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Libro V

Fábulas · Jean de La Fontaine · 19 min de lectura

Fábula1El leñador y Mercurio

Vuestro gusto ha servido de regla a mi obra:

he intentado los medios de alcanzar su aprobación.

Queréis que se evite un cuidado demasiado curioso,

y el esfuerzo ambicioso de vanos ornamentos;

yo lo quiero como vosotros: ese esfuerzo no puede gustar.

Un autor lo estropea todo cuando quiere hacerlo demasiado bien.

No es que haya que desterrar ciertos rasgos delicados:

vosotros amáis esos rasgos; y yo no los odio.

En cuanto al objetivo principal que Esopo se propone,

caigo en él lo menos mal que puedo.

En fin, si en estos versos no complazco ni instruyo,

no es por mi culpa; siempre es algo.

Como la fuerza es un punto

del que no me precio,

intento convertir en ridículo el vicio,

no pudiendo atacarlo con brazos de Hércules.

Ése es todo mi talento; no sé si basta.

A veces pinto en un relato

la necia vanidad unida a la envidia,

dos ejes sobre los que gira hoy nuestra vida:

tal es ese miserable animal

que quiso igualarse en tamaño al buey.

Opongo a veces mediante una doble imagen

el vicio a la virtud, la necedad al buen juicio,

los corderos a los lobos rapaces,

la mosca a la hormiga; haciendo de esta obra

una amplia comedia de cien actos diversos,

y cuyo escenario es el universo.

Hombres, dioses, animales, todos desempeñan algún papel.

Júpiter como cualquier otro. Introduzcamos a aquel

que lleva de su parte la palabra a las bellas:

no es de eso de lo que se trata hoy.

Un leñador perdió su medio de vida,

es decir su hacha; y buscándola en vano,

daba pena oírlo a propósito de esto.

No tenía herramientas de sobra:

en ésta descansaba todo su haber.

No sabiendo pues dónde poner su esperanza,

su cara estaba toda bañada en lágrimas:

¡Oh mi hacha! ¡oh mi pobre hacha!

gritaba: Júpiter, devuélvemela;

consideraré que lo debo todo una vez más a ti.

Su queja fue oída desde el Olimpo.

Mercurio viene. No está perdida,

le dice este dios; ¿la reconocerías bien?

Creo haberla encontrado cerca de aquí.

Entonces, mostrándosele al hombre una de oro,

él respondió: No pido nada de eso.

Una de plata sucede a la primera;

él la rechaza. Por fin una de madera.

Ahí está, dice, la mía esta vez:

estoy contento si tengo esta última.

Las tendrás, dice el dios, las tres:

tu buena fe será recompensada.

En ese caso las tomaré, dice él.

La historia es enseguida difundida;

y leñadores de perder su herramienta,

y de gritar para que se la devuelvan.

El rey de los dioses no sabe a cuál atender.

Su hijo Mercurio viene otra vez ante los gritones;

a cada uno de ellos le muestra una de oro.

Cada uno habría creído pasar por un idiota

de no decir enseguida: ¡Ahí está!

Mercurio, en lugar de darles ésa,

les descarga un gran golpe en la cabeza.

No mentir, estar contento con lo suyo,

es lo más seguro: sin embargo la gente se ocupa

en mentir para conseguir bienes.

¿De qué sirve eso? Júpiter no es tonto.

Fábula2La olla de barro y la olla de hierro

La olla de hierro propone

a la olla de barro un viaje.

Esta se excusa,

diciendo que sería más prudente

quedarse junto al fuego:

pues le bastaba tan poco,

tan poco que cualquier cosa

sería causa de su ruina:

no volvería ni un pedazo.

En cambio tú, le dice, cuya piel

es más dura que la mía,

no veo nada que te detenga.

Te pondremos a cubierto,

responde la olla de hierro:

si alguna materia dura

te amenaza por casualidad,

yo me pondré en medio,

y te salvaré del golpe.

Esta oferta la convence.

La olla de hierro, su camarada,

se coloca justo a su lado.

Nuestros amigos se van a tres pies

renqueando como pueden,

uno contra otro arrojados

al menor bache que encuentran.

La olla de barro sufre; no había dado cien pasos

cuando su compañera la hizo pedazos,

sin que tuviera ocasión de quejarse.

No nos asociemos sino con nuestros iguales;

o tendremos que temer

el destino de una de estas ollas.

Fábula3El pececillo y el pescador

Un pez pequeño se volverá grande,

con tal de que Dios le preste vida;

pero soltarlo mientras tanto,

yo considero que es una locura,

porque no es nada seguro volver a atraparlo.

Una carpita que no era todavía más que cría,

fue pescada por un pescador a orillas de un río.

Todo cuenta, dijo el hombre, al ver su captura;

aquí empieza la comida y el festín:

metámosla en nuestra bolsa.

El pobre carpín le dijo a su manera:

¿Qué harás conmigo? no alcanzaré a darte

ni siquiera medio bocado.

Déjame convertirme en carpa:

me volverás a pescar;

algún rico financiero me comprará bien caro:

mientras que tú tendrás que buscar

quizás todavía cien de mi tamaño

para hacer un plato: ¡qué plato! créeme, nada que valga la pena.

¡Nada que valga la pena! ¡bueno, sea!, respondió el pescador;

pez, mi buen amigo, que te pones a sermonear,

irás a la sartén; y por más que digas,

esta misma noche te haremos freír.

Más vale pájaro en mano, como se dice, que ciento volando:

uno es seguro, el otro no lo es.

Fábula4Las orejas de la liebre

Un animal con cuernos hirió de algunos golpes

al león que, lleno de cólera,

para no caer más en ese sufrimiento,

desterró de los lugares de su reino

a toda bestia que llevara cuernos en la frente.

Cabras, carneros, toros, enseguida desalojaron;

gamos y ciervos cambiaron de clima:

cada uno fue pronto en marcharse.

Una liebre, al ver la sombra de sus orejas,

temió que algún inquisidor

fuera a interpretar como cuernos su longitud,

sostuviera que en todo eran idénticas a cuernos.

Adiós, vecino grillo, le dijo; me voy de aquí:

mis orejas al fin serían cuernos también;

y aunque las tuviera más cortas que un avestruz,

aun así tendría miedo. El grillo respondió:

¿Cuernos eso? ¡Me tomas por idiota!

Son orejas que Dios hizo.

Las harán pasar por cuernos,

dijo el animal temeroso, y cuernos de unicornio.

Por más que proteste; mis palabras y mis razones

irán a parar al manicomio.

Fábula5La zorra de cola cortada

Un viejo zorro, pero de los más astutos,

gran cazador de pollos, gran atrapador de conejos,

oliendo a zorro a una legua de distancia,

fue por fin atrapado en una trampa.

Por puro azar logró escapar de ella,

no intacto, pues dejó como prenda su cola;

habiéndose salvado, digo, sin cola y muy avergonzado,

para conseguir compañeros de desgracia (como era hábil),

un día en que los zorros celebraban consejo entre ellos:

¿Qué hacemos, dijo, con este peso inútil

que va barriendo todos los senderos fangosos?

¿Para qué nos sirve esta cola? Hay que cortársela.

Si me creéis, cada uno se decidirá a hacerlo.

Tu consejo es muy bueno, dijo alguien del grupo:

pero date la vuelta, por favor, y te responderemos.

A estas palabras se levantó tal griterío

que el pobre rabón no pudo hacerse oír.

Pretender quitar la cola habría sido tiempo perdido:

la moda se mantuvo igual.

Fábula6La vieja y las dos criadas

Había una vieja que tenía dos criadas:

Hilaban tan bien que las mismas hermanas hilanderas

No hacían más que chapucear comparadas con ellas.

La vieja no tenía preocupación más apremiante

Que repartir a las sirvientas su tarea.

Apenas Tetis expulsaba a Febo de crines doradas,

Las ruecas entraban en juego, los husos eran sacados;

De aquí, de allá, ya podéis imaginar:

Sin pausa, sin descanso.

Apenas la Aurora, digo, volvía a subir a su carro,

Un gallo miserable cantaba a la hora exacta;

Al instante nuestra vieja, aún más miserable,

Se enfundaba una enagua mugrienta y detestable,

Encendía una lámpara y corría derecho a la cama

Donde, con todas sus fuerzas, con todo su apetito,

Dormían las dos pobres sirvientas.

Una entreabría un ojo, la otra extendía un brazo;

Y ambas, muy descontentas,

Decían entre dientes: ¡Maldito gallo! ¡Morirás!

Como lo habían dicho, el bicho fue atrapado:

El despertador tuvo el cuello cortado.

Este asesinato no mejoró en nada su situación:

Nuestra pareja, al contrario, apenas se había acostado

Cuando la vieja, temiendo dejar pasar la hora,

Corría como un duende por toda su casa.

Así es como, muy a menudo,

Cuando uno cree salir de un mal asunto,

Se hunde todavía más:

Testigos esta pareja y su recompensa.

La vieja, en lugar del gallo, las hizo caer con eso

De Caribdis en Escila.

Fábula7El sátiro y el caminante

En el fondo de una cueva salvaje

un sátiro y sus hijos

iban a comer su sopa

y a llevarse la escudilla a los dientes.

Se los hubiera visto sobre el musgo,

él, su mujer y varios pequeños:

no tenían alfombra ni manta,

pero todos muy buen apetito.

Para salvarse de la lluvia

entra un caminante empapado.

Al guiso se lo invita:

no era esperado.

Su anfitrión no tuvo la molestia

de invitarlo dos veces.

Enseguida con su aliento

se calienta los dedos:

luego sobre el plato que le dan,

delicado, sopla también.

El sátiro se asombra:

—Huésped nuestro, ¿para qué esto?

—Lo uno enfría mi sopa:

lo otro calienta mi mano.

—Puedes, dice el salvaje,

retomar tu camino.

No plazca a los dioses que yo duerma

contigo bajo el mismo techo.

Fuera los que con la boca

soplan lo caliente y lo frío.

Fábula8El caballo y el lobo

Cierto lobo, en la estación

en que las tibias brisas rejuvenecen la hierba,

y los animales abandonan todos la casa

para irse a buscar su sustento;

un lobo, digo, al salir de los rigores del invierno,

vio un caballo que habían puesto a pastar,

dejo imaginar qué alegría.

Buena caza, dijo, quien lo tuviera en su gancho.

¡Ah, si fueras oveja! pues serías mío al instante;

en cambio hay que usar astucia para conseguir esta presa.

Usemos astucia entonces. Dicho esto, se acerca con pasos medidos;

se dice discípulo de Hipócrates;

que conoce las virtudes y propiedades

de todas las plantas de estos prados;

que sabe curar, sin jactarse,

toda clase de males. Si el señor corcel quisiera

no ocultar su enfermedad,

él, lobo, gratis lo curaría;

pues verlo en esta pradera

pastar así sin estar atado

delataba algún mal, según la medicina.

Tengo, dice la bestia equina,

un absceso bajo el casco.

Hijo mío, dice el doctor, no hay parte

susceptible de tantos males.

Tengo el honor de servir a nuestros señores los caballos,

y también hago cirugía.

El muy listo solo pensaba en elegir bien su momento,

para atrapar a su paciente.

El otro, que lo sospechaba, le suelta una coz

que le deja hechas mermelada

las mandíbulas y los dientes.

Bien hecho, dice el lobo para sí, muy triste;

cada uno a su oficio debe siempre atenerse,

tú quieres hacerte aquí el herbolario,

y nunca fuiste más que carnicero.

Fábula9El labrador y sus hijos

Trabajad, esforzaos con empeño:

es el capital que nunca falta.

Un labrador rico, sintiendo cercana su muerte,

hizo venir a sus hijos y les habló a solas.

Cuidaos, les dijo, de vender la heredad

que nos dejaron nuestros padres:

hay un tesoro escondido en ella.

No sé dónde está; pero un poco de coraje

os lo hará encontrar: daréis con él.

Removed vuestro campo en cuanto termine la cosecha:

cavad, excavad, labrad; no dejéis ningún lugar

por donde la mano no pase y repase.

Muerto el padre, los hijos remueven el campo

de aquí, de allá, por todas partes; tanto que al cabo del año

produjo mucho más.

De dinero, nada escondido. Pero el padre fue sabio

al mostrarles, antes de morir,

que el trabajo es un tesoro.

Fábula10La montaña que da a luz

Una montaña con dolores de parto

lanzaba un clamor tan alto

que todos, corriendo al ruido,

creyeron que sin duda daría a luz

una ciudad más grande que París:

Parió un ratón.

Cuando pienso en esta fábula,

cuyo relato es mentiroso

y el sentido es verdadero,

me imagino a un autor

que dice: Cantaré la guerra

que hicieron los Titanes al dueño del trueno.

Es prometer mucho; pero ¿qué sale de ahí a menudo?

Viento.

Fábula11La fortuna y el niño

Al borde de un pozo muy profundo

dormía, tendido cuan largo era,

un niño que todavía iba a la escuela:

todo les sirve a los estudiantes de cama y colchón.

Un hombre sensato, en semejante caso,

habría dado un salto de veinte brazas.

Por fortuna pasaba por allí

la Fortuna, lo despertó con suavidad

diciéndole: Pequeño mío, te salvo la vida;

sé más prudente la próxima vez, por favor.

Si hubieras caído, me habrían culpado a mí;

sin embargo era tu culpa.

Te pregunto, de buena fe,

si esta imprudencia tan grande

viene de mi capricho. Y se va tras estas palabras.

Por mi parte, apruebo lo que dice.

No pasa nada en el mundo

de lo que no tenga que responder ella:

la hacemos pagar todos los gastos;

se la toma como responsable de todas las desventuras.

¿Es uno tonto, atolondrado, toma mal sus decisiones?

Cree salir del paso acusando a su suerte:

en resumen, la Fortuna siempre tiene la culpa.

Fábula12Los médicos

El médico Tantopior iba a ver a un enfermo

que visitaba también su colega Tantomejor.

Este último tenía esperanza, aunque su camarada

sostenía que el yacente iría a reunirse con sus antepasados.

Como los dos discrepaban sobre el tratamiento,

su enfermo pagó el tributo a la naturaleza,

después de que en sus consejos Tantopior hubiera sido escuchado.

Aún seguían triunfando sobre aquella enfermedad.

Uno decía: Ha muerto; yo lo había previsto bien.

Si me hubiera escuchado, decía el otro, estaría rebosante de vida.

Fábula13La gallina de los huevos de oro

La avaricia lo pierde todo queriendo ganarlo todo.

No necesito, para demostrarlo,

más que aquel cuya gallina, según cuenta la fábula,

ponía todos los días un huevo de oro.

Creyó que, en su cuerpo, ella tenía un tesoro;

la mató, la abrió, y la encontró igual

a aquella cuyos huevos no le reportaban nada,

habiéndose quitado él mismo lo mejor de su fortuna.

¡Hermosa lección para la gente tacaña!

Durante estos últimos tiempos cuántos hemos visto

que de la noche a la mañana se volvieron pobres

por querer ser ricos demasiado pronto!

Fábula14El asno que lleva reliquias

Un burro cargado de reliquias

se imaginó que lo adoraban:

en ese pensamiento se pavoneaba,

recibiendo como suyos el incienso y los cánticos.

Alguien vio el error y le dijo:

Señor burro, quítate de la cabeza

una vanidad tan loca.

No eres tú, es el ídolo

a quien se rinde ese honor,

y a quien se debe la gloria.

De un magistrado ignorante

es la toga la que saludan.

Fábula15El ciervo y la vid

Un ciervo, al amparo de una vid muy alta,

de esas que se ven en ciertos climas,

se puso a cubierto y se salvó de la muerte,

los cazadores, por esta vez, creyeron que sus perros se habían equivocado.

Los llaman de vuelta. El ciervo, fuera de peligro,

mordisquea a su bienhechora: ingratitud extrema.

Lo oyen; vuelven, lo hacen salir de su escondite:

viene a morir en ese mismo lugar.

Me merecí, dice, este justo castigo:

Aprovechad la lección, ingratos. Cae en ese momento.

La jauría se lo reparte: de nada le sirvió

suplicar a los cazadores cuando llegaron a su muerte.

Verdadera imagen de quienes profanan el refugio

que los ha protegido.

Fábula16La serpiente y la lima

Cuentan que una serpiente, vecina de un relojero,

(y para el relojero era un mal vecindario),

entró en su taller, y buscando qué comer,

no encontró como todo alimento

más que una lima de acero que se puso a roer.

La lima le dijo, sin enojarse:

Pobre ignorante, ¿qué pretendes hacer?

Te enfrentas a algo más duro que tú,

pequeña serpiente de cabeza loca:

antes que llevarte de mí

siquiera la cuarta parte de una moneda,

te romperías todos los dientes.

Solo temo a los del tiempo.

Esto va dirigido a vosotros, espíritus del último rango,

que, sin servir para nada, buscáis sobre todo morder.

Os atormentáis en vano.

¿Creéis que vuestros dientes imprimen sus ultrajes

en tantas obras hermosas?

Ellas son para vosotros de bronce, de acero, de diamante.

Fábula17La liebre y la perdiz

Nunca hay que burlarse de los miserables:

porque ¿quién puede estar seguro de ser siempre feliz?

El sabio Esopo en sus fábulas

nos da uno o dos ejemplos de esto.

El que propongo en estos versos

y los suyos son la misma cosa.

La liebre y la perdiz, conciudadanas de un campo,

vivían en un estado al parecer bastante tranquilo,

cuando una jauría que se acerca

obliga a la primera a buscar refugio:

huye a su madriguera, despista a los perros,

sin exceptuar siquiera a Brifaut.

Al final se delata a sí misma

por los vapores que salen de su cuerpo acalorado;

Miraut, habiendo reflexionado sobre su olor,

concluye que es su liebre, y con ardor extremo

la acosa; y Rustaut, que nunca se equivoca,

dice que la liebre ha salido otra vez.

La pobre desgraciada va a morir en su guarida.

La perdiz se burla de ella y le dice:

¡Presumías de ser tan rápida!

¿Qué hiciste con tus patas? En el momento en que ríe,

le llega su turno; la encuentran. Ella cree que sus alas

sabrán protegerla en cualquier extremo;

pero la pobrecita había contado

sin el azor de garras crueles.

Fábula18El águila y el búho

El águila y el búho dejaron sus peleas,

e hicieron todo lo posible por abrazarse.

Uno juró fe de rey, el otro fe de búho,

que no se comerían a sus crías ni poco ni mucho.

¿Conoces a los míos?, dijo el pájaro de Minerva.

No, dijo el águila. Qué mal, respondió el triste pájaro:

me temo en ese caso por su pellejo;

será un azar si logro conservarlos.

Como eres rey, no te fijas

en quién ni en qué: los reyes y los dioses meten, digan lo que digan,

todo en la misma categoría.

Adiós mis pequeños, si te los encuentras.

Descríbemelos, dijo el águila, o muéstramelos;

no les pondré una garra encima en mi vida.

El búho respondió: Mis pequeños son preciosos,

hermosos, bien hechos y adorables entre todos sus compañeros:

los reconocerás sin problema por esta señal.

No vayas a olvidarla, grábatela tan bien

que en mi casa la maldita Parca

no entre por tu causa.

Sucedió que Dios le dio crías al búho;

de modo que una hermosa tarde en que estaba de cacería,

nuestra águila divisó, por casualidad,

en los rincones de una roca dura,

o en los agujeros de una ruina

(no sé cuál de los dos),

unos pequeños monstruos muy horrorosos,

con muecas, aire triste, una voz de Megera.

Estos niños no son, dijo el águila, de nuestro amigo:

comámoslos. El galán no se anduvo con medias tintas:

sus comidas no son comidas ligeras.

El búho, de vuelta, no encuentra más que las patas

de sus queridas crías, ay, como todo resto.

Se lamenta; y a los dioses suplica

que castiguen al bandido que es causa de su duelo.

Alguien le dice entonces: No culpes más que a ti,

o mejor a la ley común

que hace que encontremos a nuestro semejante

hermoso, bien hecho y el más adorable de todos.

Hiciste de tus hijos ese retrato al águila:

¿tenían el menor rasgo de él?

Fábula19El león que va a la guerra

El león tenía en la cabeza una empresa:

convocó consejo de guerra, envió a sus alguaciles,

hizo avisar a los animales.

Todos entraron en el plan, cada uno a su modo:

el elefante debía sobre su lomo

cargar el equipo necesario

y combatir como acostumbra;

el oso, prepararse para los asaltos;

el zorro, manejar prácticas secretas;

y el mono, entretener al enemigo con sus trucos.

Despachad, dijo alguien, a los asnos, que son torpes,

y a las liebres, propensas a terrores de pánico.

De ningún modo, dijo el rey; quiero emplearlos:

nuestra tropa sin ellos no estaría completa.

El asno asustará a la gente, sirviéndonos de trompeta;

y la liebre podrá servirnos de mensajero.

El monarca prudente y sabio

sabe sacar algún provecho de sus más humildes súbditos,

y conoce los diversos talentos.

Nada es inútil para las personas de juicio.

Fábula20El oso y los dos compañeros

Dos compañeros, apurados de dinero,

le vendieron a su vecino peletero

la piel de un oso todavía vivo,

pero que matarían pronto, al menos eso dijeron.

Era el rey de los osos según la cuenta de esta gente.

El comerciante con su piel iba a hacer fortuna;

protegería de los fríos más penetrantes;

se podrían forrar dos abrigos antes que uno solo.

Dindenaut apreciaba menos sus ovejas que ellos su oso:

su oso, según su cuenta, y no según la del animal.

Ofreciéndose a entregarlo a más tardar en dos días,

acuerdan el precio y se ponen en camino.

Encuentran al oso que avanza y viene hacia ellos al trote.

Ahí están nuestros hombres fulminados como por un rayo.

El trato no se mantuvo; hubo que anularlo:

de intereses contra el oso, no se dijo ni una palabra.

Uno de los dos compañeros trepa a lo alto de un árbol;

el otro, más frío que el mármol,

se tiende boca abajo, se hace el muerto, contiene el aliento,

habiendo oído decir en alguna parte

que el oso rara vez se encarniza

con un cuerpo que no vive, no se mueve, ni respira.

Señor oso, como un idiota, cayó en la trampa:

ve ese cuerpo tendido, lo cree sin vida;

y, por miedo a un engaño,

lo voltea, lo revuelve, acerca su hocico,

olfatea los conductos del aliento.

Es, dice, un cadáver; larguémonos, porque huele mal.

Con estas palabras, el oso se va al bosque cercano.

Uno de nuestros dos comerciantes baja de su árbol,

corre hacia su compañero, le dice que es un milagro

que solo haya tenido el miedo como todo daño.

¡Bueno!, añadió, ¿y la piel del animal?

Pero ¿qué te dijo al oído?

Porque se te acercó muy de cerca,

dándote vuelta con su garra.

Me dijo que nunca hay que

vender la piel del oso antes de haberlo derribado.

Fábula21El asno vestido con la piel del león

El asno, vestido con la piel del león,

era temido por todos a la redonda;

y aunque era un animal sin virtud,

hacía temblar al mundo entero.

Un pedacito de oreja que escapó por desgracia

descubrió el engaño y el error:

Martín cumplió entonces su oficio.

Quienes no conocían la astucia y la malicia

se asombraban de ver que Martín

ahuyentaba leones hacia el molino.

Mucha gente hace ruido en Francia

y por ellos este apólogo se ha vuelto familiar.

Una apariencia arrogante

constituye las tres cuartas partes de su valentía.

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