Parte 12A Polibio — El duelo compartido
XIV
Este príncipe, pues, que es el consuelo público de todos los hombres, si no me equivoco del todo, ya ha reanimado tu espíritu y ha aplicado a una herida tan grande remedios aún mayores. Ya te ha fortalecido de todos los modos, ya te ha referido todos los ejemplos con los que te veías impulsada a la ecuanimidad del ánimo, con su memoria tenacísima; ya te ha expuesto, con la elocuencia que le es habitual, todas las enseñanzas de los sabios. Nadie, por tanto, ocupará mejor este papel de dirigirse a ti: las palabras, viniendo de él, tendrán otro peso, como enviadas desde un oráculo; su divina autoridad aplastará toda la fuerza de tu dolor. Imagina, pues, que te dice esto: «No te ha escogido la fortuna solo a ti para infligirte una ofensa tan grave; ninguna casa en todo el orbe de la tierra existe o existió sin motivo alguno de lamento. Pasaré por alto los ejemplos vulgares, que aunque menores son innumerables, y te llevaré a los fastos y a los anales públicos. ¿Ves todas estas imágenes que han llenado el atrio de los Césares? Ninguna de ellas deja de ser insigne por alguna desgracia de los suyos; ninguno de esos varones que resplandecen como ornamento de los siglos dejó de ser torturado por la pérdida de los suyos o de ser echado en falta por los suyos con el mayor tormento del alma. ¿Para qué te recordaré a Escipión el Africano, a quien se le anunció la muerte de su hermano en el exilio? Ese hermano, que arrancó a su hermano de la cárcel, no pudo arrancarlo al destino; y cuán impaciente con el derecho igual fue el amor fraterno del Africano, se hizo evidente a todos: pues el mismo día en que Escipión el Africano había arrebatado a su hermano de manos del alguacil, se opuso también como particular al tribuno de la plebe. Sin embargo, este echó en falta a su hermano con el mismo temple con que lo había defendido. ¿Para qué recordarte a Escipión Emiliano, que casi al mismo tiempo presenció el triunfo de su padre y los funerales de sus dos hermanos? Sin embargo, siendo aún un jovencito y casi un niño, soportó aquella súbita devastación de su familia, que se desplomaba sobre el triunfo mismo de Paulo, con el temple que debió tener un varón nacido para esto: que ni a la ciudad romana le faltara un Escipión ni a Cartago le quedara vida.
XV
¿Para qué recordar la concordia de los dos Lúculos, interrumpida por la muerte? ¿Para qué a los Pompeyos? A quienes ni siquiera esto les dejó la fortuna en su saña: que perecieran en una misma y única ruina. Sexto Pompeyo sobrevivió primero a su hermana, con cuya muerte se rompieron los lazos de la paz romana que mejor cohesionaba, y ese mismo sobrevivió a su excelente hermano, a quien la fortuna había elevado precisamente para esto: para derribarlo no menos hondamente de lo que había derribado a su padre; y sin embargo, tras esta calamidad, Sexto Pompeyo bastó no solo para el dolor, sino también para la guerra. Me vienen a la mente de todas partes innumerables ejemplos de hermanos separados por la muerte; al contrario, apenas se ha visto alguna vez que tales parejas envejecieran juntas; pero me contentaré con los ejemplos de nuestra casa. Pues nadie estará tan falto de sentido y de cordura que se queje a la fortuna de haberle infligido un duelo, cuando sepa que ella ha codiciado también las lágrimas de los Césares. El divino Augusto perdió a su queridísima hermana Octavia, y ni siquiera a él, a quien el cielo le estaba destinado, la naturaleza de las cosas le ahorró la necesidad del luto; más aún, ese mismo, acosado por toda clase de orfandad, perdió al hijo de su hermana, que había preparado para sucederle; en fin, para no enumerar uno a uno sus duelos, también perdió a yernos, hijos y nietos, y nadie entre todos los mortales sintió más que él ser un hombre mientras estuvo entre los hombres. Sin embargo, su pecho, capaz de todo, acogió tantos y tan grandes duelos, y el divino Augusto vencedor no solo fue vencedor de pueblos extranjeros, sino también de los dolores. Cayo César, nieto del divino Augusto, mi ilustre tío abuelo, en los primeros años de su juventud, siendo príncipe de la juventud, perdió a su queridísimo hermano Lucio, príncipe de la misma juventud, en los preparativos de la guerra parta, y recibió una herida del alma mucho más grave que la que más tarde recibió en el cuerpo; pero soportó ambas cosas con suma piedad y suma fortaleza. Tiberio César, mi tío paterno, perdió a Druso Germánico, mi padre, hermano menor que él, que estaba abriendo las profundidades de Germania y sometiendo al imperio romano a pueblos ferocísimos, entre sus brazos y sus besos: sin embargo, puso límite al luto no solo para sí sino también para los demás, y a todo el ejército, no solo afligido sino también atónito, reclamando para sí el cuerpo de su Druso, lo redujo a la costumbre del luto romano, y juzgó que no solo debía guardarse la disciplina del combate, sino también la del duelo. No habría podido contener las lágrimas ajenas si antes no hubiera reprimido las suyas.
XVI
Marco Antonio, mi abuelo, inferior a nadie excepto a aquel por quien fue vencido, cuando estaba organizando la república y, dotado del poder triunviral, no veía nada por encima de sí —excepto sus dos colegas, pues veía todo por debajo de sí—, oyó que su hermano había sido asesinado. ¡Fortuna desenfrenada, qué juegos haces para ti misma con las desgracias humanas! En el momento mismo en que Marco Antonio se sentaba como árbitro de la vida y la muerte de sus conciudadanos, al hermano de Marco Antonio se le ordenaba ser conducido al suplicio. Sin embargo, Marco Antonio soportó esta herida tan cruel con la misma grandeza de ánimo con que había tolerado todas las demás adversidades, y esto fue su luto: vengar a su hermano con la sangre de veinte legiones. Pero para pasar por alto todos los demás ejemplos, para callar también respecto a mí mismo otros duelos, la fortuna me atacó dos veces con el luto fraterno, y dos veces comprendió que yo podía ser herido, pero no vencido: perdí a mi hermano Germánico, a quien todo aquel que piensa cómo aman sus hermanos los hermanos piadosos comprende ciertamente cómo amé; sin embargo, regí de tal modo mi afecto que no dejé nada de lo que debía exigirse a un buen hermano, ni hice nada que pudiera censurarse en un príncipe». Imagina, pues, que el padre público te refiere estos ejemplos, y que también te muestra cómo nada es sagrado ni intocable para la fortuna, que se atrevió a sacar funerales de aquellos hogares de donde tenía que pedir dioses. Nadie se asombre, por tanto, de que ella haga algo cruel o injusto; ¿puede esta conocer alguna equidad o alguna moderación ante las casas privadas, ella cuya implacable sevicia ha enlutado tantas veces las mismas almohadas divinas? Hagámosle reproches no solo con nuestra boca sino también con la pública, sin embargo no cambiará; exigirá su tributo ante todas las súplicas y todas las quejas. Esto fue la fortuna en las cosas humanas, esto será: nada dejó sin atreverse a ello, nada dejará intacto; irá violenta por todo, como siempre ha acostumbrado, atreviéndose a entrar por causa de injuria incluso en aquellas casas a las que se entra a través de templos, y vestirá con negro las puertas laureadas. Consigamos solo de ella con votos y súplicas públicas esto: que a este príncipe, dado a los hombres en su caída, si aún no le ha complacido exterminar al género humano, si aún mira propicia el nombre romano, ¡quiera tenerlo por sagrado para sí como lo es para todos los mortales! ¡Aprenda de él la clemencia y haciéndose benévola con el más benigno de todos los príncipes!
XVII
Debes, pues, mirar a todos aquellos que poco antes mencioné, ya elevados al cielo o próximos a ello, y soportar con ánimo ecuánime a la fortuna que extiende sus manos también hacia ti, de las que ni siquiera se abstiene de aquellos por los que juramos; debes imitar su firmeza en soportar y vencer los dolores, en cuanto le es permitido al hombre seguir las huellas divinas. Aunque en las demás cosas haya grandes diferencias de dignidades y noblezas, la virtud está colocada en medio: no desdeña a nadie que solo se juzgue digno de ella. Ciertamente los imitarás mejor a ellos, quienes, aunque pudieron indignarse de no estar ellos mismos exentos de este mal, sin embargo juzgaron que igualarse en esto solo con los demás hombres no era una injuria sino un derecho de la mortalidad, y lo soportaron ni con demasiada dureza y aspereza respecto a lo que había sucedido, ni con blandura y afeminamiento; pues no sentir las propias desgracias no es de un hombre, y no soportarlas no es de un varón. Sin embargo, aunque haya dado la vuelta a todos los Césares a quienes la fortuna arrebató hermanos y hermanas, no puedo dejar de lado a este que debe ser escogido de entre todo el número de los Césares, a quien la naturaleza de las cosas engendró para la destrucción y el oprobio del género humano, de quien recrea con su clemencia al principado quemado y arruinado desde sus cimientos el príncipe más benigno. Cayo César, habiendo perdido a su hermana Drusila, aquel hombre que no podía dolerse más principescamente de lo que podía alegrarse, huyó de la vista y la compañía de sus conciudadanos, no asistió a las exequias de su hermana, no le rindió los honores fúnebres, sino que en su villa de Alba, con los dados, el foro y otras ocupaciones triviales de este tipo, aliviaba las desgracias de un funeral acerbísimo. ¡Vergüenza del imperio! ¡El consuelo del príncipe romano que lloraba a su hermana fue el juego de dados! Ese mismo Cayo, con furiosa inconstancia, ya dejándose crecer la barba y el cabello, ya cortándolos, vagabundo recorría errante las costas de Italia y de Sicilia, y nunca suficientemente seguro de si quería que su hermana fuera llorada o venerada; en el mismo tiempo en que le erigía templos y altares, castigaba con la más cruel severidad a aquellos que no habían estado suficientemente tristes; pues con la misma intemperancia de ánimo soportaba los golpes de las cosas adversas con la que, engreído por el suceso de las prósperas, se hinchaba más allá de la medida humana. Lejos esté ese ejemplo de todo varón romano, de apartar su luto con juegos inoportunos o de irritarlo con la fealdad de la suciedad y el desaliño, o de deleitarse con las desgracias ajenas con consuelo nada humano.
XVIII
Tú, en verdad, no debes cambiar nada de tu costumbre, puesto que has decidido amar los estudios, que tanto elevan óptimamente la felicidad como disminuyen facilísimamente la calamidad, y que son a la vez los mayores ornamentos y los consuelos del hombre. Ahora, pues, sumérgete más profundamente en tus estudios, ahora rodéate de ellos como de defensas del alma, para que el dolor no encuentre entrada por ninguna parte de ti. Prolonga también la memoria de tu hermano en algún monumento de tus escritos; pues esta es la única obra entre las cosas humanas a la que ninguna tormenta daña, que ninguna vejez consume. Las demás, que consisten en la construcción de piedras y masas de mármol o túmulos de tierra elevados a gran altura, no prolongan un largo día, pues incluso ellas mismas perecen: inmortal es la memoria del ingenio. Concédele esto a tu hermano, colócalo en ella; mejor lo consagrarás en un ingenio que durará siempre que lo llorarás con un dolor inútil. En cuanto a la fortuna misma, aunque ahora no puede litigarse su causa ante ti —pues todas aquellas cosas que nos ha dado son odiosas precisamente porque nos ha arrebatado algo—, sin embargo habrá que litigarla cuando el tiempo te haya hecho juez más ecuánime hacia ella; pues entonces podrás reconciliarte con ella. Pues muchas cosas ha provisto con las que enmendar esta injuria, muchas aún dará con las que redimirla; en fin, esto mismo que te quitó, ella misma te lo había dado. No uses, pues, tu ingenio contra ti, no asistas a tu dolor. Puede ciertamente tu elocuencia hacer pasar lo pequeño por grande, y a su vez atenuar lo grande y reducirlo a lo mínimo; pero que reserve estas fuerzas suyas para otra cosa, que ahora se consagre toda a tu consuelo. Y sin embargo considera si incluso esto mismo ya es superfluo; pues algo nos exige la naturaleza, más se contrae por la vanidad. Nunca, sin embargo, te exigiré yo que no te aflijas en absoluto. Y sé que se encuentran algunos varones de prudencia más dura que fuerte, que niegan que el sabio habrá de dolerse: estos no me parecen haber caído jamás en una desgracia semejante, pues de otro modo la fortuna les habría sacudido la soberbia sabiduría y los habría obligado, incluso contra su voluntad, a la confesión de la verdad. La razón habrá cumplido bastante si suprime del dolor solo aquello que sobra y abunda: pues que no permita que haya ninguno en absoluto, ni es de esperar ni de desear por nadie. Que guarde mejor esta medida, que no imite ni la impiedad ni la locura, y nos mantenga en aquella actitud que es propia de una mente piadosa y no perturbada: fluyan las lágrimas, pero que también cesen, broten gemidos del fondo del pecho, pero que también terminen; rige así tu ánimo, de manera que puedas ser aprobada tanto por los sabios como por los hermanos. Haz que quieras que la memoria de tu hermano se te presente frecuentemente, que lo celebres en las conversaciones y te lo representes con recuerdo asiduo, lo cual solo podrás conseguir si has hecho que su memoria sea para ti agradable más que lamentable; pues es natural que el ánimo siempre huya de aquello hacia lo que vuelve con tristeza. Piensa en su modestia, piensa en su diligencia al dirigir los asuntos, su laboriosidad al llevarlos a cabo, su constancia en las promesas. Expón a los demás todas sus palabras y sus hechos y conmemórales también para ti mismo. Piensa en cómo fue y en cómo se pudo esperar que fuera: pues ¿qué no podía prometerse con seguridad de tal hermano?
Esto he compuesto como he podido, con el ánimo ya embotado y oxidado por largo abandono. Si pareciere que responde poco a tu ingenio o que remedia poco tu dolor, considera cuán poco puede ocuparse de la consolación ajena aquel a quien sus propias desgracias mantienen ocupado, y cuán poco fácilmente acuden las palabras latinas a un hombre al que rodea el estrépito inarticulado de los bárbaros, penoso incluso para los bárbaros más civilizados.
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