Parte 7Los placeres y la vejez
43. Muchas veces he oído de los mayores, que a su vez decían haberlo escuchado siendo niños de los ancianos, que Cayo Fabricio solía maravillarse porque, cuando estuvo como embajador ante el rey Pirro, había oído de Cineas el Tesalio que había en Atenas cierto individuo que se declaraba sabio y que decía que todo lo que hacemos debe orientarse al placer. Y que, al oír esto de él, Manio Curio y Tiberio Coruncanio solían desear que se convenciera de ello a los samnitas y al propio Pirro, para que así pudieran ser vencidos con más facilidad, una vez entregados a los placeres.
Manio Curio había vivido con Publio Decio, quien cinco años antes de su consulado se había sacrificado por la república en su cuarto consulado; lo conocía el mismo Fabricio, lo conocía Coruncanio; y tanto por su propia vida como por la hazaña de aquel Decio del que hablo, juzgaban que existe realmente algo hermoso y espléndido por naturaleza, que se busca por sí mismo, y que los mejores hombres lo persiguen despreciando y desdeñando el placer.
44. ¿A qué viene, pues, hablar tanto del placer? Porque no solo no hay reproche alguno, sino que el mayor elogio de la vejez es que no echa mucho de menos los placeres. Carece de banquetes y mesas recargadas y de copas repetidas; por tanto, carece también de embriaguez, de indigestión y de insomnios. Pero si hay que conceder algo al placer, puesto que no resistimos fácilmente sus halagos —pues Platón llama divinamente al placer «cebo de males», porque con él evidentemente los hombres son capturados como peces—, aunque la vejez carece de banquetes desmesurados, puede sin embargo disfrutar de comilonas moderadas.
Yo de niño veía con frecuencia a Cayo Duelio, hijo de Marco, que había sido el primero en derrotar a los cartagineses en una batalla naval, cuando volvía anciano de una cena; se deleitaba con una antorcha de cera y un flautista, cosas que se había permitido como particular sin precedente alguno: tanto margen le daba la gloria.
45. Pero ¿por qué hablo de otros? Voy a volver a mí mismo. En primer lugar, siempre he tenido compañeros de hermandad. Las hermandades, por cierto, se establecieron en mi cuestura al aceptarse los cultos ideos de la Gran Madre. Así pues, banqueteaba con mis compañeros de modo totalmente moderado, pero había cierto ardor propio de la edad; a medida que esta avanza, todo se vuelve día a día más suave. Y es que yo no medía el disfrute de las comilonas mismas por los placeres del cuerpo tanto como por la reunión de amigos y las conversaciones.
Pues bien llamaron nuestros mayores convivio al reclinarse para banquetear entre amigos, porque implica una unión de vida, mejor que los griegos, que a esto mismo lo llaman unas veces bebida en común, otras cena en común, de modo que parecen dar más importancia a lo que en ese tipo de reunión es lo menos importante.
46. Yo, en verdad, por el placer de la conversación disfruto incluso de las comilonas que comienzan temprano, y no solo con los de mi edad, que quedan muy pocos, sino también con los de vuestra edad y con vosotros, y estoy muy agradecido a la vejez, que ha aumentado en mí el ansia de conversación y ha eliminado la de bebida y comida. Pero si a alguien también estas cosas le agradan (para no parecer que he declarado la guerra total al placer, del cual existe quizá cierta medida natural), no entiendo que la vejez carezca de sensibilidad ni siquiera para esos mismos placeres.
A mí, ciertamente, me agradan las presidencias establecidas por los mayores y aquella conversación que, según la costumbre de los mayores, se mantiene desde el presidente en la copa, y las copas pequeñas y rociadas como en el Simposio de Jenofonte, y el refrigerio en verano y, por el contrario, el sol o el fuego en invierno; cosas que, por cierto, también suelo practicar en mis tierras sabinas, y cada día lleno la comilona de vecinos, que prolongamos con conversación variada hasta muy entrada la noche en la medida de lo posible.
47. Pero no hay en los ancianos ese cosquilleo, por así decir, de los placeres. Lo creo, pero tampoco hay añoranza; ahora bien, nada es molesto si no lo echas de menos. Bien respondió Sófocles cuando alguien le preguntó, ya afectado por la edad, si gozaba de los placeres venéreos: «¡Los dioses nos libren! —dijo—; de buena gana he huido de eso como de un amo rústico y furioso». Pues para los que desean tales cosas quizá es odioso y molesto carecer de ellas, pero para los saciados y hartos es más agradable carecer que disfrutar. Aunque no carece quien no echa de menos; por tanto, digo que este no echar de menos es más agradable.
48. Pero si la edad buena disfruta de esos mismos placeres con más gusto, en primer lugar disfruta de cosas pequeñas, como hemos dicho, y después de aquellas de las que la vejez, aunque no goza abundantemente, no carece del todo. Como disfruta más de Turpión Ambivio quien lo contempla en la primera fila, pero disfruta también el que está en la última, así la juventud, mirando de cerca los placeres, quizá se alegra más, pero también disfruta la vejez contemplándolos desde lejos tanto como es suficiente.
49. Pero ¡cuánto valen aquellas cosas!: que el espíritu, como tras cumplir el servicio militar del deseo, la ambición, la rivalidad, las enemistades y todos los apetitos, esté consigo mismo y viva, como se dice, consigo mismo. Y si tiene además algún alimento, por así decir, de estudio y conocimiento, nada hay más agradable que una vejez ociosa. Veíamos a Cayo Galo, amigo de tu padre, Escipión, ocupado en medir casi el cielo y la tierra. ¡Cuántas veces la luz lo sorprendió habiendo comenzado a dibujar algo por la noche, cuántas veces la noche lo sorprendió habiendo comenzado por la mañana! ¡Cuánto le deleitaba predecir con mucha antelación los eclipses de sol y de luna!
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