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Parte 11La noticia fatal en Mantua

Romeo y Julieta · William Shakespeare · 5 min de lectura

ACTO V

ESCENA I. Mantua. Una calle.

(Entra ROMEO.)

ROMEO.— Si puedo fiarme de los halagüeños ojos del sueño, mis sueños presagian alguna alegre noticia que está por llegar. El señor de mi pecho descansa ligero en su trono, y todo este día un espíritu desacostumbrado me eleva sobre el suelo con pensamientos dichosos. Soñé que mi dama venía y me encontraba muerto —¡extraño sueño, que permite a un muerto pensar!—, y me insuflaba tal vida con sus besos en los labios que yo revivía y era un emperador. Ay, qué dulce es poseer el amor mismo cuando las sombras del amor ya son tan ricas en dicha.

(Entra BALTASAR.)

¡Noticias de Verona! ¿Qué hay, Baltasar? ¿No me traes cartas del fraile? ¿Cómo está mi dama? ¿Está bien mi padre? ¿Cómo se encuentra mi Julieta? Eso vuelvo a preguntar, porque nada puede ir mal si ella está bien.

BALTASAR.— Entonces ella está bien, y nada puede ir mal. Su cuerpo duerme en el panteón de los Capuleto, y su parte inmortal vive con los ángeles. La vi depositada en la cripta de sus parientes, e inmediatamente tomé caballos de posta para venir a decírtelo. Oh, perdóname por traer estas malas noticias, ya que tú me encargaste este cometido, señor.

ROMEO.— ¿Es así? ¡Entonces os desafío, estrellas! Tú conoces mi alojamiento. Tráeme tinta y papel, y alquila caballos de posta. Partiré esta noche.

BALTASAR.— Te lo ruego, señor, ten paciencia. Tu semblante está pálido y turbado, y anuncia alguna desgracia.

ROMEO.— Bah, te equivocas. Déjame y haz lo que te he mandado. ¿No tienes ninguna carta para mí del fraile?

BALTASAR.— No, mi buen señor.

ROMEO.— No importa. Vete y alquila esos caballos. Enseguida iré contigo.

(Sale BALTASAR.)

Bien, Julieta, esta noche yaceré contigo. Veamos cómo. Oh, desgracia, qué rápida eres para entrar en los pensamientos de los hombres desesperados. Recuerdo a un boticario —y vive por aquí cerca— al que hace poco noté con ropas harapientas, cejas pobladas, seleccionando hierbas medicinales; flaco era su aspecto, la aguda miseria lo había desgastado hasta los huesos. Y en su pobre tienda colgaba una tortuga, un caimán disecado y otras pieles de peces de forma grotesca; y sobre sus estantes, una miserable colección de cajas vacías, potes verdes de barro, vejigas y semillas rancias, restos de bramante y viejos pasteles de rosas, esparcidos escasamente para dar alguna apariencia. Al notar esta penuria, me dije: si un hombre necesitara ahora un veneno —cuya venta se castiga con muerte inmediata en Mantua—, aquí vive un desgraciado miserable que se lo vendería. Oh, ese pensamiento no hizo sino anticipar mi necesidad, y este mismo hombre necesitado debe vendérmelo. Si mal no recuerdo, esta debe de ser la casa. Al ser día festivo, la tienda del mendigo está cerrada. ¡Eh! ¡Boticario!

(Entra EL BOTICARIO.)

EL BOTICARIO.— ¿Quién llama tan fuerte?

ROMEO.— Acércate, hombre. Veo que eres pobre. Toma, aquí hay cuarenta ducados. Dame una dosis de veneno, una sustancia de efecto tan rápido que se disperse por todas las venas, de modo que quien la tome, cansado de la vida, caiga muerto, y el cuerpo se vea privado del aliento tan violentamente como la pólvora apresurada estalla y se precipita desde el vientre del fatal cañón.

EL BOTICARIO.— Tengo tales drogas mortales, pero la ley de Mantua castiga con la muerte a quien las venda.

ROMEO.— ¿Estás tan desnudo y lleno de miseria, y temes morir? El hambre está en tus mejillas, la necesidad y la opresión se mueren de hambre en tus ojos, el desprecio y la mendicidad cuelgan de tu espalda. El mundo no es tu amigo, ni tampoco la ley del mundo; el mundo no te ofrece ninguna ley que te haga rico. Entonces no seas pobre, sino quebrántala y toma esto.

EL BOTICARIO.— Mi pobreza, pero no mi voluntad, consiente.

ROMEO.— Pago tu pobreza, y no tu voluntad.

EL BOTICARIO.— Pon esto en cualquier líquido que quieras y bébelo todo; y aunque tuvieras la fuerza de veinte hombres, te despacharía al instante.

ROMEO.— Ahí tienes tu oro, veneno peor para las almas de los hombres, que causa más asesinatos en este mundo repugnante que estos pobres compuestos que tú no puedes vender. Yo te vendo veneno, tú no me has vendido ninguno. Adiós, compra comida y recobra carnes. Ven, reconfortante y no veneno, ven conmigo a la tumba de Julieta, pues allí debo usarte.

(Salen.)

ESCENA II. La celda de Fray Lorenzo.

(Entra FRAY JUAN.)

FRAY JUAN.— ¡Santo fraile franciscano! ¡Hermano, hola!

(Entra FRAY LORENZO.)

FRAY LORENZO.— Esta debe de ser la voz de Fray Juan. Bienvenido de Mantua. ¿Qué dice Romeo? O si su pensamiento está escrito, dame su carta.

FRAY JUAN.— Yendo a buscar a un hermano descalzo, uno de nuestra orden, para que me acompañara, aquí en esta ciudad visitando a los enfermos, y al encontrarlo, los inspectores de la ciudad, sospechando que ambos estábamos en una casa donde reinaba la peste infecciosa, sellaron las puertas y no nos dejaron salir, de modo que mi viaje a Mantua quedó detenido.

FRAY LORENZO.— ¿Quién llevó entonces mi carta a Romeo?

FRAY JUAN.— No pude enviarla —aquí está de nuevo—, ni conseguir un mensajero que te la trajera, tan temerosos estaban de la infección.

FRAY LORENZO.— ¡Desgraciada fortuna! Por mi fraternidad, la carta no era trivial, sino llena de encargo, de importancia vital, y el no entregarla puede causar mucho daño. Fray Juan, vete de aquí, consígueme una palanca de hierro y tráemela enseguida a mi celda.

FRAY JUAN.— Hermano, iré a traértela.

(Sale.)

FRAY LORENZO.— Ahora debo ir solo al panteón. Dentro de tres horas despertará la hermosa Julieta. Me reprochará mucho que Romeo no haya tenido noticia de estos acontecimientos; pero volveré a escribir a Mantua y la mantendré en mi celda hasta que Romeo venga. Pobre cadáver viviente, encerrado en la tumba de un muerto.

(Sale.)

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