Parte 8El rescate y el suplicante
EDIPO.— ¿Dónde, dónde? ¿Qué dices?
ANTÍGONA.— ¡Oh padre, padre! ¡Ojalá algún dios te concediera ojos para ver a este hombre excelente que nos devuelve a ti!
EDIPO.— ¡Hija mía! ¿De verdad habéis regresado?
ANTÍGONA.— Sí, salvadas por Teseo y sus valientes compañeros.
EDIPO.— Venid a los brazos de vuestro padre, oh dejadme sentir el abrazo de mis hijas que nunca creí volver a sentir.
ANTÍGONA.— Pides lo que es doblemente dulce dar.
EDIPO.— ¿Dónde estáis entonces?
ANTÍGONA.— Venimos las dos juntas.
EDIPO.— ¡Mis preciosas criaturitas!
ANTÍGONA.— Los padres siempre han sido cariñosos.
EDIPO.— ¡Sostenes de mi vejez!
ANTÍGONA.— Así un dolor sostiene a otro dolor.
EDIPO.— Tengo a mis queridas hijas, y si la muerte llegara, la muerte no sería del todo amarga con vosotras cerca. Aferraos a mí, abrazadme estrechamente por ambos lados, descansad allí de vuestro penoso viaje. Ahora contadme vuestras aventuras, pero en pocas palabras; un relato breve basta para jóvenes doncellas como vosotras.
ANTÍGONA.— Aquí está nuestro salvador; deberías oír el relato de sus propios labios; así mi parte será breve.
EDIPO.— Te ruego que no te extrañes si la visión de mis hijas, dadas por perdidas, ha hecho mi conversación algo larga y tediosa. Bien sé que la alegría que siento por ellas te la debo a ti, a ti y a nadie más; tú fuiste su único salvador, nadie más. Que los dioses te traten según mi deseo, a ti y a este país; pues he encontrado el temor de los dioses entre todos los pueblos especialmente en vosotros, y también la rectitud y labios que no pueden mentir. Hablo en agradecimiento de lo que sé, pues todo lo que tengo te lo debo solo a ti. Dame tu mano, oh príncipe, para que pueda tocarla, y si me lo permites, besar tu mejilla. ¿Qué digo? ¿Puedo desear que toques a alguien caído como yo en la más completa desgracia, corrompido y manchado con mil males? Oh no, no te lo permitiría aunque tú quisieras. Solo aquellos que han conocido la calamidad pueden compartirla. Déjame saludarte donde estás, y sigue siendo mi amigo como lo has sido hasta ahora.
TESEO.— No me sorprende que te hayas demorado largo rato conversando con tus hijas y que hayas preferido sus palabras a las mías; no siento celos, quiero ser famoso más por hechos que por palabras. De esto, viejo amigo, has tenido prueba; he cumplido mi juramento y te he devuelto a las doncellas vivas e ilesas a pesar de todas aquellas amenazas. Y de cómo se ganó el combate, sería perder palabras jactarse; tus hijas aquí te lo contarán todo. Pero de un asunto que ha sucedido hace poco en mi camino hacia aquí, quisiera tener tu consejo; parecería insignificante, pero merece consideración. Un hombre sabio atiende a todos los asuntos grandes o pequeños.
EDIPO.— ¿Qué es, hijo de Egeo? Déjame oír. De lo que preguntas yo mismo no sé nada.
TESEO.— Se dice que un hombre, que no es compatriota tuyo pero sí de tu linaje, ha buscado refugio junto al altar de Poseidón, donde yo estaba haciendo un sacrificio cuando fui llamado.
EDIPO.— ¿Cuál es su país? ¿Cuál es la súplica del suplicante?
TESEO.— Solo sé una cosa; implora, según me han dicho, hablar contigo; no te causará molestia.
EDIPO.— ¿Qué busca? Si es un suplicante, algo grave.
TESEO.— Solo espera, dicen, hablar contigo, y luego marcharse ileso por su camino.
EDIPO.— Me pregunto quién es este suplicante.
TESEO.— Piensa si no tendrás algún pariente en Argos que pudiera reclamar este favor de ti.
EDIPO.— Querido amigo, calla, te lo ruego.
TESEO.— ¿Qué te ocurre ahora?
EDIPO.— No me lo pidas.
TESEO.— ¿No pedirte qué? Explícate.
EDIPO.— Tus palabras me han revelado quién es el suplicante.
TESEO.— ¿Quién puede ser para que yo deba mirarlo con desagrado?
EDIPO.— Mi hijo, oh rey, mi odioso hijo, cuyas palabras de entre las de todos los hombres más irritarían mis oídos.
TESEO.— Seguramente podrías escucharlo. Si su petición te ofende, no hay necesidad de concederla. ¿Por qué tan reacio a oírlo?
EDIPO.— Esa voz, oh rey, rechina en los oídos de un padre; he llegado a aborrecerla. No me obligues a ceder.
TESEO.— Pero ha encontrado asilo. Oh ten cuidado, y no faltes en la debida reverencia al dios.
ANTÍGONA.— Oh escúchame, padre, aunque soy joven en años. Deja que el príncipe tenga su voluntad y págale con ello lo que a sus ojos es servicio al dios; por nosotras también deja que nuestro hermano venga. Si lo que él plantea no tiende a tu bien, no puede ciertamente arrancar por la fuerza tu voluntad. Escucharlo entonces, ¿qué daño hay? Con palabras abiertas un plan de villanía pronto queda al descubierto. Tú eres su padre, por tanto no puedes pagar del mismo modo las más impías ofensas de un hijo. Oh escúchalo; otros hombres como tú tienen hijos ingratos y son coléricos, pero cediendo al suave hechizo de la persuasión dejan que su ánimo salvaje sea exorcizado. Mira al pasado, olvida el presente, piensa en toda la desgracia que tu padre y tu madre te trajeron; de ahí sacarás esta lección sin falta: de la pasión mala el fin es malo. Tienes, ay, para aguijonear tu memoria, severos recordatorios, estos orbes eternamente sin vista. Oh cede ante nosotras; los suplicantes justos no deberían necesitar ser importunos, ni quien recibe un favor carecer de la gracia de corresponderlo.
EDIPO.— Penoso para mí, hija mía, el favor que ganáis rogando. Que sea entonces; salid con la vuestra. Solo si debe venir, te suplico, amigo, que nadie tenga poder para disponer de mí.
TESEO.— No hay necesidad, señor, de apelar una segunda vez. No me gusta jactarme, pero ten la seguridad de que tu vida está a salvo mientras algún dios salve la mía.
(Sale TESEO.)
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