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Parte 6Cuidar el cuerpo y la mente

Sobre la vejez · Cicerón · 5 min de lectura

36. Hay que cuidar la salud, recurrir a ejercicios moderados, tomar solo la cantidad de comida y bebida necesaria para reponer fuerzas, no para aplastarlas. Y no solo hay que atender al cuerpo, sino mucho más a la mente y al espíritu; porque también estos, si no les echas aceite como a una lámpara, se extinguen con la vejez. Y si bien los cuerpos se vuelven pesados por el cansancio de los ejercicios, los espíritus en cambio se alivian con el ejercicio.

Pues cuando Cecilio habla de «viejos tontos de comedia», se refiere a los crédulos, olvidadizos, negligentes, que son vicios no de la vejez, sino de una vejez inerte, perezosa, soñolienta. Así como la desvergüenza, así como el desenfreno es más propio de los jóvenes que de los viejos, y sin embargo no de todos los jóvenes, sino de los que no son honrados, así esa tontería senil, que suele llamarse chochez, es propia de los viejos frívolos, no de todos.

37. Cuatro hijos robustos, cinco hijas, una casa tan grande, tantas clientelas gobernaba Apio, y ciego y viejo, pues mantenía su espíritu tenso como un arco y no decaía languidecientemente ante la vejez. Conservaba no solo su autoridad, sino también su mando sobre los suyos: los esclavos le temían, los hijos le respetaban, todos le tenían afecto; en aquella casa vigoraban la costumbre ancestral y la disciplina.

38. Así pues, la vejez es honorable si se defiende a sí misma, si conserva su derecho, si no está sometida a nadie, si hasta el último aliento domina sobre los suyos. Pues así como apruebo al joven en quien hay algo de viejo, así apruebo al viejo en quien hay algo de joven; quien sigue esto podrá ser viejo de cuerpo, pero nunca lo será de espíritu. Tengo en manos el séptimo libro de los Orígenes; recopilo todos los documentos de la antigüedad; ahora más que nunca redacto los discursos de las causas célebres que defendí; me ocupo del derecho augural, pontificio, civil; utilizo también mucho la literatura griega, y a la manera pitagórica, para ejercitar la memoria, rememoro cada tarde qué he dicho, oído o hecho cada día.

Estos son los ejercicios del talento, estas las carreras de la mente, sudando y esforzándome en ellas no echo de menos en gran medida las fuerzas del cuerpo. Asisto a mis amigos, acudo al senado con frecuencia y por iniciativa propia presento asuntos muy meditados y largamente pensados, y los defiendo con las fuerzas del espíritu, no del cuerpo. Y si no pudiera llevarlos a cabo, sin embargo me deleitaría mi lecho pensando en esas mismas cosas que ya no podría realizar; pero el hecho de que pueda hacerlo se debe a la vida que he llevado.

Pues quien vive siempre en estos estudios y trabajos no se da cuenta de cuándo se acerca sigilosamente la vejez. Así, poco a poco y sin sentir, la edad envejece y no se quiebra de golpe, sino que se extingue con el transcurso del tiempo.

39. Sigue la tercera crítica a la vejez, que dicen que carece de placeres. ¡Oh, magnífico don de la edad, si es que nos quita lo que hay de más vicioso en la juventud! Escuchad, pues, excelentes jóvenes, un antiguo discurso de Arquitas de Tarento, hombre entre los primeros grande y preclaro, que me fue transmitido cuando yo era joven en Tarento con Quinto Máximo. Decía que la naturaleza no había dado a los hombres ninguna peste más mortal que el placer del cuerpo, pues los deseos, ávidos de ese placer, se lanzaban temeraria y desenfrenadamente a conseguirlo.

40. De ahí nacían las traiciones a la patria, de ahí las subversiones de las repúblicas, de ahí las conversaciones clandestinas con los enemigos; en fin, no había ningún crimen, ningún hecho malvado a cuya realización no impulsara el deseo de placer; las relaciones ilícitas, los adulterios y toda infamia semejante no eran provocados por otros incentivos sino por el placer; y como al hombre, ya fuera la naturaleza o algún dios, no le había dado nada más excelente que la mente, a este don y regalo divino nada le era tan enemigo como el placer;

41. pues donde dominaba el deseo no había lugar para la templanza, ni en absoluto podía subsistir la virtud en el reino del placer. Para que esto pudiera entenderse mejor, mandaba imaginar a alguien excitado por un placer del cuerpo tan grande como el máximo que pudiera experimentarse; consideraba que nadie dudaría de que, mientras gozara así, no podría pensar nada con la mente, no podría conseguir nada con la razón, nada con el pensamiento. Por eso nada había tan detestable y tan pernicioso como el placer, puesto que ella, cuando era mayor y más prolongada, extinguía toda luz del espíritu.

Nearco de Tarento, nuestro huésped, que se había mantenido en la amistad del pueblo romano, decía haber oído de sus mayores que Arquitas había hablado de esto con Cayo Poncio el Samnita, padre de aquel por quien fueron vencidos en la batalla de las Horcas Caudinas los cónsules Espurio Postumio y Tito Veturio, y que ciertamente en aquella conversación había estado presente Platón el Ateniense, que según averiguo vino a Tarento siendo cónsules Lucio Camilo y Apio Claudio.

42. ¿A qué viene esto? Para que entendierais que, si no pudiéramos rechazar el placer con la razón y la sabiduría, habría que agradecer mucho a la vejez, que hace que no nos agrade lo que no conviene. Pues el placer impide el juicio, es enemiga de la razón, ciega, por así decir, los ojos de la mente, y no tiene ningún trato con la virtud. De mala gana expulsé del senado a Lucio Flaminio, hermano del valentísimo Tito Flaminio, siete años después de que hubiera sido cónsul, pero consideré que debía censurarse su desenfreno.

Pues él, siendo cónsul en la Galia, seducido en un banquete por una prostituta, golpeó con el hacha a uno de los que estaban en prisión, condenados por un delito capital. Este, con su hermano Tito como censor, que había sido mi inmediato antecesor, se libró; pero a mí y a Flaco de ningún modo pudo parecernos aceptable un desenfreno tan vergonzoso y tan depravado, que unía a la deshonra privada el deshonor del mando.

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