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Parte 7A Helvia — Solo se pierde lo ínfimo

Consolaciones · Séneca · 13 min de lectura

VIII

Frente al simple cambio de lugar, dejando aparte los otros inconvenientes que se adhieren al destierro, Varrón, el más erudito de los romanos, considera que este remedio es suficiente: que dondequiera que vayamos, es la misma naturaleza del mundo la que debemos usar. Marco Bruto considera que basta esto: que a quienes marchan al destierro les es lícito llevar consigo sus propias virtudes. Incluso si alguien juzga que estos argumentos por separado son poco eficaces para consolar al desterrado, deberá reconocer que ambos reunidos pueden muchísimo. Pues ¡qué pequeñez es lo que perdemos! Dos cosas que son las más hermosas nos seguirán a dondequiera que nos movamos: la naturaleza común y la virtud propia. Esto fue dispuesto —créeme— por aquel que fue el creador del universo, ya sea ese dios dueño de todo, o la razón incorpórea artífice de obras inmensas, o el espíritu divino difundido por todas las cosas grandes y pequeñas con tensión igual, o el destino y la serie inmutable de causas encadenadas entre sí; esto, digo, fue dispuesto: que nada cayera bajo arbitrio ajeno excepto las cosas más viles. Todo lo que en el hombre es óptimo, yace fuera del poder humano: no puede darse ni arrebatarse. Este mundo, que es lo más grande y hermoso que la naturaleza ha engendrado, y el alma contempladora y admiradora del mundo, su parte más magnífica, son propios nuestros y perpetuos, y permanecerán con nosotros tanto tiempo como nosotros mismos permanezcamos. Así pues, apresuremos el paso alegres y erguidos a dondequiera que la suerte nos lleve, con paso intrépido, y recorramos cualesquiera tierras: ningún exilio puede encontrarse dentro del mundo; pues nada de lo que está dentro del mundo es ajeno al hombre. Desde cualquier sitio la mirada se eleva por igual hacia el cielo, por intervalos iguales todo lo divino dista de todo lo humano. Por tanto, mientras mis ojos no sean apartados de aquel espectáculo del que son insaciables, mientras me sea lícito contemplar el sol y la luna, mientras pueda adherirme a los demás astros, mientras pueda investigar sus salidas y puestas, sus intervalos y las causas de su marcha más veloz o más tarda, mientras pueda contemplar tantas estrellas centelleantes por la noche, unas inmóviles, otras que no recorren gran espacio sino que giran sobre su propia huella, algunas que irrumpen de súbito, otras que deslumbran la vista con su fuego desparramado como si cayeran, o que vuelan en largo trazo con mucha luz; mientras esté con ellas y me mezcle con lo celeste en cuanto le es lícito al hombre, mientras tenga siempre en lo alto mi ánimo tendido a la contemplación de las cosas afines, ¿qué importa lo que piso?

IX

«Pero esta tierra no es fecunda en árboles frutales o frondosos; no es regada por grandes cauces de ríos navegables; no produce nada que otros pueblos busquen, apenas es fértil para sustentar a sus habitantes; no se talla aquí piedra preciosa, no se extraen venas de oro y plata». Estrecho es el ánimo al que deleitan las cosas terrenas: debe ser conducido hacia aquellas que aparecen en todas partes por igual, que en todas partes resplandecen por igual. Y ha de pensarse esto: que esos bienes aparentes se interponen a los verdaderos por creencias falsas y erradas. Cuanto más largos pórticos hayan desplegado, cuanto más alto hayan levantado las torres, cuanto más hayan extendido sus calles, cuanto más profundamente hayan excavado sus refugios de verano, cuanto mayor sea la mole con que hayan alzado los techos de sus comedores, tanto más habrá que les oculte el cielo. El azar te arrojó a una región donde el más lujoso albergue es una cabaña: mezquino y sórdidamente consolador eres tú si lo soportas valerosamente porque conoces la cabaña de Rómulo. Di mejor esto: «¿Acaso esa humilde choza no acoge las virtudes? Ya será más hermosa que todos los templos cuando allí se haya contemplado la justicia, la continencia, la prudencia, la piedad, el método para distribuir correctamente todos los deberes, el conocimiento de lo humano y lo divino. Ningún lugar es estrecho si cabe esta multitud de virtudes tan grandes; ningún exilio es gravoso al que es lícito ir con esta comitiva».

Bruto dice en el libro que compuso sobre la virtud que vio a Marcelo exiliado en Mitilene, y que vivía de la manera más dichosa que la naturaleza humana permite, y que nunca estuvo más ávido de las buenas artes que en aquel tiempo. Por eso añade que le pareció a él mismo marchar más al exilio, pues regresaba sin Marcelo, que dejarlo a él en el destierro. ¡Oh, más afortunado Marcelo en aquel tiempo en que su exilio se ganó la aprobación de Bruto que cuando ganó el consulado para la república! ¡Qué grande fue aquel hombre que hizo que alguien se sintiera desterrado por alejarse de un desterrado! ¡Qué grande fue aquel hombre que atrajo hacia su admiración a un hombre admirable incluso para su Catón! El mismo Bruto dice que Cayo César, al pasar por Mitilene, no soportó ver a aquel hombre humillado. Ciertamente el senado le consiguió el regreso con súplicas públicas, tan inquieto y triste que todos aquel día parecieron tener el ánimo de Bruto y no suplicar por Marcelo sino por sí mismos, para no estar exiliados si se quedaban sin él; pero consiguió mucho más el día en que Bruto no pudo abandonar a Marcelo exiliado y César se avergonzó de verlo. Pues le correspondió el testimonio de ambos: Bruto se dolió de regresar sin Marcelo, César se avergonzó. ¿Acaso dudas de que aquel hombre tan grande se exhortara a menudo de este modo a soportar el exilio con ánimo ecuánime: «Que carezcas de patria no es desdichado: te imbuiste de tal modo en las disciplinas que sabes que todo lugar es patria para el hombre sabio. Además, ¿acaso este que te desterró no careció él mismo de patria durante diez años continuos? Sin duda por causa de extender el imperio; pero careció de ella, no obstante. Ahora mira, lo arrastra hacia sí África llena de amenazas de guerra resurgente, lo arrastra Hispania, que reanima las facciones quebradas y abatidas, lo arrastra Egipto infiel, en fin el orbe entero, que está atento a la ocasión de un imperio sacudido: ¿a qué asunto acudirá primero? ¿A qué facción se opondrá? Su victoria lo llevará por todas las tierras. Que las gentes lo miren y lo veneren: tú vive contento con la admiración de Bruto».

Bien soportó, pues, Marcelo el exilio, y el cambio de lugar no cambió nada en su ánimo, aunque lo acompañara la pobreza; en la cual nada hay de malo, como entiende todo el que aún no ha llegado a la locura de la avaricia y el lujo que trastorna todo. Pues ¡qué pequeñez es lo necesario para el sustento del hombre! Y a quien tenga alguna virtud, ¿cómo puede faltarle esto? Por lo que a mí respecta, entiendo que no perdí riquezas sino ocupaciones. Las necesidades del cuerpo son exiguas: quiere que se aparte el frío, con alimentos extinguir el hambre y la sed; todo lo que se desea más allá se trabaja por los vicios, no por los usos. No es necesario escrutar todo el abismo ni cargar el vientre con matanza de animales ni arrancar los mariscos del mar más lejano de playas desconocidas: que los dioses y diosas destruyan a aquellos cuyo lujo traspasa los límites de un imperio tan envidiado. Quieren que se capture más allá del Fasis lo que aderece una cocina ambiciosa, y no les avergüenza pedir aves de los partos, de quienes aún no hemos cobrado venganza. De todas partes acarrean todo lo conocido a una gula hastiada; lo que el estómago disuelto por las delicias apenas admite se transporta desde el último océano; vomitan para comer, comen para vomitar, y los banquetes que recogen de todo el orbe ni se dignan digerirlos. Si alguien desprecia estas cosas, ¿qué daño le hace la pobreza? Si alguien las ansía, la pobreza incluso le beneficia; pues se cura contra su voluntad y, si ni siquiera coaccionado acepta los remedios, al menos entretanto, mientras no puede, se parece a quien no quiere. Cayo César, a quien me parece que la naturaleza produjo para mostrar lo que pueden los vicios máximos en la fortuna máxima, cenó un día con diez millones de sestercios; y con la ayuda del ingenio de todos apenas encontró sin embargo cómo el tributo de tres provincias se convirtiera en una sola cena. ¡Oh miserables, cuyo paladar no se excita salvo con manjares costosos! Pero costosos no los hace un sabor exquisito o alguna dulzura para la garganta sino la rareza y la dificultad de conseguirlos. De otro modo, si les pareciera volver a una mente sana, ¿qué necesidad hay de tantas artes sirviendo al vientre? ¿Qué de comercios? ¿Qué de devastación de bosques? ¿Qué de escrutinio del abismo? Por todas partes yacen alimentos que la naturaleza dispuso en todos los lugares; pero ellos, como ciegos, los pasan de largo y recorren todas las regiones, cruzan los mares y, cuando podrían saciar el hambre con poco, la irritan con mucho. Ganas dan de decir: «¿Por qué botáis las naves? ¿Por qué armáis las manos contra las fieras y contra los hombres? ¿Por qué discurrís con tanto tumulto? ¿Por qué amontonáis riquezas sobre riquezas? ¿No queréis pensar cuán pequeños son vuestros cuerpos? ¿No es locura y último error de las mentes, siendo tan exiguo lo que cabéis, desear mucho? Así pues, aunque aumentéis los patrimonios, extendáis los límites, nunca ensancharéis vuestros cuerpos. Aunque el negocio haya marchado bien, la milicia haya reportado mucho, aunque los manjares buscados por todas partes se hayan reunido, no tendréis dónde colocar esos preparativos vuestros. ¿Por qué buscáis tantas cosas? ¿Acaso nuestros mayores, cuya virtud aún ahora sostiene nuestros vicios, eran infelices porque se preparaban con su propia mano el alimento, porque la tierra era su lecho, porque sus techos aún no resplandecían con oro, porque sus templos aún no brillaban con gemas? Por eso entonces juraban religiosamente por dioses de barro: quienes los habían invocado regresaban para no engañar, dispuestos a morir frente al enemigo. ¿Acaso vivía menos dichosamente nuestro dictador que escuchaba a los legados de los samnitas mientras él mismo con su propia mano revolvía en el hogar la más vil comida —aquella mano con la que ya había golpeado tantas veces al enemigo y depositado el laurel en el regazo de Júpiter Capitolino— que Apicio vivió en nuestra época, quien en aquella ciudad de la que alguna vez se ordenó que los filósofos se fueran como corruptores de la juventud, profesando la ciencia de la cocina, contaminó el siglo con su enseñanza?». Vale la pena conocer su final. Cuando hubo arrojado cien millones de sestercios a la cocina, cuando hubo sorbido tantos regalos de los príncipes y el inmenso tributo del Capitolio en comidas singulares, oprimido por las deudas, forzado entonces por primera vez, inspeccionó sus cuentas: calculó que le sobrevivirían diez millones de sestercios y, como si fuera a vivir en hambre extrema si vivía con diez millones de sestercios, terminó su vida con veneno. ¡Qué gran lujo era aquel para quien diez millones de sestercios fueron pobreza! Ve ahora y piensa que la medida del dinero atañe a la cosa, no al ánimo. Alguien temió diez millones de sestercios y lo que otros piden con un voto lo huyó con veneno. Para aquel hombre de mente tan depravada, la última poción fue en verdad la más saludable: entonces comía y bebía venenos cuando no solo se deleitaba con banquetes inmensos sino que se gloriaba de ello, cuando ostentaba sus vicios, cuando convertía la ciudad a su lujo, cuando incitaba a la juventud a imitarlo, dócil ya por sí misma incluso sin malos ejemplos. Estas cosas suceden a quienes no reducen las riquezas a razón, que tiene límites ciertos, sino a la costumbre viciosa, cuyo arbitrio es inmenso e incomprensible. Para la codicia nada es suficiente, para la naturaleza incluso lo poco es suficiente. Ningún inconveniente tiene, pues, la pobreza del desterrado; pues ningún exilio es tan pobre que no sea abundantemente fértil para alimentar al hombre.

XI

«Pero el desterrado echará de menos la vestimenta y la casa». También estas cosas solo las echará de menos por el uso: ni le faltará techo ni abrigo; pues con tan poco se cubre el cuerpo como se alimenta; nada de lo que hizo necesario hizo la naturaleza laborioso para el hombre. Pero echa de menos la púrpura saturada con mucho tinte de concha, entretejida de oro y variada por colores diversos y por artes: no es pobre este por culpa de la fortuna sino suya. Aunque le restituyas todo lo que perdió, nada conseguirás; pues con lo restituido le faltará más de lo que desea que al desterrado de lo que tuvo. Pero echa de menos la vajilla resplandeciente con vasos de oro y la plata noble por los nombres antiguos de los artífices, el bronce precioso por la locura de unos pocos, y la turba de esclavos que estrecha una casa por muy grande que sea, y los cuerpos de las bestias de carga atestados y forzados a engordar, y las piedras de todas las naciones: reúnase todo esto en buen hora, nunca llenarán el ánimo insaciable, no más que cualquier líquido bastará para saciar a aquel cuyo deseo no nace de la carencia sino del ardor de entrañas quemantes; pues aquella no es sed sino enfermedad. Y esto no solo sucede con el dinero o los alimentos; la misma naturaleza existe en todo deseo que nace no de la carencia sino del vicio: todo lo que le amontonares no será fin de la codicia sino grado. Quien, pues, se contenga dentro del límite natural, no sentirá la pobreza; quien exceda el límite natural, lo seguirá la pobreza incluso en las riquezas más grandes. A las cosas necesarias bastan incluso los exilios, a las superfluas ni siquiera los reinos. El ánimo es el que hace ricos; este sigue a los exilios, y en las soledades más ásperas, cuando ha encontrado lo suficiente para sostener el cuerpo, él mismo abunda y disfruta de sus bienes: el dinero nada atañe al ánimo, no más que a los dioses inmortales. Todas esas cosas que admiran los ingenios imperios y demasiado adictos a sus cuerpos —las piedras, el oro, la plata, y los grandes y pulidos discos de las mesas— son pesos terrenos que no puede amar un ánimo puro y consciente de su naturaleza, ligero él mismo, expedito, y que cuando haya sido liberado volará hacia lo más alto; entretanto, cuanto lo permiten las demoras de los miembros y esta pesada carga que lo rodea, con veloz y alado pensamiento recorre lo divino. Por eso nunca puede exiliarse, libre y afín a los dioses e igual a todo mundo y a todo tiempo; pues su pensamiento va alrededor de todo el cielo, se lanza a todo el tiempo pasado y futuro. Este cuerpecillo, custodia y cadena del alma, es sacudido aquí y allá; en él se ejercen los suplicios, en él los latrocinios, en él las enfermedades: pero el alma misma es sagrada y eterna, y no se le puede echar mano.

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