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Parte 4La escena del balcón

Romeo y Julieta · William Shakespeare · 11 min de lectura

ACTO II

(Entra el CORO.)

CORO.— Ahora el viejo deseo yace en su lecho de muerte, y el afecto joven aguarda ansioso heredarle. Aquella belleza por la que el amor gemía y hubiera muerto, comparada con la tierna Julieta, ya no es bella. Ahora Romeo es amado y ama de nuevo, igualmente hechizados ambos por el encanto de sus miradas. Pero él debe lamentarse ante quien supone su enemiga, y ella robar el dulce cebo del amor de anzuelos peligrosos. Considerado un enemigo, él no puede tener acceso para pronunciar los votos que los amantes acostumbran jurar, y ella, tan enamorada, tiene aún menos medios de encontrarse con su nuevo amado en cualquier lugar. Pero la pasión les presta poder, el tiempo los medios para encontrarse, templando las dificultades extremas con extrema dulzura.

(Sale.)

ESCENA I. Un espacio abierto junto al jardín de los Capuleto.

(Entra ROMEO.)

ROMEO.— ¿Puedo seguir adelante cuando mi corazón está aquí? Vuelve atrás, torpe arcilla, y encuentra tu centro.

(Trepa el muro y salta dentro.)

(Entran BENVOLIO y MERCUCIO.)

BENVOLIO.— ¡Romeo! ¡Primo Romeo! ¡Romeo!

MERCUCIO.— Es sensato, y apuesto mi vida a que se ha escabullido a casa, a la cama.

BENVOLIO.— Corrió por aquí y saltó el muro de este huerto. Llámalo, buen Mercucio.

MERCUCIO.— Bien, yo también lo conjuraré. ¡Romeo! ¡Caprichos! ¡Loco! ¡Pasión! ¡Amante! Aparécete en forma de suspiro, pronuncia una sola rima y quedaré satisfecho. Grita solo «¡ay de mí!», pronuncia solo amor y paloma. Dile a mi comadre Venus una sola palabra hermosa, un apodo para su hijo y heredero medio ciego, el joven Abrahán Cupido, el que disparó tan certero cuando el rey Cofeúa amó a la mendiga. No oye, no se mueve, no se agita. El mono está muerto, y debo conjurarlo. Te conjuro por los ojos brillantes de Rosalina, por su frente alta y su labio escarlata, por su pie fino, su pierna recta y su muslo tembloroso, y las tierras adyacentes que allí yacen, para que te nos aparezcas en tu forma.

BENVOLIO.— Si te oye, lo enojarás.

MERCUCIO.— Esto no puede enojarlo. Lo enojaría invocar un espíritu en el círculo de su dama, de naturaleza extraña, dejándolo allí plantado hasta que ella lo sometiera y lo conjurara hacia abajo. Eso sí sería maldad. Mi invocación es honrada y honesta, y en nombre de su dama solo conjuro para levantarlo a él.

BENVOLIO.— Vamos, se ha escondido entre estos árboles para estar en compañía de la noche caprichosa. Ciego es su amor, y le conviene más la oscuridad.

MERCUCIO.— Si el amor es ciego, el amor no puede dar en el blanco. Ahora se sentará bajo un níspero y deseará que su amada fuera esa clase de fruta que las doncellas llaman nísperos cuando ríen a solas. Oh Romeo, ojalá ella fuera, oh, ojalá fuera un culo abierto y tú una pera bergamota. Romeo, buenas noches. Me voy a mi camita. Este lecho al raso es demasiado frío para dormir. Vamos, ¿nos vamos?

BENVOLIO.— Ve entonces, pues es en vano buscar aquí a quien no quiere ser encontrado.

(Salen.)

ESCENA II. El jardín de los Capuleto.

(Entra ROMEO.)

ROMEO.— Se burla de las cicatrices quien nunca sintió una herida.

(Julieta aparece arriba, en una ventana.)

Pero espera, ¿qué luz se abre paso por aquella ventana? ¡Es el oriente, y Julieta es el sol! Levántate, hermoso sol, y mata a la luna envidiosa, que ya está enferma y pálida de pena porque tú, su doncella, eres mucho más hermosa que ella. No seas su doncella, pues es envidiosa. Su librea de vestal no es más que enfermiza y verdosa, y solo los necios la llevan. Deséchala. ¡Es mi dama, oh, es mi amor! ¡Oh, que ella lo supiera! Habla, aunque no dice nada. ¿Qué importa? Su mirada habla, yo le responderé. Soy demasiado atrevido, no es a mí a quien habla. Dos de las estrellas más hermosas de todo el cielo, teniendo algún asunto, ruegan a sus ojos que brillen en sus esferas hasta que regresen. ¿Y si sus ojos estuvieran allí, ellas en su cabeza? El resplandor de su mejilla avergonzaría a esas estrellas, como la luz del día a una lámpara. Sus ojos en el cielo brillarían tan radiantes a través de la región aérea que los pájaros cantarían y creerían que no es de noche. Mira cómo apoya la mejilla sobre la mano. ¡Oh, si yo fuera un guante en esa mano para poder tocar esa mejilla!

JULIETA.— Ay de mí.

ROMEO.— Habla. Oh, habla otra vez, ángel resplandeciente, pues eres tan gloriosa en esta noche, estando sobre mi cabeza, como un mensajero alado del cielo ante los ojos blancos, vueltos hacia arriba y maravillados de los mortales que se echan atrás para contemplarlo cuando cabalga sobre las nubes perezosas y navega sobre el seno del aire.

JULIETA.— Oh Romeo, Romeo, ¿por qué eres Romeo? Niega a tu padre y rechaza tu nombre. O si no quieres, júrame solo tu amor y yo dejaré de ser Capuleto.

ROMEO.— (Aparte.) ¿Escucho más o hablo ya?

JULIETA.— Solo tu nombre es mi enemigo. Tú eres tú mismo, aunque no seas Montesco. ¿Qué es Montesco? No es ni mano ni pie, ni brazo, ni rostro, ni ninguna otra parte que pertenezca a un hombre. Oh, ten algún otro nombre. ¿Qué hay en un nombre? Lo que llamamos rosa, con cualquier otro nombre olería igual de dulce. Así Romeo, aunque no se llamara Romeo, conservaría esa querida perfección que posee sin ese título. Romeo, despójate de tu nombre, y a cambio de tu nombre, que no es parte de ti, tómame toda entera.

ROMEO.— Te tomo la palabra. Llámame solo amor, y seré bautizado de nuevo. De ahora en adelante nunca seré Romeo.

JULIETA.— ¿Qué hombre eres tú que, así oculto en la noche, tropiezas con mis pensamientos?

ROMEO.— Por un nombre no sé cómo decirte quién soy. Mi nombre, querida santa, me es odioso a mí mismo porque es enemigo tuyo. Si lo tuviera escrito, desgarraría la palabra.

JULIETA.— Mis oídos aún no han bebido cien palabras de tu boca, pero conozco el sonido. ¿No eres Romeo, y un Montesco?

ROMEO.— Ninguno de los dos, hermosa doncella, si cualquiera de ellos te desagrada.

JULIETA.— ¿Cómo has llegado hasta aquí, dime, y por qué? Los muros del huerto son altos y difíciles de escalar, y el lugar significa muerte, considerando quién eres, si alguno de mis parientes te encuentra aquí.

ROMEO.— Con las alas ligeras del amor salté estos muros, pues límites de piedra no pueden mantener fuera al amor, y lo que el amor puede hacer, eso se atreve el amor a intentar. Por tanto, tus parientes no son obstáculo para mí.

JULIETA.— Si te ven, te matarán.

ROMEO.— Ay, hay más peligro en tu mirada que en veinte de sus espadas. Mírame solo con dulzura y estaré a prueba de su enemistad.

JULIETA.— Por nada del mundo querría que te vieran aquí.

ROMEO.— Tengo el manto de la noche para esconderme de sus ojos, y con tal de que me ames, que me encuentren aquí. Mejor sería que mi vida terminara por su odio que la muerte aplazada, careciendo de tu amor.

JULIETA.— ¿Por indicación de quién encontraste este lugar?

ROMEO.— Por el amor, que primero me impulsó a preguntar. Él me prestó consejo y yo le presté ojos. No soy piloto, pero aunque estuvieras tan lejos como esa vasta orilla bañada por el mar más lejano, me aventuraría por tal mercancía.

JULIETA.— Sabes que la máscara de la noche está sobre mi rostro; de otro modo un rubor de doncella pintaría mi mejilla por lo que me has oído decir esta noche. Con gusto me atendría a las formas, con gusto, con gusto negaría lo que he hablado. Pero adiós cumplidos. ¿Me amas? Sé que dirás que sí, y yo creeré tu palabra. Sin embargo, si juras, puedes resultar falso. De los perjurios de los amantes, dicen, Júpiter se ríe. Oh gentil Romeo, si en verdad amas, pronúncialo fielmente. O si crees que soy conquistada demasiado rápido, frunciré el ceño y seré esquiva y te diré que no, con tal de que me cortejees. Pero si no, por nada del mundo. En verdad, hermoso Montesco, estoy demasiado encariñada, y por eso puedes pensar que mi conducta es ligera. Pero créeme, caballero, demostraré ser más fiel que aquellas que tienen más astucia para ser distantes. Debería haber sido más distante, debo confesarlo, pero tú escuchaste, antes de que me diera cuenta, la pasión de mi verdadero amor. Por tanto, perdóname, y no atribuyas esta entrega a amor liviano, que la noche oscura ha descubierto así.

ROMEO.— Señora, por aquella luna bendita juro, que plateaba las copas de todos estos árboles frutales...

JULIETA.— Oh, no jures por la luna, la luna inconstante, que cambia mensualmente en su órbita circular, no sea que tu amor resulte igualmente variable.

ROMEO.— ¿Por qué he de jurar?

JULIETA.— No jures en absoluto. O si quieres, jura por tu yo bondadoso, que es el dios de mi idolatría, y te creeré.

ROMEO.— Si el querido amor de mi corazón...

JULIETA.— Bien, no jures. Aunque me alegro de ti, no encuentro alegría en este acuerdo esta noche. Es demasiado precipitado, demasiado irreflexivo, demasiado repentino, demasiado parecido al relámpago, que deja de ser antes de que uno pueda decir «relampaguea». Dulce amor, buenas noches. Este capullo de amor, con el aliento madurante del verano, puede resultar una flor hermosa cuando nos volvamos a ver. Buenas noches, buenas noches. Que un reposo y descanso tan dulces lleguen a tu corazón como el que hay en mi pecho.

ROMEO.— Oh, ¿me dejarás así, tan insatisfecho?

JULIETA.— ¿Qué satisfacción puedes tener esta noche?

ROMEO.— El intercambio del voto fiel de tu amor por el mío.

JULIETA.— Te di el mío antes de que lo pidieras, y sin embargo desearía que estuviera por dar otra vez.

ROMEO.— ¿Querrías retirarlo? ¿Con qué propósito, amor?

JULIETA.— Solo para ser generosa y dártelo otra vez. Y sin embargo solo deseo la cosa que tengo. Mi generosidad es tan ilimitada como el mar, mi amor tan profundo; cuanto más te doy, más tengo, pues ambos son infinitos. Oigo ruido dentro. Querido amor, adiós.

(El ama llama desde dentro.)

¡Ya voy, buena ama! Dulce Montesco, sé fiel. Espera solo un poco, volveré enseguida.

(Sale.)

ROMEO.— Oh bendita, bendita noche. Temo que, estando en la noche, todo esto no sea más que un sueño, demasiado halagadoramente dulce para ser real.

(Entra JULIETA arriba.)

JULIETA.— Tres palabras, querido Romeo, y buenas noches de verdad. Si tu inclinación amorosa es honorable, tu propósito el matrimonio, mándame palabra mañana, por alguien que yo haré que vaya a ti, dónde y a qué hora realizarás el rito, y toda mi fortuna a tus pies pondré y te seguiré, mi señor, por todo el mundo.

AMA.— (Desde dentro.) Señora.

JULIETA.— Ya voy, enseguida. Pero si tus intenciones no son buenas, te lo suplico...

AMA.— (Desde dentro.) Señora.

JULIETA.— Ahora mismo voy. Cesa tu empeño y déjame con mi pena. Mañana enviaré.

ROMEO.— Así prospere mi alma...

JULIETA.— Mil veces buenas noches.

(Sale.)

ROMEO.— Mil veces peor, al faltarme tu luz. El amor va hacia el amor como los escolares huyen de sus libros, pero el amor se aleja del amor, hacia la escuela con miradas pesadas.

(Se retira lentamente.)

(Vuelve a entrar JULIETA, arriba.)

JULIETA.— ¡Chist! ¡Romeo, chist! Oh, si tuviera voz de halconero para atraer de nuevo a este noble neblí. La cautividad es ronca y no puede hablar en voz alta, pues de otro modo desgarraría la cueva donde yace Eco y haría su lengua aérea más ronca que la mía con la repetición del nombre de mi Romeo.

ROMEO.— Es mi alma la que invoca mi nombre. Qué dulce como plata suenan las voces de los amantes de noche, como la música más suave a oídos atentos.

JULIETA.— Romeo.

ROMEO.— ¿Mi amor?

JULIETA.— ¿A qué hora mañana enviaré a buscarte?

ROMEO.— A las nueve.

JULIETA.— No faltaré. Serán veinte años hasta entonces. He olvidado por qué te llamé.

ROMEO.— Déjame quedarme aquí hasta que lo recuerdes.

JULIETA.— Olvidaré, para tenerte siempre ahí parado, recordando cuánto amo tu compañía.

ROMEO.— Y yo me quedaré siempre, para que sigas olvidando, olvidando cualquier otro hogar que no sea este.

JULIETA.— Ya casi amanece. Querría que te fueras, y sin embargo no más lejos que el pájaro de una niña caprichosa, que lo deja saltar un poco de su mano, como un pobre prisionero en sus grilletes retorcidos, y con un hilo de seda lo atrae de vuelta, tan celosa y amorosa de su libertad.

ROMEO.— Ojalá fuera yo tu pájaro.

JULIETA.— Amor, yo también lo desearía, pero te mataría con tanto mimo. Buenas noches, buenas noches. La despedida es tan dulce pesar que diré buenas noches hasta que sea mañana.

(Sale.)

ROMEO.— Que el sueño more en tus ojos, la paz en tu pecho. Ojalá fuera yo sueño y paz, tan dulce descanso. De aquí iré a la celda de mi padre espiritual, a implorar su ayuda y contarle mi feliz suerte.

(Sale.)

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