Parte 9La dignidad de la vejez
57. ¿Qué más puedo decir sobre el verdor de los prados, la disposición de los árboles o el aspecto de las viñas y los olivares? Lo resumiré brevemente: nada puede ser más fructífero en su aprovechamiento ni más hermoso en su apariencia que un campo bien cultivado; y para disfrutarlo la vejez no solo no es un obstáculo, sino que más bien invita y atrae. Pues ¿dónde puede esa edad calentarse mejor, ya sea con el sol o con el fuego, o por el contrario refrescarse más saludablemente con la sombra y el agua?
58. Que se queden, pues, con las armas, con los caballos, con las lanzas, con la maza y la pelota, con las nataciones y las carreras; a nosotros los viejos, de tantos juegos, que nos dejen los dados y las fichas, y eso mismo si nos apetece, puesto que la vejez puede ser feliz sin ellos.
59. Los libros de Jenofonte son muy útiles para muchas cosas; leedlos, por favor, con interés, como hacéis. ¡Qué abundantemente alaba él la agricultura en aquel libro sobre la administración del patrimonio familiar, que se titula Económico! Y para que entendáis que nada le parecía tan digno de un rey como el interés por cultivar el campo, Sócrates cuenta en ese libro, conversando con Critóbulo, que Ciro el Joven, rey de los persas, destacado por su talento y la gloria de su mando, cuando Lisandro de Lacedemonia, hombre de la mayor virtud, fue a visitarlo a Sardes y le llevó regalos de los aliados, además de mostrarse en todo lo demás afable y humano con Lisandro, le enseñó cierto campo cercado y cuidadosamente plantado.
Y cuando Lisandro admiraba la altura de los árboles, las hileras perfectamente alineadas en tresbolillo, el suelo trabajado y limpio, y la suavidad de los aromas que despedían las flores, entonces le dijo que admiraba no solo el esmero sino también la habilidad de quien había medido y distribuido aquello; y Ciro le respondió: «Pues bien, yo he medido todo esto; míos son los trazados, mía la distribución, muchos de estos árboles incluso han sido plantados por mi mano».
Entonces Lisandro, mirando su púrpura y el brillo de su cuerpo y su ornato persa con mucho oro y muchas piedras preciosas, le dijo: «Con razón te llaman dichoso, Ciro, puesto que tu virtud va unida a tu fortuna».
60. Pues bien, de esta fortuna pueden disfrutar los viejos, y la edad no impide que mantengamos el interés por las demás cosas y sobre todo por el cultivo del campo hasta el último momento de la vejez. Hemos sabido que Marco Valerio Corvino llegó hasta los cien años, cuando ya había pasado su vida en el campo cultivándolo; entre su primer consulado y el sexto transcurrieron cuarenta y seis años. Así pues, el tiempo que nuestros antepasados quisieron que fuera el comienzo de la vejez fue para él el de su carrera de honores; y su última edad fue más dichosa que la intermedia, porque tenía más autoridad y menos trabajo; pues la cumbre de la vejez es la autoridad.
61. ¡Cuánta tuvo Lucio Cecilio Metelo, cuánta Aulo Atilio Calatino! Sobre este se escribió aquel epitafio: «Muchísimos pueblos están de acuerdo en que este hombre fue el primero». Es conocido el poema grabado en su sepulcro. Con razón goza de respeto aquel cuyas alabanzas están en boca de todos de manera unánime. ¡Qué hombre vimos hace poco en Publio Craso, pontífice máximo, y después en Marco Lépido, investido del mismo sacerdocio! ¿Qué diré de Paulo o del Africano o, como ya hice antes, de Máximo?
En ellos la autoridad residía no solo en su opinión, sino incluso en su gesto. La vejez, sobre todo la honrada, tiene tanta autoridad que vale más que todos los placeres de la juventud.
62. Pero en todo este discurso recordad que yo alabo aquella vejez que se ha asentado sobre los cimientos de la juventud. De ahí se deduce lo que yo dije una vez con el gran asentimiento de todos: que es miserable la vejez que tiene que defenderse con palabras. No pueden las canas ni las arrugas alcanzar de repente autoridad, sino que una vida anterior honestamente vivida recoge los últimos frutos de la autoridad.
63. Pues son dignos de honor precisamente estos gestos que parecen triviales y corrientes: ser saludado, ser buscado, que te cedan el paso, que se levanten ante ti, ser acompañado de ida y de vuelta, ser consultado; cosas que entre nosotros y en otras ciudades se observan con tanto mayor esmero cuanto mejor son las costumbres de cada una. Dicen que Lisandro de Lacedemonia, a quien acabo de mencionar, solía decir que Esparta era la morada más honrosa para la vejez: pues en ningún sitio se tributa tanto a la edad, en ningún sitio es más honrada la vejez.
Es más, se ha transmitido a la memoria que cuando en Atenas, durante unos juegos, un anciano entró en el teatro, en medio de una gran concurrencia ninguno de sus conciudadanos le ofreció sitio; pero cuando se acercó a los lacedemonios, que estaban allí como embajadores y ocupaban un lugar determinado, dicen que todos ellos se levantaron y acogieron al anciano para que se sentara.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
