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Libro VIII

Fábulas · Jean de La Fontaine · 44 min de lectura

Fábula1La muerte y el moribundo

La Muerte no sorprende al sabio,

siempre está listo para partir,

pues supo advertirse a sí mismo

del tiempo en que debe resolverse a ese tránsito.

Ese tiempo, ay, abarca todos los tiempos:

ya lo repartas en días, en horas, en instantes,

no hay ninguno que no comprenda

en el tributo fatal; todos son de su dominio,

y el primer instante en que los hijos de reyes

abren los ojos a la luz

es aquel que viene a veces

a cerrar para siempre sus párpados.

Defiéndete con la grandeza;

alega la belleza, la virtud, la juventud;

la Muerte lo arrebata todo sin pudor;

un día el mundo entero acrecentará su riqueza.

Nada es menos ignorado;

y, ya que debo decirlo,

nada ante lo cual se esté menos preparado.

Un moribundo, que contaba más de cien años de vida,

se quejaba a la Muerte de que precipitadamente

lo obligaba a partir en este mismo instante,

sin haber hecho su testamento,

sin avisarle al menos. ¿Es justo morir

así de improviso? dijo: espera un poco;

mi mujer no quiere que me vaya sin ella;

me queda por proveer a un sobrino-nieto;

permite que añada todavía un ala a mi casa.

¡Qué apremiante eres, oh diosa cruel!

Viejo, le dijo la Muerte, no te he sorprendido en absoluto;

te quejas sin razón de mi impaciencia:

¡Eh! ¿no tienes cien años? Encuéntrame en París

dos mortales tan viejos; encuéntrame diez en Francia.

Debía, según dices, darte algún aviso

que te dispusiera a la cosa:

habría encontrado tu testamento ya hecho,

tu nieto provisto, tu edificio terminado.

¿No te dieron avisos cuando la causa

del andar y del movimiento,

cuando los ánimos, el sentimiento,

cuando todo falló en ti? Ya no hay gusto, no hay oído;

toda cosa parece haberse desvanecido para ti;

para ti el astro del día se toma cuidados superfluos:

lamentas bienes que ya no te conmueven.

Te hice ver a tus camaradas,

o muertos, o moribundos, o enfermos:

¿qué es todo eso sino una advertencia?

Vamos, viejo, y sin réplica.

No le importa a la república

que hagas tu testamento.

La Muerte tenía razón: yo quisiera que a esa edad

se saliera de la vida como de un banquete,

agradeciendo a su anfitrión; y que se hiciera el equipaje:

pues ¿cuánto se puede retrasar el viaje?

¡Murmuras, viejo! Mira a esos jóvenes morir;

míralos marchar, míralos correr

hacia muertes, es verdad, gloriosas y bellas,

pero seguras sin embargo, y a veces crueles.

En vano te lo grito; mi celo es indiscreto:

el más parecido a los muertos muere con más pesar.

Fábula2El zapatero y el financiero

Un zapatero cantaba de la mañana a la noche:

era una maravilla verlo,

maravilla oírlo; hacía trinos y gorjeos:

más contento que cualquiera de los siete sabios.

Su vecino, en cambio, forrado de oro,

cantaba poco, dormía aún menos:

era un hombre de finanzas.

Si al rayar el alba a veces dormitaba,

el zapatero entonces lo despertaba cantando;

y el financiero se quejaba

de que los cuidados de la Providencia

no hubieran puesto a la venta en el mercado el dormir,

como la comida y la bebida.

A su casa hace venir

al cantor, y le dice: A ver, señor Gregorio,

¿cuánto ganas al año? ¡Al año! A fe mía, señor,

dice con tono risueño

el alegre zapatero, esa no es mi manera

de contar; y yo no apilo

un día sobre otro: basta con que al final

llegue al cabo del año;

cada día trae su pan. —

¡Bueno! ¿Cuánto ganas, dime, por jornada?

A veces más, a veces menos: lo malo es que siempre

(y sin eso nuestras ganancias serían bastante decentes),

lo malo es que en el año se entremezclan días

en que hay que parar; nos arruinan con las fiestas:

una le hace daño a la otra; y el señor cura

siempre carga su sermón con algún santo nuevo.

El financiero, riéndose de su ingenuidad,

le dice: Hoy quiero ponerte en el trono.

Toma estos cien escudos; guárdalos con cuidado,

para usarlos cuando los necesites.

El zapatero creyó ver todo el dinero que la tierra

había durante más de cien años

producido para el uso de la gente.

Vuelve a su casa: en su sótano encierra

el dinero, y su alegría a la vez.

Se acabó el canto: perdió la voz

desde el momento en que ganó lo que causa nuestras penas.

El sueño abandonó su morada:

tuvo por huéspedes las preocupaciones,

las sospechas, los temores vanos.

Todo el día tenía el ojo alerta; y por la noche,

si algún gato hacía ruido,

el gato se llevaba el dinero. Al final el pobre hombre

corrió a casa de aquel a quien ya no despertaba:

Devuélveme, le dijo, mis canciones y mi sueño;

y quédate con tus cien escudos.

Fábula3El león, el lobo y la zorra

Un león decrépito, gotoso, sin fuerzas ya,

quería que se encontrara remedio a la vejez.

Alegar lo imposible a los reyes es un abuso.

Este mandó entre cada especie

buscar médicos: los hay de todas las artes.

Médicos vienen al león de todas partes;

de todos lados le llegan recetarios.

En las visitas que se hacen

el zorro se excusa y se mantiene encerrado y callado.

El lobo hace su corte y critica, al acostarse el rey,

a su camarada ausente. El príncipe enseguida

quiere que vayan a ahumar al zorro en su casa,

que lo hagan venir. Viene, es presentado;

y sabiendo que el lobo le armó este asunto,

dice: temo, señor, que un informe poco sincero

me haya imputado con desprecio

haber diferido este homenaje;

pero estaba en peregrinación

y cumplía un voto hecho por tu salud.

Incluso he visto en mi viaje

gente experta y sabia; les hablé del mal

cuyas consecuencias tu majestad teme con razón.

Solo te falta calor;

la larga edad lo ha destruido en ti:

aplícate la piel de un lobo desollado vivo,

toda caliente y todavía humeante:

el secreto sin duda es excelente

para la naturaleza desfalleciente.

Señor lobo te servirá,

si te place, de bata.

El rey aprueba ese consejo.

Se desuella, se corta, se desmembra

al señor lobo. El monarca cenó con él

y se envolvió en su piel.

Señores cortesanos, dejen de destruirse;

hagan, si pueden, su corte sin dañarse:

el mal se devuelve entre ustedes al cuádruple del bien.

Los difamadores tienen su turno de una u otra manera:

están en una cancha

donde no se perdona nada.

Fábula4El poder de las fábulas

La calidad de embajador

¿puede rebajarse a cuentos vulgares?

¿Puedo ofrecerte mis versos y sus gracias ligeras?

Si se atreven a veces a tomar un aire de grandeza,

¿no serán tratados por ti de temerarios?

Tienes muchos otros asuntos

que desenredar además de las disputas

del conejo y la comadreja.

Léelos; no los leas:

pero impide que nos echen

toda Europa encima.

Que de mil puntos de la tierra

nos vengan enemigos,

lo acepto; pero que Inglaterra

quiera que nuestros dos reyes se cansen de ser amigos,

me cuesta digerir la cosa.

¿No es tiempo aún de que Luis descanse?

¿Qué otro Hércules por fin no estaría cansado

de combatir esta hidra? ¿y hace falta que oponga

una nueva cabeza a los esfuerzos de su brazo?

Si tu espíritu lleno de flexibilidad,

por elocuencia y por destreza,

puede ablandar los corazones y desviar este golpe,

te sacrificaré cien carneros: es mucho

para un habitante del Parnaso.

Sin embargo hazme la gracia

de tomar como don este poco de incienso:

acepta de buen grado mis votos ardientes,

y el relato en verso que aquí te dedico.

Su asunto te conviene; no diré nada más:

sobre los elogios que la envidia

debe confesar que te son debidos

no quieres que se insista.

En Atenas antaño, pueblo vano y ligero,

un orador, viendo su patria en peligro,

corrió a la tribuna; y, con un arte tiránico,

queriendo forzar los corazones en una república,

habló con fuerza sobre la salvación común.

No lo escuchaban. El orador recurrió

a esas figuras violentas

que saben excitar las almas más lentas:

hizo hablar a los muertos, tronó, dijo lo que pudo,

el viento se lo llevó todo; nadie se conmovió.

El animal de cabezas frívolas,

estando hecho a esos rasgos, no se dignaba escucharlo;

todos miraban a otra parte: vio a algunos detenerse

ante combates de niños, y no ante sus palabras.

¿Qué hizo el arenguista? Tomó otro camino.

Ceres, comenzó, hacía un viaje un día

con la anguila y la golondrina:

un río las detiene; y la anguila nadando,

como la golondrina volando,

lo atravesó enseguida. La asamblea al instante

gritó a una sola voz: ¿Y Ceres, qué hizo ella?

¡Lo que hizo! una pronta cólera

la animó de inmediato contra vosotros.

Cómo de cuentos de niños su pueblo se ocupa;

y del peligro que lo amenaza

él solo entre los griegos descuida el efecto!

¿Por qué no preguntáis qué hace Filipo?

Ante este reproche la asamblea,

despertada por el apólogo,

se entrega entera al orador.

Un rasgo de fábula obtuvo ese honor.

Todos somos de Atenas en este punto; y yo mismo,

en el momento en que hago esta moraleja,

si me contaran Piel de Asno,

sentiría un placer extremo.

El mundo es viejo, se dice: lo creo; sin embargo

hay que divertirlo todavía como a un niño.

Fábula5El hombre y la pulga

Con ruegos importunos fatigamos a los dioses,

a menudo por asuntos hasta indignos de los hombres:

parece que el cielo sobre todos nosotros sin excepción

estuviera obligado a tener incesantemente los ojos,

y que el más pequeño de la raza mortal,

a cada paso que da, a cada nimiedad,

debiera intrigar al Olimpo y a todos sus ciudadanos,

como si se tratara de los griegos y los troyanos.

Un idiota fue mordido en el hombro por una pulga.

En los pliegues de sus sábanas fue a alojarse.

Hércules, se dijo, bien debías haber purgado

la tierra de esta hidra que vuelve en primavera.

¿Qué haces, Júpiter, que desde lo alto de las nubes

no exterminas su raza para vengarme?

Por matar una pulga, quería obligar

a estos dioses a prestarle su rayo y su maza.

Fábula6Las mujeres y el secreto

Nada pesa tanto como un secreto:

llevarlo lejos es difícil para las mujeres;

y conozco incluso en esto

buen número de hombres que son mujeres.

Para poner a prueba a la suya un marido gritó,

de noche, estando junto a ella: ¡Oh dioses! ¿qué es esto?

¡No puedo más! ¡me desgarro!

¡Cómo! ¡estoy pariendo un huevo! —¿Un huevo? —Sí, aquí está,

recién puesto: cuida bien de no decirlo;

me llamarían gallina. En fin, no hables de esto.

La mujer inexperta en este asunto,

como en tantos otros,

creyó la cosa y prometió por todos los dioses callarse;

pero ese juramento se desvaneció

con las sombras de la noche.

La esposa, indiscreta y poco astuta,

sale de la cama cuando apenas se había levantado el día;

y va corriendo a casa de su vecina:

Comadre, le dice, ha ocurrido algo;

sobre todo no digas nada, porque me harían pegar:

mi marido acaba de poner un huevo grande como cuatro.

Por Dios, cuídate bien

de ir a divulgar este misterio.

¿Te burlas? dice la otra: ah, no sabes bien

quién soy yo. Vete, no temas nada.

La mujer del ponedor regresa a su casa.

La otra ya arde por contar la noticia:

va a esparcirla en más de diez lugares:

en vez de un huevo dice tres.

Y eso no es todo; porque otra comadre

dice cuatro, y cuenta al oído el hecho:

precaución poco necesaria;

pues ya no era un secreto.

Como el número de huevos, gracias a la fama,

de boca en boca iba creciendo,

antes del fin del día

llegaban a más de cien.

Fábula7El perro que lleva al cuello la cena de su amo

No tenemos los ojos a prueba de las mujeres bellas,

ni las manos a prueba del oro:

poca gente guarda un tesoro

con cuidados suficientemente fieles.

Cierto perro, que llevaba la pitanza a casa,

se había hecho un collar con la cena de su amo.

Era templado, más de lo que hubiera querido serlo

cuando veía un manjar exquisito;

pero en fin lo era: y, todos los que somos,

nos dejamos tentar al acercarse los bienes.

¡Cosa extraña! Se enseña la templanza a los perros,

¡y no se puede enseñar a los hombres!

Este perro, pues, estando así ataviado,

un mastín pasa y quiere quitarle la cena.

No tuvo toda la alegría

que esperaba al principio: el perro soltó la presa

para defenderla mejor, al no estar ya cargado con ella.

Gran combate, llegan otros perros:

eran de esos que viven

del público, y temen poco los golpes.

Nuestro perro, viéndose demasiado débil contra todos ellos,

y que la carne corría un peligro manifiesto,

quiso tener su parte; y, prudente él, les dijo:

Nada de cólera, señores; mi pedazo me basta:

haced vuestro provecho del resto.

Con estas palabras, el primero, agarra un trozo,

y cada cual a tirar, el mastín, la canalla,

a cual mejor: todos hicieron festín;

cada uno de ellos tuvo una parte del pastel.

Creo ver en esto la imagen de una ciudad

donde se pone el dinero a merced de la gente.

Regidores, preboste de comerciantes,

todo el mundo se sirve: el más hábil

da a los otros el ejemplo, y es un pasatiempo

verles limpiar un montón de monedas.

Si algún escrupuloso, con razones frívolas,

quiere defender el dinero y dice la menor palabra,

le hacen ver que es un tonto.

No le cuesta trabajo rendirse:

pronto es el primero en tomar.

Fábula8El burlón y los peces

Se busca a los bromistas; yo los evito.

Ese arte exige, más que cualquier otro, un mérito supremo:

Dios creó solo para los tontos

a los malos contadores de buenos chistes.

Voy tal vez en una fábula

a introducir uno; tal vez también

alguien encuentre que habré tenido éxito.

Un bromista estaba en la mesa

de un financiero, y no tenía en su rincón

más que peces pequeños: todos los grandes estaban lejos.

Toma entonces los menudos, luego les habla al oído;

y luego finge, del mismo modo,

escuchar su respuesta. Todos quedaron sorprendidos:

aquello suspendió los ánimos.

El bromista entonces, con tono serio,

dijo que temía que un amigo suyo,

partido hacia las grandes Indias,

hubiera naufragado hacía un año.

Se informaba pues con estos peces menudos:

pero todos le respondían que no tenían edad

para saber de verdad su destino;

los grandes sabrían más.

¿No puedo entonces, señores, interrogar a uno grande?

Decir si la compañía

disfrutó su broma,

lo dudo; pero al final logró convencerlos

de que le sirvieran un ejemplar bastante viejo para decirle

todos los nombres de los buscadores de mundos desconocidos

que no habían vuelto de ellos,

y que desde hacía cien años bajo el abismo habían visto

los ancianos del vasto imperio.

Fábula9La rata y la ostra

Una rata, inquilina de un campo, rata de poco seso,

un día se hartó de los lares paternos.

Deja ahí el campo, el grano y la gavilla,

se va a recorrer el mundo, abandona su madriguera.

Apenas salió de la casa:

¡Qué grande y espacioso es el mundo!, dice.

¡Ahí están los Apeninos, y aquí el Cáucaso!

El más pequeño montículo de topo era montaña a sus ojos.

Al cabo de unos días la viajera llega

a cierta región donde Tetis en la orilla

había dejado muchas ostras; y nuestra rata enseguida

creyó ver, al verlas, barcos de alto bordo.

Desde luego, dice, mi padre era un pobre hombre.

No se atrevía a viajar, miedoso hasta el extremo.

Yo, en cambio, ya he visto el imperio marítimo:

he cruzado desiertos, aunque no bebimos nada allí.

De cierto maestro la rata sabía estas cosas,

y las decía a campo traviesa;

no era de esas ratas que, royendo libros,

se hacen sabias hasta los dientes.

Entre tantas ostras todas cerradas

una se había abierto; y, bostezando al sol,

regocijada por un dulce céfiro,

aspiraba el aire, respiraba, estaba desplegada,

blanca, gorda, y de aspecto, a la vista, inigualable.

Desde lejos la rata ve esta ostra que bosteza:

¿Qué veo?, dice; ¡es algún alimento!

Y si no me equivoco por el color del manjar,

hoy voy a comer bien, o nunca.

Entonces la señora rata, llena de hermosa esperanza,

se acerca a la concha, alarga un poco el cuello,

se siente atrapada como en un lazo; pues la ostra de golpe

se cierra. Y eso es lo que hace la ignorancia.

Esta fábula contiene más de una enseñanza:

vemos en ella primeramente

que quienes no tienen ninguna experiencia del mundo

se asombran ante los menores objetos,

y luego podemos aprender en ella

que tal es cazado quien creía cazar.

Fábula10El oso y el aficionado a los jardines

Cierto oso montañés, oso a medio educar,

confinado por la suerte en un bosque solitario,

nuevo Belerofonte, vivía solo y oculto.

Hubiera enloquecido: la razón normalmente

no habita mucho tiempo entre las personas aisladas.

Es bueno hablar, y mejor callarse;

pero ambas cosas son malas cuando se llevan al extremo.

Ningún animal tenía asunto

en los lugares que el oso habitaba;

así que, por más oso que fuera,

llegó a aburrirse de aquella triste vida.

Mientras se entregaba a la melancolía,

no lejos de allí cierto anciano

se aburría también por su parte.

Amaba los jardines, era sacerdote de Flora;

lo era también de Pomona,

esos dos oficios son hermosos; pero yo quisiera además

algún amigo dulce y discreto.

Los jardines hablan poco, salvo en mi libro:

de modo que, cansado de vivir

con seres mudos, nuestro hombre una hermosa mañana

va a buscar compañía, y se echa al camino.

El oso, movido por el mismo propósito,

acababa de abandonar su montaña.

Ambos, por un hecho sorprendente,

se encuentran en un recodo.

El hombre tuvo miedo: pero ¿cómo esquivarlo? ¿y qué hacer?

Salir como un gascón de semejante apuro

es lo mejor: supo por tanto disimular su miedo.

El oso, muy mal conversador,

le dice: Ven a verme. El otro responde: Señor,

veis mi morada; si quisierais hacerme

el honor de tomar allí una comida campestre,

tengo frutas, tengo leche: quizá no sea

de los señores osos el alimento habitual;

pero ofrezco lo que tengo. El oso acepta; y a andar.

Helos ahí buenos amigos antes de llegar:

llegados, helos ahí encontrándose a gusto juntos;

y aunque sea, al parecer,

mucho mejor estar solo que con tontos,

como el oso en un día no decía dos palabras,

el hombre podía sin ruido ocuparse de su trabajo.

El oso iba a cazar, traía caza;

hacía su principal oficio

de ser buen espantamoscas; apartaba del rostro

de su amigo dormido ese parásito alado

que hemos llamado mosca.

Un día en que el anciano dormía profundamente,

una fue a posarse en la punta de su nariz

y puso al oso desesperado; por más que la espantara.

Ya te atraparé, dijo; y así es como.

Dicho y hecho: el fiel espantamoscas

agarra un adoquín, lo lanza con fuerza,

rompe la cabeza del hombre aplastando la mosca;

y, tan buen tirador como mal razonador,

lo deja tendido tieso y muerto en el sitio,

nada es tan peligroso como un amigo ignorante;

más valdría un enemigo sabio.

Fábula11Los dos amigos

Dos verdaderos amigos vivían en Monomotapa;

ninguno poseía nada que no perteneciera al otro.

Los amigos de ese país

valen tanto, se dice, como los del nuestro.

Una noche en que cada uno se ocupaba del sueño

y sacaba provecho de la ausencia del sol,

uno de nuestros dos amigos salta de la cama alarmado,

corre a casa de su íntimo, despierta a los criados;

Morfeo apenas había tocado el umbral de ese palacio.

El amigo acostado se asombra; toma su bolsa, se arma,

viene a buscar al otro y dice: No es propio de ti

correr cuando se duerme, me pareces hombre

que usa mejor el tiempo destinado al reposo:

¿no habrás perdido todo tu dinero en el juego?

Aquí tienes. Si te ha surgido alguna pelea,

tengo mi espada; vamos. ¿No te aburres acaso

de dormir siempre solo? Una esclava bastante hermosa

estaba a mi lado; ¿quieres que la llame?

No, dice el amigo, no es ni lo uno ni lo otro:

te agradezco este celo.

Te me apareciste en sueños un poco triste;

temí que fuera verdad; he venido corriendo.

Ese maldito sueño es la causa.

¿Quién de los dos amaba mejor? ¿Qué te parece, lector?

Esta dificultad bien merece que se plantee.

¡Qué dulce cosa es un amigo verdadero!

Busca tus necesidades en el fondo de tu corazón;

te ahorra el pudor

de descubrírselas tú mismo:

un sueño, una nada, todo le da miedo

cuando se trata de lo que ama.

Fábula12El cerdo, la cabra y el carnero

Una cabra, un cordero, con un cerdo gordo,

subidos al mismo carro, se iban a la feria.

No era la diversión lo que los llevaba allí;

iban a venderlos, según cuenta la historia:

el carretero no tenía intención

de llevarlos a ver un espectáculo.

Don cerdo gritaba por el camino

como si tuviera cien carniceros pisándole los talones:

era un clamor capaz de dejar sorda a la gente.

Los otros animales, criaturas más dulces,

buena gente, se asombraban de que gritara pidiendo socorro;

ellos no veían ningún mal que temer.

El carretero le dijo al cerdo: ¿Por qué te quejas tanto?

Nos aturdes a todos; ¿por qué no te callas?

Estas dos personas aquí, más decentes que tú,

deberían enseñarte a comportarte, o al menos a callarte:

mira este cordero; ¿ha dicho una sola palabra?

Él es sabio. Es un idiota,

respondió el cerdo; si supiera lo que le espera,

gritaría, como yo, a todo pulmón;

y esa otra persona decente

gritaría con todas sus fuerzas.

Ellos piensan que solo quieren descargarlos,

a la cabra de su leche, al cordero de su lana:

no sé si tienen razón;

pero en cuanto a mí, que no sirvo

más que para comerme, mi muerte es segura.

Adiós mi techo y mi casa.

Don cerdo razonaba como un personaje sutil:

Pero ¿de qué le servía? Cuando el mal es seguro,

ni la queja ni el miedo cambian el destino;

y el menos previsor es siempre el más sabio.

Fábula13Tircis y Amaranta

Había dejado a Esopo

para dedicarme del todo a Boccaccio;

pero una divinidad

quiere volver a ver en el Parnaso

fábulas de mi propia cosecha.

Ahora bien, ir y decirle que no,

sin alguna excusa válida,

no es como se actúa

con las divinidades,

sobre todo cuando son de aquellas

a quienes la cualidad de bellas

las hace reinas de las voluntades.

Porque para que se sepa,

es Sillery quien se empeña

en querer que, de nuevo,

señor lobo, señor cuervo,

hablen en verso en mi casa.

Quien dice Sillery lo dice todo:

poca gente en su estima

le niega el lugar de honor;

¿cómo podría hacerse?

Para venir a nuestro asunto,

mis cuentos, en su opinión,

son oscuros; las bellas inteligencias

no lo entienden todo.

Hagamos pues algunos relatos

que ella descifre sin necesidad de glosa:

traigamos pastores; y luego pondremos en verso

lo que se dicen entre sí los lobos y los corderos.

Tirsis le decía un día a la joven Amaranta:

¡Ah! si conocieras como yo cierto mal

que nos complace y nos encanta,

no hay bien bajo el cielo que te pareciera igual.

Permite que te lo comunique;

créeme, no tengas miedo:

¿acaso querría engañarte, a ti, por quien me enorgullezco

de los más dulces sentimientos que puede tener un corazón?

Amaranta enseguida replica:

¿Cómo lo llamas, ese mal? ¿cuál es su nombre?

El amor. —¡Qué bella palabra! Dime algunas señales

por las que pueda reconocerlo: ¿qué se siente?

Penas junto a las cuales el placer de los monarcas

resulta aburrido y desabrido: una se olvida de sí, se complace

totalmente sola en un bosque.

Si una se mira junto a la orilla,

no es a sí misma a quien ve: solo ve una imagen

que vuelve sin cesar y que sigue a todas partes:

para todo lo demás una está ciega.

Hay un pastor del pueblo

cuyo encuentro, cuya voz, cuyo nombre hace sonrojar:

una suspira al recordarlo;

no sabe por qué, sin embargo suspira;

tiene miedo de verlo, aunque lo desea.

Amaranta dice al instante:

¡Oh! ¡oh! ¡así que es ese el mal que tanto me predicas!

No me es nuevo: creo conocerlo.

Tirsis creía haber llegado a su meta,

cuando la bella añadió: Eso es exactamente

lo que siento por Clidamante.

El otro casi murió de despecho y de vergüenza.

Hay mucha gente como él,

que pretende actuar solo en su propio beneficio

y que hace el negocio de otro.

Fábula14Las exequias de la leona

La mujer del león murió;

enseguida todos acudieron

para cumplir con el príncipe

ciertos cumplidos de condolencia,

que son un añadido de aflicción.

Hizo avisar a su provincia

que las exequias se celebrarían

tal día, en tal lugar; sus alguaciles estarían allí

para organizar la ceremonia

y para ubicar a la compañía.

Imagina si todos se presentaron.

El príncipe se entregó a los lamentos,

y toda su cueva resonó:

los leones no tienen otro templo.

Se escuchó, siguiendo su ejemplo,

rugir en su jerga a los señores cortesanos.

Defino la corte como un país donde la gente,

triste, alegre, dispuesta a todo, indiferente a todo,

es lo que le place al príncipe, o si no pueden serlo,

intentan al menos parecerlo.

Pueblo camaleón, pueblo mono del amo;

se diría que un espíritu anima mil cuerpos:

es ahí donde la gente son simples resortes.

Para volver a nuestro asunto,

el ciervo no lloró. ¿Cómo habría podido hacerlo?

Aquella muerte lo vengaba: la reina había en otro tiempo

estrangulado a su mujer y a su hijo.

En fin, no lloró. Un adulador fue a decirlo,

y sostuvo que lo había visto reír.

La cólera del rey, como dice Salomón,

es terrible, y sobre todo la del rey león;

pero aquel ciervo no tenía costumbre de leer.

El monarca le dijo: Miserable habitante de los bosques,

¡ríes! ¡no sigues estas voces plañideras!

No aplicaremos sobre tus miembros profanos

nuestras uñas sagradas. Venid, lobos,

vengad a la reina; inmolad, todos,

a este traidor a sus augustos manes.

El ciervo respondió entonces: Señor, el tiempo de llanto

ha pasado; el dolor aquí es superfluo.

Vuestra digna mitad, acostada entre flores,

muy cerca de aquí se me apareció;

y la reconocí enseguida.

Amigo, me dijo, procura que este cortejo,

cuando voy donde los dioses, no te obligue a lágrimas.

En los campos elíseos he gozado mil encantos,

conversando con quienes son santos como yo.

Deja actuar un tiempo la desesperación del rey.

Me complace. Apenas se hubo oído esto,

todos se pusieron a gritar: ¡Milagro! ¡Apoteosis!

El ciervo recibió un regalo, lejos de ser castigado.

Entretengan a los reyes con sueños,

adúlenlos, páguenles con mentiras agradables:

cualquiera que sea la indignación que llene su corazón,

tragarán el cebo; serán vuestros amigos.

Fábula15La rata y el elefante

Creerse un personaje es muy común en Francia

Allí se hace uno el hombre importante,

Y a menudo no se es más que un burgués.

Es propiamente el mal francés:

La vanidad estúpida nos es particular.

Los españoles son vanidosos, pero de otra manera:

Su orgullo me parece, en una palabra,

Mucho más loco, pero no tan necio.

Demos alguna imagen del nuestro,

Que sin duda vale tanto como cualquier otro.

Una rata de las más pequeñas veía un elefante

De los más grandes, y se burlaba del andar un poco lento

De la bestia de alto linaje,

Que marchaba con gran equipaje.

Sobre el animal de triple piso

Una sultana de renombre,

Su perro, su gato, y su mona,

Su loro, su vieja, y toda su casa,

Se iban de peregrinación.

La rata se asombraba de que la gente

Se conmoviera al ver esa masa pesada:

Como si ocupar más o menos espacio

Nos hiciera, decía ella, más o menos importantes.

Pero ¿qué admiráis tanto en él, vosotros los hombres?

¿Será ese gran cuerpo que asusta a los niños?

Nosotras no nos estimamos, por pequeñas que seamos,

Ni un grano menos que los elefantes.

Habría dicho más todavía;

Pero el gato saliendo de su jaula,

Le hizo ver en menos de un instante

Que una rata no es un elefante.

Fábula16El horóscopo

Uno se encuentra con su destino

a menudo por caminos que toma para evitarlo.

Un padre tuvo como única descendencia

un hijo al que amó demasiado, hasta el punto de consultar

sobre el destino de su criatura

a los adivinos de buenaventura.

Uno de esos tipos le dijo que de los leones sobre todo

alejara al niño hasta cierta edad;

hasta los veinte años, no más.

El padre, para llevar a cabo

una precaución de la que dependía la vida

de quien él amaba, prohibió que jamás

se le dejara cruzar el umbral de su palacio.

Podía, sin salir, satisfacer sus ganas,

juguetear con sus compañeros todo el día,

saltar, correr, pasearse.

Cuando llegó a la edad en que la caza

gusta más a los espíritus jóvenes,

este ejercicio con desprecio

le fue descrito; pero, hagas lo que hagas,

palabras, consejos, enseñanzas,

nada cambia un temperamento.

El joven, inquieto, ardiente, lleno de coraje,

apenas sintió los hervores de tal edad

suspiró por ese placer.

Cuanto mayor era el obstáculo, más fuerte fue el deseo.

Conocía el motivo de las fatales prohibiciones;

y como esa residencia, llena de magnificencias,

abundaba por todas partes en cuadros,

y la lana y los pinceles

trazaban por todos lados cacerías y paisajes,

en este lugar animales,

en aquel personajes,

el joven se conmueve, viendo pintado un león:

¡Ah, monstruo! —gritó—; ¡eres tú quien me hace vivir

en la sombra y entre cadenas! Con estas palabras se entrega

a los transportes violentos de la indignación,

golpea con el puño a la inocente bestia.

Bajo el tapiz se encontraba un clavo:

ese clavo lo hiere, penetró

hasta los resortes del alma; y esa cabeza querida,

por la que el arte de Esculapio en vano hizo cuanto pudo,

debió su pérdida a esos cuidados que se tomaron para su salvación.

Idéntica precaución perjudicó al poeta Esquilo.

Algún adivino lo amenazó, dicen,

con la caída de una casa.

De inmediato abandonó la ciudad,

puso su lecho en pleno campo, lejos de los techos, bajo los cielos.

Un águila, que llevaba en el aire una tortuga,

pasó por allí, vio al hombre, y sobre su cabeza desnuda,

que pareció a sus ojos un trozo de roca,

al estar desprovista de cabellos,

dejó caer su presa para romperla:

el pobre Esquilo así supo adelantar sus días.

De estos ejemplos resulta

que ese arte, si es verdadero, hace caer en los males

que teme quien lo consulta;

pero yo lo absuelvo de eso, y sostengo que es falso.

No creo en absoluto que la Naturaleza

se haya atado las manos, y nos las ate aún

hasta el punto de marcar en los cielos nuestro destino:

depende de una coyuntura

de lugares, de personas, de tiempos;

no de las conjunciones de todos esos charlatanes.

Este pastor y este rey están bajo el mismo planeta;

uno de ellos porta el cetro, y el otro el cayado.

Júpiter lo quiso así.

¿Qué es Júpiter? Un cuerpo sin conciencia.

¿De dónde viene entonces que su influencia

actúe de modo diferente sobre estos dos hombres?

Luego, ¿cómo penetrar hasta nuestro mundo?

¿Cómo atravesar de los aires la profunda campiña?

¿Atravesar Marte, el Sol y vacíos sin fin?

Un átomo puede desviarla en el camino:

¿dónde irán a encontrarla los fabricantes de horóscopos?

El estado en que vemos a Europa

merece que al menos alguno de ellos lo haya previsto:

¿por qué no lo ha dicho entonces? Pero ninguno de ellos lo supo.

La inmensa lejanía, el punto, y su velocidad,

la también de nuestras pasiones,

¿permiten a su debilidad

seguir paso a paso todas nuestras acciones?

Nuestro destino depende de ello: su curso seguido

no va, como nosotros tampoco, jamás al mismo paso;

¡y esa gente quiere con el compás

trazar el curso de nuestra vida!

No hay que detenerse

en los dos hechos ambiguos que acabo de contar.

Ese hijo demasiado querido, ni el buen hombre Esquilo,

no prueban nada: por ciego y mentiroso que sea ese arte,

puede dar en el blanco una vez entre mil;

son efectos del azar.

Fábula17El asno y el perro

Debemos ayudarnos unos a otros; es la ley de la naturaleza.

El burro un día sin embargo se burló de ella:

Y no sé cómo la quebrantó;

Porque es buena criatura.

Iba por el campo, acompañado del perro,

Gravemente, sin pensar en nada;

Los dos seguían a un amo común.

Este amo se durmió. El burro se puso a pacer;

Estaba entonces en un prado

Cuya hierba era muy de su agrado.

Ningún cardo, sin embargo; prescindió de ellos por el momento:

No hay que ser siempre tan delicado;

Rara vez dura un festín.

Nuestro jumento supo al fin

Pasar por esta vez. El perro, muriéndose de hambre,

Le dijo: Querido compañero, agáchate, te lo ruego:

Tomaré mi cena del cesto del pan.

Ninguna respuesta; ni palabra: el rocín de Arcadia

Temió que perdiendo un momento

Perdiera un bocado.

Se hizo el sordo largo tiempo.

Al fin respondió: Amigo, te aconsejo

Que esperes a que tu amo haya terminado su sueño;

Pues te dará sin falta al despertar;

Tu porción acostumbrada:

No puede tardar mucho.

En ese momento un lobo

Sale del bosque, y se acerca: otra bestia hambrienta.

El burro llama enseguida al perro en su auxilio.

El perro no se mueve, y dice: Amigo, te aconsejo

Que huyas mientras tu amo se despierta;

No puede tardar: escapa rápido, y corre.

Y si ese lobo te alcanza, rómpele la mandíbula:

Te han herrado de nuevo; y, si me quieres creer,

Lo dejarás tendido. Durante este hermoso discurso,

Señor lobo estranguló al jumento sin remedio.

Concluyo que debemos ayudarnos unos a otros.

Fábula18El bajá y el mercader

Un comerciante griego en cierto país

hacía negocios. Un bajá lo protegía;

y el griego al bajá le pagaba como tal,

no como comerciante: ¡tan cara mercancía

es un protector! Este le costaba tanto

que nuestro griego andaba quejándose por todas partes.

Tres turcos más, de rango menor en poder,

van a ofrecerle su apoyo en común.

Los tres querían menos reconocimiento

de lo que a este comerciante le costaba uno solo.

El griego escucha; con ellos se compromete;

y el bajá de todo queda informado:

incluso le dicen que jugará, si es listo,

a esa gente alguna mala pasada,

anticipándose, enviándolos con un mensaje

para Mahoma, directo a su paraíso,

y sin tardar; si no, esa gente unida

se le anticipará, muy seguros de que por todas partes

él tiene gente lista para vengarlo:

algún veneno lo mandará a proteger

a los comerciantes que están en el otro mundo.

Ante este aviso el turco se comportó

como Alejandro; y, lleno de confianza,

a casa del comerciante fue derecho,

se sentó a la mesa. Se vio tanta seguridad

en sus palabras y en todo su porte,

que nadie creyó que sospechara nada.

Amigo, dijo, sé que me dejas;

incluso quieren que tema las consecuencias;

pero te creo demasiado hombre de bien;

no tienes pinta de envenenador.

No digo más sobre este asunto.

En cuanto a esa gente que piensa apoyarte,

escúchame: sin tanto diálogo

y razones que podrían aburrirte,

solo quiero contarte un apólogo.

Había un pastor, su perro y su rebaño.

Alguien le preguntó qué pretendía hacer

con un mastín cuya ración

era un pan entero. Sería bueno y hermoso

regalar ese animal al señor del pueblo.

Él, como pastor, para mayor economía,

tendría dos o tres perros pequeños

que, costándole menos, cuidarían del rebaño

mucho mejor que esa bestia sola.

Comía más que tres; pero no se decía

que también tenía triple fauces

cuando los lobos libraban combates.

El pastor se deshace de él; toma tres perros de tamaño

para gastar menos, pero para huir del combate.

El rebaño lo sintió; y tú sentirás

la elección de semejante canalla.

Si haces bien, volverás conmigo.

El griego le creyó.

Esto muestra a las provincias

que, todo contado, vale más de buena fe

confiarse a algún rey poderoso

que apoyarse en varios príncipes pequeños.

Fábula19La ventaja de la ciencia

Entre dos burgueses de una ciudad

surgió en otro tiempo una disputa:

uno era pobre, pero hábil,

el otro, rico, pero ignorante.

Este quería sobre su rival

llevarse la ventaja;

pretendía que todo hombre sabio

estaba obligado a honrarlo.

Era un completo idiota: porque ¿por qué reverenciar

bienes desprovistos de mérito?

La razón me parece escasa.

Amigo mío, le decía a menudo

al sabio,

te crees importante;

pero dime, ¿tienes casa abierta?

¿De qué sirve a los como tú leer sin cesar?

Siempre viven en el tercer piso,

vestidos en junio igual que en diciembre,

teniendo por todo criado solamente su sombra.

La república bien que necesita

gente que no gasta nada!

No conozco hombre necesario

sino aquel cuyo lujo derrama mucho bien.

Nosotros gastamos, ¡vaya que sí! nuestro placer ocupa

al artesano, al vendedor, al que hace la falda,

y a la que la lleva, y a vosotros, que dedicáis

a los señores de las finanzas

libros mediocres bien pagados.

Estas palabras llenas de impertinencia

tuvieron la suerte que merecían.

El hombre letrado calló, tenía demasiado que decir.

La guerra lo vengó mucho mejor que una sátira.

Marte destruyó el lugar que habitaba nuestra gente:

uno y otro abandonaron su ciudad.

El ignorante se quedó sin refugio;

recibió por todas partes desprecios:

el otro recibió en todas partes algún nuevo favor.

Eso zanjó su querella.

Dejad hablar a los necios: el saber tiene su precio.

Fábula20Júpiter y el trueno

Júpiter, viendo nuestras faltas,

dijo un día desde lo alto de los aires:

llenemos con nuevos habitantes

las regiones del universo

habitadas por esta raza

que me importuna y me cansa.

Vete, Mercurio, a los infiernos;

tráeme a la Furia

más cruel de las tres.

Raza a la que he querido demasiado,

esta vez perecerás.

Júpiter no tardó mucho

en moderar su arrebato.

Oh vosotros, reyes, a quienes quiso hacer

árbitros de nuestro destino,

dejad, entre la cólera

y la tormenta que la sigue,

el intervalo de una noche.

El dios de ala ligera,

y cuya lengua tiene dulzuras,

fue a ver a las hermanas negras.

A Tisífone y Megera

prefirió, según se dice,

a la implacable Alecto.

Esta elección la volvió tan orgullosa

que juró por Plutón

que toda la estirpe humana

pronto sería del dominio

de las deidades de allá abajo.

Júpiter no aprobó

el juramento de la Euménide.

La despide; y sin embargo

lanza un rayo al instante

sobre cierto pueblo pérfido.

El trueno, teniendo por guía

al padre mismo de aquellos

a quienes amenazaba con sus fuegos,

se contentó con su miedo;

solo abrazó el recinto

de un desierto inhabitado;

todo padre golpea al lado.

¿Qué ocurrió? Nuestra estirpe

tomó pie en esta indulgencia.

Todo el Olimpo se quejó;

y el amontonador de nubes

juró por la Estigia, y prometió

formar otras tormentas:

serían certeras. Se sonrió;

le dijeron que era padre,

y que dejara, para mejor,

a alguno de los otros dioses

hacer otros truenos.

Vulcano emprendió el asunto.

Este dios llenó sus hornos

de dos clases de rayos:

uno nunca se desvía;

y es ese el que siempre

el Olimpo en cuerpo nos envía:

el otro se aparta en su curso;

solo a los montes les cuesta;

muy a menudo incluso se pierde;

y este último en su ruta

nos viene del solo Júpiter.

Fábula21El halcón y el capón

Una voz traidora muy a menudo te llama;

así que no te apresures para nada:

No era ningún tonto, no, no, y créeme,

el perro de Juan de Nivelle.

Un ciudadano de Mans, capón de oficio,

fue convocado a comparecer

ante los lares del amo.

Al pie de un tribunal que llamamos hogar,

todos le gritaban, para disimular la cosa:

¡Chiquitín, chiquitín, chiquitín! Pero lejos de fiarse,

el medio normando dejaba que la gente gritara.

A sus órdenes, decía; su cebo es burdo:

no me atrapa; y con razón.

Sin embargo un halcón sobre su percha veía

a nuestro de Mans que huía.

Los capones tienen en nosotros muy poca confianza,

sea instinto, sea experiencia.

Este, que fue atrapado apenas con esfuerzo,

debía al día siguiente formar parte de una gran cena,

muy cómodo en un plato: honor del que las aves

habrían prescindido fácilmente.

El ave cazadora le dijo: Tu poca inteligencia

me deja asombrado. Ustedes no son más que gentuza,

gente ordinaria, sin espíritu, a quienes no se les enseña nada.

Yo, en cambio, sé cazar y volver con el amo.

¿No lo ves en la ventana?

Te espera: ¿estás sordo? Oigo demasiado bien,

respondió el capón: ¡pero qué quiere decirme!

¿Y ese hermoso cocinero armado de un gran cuchillo?

¿Volverías tú por ese reclamo?

Déjame huir; deja de reírte

de la indocilidad que me hace volar lejos

cuando con un tono tan dulce vienen a llamarme.

Si vieras poner en el asador

todos los días tantos halcones

como yo veo poner capones,

no me harías un reproche semejante.

Fábula22El gato y la rata

Cuatro animales distintos, el gato roba-quesos,

pájaro triste el búho, roe-mallas la rata,

doña comadreja de largo cuerpo,

toda gente de espíritu canalla,

frecuentaban el tronco podrido de un pino viejo y salvaje.

Tanto estuvieron allí que una noche alrededor de ese pino

el hombre tendió sus redes. El gato, muy de madrugada,

sale a buscar su presa.

Los últimos restos de sombra le impiden ver

la red: cae en ella, en peligro de morir;

y mi gato se pone a gritar; y la rata acude corriendo:

uno lleno de desesperación, y la otra llena de alegría;

veía en las mallas a su enemigo mortal.

El pobre gato dice: Querido amigo,

las muestras de tu benevolencia

son habituales hacia mí;

ven a ayudarme a salir de la trampa donde la ignorancia

me ha hecho caer. Con razón

tú solo entre los tuyos, por cariño especial,

te he mimado siempre, queriéndote como a mis ojos.

No me arrepiento, y doy gracias a los dioses.

Iba a hacerles mi plegaria,

como todo gato devoto acostumbra por las mañanas.

Esta red me retiene: mi vida está en tus manos;

ven a deshacer estos nudos. ¿Y qué recompensa

tendré yo?, respondió la rata.

Te juro eterna alianza

contigo, replicó el gato.

Dispón de mi garra, y ten la seguridad:

contra todos y contra todo te protegeré;

y me comeré a la comadreja

junto con el esposo de la lechuza:

los dos te quieren mal. La rata dice: ¡Idiota!

¿Yo tu libertadora? No soy tan tonta.

Luego se va hacia su refugio:

la comadreja estaba cerca del agujero.

La rata trepa más alto; allí ve al búho.

Peligros por todas partes: el más urgente se impone.

Roe-mallas vuelve al gato, y hace de modo

que suelta un eslabón, luego otro, y luego tanto

que libera por fin al hipócrita.

El hombre aparece en ese instante;

los nuevos aliados huyen los dos a la vez.

Algún tiempo después, nuestro gato ve de lejos

a su rata que se mantenía alerta y en guardia:

¡Ah, hermano mío, dice, ven a abrazarme; tu recelo

me ofende; miras

como enemigo a tu aliado.

¿Piensas acaso que he olvidado

que después de Dios te debo la vida?

Y yo, respondió la rata, ¿piensas tú que olvido

tu naturaleza? ¿Acaso algún tratado

puede forzar a un gato al agradecimiento?

¿Puede uno fiarse de la alianza

que ha hecho la necesidad?

Fábula23El torrente y el río

Con gran ruido y gran estruendo

un torrente caía de las montañas:

todo huía ante él; el horror seguía sus pasos;

hacía temblar los campos.

Ningún viajero se atrevía a cruzar

una barrera tan poderosa:

uno solo vio unos ladrones; y, sintiéndose acosado,

puso entre ellos y él esa agua amenazante.

No era más que amenaza y ruido sin profundidad:

nuestro hombre al final solo tuvo miedo.

Este éxito le dio valor,

y los mismos ladrones persiguiéndolo todavía,

encontró en su camino

un río cuyo curso,

imagen de un sueño dulce, apacible y tranquilo,

le hizo creer al principio ese trayecto muy fácil:

nada de orillas escarpadas, una arena pura y limpia.

Entra; y su caballo lo pone

a salvo de los ladrones, pero no del agua oscura:

los dos fueron a beber al Estigia;

los dos, desgraciados al nadar,

fueron a cruzar, en la morada tenebrosa,

muchos otros ríos además de los nuestros.

La gente sin ruido es peligrosa:

no pasa lo mismo con los otros.

Fábula24La educación

Laridon y César, hermanos cuyo origen

venía de perros famosos, hermosos, bien formados y valientes,

tocados en suerte a dos amos distintos en tiempos pasados,

frecuentaban, uno los bosques, y el otro la cocina.

Habían tenido al principio cada uno otro nombre;

pero el alimento distinto

fortaleciendo en uno esa naturaleza afortunada,

en el otro alterándola, cierto pinche de cocina

llamó a este Laridon.

Su hermano, habiendo corrido muchas altas aventuras,

acorraló muchos ciervos, abatió muchos jabalíes,

fue el primer César que la raza canina haya tenido.

Se tuvo cuidado de impedir que una ama indigna

hiciera degenerar su sangre en sus hijos.

Laridon, descuidado, manifestaba su ternura

al primer objeto que pasaba.

Pobló todo con su prole:

giraespetones vueltos comunes en Francia gracias a él

forman allí un cuerpo aparte, gente que huye los peligros,

pueblo antípoda de los Césares.

No siempre se sigue a los abuelos ni al padre:

el poco cuidado, el tiempo, todo hace que se degenere,

por no cultivar la naturaleza y sus dones.

¡Oh, cuántos Césares se volverán Laridones!

Fábula25Los dos perros y el asno muerto

Las virtudes deberían ser hermanas,

así como los vicios son hermanos.

En cuanto uno de estos se apodera de nuestros corazones,

todos vienen en fila: no falta casi ninguno:

me refiero a los que, no siendo contrarios,

pueden alojarse bajo el mismo techo.

En cuanto a las virtudes, rara vez se las ve

todas en un mismo sujeto eminentemente colocadas

dándose la mano sin estar dispersas.

Uno es valiente, pero impetuoso; otro es prudente, pero frío.

Entre los animales, el perro se precia de ser

cuidadoso y fiel a su amo;

pero es tonto, es glotón;

testigos estos dos mastines que, en la lejanía,

vieron un asno muerto que flotaba sobre las olas.

El viento lo alejaba cada vez más de nuestros perros.

Amigo, dijo uno, tus ojos son mejores que los míos:

dirige un poco tu mirada sobre esas llanuras profundas;

creo ver algo. ¿Es un buey, un caballo?

¡Eh! ¿qué importa qué animal?

Dijo uno de estos mastines; de todos modos ahí hay pitanza.

Lo importante es conseguirla: porque el trayecto es largo;

y además, tenemos que nadar contra el viento.

Bebamos toda esta agua; nuestra garganta sedienta

conseguirá acabarla: ese cuerpo quedará

pronto en seco; y será

provisión para la semana.

Ahí están mis perros a beber: perdieron el aliento,

y luego la vida; hicieron tanto

que se los vio reventar al instante.

El hombre está hecho así: cuando un asunto lo inflama,

lo imposible desaparece ante su alma.

Cuántos votos formula, cuántos pasos pierde,

esforzándose en exceso para adquirir bienes o gloria!

¡Si agrandara mis Estados!

¡Si pudiera llenar mis arcas de ducados!

¡Si aprendiera el hebreo, las ciencias, la historia!

Todo eso es querer beberse el mar;

pero nada le basta al hombre.

Para llevar a cabo los proyectos que forma un solo espíritu,

harían falta cuatro cuerpos: aun así, lejos de bastar,

a mitad de camino creo que todos quedarían:

cuatro Matusalenes uno tras otro no podrían

terminar lo que uno solo desea.

Fábula26Demócrito y los abderitas

¡Cuánto he odiado siempre los pensamientos del vulgo!

¡Cuán profano, injusto y temerario me parece,

poniendo falsos intermedios entre la cosa y él,

y midiendo por sí mismo lo que ve en los demás!

El maestro de Epicuro lo experimentó.

Su país lo creyó loco. ¡Espíritus pequeños! Pero ¿qué?

Nadie es profeta en su tierra.

Esos eran los locos, Demócrito, el sabio.

El error llegó tan lejos que Abdera envió una delegación

a Hipócrates, y lo invitó,

por cartas y por embajada,

a venir a restablecer la razón del enfermo.

Nuestro conciudadano, decían llorando,

pierde el juicio: la lectura ha echado a perder a Demócrito.

Lo estimaríamos más si fuera ignorante.

Ningún número, dice, limita los mundos:

quizá incluso están llenos

de Demócritos infinitos.

No contento con este sueño, le añade los átomos,

hijos de un cerebro hueco, fantasmas invisibles;

y, midiendo los cielos sin moverse de aquí abajo,

conoce el universo, y no se conoce a sí mismo.

Hubo un tiempo en que sabía resolver los debates:

ahora habla consigo mismo.

Ven, mortal divino; su locura es extrema.

Hipócrates no tuvo demasiada fe en esa gente;

sin embargo, partió. Y ved, os ruego,

qué encuentros en la vida

causa el destino. Hipócrates llegó en el momento

en que aquel a quien decían no tener razón ni sentido

buscaba, en el hombre y en la bestia,

qué sede tiene la razón, si el corazón o la cabeza.

Bajo una espesa sombra, sentado junto a un arroyo,

los laberintos de un cerebro

lo ocupaban. Tenía a sus pies muchos volúmenes,

y apenas vio a su amigo acercarse,

absorto según su costumbre.

Su saludo fue breve, como podéis imaginar:

el sabio es avaro del tiempo y de las palabras.

Habiendo dejado a un lado las conversaciones frívolas,

y razonado mucho sobre el hombre y sobre el espíritu,

cayeron en la moral.

No hace falta que despliegue

todo lo que uno y otro dijeron.

El relato precedente basta

para mostrar que el pueblo es juez recusable.

¿En qué sentido es entonces verdadero

lo que he leído en cierto lugar,

que su voz es la voz de Dios?

Fábula27El lobo y el cazador

Furor de acumular, monstruo cuyos ojos

miran como un punto insignificante todos los dones de los dioses,

¿te combatiré en vano sin cesar en esta obra?

¿Cuánto tiempo necesitas para seguir mis lecciones?

El hombre, sordo a mi voz como a la del sabio,

¿nunca dirá: ya es suficiente, disfrutemos?

Date prisa, amigo mío, no te queda tanto por vivir.

Te machaco con esto, porque vale un libro entero:

Disfruta. —Lo haré. —¿Pero cuándo? —Mañana mismo. —

¡Eh, amigo mío, la muerte puede sorprenderte en el camino!

Disfruta desde hoy; teme una suerte semejante

a la del cazador y el lobo de mi fábula.

El primero con su arco había abatido un gamo.

Un cervatillo pasa, y de pronto se convierte

en compañero del difunto: ambos yacen sobre la hierba.

La presa era honesta, un gamo con un cervatillo;

cualquier cazador modesto habría quedado satisfecho:

sin embargo un jabalí, monstruo enorme y soberbio,

tienta aún a nuestro arquero, goloso de tales bocados.

Otro habitante de la Estigia: la Parca y sus tijeras

apenas podían morderlo; la diosa infernal

retomó varias veces la hora fatal del monstruo.

Por la fuerza del golpe, no obstante, cayó abatido.

Ya eran suficientes bienes. ¡Pero nada llena

los vastos apetitos de un hacedor de conquistas!

Mientras el cerdo vuelve en sí, el arquero

ve a lo largo de un surco caminar una perdiz;

añadido miserable a las otras cabezas:

con su arco, sin embargo, tensa los resortes.

El jabalí, reuniendo los restos de su vida,

viene hacia él, lo destripa, muere vengado sobre su cuerpo;

y la perdiz se lo agradece.

Esta parte del relato se dirige a los codiciosos:

el avaro tendrá para sí el resto del ejemplo.

Un lobo vio al pasar este espectáculo lamentable:

¡Oh Fortuna!, dijo, te prometo un templo.

¡Cuatro cuerpos tendidos! ¡Qué riqueza! pero aun así

hay que administrarlos; estos hallazgos son raros.

(Así se excusan los avaros.)

Tendré, dijo el lobo, para un mes, para tanto:

uno, dos, tres, cuatro cuerpos; son cuatro semanas,

si sé contar, bien completas.

Empecemos dentro de dos días; y comamos mientras tanto

la cuerda de este arco: seguro que está hecha

de tripa auténtica; el olor me lo confirma bien.

Diciendo estas palabras, se lanza

sobre el arco que se suelta, y hace de la saeta

un nuevo muerto: mi lobo tiene las tripas perforadas.

Vuelvo a mi texto. Hay que disfrutar;

testigos estos dos glotones castigados con una suerte común:

la codicia perdió a uno;

el otro pereció por la avaricia.

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