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Libro XII

Fábulas · Jean de La Fontaine · 52 min de lectura

Prosa1A Monseñor el duque de Borgoña

AL SEÑOR DUQUE DE BORGOÑA

Señor:

No puedo emplear, para mis fábulas, protección que me sea más gloriosa que la vuestra. Ese gusto exquisito y ese juicio tan sólido que mostráis en todas las cosas más allá de una edad en la que apenas los demás príncipes son tocados por lo que los rodea con mayor esplendor; todo ello, unido al deber de obedeceros y a la pasión de complaceros, me ha obligado a presentaros una obra cuyo original ha sido la admiración de todos los siglos así como la de todos los sabios. Vos me habéis ordenado continuar; y, si me permitís decirlo, hay temas de los que os soy deudor, y en los que habéis puesto gracias que han sido admiradas por todo el mundo. Ya no necesitamos consultar ni a Apolo ni a las Musas, ni a ninguna de las divinidades del Parnaso: todas ellas se encuentran en los dones que os ha hecho la naturaleza, y en esa ciencia de juzgar bien las obras del ingenio, a la que unís ya la de conocer todas las reglas que les convienen. Las fábulas de Esopo son una amplia materia para estos talentos; abarcan toda clase de acontecimientos y de caracteres. Estas mentiras son propiamente una manera de historia donde no se adula a nadie. No son cosas de poca importancia estos temas: los animales son los preceptores de los hombres en mi obra. No me extenderé más sobre esto: vos veis mejor que yo el provecho que se puede sacar. Si ahora entendéis de oradores y de poetas, entenderéis todavía mejor algún día de buenos políticos y de buenos generales de ejército; y os equivocaréis tan poco en la elección de las personas como en el mérito de las acciones. No tengo edad para esperar ser testigo de ello. Debo contentarme con trabajar bajo vuestras órdenes. El deseo de complaceros me servirá de imaginación que los años han debilitado: cuando deseéis alguna fábula, la encontraré en ese fondo. Quisiera que pudierais encontrar en él alabanzas dignas del monarca que hace ahora el destino de tantos pueblos y naciones, y que vuelve atentas todas las partes del mundo a sus conquistas, a sus victorias y a la paz que parece acercarse, y de la cual impone las condiciones con toda la moderación que pueden desear nuestros enemigos. Me lo imagino como un conquistador que quiere poner límites a su gloria y a su poder, y de quien se podría decir, con más razón de lo que se dijo de Alejandro, que va a celebrar los estados del universo, obligando a los ministros de tantos príncipes a reunirse para terminar una guerra que no puede ser sino ruinosa para sus señores. Son temas por encima de nuestras palabras: los dejo a plumas mejores que la mía, y soy con un profundo respeto,

Vuestro muy humilde, muy obediente y muy fiel servidor,

DE LA FONTAINE.

Fábula2Los compañeros de Ulises

Príncipe, único objeto del cuidado de los inmortales,

permite que mi incienso perfume tus altares.

Te ofrezco un poco tarde estos regalos de mi musa;

los años y los trabajos me servirán de excusa.

Mi espíritu disminuye, mientras que a cada instante

se ve el tuyo crecer y crecer:

no va, corre, parece tener alas.

El héroe de quien recibe cualidades tan hermosas

en el oficio de Marte arde por hacer lo mismo:

no depende de él que, forzando la victoria,

no avance a pasos de gigante

en la carrera de la gloria.

Algún dios lo retiene: es nuestro soberano,

él que en un mes se hizo dueño y vencedor del Rin.

Esa rapidez fue entonces necesaria;

quizá hoy sería temeraria.

No digo más: además las Risas y los Amores

no tienen fama de gustar los discursos largos.

De esa clase de dioses se compone tu corte:

no te abandonan nunca. No es que después de todo

otras divinidades no ocupen el primer lugar:

el sentido y la razón lo gobiernan todo allí.

Consulta a estas últimas sobre un hecho en que los griegos,

imprudentes y poco precavidos,

se abandonaron a unos hechizos

que metamorfoseaban en bestias a los humanos:

los compañeros de Ulises, tras diez años de alarmas,

erraban al capricho del viento, inciertos de su suerte.

Llegaron a una ribera

donde la hija del dios del día,

Circe, tenía entonces su corte.

Ella les hizo beber un brebaje

delicioso, pero lleno de un veneno funesto.

Primero pierden la razón;

momentos después su cuerpo y su rostro

toman el aire y los rasgos de animales diferentes:

ahí están convertidos en osos, leones, elefantes;

unos bajo una masa enorme,

otros bajo otra forma:

los hubo pequeños; exemplum, ut talpa.

Solo Ulises escapó;

supo desconfiar del licor traicionero.

Como unía a la sabiduría

el porte de un héroe y la conversación dulce,

tanto hizo que la hechicera

tomó otro veneno poco diferente del suyo.

Una diosa dice todo lo que tiene en el alma:

esta declaró su llama.

Ulises era demasiado astuto para no aprovechar

una coyuntura semejante:

obtuvo que devolverían a sus griegos su figura.

Pero ¿querrán ellos aceptarla?, dijo la ninfa.

Ve a proponérselo ahora mismo a la tropa.

Ulises corre y dice: La copa envenenadora

tiene aún su remedio; y vengo a ofrecéroslo:

queridos amigos, ¿queréis volver a ser hombres?

Ya os devuelven la palabra.

El león dijo, creyendo rugir:

No estoy tan loco;

¿yo renunciar a los dones que acabo de adquirir?

Tengo garras y dientes, y hago pedazos a quien me ataca.

Soy rey: ¿me convertiré en un ciudadano de Ítaca?

Quizá me harás de nuevo simple soldado:

no quiero cambiar de estado.

Ulises del león corre al oso: ¡Eh, hermano mío,

cómo estás ahora! ¡te vi tan bonito!

¡Ah, claro, ya estamos!,

respondió el oso a su manera:

¡Cómo estoy ahora! ¡Como debe estar un oso!

¿Quién te ha dicho que una forma es más bella que otra?

¿Le toca a la tuya juzgar la nuestra?

Me remito a los ojos de una osa, mis amores.

¿Te desagrado? Vete; sigue tu camino y déjame.

Vivo libre, contento, sin ningún cuidado que me apremie;

y te digo lisa y llanamente:

no quiero cambiar de estado.

El príncipe griego va a proponer el asunto al lobo;

le dice, a riesgo de una negativa semejante:

Camarada, estoy confundido

de que una joven y bella pastora

cuente a los ecos los apetitos glotones

que te han hecho comer sus ovejas.

Antes se te habría visto salvar su rebaño:

llevabas una vida honesta.

Deja estos bosques y vuelve a ser,

en lugar de lobo, hombre de bien.

¿Los hay?, dijo el lobo: yo, por mi parte, apenas veo ninguno.

Vienes a tratarme de bestia carnicera;

tú que hablas, ¿qué eres? ¿No habríais, sin mí,

comido esos animales que lamenta todo el pueblo?

Si yo fuera hombre, por tu fe,

¿amaría menos la carnicería?

Por una palabra a veces os estranguláis todos:

¿no sois unos para otros lobos?

Todo bien considerado, te sostengo en suma

que, canalla por canalla,

vale más ser un lobo que un hombre:

no quiero cambiar de estado.

Ulises hizo a todos la misma advertencia:

cada uno dio la misma respuesta,

tanto el grande como el pequeño.

La libertad, los bosques, seguir su apetito,

eran sus delicias supremas:

todos renunciaban a la gloria de las bellas acciones.

Creían liberarse siguiendo sus pasiones:

eran esclavos de sí mismos.

Príncipe, habría querido elegirte un tema

donde pudiera mezclar lo placentero con lo útil;

era sin duda un hermoso proyecto,

si esa elección hubiera sido fácil.

Los compañeros de Ulises finalmente se han presentado:

tienen muchos semejantes en este bajo universo,

gente a quienes impongo como pena

tu censura y tu odio.

Fábula3El gato y los dos gorriones

Un gato, contemporáneo de un gorrión muy joven,

fue alojado junto a él desde la edad de la cuna:

la jaula y la cesta tenían los mismos penates.

El gato era a menudo molestado por el pájaro:

uno esgrimía el pico; el otro jugaba con las patas.

Este último, sin embargo, perdonaba a su amigo,

castigándolo solo a medias:

se habría hecho un gran escrúpulo

de armar con púas su vara.

El pajarillo, menos circunspecto,

le daba fuertes picotazos.

Como persona sabia y discreta,

el maestro gato excusaba estos juegos:

entre amigos nunca hay que abandonarse

a los rasgos de una cólera seria.

Como se conocían ambos desde su tierna edad,

una larga costumbre los mantenía en paz;

jamás el juego se convertía en verdadero combate:

hasta que un gorrión del vecindario

vino a visitarlos y se hizo compañero

del petulante Pierrot y del sabio Ratón.

Entre los dos pájaros surgió una pelea;

y Ratón tomó partido.

Este desconocido, dijo, viene a dárnosla buena,

¡insultando así a nuestro amigo!

¡El gorrión del vecino vendrá a comerse el nuestro!

¡No, por todos los gatos! Entrando entonces en combate,

devora al extranjero. Realmente, dice el maestro gato,

¡los gorriones tienen un gusto exquisito y delicado!

Esta reflexión hizo que devorara también al otro.

¿Qué moraleja puedo inferir de este hecho?

Sin ella, toda fábula es una obra imperfecta.

Creo ver algunos rasgos; pero su sombra me engaña.

Príncipe, vos los habréis encontrado al instante:

son juegos para vos, y no para mi musa;

ella y sus hermanas no tienen el ingenio que vos tenéis.

Fábula4El atesorador y el mono

Un hombre acumulaba. Ya se sabe que ese error

llega a menudo hasta la furia.

Este solo pensaba en ducados y pistolas.

Cuando esos bienes están ociosos, considero que son frívolos.

Para la seguridad de su tesoro,

nuestro avaro habitaba un lugar cuyo acceso Anfitrite

defendía de los ladrones por todas partes.

Allí, con una voluptuosidad según yo muy pequeña,

y según él muy grande, amontonaba sin cesar:

pasaba las noches y los días

contando, calculando, computando sin descanso,

calculando, computando, contando como a destajo,

pues siempre encontraba un descuadre en sus cuentas.

Un gran mono, más sabio, a mi juicio, que su amo,

tiraba algunos doblones siempre por la ventana

y dejaba la cuenta imperfecta:

la habitación, bien cerrada con candado,

permitía dejar el dinero sobre el mostrador.

Un buen día don Beltrán se metió en la cabeza

hacer con él un sacrificio a la morada líquida.

En cuanto a mí, cuando comparo

los placeres de ese mono con los de ese avaro,

no sé francamente a cuál darle el premio:

don Beltrán ganaría ante ciertos espíritus;

las razones serían demasiado largas de explicar.

Un día, pues, el animal, que solo pensaba en dañar,

desprendía del montón, ya algún doblón,

un jacobo, un ducatón,

y luego algún noble de la rosa;

probaba su destreza y su fuerza al lanzar

esos pedazos de metal que se hacen desear

por los humanos sobre todas las cosas.

Si no hubiera oído a su contador al final

meter la llave en la cerradura,

los ducados habrían tomado todos el mismo camino,

y corrido la misma aventura;

los habría hecho volar todos hasta el último

en el abismo enriquecido por tantos y tantos naufragios.

Dios quiera preservar a tantos y tantos financieros

que no les dan mejor uso.

Fábula5Las dos cabras

En cuanto las cabras han pastado,

cierto espíritu de libertad

las hace buscar fortuna: se van de viaje

hacia los lugares del pasto

menos frecuentados por los humanos.

Allí, si hay algún sitio sin ruta ni caminos,

un peñasco, algún monte colgando en precipicios,

es donde estas damas van a pasear sus caprichos.

Nada puede detener a este animal trepador.

Dos cabras pues tomándose libertades,

las dos con pata blanca,

dejaron los prados bajos, cada una por su lado:

una iba hacia la otra por algún buen azar.

Aparece un arroyo, y como puente una tabla:

dos comadrejas apenas habrían pasado de frente

sobre ese puente:

además, la corriente rápida y el arroyo profundo

debían hacer temblar de miedo a estas amazonas.

A pesar de tantos peligros, una de estas personas

pone un pie sobre la tabla, y la otra hace lo mismo.

Me imagino ver, con Luis el Grande,

a Felipe Cuarto que avanza

en la isla de la Conferencia.

Así avanzaban paso a paso,

nariz con nariz, nuestras aventureras,

que siendo ambas muy orgullosas,

hacia la mitad del puente no quisieron

ceder una a la otra. Tenían la gloria

de contar en su linaje, según dice la historia,

una, cierta cabra de mérito sin par,

que Polifemo regaló a Galatea;

y la otra, la cabra Amaltea,

que amamantó a Júpiter.

Por no retroceder, su caída fue común:

las dos cayeron al agua.

Este accidente no es nuevo

en el camino de la fortuna.

Fábula6El gato viejo y la ratona joven

Para agradar al joven príncipe a quien la Fama

destina un templo en mis escritos,

¿cómo voy a componer una fábula llamada

El Gato y el Ratón?

¿Debo representar en estos versos a una bella,

que, dulce en apariencia, y sin embargo cruel,

va jugando con los corazones que sus encantos han capturado

como el gato con el ratón?

¿Tomaré como tema los juegos de la Fortuna?

Nada le conviene mejor: y es cosa común

verla tratar a quienes se creen sus amigos

como el gato hace con el ratón.

¿Introduciré un rey que entre sus favoritos

solo a él respeta, rey que fija su rueda,

que no se ve estorbado por un mundo de enemigos,

y que de los más poderosos, cuando le place, se burla

como el gato del ratón?

Pero sin darme cuenta, en el giro que he tomado,

mi designio se cumple; y, si no me equivoco,

podría echarlo todo a perder con relatos más largos:

el joven príncipe entonces se burlaría de mi musa

como el gato del ratón.

Un ratón joven, de poca experiencia,

creyó ablandar a un viejo gato, implorando su clemencia,

y pagando con razones al Raminagrobis.

Déjame vivir: un ratón

de mi tamaño y de mi consumo

¿acaso es una carga en esta casa?

¿Dejaría yo de hambre, en tu opinión,

al dueño, la dueña y toda su gente?

De un grano de trigo me alimento:

una nuez me pone redondo del todo.

Ahora estoy flaco: espera un tiempo:

reserva esta comida para tus hijos.

Así le hablaba al gato el ratón atrapado.

El otro le dijo: Te has equivocado:

¿soy yo acaso quien recibe semejantes discursos?

Ganarías lo mismo hablando a los sordos.

¿Gato, y viejo, perdonar? Eso no ocurre casi nunca.

Según estas leyes, baja allá abajo,

muere, y vete, ahora mismo,

a arengar a las hermanas hilanderas:

mis hijos encontrarán bastantes otras comidas.

Cumplió su palabra. Y para mi fábula

he aquí el sentido moral que puede convenirle:

La juventud se engaña, y cree obtenerlo todo:

la vejez es implacable.

Fábula7El ciervo enfermo

En un país lleno de ciervos, un ciervo cayó enfermo.

Al instante muchos camaradas

acuden a su lecho a verlo, a socorrerlo,

a consolarlo al menos: multitud importuna.

¡Eh, señores, déjenme morir!

Permitan que de forma común

la parca me despache; y terminen sus llantos.

Nada de eso: los consoladores

cumplieron ese triste deber de cabo a rabo,

y cuando plugo a Dios se marcharon:

no sin antes beber un trago,

es decir, sin cobrarse un derecho de pasto.

Todos se pusieron a ramonear los bosques de alrededor.

La pitanza del ciervo mermó muchísimo.

Ya no encontró nada que llevarse a la boca:

de un mal cayó en otro peor,

y se vio reducido al final

a ayunar y morir de hambre.

Sale caro quien te reclama,

¡médicos del cuerpo y del alma!

¡Oh tiempos, oh costumbres! Por más que grite,

todo el mundo se hace pagar.

Fábula8El murciélago, el arbusto y el pato

El arbusto, el pato y el murciélago,

viendo los tres que en su tierra

hacían poca fortuna,

se van a comerciar lejos y hacen caja común.

Tenían mostradores, agentes, representantes

tan cuidadosos como inteligentes,

registros exactos de gastos e ingresos.

Todo iba bien; cuando su mercancía,

al pasar por ciertos lugares

llenos de escollos y muy estrechos,

y de trayecto muy difícil,

fue a parar toda embalada al fondo de los almacenes

que son vecinos del Tártaro.

Nuestro trío derramó muchos lamentos inútiles;

o más bien no derramó ninguno:

el más pequeño comerciante es sabio en este punto:

para salvar tu crédito, hay que ocultar tu pérdida.

La que, por desgracia, nuestra gente había sufrido

no pudo repararse: el caso fue descubierto.

Helos ahí sin crédito, sin dinero, sin recursos,

a punto de declararse en quiebra.

Nadie les abrió su bolsa.

Y el capital, y los grandes intereses,

y los alguaciles, y los pleitos,

y el acreedor en la puerta

desde antes del amanecer

no ocupaban al trío más que en buscar mil rodeos

para contentar a esa cohorte.

El arbusto enganchaba a los transeúntes a cada paso.

Señores, les decía, por favor, dígannos

en qué lugar están las mercancías

que ciertos abismos nos han quitado.

El pato buceador iba a buscarlas bajo las aguas.

El pájaro murciélago ya no se atrevía a acercarse

durante el día a ninguna morada:

seguido de alguaciles a toda hora,

iba a esconderse en agujeros.

Conozco muchos deudores que no son ni murciélagos,

ni arbustos, ni patos, ni han caído en tal caso,

sino simples grandes señores que todos los días se escapan

por una escalera secreta.

Fábula9La querella de los perros y los gatos, y la de los gatos y los ratones

La discordia siempre ha reinado en el universo;

nuestro mundo ofrece mil ejemplos diversos:

entre nosotros esa diosa tiene más de un tributario.

Empecemos por los elementos:

te sorprenderás al ver que en todo momento

se encuentran designados como contrarios.

Además de esos cuatro potentados,

cuántos seres de todas las condiciones

se hacen una guerra eterna.

Hubo una vez una casa llena de perros y gatos,

que por cien decretos dictados con forma solemne

vio terminar todos sus pleitos.

El amo, habiendo regulado sus tareas, sus comidas,

y amenazado con el látigo a quien tuviera querella,

estos animales vivían entre ellos como primos.

Esta unión tan dulce, y casi fraterna,

edificaba a todos los vecinos.

Al final cesó. Algún plato de sopa,

algún hueso, dado por preferencia a uno de ellos,

hizo que el otro bando viniera completamente enfurecido

a denunciar semejante ultraje.

He visto cronistas atribuir el caso

a los privilegios que tenía una perra preñada.

Sea como fuere, ese altercado

puso en combustión la sala y la cocina:

cada uno se declaró por su gato, por su perro.

Se hizo un reglamento del que los gatos se quejaron,

y ensordecieron todo el barrio.

Su abogado decía que había que sin falta

recurrir a los decretos. En vano los buscaron

en un rincón donde al principio sus agentes los escondieron:

los ratones finalmente se los comieron.

Otro pleito nuevo. El pueblo ratonil

lo pagó: más de un gato viejo, astuto, sutil y socarrón,

y por lo demás enemigo de toda esa raza,

los acechó, los atrapó, hizo una carnicería.

El amo de la casa no salió sino beneficiado.

Vuelvo a lo que digo. No se ve bajo los cielos

ningún animal, ningún ser, ninguna criatura

que no tenga su opuesto: es la ley de la naturaleza.

Buscar la razón de ello son cuidados superfluos.

Dios hizo bien lo que hizo, y no sé más.

Lo que sé es que a las grandes palabras

se llega, por una nadería, más de las tres cuartas partes del tiempo.

Humanos, os haría falta todavía a los sesenta años

que os mandaran de vuelta a la escuela de párvulos.

Fábula10El lobo y el zorro

¿Por qué nadie en la vida

está satisfecho con su condición?

Tal quisiera ser soldado

cuando el soldado lo envidia a él.

Cierto zorro quiso, según dicen,

hacerse lobo. ¡Eh! ¿Y quién puede afirmar

que por el oficio de oveja

jamás ningún lobo suspira?

Lo que me asombra es que a los ocho años

un príncipe haya puesto esto en fábula,

mientras que bajo mis cabellos blancos

yo fabrico con el peso del tiempo

versos menos sensatos que su prosa.

Los rasgos sembrados en su fábula

no están en la obra del poeta

ni todos ni tan bien expresados:

su alabanza resulta así más completa.

Cantarla con la flauta pastoril,

ese es mi talento; pero espero

que mi héroe, dentro de poco tiempo,

me hará tomar la trompeta.

No soy un gran profeta,

sin embargo leo en los cielos

que pronto sus hechos gloriosos

reclamarán varios Homeros:

y este tiempo no produce muchos.

Dejando de lado todos estos misterios,

intentemos contar la fábula con éxito.

El zorro le dice al lobo: Querido, como todo alimento

tengo a menudo un gallo viejo, o pollos flacos:

es una carne que me cansa.

Tú comes mejor con menos riesgo:

yo me acerco a las casas; tú te mantienes apartado.

Enséñame tu oficio, camarada, por favor;

hazme el primero de mi raza

que clave su colmillo en alguna oveja gorda:

no me contarás entre los ingratos.

Lo quiero, dijo el lobo: se me ha muerto un hermano mío;

vamos a tomar su piel, te la pondrás.

Fue; y el lobo dijo: Así es como hay que hacerlo,

si quieres apartar a los mastines del rebaño.

El zorro, habiéndose puesto la piel,

repetía las lecciones que le daba su maestro.

Al principio lo hizo mal, luego un poco mejor, luego bien,

luego al fin no le faltó nada.

Apenas estuvo instruido todo lo que podía estarlo,

cuando un rebaño se acercó. El nuevo lobo corre hacia él,

y siembra el terror en los lugares de alrededor.

Tal, vestido con las armas de Aquiles,

Patroclo sembró la alarma en el campamento y en la ciudad:

madres, nueras y ancianos, todos corrían al templo.

El ejército del pueblo balante creyó ver cincuenta lobos:

perro, pastor y rebaño, todo huye hacia la aldea,

y deja solamente una oveja como prenda.

El ladrón se apodera de ella. A algunos pasos de allí

oyó cantar un gallo del vecindario.

El discípulo enseguida fue derecho al gallo,

arrojando su traje de clase,

olvidando las ovejas, las lecciones, el maestro,

y corriendo a paso diligente.

¿De qué sirve hacerse pasar por otro?

Pretender así cambiar es una ilusión:

uno retoma su primera huella

a la primera ocasión.

De vuestro ingenio, que ningún otro iguala,

príncipe, mi musa tiene por completo este proyecto:

vos me habéis dado el tema,

el diálogo y la moraleja.

Fábula11El cangrejo y su hija

Los sabios a veces, igual que el cangrejo,

caminan hacia atrás, dan la espalda al puerto.

Es el arte de los marineros: es también el artificio

de quienes, para encubrir algún esfuerzo poderoso,

apuntan a un punto directamente contrario,

y hacen correr hacia ese lugar a su adversario.

Mi asunto es pequeño, este accesorio es grande:

podría aplicarlo a cierto conquistador

que él solo desconcierta a una liga de cien cabezas.

Lo que no emprende, y lo que emprende,

es al principio solo un secreto, luego se convierte en conquistas.

En vano se clavan los ojos en lo que quiere ocultar,

son decretos del destino que no se pueden impedir:

el torrente al final se vuelve insuperable.

Cien dioses son impotentes contra un solo Júpiter.

Luis y el Destino me parecen de acuerdo

en arrastrar al universo. Volvamos a nuestra fábula.

Madre cangrejo un día a su hija decía:

¡Cómo andas, buen Dios! ¿No puedes caminar derecho?

¡Y cómo andas tú misma!, dijo la hija:

¿puedo yo caminar de otra forma que mi familia?

¿Quieres que ande derecho cuando todos van torcido?

Tenía razón: la virtud

de todo ejemplo doméstico

es universal, y se aplica

en bien, en mal, en todo; hace sabios, tontos;

muchos más de estos últimos. En cuanto a dar la espalda

a su objetivo, vuelvo a ello; el método es bueno,

sobre todo en el oficio de Belona:

pero hay que hacerlo en el momento oportuno.

Fábula12El águila y la urraca

El águila, reina de los aires, con Margot la urraca,

diferentes de humor, de lenguaje y de espíritu,

diferentes de condición y de vestimenta,

atravesaban un tramo de pradera.

El azar las junta en un rincón apartado.

La cotorra tuvo miedo; pero el águila, habiendo cenado muy bien,

la tranquiliza, y le dice: Vayamos juntas:

si el dueño de los dioses se aburre bastante a menudo,

él que gobierna el universo,

bien puedo yo hacer lo mismo, yo que todos saben que lo sirvo.

Entretenme pues, y sin ceremonias.

Pico-parlanchín entonces se pone a cotorrear a más no poder,

sobre esto, sobre aquello, sobre todo. El hombre de Horacio,

diciendo lo bueno, lo malo, a campo traviesa, no habría sabido

lo que en materia de cháchara sabía nuestra cotorra.

Ofrece avisar de todo lo que pasa,

saltando, yendo de un lado a otro,

buena espía, Dios sabe. Su oferta habiendo disgustado,

el águila le dice llena de cólera:

No abandones tu morada,

Pico-parlanchín, amiga mía: adiós; no necesito

una charlatana en mi corte:

es un carácter muy malo.

Margot no pedía cosa mejor.

No es lo que se cree entrar en casa de los dioses:

ese honor tiene a menudo angustias mortales.

Chismosos, espías, gente de aire gracioso,

de corazón del todo diferente, se vuelven odiosos allí:

aunque al igual que la urraca haya que en esos lugares

llevar vestido de dos parroquias.

Fábula13El milano, el rey y el cazador

Como los dioses son buenos, quieren que los reyes

también lo sean: es la indulgencia

la que constituye el más hermoso de sus derechos,

no las dulzuras de la venganza.

Príncipe, esa es tu opinión. Se sabe que la cólera

se extingue en tu corazón apenas se la ve nacer.

Aquiles, que no pudo dominarse a sí mismo,

fue por ello menos héroe que tú.

Este título solo pertenece a quienes entre los hombres

hacen, como en la edad de oro, cien bienes aquí abajo.

Pocos grandes han nacido así en esta edad nuestra:

el universo les agradece el mal que no hacen.

Lejos de seguir tú esos ejemplos,

mil actos generosos te prometen templos.

Apolo, ciudadano de esos augustos lugares,

pretende celebrar tu nombre en su lira.

Sé que te esperan en el palacio de los dioses:

un siglo de estancia debe bastarte aquí,

Himeneo quiere residir todo un siglo en tu casa.

Que sus placeres más dulces

te compongan destinos

apenas limitados por ese tiempo.

Y la princesa y tú no merecéis menos.

Tomo sus encantos como testigos;

tomo como testigos las maravillas

con las que el cielo, pródigo contigo en sus presentes,

de cualidades que solo en ti tienen igual

quiso adornar tus jóvenes años.

Borbón sazona con su espíritu sus gracias:

el cielo unió en su persona

lo que sabe hacerse estimar

con lo que sabe hacerse amar:

no me corresponde desplegar vuestra alegría:

así que me callo, y voy a versificar

lo que hizo un ave de presa.

Un milano, poseedor de su nido antiguo,

siendo capturado vivo por un cazador,

este hombre se propone hacer de él un regalo al príncipe.

La rareza del hecho daba valor a la cosa.

El ave, presentada humildemente por el cazador,

si este cuento no es apócrifo,

va directamente a imprimir su garra

sobre la nariz de su majestad. —

¿Cómo? ¿Sobre la nariz del rey? — Del rey mismo en persona. —

¿Entonces no tenía ni cetro ni corona?

Aunque los hubiera tenido, habría dado igual:

la nariz real fue tomada como una nariz cualquiera.

Contar los clamores de los cortesanos y su pena

sería consumirse en esfuerzos impotentes.

El rey no estalló: los gritos son indecentes

para la majestad soberana.

El ave mantuvo su posición: no se pudo siquiera

apresurar su partida ni un momento.

Su amo lo llama, y grita, y se atormenta,

le presenta el señuelo, y el puño, pero en vano,

se creyó que hasta el día siguiente

el maldito animal de garra insolente

anidaría allí a pesar del ruido,

y sobre la nariz sagrada querría pasar la noche.

Intentar sacarlo de allí irritaba su capricho.

Abandona por fin al rey, que dice: Dejad ir

a ese milano, y a quien creyó agasajarme.

Ambos cumplieron con su oficio,

uno como milano, y el otro como habitante de los bosques:

en cuanto a mí, que sé cómo deben actuar los reyes,

los libero del suplicio.

Y la corte admira. Los cortesanos encantados

elogian tales hechos, tan mal seguidos por ellos:

Muy pocos, incluso entre los reyes, tomarían tal modelo,

y el montero se libró por poco;

culpables solamente, tanto él como el animal,

de ignorar el peligro de acercarse demasiado al amo:

solo habían aprendido a conocer

a los habitantes de los bosques: ¿era eso tan grave?

Pilpay sitúa la aventura cerca del Ganges.

Allí, ninguna criatura humana

toca a los animales para derramar su sangre,

el rey mismo tendría escrúpulos en tocarlos.

¿Acaso sabemos, dicen ellos, si esta ave de presa

no estuvo en el sitio de Troya?

Quizá ocupó allí el lugar de un príncipe o de un héroe

de los más encumbrados y de los más altos:

lo que fue antaño podría serlo de nuevo.

Creemos, siguiendo a Pitágoras,

que con los animales cambiamos de forma;

a veces milanos, a veces palomas,

a veces humanos, luego volátiles

teniendo en los aires sus familias.

Como se cuenta de dos maneras

el accidente del cazador, aquí va la otra,

cierto halconero habiendo capturado, según dicen,

en la caza un milano (lo que rara vez ocurre),

quiso hacer de él un regalo al rey,

como cosa singular:

este caso no ocurre a veces ni en cien años;

es el no va más de la cetrería.

Este cazador atraviesa pues un grupo de cortesanos,

lleno de celo, acalorado, como nunca en su vida.

Con este paradigma de los regalos

creía hecha su fortuna:

cuando el animal portacascabeles,

todavía salvaje y completamente tosco,

con sus uñas de puro acero,

agarra la nariz del cazador, atrapa al pobre hombre.

Él a gritar; todos a reír,

monarca y cortesanos. ¿Quién no habría reído? En cuanto a mí,

no habría cedido mi parte ni por un imperio.

Que un papa ría, en buena fe

no me atrevo a asegurarlo; pero tendría a un rey

por muy desgraciado si no se atreviera a reír:

es el placer de los dioses. A pesar de su negra preocupación,

Júpiter y el pueblo inmortal ríen también.

Soltó carcajadas, según cuenta la historia,

cuando Vulcano, cojeando, vino a darle de beber.

Que el pueblo inmortal se mostrara sabio, o no,

he cambiado mi tema con justa razón;

pues, ya que se trata de moral,

¿qué nos habría enseñado de nuevo

la aventura fatal del cazador? Se ha visto siempre

más halconeros tontos que reyes indulgentes.

Fábula14El zorro, las moscas y el erizo

Siguiendo las huellas de su sangre un viejo morador del bosque,

zorro astuto, sutil y taimado,

herido por unos cazadores y caído en el fango,

atrajo en otro tiempo a ese parásito alado

al que hemos llamado mosca.

Acusaba a los dioses y encontraba muy extraño

que el destino quisiera afligirlo hasta tal punto

y lo entregara a las moscas para que lo devoraran.

¡Cómo! ¿Lanzarse sobre mí, sobre mí, el más hábil

de todos los moradores de los bosques!

¿Desde cuándo los zorros son un manjar tan bueno?

¿Y de qué me sirve mi cola? ¿Es un peso inútil?

Vete, que el cielo te confunda, animal molesto!

¿Por qué no vives de lo común?

Un erizo del vecindario,

personaje nuevo en mis versos,

quiso librarlo de la importunidad

de ese pueblo lleno de avidez:

Voy a ensartarlas con mis púas por centenares,

vecino zorro, le dijo, y terminar tus penas.

Cuídate bien de hacerlo, dijo el otro; amigo, no lo hagas:

Déjalas, te lo ruego, que acaben su comida.

Estos animales están saciados; una tropa nueva

vendría a caer sobre mí, más áspera y más cruel.

Encontramos demasiados comedores aquí abajo:

Estos son cortesanos, aquellos son magistrados.

Aristóteles aplicaba este apólogo a los hombres.

Los ejemplos son comunes,

sobre todo en el país donde estamos.

Cuanto más llena está esa gente, menos molesta.

Fábula15El amor y la locura

Todo es misterio en el Amor,

sus flechas, su carcaj, su antorcha, su niñez:

no es obra de un día

agotar esta ciencia.

Así que no pretendo explicarlo todo aquí:

mi propósito es solo contar, a mi manera,

cómo este ciego que veis

(es un dios), cómo, digo, perdió la luz,

qué consecuencias tuvo ese mal, que tal vez sea un bien.

Dejo que lo juzgue un amante, y no decido nada.

La Locura y el Amor jugaban un día juntos,

este último todavía no estaba privado de los ojos.

Surgió una disputa: el Amor quiere que se reúna

el consejo de los dioses;

la otra no tuvo paciencia;

le da un golpe tan furioso

que él pierde la claridad de los cielos.

Venus pide venganza.

Mujer y madre, basta para juzgar sus gritos:

los dioses quedaron aturdidos,

y Júpiter, y Némesis,

y los jueces del infierno, en fin toda la banda.

Ella expuso la enormidad del caso;

su hijo, sin un bastón, no podía dar un paso:

ningún castigo era suficientemente grande para este crimen:

el daño debía además ser reparado.

Cuando se hubo considerado bien

el interés del público, el de la parte afectada,

el resultado final de la corte suprema

fue condenar a la Locura

a servir de guía al Amor.

Fábula16El cuervo, la gacela, la tortuga y la rata

Te guardaba un templo en mis versos:

solo se habría acabado con el universo.

Ya mi mano fundaba su duración

sobre ese arte hermoso que han inventado los dioses,

y sobre el nombre de la divinidad

que en ese templo se habría adorado.

Sobre el portal habría escrito estas palabras:

Palacio sagrado de la diosa Iris;

no aquella que Juno tiene a su servicio;

pues la propia Juno y el amo de los dioses

servirían a esta otra, y estarían orgullosos

del solo honor de llevar sus mensajes.

La apoteosis habría aparecido en la bóveda:

allí, todo el Olimpo en pompa habría sido visto

colocando a Iris bajo un dosel de luz,

los muros habrían contenido ampliamente

toda su vida; materia agradable,

pero poco fecunda en esos acontecimientos

que hacen que los Estados se derrumben.

En el fondo del templo habría estado su imagen,

con sus rasgos, su sonrisa, sus encantos,

su arte de agradar y de no pensarlo,

sus gracias a las que todo rinde homenaje.

Habría hecho ver a sus pies a mortales

y a héroes, a semidioses todavía,

incluso a dioses: lo que el mundo adora

viene a veces a perfumar sus altares.

Habría hecho brillar en sus ojos, de su alma,

todos los tesoros, aunque imperfectamente;

pues ese corazón vivo y tierno infinitamente

para sus amigos, y no de otra manera;

pues ese espíritu que, nacido del firmamento,

tiene belleza de hombre con gracia de mujer,

no se puede, como se quiera, expresar.

Oh tú, Iris, que sabes encantar todo,

que sabes agradar en grado supremo,

a quien se ama igual que a uno mismo

(esto se dice sin ninguna sospecha de amor,

pues es una palabra desterrada de tu corte,

dejémosla entonces), acepta que mi musa

termine un día este esbozo confuso.

He colocado la idea y el proyecto,

para más gracia, delante de un asunto

donde la amistad da tales pruebas,

y de tal valor, que su simple relato

puede algún tiempo entretener tu espíritu.

No es que esto pase entre monarcas:

lo que en tu casa vemos estimar

no es un rey que no sabe amar;

es un mortal que sabe dar su vida

por su amigo. Veo pocos tan buenos.

Cuatro animales, viviendo en compañía,

van a dar lecciones a los humanos.

La gacela, la rata, el cuervo, la tortuga,

vivían juntos unidos: dulce sociedad.

La elección de una morada desconocida a los humanos

aseguraba su felicidad.

Pero qué, el hombre descubre al fin todos los refugios.

Estés en medio de los desiertos,

en el fondo de las aguas, en lo alto de los aires,

no evitarás sus emboscadas secretas.

La gacela se iba a divertir, inocentemente,

cuando un perro, maldito instrumento

del placer bárbaro de los hombres,

vino sobre la hierba a ventear las huellas de sus pasos.

Ella huye. Y la rata, a la hora de la comida,

dice a los amigos que quedan: ¿Por qué somos

hoy solo tres invitados?

¿La gacela ya nos ha olvidado?

A estas palabras, la tortuga

exclama, y dice: ¡Ah! si yo estuviera

provista de alas como un cuervo,

ahora mismo me iría

a averiguar al menos qué comarca,

qué accidente mantiene detenida

a nuestra compañera de pie ligero:

pues, en cuanto al corazón, hay que juzgarlo mejor.

El cuervo parte a toda ala:

divisa de lejos a la imprudente gacela

atrapada en la trampa y atormentándose.

Vuelve a avisar a los otros al instante;

pues, preguntarle cuándo, por qué, ni cómo

esta desgracia ha caído sobre ella,

y perder en vanos discursos ese momento útil,

como habría hecho un maestro de escuela,

tenía demasiado juicio.

El cuervo entonces vuela y revuela.

Sobre su informe los tres amigos

celebran consejo. Dos son de opinión

de trasladarse sin demora

al lugar donde la gacela está atrapada.

La otra, dice el cuervo, guardará el hogar:

con su andar lento, ¿cuándo llegaría?

Después de la muerte de la gacela.

Apenas dichas estas palabras, van a socorrer

a su querida y fiel compañera,

pobre cabrita de montaña.

La tortuga quiso correr allá:

hela allí como ellos en campaña,

maldiciendo sus patas cortas con justa razón,

y la necesidad de llevar su casa.

Roelazo (la rata tuvo con razón este nombre)

corta los nudos del lazo: se puede imaginar la alegría.

El cazador viene, y dice: ¿Quién me ha robado mi presa?

Roelazo, a estas palabras, se retira en un agujero,

el cuervo sobre un árbol, en un bosque la gacela;

y el cazador medio loco

de no tener ninguna noticia,

divisa la tortuga, y contiene su cólera.

¿Por qué, dice, me asusto?

Quiero que esta me pague la cena.

La metió en su saco. Ella habría pagado por todos,

si el cuervo no hubiese avisado a la cabrita.

Esta, dejando su refugio,

finge cojear, y viene a presentarse.

El hombre la sigue, y arroja

todo lo que le pesaba: de modo que Roelazo

alrededor de los nudos del saco tanto trabaja y opera,

que libera todavía a la otra hermana,

sobre quien se había fundado la cena del cazador.

Pilpay cuenta que así sucedió la cosa.

Por poco que yo quisiera invocar a Apolo,

haría, para agradarte, una obra tan larga

como la Ilíada o la Odisea.

Roelazo sería el héroe principal,

aunque a decir verdad aquí cada uno es necesario.

Llevacasa la infanta sostiene tales discursos,

que el señor cuervo va a hacer

oficio de espía, y luego de mensajero.

La gacela tiene además la habilidad de lograr

que el cazador dé tiempo a Roelazo.

Así cada uno en su lugar

se entromete, actúa, y trabaja.

¿A quién dar el premio? Al corazón, si me creen.

¡Qué no osa y qué no puede la amistad violenta!

Ese otro sentimiento que se llama amor

merece menos honor; sin embargo cada día

lo celebro y lo canto.

¡Ay! no hace por eso mi alma más contenta.

Tú proteges a su hermana, basta; y mis versos

van a comprometerse por ella en tonos del todo diversos.

Mi maestro era el Amor; voy a servir a otro,

y llevar por todo el universo

su gloria así como la tuya.

Fábula17El bosque y el leñador

Un leñador acababa de romper o de extraviar

la madera con la que había enmangado su hacha.

Esta pérdida no pudo repararse tan pronto

sin que el bosque quedara algún tiempo a salvo.

El hombre al fin le ruega humildemente

que le deje muy suavemente

llevarse una única rama,

para hacer otro mango:

iría a emplear en otra parte su herramienta de trabajo;

dejaría en pie muchos robles y muchos abetos

cuya vejez y encantos todos respetaban.

El inocente bosque le proporciona otras armas,

y luego se arrepiente. Él enmangar su hierro:

el miserable no lo usa

sino para despojar a su benefactora

de sus principales ornamentos.

Ella gime a cada momento:

su propio don causa su suplicio.

Así es el mundo y sus seguidores:

se usa el beneficio contra los bienhechores.

Estoy cansado de hablar de ello. Pero que tantas dulces arboledas

estén expuestas a estos ultrajes,

¿quién no se quejaría de eso?

¡Ay! Por más que grite y me vuelva incómodo,

la ingratitud y los abusos

no dejarán de estar de moda.

Fábula18El zorro, el lobo y el caballo

Un zorro todavía joven, aunque de los más astutos,

vio el primer caballo que había visto en su vida.

Le dijo a cierto lobo, completamente novato: Ven corriendo,

un animal está pastando en nuestros prados.

Hermoso, grande, todavía tengo la vista maravillada.

¿Es más fuerte que nosotros?, dijo el lobo riendo.

Hazme su retrato, te lo ruego.

Si yo fuera algún pintor o algún estudiante,

respondió el zorro, adelantaría la alegría

que tendrás al verlo.

Pero ven. ¿Quién sabe? Quizá sea una presa

que la fortuna nos envía.

Van los dos; y el caballo, que habían puesto a pastar,

poco curioso de semejantes amigos,

estuvo a punto de largarse por donde había venido.

Señor, dijo el zorro, vuestros humildes servidores

querrían saber cómo os llamáis.

El caballo, que no carecía de seso,

les dijo: Leed mi nombre, podéis hacerlo, señores;

mi herrador lo puso alrededor de mi herradura.

El zorro se excusó por su poco saber.

Mis padres, añadió, no me hicieron estudiar;

son pobres y solo tienen un agujero por toda hacienda;

los del lobo, grandes señores, le hicieron aprender a leer.

El lobo, halagado por este discurso,

se acercó. Pero su vanidad

le costó cuatro dientes: el caballo le suelta

una coz; y levanta la pata. Ahí está mi lobo en el suelo,

maltrecho, sangrante y destrozado.

Hermano, dijo el zorro, esto nos confirma

lo que me dijeron personas de ingenio:

este animal te ha escrito en la mandíbula

que el sabio desconfía de todo desconocido.

Fábula19El zorro y los pavos

Contra los asaltos de un zorro

un árbol servía de ciudadela a unos pavos.

El pérfido, habiendo dado toda la vuelta a la muralla,

y visto a cada uno haciendo centinela,

exclamó: ¿Cómo? ¡¿Esta gente se va a burlar de mí?!

¡¿Solo ellos van a librarse de la ley común?!

No, por todos los dioses, no. Y cumplió su palabra.

La luna, entonces brillante, parecía, contra el señor zorro,

querer favorecer a la grey de los pavos.

Él, que no era novato en el oficio de sitiador,

recurrió a su saco de tretas infames,

fingió querer trepar, se alzó sobre sus patas,

luego se hizo el muerto, luego el resucitado.

Arlequín no habría ejecutado

tantos personajes diferentes.

Levantaba su cola, la hacía brillar,

y cien mil payasadas más.

Mientras tanto ningún pavo se atrevía a dormitar.

El enemigo los agotaba manteniéndoles la vista

siempre tensa sobre el mismo objeto.

Los pobres, deslumbrados al cabo del tiempo,

siempre caía alguno: tanto capturado,

tanto apartado: cerca de la mitad sucumbe.

El compadre los lleva a su despensa.

El exceso de atención que se presta al peligro

hace que la mayoría de las veces se caiga en él.

Fábula20El mono

Hay un mono en París

al que le habían dado mujer:

mono, de hecho, de ciertos maridos,

la golpeaba. La pobre señora

tanto suspiró por ello, que al final ya no existe.

Su hijo se lamenta de manera extraña,

estalla en gritos inútiles:

el padre se ríe, su mujer ha muerto;

ya tiene otros amores,

que se cree que siempre golpeará;

frecuenta la taberna y a menudo se emborracha.

No esperes nada bueno de la gente imitadora,

ya sea mono o que haga un libro:

la peor especie es el autor.

Fábula21El filósofo escita

Un filósofo austero, nacido en Escitia,

decidido a seguir una vida más dulce,

viajó entre los griegos, y vio en ciertos lugares

a un sabio bastante parecido al viejo de Virgilio,

hombre igual a los reyes, hombre cercano a los dioses

y, como estos últimos, satisfecho y tranquilo.

Su felicidad consistía en las bellezas de un jardín.

El escita lo encontró allí, podadera en mano,

cortando de sus árboles frutales lo inútil,

despejando ramas, podando, quitando esto, aquello,

corrigiendo por todas partes la naturaleza

excesiva en pagar sus cuidados con usura.

El escita entonces le preguntó

por qué esa ruina; ¿era propio de hombre sabio

mutilar así a esos pobres habitantes?

Deja tu podadera, instrumento de daño;

deja actuar la guadaña del tiempo:

ya llegarán bastante pronto a bordear la negra orilla.

Quito lo superfluo, dijo el otro; y al cortarlo,

el resto se beneficia tanto más.

El escita, de vuelta en su triste morada,

toma la podadera a su vez, corta y tala a toda hora;

aconseja a sus vecinos, prescribe a sus amigos

una tala universal.

Quita de su lugar las ramas más hermosas,

mutila su huerto contra toda razón,

sin observar tiempo ni estación,

lunas ni viejas ni nuevas.

Todo languidece y todo muere.

Todo languidece y todo muere. Este escita expresa bien

a un estoico indiscreto:

ese que arranca del alma

deseos y pasiones, lo bueno y lo malo,

hasta los anhelos más inocentes.

Contra gente así, en cuanto a mí, protesto.

Le quitan a nuestros corazones el resorte principal;

hacen cesar de vivir antes de que uno esté muerto.

Fábula22El elefante y el mono de Júpiter

Hubo un tiempo en que el elefante y el rinoceronte,

disputándose la prioridad y los derechos del imperio,

quisieron zanjar la querella en campo cerrado.

Ya estaba fijado el día, cuando alguien vino a decirles

que el mono de Júpiter,

portando un caduceo, había aparecido en el aire.

Este mono se llamaba Gille, según cuenta la historia.

Al instante el elefante creyó

que en calidad de embajador

venía a buscar a su grandeza.

Muy orgulloso de este motivo de gloria,

espera a maese Gille, y lo encuentra un poco lento

en presentarle sus credenciales.

Maese Gille por fin, al pasar,

va a saludar a su excelencia.

El otro estaba preparado para la embajada:

pero ni una palabra. La atención

que él creía que los dioses prestarían a su disputa

aún no había agitado entre ellos esta noticia.

¿Qué les importa a los del firmamento

que seas mosca o elefante?

Se vio pues reducido a empezar él mismo.

Mi primo Júpiter, dijo, verá dentro de poco

un combate bastante hermoso desde su trono supremo,

toda su corte verá buen espectáculo.

¿Qué combate?, dijo el mono, con gesto severo.

El elefante respondió: ¿Cómo? ¿No sabéis

que el rinoceronte nos disputa la prioridad,

que Elefántida está en guerra con Rinoceria?

Conocéis estos lugares, tienen cierta fama.

La verdad es que me alegro de aprender el nombre,

respondió maese Gille: apenas se habla

de semejantes asuntos en nuestros vastos salones.

El elefante, avergonzado y sorprendido,

le dijo: ¡Eh! ¿Y entonces qué vienes a hacer entre nosotros?

Repartir una brizna de hierba entre unas hormigas:

nos ocupamos de todo. Y en cuanto a vuestro asunto,

aún no se ha dicho nada en el consejo de los dioses:

los pequeños y los grandes son iguales a sus ojos.

Fábula23Un loco y un sabio

Un loco perseguía a pedradas a un sabio.

El sabio se da vuelta y le dice: Amigo mío,

lo haces muy bien, toma esta moneda.

Te esfuerzas lo bastante como para ganar más;

todo trabajo, dicen, merece su paga:

mira ese hombre que pasa, él tiene con qué pagar;

dirígele tus dones, tendrán su recompensa.

Atraído por la ganancia, nuestro loco va a hacer

el mismo insulto al otro burgués.

Esta vez no le pagaron en dinero,

varios lacayos acuden: agarran a nuestro hombre,

le rompen el espinazo, lo muelen a palos.

Junto a los reyes hay locos parecidos:

a costa vuestra hacen reír al amo.

Para frenar su parloteo, ¿vais acaso

a maltratarlos? Quizás no sois

lo bastante poderosos. Hay que llevarlos

a dirigirse a quien pueda vengarse.

Fábula24El zorro inglés

El buen corazón es en ti compañero del buen juicio;

junto con cien cualidades demasiado largas de enumerar,

una nobleza de alma, un talento para conducir

tanto los asuntos como las personas,

un temperamento franco y libre, y el don de ser amiga.

A pesar de Júpiter mismo y los tiempos tormentosos,

todo eso merecía un elogio pomposo:

habría sido menos acorde con tu genio;

la pompa te desagrada, el elogio te aburre.

He hecho este, pues, corto y simple. Quiero

coserle todavía una palabra o dos

en favor de tu patria:

la amas. Los ingleses piensan profundamente;

su espíritu, en esto, sigue su temperamento;

cavando en los temas, y fuertes en experiencias,

extienden por todas partes el imperio de las ciencias.

No digo esto para hacerte la corte:

tu gente, para penetrar, supera a las demás;

hasta los perros de su territorio

tienen mejor olfato que los nuestros.

Vuestros zorros son más astutos; voy a probarlo

con uno de ellos, que, para salvarse,

puso en práctica una estratagema

nunca antes ensayada, de las mejor imaginadas.

El canalla, reducido a un peligro extremo,

y casi acorralado por esos perros de buen olfato,

pasó cerca de un patíbulo.

Allí, animales ladrones,

tejones, zorros, búhos, raza inclinada a hacer el mal,

colgados como ejemplo, aleccionaban a los que pasaban.

Su cofrade, acosado, se acomoda entre esos muertos.

Me parece ver a Aníbal, que, presionado por los romanos,

pone en aprietos a su jefe, les da el cambiazo,

y sabe, como viejo zorro, escaparse de sus manos.

Los perros de cabeza, llegados

al lugar donde el traidor se colgó haciéndose el muerto,

llenaron el aire de gritos: su amo los interrumpió,

aunque con sus ladridos atravesaran las nubes.

No pudo sospechar este truco bastante gracioso.

Alguna madriguera, dijo, ha salvado a mi bribón:

mis perros no llaman más allá de las columnas

donde hay tantas personas honorables.

Vendrá allí, el pícaro. Y vino, para su desgracia.

Ahí están muchos bassets ladrando;

ahí está nuestro zorro encaramándose al osario.

El maestro ahorcado creía que saldría igual

que el día en que tendió trampas semejantes;

pero el pobrecillo, esta vez, dejó allí sus botas:

¡tan cierto es que hay que cambiar de estratagema!

El cazador, para hallar su propia seguridad,

no habría inventado sin embargo semejante truco;

no por falta de ingenio: ¿hay alguien que niegue

que todo inglés tiene buena provisión de él?

Pero el poco amor por la vida

les perjudica en muchas ocasiones.

Vuelvo a ti, no para decir

otros rasgos sobre tu persona;

todo elogio largo es un proyecto

poco favorable para mi lira:

pocos de nuestros cantos, pocos de nuestros versos,

con un incienso halagador entretienen al universo,

y se hacen escuchar por naciones extrañas.

Tu príncipe te dijo un día

que prefería un rasgo de amor

a cuatro páginas de alabanzas.

Acepta solamente el don que te hago

de los últimos esfuerzos de mi musa.

Es poca cosa; ella está confusa

por estas obras imperfectas.

Sin embargo, ¿no podrías hacer

que el mismo homenaje pudiera agradar

a aquella que llena tus tierras de habitantes

traídos de la isla de Citerea?

Ves por esto que me refiero

a Mazarino, diosa tutelar de los Amores.

Fábula25El sol y las ranas

Las hijas del limo obtenían del rey de los astros

asistencia y protección:

guerra ni pobreza, ni desastres semejantes,

podían acercarse a esta nación;

ella hacía valer en cien lugares su imperio.

Las reinas de los estanques, ranas quiero decir,

(porque ¿qué cuesta llamar

a las cosas por nombres honorables?)

contra su bienhechor osaron conspirar,

y se volvieron insoportables.

La imprudencia, el orgullo, y el olvido de los beneficios,

hijos de la buena fortuna,

hicieron pronto gritar a esta tropa importuna:

no se podía dormir en paz.

Si se hubiera creído su murmullo,

habrían, con sus gritos,

sublevado a grandes y pequeños

contra el ojo de la naturaleza.

El sol, según ellas, iba a consumirlo todo;

había que armarse rápidamente,

y levantar tropas poderosas.

Apenas daba un paso,

embajadas croantes

iban por todos los Estados:

al oírlas, todo el mundo,

toda la máquina redonda

giraba sobre los intereses

de cuatro miserables pantanos.

Esta queja temeraria

dura todavía: y sin embargo

las ranas deberían callarse,

y no murmurar tanto:

porque si el sol se irrita,

se lo hará sentir:

la república acuática

bien podría arrepentirse.

Fábula26La liga de las ratas

Una ratona temía a un gato

que desde hacía tiempo la acechaba al paso.

¿Qué hacer en ese estado? Ella, prudente y sensata,

consulta a su vecino: era un maestro de ratas,

cuya ratonil señoría

se había alojado en buena posada,

y que cien veces se había jactado, según dicen,

de no temer ni gato, ni gata,

ni golpe de diente, ni golpe de zarpa.

Señora ratona, le dice ese fanfarrón,

¡Por mi fe! haga lo que haga,

solo no puedo echar al gato que te amenaza;

pero reunamos a todas las ratas de los alrededores,

podré jugarle una mala pasada.

La ratona hace una humilde reverencia;

y la rata corre con diligencia

a la despensa, que también llaman almacén,

donde muchas ratas reunidas

hacían, a costa del anfitrión, un festín completo.

Llega, los sentidos turbados,

y los pulmones sin aliento.

¿Qué tienes entonces? le dice una de esas ratas; habla.

En dos palabras, responde él, lo que motiva mi viaje,

es que hay que socorrer pronto a la ratona;

porque Raminagrobis

hace en todos lados una extraña carnicería.

Ese gato, el más diablo de los gatos,

si le faltan ratones, querrá comer ratas.

Cada uno dice: Es verdad. ¡Arriba! ¡arriba! ¡corramos a las armas!

Algunas ratas, dicen, derramaron lágrimas.

No importa, nada detiene un proyecto tan noble:

cada uno se pone en marcha;

cada uno mete en su bolsa un trozo de queso

cada uno promete finalmente arriesgarlo todo.

Iban todos como a una fiesta,

el espíritu contento, el corazón alegre.

Mientras tanto, el gato, más astuto que ellos,

tenía ya a la ratona agarrada por la cabeza.

Avanzaron a grandes pasos

para socorrer a su buena amiga:

pero el gato, que no la suelta,

gruñe, y marcha al encuentro de la tropa enemiga.

Ante ese ruido, nuestras muy prudentes ratas,

temiendo mal destino,

hacen, sin llevar más lejos su pretendido estruendo,

una retirada afortunada.

Cada rata vuelve a su agujero;

y si alguna sale, cuidado otra vez con el gatazo.

Fábula27Dafnis y Alcimadura

Amable hija de una madre

a quien hoy mil corazones rinden cortejo,

sin contar los que la amistad vuelve solícitos por complacerte,

y algunos más que el amor te guarda todavía,

no puedo en este prólogo

dejar de repartir entre ella y tú

un poco de ese incienso que se recoge en el Parnaso,

y que tengo el secreto de volver exquisito y dulce.

Te diré entonces… Pero decirlo todo

sería demasiado; hay que elegir,

cuidando mi voz y mi lira,

que pronto van a faltarles fuerza y tiempo.

Solo elogiaré un corazón lleno de ternura,

esos nobles sentimientos, esas gracias, ese ingenio:

no tendrías en eso ni maestro ni maestra,

sin aquella de quien el elogio recae sobre ti.

Cuida de no rodear esas rosas

de demasiadas espinas, si alguna vez

el amor te dice las mismas cosas:

él las dice mejor que yo;

además sabe castigar a quienes cierran los oídos

a sus consejos. Vas a verlo.

Hubo antaño una joven maravilla

que despreciaba de ese dios el poder soberano:

la llamaban Alcimadura:

objeto orgulloso y salvaje, siempre corriendo al bosque,

siempre saltando en los prados, danzando sobre la hierba,

y sin conocer más ley

que su capricho; por lo demás, igualando a las más bellas,

y superando a las más crueles;

sin rasgo que no agradara, ni siquiera en sus rigores:

¡cómo se la hubiera hallado en el apogeo de sus favores!

El joven y hermoso Dafnis, pastor de noble estirpe,

la amó para su desgracia: jamás la menor gracia;

ni la menor mirada, la menor palabra en fin,

le fue concedida por ese corazón inhumano.

Cansado de continuar una persecución vana,

solo pensó ya en morir.

La desesperación lo hizo correr

a la puerta de la inhumana.

¡Ay! fue a los vientos a quienes contó su pena;

no se dignaron hacerle abrir

aquella casa fatal, donde, entre sus compañeras,

la ingrata, para el día de su nacimiento,

unía a las flores de su belleza

los tesoros de los jardines y de las verdes campiñas.

Esperaba, gritó él, expirar ante tus ojos;

pero te soy demasiado odioso,

y no me asombra que igual que todo lo demás

me niegues incluso un placer tan funesto.

Mi padre, tras mi muerte, y de ello lo he encargado,

debe poner a tus pies la herencia

que tu corazón ha desdeñado.

Quiero que se una también el pastizal,

todos mis rebaños, con mi perro;

y que del resto de mis bienes

mis compañeros funden un templo

donde tu imagen se contemple,

renovando de flores el altar a cada momento.

Tendré cerca de ese templo un monumento sencillo:

se grabará en el borde:

«Dafnis murió de amor. Pasante, detente,

«llora, y di: Éste sucumbió bajo la ley

«de la cruel Alcimadura.»

Con estas palabras, por la Parca se sintió herido:

hubiera continuado; el dolor se le adelantó.

Su ingrata salió triunfante y engalanada.

Quisieron, pero en vano, detenerla un momento

para dar algunas lágrimas a la suerte de su amante:

ella insultó siempre al hijo de Citerea,

llevando desde esa misma noche, en desprecio de sus leyes,

a sus compañeras a bailar alrededor de su estatua.

El dios cayó sobre ella y la aplastó con el peso:

una voz salió de la nube,

Eco repitió estas palabras esparcidas en los aires:

«Que todo ame ahora: la insensible ya no existe.»

Mientras tanto la sombra de Dafnis descendida al Estigio

tembló y se asombró al verla llegar.

Todo el Érebo oyó a esa bella homicida

excusarse ante el pastor que no se dignó escucharla

igual que Áyax, Ulises, y Dido con su pérfido.

Fábula28Júpiter y los dos toneles

Las Musas me enseñaron que la infancia del mundo,

simple, sin pasiones, infecunda en deseos,

viviendo de poco, sin lujo, evitaba los dolores:

no teníamos en nosotros la fuente de las desgracias

que hoy nos hacen la guerra:

el cielo no exigía entonces ningún tributo de la tierra:

el hombre ignoraba a los dioses que solo aprende en la necesidad.

Pandora se ocupó de enseñárnoslos.

Su caja resultó demasiado llena de venenos.

Para repartir los males y los bienes de la vida,

uno y otro fueron puestos en dos toneles separados.

Aquellos de nosotros a quienes Júpiter mira como amigos

extraen al nacer de esos toneles fatales

una mezcla de ambos en porciones iguales:

el resto de los humanos abunda en males.

En el umbral de su palacio Júpiter puso esos toneles.

Aquí abajo no hubo más que quejas y murmullos;

se acusó la medida excesiva de los males.

Cansado de nuestros gritos, el monarca de los dioses

El hombre se lanza en todo con violencia,

como los animales,

ciego hasta el punto de poner entre los males

los consejos de la templanza.

Fábula29El juez árbitro, el hospitalario y el solitario

Tres santos, igualmente celosos de su salvación,

movidos por un mismo espíritu, tendían hacia la misma meta.

Los tres emprendieron caminos diversos:

todos los caminos llevan a Roma; así nuestros competidores

creyeron poder elegir senderos diferentes.

Uno, conmovido por las inquietudes, las demoras, los contratiempos

que como patrimonio se ven ligados a los pleitos,

se ofreció a juzgarlos sin recompensa alguna,

poco preocupado por establecer su fortuna aquí abajo.

Desde que existen las leyes, el hombre, por sus pecados,

se condena a litigar la mitad de su vida:

¡la mitad! los tres cuartos, y muy a menudo todo,

el conciliador creyó que llegaría

a curar esta loca y detestable manía.

El segundo de nuestros santos eligió los hospitales.

Lo alabo; y el cuidado de aliviar los males

es una caridad que prefiero a las otras.

Los enfermos de entonces, siendo tales como los nuestros,

daban ejercicio al pobre hospitalario;

malhumorados, impacientes, y quejándose sin cesar:

«Él tiene para tales y tales un cuidado particular,

son sus amigos; a nosotros nos deja».

Estas quejas no eran nada comparadas con el apuro

en que se vio reducido el componedor de disputas:

ninguno quedaba contento; la sentencia arbitral

no convenía a ninguno de los dos:

jamás el juez sostenía

a su gusto la balanza en equilibrio:

discursos semejantes desanimaban al componedor:

corre a los hospitales, va a ver a su director.

Ambos no cosechando más que quejas y murmullos,

afligidos, y obligados a abandonar estos empleos,

van a confiar su pena al silencio de los bosques.

Allí, bajo ásperas rocas, cerca de una fuente pura,

lugar respetado por los vientos, ignorado por el sol,

encuentran al otro santo, le piden consejo.

Hay que tomarlo de uno mismo, dice su amigo.

¿Quién mejor que vosotros conoce vuestras necesidades?

Aprender a conocerse es el primero de los cuidados

que impone a todo mortal la majestad suprema.

¿Os habéis conocido en el mundo habitado?

No se puede sino en lugares llenos de tranquilidad:

buscar en otra parte este bien es un error extremo.

Enturbiad el agua: ¿os veis en ella?

Agitad esta. —¿Cómo podríamos vernos?

El lodo es una espesa nube

que acabamos de oponer a los efectos del cristal.

Hermanos míos, dice el santo, dejadla reposar,

entonces veréis vuestra imagen.

Para contemplaros mejor, permaneced en el desierto.

Así habló el solitario.

Fue creído; se siguió este consejo saludable.

No es que un empleo no deba ser soportado.

Puesto que se litiga y se muere, y se enferma,

hacen falta médicos, hacen falta abogados:

estos socorros, gracias a Dios, no nos faltarán:

los honores y la ganancia, todo me lo persuade.

Sin embargo uno se olvida en estas necesidades comunes.

Oh vosotros, de quienes lo público se lleva todos los cuidados,

magistrados, príncipes y ministros,

vosotros a quienes deben turbar mil accidentes siniestros,

a quienes la desgracia abate, a quienes la dicha corrompe,

no os veis a vosotros mismos, no veis a nadie.

Si algún buen momento a estos pensamientos os entrega,

algún adulador os interrumpe.

Esta lección será el final de estas obras:

¡ojalá sea útil a los siglos venideros!

La presento a los reyes, la propongo a los sabios:

¿de qué manera mejor podría terminar?

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