Libro VI
Fábula1El pastor y el león
Las fábulas no son lo que parecen ser;
el animal más simple nos sirve allí de maestro.
Una moral desnuda trae el aburrimiento:
el cuento hace pasar el precepto con él.
En esta clase de ficciones hay que instruir y agradar;
y contar por contar me parece poca cosa.
Por esta razón, alegrando su espíritu,
un buen número de gente famosa en este género ha escrito.
Todos han huido del ornamento y del exceso de extensión;
no se ve en ellos ni una palabra perdida.
Fedro era tan sucinto que algunos lo han censurado por ello;
Esopo en menos palabras todavía se ha expresado.
Pero sobre todos cierto griego va más lejos y se empeña
en una elegancia lacónica;
encierra siempre su cuento en cuatro versos:
bien o mal, lo dejo a juicio de los expertos.
Veámoslo junto a Esopo en un asunto semejante.
Uno trae un cazador, el otro un pastor, en su fábula.
He seguido su proyecto en cuanto al suceso,
cosiendo en el camino apenas algún rasgo.
Así es como, más o menos, Esopo lo cuenta:
un pastor, encontrando alguna falta en sus ovejas,
quiso a toda costa atrapar al ladrón.
Se va cerca de una cueva, y tiende alrededor
trampas para atrapar lobos, sospechando de esa calaña.
Antes de partir de estos lugares,
si haces, decía, oh monarca de los dioses,
que el tipo caiga en estas trampas en mi presencia,
y que yo disfrute de ese placer,
entre veinte terneros quiero elegir
el más gordo, y ofrecértelo en ofrenda.
A estas palabras sale de la cueva un león grande y fuerte;
el pastor se agacha, y dice, medio muerto:
¡Qué poco sabe el hombre, ay, lo que pide!
Por encontrar al ladrón que destruye mi rebaño,
y verlo atrapado en estas trampas antes de que yo me vaya,
oh monarca de los dioses, te he prometido un ternero;
¡te prometo un buey si haces que se aparte!
Así es como lo ha dicho el autor principal:
pasemos a su imitador.
Fábula2El león y el cazador
Un fanfarrón, aficionado a la caza,
acababa de perder un perro de buena raza
que sospechaba en el cuerpo de un león,
vio a un pastor. Indícame, por favor,
la casa de mi ladrón, le dijo;
quiero hacerme justicia ahora mismo.
El pastor dijo: Es hacia aquella montaña.
Pagándole como tributo una oveja
cada mes, vago por el campo
como me place; y estoy tranquilo.
En el momento en que mantenían esta conversación
sale el león, y viene con paso ágil.
El fanfarrón enseguida escapa;
Oh Júpiter, muéstrame algún refugio,
exclamó, que pueda salvarme.
La verdadera prueba del coraje
está solo en el peligro que se toca con el dedo:
tal lo buscaba, dice él, quien, cambiando de lenguaje,
huye en cuanto lo ve.
Fábula3Febo y Bóreas
Bóreas y el Sol vieron a un viajero
que se había provisto por suerte
contra el mal tiempo. Se entraba en el otoño,
cuando la precaución es buena para los viajeros:
llueve, luce el sol; y la banda de Iris
advierte a quienes salen
que en estos meses el manto les es muy necesario:
los latinos los llamaban dudosos, por este asunto.
Nuestro hombre se había preparado pues para la lluvia:
buen manto bien forrado, buena tela bien resistente.
Este, dijo el Viento, pretende haber previsto
todos los accidentes; pero no ha previsto
que yo sabré soplar de tal modo
que no habrá botón que aguante: tendrá que irse,
si yo quiero, el manto al diablo.
La diversión podría resultarnos agradable:
¿te apetece conseguirlo? ¡Pues bien! apostemos los dos,
dijo Febo, sin tantas palabras,
a ver quién antes habrá desguarnecido los hombros
del jinete que vemos.
Empieza: te dejo oscurecer mis rayos.
No hizo falta más. Nuestro soplador a sueldo
se hincha de vapores, se infla como un globo,
hace un estruendo de demonio,
silba, sopla, hace tempestad, y rompe a su paso
más de un tejado que no tiene culpa, hace perecer más de un barco:
todo por causa de un manto.
El jinete tuvo cuidado de impedir que la tormenta
pudiera meterse dentro.
Eso lo preservó. El viento perdió su tiempo;
cuanto más se esforzaba, más firme se mantenía el otro:
por más que hizo agitar el cuello y los pliegues.
En cuanto llegó al final del plazo
que se había puesto en la apuesta,
el Sol disipa la nube,
reanima y luego penetra al fin al jinete,
bajo su gabán hace que sude,
lo obliga a despojarse de él:
y aún no usó toda su potencia.
Más logra la dulzura que la violencia.
Fábula4Júpiter y el granjero
Júpiter tenía una granja que dar en arriendo.
Mercurio hizo el anuncio y se presentaron candidatos,
hicieron ofertas, escucharon:
no faltaron los regates;
uno alegaba que la heredad
era dura y difícil, y otro otra cosa por el estilo.
Mientras regateaban así,
uno de ellos, el más atrevido, pero no el más sabio,
prometió pagar tal cantidad, con tal de que Júpiter
lo dejara disponer del aire,
le diera las estaciones a su antojo,
que tuviera calor, frío, buen tiempo, viento del norte,
en fin, sequía y lluvia,
apenas lo pidiera.
Júpiter consiente. Firmado el contrato, nuestro hombre
se las da de rey del aire, llueve, hace viento, y en suma
se hace un clima solo para él: sus vecinos más cercanos
no se enteraron más que los americanos.
Eso fue su ventaja: tuvieron buen año,
cosecha plena, vendimia plena.
El señor arrendatario quedó muy mal servido.
Al año siguiente, todo cambia:
ajusta de otra manera
la temperatura de los cielos.
Su campo no mejora por eso;
el de sus vecinos fructifica y produce.
¿Qué hace? Recurre al monarca de los dioses;
confiesa su imprudencia.
Júpiter obró como un amo muy dulce.
Concluyamos que la Providencia
sabe lo que nos conviene mejor que nosotros.
Fábula5El gallito, el gato y el ratoncito
Un ratoncito muy joven, que no había visto nada,
estuvo a punto de ser sorprendido desprevenido.
Así es como contó la aventura a su madre:
Había cruzado los montes que delimitan este territorio,
y trotaba como una rata joven
que busca abrirse camino.
Cuando dos animales me detuvieron la mirada:
uno dulce, benigno y gracioso,
y el otro turbulento y lleno de inquietud;
tiene la voz penetrante y áspera,
sobre la cabeza un pedazo de carne,
una especie de brazos con los que se eleva en el aire
como para alzar el vuelo,
la cola desplegada en penacho.
Ahora bien, era un gallo del que nuestro ratoncito
hizo a su madre el retrato
como de un animal venido de América.
Se golpeaba, dijo, los flancos con sus brazos,
haciendo tal ruido y tal estruendo,
que yo, que gracias a los dioses me precio de valiente,
salí huyendo de miedo,
maldiciéndolo con todo mi corazón.
Sin él habría trabado conocimiento
con ese animal que me pareció tan dulce:
es aterciopelado como nosotros,
moteado, cola larga, una apariencia humilde,
una mirada modesta, y sin embargo el ojo brillante.
Lo creo muy afín
a los señores ratas; pues tiene orejas
de forma parecida a las nuestras.
Iba a acercarme a él, cuando con un sonido lleno de estrépito
el otro me hizo salir huyendo.
Hijo mío, dijo la ratona, ese dulzón es un gato,
que, bajo su carita hipócrita,
contra toda tu parentela,
está animado de una voluntad maligna.
El otro animal, por el contrario,
bien lejos de hacernos daño,
servirá quizás algún día para nuestras comidas.
En cuanto al gato, es sobre nosotros que fundamenta su cocina.
Cuídate, mientras vivas,
de juzgar a la gente por la apariencia.
Fábula6La zorra, el mono y los animales
Los animales, al morir un león,
que en vida fuera príncipe de la comarca,
se reunieron para elegir un rey, cuentan.
Del estuche sacaron la corona:
en una cueva un dragón la custodiaba.
Resultó que, probada en todos,
a ninguno de ellos le quedaba bien:
varios tenían la cabeza demasiado pequeña,
algunos demasiado grande, algunos hasta con cuernos.
El mono también hizo la prueba riendo;
y, por diversión, probándose la tiara,
hizo alrededor mil muecas,
piruetas de agilidad y miles de monerías,
pasó por dentro como por un aro.
A los animales aquello les pareció tan hermoso,
que fue elegido: cada cual le rindió homenaje.
Solo el zorro lamentó su voto,
sin mostrar, sin embargo, lo que sentía.
Cuando hubo hecho su pequeño cumplido,
le dijo al rey: Conozco, señor, un escondite,
y no creo que nadie más que yo lo sepa.
Ahora bien, todo tesoro, por derecho de realeza,
pertenece, señor, a vuestra majestad.
El nuevo rey boquea tras la fortuna;
él mismo corre allá para no ser engañado.
Era una trampa: quedó atrapado.
El zorro dijo, en nombre de la asamblea:
¿Pretenderías gobernarnos todavía,
sin saber conducirte a ti mismo?
Fue destituido; y quedó acordado
que a poca gente le conviene la diadema.
Fábula7El mulo que se jacta de su genealogía
El mulo de un prelado se preciaba de noble,
y no hablaba sin cesar
más que de su madre la yegua,
de quien contaba mil hazañas.
Ella había hecho esto, después había estado allá.
Su hijo pretendía por eso
que debían incluirlo en la historia.
Habría creído rebajarse sirviendo a un médico.
Cuando se hizo viejo, lo pusieron en el molino:
su padre el asno entonces volvió a su memoria.
Aunque la desgracia solo sirviera
para hacer entrar en razón a un tonto,
siempre sería con justa causa
que la llamamos buena para algo.
Fábula8El viejo y el asno
Un viejo en su burro vio al pasar
un prado lleno de hierba y floreciente:
suelta a su bestia; y el pollino se lanza
a través de la hierba menuda,
revolcándose, rascándose y frotándose,
retozando, cantando y paciendo,
y dejando limpio más de un sitio.
El enemigo llega en ese momento.
Huyamos, dice entonces el viejo.
¿Por qué?, respondió el bribón;
¿acaso me harán llevar doble albarda, doble carga?
No, dijo el viejo, que tomó enseguida las de Villadiego.
¡Eh! Pues entonces qué me importa, dijo el burro, de quién sea yo?
Sálvate tú, y déjame pastar.
Nuestro enemigo es nuestro amo:
te lo digo en buen cristiano.
Fábula9El ciervo viéndose en el agua
En el cristal de una fuente
un ciervo mirándose una vez
elogiaba la belleza de su cornamenta,
y apenas podía
soportar sus patas de huso,
cuyo reflejo veía perderse en el agua.
¡Qué desproporción entre mis pies y mi cabeza!,
decía al ver su sombra con dolor:
mi frente alcanza la copa de los matorrales más altos;
mis pies no me hacen ningún honor.
Mientras hablaba así,
un sabueso lo hace salir corriendo.
Intenta ponerse a salvo;
se lanza hacia los bosques:
su cornamenta, ornamento funesto,
deteniéndolo a cada momento,
estorba la ayuda que le prestan
sus patas de las que depende su vida.
Se desdice entonces, y maldice los regalos
que el cielo le hace todos los años.
Valoramos lo bello, despreciamos lo útil;
y lo bello a menudo nos destruye.
Este ciervo reprocha a sus patas que lo vuelven ágil;
aprecia una cornamenta que lo perjudica.
Fábula10La liebre y la tortuga
De nada sirve correr; hay que salir a tiempo:
la liebre y la tortuga son un testimonio de ello.
Apostemos, dijo esta, que no llegarás
tan pronto como yo a esa meta. ¿Tan pronto? ¿Estás en tus cabales?
Respondió el animal ligero:
Comadre, necesitas purgarte
con cuatro granos de eléboro.
—En mis cabales o no, apuesto de todas formas.
Así se hizo; y de ambos
pusieron cerca de la meta las apuestas.
Saber qué, no es el asunto,
ni qué juez acordaron.
Nuestra liebre no tenía más que cuatro pasos que dar;
me refiero a esos que da cuando, a punto de ser alcanzada,
se aleja de los perros, los manda a las calendas
y les hace recorrer los páramos.
Teniendo, digo, tiempo de sobra para pastar,
para dormir y para escuchar
de dónde viene el viento, deja que la tortuga
vaya a su paso de senador.
Ella parte, ella se esfuerza;
se apresura con lentitud.
Él mientras tanto desprecia tal victoria,
considera la apuesta de poca gloria,
cree que va en ello su honor
el partir tarde. Pasta, descansa;
se entretiene en cualquier otra cosa
que no sea la apuesta. Al final, cuando vio
que la otra tocaba casi el final de la carrera,
partió como una flecha; pero los arranques que dio
fueron vanos: la tortuga llegó primera.
¡Bueno! le gritó ella, ¿no tenía yo razón?
¿De qué te sirve tu velocidad?
¡Yo ganarte! y qué sería
si tú cargaras con una casa?
Fábula11El asno y sus amos
El burro de un hortelano se quejaba al Destino
de que lo hacían levantarse antes del alba.
Los gallos, le decía, pueden cantar temprano,
pero yo madrugo todavía más.
¿Y para qué? Para llevar verduras al mercado.
¡Bonita necesidad de interrumpir mi sueño!
El Destino, conmovido por su queja,
le da otro amo; y el animal de carga
pasa del hortelano a manos de un curtidor.
El peso de las pieles y su mal olor
pronto ofendieron a la impertinente bestia.
Echo de menos, decía, a mi primer señor:
al menos, cuando giraba la cabeza,
agarraba, si mal no recuerdo,
algún trozo de col que no me costaba nada:
pero aquí ninguna ganancia, o si acaso alguna:
es de golpes. Obtuvo cambio de fortuna;
y en la condición de un carbonero
fue inscrito en último lugar.
Nueva queja. ¡Pero qué! dijo el Destino furioso,
este burro me ocupa tanto
como cien monarcas podrían hacerlo!
¿Cree ser el único que no está contento?
¿Tengo en la cabeza solo su asunto?
El Destino tenía razón. Toda la gente es así:
nuestra condición nunca nos satisface;
la peor es siempre la presente.
Fatigamos al cielo a fuerza de peticiones.
Aunque Júpiter concediera a cada uno su demanda,
aún así le romperíamos la cabeza.
Fábula12El sol y las ranas
En la boda de un tirano todo el pueblo celebraba
ahogando sus penas en las copas.
Solo Esopo encontraba que la gente era estúpida
al mostrar tanta alegría.
El Sol, decía, tuvo una vez la intención
de pensar en el matrimonio.
Enseguida se oyó, con voz unánime,
quejarse de su destino
a las ciudadanas de los estanques.
¿Qué haremos si le nacen hijos?
Dijeron a la Suerte: un solo Sol apenas
se puede soportar; media docena
secará el mar y todos sus habitantes.
Adiós juncos y pantanos: nuestra especie está destruida,
pronto se verá reducida
al agua del Estigio. Para ser un pobre animal,
las ranas, a mi entender, no razonaban mal.
Fábula13El campesino y la serpiente
Esopo cuenta que un campesino,
tan caritativo como poco sensato,
un día de invierno paseando
por los alrededores de su propiedad,
descubrió una serpiente tendida sobre la nieve,
aterida, helada, paralizada, inmóvil,
sin un cuarto de hora de vida por delante.
El aldeano la coge, la lleva a su casa;
y sin preguntarse cuál será la recompensa
de una acción de tal mérito,
la extiende a lo largo del hogar,
la calienta, la resucita.
El animal entumecido apenas siente el calor,
cuando el alma le vuelve junto con la ira.
Levanta un poco la cabeza, y enseguida silba;
luego se enrolla largo rato, luego intenta dar un salto
contra su bienhechor, su salvador, su padre.
Ingrato, dice el campesino, ¡así que ese es mi pago!
¡Morirás! Con estas palabras, lleno de justa cólera,
agarra su hacha y cercena a la bestia;
hace tres serpientes de dos golpes,
un tronco, la cola y la cabeza.
El bicho, saltando, busca reunirse;
pero no logra conseguirlo.
Es bueno ser caritativo:
¿pero hacia quién? ahí está el punto.
En cuanto a los ingratos, no hay ninguno
que no acabe muriendo miserable.
Fábula14El león enfermo y la zorra
Por el rey de los animales,
que en su guarida estaba enfermo,
se hizo saber a sus vasallos
que cada especie en embajada
enviara gente a visitarlo;
bajo promesa de tratar bien
a los diputados, a ellos y su comitiva,
palabra de león, muy bien escrita:
buen salvoconducto contra el diente,
contra la garra otro tanto.
El edicto del príncipe se cumple:
de cada especie le envían representantes.
Los zorros quedándose en casa,
uno de ellos dio esta razón:
las huellas marcadas en el polvo
por los que van a hacer la corte al enfermo,
todas, sin excepción, miran hacia su cueva;
ni una sola marca el regreso:
eso nos pone en desconfianza.
Que su majestad nos dispense:
muchas gracias por su salvoconducto.
Lo creo válido: pero en esa guarida
veo muy bien cómo se entra,
y no veo cómo se sale.
Fábula15El pajarero, el azor y la alondra
Las injusticias de los perversos
sirven a menudo de excusa a las nuestras.
Tal es la ley del universo:
si quieres que te perdonen, perdona tú también a los otros.
Un campesino cazaba pajarillos con un espejo.
El fantasma brillante atrae a una alondra:
enseguida un azor, planeando sobre los surcos,
desciende del aire, se precipita y se lanza
sobre la que cantaba, aunque cerca de la tumba.
Ella había evitado la pérfida máquina,
cuando, al encontrarse bajo la garra del ave,
sintió su uña maligna.
Mientras el azor está ocupado desplumándola,
él mismo queda atrapado bajo las redes:
Cazador, déjame ir, dice en su lenguaje;
yo nunca te hice ningún mal.
El cazador respondió: Este animalito
¿acaso te lo había hecho a ti?
Fábula16El caballo y el asno
En este mundo hay que ayudarse unos a otros:
si tu vecino llega a morir,
la carga cae sobre ti.
Un burro acompañaba a un caballo poco cortés,
este último llevando apenas su simple arnés,
y el pobre borrico tan cargado que sucumbe.
Le pidió al caballo que lo ayudara un poco;
de lo contrario moriría antes de llegar a la ciudad.
La petición, dijo, no tiene nada de descortés:
la mitad de esta carga será para ti un juego.
El caballo se negó, dio un resoplido;
hasta que vio morir bajo el peso a su camarada,
y reconoció que había estado equivocado.
Del burro en esta aventura
le hicieron cargar el carro,
y encima la piel todavía.
Fábula17El perro que suelta su presa por la sombra
Todos se equivocan aquí abajo:
se ve correr tras la sombra
a tantos locos que no se sabe,
la mayor parte del tiempo, el número.
Hay que remitirlos al perro del que habla Esopo,
ese perro que viendo su presa reflejada en el agua
la soltó por la imagen, y estuvo a punto de ahogarse:
el río se agitó de repente;
con gran dificultad regresó a la orilla,
y no tuvo ni la sombra ni el cuerpo.
Fábula18El carretero atascado
El Faetón de un carro de heno
vio su vehículo atascado en el barro. El pobre hombre estaba lejos
de toda ayuda humana: era en el campo,
cerca de cierta comarca de la Baja Bretaña,
llamada Quimper-Corentin.
Ya se sabe bastante que el Destino
envía allí a la gente cuando quiere que se enfurezcan.
¡Que Dios nos libre de ese viaje!
Volviendo al carretero atascado en ese lugar,
ahí lo tienes maldiciendo y jurando con todas sus fuerzas,
despotricando, en su furia extrema,
ora contra los baches, ora contra sus caballos,
contra su carro, contra sí mismo.
Invoca al fin al dios cuyos trabajos
son tan célebres en el mundo:
Hércules, le dice, ayúdame; si tu espalda
ha cargado la máquina redonda,
tu brazo puede sacarme de aquí.
Hecha su plegaria, oye en las nubes
una voz que le habla así:
Hércules quiere que uno se mueva;
luego ayuda a la gente. Mira de dónde viene
el obstáculo que te retiene;
quita de alrededor de cada rueda
ese maldito mortero, ese lodo maldito
que las recubre hasta el eje;
toma tu pico y rómpeme esa piedra que te estorba;
rellena ese bache. ¿Ya lo hiciste? Sí, dice el hombre.
Pues bien, ahora voy a ayudarte, dice la voz; toma tu látigo.
Lo he tomado... ¿Qué es esto? ¡Mi carro avanza a las mil maravillas!
¡Loado sea Hércules! Entonces la voz: Ya ves cómo
tus caballos fácilmente han salido de ahí.
Ayúdate, que el cielo te ayudará.
Fábula19El charlatán
Al mundo nunca le han faltado charlatanes:
esta ciencia, desde siempre,
fue muy fértil en profesores.
Uno desafía al Aqueronte en el teatro,
y otro anuncia por la ciudad
que es más que Cicerón.
Uno de los últimos presumía de ser
tan gran maestro en elocuencia
que volvería elocuente a un papanatas,
a un patán, a un rústico, a un bruto;
sí, señores, a un bruto, a un animal, a un asno:
que me traigan un asno, un asno reforzado,
lo convertiré en maestro consumado,
y quiero que vista la sotana.
El príncipe se enteró; mandó llamar al rétor.
Tengo, le dijo, en mi caballeriza
un hermoso rocín de Arcadia;
quisiera hacer de él un orador.
Señor, vos podéis todo, respondió enseguida nuestro hombre.
Le dieron cierta suma.
Debía al cabo de diez años
poner a su asno en las aulas;
si no, consentía en que en plaza pública
lo izaran con la soga al cuello, estrangulado corto y limpio,
llevando a la espalda su retórica,
y las orejas de un pollino.
Uno de los cortesanos le dijo que a la horca
iría a verlo, y que, para ser un ahorcado,
tendría buena presencia y mucho porte:
sobre todo que no olvidara hacer al público
un discurso donde su arte se desplegara a lo largo;
un discurso patético, y cuya fórmula
sirviera a ciertos Cicerones
vulgarmente llamados ladrones.
El otro replicó: Antes del asunto,
el rey, el asno o yo moriremos.
Tenía razón. Es locura
contar con diez años de vida.
Bebamos bien, comamos bien,
le debemos a la muerte uno de cada tres en diez años.
Fábula20La discordia
La diosa Discordia, tras enemistarse con los dioses
y armar un gran pleito allá arriba por una manzana,
fue expulsada de los cielos.
En casa del animal que llaman hombre
la recibieron con los brazos abiertos,
a ella y a Sí-y-no su hermano,
junto con Tuyo-y-mío su padre.
Ella nos hizo el honor en este bajo universo
de preferir nuestro hemisferio
al de los mortales que nos son opuestos,
gente tosca poco civilizada,
y que, casándose sin cura y sin notario,
no tienen necesidad de la Discordia.
Para hacerla llegar a los lugares donde la necesidad
exigía que estuviera presente,
la Fama tenía el cuidado
de avisarle; y la otra, diligente,
corría veloz a las disputas, y se adelantaba a la Paz;
hacía de una chispa un fuego difícil de apagar.
La Fama finalmente comenzó a quejarse
de que nunca se le encontraba
una morada fija y segura;
muy a menudo se perdía el tiempo buscándola:
era necesario pues que tuviera una residencia asignada,
una residencia desde donde se pudiera a todas las familias
enviarla en día señalado.
Como entonces no existía ningún convento de monjas,
se encontró dificultad en ello.
La posada del matrimonio finalmente
le fue asignada como casa.
Fábula21La joven viuda
La pérdida de un marido no transcurre sin suspiros:
se hace mucho ruido, y después una se consuela.
Sobre las alas del Tiempo la tristeza se aleja volando:
el Tiempo trae de vuelta los placeres.
Entre la viuda de un año
y la viuda de un día
la diferencia es grande: nunca creerías
que fuera la misma persona;
una hace huir a la gente, y la otra tiene mil encantos:
a los suspiros verdaderos o falsos aquella se abandona;
es siempre la misma nota y la misma conversación.
Se dice que es inconsolable:
se dice pero no es cierto,
como verás por esta fábula,
o mejor dicho por la verdad.
El marido de una joven belleza
partía hacia el otro mundo. A su lado su mujer
le gritaba: Espérame, te sigo; y mi alma,
lo mismo que la tuya, está lista para irse volando.
El marido hace solo el viaje.
La bella tenía un padre, hombre prudente y sabio;
dejó correr el torrente.
Al final para consolarla:
Hija mía, le dijo, ya has derramado demasiadas lágrimas;
¿qué necesidad tiene el difunto de que ahogues tus encantos?
Ya que él está entre los vivos, no pienses más en los muertos.
No digo que de inmediato
una condición mejor
cambie en unas bodas estos arrebatos;
pero después de cierto tiempo permite que te proponga
un marido, apuesto, bien formado, joven, y completamente distinto
al difunto. ¡Ah!, dijo ella enseguida,
un claustro es el marido que me hace falta.
El padre la dejó digerir su desgracia.
Un mes transcurre de ese modo;
el otro mes se emplea en cambiar todos los días
algo en el vestido, en la ropa, en el peinado:
el luto sirve al fin de adorno,
mientras se esperan otros atuendos.
Toda la banda de los Amores
vuelve al palomar; los juegos, las risas, el baile,
también tienen su turno al final;
se sumerge mañana y noche
en la fuente de la Juventud.
El padre ya no teme a ese difunto tan querido;
pero como no le hablaba de nada a nuestra bella:
¿Dónde está entonces el joven marido
que me prometiste?, le dijo ella.
Fábula22Epílogo de la primera colección
Detengamos aquí esta carrera:
las obras largas me dan miedo.
Lejos de agotar un asunto,
solo hay que tomar de él la flor.
Ya es hora de que recupere
un poco de fuerzas y de aliento
para abastecer otros proyectos.
Amor, ese tirano de mi vida,
quiere que cambie de temas:
hay que satisfacer su deseo.
Volvamos a Psique. Damón, tú me exhortas
a pintar sus desdichas y sus felicidades:
consiento; quizá mi vena
en su favor se calentará.
¡Dichoso si este trabajo es la última pena
que su esposo me cause!
Fábula23A la señora de Montespan
El apólogo es un don que viene de los inmortales;
o, si es un regalo de los hombres,
quien nos lo hizo merece altares:
todos nosotros, todos los que somos,
debemos erigir en divinidad
al sabio que inventó este arte hermoso.
Es propiamente un hechizo: vuelve atenta el alma,
o más bien la mantiene cautiva,
atándonos a relatos
que llevan a su antojo los corazones y los espíritus.
Oh tú que lo imitas, Olimpia, si mi musa
alguna vez ocupó un lugar en la mesa de los dioses,
dígnate hoy posar los ojos sobre estos dones;
¡favorece los juegos donde mi espíritu se entretiene!
El Tiempo, que destruye todo, respetando tu apoyo,
me dejará franquear los años en esta obra:
todo autor que quiera vivir aún después de sí mismo
debe ganarse tu aprobación.
De ti es que mis versos esperan todo su valor:
no hay belleza en nuestros escritos
de la que tú no conozcas hasta los menores rastros.
¡Y quién conoce sino tú las bellezas y las gracias!
Palabras y miradas, todo es encanto en ti.
Mi musa, en un tema tan dulce,
querría extenderse más:
pero hay que reservar a otros ese oficio;
y de un maestro más grande que yo
tu alabanza es el territorio.
Olimpia, basta con que a mi última obra
tu nombre sirva un día de muralla y refugio;
protege de ahora en adelante el libro favorito
por el que me atrevo a esperar una segunda vida:
bajo tus únicos auspicios estos versos
serán juzgados, a pesar de la envidia,
dignos de los ojos del universo.
No merezco un favor tan grande;
la fábula en su nombre lo pide:
sabes qué crédito tiene esta mentira sobre nosotros.
Si procura a mis versos la dicha de agradarte,
creeré deberle un templo como recompensa:
pero solo quiero construir templos para ti.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
