Parte 4La vejez no debilita la mente
22. ¿Qué decir de los jurisconsultos, de los pontífices, de los augures, de los filósofos ancianos, y de cuántas cosas se acuerdan? Las facultades intelectuales permanecen en los ancianos, con tal de que persistan el interés y la dedicación, y esto no solo ocurre en varones ilustres y con cargos públicos, sino también en la vida privada y retirada. Sófocles escribió tragedias hasta edad muy avanzada; como por su dedicación a ellas parecía descuidar el patrimonio familiar, sus hijos lo llevaron a juicio para que, del mismo modo que según nuestra costumbre suele prohibirse administrar sus bienes a los padres que los gestionan mal, los jueces lo apartaran de la administración familiar como si hubiera perdido el juicio.
Entonces se dice que el anciano recitó ante los jueces la obra que tenía entre manos y acababa de escribir, el Edipo en Colono, y les preguntó si aquel poema les parecía propio de un demente. Después de la recitación quedó absuelto por el veredicto de los jueces.
23. ¿Acaso la vejez obligó a enmudecer en sus actividades a este, a Homero, a Hesíodo, a Simónides, a Estesícoro, a los que mencioné antes, Isócrates, Gorgias, a los príncipes de los filósofos, Pitágoras, Demócrito, a Platón, a Jenócrates, después a Zenón, a Cleantes, o a ese que también vosotros visteis en Roma, Diógenes el estoico? ¿O es que en todos ellos la práctica de sus estudios se mantuvo igual a lo largo de su vida?
24. Ea, dejemos de lado esas actividades divinas; puedo nombrar campesinos romanos de la región sabina, vecinos y conocidos míos, sin los cuales casi nunca se realizan las labores más importantes del campo: ni la siembra, ni la recolección, ni el almacenamiento de los frutos. Aunque en lo demás esto resulta menos sorprendente, pues nadie es tan viejo que no piense que puede vivir un año más; pero ellos se esfuerzan igualmente en cosas que saben que en absoluto les afectarán. «Planta árboles que beneficiarán a otra generación», como dice nuestro Estacio en los Sinefebos.
25. Y el agricultor, por anciano que sea, no duda en responder a quien le pregunta para quién planta: «Para los dioses inmortales, que han querido que yo no solo reciba estas cosas de mis antepasados, sino que también las transmita a la posteridad». VIII. Y más acertado está Cecilio sobre el anciano que se preocupa por la generación futura que en aquel otro pasaje del mismo: «Por Pólux, vejez, si no trajeras contigo ningún otro defecto cuando llegas, con este solo bastaría: que viviendo mucho tiempo uno ve muchas cosas que no quiere».
Y muchas quizá que sí quiere; y además, en aquello que no quiere, a menudo incurre también la juventud. Pero aún más defectuoso es este otro pasaje del mismo Cecilio: «Pues bien, considero que esto es lo más miserable de la vejez: darse cuenta a esa edad de que uno resulta odioso a otro».
26. Más bien agradable que odioso. Pues del mismo modo que a los jóvenes de buena índole les resultan gratos los ancianos sabios, y la vejez se hace más llevadera para aquellos que son estimados y queridos por la juventud, así los jóvenes disfrutan con las enseñanzas de los ancianos, por las cuales son conducidos al estudio de las virtudes; y yo comprendo que no sois menos gratos vosotros para mí que yo para vosotros. Pero veis cómo la vejez no solo no es lánguida e inactiva, sino que incluso es laboriosa y siempre está actuando y haciendo algo, naturalmente del tipo que fue el interés de cada uno en su vida anterior.
¿Y qué decir de los que incluso aprenden algo nuevo? Como vemos que Solón se jacta en sus versos, cuando dice que se va haciendo viejo aprendiendo algo cada día, y yo hice lo mismo, pues aprendí las letras griegas siendo anciano; y las abordé con tal avidez, como deseando saciar una sed de largo tiempo, para que me fueran conocidos precisamente esos ejemplos que veis que ahora utilizo. Cuando oí que Sócrates había hecho esto con la lira, yo habría querido también aquello (pues los antiguos aprendían la lira), pero ciertamente me esforcé en las letras.
27. Ni siquiera ahora echo de menos las fuerzas de la juventud (pues ese era el segundo punto sobre los defectos de la vejez), no más de lo que de joven echaba de menos las de un toro o un elefante. Lo que se tiene, conviene usarlo, y hagas lo que hagas, hacerlo según tus fuerzas. Pues ¿qué expresión puede haber más despreciable que la de Milón de Crotona? Cuando ya era anciano y veía a los atletas ejercitándose en la pista, se dice que miró sus brazos y dijo llorando: «Pero estos ya están muertos».
No tanto esos como tú mismo, charlatán; pues nunca fuiste famoso por ti mismo, sino por tus costados y tus brazos. Nada parecido hizo Sexto Elio, nada muchos años antes Tiberio Coruncanio, nada hace poco Publio Craso, quienes prescribían el derecho a los ciudadanos, y cuya prudencia se mantuvo hasta el último aliento.
28. Temo que el orador decaiga con la vejez, pues su oficio no depende solo del talento, sino también de los pulmones y las fuerzas. Sin duda aquel timbre sonoro de la voz resplandece incluso de algún modo en la vejez, que yo desde luego todavía no he perdido, y veis mis años. Pero con todo, resulta decoroso en el anciano un discurso tranquilo y moderado, y el discurso ordenado y sereno de un anciano elocuente consigue por sí mismo la atención.
Y si tú mismo no puedes practicarlo, al menos puedes instruir a Escipión y a Lelio. Pues ¿qué hay más agradable que una vejez rodeada de las aficiones de la juventud?
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