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Parte 5La fuerza y la vejez

Sobre la vejez · Cicerón · 5 min de lectura

29. ¿O acaso tampoco dejaremos a la vejez aquellas fuerzas para enseñar a los jóvenes, formarlos, prepararlos para toda clase de deberes? ¿Qué puede haber más noble que esta tarea? A mí desde luego me parecían afortunados Cneo y Publio Escipión, y tus dos abuelos, Lucio Emilio y Publio Africano, rodeados de jóvenes nobles, y hay que considerar dichosos a todos los maestros de artes nobles, aunque sus fuerzas hayan envejecido y decaído. Aunque en realidad ese mismo debilitamiento de las fuerzas suele producirse más a menudo por los vicios de la juventud que por la vejez; pues una juventud dominada por los deseos y la intemperancia entrega a la vejez un cuerpo agotado.

30. Ciro, en la obra de Jenofonte, en aquel discurso que pronunció al morir, cuando ya era muy viejo, afirma que nunca sintió que su vejez se hubiera vuelto más débil de lo que fue su juventud. Yo recuerdo de niño a Lucio Metelo, que, habiendo sido nombrado pontífice máximo cuatro años después de su segundo consulado, presidió ese sacerdocio durante veintidós años, y tuvo tan buenas fuerzas en el último periodo de su vida, que no echaba de menos su juventud. No es necesario que hable de mí mismo, aunque esto es propio de viejos y se concede a nuestra edad.

31. ¿No veis cómo en Homero Néstor alardea muy a menudo de sus virtudes? Pues ya estaba viendo la tercera generación de hombres, y no tenía que temer que, al hablar con verdad de sí mismo, pareciera demasiado arrogante o charlatán. Pues, como dice Homero, «de su lengua fluía un discurso más dulce que la miel», cuya suavidad no necesitaba ninguna fuerza corporal. Y sin embargo aquel jefe de Grecia nunca desea tener diez hombres como Áyax, sino como Néstor; si esto le ocurriera, no duda de que pronto Troya perecerá.

32. Pero vuelvo a mí. Cumplo ochenta y cuatro años; ojalá pudiera gloriarme de lo mismo que Ciro, pero sin embargo puedo decir esto: que aunque no tengo las fuerzas que tuve como soldado en la guerra púnica, o como cuestor en esa misma guerra, o como cónsul en Hispania, o cuatro años después, cuando luché como tribuno militar en las Termópilas bajo el consulado de Manio Glabrión; sin embargo, como vosotros veis, la vejez no me ha debilitado del todo ni me ha abatido, ni la curia echa de menos mis fuerzas, ni la tribuna, ni mis amigos, ni mis clientes, ni mis huéspedes.

Pues nunca he estado de acuerdo con aquel viejo y celebrado proverbio que aconseja «hacerse viejo pronto, si quieres ser viejo mucho tiempo». Yo, en verdad, preferiría ser viejo menos tiempo que ser viejo antes de serlo. Por eso hasta ahora nadie que haya querido encontrarse conmigo ha visto que yo estuviera desocupado.

33. Pero tengo menos fuerzas que cualquiera de vosotros dos. Tampoco vosotros tenéis las fuerzas del centurión Tito Poncio; ¿acaso por eso es él mejor? Con tal de que haya moderación en las fuerzas, y cada uno se esfuerce todo lo que pueda, no sentirá una gran añoranza de sus fuerzas. Se dice que Milón entró en Olimpia por el estadio llevando un buey sobre los hombros. ¿Preferirías entonces que te dieran esas fuerzas corporales o las intelectuales de Pitágoras?

En fin, disfruta de ese bien mientras lo tengas, cuando falte, no lo eches de menos, a no ser que acaso los jóvenes deban echar de menos la niñez, y los que han avanzado un poco en edad deban echar de menos la juventud. El curso de la vida es fijo y la senda de la naturaleza es única, y sencilla, y a cada etapa de la vida se le ha dado su momento oportuno, de modo que tanto la debilidad de los niños, como la impetuosidad de los jóvenes, la seriedad de la edad ya madura y la madurez de la vejez tienen algo natural que debe aprovecharse en su debido momento.

34. Creo que has oído, Escipión, lo que hace hoy tu huésped, el abuelo Masinisa, a los noventa años: cuando ha emprendido un camino a pie, no sube en absoluto a caballo; pero cuando va a caballo, no se baja del caballo; ninguna lluvia, ningún frío lo convencen de que se cubra la cabeza, hay en él una extraordinaria sequedad corporal, y por eso cumple todas las obligaciones y funciones de un rey. Así pues, el ejercicio y la templanza pueden conservar algo del antiguo vigor incluso en la vejez.

No hay fuerzas en la vejez. Pero tampoco se exigen fuerzas a la vejez. Por eso nuestra edad está exenta por las leyes y las instituciones de aquellas tareas que no pueden sostenerse sin fuerzas. De modo que no solo no estamos obligados a lo que no podemos, sino ni siquiera a todo lo que podemos.

35. Pero muchos ancianos son tan débiles que no pueden cumplir ningún deber ni ninguna función de la vida. Pero eso no es un defecto propio de la vejez, sino común de la mala salud. ¡Qué débil fue el hijo de Publio Africano, el que te adoptó, qué salud tan frágil o más bien nula! Si no hubiera sido así, habría brillado como segunda luz del estado; pues a la grandeza de ánimo paterna se había añadido una formación más abundante.

¿Qué tiene de extraño entonces que los ancianos sean a veces débiles, cuando ni siquiera los jóvenes pueden escapar de eso? Hay que resistirse, Lelio y Escipión, a la vejez, y sus defectos deben compensarse con diligencia, hay que luchar contra la vejez como contra una enfermedad;

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