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Parte 10A Polibio — La fragilidad de lo humano

Consolaciones · Séneca · 13 min de lectura

CONSOLACIÓN A POLIBIO

...comparables a las nuestras, son firmes; si las reduces a la condición de la naturaleza, que todo lo destruye y lo devuelve al lugar de donde surgió, son perecederas. Pues ¿qué cosa inmortal han hecho manos mortales? Aquellas siete maravillas, y cuantas mucho más admirables que ellas levantó la ambición de los años siguientes, algún día se verán arrasadas. Así es: nada es perpetuo, pocas cosas duraderas; unas son frágiles de un modo, otras de otro, los finales de las cosas varían, pero todo lo que comenzó también termina. Hay quienes amenazan al mundo con su destrucción, y que este universo que contiene todo lo divino y lo humano, si consideras lícito creerlo, algún día un día lo dispersará y lo hundirá en la antigua confusión y tinieblas: que vaya ahora alguien a llorar las almas una por una; que lamente las cenizas de Cartago, de Numancia y de Corinto, y cualquier otra cosa que haya caído desde mayor altura, cuando incluso esto que no tiene adónde caer ha de perecer; que vaya alguien y se queje de que los hados, que alguna vez se atreverán a cometer la impiedad suprema, no se han perdonado a sí mismos. ¿Quién tiene una arrogancia tan soberbia e insolente que desee, en esta necesidad de la naturaleza que devuelve todo al mismo fin, quedar apartado él solo y los suyos y sustraer alguna casa a la propia ruina que amenaza incluso al mundo? El mayor consuelo, por tanto, es pensar que te ha sucedido lo que todos antes de ti han sufrido y todos habrán de sufrir; y por eso me parece que la naturaleza, lo que había hecho más grave, lo hizo común, para consolar la crueldad del destino con la igualdad.

II

Esto también te ayudará no poco: si piensas que tu dolor no servirá de provecho ni a quien echas de menos ni a ti; pues no querrás que sea prolongado lo que es inútil. Porque si fuéramos a conseguir algo con la tristeza, no rehúso derramar por la tuya cuantas lágrimas le sobren a mi fortuna; encontraré todavía en estos ojos ya agotados por los llantos domésticos algo que fluya, con tal de que eso vaya a serte útil. ¿Por qué vacilamos? Quejémonos, más aún, yo mismo haré mío este pleito: «Fortuna, la más injusta en el juicio de todos, hasta ahora parecías haber mantenido en tu seno a ese hombre que por tu don había recibido tanta veneración que, cosa rara para cualquiera, su felicidad escapaba a la envidia: he aquí que le has infligido ese dolor, el mayor que podía recibir estando César a salvo, y cuando lo habías rodeado bien por todas partes, comprendiste que solo por esta parte quedaba expuesto a tus golpes. Pues ¿qué más le harías? ¿Le arrebatarías el dinero? Nunca fue esclavo de él; incluso ahora, cuanto puede, lo aparta de sí, y en medio de tanta facilidad para adquirirlo no busca de él mayor fruto que el despreciarlo. ¿Le arrebatarías los amigos? Sabías que es tan amable que fácilmente podría sustituir a otros en lugar de los perdidos; pues este es el único de cuantos he visto poderosos en la casa imperial al que, si bien a todos conviene tener por amigo, más aún apetece. ¿Le arrebatarías la buena opinión? Esta está en él tan sólidamente fundada que ni siquiera tú misma podrías quebrantarla. ¿Le arrebatarías la buena salud? Sabías que su espíritu, fundado en las disciplinas liberales en las que no solo se nutrió sino que nació, se eleva de tal modo por encima de todos los dolores del cuerpo. ¿Le arrebatarías el aliento vital? ¡Cuán poco daño le habrías hecho! La fama le ha prometido una larguísima vida de su ingenio; él mismo se encargó de perdurar en su mejor parte y de liberarse de la mortalidad con obras insignes de elocuencia. Mientras haya algún honor en las letras, mientras perdure el poder de la lengua latina o la gracia de la griega, vivirá con los más grandes varones, a cuyos ingenios o bien se ha igualado o, si su modestia lo rechaza, se ha acercado. Esto fue, pues, lo único que maquinaste: cómo hacerle el mayor daño posible; pues cuanto mejor es alguien, más a menudo se ha acostumbrado a soportarte furiosa sin discriminación alguna y temible en medio de los mismos beneficios. ¡Qué poco te habría costado preservar de esta injuria a ese hombre en quien parecía que tu indulgencia había llegado con criterio cierto y no había caído sobre él temerariamente según tu costumbre!»

III

Añadamos, si quieres, a estas quejas la del joven mismo, cuyo carácter fue arrebatado en sus primeros desarrollos: era digno de ti como hermano. Tú ciertamente eras dignísimo de no sufrir por ningún hermano, ni siquiera por uno indigno; todos los hombres dan igual testimonio de él; se le echa de menos para tu honor, se le alaba para el suyo. No hubo nada en él que no reconocieras con gusto. Tú ciertamente habrías sido bueno incluso con un hermano menos bueno, pero en este tu piedad halló materia idónea y se ejerció con mucha mayor libertad. Nadie sintió su poder como injuria, nunca les amenazó a nadie con que tú eras su hermano; se había formado según el modelo de tu modestia y pensaba cuánto ornamento y cuánta carga eras para los tuyos: él estuvo a la altura de esta carga. ¡Oh destinos crueles y que no son equitativos con ninguna virtud! Antes de que tu hermano conociera su felicidad, fue arrebatado. Pero sé que me indigno poco; nada es más difícil, en efecto, que encontrar palabras que igualen a un gran dolor. Aun así, si podemos lograr algo, quejémonos todavía: «¿Qué pretendiste, Fortuna tan injusta y tan violenta? ¿Tan pronto te arrepentiste de tu indulgencia? ¿Qué crueldad es esta de lanzarte contra los hermanos y disminuir con tan cruenta rapiña el grupo más concorde, trastornar una casa tan bien provista de jóvenes excelentes, en ningún hermano degenerados, y despojarla sin motivo alguno? Así pues, de nada sirve la inocencia ajustada a toda ley, de nada la antigua frugalidad, de nada la suma felicidad conservada con suma abstinencia, de nada el amor sincero y seguro de las letras, de nada una mente libre de toda mancha. Polibio llora, y amonestado en un solo hermano de lo que puede temer respecto a los demás, teme incluso a los mismos consuelos de su dolor. ¡Acción indigna! Polibio llora y, estando César propicio, siente algún dolor. Esto, sin duda, Fortuna insolente, buscaste: mostrar que nadie puede ser defendido contra ti ni siquiera por César.»

IV

Podemos acusar a los hados durante más tiempo, pero no podemos cambiarlos: permanecen duros e inexorables; nadie los conmueve con reproches, nadie con llanto, nadie con su causa; nunca perdonan ni ceden a nadie. Así pues, dejemos las lágrimas que no sirven de provecho; pues más fácilmente este dolor nos añadirá a los muertos que nos devolverá a ellos; y si nos atormenta sin ayudarnos, debe abandonarse cuanto antes y el ánimo debe recuperarse de los consuelos vanos y de cierta amarga complacencia en el dolor. Pues si la razón no pone fin a nuestras lágrimas, la fortuna no lo hará. Mira ahora en torno a todos los mortales: abundante y constante materia de llanto por todas partes. A uno le llama al trabajo cotidiano la laboriosa pobreza, a otro le inquieta la ambición nunca quieta, otro teme las riquezas que había deseado y se afana con su propio deseo, a uno lo atormenta la soledad, a otro la multitud que siempre asedia su vestíbulo; este lamenta tener hijos, aquel haberlos perdido: las lágrimas nos faltarán antes que las causas de dolor. ¿No ves qué clase de vida nos ha prometido la naturaleza de las cosas, que ha querido que el llanto fuese lo primero de los hombres al nacer? Con este comienzo salimos, todo el orden de los años siguientes concuerda con esto. Así pasamos la vida, y por eso debe hacerse por nosotros con moderación aquello que debe hacerse a menudo, y mirando atrás cuántas cosas tristes se ciernen sobre nosotros, si no poner fin a las lágrimas, al menos debemos reservarlas. Ninguna cosa debe economizarse más que esta, de la que hay tan frecuente uso.

Esto también te ayudará no poco: si piensas que tu dolor no es grato a nadie menos que a aquel a quien parece tributarse: él o no quiere que te atormentes o no lo entiende. Ninguna razón hay, pues, para ese deber que, si a quien se tributa nada siente, es superfluo, y si siente, es ingrato. Me atrevo a decir que nadie hay en todo el orbe de la tierra que se deleite con tus lágrimas. ¿Qué entonces? ¿Ese ánimo que nadie tiene contra ti, crees tú que es el de tu hermano, de modo que te perjudique con tu tormento, que quiera apartarte de tus ocupaciones, es decir, de tu estudio y de César? No es esto verosímil. Pues él te prestó indulgencia como a un hermano, veneración como a un padre, respeto como a un superior; él quiere que seas para ti motivo de añoranza, no de tormento. ¿Para qué, pues, consumirte en un dolor que, si algún sentido tienen los difuntos, tu hermano desea que termine? De otro hermano, cuya voluntad pudiera parecer incierta, dejaría todo esto en duda y diría: «Sea que tu hermano desee que te atormentes con lágrimas que nunca cesan, es indigno de este afecto tuyo; sea que no lo quiere, depón el dolor que se adhiere a ambos; ni el hermano impío debe ser echado de menos así, ni el pío lo quiere así.» Pero en este, cuya piedad está tan comprobada, debe tenerse por cierto que nada puede serle más amargo que si este suceso suyo te es amargo, si de algún modo te atormenta, si tus ojos, indignísimos de este mal, los perturba y agota a la vez sin fin de llanto.

Sin embargo, nada apartará tu piedad de lágrimas tan inútiles como si piensas que debes ser para tus hermanos ejemplo de soportar con fortaleza esta injuria de la fortuna. Lo que hacen los grandes generales en situaciones adversas, que fingen alegría deliberadamente y ocultan los reveses con simulada alegría para que los ánimos de los soldados, si vieren quebrantado el espíritu de su jefe, no se hundan también ellos, eso debes hacerlo tú ahora: adopta un semblante distinto a tu ánimo y, si puedes, desecha el dolor por completo, si no, escóndelo dentro y conténlo para que no se vea, y procura que tus hermanos te imiten, pues considerarán honesto todo lo que te vean hacer, y tomarán ánimo de tu rostro. Y debes ser su consuelo y su consolador; no podrás, sin embargo, oponerte al pesar de estos si te entregas al tuyo.

VI

Puede también esto apartarte de un luto excesivo: si te has advertido a ti mismo que nada de lo que haces puede sustraerse. El consenso de los hombres te ha impuesto un gran personaje: este debes mantener. Te rodea toda esa multitud de consoladores y escudriña tu ánimo y mira cuánta fortaleza tiene contra el dolor, y si solo sabes usar diestramente las cosas prósperas o puedes también soportar virilmente las adversas: tus ojos son observados. Todo es más libre para aquellos cuyos afectos pueden ocultarse; para ti ningún retiro es libre. La fortuna te ha puesto en mucha luz; todos sabrán cómo te comportaste en esa herida tuya, si rendiste las armas inmediatamente al ser golpeado o te mantuviste en tu puesto. Hace tiempo que te elevó a un orden más alto tanto el amor de César como tus estudios. Nada plebeyo te sienta bien, nada humilde. ¿Pero qué hay tan humilde y mujeril como entregarse para ser consumido por el dolor? No te es lícito lo mismo en igual luto que a tus hermanos; la opinión recibida sobre tus estudios y costumbres no te permite muchas cosas, mucho te exigen los hombres, mucho esperan. Si querías que todo te fuera lícito, no habrías vuelto hacia ti los rostros de todos: ahora debes responder a cuanto prometiste. Todos aquellos que alaban las obras de tu ingenio, que las transcriben, que teniendo necesidad de ingenio no tienen necesidad de tu fortuna, son custodios de tu ánimo. Nunca puedes hacer algo tan indigno de la profesión de varón perfecto y erudito que no haga a muchos arrepentirse de su admiración hacia ti. No te es lícito llorar sin medida, ni solo esto no te es lícito; ni siquiera extender el sueño hasta parte del día te es lícito, ni refugiarte del tumulto de los asuntos en el ocio del campo tranquilo, ni recrear el cuerpo fatigado por la constante estación de trabajoso oficio con placentera peregrinación, ni retener el ánimo con la variedad de espectáculos, ni disponer del día según tu arbitrio. Muchas cosas no te son lícitas que son lícitas a los más humildes y yacentes en un rincón: una gran servidumbre es una gran fortuna. No te es lícito hacer nada según tu arbitrio: deben ser escuchados tantos miles de hombres, tantos memoriales deben ser despachados; tanto amontonamiento de asuntos que confluyen del orbe entero, para que puedan ser sometidos por su orden al ánimo del máximo príncipe, debe ser tramitado. No te es lícito, digo, llorar: para que puedas escuchar a muchos que lloran, para que puedas secar las lágrimas de los que están en peligro y desean llegar a la misericordia del clementísimo César, deben secarse tus lágrimas.

VII

Pero estos remedios, aunque más leves, te ayudarán aún; cuando quieras olvidarte de todo, piensa en César. Mira cuánta fidelidad, cuánta diligencia debes a esta indulgencia suya hacia ti: comprenderás que no te es más lícito inclinarte que a aquel, si es que alguno hay entregado a las fábulas, sobre cuyos hombros se apoya el mundo. También al propio César, a quien todo le es lícito, precisamente por esto mismo muchas cosas no le son lícitas: la vigilia de él defiende el sueño de todos, el trabajo de él el ocio de todos, la diligencia de él las delicias de todos, la ocupación de él el descanso de todos. Desde que César se dedicó al orbe de la tierra, se arrancó a sí mismo, y como los astros, que siempre despliegan sus cursos sin descanso, nunca le es lícito detenerse ni hacer nada suyo. De cierto modo, pues, a ti también se te impone la misma necesidad: no te es lícito mirar a tus propias utilidades, a tus propios estudios. Poseyendo César el orbe de la tierra, no puedes entregarte ni al placer ni al dolor ni a ninguna otra cosa: todo tú te debes a César. Añade ahora que, cuando siempre proclamas que César te es más querido que tu propio aliento, no te es lícito quejarte de la fortuna estando César a salvo: mientras este esté incólume, tuyos están salvos para ti, nada has perdido, no solo deben estar secos tus ojos sino también alegres; en él lo tienes todo, él vale por todos. Lo que está muy lejos de tus sentidos pudentísimos y piadosísimos, eres poco agradecido con tu felicidad si, estando él a salvo, te permites llorar por algo.

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