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Parte 12La muerte y la inmortalidad del alma

Sobre la vejez · Cicerón · 6 min de lectura

78. Oía que Pitágoras y los pitagóricos, casi compatriotas nuestros, pues en otro tiempo se les llamó filósofos itálicos, nunca dudaron de que teníamos almas extraídas de la mente divina universal. Además se me mostraban las ideas que Sócrates expuso en el último día de su vida sobre la inmortalidad de las almas, él que fue juzgado el más sabio de todos por el oráculo de Apolo. ¿Para qué más? Así me he convencido, así pienso: siendo tan grande la rapidez de las almas, tan grande el recuerdo del pasado y la previsión del futuro, tantas las artes, tan vastos los conocimientos, tantos los descubrimientos, no puede ser mortal esa naturaleza que contiene todas estas cosas;

y puesto que el alma está siempre en movimiento y no tiene principio de su movimiento, porque se mueve a sí misma, tampoco tendrá fin de su movimiento, porque nunca se abandonará a sí misma; y siendo simple la naturaleza del alma, y no teniendo en sí nada mezclado que sea distinto y diferente de sí misma, no puede dividirse; y si no puede dividirse, no puede perecer; y es un gran argumento que los hombres saben muchas cosas antes de nacer, porque ya los niños, cuando aprenden artes difíciles, captan con tanta rapidez innumerables conceptos que no parecen recibirlos entonces por primera vez, sino recordarlos y rememorarlos. Esto es, más o menos, de Platón.

79. En Jenofonte, en cambio, Ciro el Mayor dice al morir estas palabras: «No penséis, hijos míos queridísimos, que cuando me separe de vosotros estaré en ninguna parte o seré nada. Pues tampoco mientras estaba con vosotros veíais mi alma, pero comprendíais que estaba en este cuerpo por las acciones que realizaba. Creed, pues, que sigue existiendo, aunque no la veréis.

80. Y no permanecerían ciertamente los honores a los varones ilustres después de su muerte, si las almas de ellos mismos no hicieran nada para que conserváramos más tiempo su recuerdo. A mí, desde luego, nunca se me pudo convencer de que las almas, mientras están en cuerpos mortales, viven, y cuando salen de ellos, mueren, ni de que el alma sea insensata cuando ha escapado de un cuerpo insensato, sino que cuando, liberada de toda mezcla con el cuerpo, ha empezado a ser pura e íntegra, entonces es sabia.

Y además, cuando la naturaleza humana se disuelve con la muerte, es evidente adónde va cada una de las demás cosas; pues todas se marchan allí de donde surgieron, pero el alma, en cambio, ni cuando está presente ni cuando se va, se hace visible. Y ya veis que nada hay tan parecido a la muerte como el sueño.

81. Y sin embargo las almas de los que duermen manifiestan especialmente su divinidad; pues muchas veces, cuando están relajadas y libres, prevén el futuro. De ahí se comprende cómo serán cuando se hayan liberado completamente de las cadenas del cuerpo. Por tanto, si esto es así, veneradme», dice, «como a un dios; pero si el alma ha de perecer junto con el cuerpo, vosotros, sin embargo, respetando a los dioses que protegen y gobiernan toda esta belleza, conservaréis nuestro recuerdo con piedad e inviolablemente».

82. Esto dice Ciro al morir; nosotros, si os parece, veamos lo nuestro. Nadie me convencerá jamás, Escipión, de que tu padre Paulo, o tus dos abuelos, Paulo y Africano, o el padre de Africano, o su tío, o muchos varones insignes que no es necesario enumerar, hubieran intentado tantas cosas que pertenecen al recuerdo de la posteridad, si no vieran con su alma que la posteridad les pertenecía a ellos mismos. ¿Acaso crees que yo, para presumir algo de mí mismo al modo de los viejos, habría emprendido tantos trabajos diurnos y nocturnos en casa y en campaña, si hubiera de limitar mi gloria con los mismos límites que mi vida?

¿No habría sido mucho mejor pasar una edad ociosa y tranquila sin ningún trabajo ni esfuerzo? Pero no sé cómo mi alma, elevándose, miraba siempre hacia la posteridad, como si, cuando hubiera salido de la vida, fuera entonces por fin a vivir. Y si esto no fuera así, si las almas no fueran inmortales, el alma de cada hombre óptimo no se esforzaría especialmente hacia la inmortalidad y la gloria.

83. ¿Qué? ¿El hecho de que cada hombre muy sabio muera con ánimo muy sereno, y el más necio con el más intranquilo, no os parece que indica que el alma que ve más y más lejos ve que se dirige a cosas mejores, mientras que aquella cuya visión es más obtusa no lo ve? Yo, ciertamente, estoy arrebatado por el deseo de ver a vuestros padres, a quienes honré y amé, y no solo ansío encontrarme con aquellos que yo mismo conocí, sino también con aquellos de quienes oí y leí y yo mismo escribí; y cuando me dirija allí, no creo que nadie me haga volver fácilmente, ni que me rejuvenezca como a Pelias.

Y si algún dios me concediera rejuvenecer desde esta edad y lloriquear en la cuna, rechazaría firmemente, y no querría, como quien ha completado la carrera, ser llamado de vuelta desde la meta a la línea de salida.

84. Pues ¿qué ventaja tiene la vida? ¿Qué no tiene más bien de penoso? Pero aunque la tenga, ciertamente tiene también o saciedad o límite. No me gusta deplorar la vida, lo que muchos, y además doctos, han hecho a menudo, ni me arrepiento de haber vivido, pues he vivido de tal modo que no creo haber nacido en vano, y me voy de la vida como de una posada, no como de una casa. Pues la naturaleza nos dio un lugar para quedarnos temporalmente, no para habitar.

¡Oh día glorioso aquel en que marcharé hacia aquella divina asamblea y reunión de almas, y cuando me aleje de esta turba y confusión! Pues marcharé no solo hacia aquellos varones de quienes hablé antes, sino también hacia mi Catón, del cual no nació hombre mejor, ni más destacado en piedad; su cuerpo fue incinerado por mí, cuando al contrario él debía haber incinerado el mío, pero su alma, sin abandonarme pero mirando atrás, se marchó sin duda a aquellos lugares adonde él veía que yo mismo debía llegar.

Y yo parecí soportar valientemente aquella desgracia mía, no porque la soportara con ánimo sereno, sino porque me consolaba pensando que la separación y el alejamiento entre nosotros no sería largo.

85. Por estas razones, Escipión (pues dijiste que tú y Lelio soléis admirarte de esto), la vejez me es ligera, y no solo no molesta sino incluso agradable. Y si en esto me equivoco al creer que las almas de los hombres son inmortales, me equivoco con gusto; y no quiero que me arrebaten este error que me deleita mientras vivo; pero si después de muerto, como opinan ciertos filósofos insignificantes, no siento nada, no temo que esos filósofos muertos se burlen de mi error.

Y si no vamos a ser inmortales, sin embargo es deseable que el hombre se extinga a su debido tiempo. Pues la naturaleza tiene, como de todas las demás cosas, así también un límite para vivir. La vejez, en efecto, es el final de la edad, como de una obra de teatro, cuyo agotamiento debemos evitar, sobre todo si se añade la saciedad. Esto es lo que tenía que decir sobre la vejez, a la cual ojalá lleguéis, para que podáis comprobar por experiencia propia lo que de mí habéis oído.

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