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Parte 1A Marcia — El duelo de tres años

Consolaciones · Séneca · 14 min de lectura

CONSOLACIÓN A MARCIA

Si no te conociera, Marcia, y no supiera que te has alejado de la debilidad propia del ánimo femenino tanto como de los demás vicios, y que tu conducta se contempla como un modelo de la antigüedad, no me atrevería a salir al encuentro de tu dolor, al que incluso los hombres se aferran y se entregan gustosamente, ni habría concebido la esperanza de conseguir, en un momento tan desfavorable, con un juez tan hostil y en un proceso tan odioso, hacerte absolver de tu desgracia. Me ha dado confianza la ya probada fortaleza de tu ánimo y tu virtud, acreditada con una gran prueba.

No se ignora cómo te comportaste en la persona de tu padre, a quien no amaste menos que a tus hijos, salvo en que no deseabas que te sobreviviera. Aunque no sé si también lo deseaste, pues el gran amor filial se permite ciertas cosas contra la buena costumbre. Impediste cuanto pudiste la muerte de tu padre Aulo Cremucio Cordo; cuando te resultó evidente que entre los sicarios de Sejano aquella era la única vía de escape a la esclavitud, no apoyaste su decisión, pero te diste por vencida, derramaste lágrimas abiertamente y tragaste tus gemidos, aunque no los ocultaste con semblante alegre, y esto en un siglo en que la máxima piedad consistía en no hacer nada impío. Pero en cuanto el cambio de los tiempos te dio alguna oportunidad, devolviste al uso de los hombres el ingenio de tu padre, por el que se había cobrado el suplicio, lo libraste de la muerte verdadera y restituiste a los monumentos públicos los libros que aquel hombre valentísimo había escrito con su sangre. Muy bien mereciste de los estudios romanos: gran parte de ellos había ardido; muy bien de la posteridad, a la que llegará la fe incorrupta de los hechos, atribuida a su gran autor; muy bien del propio, cuya memoria vive y vivirá mientras tenga valor conocer lo romano, mientras haya alguien que quiera volver a los hechos de nuestros mayores, mientras haya alguien que quiera saber qué es un hombre romano, qué es estar indomable cuando ya todos han sido sometidos y conducidos bajo el yugo de Sejano, qué es ser un hombre libre en su ingenio, en su ánimo y en su acción. Por Hércules que la república había sufrido una gran pérdida si no hubieras rescatado del olvido a quien fue arrojado por dos cosas hermosísimas, la elocuencia y la libertad: se le lee, florece, acogido en las manos y en los corazones de los hombres, no teme vejez alguna; en cambio, los crímenes de aquellos verdugos, por los que únicamente merecieron ser recordados, pronto quedarán en silencio.

Esta grandeza de tu ánimo me ha impedido atender a tu sexo, me ha impedido atender a tu rostro, al que una tristeza continua de tantos años, una vez que lo cubrió, lo mantiene. Y mira cómo no me acerco a ti sigilosamente ni pienso hacer un robo a tus sentimientos: he traído a tu memoria viejos males y, para que sepas que también esta herida puede sanarse, te he mostrado la cicatriz de una llaga igualmente grande. Que otros, pues, actúen con suavidad y halagos; yo he decidido luchar con tu aflicción y contendré tus ojos fatigados y exhaustos, que ahora fluyen más por costumbre que por añoranza, si lo quieres de verdad, si es posible, con tu favor hacia tus propios remedios; si no, aunque te resistas, aunque te aferres y abraces tu dolor, al que has dejado sobrevivir en lugar de tu hijo. ¿Pues cuál será el final? Todo se ha intentado en vano: se han agotado las palabras de los amigos, la autoridad de varones importantes y emparentados contigo; los estudios, bien hereditario y paterno, pasan de largo ante oídos sordos, con un consuelo inútil que apenas sirve para una breve distracción; ese mismo remedio natural del tiempo, que compone las mayores desgracias, ha perdido su fuerza solo contigo. Ya transcurre el tercer año y, sin embargo, nada ha decaído de aquel primer ímpetu: el duelo se renueva y se fortalece cada día, y ya se ha hecho con la duración un derecho, y ha llegado al punto de pensar que sería vergonzoso cesar. Así como todos los vicios se asientan profundamente si no se reprimen mientras surgen, así también estos estados tristes, miserables y ensañados consigo mismos se alimentan finalmente de su propia amargura, y el dolor se convierte en un placer perverso del ánimo infeliz. Por eso habría deseado acudir a esa curación en los primeros momentos; habría sido necesario contener con medicina más suave la fuerza que aún surgía: hay que luchar más vehementemente contra lo inveterado. Pues también la curación de las heridas es fácil cuando están frescas, sangrando: entonces se cauterizan y se rebajan en profundidad y reciben los dedos de quienes las examinan, pero cuando se han corrompido y convertido en mala úlcera. No puedo ahora abordar con complacencia ni con suavidad un dolor tan duro: hay que quebrarlo.

II

Sé que todos los que quieren amonestar a alguien empiezan por los preceptos y terminan en los ejemplos. Conviene cambiar de momento esta costumbre, pues hay que tratar a cada uno de manera distinta: a algunos los conduce la razón, a otros hay que oponerles nombres ilustres y una autoridad que no deje libre el ánimo aturdido ante lo espectacular. Pondré ante tus ojos dos ejemplos máximos de tu sexo y de tu siglo: el de una mujer que se entregó para ser llevada por el dolor, y el de otra que, afectada por igual desgracia y mayor pérdida, sin embargo no dio largo dominio a sus males sobre sí, sino que pronto repuso su ánimo en su lugar. Octavia y Livia, una hermana de Augusto, la otra esposa, perdieron hijos jóvenes, ambas con la certeza de la esperanza de un futuro príncipe: Octavia a Marcelo, sobre quien ya empezaban a apoyarse su tío y suegro, en quien reclinaban el peso del imperio, joven de ánimo vigoroso, de ingenio poderoso, pero de frugalidad y continencia no medianamente admirables en aquellos años o en aquella riqueza, paciente en los trabajos, ajeno a los placeres, capaz de soportar cuanto su tío quisiera imponerle y, por así decirlo, edificar sobre él; había elegido bien unos cimientos que no cederían ante ningún peso. No puso fin en todo el tiempo de su vida al llanto y los gemidos ni admitió palabras que trajeran algún alivio, ni siquiera se dejó distraer; fija en una sola cosa y pegada a ella con toda su alma, fue durante toda su vida tal como en el funeral, no digo que no se atrevió a levantarse, sino que rechazó ser aliviada, considerando una segunda orfandad derramar lágrimas. No quiso tener ninguna imagen del hijo queridísimo, no quiso que se le hiciera mención alguna de él. Odiaba a todas las madres y contra Livia sobre todo se enfurecía, porque parecía que la felicidad prometida a ella había pasado al hijo de aquella. Familiarísima con las tinieblas y la soledad, sin atender siquiera a su hermano, rechazó los poemas compuestos para celebrar la memoria de Marcelo y los demás honores de los estudios, y cerró sus oídos a todo consuelo. Retirada de los deberes solemnes y odiando la misma fortuna de la grandeza fraterna que brillaba en exceso a su alrededor, se enterró y se recluyó. Con sus hijos y nietos sentados junto a ella, no depuso el vestido de luto, no sin ofensa de todos los suyos, junto a los cuales, vivos, se veía huérfana.

III

Livia había perdido a su hijo Druso, que sería un gran príncipe, ya un gran general; había penetrado profundamente en Germania y allí había clavado las enseñas romanas donde apenas se sabía que hubiera romanos. Había muerto en campaña, persiguiéndolo en su enfermedad los propios enemigos con veneración y paz mutua, sin atreverse a desear lo que les convenía. A esta muerte, que él había afrontado por la república, se añadía el inmenso deseo de los ciudadanos, las provincias y toda Italia, por la cual, volcados los municipios y colonias en el oficio fúnebre, había sido conducido el cortejo hasta la ciudad, muy semejante a un triunfo. No le había sido permitido a la madre recoger los últimos besos de su hijo y sorber la grata conversación de su boca postrera; siguió en largo trayecto los restos de su Druso y, irritada por tantas piras que ardían por toda Italia, como si lo perdiera cada vez, tan pronto como lo depositó en el sepulcro, dejó a la vez a él y su dolor, y no se afligió más de lo que era honesto estando César vivo o justo estando él a salvo. No dejó, en fin, de celebrar el nombre de su Druso, de representárselo por doquier privada y públicamente, de hablar con muchísimo gusto de él y oírlo: vivió con su memoria, que nadie puede conservar y frecuentar si se la ha convertido en triste para sí.

Elige, pues, cuál de los dos ejemplos te parece más recomendable. Si quieres seguir el primero, te sacarás del número de los vivos: rechazarás tanto a los hijos ajenos como a los tuyos propios y al mismo que echas de menos; serás presagio triste para las madres; rechazarás los placeres honestos y permitidos, como poco decorosos para tu fortuna; odiando la luz, serás hostilísima a tu edad porque no te precipita y termina cuanto antes; mostrarás —lo que es más vergonzoso y más ajeno a tu ánimo, inclinado a la mejor parte— que no quieres vivir pero no puedes morir. Si te aplicas al ejemplo de esta mujer máxima, serás más moderada, más suave, no estarás en la desgracia ni te macearás con tormentos: ¡pues qué locura, por el mal, es exigirse penas por la infelicidad y aumentar tus propios males! La honradez de costumbres y el pudor que has guardado en toda tu vida los mostrarás también en esto, pues hay también cierta moderación en el dolor. Pondrás en mejor lugar a ese mismo joven, dignísimo de que, cada vez que se lo nombre o piense, te haga feliz, si se te presenta a su madre tal como solía en vida, alegre y con gozo.

IV

Ni te conduciré a preceptos más fuertes, de modo que te ordene soportar lo humano de manera inhumana o que seque los ojos de una madre en el día mismo del funeral. Acudiré contigo a un arbitraje: esto se examinará entre nosotros, si el dolor debe ser grande o perpetuo. No dudo de que prefieres el ejemplo de Julia Augusta, a quien trataste familiarmente: ella te llama a su consejo. Ella, en el primer ardor, cuando las miserias son más impacientes y feroces, se ofreció a ser consolada por Areo, filósofo de su marido, y confesó que aquello le había aprovechado mucho, más que el pueblo romano, al que no quería entristecer con su tristeza, más que Augusto, que titubeaba retirado el otro apoyo y no debía ser inclinado por el duelo de los suyos, más que su hijo Tiberio, cuya piedad hacía que en aquel funeral amargo y llorado por las naciones sintiera que nada le faltaba sino el número. Este fue, según creo, el acceso a ella, este el principio ante una mujer custodia diligentísima de su reputación: «Hasta este día, Julia, por lo que yo sé, compañera asidua de tu marido, para quien no solo son conocidas las cosas que se emiten al público, sino todos los movimientos más secretos de vuestros ánimos, te has esforzado en que no hubiera nada en ti que alguien reprendiera; y esto no solo lo has observado en las cosas mayores, sino también en las mínimas, para no hacer nada de lo que quisieras que la fama, juez liberrísima de los príncipes, perdonara. Y nada juzgo más hermoso que dar perdón de muchas cosas los colocados en la cumbre suprema, no pedir ninguno; debes, pues, guardar también en esto tu costumbre, no sea que cometas algo que quieras haber hecho de menos o de otro modo.

Después te ruego y suplico que no te muestres difícil e intratable con tus amigos. Pues no es que ignores que todos estos no saben cómo comportarse, si deben hablar algo de Druso en tu presencia o nada, no sea que el olvido cause injuria a aquel joven ilustrísimo o la mención te la cause a ti. Cuando nos retiramos y nos reunimos a solas, celebramos sus hechos y sus palabras con la consideración que mereció; ante ti hay un silencio profundo sobre él. Careces, pues, del máximo placer, las alabanzas de tu hijo, que no dudo que estarías dispuesta a prorrogar por todo el tiempo a costa incluso de tu vida, si se te diera la posibilidad. Por eso soporta, más aún, busca las conversaciones en que se le narre, y abre tus oídos al nombre y la memoria de tu hijo; y no consideres esto penoso, a la manera de los demás, que en semejante caso piensan que oír consuelos es parte del mal. Ahora te has inclinado toda a la otra parte y, olvidada de lo mejor, contemplas tu fortuna por lo que tiene de peor. No te vuelves a los encuentros con tu hijo y a los sucesos alegres, no a las caricias infantiles y dulces, no a los progresos de sus estudios: oprimes aquella última imagen de las cosas; sobre ella, como si no fuera por sí misma bastante horrible, amontonas cuanto puedes. No desees, te lo ruego, la gloria más perversa, parecer la más infeliz. Al mismo tiempo piensa que no es gran cosa conducirse valerosamente en las cosas prósperas, cuando la vida avanza con rumbo favorable: ni siquiera el arte del timonel lo muestra el mar tranquilo y el viento obediente, es necesario que sobrevenga algo adverso que pruebe el ánimo. Por tanto, no te abatas, sino más bien afirma tu paso estable y sostén cualquier carga que haya caído encima, aterrada solo por el primer estruendo. Nada hace mayor envidia a la fortuna que el ánimo ecuánime». Después de esto le mostró al hijo indemne, le mostró los nietos del que había perdido.

VI

Allí, Marcia, se trató tu asunto, junto a ti se sentó Areo; cambia de personaje: a ti te consoló. Pero supón, Marcia, que te han arrebatado más de lo que jamás perdió madre alguna —no te acaricio ni minimizo tu calamidad—: si los hados se vencen con llanto, aportemos; transcurra todo el día entre llantos, consuma la noche la tristeza sin sueño; aplíquense las manos al pecho lacerado y hágase ataque al rostro mismo, y ejercítese en toda clase de crueldad el duelo que va a continuar. Pero si con ningún llanto se revoca a los difuntos, si la suerte inmutable y fijada para lo eterno no cambia con ninguna miseria y la muerte retuvo lo que arrebató, cese el dolor que se pierde. Por eso dirijámonos y que esa fuerza no nos arrastre de través. Vergonzoso es el piloto de la nave a quien las olas arrebatan el timón, que abandona las velas flotantes, que entrega la embarcación a la tempestad; pero aquel merece alabanza aun en el naufragio a quien el mar lo sumerge agarrando el timón y resistiendo.

VII

«Pero es natural la añoranza de los suyos». ¿Quién lo niega, con tal de que sea moderada? Pues ante la partida, no solo ante la pérdida, de los más queridos es necesaria la mordedura y la contracción incluso de los ánimos más firmes. Pero es más lo que añade la opinión que lo que la naturaleza ordenó. Mira cuán agitados son los deseos de los animales mudos y, sin embargo, cuán breves: el mugido de las vacas se oye un día o dos, ni dura más el vago y enloquecido discurrir de las yeguas; las fieras, cuando han perseguido las huellas de sus cachorros y han recorrido los bosques, cuando a menudo han regresado a sus cubiles saqueados, extinguen su rabia en exiguo tiempo; las aves, tras revolotear con gran estrépito alrededor de los nidos vacíos, en un momento, sin embargo, tranquilas, retoman sus vuelos; y a ningún animal le dura largo la añoranza de su cría excepto al hombre, que asiste a su propio dolor y es afectado no tanto cuanto siente sino cuanto se ha propuesto.

Para que sepas, sin embargo, que no es esto natural, que uno sea quebrantado por el duelo, primero: la misma orfandad hiere más a las mujeres que a los hombres, más a los bárbaros que a los hombres de naciones tranquilas y cultas, más a los ignorantes que a los doctos. Pero las cosas que recibieron su fuerza de la naturaleza conservan la misma en todos: es evidente que no es natural lo que es variable. El fuego quemará a todas las edades y a los ciudadanos de todas las ciudades, tanto a los hombres como a las mujeres; el hierro exhibirá en todo cuerpo la capacidad de cortar. ¿Por qué? Porque las fuerzas les fueron dadas por la naturaleza, que no establece nada según la persona. La pobreza, el duelo, la ambición cada uno los siente de distinta manera según lo infectó la costumbre, y vuelve débil e impaciente la opinión asumida, terrible de cosas que no deben temerse.

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