Parte 11La vejez ante la muerte
71. El fruto de la vejez, como he dicho a menudo, es el recuerdo y la abundancia de los bienes ya adquiridos. Todo lo que sucede conforme a la naturaleza debe considerarse bueno. Y ¿qué hay más conforme a la naturaleza que morir cuando se es viejo? Lo mismo les ocurre a los jóvenes, pero con la naturaleza resistiéndose y oponiéndose. Por eso me parece que los jóvenes mueren como cuando la violencia del agua sofoca la fuerza de la llama, mientras que los viejos mueren como cuando el fuego, consumido por sí mismo sin que se le aplique violencia alguna, se extingue; y así como los frutos de los árboles, si están verdes, apenas se arrancan, pero si están maduros y en su punto, caen, así la violencia arrebata la vida a los jóvenes, mientras que a los viejos se la quita la madurez; cosa que a mí me resulta tan agradable que, cuanto más me acerco a la muerte, más me parece ver tierra y estar a punto de llegar al puerto tras una larga navegación.
72. La vejez no tiene ningún límite fijo, y se vive correctamente en ella mientras se pueda cumplir y mantener el deber del propio oficio [y despreciar la muerte]; de ahí resulta que incluso la vejez sea más valiente que la juventud y más fuerte. Esto es lo que Solón respondió al tirano Pisístrato cuando este le preguntó en qué se apoyaba para oponerse a él con tanta audacia, y se cuenta que contestó: «En la vejez». Pero el mejor final de la vida es cuando, con la mente íntegra y los sentidos sanos, la propia naturaleza que lo construyó deshace su obra.
Del mismo modo que destruye más fácilmente un barco o un edificio quien lo construyó, así también deshace mejor al hombre la misma naturaleza que lo unió. Ya toda unión reciente se separa con dificultad, pero la vieja fácilmente. De este modo resulta que ese breve resto de vida no debe ser ni ávidamente deseado por los viejos ni abandonado sin motivo; y Pitágoras prohíbe retirarse sin orden del comandante, es decir, de dios, del puesto de guardia y la posición de la vida.
73. Del sabio Solón es aquel famoso dicho en el que afirma no querer que su muerte carezca del dolor y los lamentos de sus amigos. Quiere, creo, ser querido por los suyos; pero no sé si Ennio lo expresa mejor: «Que nadie me honre con lágrimas ni celebre mis funerales con llanto».
74. No considera que deba llorarse la muerte que viene seguida de la inmortalidad. Ya puede haber alguna sensación de morir, y esta durante un tiempo muy breve, sobre todo para un viejo; pero después de la muerte la sensación o es deseable o es nula. Pero desde la juventud debe meditarse sobre la muerte para que la despreciemos, meditación sin la cual nadie puede estar con el ánimo tranquilo. Pues ciertamente hay que morir, y es incierto si será este mismo día. Así pues, quien teme la muerte que amenaza a todas horas, ¿cómo podrá mantenerse firme en su ánimo?
75. Sobre esto no parece necesaria una discusión muy larga, cuando recuerdo que Lucio Bruto murió liberando a la patria, que los dos Decios lanzaron al galope sus caballos hacia la muerte voluntaria, que Marco Atilio marchó al suplicio para mantener la palabra dada al enemigo, que los dos Escipiones quisieron obstruir con sus propios cuerpos el paso a los cartagineses, que tu abuelo Lucio Paulo pagó con su muerte la temeridad de su colega en la ignominia de Cannas, que Marco Marcelo ni siquiera el enemigo más cruel quiso que careciera del honor de la sepultura, sino que nuestras legiones, como escribí en los Orígenes, marcharon a menudo con ánimo alegre y firme hacia lugares de donde pensaban que nunca volverían. Así pues, lo que los jóvenes, y no solo los incultos sino incluso los campesinos, desprecian, ¿lo temerán los viejos instruidos?
76. En general, según me parece, la saciedad de todas las ocupaciones produce la saciedad de la vida. Hay ocupaciones propias de la infancia; ¿acaso las echan de menos los jóvenes? Las hay de la primera juventud: ¿acaso las reclama ya la edad madura que llamamos intermedia? También las hay de esa edad; pero tampoco se buscan en la vejez. Hay ciertas ocupaciones últimas propias de la vejez: así pues, del mismo modo que decaen las ocupaciones de las edades anteriores, así decaen también las de la vejez; y cuando esto sucede, la saciedad de la vida trae consigo el momento oportuno de la muerte.
77. Pues no veo por qué no voy a atreverme a deciros lo que yo mismo pienso sobre la muerte, ya que me parece verlo mejor cuanto más cerca estoy de ella. Yo creo que vuestros padres, Publio Escipión, y tú, Cayo Lelio, varones ilustrísimos y muy queridos para mí, están vivos, y viven precisamente aquella vida que es la única que merece llamarse vida. Pues mientras estamos encerrados en este armazón del cuerpo, cumplimos una especie de deber necesario y una tarea pesada; el alma, en efecto, es celestial, descendida de su morada suprema y como sumergida en la tierra, lugar contrario a la naturaleza divina y a la eternidad.
Pero creo que los dioses inmortales sembraron las almas en los cuerpos humanos para que hubiera quienes cuidaran de la tierra y quienes, contemplando el orden celestial, lo imitaran con su modo de vida y su constancia. Y no me ha impulsado a creerlo así solo la razón y la reflexión, sino también la nobleza y la autoridad de los más grandes filósofos.
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