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Parte 1El prólogo y la riña

Romeo y Julieta · William Shakespeare · 11 min de lectura

PERSONAJES

EL PRÍNCIPE, Príncipe de Verona. MERCUCIO, pariente del Príncipe y amigo de Romeo. PARIS, joven noble, pariente del Príncipe. Paje de Paris.

MONTESCO, cabeza de una familia veronesa enemistada con los Capuleto. LADY MONTESCO, esposa de Montesco. ROMEO, hijo de Montesco. BENVOLIO, sobrino de Montesco y amigo de Romeo. ABRAM, criado de Montesco. BALTASAR, criado de Romeo.

CAPULETO, cabeza de una familia veronesa enemistada con los Montesco. LADY CAPULETO, esposa de Capuleto. JULIETA, hija de Capuleto. TEOBALDO, sobrino de Lady Capuleto. PRIMO DE CAPULETO, un anciano. EL AMA de Julieta. PEDRO, criado del Ama de Julieta. SANSÓN, criado de Capuleto. GREGORIO, criado de Capuleto. Criados.

FRAY LORENZO, franciscano. FRAY JUAN, de la misma Orden. EL BOTICARIO. EL CORO. Tres Músicos. Un Oficial. Ciudadanos de Verona; varios Hombres y Mujeres, parientes de ambas casas; Enmascarados, Guardias, Vigilantes y Acompañantes.

ESCENARIO. Durante la mayor parte de la obra en Verona; una vez, en el Acto Quinto, en Mantua.

PRÓLOGO

(Entra EL CORO.)

EL CORO.— Dos familias, ambas iguales en dignidad, en la hermosa Verona, donde situamos nuestra escena, por un antiguo rencor desembocan en nueva violencia, donde la sangre civil mancha las manos civiles. Del fatal vientre de estos dos enemigos nacen dos amantes marcados por las estrellas que se quitan la vida; sus desgraciadas y lastimosas caídas entierran con su muerte la disputa de sus padres. El terrible tránsito de su amor marcado por la muerte, y la continuación de la furia de sus padres, que nada salvo el fin de sus hijos pudo acabar, es ahora el asunto de dos horas de nuestro escenario; al cual, si con oídos pacientes prestáis atención, lo que aquí falte, nuestro esfuerzo procurará enmendarlo.

(Sale.)

ACTO I

ESCENA I. Una plaza pública.

(Entran SANSÓN y GREGORIO armados con espadas y broqueles.)

SANSÓN.— Gregorio, te doy mi palabra, no vamos a aguantar desprecios.

GREGORIO.— No, porque entonces seríamos carboneros.

SANSÓN.— Quiero decir que si nos sulfuramos, desenfundaremos.

GREGORIO.— Sí, mientras vivas, procura sacar el cuello del dogal.

SANSÓN.— Golpeo rápido cuando me provocan.

GREGORIO.— Pero tú no te provocas tan rápido para golpear.

SANSÓN.— Un perro de la casa de Montesco me provoca.

GREGORIO.— Provocarse es moverse; y ser valiente es mantenerse firme: por lo tanto, si te provocan, sales corriendo.

SANSÓN.— Un perro de esa casa me provocará a mantenerme firme. Me quedaré con el mejor sitio ante cualquier hombre o mujer de los Montesco.

GREGORIO.— Eso demuestra que eres un esclavo débil, porque el más débil va a la pared.

SANSÓN.— Cierto, y por eso las mujeres, siendo los recipientes más débiles, siempre son empujadas a la pared: por lo tanto empujaré a los hombres de Montesco lejos de la pared y empujaré a sus doncellas contra la pared.

GREGORIO.— La riña es entre nuestros amos y nosotros, sus hombres.

SANSÓN.— Es lo mismo, me mostraré un tirano: cuando haya luchado con los hombres seré cortés con las doncellas, les cortaré las cabezas.

GREGORIO.— ¿Las cabezas de las doncellas?

SANSÓN.— Sí, las cabezas de las doncellas, o sus doncellez; tómalo en el sentido que quieras.

GREGORIO.— Deben tomarlo en el sentido que lo sienten.

SANSÓN.— A mí me sentirán mientras pueda mantenerme en pie: y es sabido que soy un buen pedazo de carne.

GREGORIO.— Menos mal que no eres pescado; si lo fueras, serías bacalao barato. Saca tu herramienta; aquí vienen de la casa de los Montesco.

(Entran ABRAM y BALTASAR.)

SANSÓN.— Mi arma desnuda está fuera: busca riña, yo te respaldo.

GREGORIO.— ¿Cómo? ¿Das la espalda y corres?

SANSÓN.— No me temas.

GREGORIO.— No, por cierto; ¡te temo!

SANSÓN.— Pongamos la ley de nuestro lado; que ellos empiecen.

GREGORIO.— Pondré mala cara al pasar, y que lo tomen como quieran.

SANSÓN.— No, como se atrevan. Me morderé el pulgar hacia ellos, lo cual es un insulto para ellos si lo aguantan.

ABRAM.— ¿Se muerde el pulgar hacia nosotros, señor?

SANSÓN.— Me muerdo el pulgar, señor.

ABRAM.— ¿Se muerde el pulgar hacia nosotros, señor?

SANSÓN.— ¿Está la ley de nuestro lado si digo que sí?

GREGORIO.— No.

SANSÓN.— No, señor, no me muerdo el pulgar hacia vosotros, señor; pero me muerdo el pulgar, señor.

GREGORIO.— ¿Buscáis riña, señor?

ABRAM.— ¿Riña, señor? No, señor.

SANSÓN.— Pero si la buscáis, señor, estoy a vuestra disposición. Sirvo a un hombre tan bueno como vos.

ABRAM.— No mejor.

SANSÓN.— Bien, señor.

(Entra BENVOLIO.)

GREGORIO.— Di mejor; aquí viene uno de los parientes de mi amo.

SANSÓN.— Sí, mejor, señor.

ABRAM.— Mentís.

SANSÓN.— Desenvainad, si sois hombres. Gregorio, recuerda tu golpe demoledor.

(Luchan.)

BENVOLIO.— ¡Apartaos, necios! Envainad vuestras espadas, no sabéis lo que hacéis.

(Derriba sus espadas.)

(Entra TEOBALDO.)

TEOBALDO.— ¿Qué, desenvainado entre estos cobardes sirvientes? Vuélvete, Benvolio, mira tu muerte.

BENVOLIO.— Sólo mantengo la paz, envaina tu espada, o manéjala para separar a estos hombres conmigo.

TEOBALDO.— ¿Qué, desenvainado y hablando de paz? Odio la palabra como odio el infierno, a todos los Montesco y a ti: ten esto, cobarde.

(Luchan.)

(Entran tres o cuatro CIUDADANOS con garrotes.)

CIUDADANO PRIMERO.— ¡Garrotes, picas y partesanas! ¡Golpead! ¡Derribadlos! ¡Abajo los Capuleto! ¡Abajo los Montesco!

(Entra CAPULETO en bata y LADY CAPULETO.)

CAPULETO.— ¿Qué ruido es este? ¡Dadme mi espada larga, eh!

LADY CAPULETO.— ¡Una muleta, una muleta! ¿Por qué pedís una espada?

CAPULETO.— ¡Mi espada, digo! El viejo Montesco viene y blande su hoja para desafiarme.

(Entran MONTESCO y LADY MONTESCO.)

MONTESCO.— ¡Villano Capuleto! No me sujetes, déjame ir.

LADY MONTESCO.— No moverás un pie para buscar un enemigo.

(Entra EL PRÍNCIPE con acompañantes.)

EL PRÍNCIPE.— Súbditos rebeldes, enemigos de la paz, profanadores de este acero manchado con sangre del prójimo... ¿No quieren escuchar? ¡Eh! Vosotros, hombres, bestias, que apagáis el fuego de vuestra rabia perniciosa con púrpuras fuentes que brotan de vuestras venas, bajo pena de tortura, arrojad de esas manos sangrientas vuestras armas descompuestas al suelo y oíd la sentencia de vuestro príncipe airado. Tres riñas civiles, nacidas de una palabra sin sustancia, por ti, viejo Capuleto, y Montesco, han perturbado tres veces la tranquilidad de nuestras calles, y hecho que los ancianos ciudadanos de Verona dejen sus dignos ornamentos solemnes para empuñar viejas partesanas, en manos tan viejas, enmohecidas por la paz, para separar vuestro odio enmohecido. Si alguna vez perturbáis nuestras calles otra vez, vuestras vidas pagarán la pena por la paz. Por esta vez que todos los demás se marchen: Tú, Capuleto, vendrás conmigo, y Montesco, ven esta tarde para conocer nuestra decisión en este caso, a la antigua Villa Franca, nuestro lugar de juicio común. Una vez más, bajo pena de muerte, que todos los hombres se marchen.

(Salen EL PRÍNCIPE y acompañantes; CAPULETO, LADY CAPULETO, TEOBALDO, CIUDADANOS y criados.)

MONTESCO.— ¿Quién reabrió esta antigua querella? Habla, sobrino, ¿estabas allí cuando empezó?

BENVOLIO.— Aquí estaban los criados de vuestro adversario y los vuestros, luchando cuerpo a cuerpo antes de que yo me acercara. Desenvainé para separarlos, en ese instante llegó el fogoso Teobaldo, con su espada preparada, la cual, mientras me gritaba su desafío a los oídos, la balanceaba sobre su cabeza y cortaba los vientos, que no resultaron heridos en absoluto y le silbaron con desprecio. Mientras intercambiábamos estocadas y golpes llegaron más y más, y lucharon de uno y otro lado, hasta que llegó el Príncipe, que separó a ambas partes.

LADY MONTESCO.— Oh, ¿dónde está Romeo, lo viste hoy? Me alegro mucho de que no estuviera en esta pelea.

BENVOLIO.— Señora, una hora antes de que el venerado sol asomara por la dorada ventana del este, una mente turbada me llevó a pasear afuera, donde bajo el bosquecillo de sicómoros que arraiga hacia el oeste desde este lado de la ciudad, paseando tan temprano vi a vuestro hijo. Me dirigí hacia él, pero estuvo alerta conmigo y se escabulló en la espesura del bosque. Yo, midiendo sus sentimientos por los míos propios, que entonces buscaban más donde menos podían ser encontrados, siendo uno de más junto a mi yo cansado, seguí mi humor, no persiguiendo el suyo, y con gusto evité a quien con gusto huyó de mí.

MONTESCO.— Muchas mañanas ha sido visto allí, con lágrimas aumentando el rocío de la mañana fresca, añadiendo a las nubes más nubes con sus hondos suspiros; pero apenas el sol que todo lo alegra empieza en el lejano este a correr las sombrías cortinas de la cama de la Aurora, lejos de la luz se escabulle a casa mi hijo abatido, y se encierra en privado en su habitación, cierra sus ventanas, echa fuera la hermosa luz del día y se crea una noche artificial. Negro y funesto debe resultar este humor, a menos que un buen consejo elimine la causa.

BENVOLIO.— Mi noble tío, ¿conocéis la causa?

MONTESCO.— Ni la conozco ni puedo aprenderla de él.

BENVOLIO.— ¿Le habéis preguntado por algún medio?

MONTESCO.— Tanto yo mismo como muchos otros amigos; pero él, consejero de sus propios sentimientos, es para sí mismo —no diré cuán sincero— pero para sí mismo tan secreto y tan cerrado, tan lejos de ser sondeado y descubierto, como el capullo mordido por un gusano envidioso antes de que pueda extender sus dulces hojas al aire, o dedicar su belleza al sol. Si pudiéramos aprender de dónde crecen sus penas, tan dispuestos estaríamos a dar remedio como a saberlo.

(Entra ROMEO.)

BENVOLIO.— Mira, allí viene. Haced el favor de retiraros a un lado; conoceré su pena o me será muy negado.

MONTESCO.— Ojalá tengas tal fortuna con tu permanencia como para oír verdadera confesión. Ven, señora, vámonos.

(Salen MONTESCO y LADY MONTESCO.)

BENVOLIO.— Buenos días, primo.

ROMEO.— ¿Es tan temprano el día?

BENVOLIO.— Acaban de dar las nueve.

ROMEO.— Ay de mí, las horas tristes parecen largas. ¿Era mi padre el que se fue tan rápido de aquí?

BENVOLIO.— Lo era. ¿Qué tristeza alarga las horas de Romeo?

ROMEO.— No tener aquello que, teniéndolo, las hace cortas.

BENVOLIO.— ¿Enamorado?

ROMEO.— Fuera.

BENVOLIO.— ¿Del amor?

ROMEO.— Fuera del favor de aquella de quien estoy enamorado.

BENVOLIO.— Ay, que el amor tan gentil en su apariencia deba ser tan tiránico y áspero en la práctica.

ROMEO.— Ay, que el amor, cuya mirada está siempre vendada, deba, sin ojos, ver caminos hacia su voluntad. ¿Dónde cenaremos? ¡Ay de mí! ¿Qué pelea fue esta de aquí? Pero no me lo cuentes, pues ya lo he oído todo. Aquí hay mucho que ver con el odio, pero más con el amor: Pues entonces, ¡oh amor pendenciero! ¡Oh odio amoroso! ¡Oh cualquier cosa, de nada creada primero! ¡Oh pesada ligereza! ¡Seria vanidad! ¡Deforme caos de formas de bella apariencia! ¡Pluma de plomo, humo brillante, fuego frío, salud enferma! ¡Sueño siempre despierto, que no es lo que es! Este amor siento yo, que no siento amor en esto. ¿No te ríes?

BENVOLIO.— No, primo, más bien lloro.

ROMEO.— Buen corazón, ¿de qué?

BENVOLIO.— De la opresión de tu buen corazón.

ROMEO.— Pues tal es la transgresión del amor. Las penas propias pesan en mi pecho, las cuales tú propagarás al presionarlo con más de las tuyas. Este amor que has mostrado añade más pena a la demasiada que ya tengo. El amor es un humo hecho con el vapor de los suspiros; al purificarse, un fuego que centellea en los ojos de los amantes; al perturbarse, un mar alimentado con lágrimas de amantes: ¿Qué más es? Una locura muy discreta, una hiel sofocante y un dulce preservador. Adiós, primo.

(Yéndose.)

BENVOLIO.— ¡Despacio! Iré contigo: y si me dejas así, me haces mal.

ROMEO.— ¡Bah! Me he perdido a mí mismo; no estoy aquí. Este no es Romeo, está en algún otro lugar.

BENVOLIO.— Dime en serio quién es la que amas.

ROMEO.— ¿Qué, voy a gemir y decírtelo?

BENVOLIO.— ¿Gemir? Pues no; pero dime en serio quién.

ROMEO.— Pide a un enfermo en serio que haga su testamento, una palabra mal aconsejada para alguien que está tan enfermo. En serio, primo, amo a una mujer.

BENVOLIO.— Acerté tanto cuando supuse que amabas.

ROMEO.— Un buen tirador, y es hermosa la que amo.

BENVOLIO.— Un blanco hermoso, hermoso primo, es el más pronto alcanzado.

ROMEO.— Pues bien, en ese tiro erras: ella no será alcanzada con la flecha de Cupido, tiene el ingenio de Diana; y con fuerte prueba de castidad bien armada, del débil y pueril arco del amor vive sin ser encantada. No aguantará el asedio de términos amorosos ni soportará el encuentro de ojos asaltantes, ni abrirá su regazo al oro seductor de santos: Oh, es rica en belleza, sólo pobre en que cuando muera, con la belleza muere su caudal.

BENVOLIO.— ¿Entonces ha jurado que vivirá siempre casta?

ROMEO.— Lo ha hecho, y con esa abstinencia hace un gran desperdicio; pues la belleza hambrienta con su severidad elimina la belleza de toda posteridad. Es demasiado hermosa, demasiado sabia; sabiamente demasiado hermosa, para merecer la dicha haciéndome desesperar. Ha renunciado al amor, y con ese voto vivo yo muerto, que vivo para contarlo ahora.

BENVOLIO.— Déjate guiar por mí, olvida pensar en ella.

ROMEO.— Oh, enséñame cómo debería olvidar pensar.

BENVOLIO.— Dando libertad a tus ojos; examina otras bellezas.

ROMEO.— Es la forma de poner la suya, exquisita, más en cuestión. Esas dichosas máscaras que besan las frentes de hermosas damas, siendo negras, nos recuerdan que ocultan lo hermoso; quien es golpeado con ceguera no puede olvidar el precioso tesoro de su vista perdida. Muéstrame una dama que sea extraordinariamente hermosa, ¿para qué sirve su belleza sino como una nota donde pueda leer quién superó a esa extraordinaria hermosura? Adiós, no puedes enseñarme a olvidar.

BENVOLIO.— Pagaré esa doctrina, o si no moriré en deuda.

(Salen.)

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