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Parte 2Las armas contra la vejez

Sobre la vejez · Cicerón · 5 min de lectura

8. Lelio. Es como dices, Catón; pero quizá alguien podría objetar que a ti la vejez te parece más llevadera por tu riqueza, tus recursos y tu posición, pero que eso no puede tocarlo en suerte a muchos. Catón. Eso tiene algo de cierto, Lelio, pero de ningún modo está todo ahí. Como cuenta la historia, Temístocles respondió a cierto habitante de Serifos que discutía con él, cuando este le dijo que había alcanzado su esplendor no por mérito propio sino por la gloria de su patria: «Pues sí, por Hércules: si yo hubiera sido de Serifos, nunca habría sido famoso, pero tú tampoco si hubieras sido ateniense».

Esto mismo puede decirse de la vejez. Pues ni siquiera para un sabio puede ser llevadera la vejez en la mayor pobreza, ni tampoco para un necio deja de ser pesada aun en la mayor abundancia.

9. Las armas más apropiadas para la vejez son, sin duda, Escipión y Lelio, las artes y el ejercicio de las virtudes, que cultivadas en toda época de la vida, cuando has vivido largo tiempo y con intensidad, producen frutos admirables, no solo porque nunca te abandonan, ni siquiera en el último momento de la vida (aunque esto es ciertamente lo más importante), sino también porque la conciencia de una vida bien llevada y el recuerdo de muchas buenas acciones resultan sumamente placenteros.

10. Yo, siendo joven, aprecié al anciano Quinto Máximo, el que reconquistó Tarento, como si fuera de mi edad; pues en aquel hombre había una gravedad templada por la afabilidad, y la vejez no había cambiado su carácter. Aunque empecé a frecuentarlo cuando no era muy anciano, pero ya de edad avanzada. Pues había sido cónsul por primera vez el año después de mi nacimiento, y cuando él era cónsul por cuarta vez marché yo, todavía muy joven, como soldado a Capua, y cinco años después a Tarento.

Luego fui nombrado cuestor cuatro años más tarde, magistratura que ejercí bajo los cónsules Tuditano y Cetego, cuando él, ya muy anciano, apoyó la ley Cincia sobre regalos y obsequios. Este hombre hacía la guerra como un joven, aunque era ya bastante mayor, y con su paciencia debilitaba la impetuosa arrogancia juvenil de Aníbal; sobre él escribió admirablemente nuestro amigo Ennio: «Un solo hombre con su prudencia nos salvó el Estado, no anteponía los rumores a la salvación: por eso brilla ahora cada vez más la gloria de este hombre».

11. Y con qué vigilancia, con qué estrategia reconquistó Tarento. Precisamente yo estaba presente cuando Salinator, que tras perder la ciudad se había refugiado en la ciudadela, se jactaba diciendo: «Por mi acción, Quinto Fabio, reconquistaste Tarento», y él respondió riendo: «Desde luego, pues si tú no la hubieras perdido, nunca la habría reconquistado». Y no fue más destacado en las armas que en la toga; siendo cónsul por segunda vez, mientras su colega Espurio Carvilio permanecía inactivo, se opuso cuanto pudo al tribuno de la plebe Cayo Flaminio, que repartía individualmente el territorio piceno y gálico en contra de la autoridad del senado; y siendo augur, se atrevió a decir que se hacían bajo los mejores auspicios las acciones que se emprendían para la salvación de la república, y que las que se llevaban contra la república se hacían contra los auspicios.

12. Muchas cosas admirables conocí en aquel hombre, pero nada más admirable que el modo en que soportó la muerte de su hijo, hombre ilustre y consular. Está en nuestras manos el elogio fúnebre, y cuando lo leemos, ¿qué filósofo no despreciamos? Pero no solo fue grande en público y ante los ojos de los ciudadanos, sino aún más destacado en la intimidad y en casa. ¡Qué conversación, qué enseñanzas, qué conocimiento de la antigüedad, qué ciencia del derecho augural!

Mucha erudición también, como correspondía a un hombre romano. Todo lo conservaba en la memoria, no solo las guerras internas sino también las externas. De su conversación disfrutaba yo entonces con tal avidez, como si ya adivinara lo que sucedió: que una vez muerto él, no habría nadie de quien aprender.

13. ¿A qué viene entonces hablar tanto de Máximo? Porque sin duda veis que sería un sacrilegio decir que fue miserable semejante vejez. Sin embargo, no todos pueden ser Escipiones o Máximos, para recordar conquistas de ciudades, batallas terrestres o navales, guerras conducidas por ellos o triunfos. Existe también la vejez tranquila y apacible de una vida llevada con sosiego, pureza y elegancia, como la que sabemos que tuvo Platón, que murió escribiendo a los ochenta y un años, o como la de Isócrates, quien dice haber escrito a los noventa y cuatro años el libro titulado Panatenaico, y vivió cinco años más; su maestro Gorgias de Leontini cumplió ciento siete años y nunca cesó en su dedicación y trabajo.

Cuando le preguntaron por qué quería estar tanto tiempo en vida, respondió: «No tengo nada de qué acusar a la vejez». Respuesta magnífica y digna de un hombre culto.

14. Pues los necios atribuyen a la vejez sus propios vicios y su propia culpa, cosa que no hacía aquel que acabo de mencionar, Ennio: «Como el caballo fuerte que a menudo venció en el Olimpo en la última carrera, ahora descansa agotado por la vejez». Compara su vejez con la de un caballo fuerte y vencedor. Bien podéis recordarlo; pues en el año diecinueve después de su muerte fueron nombrados cónsules Tito Flaminino y Manio Acilio; él murió siendo cónsules Cepión y Filipo por segunda vez, cuando yo, con sesenta y cinco años, había defendido la ley Voconia con voz potente y buenos pulmones.

A los setenta años (pues tantos vivió Ennio) soportaba las dos cargas que se consideran más pesadas, la pobreza y la vejez, de tal modo que parecía casi disfrutar de ellas.

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