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Libro IV

Fábulas · Jean de La Fontaine · 30 min de lectura

Fábula1El león enamorado

Sévigné, cuyos encantos

sirven de modelo a las Gracias,

y que naciste enteramente bella,

salvo por tu indiferencia,

¿podrías mostrarte favorable

a los juegos inocentes de una fábula,

y ver, sin espantarte,

un león que Amor supo domeñar?

¡Amor es un amo extraño!

Feliz quien puede no conocerlo

más que de oídas, ni a él ni a sus golpes.

Cuando se habla de él delante de ti,

si la verdad te ofende,

la fábula al menos se puede tolerar:

esta toma bien la confianza

de venir a ofrecerse a tus pies,

por celo y por gratitud.

En el tiempo en que las bestias hablaban,

los leones entre otros querían

ser admitidos en nuestra alianza.

¿Por qué no? puesto que su estirpe

valía lo que la nuestra en aquel tiempo,

teniendo coraje, inteligencia,

y bella testa además de eso.

He aquí cómo sucedió:

un león de alto linaje,

al pasar por cierto prado,

encontró una pastora de su gusto:

la pide en matrimonio.

El padre hubiera deseado mucho

algún yerno un poco menos temible.

Dársela le parecía muy duro:

rechazarlo no era seguro;

incluso una negativa habría hecho, posiblemente,

que se viera alguna hermosa mañana

un matrimonio clandestino:

porque, además de que en todo caso

la bella era partidaria de los tipos altivos,

una muchacha se encapricha fácilmente

de enamorados de larga melena.

El padre entonces abiertamente

no atreviéndose a despedir a nuestro amante,

le dice: Mi hija es delicada;

tus garras podrán herirla

cuando quieras acariciarla.

Permite entonces que en cada pata

te las corten; y en cuanto a los dientes,

que te los limen al mismo tiempo:

tus besos serán menos rudos,

y para ti más deliciosos;

porque mi hija responderá mejor,

estando sin estas inquietudes.

El león consiente en ello,

¡tan cegada estaba su alma!

Sin dientes ni garras helo aquí,

como plaza desmantelada.

Soltaron sobre él algunos perros:

opuso muy poca resistencia.

¡Amor! ¡Amor! cuando nos tienes,

bien se puede decir: ¡Adiós prudencia!

Fábula2El pastor y el mar

De las ganancias de un rebaño, del que vivía sin preocupaciones,

se contentó durante mucho tiempo un vecino de Anfitrite.

Si su fortuna era pequeña,

al menos era segura.

Al final, los tesoros descargados en la playa

lo tentaron tanto que vendió su rebaño,

comerció con el dinero, lo puso todo en el mar.

Ese dinero se perdió en un naufragio.

Su dueño se vio reducido a cuidar ovejas,

ya no pastor en jefe como lo era antes,

cuando sus propias ovejas pacían en la ribera;

el que se había visto como Coridón o Tirsis,

fue Pierrot, y nada más.

Al cabo de algún tiempo hizo algunas ganancias,

volvió a comprar bestias de lana;

y como un día los vientos, conteniendo su aliento,

dejaban que los barcos atracaran tranquilamente:

¡Queréis dinero, oh mis señoras las Aguas!,

dijo; dirigíos, os lo ruego, a algún otro:

¡Por mi fe! no tendréis el nuestro.

Esto no es un cuento inventado por placer.

Me sirvo de la verdad

para mostrar, por experiencia,

que un céntimo, cuando está asegurado,

vale más que cinco en esperanza;

que hay que contentarse con la propia condición;

que a los consejos del mar y de la ambición

debemos cerrar los oídos.

Por uno que se felicite, diez mil se quejarán.

El mar promete montes y maravillas:

confiad en él; los vientos y los ladrones vendrán.

Fábula3La mosca y la hormiga

La mosca y la hormiga discutían sobre su valor.

¡Oh Júpiter!, dijo la primera,

¡Es posible que el amor propio ciegue las mentes

de una manera tan terrible

que un vil y rastrero animal

ose decirse igual a la hija del aire!

Yo frecuento los palacios, me siento a tu mesa:

si te inmolan un buey, yo lo pruebo antes que tú;

mientras que esta, miserable y mezquina,

vive tres días de una brizna que ha arrastrado a su casa.

Pero, preciosa mía, dime,

¿te posas tú alguna vez sobre la cabeza de un rey,

de un emperador, o de una mujer hermosa?

Yo lo hago; y beso un pecho hermoso cuando quiero:

juego entre los cabellos;

realzo la blancura natural de una tez;

y el último toque que da a su belleza

una mujer que va de conquista,

es un adorno prestado de las moscas.

Y ahora ven a romperme la cabeza

con tus graneros! —¿Has terminado?

le replicó la laboriosa.

Tú frecuentas los palacios; pero allí te maldicen.

Y en cuanto a probar primero

lo que se sirve ante los dioses,

¿crees que por eso vale más?

Si tú entras en todas partes, también lo hacen los profanos.

Sobre la cabeza de los reyes y sobre la de los asnos

vas a posarte, no lo niego;

y sé que con una muerte rápida

esa impertinencia muy a menudo se castiga.

Cierto adorno, dices, vuelve bonita;

lo admito: es negro lo mismo que tú y que yo.

Supongamos que se llame mosca: ¿es eso motivo para que

vayas pregonando tus méritos?

¿Acaso no se llama también moscas a los parásitos?

Deja ya de usar un lenguaje tan vano:

no tengas más esos pensamientos altivos.

Las moscas de corte son expulsadas;

los soplones son ahorcados: y tú morirás de hambre,

de frío, de languidez, de miseria,

cuando Febo reine sobre otro hemisferio.

Entonces yo disfrutaré del fruto de mis trabajos:

no iré, por montes ni por valles,

a exponerme al viento, a la lluvia;

viviré sin melancolía:

el cuidado que habré puesto me eximirá de cuidados.

Te enseñaré con ello

lo que es una gloria falsa o verdadera.

Adiós; pierdo el tiempo: déjame trabajar;

ni mi granero ni mi despensa

se llenan charlando.

Fábula4El jardinero y su señor

Un aficionado a la jardinería,

mitad burgués, mitad campesino,

poseía en cierto pueblo

un jardín bastante cuidado, y el huerto contiguo.

Había cerrado esta extensión con un seto vivo;

allí crecían a placer la acedera y la lechuga,

con qué hacer a Margot un ramo para su fiesta,

poco jazmín de España, y mucho serpol.

Esta felicidad perturbada por una liebre

hizo que ante el señor del pueblo nuestro hombre se quejara.

Este maldito animal viene a darse su hartazgo

mañana y tarde, dijo, y se burla de las trampas;

las piedras, los palos, pierden todo efecto:

es brujo, creo. ¿Brujo? Lo desafío,

respondió el señor: aunque sea el diablo, Miraut

a pesar de sus trucos lo atrapará pronto.

Te libraré de él, buen hombre, te doy mi palabra. —

¿Y cuándo? Mañana mismo, sin tardar más. —

Hecho el trato, viene con su gente.

Vamos, desayunemos, dice: ¿están tiernos tus pollos?

La hija de la casa, que te veamos; acércate:

¿cuándo la casaremos? ¿cuándo tendremos yernos?

Buen hombre, es ahora cuando hay que, me entiendes,

meter mano a la bolsa.

Diciendo esto, traba conocimiento con ella,

la hace sentar a su lado,

toma una mano, un brazo, levanta una punta del pañuelo;

todas tonterías de las que la bella

se defiende con gran respeto:

tanto que al padre al final esto le resulta sospechoso.

Mientras tanto se guisa, se invade la cocina. —

¿De cuándo son tus jamones? Tienen muy buena pinta. —

Señor, son para vos. De veras, dice el señor,

los acepto, y de buen corazón.

Desayuna muy bien; también su familia,

perros, caballos y criados, toda gente bien dentada:

manda en casa del anfitrión, se toma libertades,

bebe su vino, acaricia a su hija.

El ajetreo de los cazadores sucede al desayuno.

Todos se animan y se preparan:

las trompas y los cuernos hacen tal estruendo

que el buen hombre queda aturdido.

Lo peor fue que pusieron en lamentable estado

el pobre huerto: adiós bancales, cuadros;

adiós achicoria y puerros;

adiós provisión para el puchero.

La liebre estaba escondida bajo una col grande.

La buscan; la levantan: huye por un agujero,

no un agujero, sino un boquete, brecha horrible y ancha

que hicieron al pobre seto

por orden del señor; pues habría estado mal

que no se pudiera salir del jardín a caballo.

El buen hombre decía: Estos son juegos de príncipes.

Pero lo dejaban hablar: y los perros y la gente

hicieron más destrozos en una hora

que no habrían hecho en cien años

todas las liebres de la provincia.

Pequeños príncipes, resolved vuestros pleitos entre vosotros:

recurrir a los reyes sería de grandísimos necios.

Jamás hay que involucrarlos en vuestras guerras,

ni hacerlos entrar en vuestras tierras.

Fábula5El asno y el perrito

No forzaremos nuestro talento;

no haríamos nada con gracia:

jamás un torpe, haga lo que haga,

podrá pasar por elegante.

Pocas personas, a las que el cielo ama y favorece,

tienen el don de agradar infundido desde el nacimiento.

Es algo que hay que dejarles a ellos,

y no parecernos al asno de la fábula,

que, para hacerse más amable,

y más querido por su amo, fue a acariciarlo.

¡Cómo! —se decía en su alma—,

ese perro, porque es gracioso,

vivirá de igual a igual

con el señor, con la señora;

¡y yo me llevaré palos!

¿Qué hace él? Da la pata;

y enseguida lo besan:

si hay que hacer lo mismo para que me halaguen,

eso no es tan difícil.

Con este admirable pensamiento,

viendo a su amo alegre, se acerca pesadamente,

levanta una pezuña toda gastada,

se la lleva al mentón muy amorosamente,

sin dejar de acompañar, para mayor adorno,

con su canto gracioso esta acción audaz.

¡Oh, oh! ¡Qué caricia! ¡Y qué melodía!

—dice el amo enseguida—. ¡Eh, Martín-garrote!

Martín-garrote acude: el asno cambia de tono.

Así termina la comedia.

Fábula6El combate de las ratas y las comadrejas

La nación de las comadrejas,

lo mismo que la de los gatos,

no quiere nada bien a las ratas;

y sin las puertas estrechas

de sus habitaciones,

el animal de lomo largo

haría, me imagino,

grandes destrucciones.

Ahora bien, cierto año

en que las había en abundancia,

su rey, llamado Ratapón,

puso en campaña un ejército.

Las comadrejas, por su parte,

desplegaron el estandarte.

Si creemos la fama,

la victoria osciló:

más de un campo se engordó

con la sangre de más de una tropa.

Pero la pérdida mayor

cayó casi en todos los lugares

sobre el pueblo ratonil.

Su derrota fue completa,

a pesar de lo que pudieron hacer Artarpax,

Psicarpax, Meridarpax,

que, cubiertos de polvo,

sostuvieron bastante tiempo

los esfuerzos de los combatientes.

Su resistencia fue vana;

hubo que ceder al destino:

cada cual huyó a toda prisa,

tanto soldado como capitán.

Los príncipes perecieron todos.

La chusma, en agujeros

encontrando su refugio dispuesto,

se salvó sin gran esfuerzo;

pero los señores sobre su cabeza

llevando cada uno un penacho,

cuernos o airones,

ya como marcas de honor,

ya para que las comadrejas

concibieran más temor,

eso causó su desgracia.

Agujero, ni grieta, ni hendidura,

fue bastante ancho para ellos;

mientras que el populacho

entraba en los huecos más pequeños.

La principal carnicería

fue entonces de las ratas principales.

Una cabeza emplumada

no es pequeño estorbo.

El equipaje demasiado soberbio

puede a menudo en un paso

causar retraso.

Los pequeños, en todo asunto,

escapan muy fácilmente:

los grandes no pueden hacerlo.

Fábula7El mono y el delfín

Era costumbre entre los griegos

que todos los viajeros por mar

llevaran con ellos en el viaje

monos y perros de titiriteros.

Un navío con esta tripulación

naufragó no lejos de Atenas.

Sin los delfines todo hubiera perecido.

Este animal es muy amigo

de nuestra especie: en su historia

lo dice Plinio; hay que creerlo.

Salvó pues todo lo que pudo.

Incluso un mono en esta ocasión,

aprovechando el parecido,

pensó deberle su salvación:

un delfín lo tomó por un hombre,

y sobre su lomo lo hizo sentar

tan solemnemente que habrías creído ver

a ese cantor tan renombrado.

El delfín iba a dejarlo a bordo

cuando, por casualidad, le pregunta:

¿Eres de Atenas la grande?

Sí, dice el otro; me conocen mucho allí.

Si te surge algún asunto,

recurre a mí; pues mis parientes

ocupan todos los primeros puestos:

un primo mío es juez-alcalde.

El delfín dice: Muchas gracias;

¿y el Pireo tiene parte también

en el honor de tu presencia?

Lo ves a menudo, supongo.

Todos los días: es mi amigo;

es un viejo conocido.

Nuestro macaco tomó, esta vez,

el nombre de un puerto por nombre de hombre.

Hay mucha gente así

que tomaría Vaugirard por Roma,

y que, parloteando a más no poder,

hablan de todo, y no han visto nada.

El delfín se ríe, gira la cabeza,

y al macaco observado,

se da cuenta de que no ha sacado

del fondo de las aguas más que una bestia:

lo vuelve a hundir, y va a buscar

a algún hombre para salvarlo.

Fábula8El hombre y el ídolo de madera

Cierto pagano guardaba en su casa un dios de madera,

de esos dioses que son sordos aunque tengan orejas:

el pagano sin embargo esperaba de él maravillas.

Le costaba tanto como tres:

no había más que votos y ofrendas,

sacrificios de bueyes coronados de guirnaldas.

Jamás ídolo alguno, fuera el que fuera,

tuvo una cocina tan opulenta;

sin que, a cambio de todo ese culto, le llegara a su anfitrión

herencia, tesoro, ganancia al juego, gracia alguna.

Es más, si por un centavo de tormenta en algún lugar

se reunía de una u otra forma,

el hombre recibía su parte; y su bolsa sufría por ello:

la pitanza del dios no por eso era menor.

Al final, enfadado de no obtener nada,

agarra una palanca, hace pedazos el ídolo,

lo encuentra lleno de oro. Cuando te hacía el bien,

¿me valiste acaso, le dice, siquiera un óbolo?

Vete, sal de mi casa, busca otros altares.

Te pareces a los tipos

desgraciados, groseros y estúpidos:

no se puede sacar nada de ellos sino con el bastón.

Cuanto más te llenaba, más vacías estaban mis manos:

hice bien en cambiar de tono.

Fábula9El grajo adornado con las plumas del pavo real

Un pavo real mudaba: un arrendajo tomó su plumaje;

Luego se lo puso encima;

Luego entre otros pavos reales se pavoneó muy ufano,

creyéndose un personaje hermoso.

Alguien lo reconoció: se vio burlado,

engañado, silbado, mofado, humillado,

y por los señores pavos reales desplumado de manera extraña;

incluso habiéndose refugiado entre los suyos,

fue echado a la puerta por ellos.

Hay bastantes arrendajos de dos patas como él,

que se adornan a menudo con los despojos ajenos,

y a quienes se llama plagiarios.

Yo me callo, y no quiero causarles ningún disgusto:

esos no son asuntos míos.

Fábula10El camello y los palos flotantes

El primero que vio un camello

huyó ante ese objeto nuevo;

el segundo se acercó; el tercero se atrevió a hacerle

un cabestro al dromedario.

La costumbre así nos vuelve todo familiar.

Lo que nos parecía terrible y extraño

se domestica ante nuestra vista

cuando viene de manera continua.

Y ya que hemos caído en este asunto:

habían puesto gente de guardia,

que, viendo a lo lejos sobre las aguas cierto objeto,

no pudieron evitar decir

que era un poderoso navío.

Algunos momentos después, el objeto se volvió brulote,

y luego barca, y luego fardo,

finalmente palos flotando sobre la onda.

Conozco a muchos por el mundo

a quienes esto les vendría bien:

de lejos, son algo; de cerca, no son nada.

Fábula11La rana y la rata

Tal, como dice Merlín, quien cree engañar a otro,

a menudo se engaña a sí mismo.

Lamento que esta palabra sea hoy demasiado vieja;

siempre me pareció de una energía extrema.

Pero para llegar al propósito que me he trazado:

una rata regordeta, gorda y de las mejor alimentadas,

y que no conocía ni adviento ni cuaresma,

a orillas de un pantano se distraía alegremente.

Una rana se acerca y le dice en su lengua:

ven a verme a mi casa; te daré un festín.

Señor Rata prometió de inmediato:

no hacía falta un discurso más largo.

Ella alegó sin embargo las delicias del baño,

la curiosidad, el placer del viaje,

cien rarezas que ver a lo largo del pantano:

un día les contaría a sus nietos

las bellezas de esos lugares, las costumbres de los habitantes,

y el gobierno de la cosa pública

acuática.

Un solo punto detenía al galán:

nadaba un poco, pero necesitaba ayuda.

La rana encuentra para eso un muy buen remedio:

la rata fue atada por la pata a su pie;

una brizna de junco resolvió el asunto.

Una vez dentro del pantano, nuestra buena comadre

se esfuerza por arrastrar a su huésped al fondo del agua,

contra el derecho de gentes, contra la fe jurada;

pretende darse un banquete y festín con él;

era, a su juicio, un bocado excelente.

Ya en su mente la tunanta lo devora.

Él invoca a los dioses; la pérfida se burla:

él resiste; ella tira. En este combate nuevo,

un milano que planeaba en el aire, dando vueltas,

ve desde arriba al pobrecito debatiéndose sobre el agua,

se abalanza sobre él, lo arrebata, y por el mismo medio,

a la rana y la atadura.

Todo fue a parar, tan bien

que de esta doble presa

el pájaro se da un festín,

teniendo, de esta manera,

para cenar carne y pescado.

La trampa mejor urdida

puede perjudicar a su inventor;

y a menudo la perfidia

recae sobre su autor.

Fábula12Tributo enviado por los animales a Alejandro

Una fábula circulaba en la antigüedad;

y no conozco la razón de ello.

Que el lector extraiga de ella una moraleja;

aquí está la fábula al desnudo.

La fama habiendo dicho en cien lugares

que un hijo de Júpiter, un tal Alejandro,

no queriendo dejar nada libre bajo los cielos,

ordenaba que, sin más demora,

todos los pueblos fueran a rendirse a sus pies,

cuadrúpedos, humanos, elefantes, gusanos,

las repúblicas de los pájaros;

la diosa de las cien bocas, digo,

habiendo sembrado el terror por todas partes

y proclamando el edicto del nuevo emperador,

los animales, y toda especie sujeta

a su solo apetito creyeron que esta vez

había que someterse a otras leyes.

Se reúnen en el desierto: todos abandonan su guarida.

Después de varios pareceres, se decide, se concluye

enviar homenaje y tributo.

Para el homenaje y para la manera,

el mono fue el encargado: se le puso por escrito

lo que se quería que dijera.

Solo el tributo los tuvo en aprietos:

pues ¿qué dar? hacía falta dinero.

Lo tomaron de un príncipe complaciente,

que, poseyendo en su dominio

minas de oro, proveyó lo que se quiso.

Cuando fue cuestión de llevar este tributo,

el mulo y el asno se ofrecieron,

asistidos por el caballo así como por el camello.

Los cuatro se pusieron en camino

con el mono, embajador novel.

La caravana finalmente se encuentra en un paso

a monseñor el león: eso no les agradó.

Nos encontramos en el momento justo,

dice él; y aquí estamos compañeros de viaje.

Yo iba a ofrecer mi parte por separado;

pero, aunque sea ligera, toda carga me estorba.

Hacedme la merced

de llevar cada uno un cuarto:

no será para vosotros una carga demasiado grande,

y yo estaré más libre y mucho más en condiciones

por si los bandidos atacan nuestra partida,

y se llega al combate.

Rechazar a un león raramente se practica.

Helo ahí pues admitido, aliviado, bien recibido,

y, pese al héroe nacido de Júpiter,

banqueteando y viviendo a costa de la bolsa pública.

Llegaron a un prado

todo bordeado de arroyos, todo jaspeado de flores,

donde muchas ovejas buscaban su sustento;

morada de la frescura, verdadera patria

de los céfiros. El león no estuvo allí sin que a estas gentes

se quejara de estar enfermo.

Continuad vuestra embajada,

dice; siento un fuego que me quema por dentro,

y quiero buscar aquí alguna hierba saludable.

Vosotros, no perdáis tiempo:

devolvedme mi dinero; puedo necesitarlo.

Se desembala, e inmediatamente el león exclamó,

con un tono que testimoniaba su alegría:

¡Cuántas hijas, oh dioses, mis monedas

han producido! Mirad: la mayoría ya son

tan grandes como sus madres.

La cría me pertenece. Lo tomó todo entonces;

o bien, si no lo tomó todo, no quedó mucho.

El mono y los animales de carga confundidos,

sin osar replicar, se pusieron de nuevo en camino.

Al hijo de Júpiter dicen que se quejaron,

y no obtuvieron razón alguna.

¿Qué habría hecho? Habría sido león contra león;

y el proverbio dice: corsarios contra corsarios,

atacándose uno al otro, no hacen sus negocios.

Fábula13El caballo que quiso vengarse del ciervo

Desde siempre los caballos no nacieron para los hombres.

Cuando el género humano se contentaba con bellotas,

asno, caballo y mula habitaban en los bosques:

y no se veía entonces, como en el siglo en que estamos,

tantas sillas de montar y tantos albardones,

tantos arneses para los combates,

tantas sillas de mano, tantos carruajes;

como tampoco se veía

tantos festines y tantas bodas.

Pues bien, un caballo tuvo entonces una disputa

con un ciervo lleno de velocidad;

y no pudiendo atraparlo corriendo,

recurrió al hombre, imploró su destreza.

El hombre le puso un freno, saltó sobre su lomo,

no le dio ningún descanso

hasta que el ciervo fue atrapado y allí dejó la vida.

Y hecho esto, el caballo agradece

al hombre su bienhechor, diciendo: Estoy a tus órdenes;

adiós; me vuelvo a mi morada salvaje.

No es así, dijo el hombre; se está mejor en nuestra casa:

veo demasiado bien cuál es tu utilidad.

Quédate entonces; serás bien tratado,

y hundido hasta el vientre en la paja.

¡Ay! ¿de qué sirve la buena comida

cuando no se tiene la libertad!

El caballo se dio cuenta de que había cometido una locura;

pero ya no era tiempo; ya su establo

estaba listo y del todo construido.

Murió allí arrastrando su atadura:

sabio habría sido si hubiera dejado pasar una ofensa ligera.

Sea cual sea el placer que causa la venganza,

se paga demasiado caro cuando se compra con un bien

sin el cual los otros no son nada.

Fábula14El zorro y el busto

Los grandes, en su mayoría, son máscaras de teatro;

su apariencia impresiona al vulgo idólatra.

El asno solo sabe juzgarlos por lo que ve:

el zorro, en cambio, los examina a fondo,

les da vueltas por todos lados; y cuando se da cuenta

de que su hechura no es más que bella apariencia,

les aplica unas palabras que un busto de héroe

le hizo decir muy oportunamente.

Era un busto hueco, y más grande que el natural.

El zorro, elogiando el esfuerzo de la escultura:

«Hermosa cabeza, dijo; pero de cerebro nada».

¡Cuántos grandes señores son bustos en este sentido!

Fábula15El lobo, la cabra y el cabrito

La cabra, yendo a llenar su colgante ubre,

y a pacer la hierba nueva,

cerró su puerta con el pestillo,

no sin decirle a su cabrito:

Cuídate, te va la vida en ello,

de no abrir a menos que te digan,

como seña y santo y seña:

¡Al diablo el lobo y su raza!

Mientras ella decía estas palabras,

el lobo, por casualidad, pasa;

las recoge oportunamente,

y las guarda en su memoria.

La cabra, como es de suponer,

no había visto al glotón.

Apenas la ve alejarse, imita su tono,

y con una voz meliflua,

pide que le abran, diciendo: ¡Al diablo el lobo!

y creyendo entrar de golpe.

El cabrito suspicaz mira por la rendija:

Muéstrame la pata blanca, o no abriré,

exclamó de inmediato. La pata blanca es algo

entre los lobos, como se sabe, raramente en uso.

Este, muy sorprendido de escuchar tal lenguaje,

como había venido se volvió a su casa.

¿Dónde estaría el cabrito si hubiera dado crédito

al santo y seña que, por casualidad,

nuestro lobo había escuchado?

Dos seguridades valen más que una;

y el exceso en esto nunca estuvo de más.

Fábula16El lobo, la madre y el niño

Este lobo me trae a la memoria

a uno de sus compañeros que fue atrapado todavía peor:

acabó muriendo. Aquí va la historia:

Un campesino tenía su casa apartada.

Señor lobo esperaba que cayera algo junto a la puerta;

había visto salir caza de toda clase,

terneros de leche, corderos y ovejas,

regimiento de pavos, en fin, buena pitanza.

El ladrón empezaba sin embargo a aburrirse.

Oye llorar a un niño:

la madre enseguida lo regaña,

lo amenaza, si no se calla,

con dárselo al lobo. El animal se pone listo,

dando gracias a los dioses por semejante aventura,

cuando la madre, calmando a su querida criatura,

le dice: no llores; si viene, lo mataremos.

¡Pero qué es esto!, gritó el comedor de ovejas:

¿decir una cosa y luego otra? ¿Así es como tratan

a gente hecha como yo? ¿me toman por idiota?

Que algún día este hermoso mocoso

venga al bosque a recoger avellanas...

Mientras decía estas palabras, salen de la casa:

un perro de corral lo detiene; venablos y horcas

lo ajustan de todas las maneras.

¿Qué venías a buscar aquí?, le dicen.

Enseguida él contó el asunto.

¡Gracias a mí!, le dijo la madre;

¿te comerás a mi hijo? ¿Acaso lo he hecho a propósito

para que sacie un día tu hambre?

Masacraron a la pobre bestia.

Un patán le cortó la pata derecha y la cabeza:

el señor del pueblo las puso en su puerta;

y este dicho picardo alrededor fue escrito:

«Buenos señores lobos, no escuchéis

«a madre regañando a hijo que llora.»

Fábula17Palabra de Sócrates

Sócrates un día mandando construir,

cada uno censuraba su obra:

uno encontraba el interior, para no mentirle,

indigno de tal personaje;

otro criticaba la fachada, y todos opinaban

que las habitaciones eran demasiado pequeñas.

¡Qué casa para él! Apenas se podía dar la vuelta.

Ojalá verdaderos amigos,

tal como está, dijo él, pudiera llenarla.

El buen Sócrates tenía razón

al encontrar para esos demasiado grande su casa.

Cada uno se dice amigo; pero es un tonto quien confía en eso:

nada es más común que ese nombre,

nada es más raro que la cosa.

Fábula18El viejo y sus hijos

Todo poder es débil, a menos que esté unido:

escuchad sobre esto al esclavo de Frigia,

si añado algo mío a su invención,

es para pintar nuestras costumbres, y no por envidia;

estoy demasiado por debajo de esa ambición.

Fedro a menudo mejora por un motivo de gloria;

en cuanto a mí, tales pensamientos me sentarían mal.

Pero vayamos a la fábula, o más bien a la historia

de aquel que intentó unir a todos sus hijos.

Un anciano a punto de ir adonde la muerte lo llamaba:

Hijos míos queridos, les dijo (a sus hijos hablaba),

ved si podéis romper estas flechas atadas juntas;

os explicaré el nudo que las ensambla.

El mayor las tomó, e hizo todos sus esfuerzos,

las devolvió, diciendo: Se lo dejo a los más fuertes.

Un segundo lo sucede, y se pone en postura,

pero en vano. Un menor también intenta la aventura.

Todos perdieron su tiempo; el haz resistió:

de esas flechas juntas ni una sola se quebró.

Gente débil, dijo el padre, es necesario que os muestre

lo que mi fuerza puede en semejante encuentro.

Creyeron que bromeaba; sonrieron, pero equivocados:

separa las flechas, y las rompe sin esfuerzo.

Veis, retomó, el efecto de la concordia:

permaneced unidos, hijos míos, que el amor os acuerde.

Mientras duró su mal, no tuvo otro discurso.

Finalmente sintiéndose cerca de terminar sus días,

Hijos míos queridos, dijo, voy adonde están nuestros padres;

adiós: prometedme vivir como hermanos;

que obtenga de vosotros esta gracia al morir.

Cada uno de sus tres hijos se lo asegura llorando.

Les toma a todos las manos; muere. Y los tres hermanos

encuentran un bien muy grande, pero muy mezclado de asuntos.

Un acreedor embarga, un vecino inicia un pleito:

al principio nuestro trío sale adelante con éxito.

Su amistad fue tan breve como rara:

la sangre los había unido; el interés los separa:

la ambición, la envidia, junto con los abogados,

en la sucesión entran al mismo tiempo.

Se llega al reparto, se discute, se pleitea:

el juez sobre cien puntos por turnos los condena;

acreedores y vecinos vuelven enseguida,

aquellos sobre un error, estos sobre un defecto.

Los hermanos desunidos tienen todos opinión contraria:

uno quiere arreglarse, el otro no quiere nada de eso.

Todos perdieron su bien, y quisieron demasiado tarde

aprovechar esas flechas unidas y tomadas aparte.

Fábula19El oráculo y el impío

Querer engañar al cielo es locura en la tierra.

El laberinto de los corazones en sus recovecos no encierra

nada que no sea primero iluminado por los dioses:

todo lo que el hombre hace, lo hace ante sus ojos,

incluso las acciones que cree hacer en la sombra.

Un pagano, que olía un poco a hoguera,

y que creía en Dios, por usar esa palabra,

a beneficio de inventario,

fue a consultar a Apolo.

Apenas entró en su santuario:

Lo que tengo, dijo, ¿está vivo o no?

Tenía un gorrión, según dicen,

a punto de ahogar a la pobre bestia,

o de soltarla enseguida,

para poner a Apolo en falta.

Apolo reconoció lo que tramaba:

Muerto o vivo, le dijo, muéstranos tu gorrión,

y no me tiendas más trampas:

te iría mal con semejante estratagema.

Veo de lejos; alcanzo de igual modo.

Fábula20El avaro que ha perdido su tesoro

Solo el uso hace la posesión.

Les pregunto a esa gente cuya pasión

es amontonar siempre, poner suma sobre suma,

qué ventaja tienen que no tenga otro hombre.

Diógenes allá abajo es tan rico como ellos,

y el avaro aquí arriba vive como él, en miseria.

El hombre del tesoro escondido que Esopo nos propone

servirá de ejemplo para esto.

Ese desgraciado esperaba

para disfrutar de su bien una segunda vida;

no poseía el oro, sino que el oro lo poseía.

Tenía en la tierra una suma enterrada,

su corazón con ella, sin otro placer

que rumiarla día y noche,

y volver su fortuna sagrada para sí mismo.

Fuera o viniera, bebiera o comiera,

lo habrías pillado en falta si no estaba pensando

en el lugar donde yacía esa suma enterrada.

Dio tantas vueltas que un sepulturero lo vio,

sospechó del depósito, se lo llevó sin decir nada.

Nuestro avaro un buen día no encontró más que el nido.

Ahí tienes a nuestro hombre llorando; gime, suspira,

se atormenta, se desgarra.

Un transeúnte le pregunta el motivo de sus gritos. —

Es mi tesoro, me lo han robado. —

¿Tu tesoro? ¿Dónde estaba? — Justo al lado de esta piedra. —

¿Pero estamos acaso en tiempos de guerra

para llevarlo tan lejos? ¿No habrías hecho mejor

dejándolo en tu casa, en tu armario,

en vez de cambiarle de residencia?

Habrías podido sin esfuerzo echar mano de él a cualquier hora. —

¿A cualquier hora, buenos dioses? ¿Es solo por eso?

¿Acaso el dinero viene como se va?

Yo jamás lo tocaba. — Dime entonces, por favor,

respondió el otro, por qué te afliges tanto:

puesto que nunca tocabas ese dinero,

pon una piedra en su lugar;

te valdrá exactamente lo mismo.

Fábula21El ojo del amo

Un ciervo que se había refugiado en un establo de bueyes

fue advertido enseguida por ellos

de que buscase un asilo mejor;

Hermanos míos, les dijo, no me delaten:

les enseñaré los pastos más abundantes;

este servicio puede seros útil algún día,

y no os arrepentiréis.

Los bueyes, por si acaso, prometieron guardar el secreto.

Se esconde en un rincón, respira y toma ánimo.

Al atardecer traen hierba fresca y forraje,

como hacían todos los días:

van, vienen, los criados dan cien vueltas,

el capataz también; y ni uno por casualidad

percibe ni cuernos, ni cornamenta,

ni ciervo en fin. El habitante de los bosques

da ya las gracias a los bueyes, espera en ese establo

a que, volviendo cada cual al trabajo de Ceres,

encuentre un momento favorable para salir.

Uno de los bueyes, rumiando, le dice: Esto va bien;

¡pero qué! el hombre de los cien ojos no ha hecho su ronda:

temo mucho por ti su llegada;

hasta entonces, pobre ciervo, no te jactes de nada.

Entonces el amo entra y viene a hacer su inspección.

¿Qué es esto?, dice a su gente;

encuentro muy poca hierba en todos estos pesebres.

Esta paja está vieja; id pronto a los graneros.

Quiero ver de ahora en adelante vuestras bestias mejor cuidadas.

¿Qué cuesta quitar todas estas telarañas?

¿No se pueden ordenar estos yugos y estos collares?

Mirándolo todo ve otra cabeza

distinta de las que veía habitualmente en ese lugar.

El ciervo es reconocido: cada uno toma una lanza;

cada uno da un golpe a la bestia.

Sus lágrimas no pueden salvarla de la muerte.

Se la llevan, la salan, hacen con ella muchas comidas

de las que muchos vecinos se alegran de participar.

Fedro sobre este asunto dice muy elegantemente:

Para ver, no hay como el ojo del amo.

En cuanto a mí, yo añadiría también el ojo del amante.

Fábula22La alondra y sus polluelos, con el amo de un campo

No cuentes más que contigo mismo; es un proverbio común.

Así es como Esopo lo puso

en valor:

Las alondras hacen su nido

en los trigos cuando aún están verdes,

es decir, alrededor del tiempo

en que todo ama y todo pullula en el mundo,

monstruos marinos en el fondo de las olas,

tigres en los bosques, alondras en los campos.

Una, sin embargo, de estas últimas

había dejado pasar la mitad de una primavera

sin probar el placer de los amores primaverales.

A toda costa, por fin, se resolvió

a imitar la naturaleza, y a ser madre todavía.

Construyó un nido, puso huevos, incubó, e hizo eclosionar,

a toda prisa: todo salió lo mejor que pudo.

Los trigos de alrededor maduraron antes de que la nidada

se encontrara lo bastante fuerte todavía

para volar y alzar el vuelo,

de mil cuidados diversos la alondra agitada

se va a buscar alimento, advierte a sus hijos

de estar siempre al acecho y hacer centinela.

Si el dueño de estos campos

viene con su hijo, como vendrá, les dice,

escuchad bien: según lo que diga,

cada uno de nosotros se largará.

Apenas la alondra hubo dejado a su familia,

el dueño del campo viene con su hijo.

Estos trigos están maduros, dice: id donde nuestros amigos

a rogarles que cada uno, trayendo su hoz,

venga a ayudarnos mañana desde el amanecer.

Nuestra alondra de regreso

encuentra en alarma a su nidada.

Uno empieza: Ha dicho que, en cuanto salga la aurora,

se haga venir mañana a sus amigos para ayudarlo.

Si no ha dicho más que eso, respondió la alondra,

nada nos apura aún de cambiar de refugio;

pero mañana es cuando hay que escuchar de verdad.

Mientras tanto estad alegres, aquí tenéis qué comer.

Ellos saciados, todos se duermen, los pequeños y la madre.

El alba del día llega, y de amigos ni rastro.

La alondra al vuelo, el amo se viene a hacer

su ronda como de costumbre.

Estos trigos no deberían, dice, estar en pie.

Nuestros amigos obran mal; y obra mal quien se apoya

en tales perezosos, tan lentos para servir.

Hijo mío, id donde nuestros parientes

a rogarles lo mismo.

El espanto en el nido es más fuerte que nunca.

—Ha dicho sus parientes, madre! es ahora cuando…

—No, hijos míos; dormid en paz:

no nos movamos de nuestra morada.

La alondra tuvo razón pues nadie vino.

Por tercera vez, el amo se acordó

de visitar sus trigos. Nuestro error es extremo,

dice, de esperarlo todo de otra gente que nosotros.

No hay mejor amigo ni pariente que uno mismo.

Retened bien esto, hijo mío. Y sabéis

lo que hay que hacer? Hay que tomar con nuestra familia

cada uno una hoz desde mañana:

es lo más corto para nosotros; y terminaremos

nuestra cosecha cuando podamos.

Desde que este plan fue sabido por la alondra:

Esta vez sí que es bueno partir, hijos míos!

Y los pequeños, al mismo tiempo,

revoloteando, dando tumbos,

se largaron todos sin trompeta.

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