Parte 8Los goces del estudio y del campo
50. ¿Y qué decir de las ocupaciones más ligeras, pero agudas? ¡Cuánto gozaba Nevio con su Guerra Púnica! ¡Cuánto Plauto con su Truculento y con su Pseudolo! También vi anciano a Livio; este, que había estrenado una obra siendo cónsules Centón y Tuditano, seis años antes de que yo naciera, llegó con su edad hasta mi juventud. ¿Qué diré del interés de Publio Licinio Craso por el derecho pontificio y el derecho civil, o del de este Publio Escipión, que hace pocos días fue nombrado pontífice máximo?
Y a todos los que he mencionado los vimos arder en estas ocupaciones siendo ancianos. En cuanto a Marco Cetego, a quien Ennio llamó con razón «médula de la Persuasión», ¡con qué entusiasmo lo veíamos ejercitarse en la oratoria incluso de viejo! Entonces, ¿qué placeres de banquetes, espectáculos o prostitutas pueden compararse con estos placeres? Y estas son, desde luego, ocupaciones del saber que en las personas prudentes y bien educadas crecen al mismo tiempo que la edad, de modo que resulta cierta aquella noble afirmación de Solón, que dice en un versículo, como mencioné antes, que envejece aprendiendo cada día muchas cosas, placer del espíritu que sin duda no puede haber ninguno mayor.
51. Paso ahora a los placeres de los agricultores, que a mí me deleitan de manera increíble; estos no encuentran impedimento alguno en la vejez y me parece que se acercan muchísimo a la vida del sabio. Pues mantienen una relación con la tierra, que nunca rechaza el mandato y nunca devuelve sin interés lo que recibió, sino que unas veces con una ganancia menor, la mayoría de las veces con una mayor. Aunque a mí, en verdad, no solo me deleita el fruto, sino también la fuerza y la naturaleza misma de la tierra.
Cuando con su regazo mullido y trabajado recibe la semilla esparcida, primero la retiene oculta, de donde viene el nombre de «occatio», la labor que produce esto; luego, calentada por su vapor y por su presión, la desenvuelve y hace brotar de ella la verdura naciente que, apoyada en las raíces de las plantas, poco a poco crece y, erguida en un tallo articulado, queda encerrada en las vainas como si ya fuera púber; cuando de ellas ha emergido, da el grano de la espiga ordenado en hileras y queda protegido contra los picotazos de las aves menores por la empalizada de las aristas.
52. ¿Por qué habría de mencionar los nacimientos, plantaciones y crecimientos de las vides? No puedo saciarme del deleite, para que conozcáis el descanso y el solaz de mi vejez. Omito, pues, la fuerza misma de todas las cosas que nacen de la tierra; cómo, de un granito tan pequeño de higo o de un granillo de pepita de uva o de las semillitas minúsculas de los demás frutos o plantas, produce troncos y ramas tan grandes. Los esquejes, plantones, sarmientos, acodos, hijuelos, ¿acaso no consiguen que deleiten a cualquiera con admiración?
La vid, desde luego, que por naturaleza es caediza y, si no está sostenida, cae al suelo, esa misma, para erguirse, abraza con sus zarcillos como si fueran manos todo lo que encuentra; y cuando serpentea con múltiples vueltas y errante, el arte de los agricultores la poda y contiene cortándola con el hierro, para que no se convierta en bosque de sarmientos y se extienda demasiado en todas direcciones.
53. Así que al comenzar la primavera en los que han quedado surge en los nudos de los sarmientos lo que se llama yema, de la cual, al brotar, se muestra la uva que, aumentando con el jugo de la tierra y el calor del sol, al principio es muy ácida al gusto, luego al madurar se endulza, y revestida de pámpanos no carece de un calor moderado y defiende de los excesivos ardores del sol. ¿Qué puede haber más alegre por su fruto y más hermoso a la vista?
A mí, ciertamente, no solo me deleita su utilidad, como dije antes, sino también su cultivo y la naturaleza misma: las filas de rodrigones, la unión de las cabezas, el atado y la propagación de las vides, la poda de unos sarmientos que mencioné y la inmisión de otros. ¿Por qué habría de mencionar los riegos, las excavaciones del campo y las cavas profundas por las cuales la tierra se vuelve mucho más fecunda?
54. ¿Por qué hablar de la utilidad del estiércol? Hablé de ello en el libro que escribí sobre las cosas del campo; sobre esto el docto Hesíodo no dijo ni palabra cuando escribió sobre el cultivo del campo. En cambio, Homero, que vivió muchos siglos antes, según me parece, presenta a Laertes aliviando el dolor que sentía por su hijo cultivando el campo y estercolándolo. Y en verdad las cosas del campo no solo son alegres por los sembrados, prados, viñas y árboles, sino también por los huertos y frutales, luego por el pasto del ganado, los enjambres de abejas, la variedad de todas las flores. Y no solo deleitan las plantaciones sino también los injertos, respecto a los cuales la agricultura no ha inventado nada más ingenioso.
55. Podría seguir enumerando muchísimos deleites de las cosas del campo, pero siento que estos mismos que he dicho han resultado demasiado largos. Me perdonaréis, sin embargo; pues me dejé llevar por el entusiasmo por las cosas del campo, y la vejez es por naturaleza más locuaz, para que no parezca que la libro de todos sus defectos. Pues bien, en esta vida Manio Curio, tras haber triunfado sobre los samnitas, los sabinos y Pirro, consumió el último tiempo de su edad.
Cuando contemplo su finca (pues no está lejos de mí), no puedo dejar de admirar tanto la moderación del hombre mismo como la disciplina de aquellos tiempos. Cuando los samnitas le trajeron a Curio, que estaba sentado junto al hogar, un gran peso de oro, fueron rechazados; pues dijo que no le parecía espléndido tener oro, sino mandar sobre quienes tenían oro.
56. ¿Acaso un alma tan grande no podía hacer agradable la vejez? Pero vuelvo a los agricultores, para no alejarme de mí mismo. En los campos estaban entonces los senadores, es decir, los ancianos, pues a Lucio Quincio Cincinato le fue anunciado que había sido nombrado dictador cuando estaba arando; por orden de este dictador, el jefe de la caballería Cayo Servilio Ahala mató en el acto a Spurio Melio, que aspiraba al poder. Desde la finca al senado eran llamados tanto Curio como los demás ancianos, de donde quienes los llamaban fueron nombrados «viatores».
¿Acaso fue miserable la vejez de estos que se deleitaban con el cultivo del campo? En mi opinión, no sé si puede haber alguna más feliz, y no solo por el deber, ya que el cultivo de los campos es saludable para todo el género humano, sino también por el deleite que mencioné y por la abundancia y riqueza de todas las cosas que pertenecen al sustento de los hombres y también al culto de los dioses, de modo que, ya que algunos desean estas cosas, volvamos a reconciliarnos con el placer.
Pues siempre la bodega, el almacén de aceite e incluso la despensa del buen y diligente propietario están repletos, y toda la finca es próspera, abunda en cerdo, cabrito, cordero, gallina, leche, queso, miel. Los propios agricultores llaman al huerto «segunda despensa». Hacen estas cosas más agradables aún la caza y la montería en los ratos libres.
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