Clasicalia
InicioSobre la vejezParte 3
3 / 12

Parte 3Por qué se teme a la vejez

Sobre la vejez · Cicerón · 4 min de lectura

15. En efecto, cuando lo pienso con detenimiento, encuentro cuatro razones por las que la vejez parece miserable: una, que aparta de la actividad; otra, que debilita el cuerpo; la tercera, que priva casi de todos los placeres; la cuarta, que no está lejos de la muerte. De estas causas, si os parece bien, veamos cuán grande y cuán justa es cada una. VI. La vejez aleja de la actividad. ¿De cuál? ¿Acaso de aquella que se realiza en la juventud y con la fuerza física?

¿No existen entonces tareas propias de los ancianos que, aunque el cuerpo esté débil, se realizan con la inteligencia? ¿Acaso no hacía nada Quinto Máximo, nada Lucio Paulo, tu padre, suegro de un hombre excelente, hijo mío? Los demás ancianos, los Fabricios, los Curios, los Coruncanios, cuando defendían la república con su juicio y autoridad, ¿no hacían nada?

16. A la vejez de Apio Claudio se añadía además que era ciego; sin embargo, cuando la opinión del senado se inclinaba hacia la paz con Pirro y a firmar un tratado, no dudó en pronunciar aquellas palabras que Ennio recogió en sus versos: «¿Por qué vuestras mentes, rectas que solían mantenerse firmes antes, se han desviado por caminos de locura?», y lo demás con la mayor gravedad; pues conocéis el poema; y sin embargo, se conserva el discurso del propio Apio.

Y esto lo hizo diecisiete años después de su segundo consulado, habiendo transcurrido diez años entre ambos consulados, y había sido censor antes del primer consulado; de donde se deduce que en la guerra de Pirro era ya bastante anciano; y así nos lo transmitieron nuestros mayores.

17. Por tanto, nada aportan quienes niegan que la vejez pueda dedicarse a la actividad, y se parecen a los que dijeran que el timonel no hace nada al navegar, cuando unos suben a los mástiles, otros corren por las cubiertas, otros achican el agua de la sentina, mientras él permanece sentado tranquilamente en la popa sujetando el timón, y no hace lo que hacen los jóvenes. Pero en realidad hace cosas mucho mayores y mejores. Las grandes empresas no se llevan a cabo con la fuerza, la rapidez o la agilidad de los cuerpos, sino con el juicio, la autoridad y la reflexión; cualidades de las que la vejez no solo no carece, sino que suele verse aumentada.

18. A menos que yo os parezca ocioso ahora, a mí que he participado como soldado, tribuno, legado y cónsul en diversos tipos de guerras, cuando no hago la guerra. Pero al senado le prescribo qué debe hacerse y cómo; a Cartago, que lleva ya mucho tiempo meditando el mal, le declaro la guerra con mucha antelación; no dejaré de temerla hasta que sepa que ha sido destruida.

19. ¡Ojalá los dioses inmortales te reserven a ti, Escipión, esa gloria, para que sigas los pasos de tu abuelo! Desde su muerte han pasado treinta y tres años, pero todos los años venideros recogerán el recuerdo de aquel hombre. Murió un año antes de que yo fuera censor, nueve años después de mi consulado, cuando fue elegido cónsul por segunda vez siendo yo cónsul. Si hubiera vivido hasta los cien años, ¿acaso se habría arrepentido de su vejez?

Pues no utilizaría ni carreras, ni saltos, ni lanzas arrojadizas, ni espadas en combate cuerpo a cuerpo, sino el juicio, la razón y la reflexión; que si no estuvieran en los ancianos, nuestros mayores no habrían llamado senado al supremo consejo.

20. Entre los lacedemonios, quienes ejercen la más alta magistratura, como son, así también se llaman ancianos. Si queréis leer u oír ejemplos extranjeros, encontraréis que las mayores repúblicas fueron debilitadas por los jóvenes y sostenidas y restauradas por los ancianos. «Decidme, ¿cómo perdisteis vuestra gran república tan rápidamente?» Así preguntan en el Juego del poeta Nevio. Se responden varias cosas y esta especialmente: «Surgían nuevos oradores, jóvenes insensatos». La temeridad es, evidentemente, propia de la edad floreciente; la prudencia, de la que envejece.

21. Pero se debilita la memoria. Lo creo, a menos que la ejercites, o si eres por naturaleza algo torpe. Temístocles había aprendido los nombres de todos los ciudadanos; ¿acaso creéis que, cuando envejeció, solía saludar llamándole Lisímaco a quien era Arístides? Yo no solo conozco a los que viven, sino también a sus padres y abuelos, y no temo, al leer las lápidas, como dicen, perder la memoria; pues con esa misma lectura recuerdo a los muertos. Nunca he oído de ningún anciano que olvidara dónde había enterrado su tesoro; recuerdan todo lo que les importa: las comparecencias fijadas, quién les debe a ellos, a quién deben ellos.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/sobre-la-vejez/texto/parte-3-por-que-se-teme-a-la-vejez/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Sobre la vejez» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier parte.