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Libro VI

Fábulas · Jean de La Fontaine · 23 min de lectura

Fábula1El pastor y el león

Las fábulas no son lo que parecen ser;

el animal más simple nos sirve allí de maestro.

Una moral desnuda trae el aburrimiento:

el cuento hace pasar el precepto con él.

En esta clase de ficciones hay que instruir y agradar;

y contar por contar me parece poca cosa.

Por esta razón, alegrando su espíritu,

un buen número de gente famosa en este género ha escrito.

Todos han huido del ornamento y del exceso de extensión;

no se ve en ellos ni una palabra perdida.

Fedro era tan sucinto que algunos lo han censurado por ello;

Esopo en menos palabras todavía se ha expresado.

Pero sobre todos cierto griego va más lejos y se empeña

en una elegancia lacónica;

encierra siempre su cuento en cuatro versos:

bien o mal, lo dejo a juicio de los expertos.

Veámoslo junto a Esopo en un asunto semejante.

Uno trae un cazador, el otro un pastor, en su fábula.

He seguido su proyecto en cuanto al suceso,

cosiendo en el camino apenas algún rasgo.

Así es como, más o menos, Esopo lo cuenta:

un pastor, encontrando alguna falta en sus ovejas,

quiso a toda costa atrapar al ladrón.

Se va cerca de una cueva, y tiende alrededor

trampas para atrapar lobos, sospechando de esa calaña.

Antes de partir de estos lugares,

si haces, decía, oh monarca de los dioses,

que el tipo caiga en estas trampas en mi presencia,

y que yo disfrute de ese placer,

entre veinte terneros quiero elegir

el más gordo, y ofrecértelo en ofrenda.

A estas palabras sale de la cueva un león grande y fuerte;

el pastor se agacha, y dice, medio muerto:

¡Qué poco sabe el hombre, ay, lo que pide!

Por encontrar al ladrón que destruye mi rebaño,

y verlo atrapado en estas trampas antes de que yo me vaya,

oh monarca de los dioses, te he prometido un ternero;

¡te prometo un buey si haces que se aparte!

Así es como lo ha dicho el autor principal:

pasemos a su imitador.

Fábula2El león y el cazador

Un fanfarrón, aficionado a la caza,

acababa de perder un perro de buena raza

que sospechaba en el cuerpo de un león,

vio a un pastor. Indícame, por favor,

la casa de mi ladrón, le dijo;

quiero hacerme justicia ahora mismo.

El pastor dijo: Es hacia aquella montaña.

Pagándole como tributo una oveja

cada mes, vago por el campo

como me place; y estoy tranquilo.

En el momento en que mantenían esta conversación

sale el león, y viene con paso ágil.

El fanfarrón enseguida escapa;

Oh Júpiter, muéstrame algún refugio,

exclamó, que pueda salvarme.

La verdadera prueba del coraje

está solo en el peligro que se toca con el dedo:

tal lo buscaba, dice él, quien, cambiando de lenguaje,

huye en cuanto lo ve.

Fábula3Febo y Bóreas

Bóreas y el Sol vieron a un viajero

que se había provisto por suerte

contra el mal tiempo. Se entraba en el otoño,

cuando la precaución es buena para los viajeros:

llueve, luce el sol; y la banda de Iris

advierte a quienes salen

que en estos meses el manto les es muy necesario:

los latinos los llamaban dudosos, por este asunto.

Nuestro hombre se había preparado pues para la lluvia:

buen manto bien forrado, buena tela bien resistente.

Este, dijo el Viento, pretende haber previsto

todos los accidentes; pero no ha previsto

que yo sabré soplar de tal modo

que no habrá botón que aguante: tendrá que irse,

si yo quiero, el manto al diablo.

La diversión podría resultarnos agradable:

¿te apetece conseguirlo? ¡Pues bien! apostemos los dos,

dijo Febo, sin tantas palabras,

a ver quién antes habrá desguarnecido los hombros

del jinete que vemos.

Empieza: te dejo oscurecer mis rayos.

No hizo falta más. Nuestro soplador a sueldo

se hincha de vapores, se infla como un globo,

hace un estruendo de demonio,

silba, sopla, hace tempestad, y rompe a su paso

más de un tejado que no tiene culpa, hace perecer más de un barco:

todo por causa de un manto.

El jinete tuvo cuidado de impedir que la tormenta

pudiera meterse dentro.

Eso lo preservó. El viento perdió su tiempo;

cuanto más se esforzaba, más firme se mantenía el otro:

por más que hizo agitar el cuello y los pliegues.

En cuanto llegó al final del plazo

que se había puesto en la apuesta,

el Sol disipa la nube,

reanima y luego penetra al fin al jinete,

bajo su gabán hace que sude,

lo obliga a despojarse de él:

y aún no usó toda su potencia.

Más logra la dulzura que la violencia.

Fábula4Júpiter y el granjero

Júpiter tenía una granja que dar en arriendo.

Mercurio hizo el anuncio y se presentaron candidatos,

hicieron ofertas, escucharon:

no faltaron los regates;

uno alegaba que la heredad

era dura y difícil, y otro otra cosa por el estilo.

Mientras regateaban así,

uno de ellos, el más atrevido, pero no el más sabio,

prometió pagar tal cantidad, con tal de que Júpiter

lo dejara disponer del aire,

le diera las estaciones a su antojo,

que tuviera calor, frío, buen tiempo, viento del norte,

en fin, sequía y lluvia,

apenas lo pidiera.

Júpiter consiente. Firmado el contrato, nuestro hombre

se las da de rey del aire, llueve, hace viento, y en suma

se hace un clima solo para él: sus vecinos más cercanos

no se enteraron más que los americanos.

Eso fue su ventaja: tuvieron buen año,

cosecha plena, vendimia plena.

El señor arrendatario quedó muy mal servido.

Al año siguiente, todo cambia:

ajusta de otra manera

la temperatura de los cielos.

Su campo no mejora por eso;

el de sus vecinos fructifica y produce.

¿Qué hace? Recurre al monarca de los dioses;

confiesa su imprudencia.

Júpiter obró como un amo muy dulce.

Concluyamos que la Providencia

sabe lo que nos conviene mejor que nosotros.

Fábula5El gallito, el gato y el ratoncito

Un ratoncito muy joven, que no había visto nada,

estuvo a punto de ser sorprendido desprevenido.

Así es como contó la aventura a su madre:

Había cruzado los montes que delimitan este territorio,

y trotaba como una rata joven

que busca abrirse camino.

Cuando dos animales me detuvieron la mirada:

uno dulce, benigno y gracioso,

y el otro turbulento y lleno de inquietud;

tiene la voz penetrante y áspera,

sobre la cabeza un pedazo de carne,

una especie de brazos con los que se eleva en el aire

como para alzar el vuelo,

la cola desplegada en penacho.

Ahora bien, era un gallo del que nuestro ratoncito

hizo a su madre el retrato

como de un animal venido de América.

Se golpeaba, dijo, los flancos con sus brazos,

haciendo tal ruido y tal estruendo,

que yo, que gracias a los dioses me precio de valiente,

salí huyendo de miedo,

maldiciéndolo con todo mi corazón.

Sin él habría trabado conocimiento

con ese animal que me pareció tan dulce:

es aterciopelado como nosotros,

moteado, cola larga, una apariencia humilde,

una mirada modesta, y sin embargo el ojo brillante.

Lo creo muy afín

a los señores ratas; pues tiene orejas

de forma parecida a las nuestras.

Iba a acercarme a él, cuando con un sonido lleno de estrépito

el otro me hizo salir huyendo.

Hijo mío, dijo la ratona, ese dulzón es un gato,

que, bajo su carita hipócrita,

contra toda tu parentela,

está animado de una voluntad maligna.

El otro animal, por el contrario,

bien lejos de hacernos daño,

servirá quizás algún día para nuestras comidas.

En cuanto al gato, es sobre nosotros que fundamenta su cocina.

Cuídate, mientras vivas,

de juzgar a la gente por la apariencia.

Fábula6La zorra, el mono y los animales

Los animales, al morir un león,

que en vida fuera príncipe de la comarca,

se reunieron para elegir un rey, cuentan.

Del estuche sacaron la corona:

en una cueva un dragón la custodiaba.

Resultó que, probada en todos,

a ninguno de ellos le quedaba bien:

varios tenían la cabeza demasiado pequeña,

algunos demasiado grande, algunos hasta con cuernos.

El mono también hizo la prueba riendo;

y, por diversión, probándose la tiara,

hizo alrededor mil muecas,

piruetas de agilidad y miles de monerías,

pasó por dentro como por un aro.

A los animales aquello les pareció tan hermoso,

que fue elegido: cada cual le rindió homenaje.

Solo el zorro lamentó su voto,

sin mostrar, sin embargo, lo que sentía.

Cuando hubo hecho su pequeño cumplido,

le dijo al rey: Conozco, señor, un escondite,

y no creo que nadie más que yo lo sepa.

Ahora bien, todo tesoro, por derecho de realeza,

pertenece, señor, a vuestra majestad.

El nuevo rey boquea tras la fortuna;

él mismo corre allá para no ser engañado.

Era una trampa: quedó atrapado.

El zorro dijo, en nombre de la asamblea:

¿Pretenderías gobernarnos todavía,

sin saber conducirte a ti mismo?

Fue destituido; y quedó acordado

que a poca gente le conviene la diadema.

Fábula7El mulo que se jacta de su genealogía

El mulo de un prelado se preciaba de noble,

y no hablaba sin cesar

más que de su madre la yegua,

de quien contaba mil hazañas.

Ella había hecho esto, después había estado allá.

Su hijo pretendía por eso

que debían incluirlo en la historia.

Habría creído rebajarse sirviendo a un médico.

Cuando se hizo viejo, lo pusieron en el molino:

su padre el asno entonces volvió a su memoria.

Aunque la desgracia solo sirviera

para hacer entrar en razón a un tonto,

siempre sería con justa causa

que la llamamos buena para algo.

Fábula8El viejo y el asno

Un viejo en su burro vio al pasar

un prado lleno de hierba y floreciente:

suelta a su bestia; y el pollino se lanza

a través de la hierba menuda,

revolcándose, rascándose y frotándose,

retozando, cantando y paciendo,

y dejando limpio más de un sitio.

El enemigo llega en ese momento.

Huyamos, dice entonces el viejo.

¿Por qué?, respondió el bribón;

¿acaso me harán llevar doble albarda, doble carga?

No, dijo el viejo, que tomó enseguida las de Villadiego.

¡Eh! Pues entonces qué me importa, dijo el burro, de quién sea yo?

Sálvate tú, y déjame pastar.

Nuestro enemigo es nuestro amo:

te lo digo en buen cristiano.

Fábula9El ciervo viéndose en el agua

En el cristal de una fuente

un ciervo mirándose una vez

elogiaba la belleza de su cornamenta,

y apenas podía

soportar sus patas de huso,

cuyo reflejo veía perderse en el agua.

¡Qué desproporción entre mis pies y mi cabeza!,

decía al ver su sombra con dolor:

mi frente alcanza la copa de los matorrales más altos;

mis pies no me hacen ningún honor.

Mientras hablaba así,

un sabueso lo hace salir corriendo.

Intenta ponerse a salvo;

se lanza hacia los bosques:

su cornamenta, ornamento funesto,

deteniéndolo a cada momento,

estorba la ayuda que le prestan

sus patas de las que depende su vida.

Se desdice entonces, y maldice los regalos

que el cielo le hace todos los años.

Valoramos lo bello, despreciamos lo útil;

y lo bello a menudo nos destruye.

Este ciervo reprocha a sus patas que lo vuelven ágil;

aprecia una cornamenta que lo perjudica.

Fábula10La liebre y la tortuga

De nada sirve correr; hay que salir a tiempo:

la liebre y la tortuga son un testimonio de ello.

Apostemos, dijo esta, que no llegarás

tan pronto como yo a esa meta. ¿Tan pronto? ¿Estás en tus cabales?

Respondió el animal ligero:

Comadre, necesitas purgarte

con cuatro granos de eléboro.

—En mis cabales o no, apuesto de todas formas.

Así se hizo; y de ambos

pusieron cerca de la meta las apuestas.

Saber qué, no es el asunto,

ni qué juez acordaron.

Nuestra liebre no tenía más que cuatro pasos que dar;

me refiero a esos que da cuando, a punto de ser alcanzada,

se aleja de los perros, los manda a las calendas

y les hace recorrer los páramos.

Teniendo, digo, tiempo de sobra para pastar,

para dormir y para escuchar

de dónde viene el viento, deja que la tortuga

vaya a su paso de senador.

Ella parte, ella se esfuerza;

se apresura con lentitud.

Él mientras tanto desprecia tal victoria,

considera la apuesta de poca gloria,

cree que va en ello su honor

el partir tarde. Pasta, descansa;

se entretiene en cualquier otra cosa

que no sea la apuesta. Al final, cuando vio

que la otra tocaba casi el final de la carrera,

partió como una flecha; pero los arranques que dio

fueron vanos: la tortuga llegó primera.

¡Bueno! le gritó ella, ¿no tenía yo razón?

¿De qué te sirve tu velocidad?

¡Yo ganarte! y qué sería

si tú cargaras con una casa?

Fábula11El asno y sus amos

El burro de un hortelano se quejaba al Destino

de que lo hacían levantarse antes del alba.

Los gallos, le decía, pueden cantar temprano,

pero yo madrugo todavía más.

¿Y para qué? Para llevar verduras al mercado.

¡Bonita necesidad de interrumpir mi sueño!

El Destino, conmovido por su queja,

le da otro amo; y el animal de carga

pasa del hortelano a manos de un curtidor.

El peso de las pieles y su mal olor

pronto ofendieron a la impertinente bestia.

Echo de menos, decía, a mi primer señor:

al menos, cuando giraba la cabeza,

agarraba, si mal no recuerdo,

algún trozo de col que no me costaba nada:

pero aquí ninguna ganancia, o si acaso alguna:

es de golpes. Obtuvo cambio de fortuna;

y en la condición de un carbonero

fue inscrito en último lugar.

Nueva queja. ¡Pero qué! dijo el Destino furioso,

este burro me ocupa tanto

como cien monarcas podrían hacerlo!

¿Cree ser el único que no está contento?

¿Tengo en la cabeza solo su asunto?

El Destino tenía razón. Toda la gente es así:

nuestra condición nunca nos satisface;

la peor es siempre la presente.

Fatigamos al cielo a fuerza de peticiones.

Aunque Júpiter concediera a cada uno su demanda,

aún así le romperíamos la cabeza.

Fábula12El sol y las ranas

En la boda de un tirano todo el pueblo celebraba

ahogando sus penas en las copas.

Solo Esopo encontraba que la gente era estúpida

al mostrar tanta alegría.

El Sol, decía, tuvo una vez la intención

de pensar en el matrimonio.

Enseguida se oyó, con voz unánime,

quejarse de su destino

a las ciudadanas de los estanques.

¿Qué haremos si le nacen hijos?

Dijeron a la Suerte: un solo Sol apenas

se puede soportar; media docena

secará el mar y todos sus habitantes.

Adiós juncos y pantanos: nuestra especie está destruida,

pronto se verá reducida

al agua del Estigio. Para ser un pobre animal,

las ranas, a mi entender, no razonaban mal.

Fábula13El campesino y la serpiente

Esopo cuenta que un campesino,

tan caritativo como poco sensato,

un día de invierno paseando

por los alrededores de su propiedad,

descubrió una serpiente tendida sobre la nieve,

aterida, helada, paralizada, inmóvil,

sin un cuarto de hora de vida por delante.

El aldeano la coge, la lleva a su casa;

y sin preguntarse cuál será la recompensa

de una acción de tal mérito,

la extiende a lo largo del hogar,

la calienta, la resucita.

El animal entumecido apenas siente el calor,

cuando el alma le vuelve junto con la ira.

Levanta un poco la cabeza, y enseguida silba;

luego se enrolla largo rato, luego intenta dar un salto

contra su bienhechor, su salvador, su padre.

Ingrato, dice el campesino, ¡así que ese es mi pago!

¡Morirás! Con estas palabras, lleno de justa cólera,

agarra su hacha y cercena a la bestia;

hace tres serpientes de dos golpes,

un tronco, la cola y la cabeza.

El bicho, saltando, busca reunirse;

pero no logra conseguirlo.

Es bueno ser caritativo:

¿pero hacia quién? ahí está el punto.

En cuanto a los ingratos, no hay ninguno

que no acabe muriendo miserable.

Fábula14El león enfermo y la zorra

Por el rey de los animales,

que en su guarida estaba enfermo,

se hizo saber a sus vasallos

que cada especie en embajada

enviara gente a visitarlo;

bajo promesa de tratar bien

a los diputados, a ellos y su comitiva,

palabra de león, muy bien escrita:

buen salvoconducto contra el diente,

contra la garra otro tanto.

El edicto del príncipe se cumple:

de cada especie le envían representantes.

Los zorros quedándose en casa,

uno de ellos dio esta razón:

las huellas marcadas en el polvo

por los que van a hacer la corte al enfermo,

todas, sin excepción, miran hacia su cueva;

ni una sola marca el regreso:

eso nos pone en desconfianza.

Que su majestad nos dispense:

muchas gracias por su salvoconducto.

Lo creo válido: pero en esa guarida

veo muy bien cómo se entra,

y no veo cómo se sale.

Fábula15El pajarero, el azor y la alondra

Las injusticias de los perversos

sirven a menudo de excusa a las nuestras.

Tal es la ley del universo:

si quieres que te perdonen, perdona tú también a los otros.

Un campesino cazaba pajarillos con un espejo.

El fantasma brillante atrae a una alondra:

enseguida un azor, planeando sobre los surcos,

desciende del aire, se precipita y se lanza

sobre la que cantaba, aunque cerca de la tumba.

Ella había evitado la pérfida máquina,

cuando, al encontrarse bajo la garra del ave,

sintió su uña maligna.

Mientras el azor está ocupado desplumándola,

él mismo queda atrapado bajo las redes:

Cazador, déjame ir, dice en su lenguaje;

yo nunca te hice ningún mal.

El cazador respondió: Este animalito

¿acaso te lo había hecho a ti?

Fábula16El caballo y el asno

En este mundo hay que ayudarse unos a otros:

si tu vecino llega a morir,

la carga cae sobre ti.

Un burro acompañaba a un caballo poco cortés,

este último llevando apenas su simple arnés,

y el pobre borrico tan cargado que sucumbe.

Le pidió al caballo que lo ayudara un poco;

de lo contrario moriría antes de llegar a la ciudad.

La petición, dijo, no tiene nada de descortés:

la mitad de esta carga será para ti un juego.

El caballo se negó, dio un resoplido;

hasta que vio morir bajo el peso a su camarada,

y reconoció que había estado equivocado.

Del burro en esta aventura

le hicieron cargar el carro,

y encima la piel todavía.

Fábula17El perro que suelta su presa por la sombra

Todos se equivocan aquí abajo:

se ve correr tras la sombra

a tantos locos que no se sabe,

la mayor parte del tiempo, el número.

Hay que remitirlos al perro del que habla Esopo,

ese perro que viendo su presa reflejada en el agua

la soltó por la imagen, y estuvo a punto de ahogarse:

el río se agitó de repente;

con gran dificultad regresó a la orilla,

y no tuvo ni la sombra ni el cuerpo.

Fábula18El carretero atascado

El Faetón de un carro de heno

vio su vehículo atascado en el barro. El pobre hombre estaba lejos

de toda ayuda humana: era en el campo,

cerca de cierta comarca de la Baja Bretaña,

llamada Quimper-Corentin.

Ya se sabe bastante que el Destino

envía allí a la gente cuando quiere que se enfurezcan.

¡Que Dios nos libre de ese viaje!

Volviendo al carretero atascado en ese lugar,

ahí lo tienes maldiciendo y jurando con todas sus fuerzas,

despotricando, en su furia extrema,

ora contra los baches, ora contra sus caballos,

contra su carro, contra sí mismo.

Invoca al fin al dios cuyos trabajos

son tan célebres en el mundo:

Hércules, le dice, ayúdame; si tu espalda

ha cargado la máquina redonda,

tu brazo puede sacarme de aquí.

Hecha su plegaria, oye en las nubes

una voz que le habla así:

Hércules quiere que uno se mueva;

luego ayuda a la gente. Mira de dónde viene

el obstáculo que te retiene;

quita de alrededor de cada rueda

ese maldito mortero, ese lodo maldito

que las recubre hasta el eje;

toma tu pico y rómpeme esa piedra que te estorba;

rellena ese bache. ¿Ya lo hiciste? Sí, dice el hombre.

Pues bien, ahora voy a ayudarte, dice la voz; toma tu látigo.

Lo he tomado... ¿Qué es esto? ¡Mi carro avanza a las mil maravillas!

¡Loado sea Hércules! Entonces la voz: Ya ves cómo

tus caballos fácilmente han salido de ahí.

Ayúdate, que el cielo te ayudará.

Fábula19El charlatán

Al mundo nunca le han faltado charlatanes:

esta ciencia, desde siempre,

fue muy fértil en profesores.

Uno desafía al Aqueronte en el teatro,

y otro anuncia por la ciudad

que es más que Cicerón.

Uno de los últimos presumía de ser

tan gran maestro en elocuencia

que volvería elocuente a un papanatas,

a un patán, a un rústico, a un bruto;

sí, señores, a un bruto, a un animal, a un asno:

que me traigan un asno, un asno reforzado,

lo convertiré en maestro consumado,

y quiero que vista la sotana.

El príncipe se enteró; mandó llamar al rétor.

Tengo, le dijo, en mi caballeriza

un hermoso rocín de Arcadia;

quisiera hacer de él un orador.

Señor, vos podéis todo, respondió enseguida nuestro hombre.

Le dieron cierta suma.

Debía al cabo de diez años

poner a su asno en las aulas;

si no, consentía en que en plaza pública

lo izaran con la soga al cuello, estrangulado corto y limpio,

llevando a la espalda su retórica,

y las orejas de un pollino.

Uno de los cortesanos le dijo que a la horca

iría a verlo, y que, para ser un ahorcado,

tendría buena presencia y mucho porte:

sobre todo que no olvidara hacer al público

un discurso donde su arte se desplegara a lo largo;

un discurso patético, y cuya fórmula

sirviera a ciertos Cicerones

vulgarmente llamados ladrones.

El otro replicó: Antes del asunto,

el rey, el asno o yo moriremos.

Tenía razón. Es locura

contar con diez años de vida.

Bebamos bien, comamos bien,

le debemos a la muerte uno de cada tres en diez años.

Fábula20La discordia

La diosa Discordia, tras enemistarse con los dioses

y armar un gran pleito allá arriba por una manzana,

fue expulsada de los cielos.

En casa del animal que llaman hombre

la recibieron con los brazos abiertos,

a ella y a Sí-y-no su hermano,

junto con Tuyo-y-mío su padre.

Ella nos hizo el honor en este bajo universo

de preferir nuestro hemisferio

al de los mortales que nos son opuestos,

gente tosca poco civilizada,

y que, casándose sin cura y sin notario,

no tienen necesidad de la Discordia.

Para hacerla llegar a los lugares donde la necesidad

exigía que estuviera presente,

la Fama tenía el cuidado

de avisarle; y la otra, diligente,

corría veloz a las disputas, y se adelantaba a la Paz;

hacía de una chispa un fuego difícil de apagar.

La Fama finalmente comenzó a quejarse

de que nunca se le encontraba

una morada fija y segura;

muy a menudo se perdía el tiempo buscándola:

era necesario pues que tuviera una residencia asignada,

una residencia desde donde se pudiera a todas las familias

enviarla en día señalado.

Como entonces no existía ningún convento de monjas,

se encontró dificultad en ello.

La posada del matrimonio finalmente

le fue asignada como casa.

Fábula21La joven viuda

La pérdida de un marido no transcurre sin suspiros:

se hace mucho ruido, y después una se consuela.

Sobre las alas del Tiempo la tristeza se aleja volando:

el Tiempo trae de vuelta los placeres.

Entre la viuda de un año

y la viuda de un día

la diferencia es grande: nunca creerías

que fuera la misma persona;

una hace huir a la gente, y la otra tiene mil encantos:

a los suspiros verdaderos o falsos aquella se abandona;

es siempre la misma nota y la misma conversación.

Se dice que es inconsolable:

se dice pero no es cierto,

como verás por esta fábula,

o mejor dicho por la verdad.

El marido de una joven belleza

partía hacia el otro mundo. A su lado su mujer

le gritaba: Espérame, te sigo; y mi alma,

lo mismo que la tuya, está lista para irse volando.

El marido hace solo el viaje.

La bella tenía un padre, hombre prudente y sabio;

dejó correr el torrente.

Al final para consolarla:

Hija mía, le dijo, ya has derramado demasiadas lágrimas;

¿qué necesidad tiene el difunto de que ahogues tus encantos?

Ya que él está entre los vivos, no pienses más en los muertos.

No digo que de inmediato

una condición mejor

cambie en unas bodas estos arrebatos;

pero después de cierto tiempo permite que te proponga

un marido, apuesto, bien formado, joven, y completamente distinto

al difunto. ¡Ah!, dijo ella enseguida,

un claustro es el marido que me hace falta.

El padre la dejó digerir su desgracia.

Un mes transcurre de ese modo;

el otro mes se emplea en cambiar todos los días

algo en el vestido, en la ropa, en el peinado:

el luto sirve al fin de adorno,

mientras se esperan otros atuendos.

Toda la banda de los Amores

vuelve al palomar; los juegos, las risas, el baile,

también tienen su turno al final;

se sumerge mañana y noche

en la fuente de la Juventud.

El padre ya no teme a ese difunto tan querido;

pero como no le hablaba de nada a nuestra bella:

¿Dónde está entonces el joven marido

que me prometiste?, le dijo ella.

Fábula22Epílogo de la primera colección

Detengamos aquí esta carrera:

las obras largas me dan miedo.

Lejos de agotar un asunto,

solo hay que tomar de él la flor.

Ya es hora de que recupere

un poco de fuerzas y de aliento

para abastecer otros proyectos.

Amor, ese tirano de mi vida,

quiere que cambie de temas:

hay que satisfacer su deseo.

Volvamos a Psique. Damón, tú me exhortas

a pintar sus desdichas y sus felicidades:

consiento; quizá mi vena

en su favor se calentará.

¡Dichoso si este trabajo es la última pena

que su esposo me cause!

Fábula23A la señora de Montespan

El apólogo es un don que viene de los inmortales;

o, si es un regalo de los hombres,

quien nos lo hizo merece altares:

todos nosotros, todos los que somos,

debemos erigir en divinidad

al sabio que inventó este arte hermoso.

Es propiamente un hechizo: vuelve atenta el alma,

o más bien la mantiene cautiva,

atándonos a relatos

que llevan a su antojo los corazones y los espíritus.

Oh tú que lo imitas, Olimpia, si mi musa

alguna vez ocupó un lugar en la mesa de los dioses,

dígnate hoy posar los ojos sobre estos dones;

¡favorece los juegos donde mi espíritu se entretiene!

El Tiempo, que destruye todo, respetando tu apoyo,

me dejará franquear los años en esta obra:

todo autor que quiera vivir aún después de sí mismo

debe ganarse tu aprobación.

De ti es que mis versos esperan todo su valor:

no hay belleza en nuestros escritos

de la que tú no conozcas hasta los menores rastros.

¡Y quién conoce sino tú las bellezas y las gracias!

Palabras y miradas, todo es encanto en ti.

Mi musa, en un tema tan dulce,

querría extenderse más:

pero hay que reservar a otros ese oficio;

y de un maestro más grande que yo

tu alabanza es el territorio.

Olimpia, basta con que a mi última obra

tu nombre sirva un día de muralla y refugio;

protege de ahora en adelante el libro favorito

por el que me atrevo a esperar una segunda vida:

bajo tus únicos auspicios estos versos

serán juzgados, a pesar de la envidia,

dignos de los ojos del universo.

No merezco un favor tan grande;

la fábula en su nombre lo pide:

sabes qué crédito tiene esta mentira sobre nosotros.

Si procura a mis versos la dicha de agradarte,

creeré deberle un templo como recompensa:

pero solo quiero construir templos para ti.

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