Parte 8A Helvia — La pobreza no es carga
XII
No creas que para aliviar los inconvenientes de la pobreza, que nadie siente como una carga salvo quien así lo piensa, voy a recurrir únicamente a las máximas de los sabios. Fíjate primero en cuánto mayor es la parte de los pobres, y verás que no son en absoluto más tristes ni más inquietos que los ricos: incluso me atrevería a decir que son más alegres, porque su ánimo se distribuye entre menos cosas. Dejemos a los pobres y pasemos a los ricos: ¡cuántos momentos hay en los que se parecen a los pobres! Al equipaje de los que viajan se le recorta, y siempre que la urgencia del viaje lo exige, se despide al séquito de acompañantes. Los militares, ¿qué parte de sus bienes llevan consigo, cuando la disciplina del campamento excluye todo aparato? Y no solo la condición de los tiempos o de los lugares los iguala a los pobres por la escasez: eligen ciertos días, cuando ya el hastío de las riquezas los ha vencido, en los que cenan en el suelo y, apartados el oro y la plata, usan vajilla de barro. ¡Insensatos! Lo que a veces desean, siempre lo temen. ¡Qué niebla de la mente, qué ignorancia de la verdad los domina, cuando imitan por placer lo que les causa temor! A mí, ciertamente, cada vez que miro los ejemplos antiguos, me avergüenza recurrir a los consuelos de la pobreza, porque el lujo de nuestro tiempo ha llegado tan lejos que el equipaje de los desterrados es mayor que el patrimonio que antiguamente tenían los príncipes. Es bien sabido que Homero tuvo un esclavo, Platón tres, ninguno Zenón, con quien comenzó la sabiduría rigurosa y viril de los estoicos: ¿acaso alguien dirá que vivieron miserablemente sin que él mismo parezca a todos el más miserable por decirlo? Menenio Agripa, que fue mediador de la concordia pública entre los patricios y la plebe, fue enterrado con dinero recogido mediante colecta. Atilio Régulo, cuando derrotaba a los cartagineses en África, escribió al senado que su jornalero se había marchado y que el campo quedaba abandonado, y el senado decidió que se cultivara con fondos públicos mientras Régulo estaba ausente: ¿acaso no valió la pena no tener un esclavo para que el pueblo romano fuera su colono? Las hijas de Escipión recibieron la dote del erario público, porque su padre no les había dejado nada: justo era, por Hércules, que el pueblo romano pagara tributo a Escipión una sola vez, ya que siempre lo exigía a Cartago. ¡Oh, felices aquellas muchachas que tuvieron al pueblo romano como suegro! ¿Crees que son más dichosos aquellos cuyos actores se casan con un millón de sestercios que Escipión, cuyos hijos recibieron del senado, su tutor, moneda de bronce como dote? ¿Alguien desprecia la pobreza cuando tiene ejemplos tan ilustres? ¿Se indigna algún desterrado por faltarle algo, cuando le faltó a Escipión la dote, a Régulo el jornalero, a Menenio el entierro, y a todos ellos lo que les faltaba se les proporcionó de manera más honrosa precisamente porque les faltaba? Con tales defensores, pues, la pobreza no solo es segura sino incluso digna de gratitud.
XIII
Se puede responder: «¿Por qué separas artificiosamente cosas que pueden soportarse cada una por separado, pero no juntas? El cambio de lugar es soportable si solo cambias el lugar; la pobreza es soportable si falta la ignominia, que incluso sola suele aplastar los ánimos». Contra quien me aterrorice con una multitud de males, habré de usar estas palabras: «Si tienes suficiente fortaleza contra cualquier parte de la fortuna, la tendrás igualmente contra todas. Cuando la virtud ha endurecido el ánimo una vez, lo hace invulnerable por todas partes. Si la avaricia te ha abandonado, la más violenta peste del género humano, la ambición no te detendrá; si miras el último día no como un castigo sino como una ley de la naturaleza, al pecho del que hayas expulsado el miedo a la muerte no se atreverá a entrar el temor de ninguna otra cosa; si consideras que el deseo sexual no le fue dado al hombre por causa del placer sino para propagar la especie, a quien no haya violado esta ruina secreta y clavada en las mismas entrañas, todo otro deseo lo dejará intacto. La razón no derriba los vicios uno a uno sino todos a la vez: se vence de una vez por todas». ¿Crees que la ignominia puede conmover a un sabio, que ha puesto todo en sí mismo y se ha alejado de las opiniones del vulgo? Más que ignominia es una muerte ignominiosa: sin embargo, Sócrates entró en la cárcel con el mismo rostro con el que en otra ocasión él solo había puesto en orden a los treinta tiranos, dispuesto a quitarle la ignominia al mismo lugar; pues no podía parecer cárcel aquello donde estaba Sócrates. ¿Quién está tan ciego para ver la verdad que piense que fue una ignominia para Marco Catón su doble rechazo al solicitar la pretura y el consulado? La ignominia fue para la pretura y el consulado, a los que se honraba gracias a Catón. Nadie es despreciado por otro si no ha sido despreciado antes por sí mismo. Un ánimo vil y abatido es el vulnerable a tal afrenta; pero quien se yergue contra los golpes más crueles y derrota los males que oprimen a otros, convierte las mismas miserias en insignias de honor, porque estamos hechos de tal manera que nada ocupa en nosotros tanta admiración como un hombre valeroso en la desgracia. En Atenas conducían al suplicio a Arístides, y todo el que se cruzaba con él bajaba los ojos y gemía, no como si se castigara a un hombre justo, sino como si se castigara a la misma justicia; sin embargo, se encontró uno que le escupió a la cara. Podía sentirse mal por ello, pues sabía que nadie con la boca limpia se habría atrevido a tanto; pero se limpió el rostro y, sonriendo, dijo al magistrado que lo acompañaba: «Adviértele que en adelante no bostece tan groseramente». Esto fue hacer una afrenta a la afrenta misma. Sé que algunos dicen que no hay nada más grave que el desprecio, que la misma muerte les parece preferible. A estos les respondo que también el exilio carece a menudo de todo desprecio: si ha caído un hombre grande, yace grande, no se le desprecia más que se pisotean las ruinas de los templos sagrados, que los devotos veneran igual que cuando están en pie.
XIV
Ya que no tienes, queridísima madre, ningún motivo en lo que a mí respecta que te lleve a lágrimas infinitas, se sigue que te estimulan causas tuyas. Ahora bien, son dos: o te conmueve el hecho de que parezca que has perdido alguna protección, o que no puedes soportar por sí mismo el deseo de mi presencia.
La primera parte debo tocarla ligeramente; pues conozco tu ánimo, que no ama en los suyos nada salvo a ellos mismos. Que se ocupen de eso aquellas madres que ejercen el poder de los hijos con incontinencia femenina, que, puesto que a las mujeres no les está permitido desempeñar cargos, son ambiciosas a través de ellos, que agotan y codician los patrimonios de los hijos, que fatigan su elocuencia prestándola a otros: tú te alegraste muchísimo de los bienes de tus hijos, pero los usaste lo mínimo; tú siempre pusiste límite a nuestra generosidad, cuando no lo ponías a la tuya; tú, hija de familia, aportaste espontáneamente a tus ricos hijos; tú administraste nuestros patrimonios de tal manera que trabajabas como si fueran tuyos, te abstenías como si fueran ajenos; tú moderaste el uso de nuestro favor como si usaras bienes ajenos, y de nuestros cargos nada llegó a ti salvo el placer y el gasto. Nunca tu indulgencia miró hacia la utilidad; no puedes, pues, echar de menos en un hijo perdido lo que cuando estaba sano nunca consideraste que te perteneciera.
XV
Debo dirigir toda mi consolación hacia allí de donde nace la verdadera fuerza del dolor materno: «Entonces carezco del abrazo de mi hijo queridísimo; no puedo gozar de su vista, de su conversación. ¿Dónde está aquel a cuya vista relajaba mi rostro triste, en quien depositaba todas mis preocupaciones? ¿Dónde las conversaciones de las que era insaciable? ¿Dónde los estudios en los que participaba con más gusto que una mujer, con más familiaridad que una madre? ¿Dónde aquel encuentro? ¿Dónde aquella alegría siempre juvenil al ver a su madre?» Añades a esto los mismos lugares de celebraciones y conversaciones y, como es inevitable, las huellas más eficaces para atormentar los ánimos de la convivencia reciente. Pues también esto tramó cruelmente contra ti la fortuna, que quiso que te marcharas apenas tres días antes de que yo fuera golpeado, tranquila y sin temer nada semejante. Bien nos había separado la distancia de los lugares, bien te había preparado para este mal la ausencia de algunos años: regresaste, no para obtener placer de tu hijo, sino para perder la costumbre del deseo. Si hubieras estado ausente mucho antes, lo habrías soportado más valientemente, pues el mismo intervalo habría suavizado el deseo; si no te hubieras ido, al menos habrías obtenido el último fruto de ver a tu hijo dos días más: ahora el cruel destino lo dispuso de tal manera que ni estuvieras presente en mi desgracia ni te acostumbraras a la ausencia. Pero cuanto más duras son estas cosas, tanto mayor virtud debes invocar, y debes luchar más enérgicamente como con un enemigo conocido y ya vencido a menudo. Esta sangre no ha brotado de tu cuerpo intacto: has sido golpeada en las mismas cicatrices.
XVI
No es momento de que uses la excusa del nombre femenino, al que casi se le ha concedido un derecho inmoderado a las lágrimas, aunque no ilimitado; y por eso los antepasados dieron a las mujeres que lloraban a sus maridos un plazo de diez meses para que con una constitución pública acabaran con la obstinación del duelo femenino. No prohibieron el luto sino que lo limitaron; pues afligirse con dolor infinito cuando has perdido a uno de los más queridos es necia indulgencia, y con ninguno, inhumana dureza: la mejor combinación entre piedad y razón es sentir el deseo y reprimirlo. No es momento de que mires a ciertas mujeres cuya tristeza, una vez asumida, solo la muerte terminó (conoces a algunas que, perdidos sus hijos, nunca se quitaron el luto que se pusieron): de ti exige más una vida desde el inicio más fuerte; no puede alcanzarte la excusa femenina a quien le han faltado todos los vicios femeninos. El mayor mal del siglo, la impudicia, no te puso en el número de las muchas; ni las gemas ni las perlas te sedujeron; las riquezas no brillaron para ti como el mayor bien del género humano; a ti, bien educada en una casa antigua y severa, no te desvió la peligrosa, incluso para los buenos, imitación de los peores; nunca te avergonzaste de tu fecundidad, como si te reprochara la edad, nunca, a la manera de otras para quienes toda recomendación se busca en la belleza, escondiste el vientre hinchado como una carga indecorosa, ni destruiste dentro de tus entrañas las esperanzas concebidas de los hijos; no manchaste tu rostro con coloretes y afeites; nunca te agradó un vestido que al quitárselo desnudara más: el único adorno que te ha parecido hermoso, la forma más bella y a ninguna edad sometida, el mayor decoro, fue el pudor. No puedes, pues, para sostener el dolor, alegar el nombre femenino, del que te han apartado tus virtudes; debes estar tan lejos de las lágrimas de las mujeres como de sus vicios. Ni siquiera las mujeres te permitirán consumirte por tu herida, sino que te ordenarán levantarte después de cumplir enseguida con el duelo necesario, si es que quieres contemplar a aquellas mujeres que la virtud visible colocó entre los grandes hombres. A Cornelia, de doce hijos, la fortuna la había reducido a dos: si quisieras contar los funerales de Cornelia, había perdido diez; si quisieras valorarlos, había perdido a los Gracos. Sin embargo, prohibió a los que lloraban a su alrededor y maldecían su destino que acusaran a la fortuna, que le había dado como hijos a los Gracos. De esta mujer debió nacer quien dijera en la asamblea: «¿Tú hablas mal de mi madre porque me parió?» Mucho más animosa me parece la voz de la madre: el hijo valoró mucho el nacimiento de los Gracos, la madre incluso su muerte. Rutilia siguió a su hijo Cota al exilio y estuvo tan constreñida por la indulgencia que prefirió sufrir el exilio antes que el deseo de su presencia, y no regresó a la patria sino con su hijo. Al mismo, ya de regreso y floreciente en la vida pública, lo perdió tan valerosamente como lo había seguido, y nadie notó sus lágrimas después de enterrar al hijo. En el expulsado mostró su virtud, en el perdido su prudencia; pues nada la apartó de la piedad y nada la retuvo en una tristeza superflua y necia. Con estas mujeres quiero que te cuentes; de aquellas cuya vida siempre has imitado, de esas seguirás óptimamente el ejemplo al cohibir y reprimir la aflicción.
XVII
Sé que la cosa no está en nuestro poder y que ninguna pasión sirve, y mucho menos la que nace del dolor; pues es feroz y obstinada contra todo remedio. A veces queremos ahogarla y tragarnos los gemidos; sin embargo, a través del mismo rostro compuesto y fingido, brotan las lágrimas. A veces ocupamos el ánimo con juegos o gladiadores; pero incluso en medio de los espectáculos con los que se lo distrae, algún leve recuerdo del deseo lo derrumba. Por eso es mejor vencerlo que engañarlo; pues lo que ha sido burlado y apartado con placeres u ocupaciones resurge y en el mismo descanso recoge impulso para ensañarse: pero quien cede a la razón, se serena para siempre. No voy, pues, a mostrarte aquellos remedios que sé que han usado muchos, como que te entretengas con un viaje largo o te deleites con uno agradable, que ocupes mucho de tu tiempo con el cuidado de las cuentas, la administración del patrimonio, que siempre te enredes en algún negocio nuevo: todas estas cosas sirven por un momento exiguo y no son remedios del dolor sino impedimentos. Yo, en cambio, prefiero que cese a que sea engañado. Por tanto, te conduzco a donde deben refugiarse todos los que huyen de la fortuna, a los estudios liberales: ellos sanarán tu herida, ellos te arrancarán toda tristeza. Aunque nunca te hubieras habituado a ellos, ahora habría que usarlos; pero, en la medida en que el antiguo rigor de mi padre te lo permitió, todas las buenas artes no las dominaste del todo, pero sí las tocaste. ¡Ojalá, ciertamente, mi padre, hombre óptimo, menos entregado a la costumbre de los mayores, hubiera querido que te instruyeras en los preceptos de la sabiduría más que solo imbuirte en ellos! No tendrías ahora que preparar un auxilio contra la fortuna sino presentarlo. Por causa de aquellas que no usan las letras para la sabiduría sino que se instruyen para el lujo, te permitió menos entregarte a los estudios. Sin embargo, gracias a tu ingenio ávido, has bebido más de lo propio del tiempo; se han echado los cimientos de todas las disciplinas: ahora vuelve a ellas; te mantendrán a salvo. Ellas te consolarán, ellas te deleitarán, ellas, si de buena fe entran en tu ánimo, nunca más entrará el dolor, nunca la inquietud, nunca la vejación superflua de una aflicción irritante. A ninguno de estos estará abierto tu pecho; pues para los demás vicios hace tiempo que está cerrado. Estas son, ciertamente, las defensas más seguras y las únicas que pueden arrancarte de la fortuna.
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