Parte 9La poción de Fray Lorenzo
ACTO IV
ESCENA I. La celda de Fray Lorenzo.
(Entran FRAY LORENZO y PARIS.)
FRAY LORENZO.— ¿El jueves, señor? El tiempo es muy corto.
PARIS.— Mi señor Capuleto así lo quiere, y yo no he de retrasarme para frenar su prisa.
FRAY LORENZO.— Decís que no conocéis la opinión de la dama. El camino es irregular; no me gusta.
PARIS.— Ella llora sin medida por la muerte de Teobaldo, y por eso he hablado poco de amor, pues Venus no sonríe en una casa de lágrimas. Ahora bien, señor, su padre considera peligroso que ella dé tanto poder a su dolor, y en su sabiduría apresura nuestro matrimonio para detener la inundación de sus lágrimas, que, demasiado alimentadas por ella misma en soledad, pueden apartarse de ella con compañía. Ahora conocéis la razón de esta prisa.
FRAY LORENZO.— (Aparte.) Ojalá no supiera por qué debería retrasarse. Mirad, señor, aquí viene la dama hacia mi celda.
(Entra JULIETA.)
PARIS.— ¡Qué feliz encuentro, mi dama y mi esposa!
JULIETA.— Eso puede ser, señor, cuando yo sea una esposa.
PARIS.— Eso puede ser, debe ser, amor mío, el próximo jueves.
JULIETA.— Lo que deba ser, será.
FRAY LORENZO.— Esa es una verdad cierta.
PARIS.— ¿Vienes a confesarte con este padre?
JULIETA.— Para responder a eso, debería confesarme contigo.
PARIS.— No le niegues a él que me amas.
JULIETA.— Te confesaré que lo amo a él.
PARIS.— Así también, estoy seguro, confesarás que me amas.
JULIETA.— Si lo hago, tendrá más valor al decirse a tus espaldas que a tu cara.
PARIS.— Pobre alma, tu rostro está muy maltratado por las lágrimas.
JULIETA.— Las lágrimas han logrado poca victoria con eso, pues ya era bastante malo antes de su ataque.
PARIS.— Lo maltratas más que las lágrimas con ese comentario.
JULIETA.— No es calumnia, señor, lo que es verdad, y lo que dije, me lo dije a mí misma.
PARIS.— Tu rostro es mío, y lo has calumniado.
JULIETA.— Puede ser así, pues no es mío. ¿Tenéis tiempo libre ahora, santo padre, o debo venir a veros en la misa de la tarde?
FRAY LORENZO.— Tengo tiempo libre ahora para ti, hija pensativa. Señor mío, debemos pedir quedarnos a solas.
PARIS.— ¡Dios no permita que interrumpa la devoción! Julieta, el jueves temprano vendré a despertarte. Hasta entonces, adiós, y guarda este santo beso.
(Sale.)
JULIETA.— ¡Oh, cierra la puerta, y cuando lo hayas hecho, ven a llorar conmigo, sin esperanza, sin cura, sin ayuda!
FRAY LORENZO.— Oh, Julieta, ya conozco tu aflicción; me tensa más allá de la capacidad de mi ingenio. He oído que debes, y nada puede posponerlo, casarte el próximo jueves con este conde.
JULIETA.— No me digas, fraile, que has oído hablar de esto, a menos que me digas cómo puedo impedirlo. Si en tu sabiduría no puedes darme ayuda, llama sabia a mi resolución, y con este cuchillo la ayudaré de inmediato. Dios unió mi corazón y el de Romeo, tú nuestras manos; y antes de que esta mano, sellada por ti a la de Romeo, sirva de garantía a otra escritura, o mi corazón fiel con traicionera revuelta se vuelva a otro, esto los matará a ambos. Por tanto, con tu larga experiencia, dame algún consejo inmediato, o contempla cómo entre mis extremos y yo este cuchillo sangriento hará de árbitro, decidiendo aquello que la autoridad de tus años y tu arte no podrían resolver con verdadero honor. No tardes tanto en hablar. Anhelo morir si lo que hablas no habla de remedio.
FRAY LORENZO.— Detente, hija. Vislumbro una especie de esperanza que requiere una ejecución tan desesperada como es desesperado aquello que queremos impedir. Si, antes que casarte con el conde Paris, tienes la fuerza de voluntad para matarte, entonces es probable que emprendas algo semejante a la muerte para ahuyentar esta vergüenza, tú que te enfrentas con la misma muerte para escapar de ella. Y si te atreves, te daré un remedio.
JULIETA.— Oh, pídeme que salte, antes que casarme con Paris, desde las almenas de aquella torre, o que camine por sendas de ladrones, o que me oculte donde hay serpientes. Encadéname con osos rugientes, o escóndeme cada noche en un osario, completamente cubierta con los huesos tintineantes de los muertos, con tibias hediondas y amarillas calaveras sin mandíbula. O pídeme que entre en una tumba recién cavada y me oculte con un muerto en su mortaja; cosas que, al oírlas contar, me han hecho temblar, y las haré sin miedo ni duda, para vivir como esposa inmaculada de mi dulce amor.
FRAY LORENZO.— Entonces espera. Vuelve a casa, muéstrate alegre, consiente en casarte con Paris. Mañana es miércoles; mañana por la noche procura acostarte sola, que tu ama no duerma contigo en tu aposento. Toma este frasco, y estando ya en la cama, bebe todo este licor destilado. Al momento correrá por todas tus venas un humor frío y somnoliento; ningún pulso mantendrá su curso natural, sino que cesará. Ningún calor, ningún aliento atestiguará que vives. Las rosas de tus labios y mejillas se desvanecerán en cenizas pálidas; las ventanas de tus ojos caerán, como la muerte cuando cierra el día de la vida. Cada parte, privada de gobierno flexible, aparecerá rígida, dura y fría como la muerte. Y en esta apariencia prestada de muerte contraída permanecerás cuarenta y dos horas, y luego despertarás como de un sueño agradable. Ahora bien, cuando el novio venga por la mañana a despertarte de tu lecho, estarás muerta. Entonces, según la costumbre de nuestro país, con tus mejores ropas, descubierta, sobre el féretro, serás llevada a aquella antigua cripta donde yacen todos los parientes de los Capuleto. Mientras tanto, antes de que despiertes, Romeo conocerá nuestro plan por mis cartas, y vendrá aquí, y él y yo velaremos tu despertar, y esa misma noche Romeo te llevará de aquí a Mantua. Y esto te liberará de esta vergüenza presente, si ningún capricho inconstante ni miedo femenino debilitan tu valor al ejecutarlo.
JULIETA.— ¡Dámelo, dámelo! ¡Oh, no me hables de miedo!
FRAY LORENZO.— Espera; vete, sé fuerte y próspera en esta resolución. Enviaré con rapidez a un fraile a Mantua con mis cartas para tu señor.
JULIETA.— Que el amor me dé fuerza, y la fuerza me ayudará. Adiós, querido padre.
(Salen.)
ESCENA II. Salón en casa de Capuleto.
(Entran CAPULETO, LADY CAPULETO, EL AMA y CRIADOS.)
CAPULETO.— Invitad a tantos huéspedes como aquí están escritos.
(Sale el primer criado.)
Oye, ve a contratarme veinte cocineros hábiles.
SEGUNDO CRIADO.— No tendréis ninguno malo, señor, pues comprobaré si pueden chuparse los dedos.
CAPULETO.— ¿Cómo puedes comprobarlos así?
SEGUNDO CRIADO.— Pues, señor, es mal cocinero el que no puede chuparse sus propios dedos; por tanto, el que no pueda chuparse los dedos no viene conmigo.
CAPULETO.— Ve, vete de aquí.
(Sale el segundo criado.)
Estaremos muy desprovistos para esta ocasión. ¿Qué, ha ido mi hija a ver a Fray Lorenzo?
AMA.— Sí, en efecto.
CAPULETO.— Bien, quizá él logre hacerle algún bien. Es una mocosa obstinada y voluntariosa.
(Entra JULIETA.)
AMA.— Mirad dónde viene de la confesión con semblante alegre.
CAPULETO.— ¿Qué hay, mi testaruda? ¿Dónde has estado vagando?
JULIETA.— Donde he aprendido a arrepentirme del pecado de oposición desobediente a vos y vuestros mandatos, y me ha ordenado el santo Lorenzo postrarme aquí para implorar vuestro perdón. Perdón, os lo suplico. De ahora en adelante me guiaré siempre por vos.
CAPULETO.— Mandad llamar al conde, id a decírselo. Haré que este nudo se ate mañana por la mañana.
JULIETA.— Me encontré con el joven señor en la celda de Lorenzo y le di el amor apropiado que pude, sin traspasar los límites de la modestia.
CAPULETO.— Pues me alegro de ello. Esto está bien. Levántate. Así es como debe ser. Dejadme ver al conde. Sí, por cierto. Id, digo, y traedlo aquí. Ahora, por Dios, este venerable y santo fraile, toda nuestra ciudad le debe mucho.
JULIETA.— Ama, ¿vendrás conmigo a mi aposento para ayudarme a escoger los adornos necesarios que creas convenientes para prepararme mañana?
LADY CAPULETO.— No, no hasta el jueves. Hay tiempo suficiente.
CAPULETO.— Ve, ama, ve con ella. Iremos a la iglesia mañana.
(Salen JULIETA y el AMA.)
LADY CAPULETO.— Andaremos escasos de provisiones. Ya es casi de noche.
CAPULETO.— Bah, yo me pondré en marcha, y todo saldrá bien, te lo garantizo, esposa. Ve tú con Julieta, ayúdala a engalanarse. Yo no me acostaré esta noche, déjame solo. Haré de ama de casa por una vez. ¡Eh, hola! Todos se han ido; bien, iré yo mismo a casa del conde Paris para prepararlo para mañana. Mi corazón está maravillosamente ligero desde que esta muchacha caprichosa se ha enmendado tanto.
(Salen.)
ESCENA III. El aposento de Julieta.
(Entran JULIETA y el AMA.)
JULIETA.— Sí, esos vestidos son los mejores. Pero, gentil ama, te ruego que me dejes sola esta noche, pues necesito muchas oraciones para mover a los cielos a que sonrían a mi situación, que, bien lo sabes, es adversa y llena de pecado.
(Entra LADY CAPULETO.)
LADY CAPULETO.— ¿Qué, estás ocupada? ¿Necesitas mi ayuda?
JULIETA.— No, señora; hemos escogido lo necesario para nuestro estado mañana. Así que, si os place, dejadme ahora sola, y que el ama pase esta noche con vos, pues estoy segura de que tenéis las manos llenas con este asunto tan repentino.
LADY CAPULETO.— Buenas noches. Vete a la cama y descansa, pues lo necesitas.
(Salen LADY CAPULETO y el AMA.)
JULIETA.— Adiós. Dios sabe cuándo nos volveremos a ver. Un temor débil y frío me recorre las venas que casi congela el calor de la vida. Las llamaré de vuelta para que me consuelen. ¡Ama! ¿Qué va a hacer ella aquí? Mi terrible escena debo representarla sola. Ven, frasco. ¿Y si esta mezcla no funciona en absoluto? ¿Me casaré entonces mañana por la mañana? ¡No, no! Esto lo impedirá. Quédate ahí.
(Coloca su daga.)
¿Y si es un veneno que el fraile ha administrado sutilmente para que yo muera, no sea que en este matrimonio él quede deshonrado porque me casó antes con Romeo? Temo que lo sea. Y sin embargo, me parece que no debería serlo, pues siempre se ha demostrado que es un hombre santo. ¿Y si, cuando esté depositada en la tumba, despierto antes de que llegue el momento en que Romeo venga a rescatarme? ¡Ese es un punto aterrador! ¿No me asfixiaré entonces en la cripta, a cuya boca inmunda no entra aire saludable, y moriré allí estrangulada antes de que llegue mi Romeo? O, si vivo, ¿no es muy probable que la horrible idea de la muerte y la noche, junto con el terror del lugar, como en una cripta, un antiguo receptáculo donde durante estos muchos cientos de años están amontonados los huesos de todos mis antepasados enterrados, donde el sangriento Teobaldo, aún reciente en la tierra, yace pudriéndose en su mortaja; donde, según dicen, a ciertas horas de la noche acuden los espíritus...? ¡Ay, ay!, ¿no es probable que yo, despertando tan temprano, entre olores repugnantes y chillidos como los de las mandrágoras arrancadas de la tierra, que los mortales vivos, al oírlos, enloquecen...? Oh, si despierto, ¿no me volveré loca, rodeada de todos estos horribles temores, y jugaré enloquecida con los huesos de mis antepasados? ¿Y arrancaré al destrozado Teobaldo de su mortaja? ¿Y, en esta locura, con el hueso de algún gran pariente, como con una maza, estrellaré mis desesperados sesos? ¡Oh, mirad!, me parece ver el fantasma de mi primo buscando a Romeo, que atravesó su cuerpo en la punta de un estoque. ¡Detente, Teobaldo, detente! ¡Romeo, Romeo, Romeo, aquí está la bebida! ¡Bebo por ti!
(Se arroja sobre la cama.)
ESCENA IV. Salón en casa de Capuleto.
(Entran LADY CAPULETO y el AMA.)
LADY CAPULETO.— Espera, toma estas llaves y trae más especias, ama.
AMA.— Piden dátiles y membrillos en la repostería.
(Entra CAPULETO.)
CAPULETO.— ¡Vamos, moveos, moveos, moveos! Ha cantado el segundo gallo, ha sonado la campana del toque de queda, son las tres en punto. Ocúpate de las carnes horneadas, buena Angélica; no escatimes gastos.
AMA.— Vamos, mariquita, vete a la cama; a fe mía que mañana estarás enfermo por haber pasado la noche en vela.
CAPULETO.— No, en absoluto. ¡Qué! He pasado noches en vela antes por causas menores y nunca he estado enfermo.
LADY CAPULETO.— Sí, has sido un andariego nocturno en tu tiempo, pero ahora yo te vigilaré para que no veles así.
(Salen LADY CAPULETO y el AMA.)
CAPULETO.— ¡Celos, celos!
(Entran CRIADOS con asadores, leños y cestas.)
Bien, amigo, ¿qué traes ahí?
PRIMER CRIADO.— Cosas para el cocinero, señor, pero no sé qué son.
CAPULETO.— Date prisa, date prisa.
(Sale el primer criado.)
Oye, trae leños más secos. Llama a Pedro, él te mostrará dónde están.
SEGUNDO CRIADO.— Tengo una cabeza, señor, que encontrará leños sin molestar a Pedro por el asunto.
(Sale.)
CAPULETO.— ¡Por la misa, bien dicho! Qué bromista alegre, ja. Serás un cabeza de leño. Buena fe, ya es de día. El conde estará aquí enseguida con música, pues así dijo que vendría. Lo oigo cerca.
(Suena música.)
¡Ama! ¡Esposa! ¡Eh, hola! ¡Ama, digo!
(Entra de nuevo el AMA.)
Ve a despertar a Julieta, ve y prepárala. Yo iré a charlar con Paris. Vamos, date prisa, date prisa; el novio ya ha llegado. Date prisa, digo.
(Salen.)
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