolverlos a la luz, no temo que me pase de largo solo a mí. Pero él mismo sabe mejor el tiempo en que debe socorrer a cada uno; yo pondré todo mi empeño en que no se avergüence de llegar hasta mí. Oh, feliz tu clemencia, César, que hace que los exiliados vivan una vida más tranquila bajo tu gobierno de la que hace poco vivieron los príncipes bajo Cayo. No tiemblan ni esperan la espada a cada hora ni se atemorizan ante la vista de cualquier nave; por ti tienen tanto medida de la fortuna enfurecida como también esperanza de una mejor e igual y presente quietud. Puedes saber que aquellos rayos son justísimos que incluso los heridos veneran.

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